Ni siquiera todos los kilómetros que habíamos recorrido habían servido para prepararme para lo que me esperaba. En cuanto bajamos del tren, una muchedumbre enloquecida se abalanzó sobre nosotros y nos acompañó en todo el camino hasta el Centro de Entrenamiento. Vitoreaban, gritaban nuestros nombres e incluso aporreaban las ventanas del coche en busca de una sonrisa nuestra, mientras yo me refugiaba en Peeta y apretaba tan fuerte su mano que me extrañó que no se quejara ni una sola vez.

Una vez llegados al Centro de Entrenamiento, Effie nos acompañó hasta el ascensor y pulsó el botón del piso 12. Nos habían asignado la misma planta que el año pasado y los recuerdos se agolparon en mi mente amenazando mi aparente tranquilidad. Me picaban los ojos que a estas alturas ya debían estar acuosos y rojos. Mi mirada se clavó en el suelo del ascensor aunque no solté a Peeta en ningún momento. Supuse que estaría preocupado porque no había abierto la boca mientras que ellos no dejaban de parlotear de todo lo que veían. Gale no paraba de despreciar a los del Capitolio y para él, todos los lujos que le rodeaban eran una falta de respeto hacia los demás distritos y por supuesto, desproporcionados. Jane parecía maravillada por la tecnología y los avances con los que contaban aquí: la majestuosa estación de tren, el enorme coche que nos había recogido- al que ellos llamaban limusina-, las paredes de cristal del ascensor…

Con un pitido estridente las puertas se abrieron y antes de que nadie pudiera siquiera asimilar el lugar, hablé por primera vez desde que las puertas del tren se abrieron.

-Effie, ¿Cuál es mi cuarto?

Ella se quedó descolocada, tal vez imaginaba que pasaríamos un momento todos juntos en el comedor. Además, aunque yo había intentando hablar rápido y claro, mi voz sonó monótona y fría y denotaba mi estado de ánimo. Cuatro pares de ojos me miraron súbitamente, mientras yo esperaba impaciente a que Effie ojeara sus notas. Peeta me dio un apretón y entendí a la perfección que reclamaba mi atención, quería que lo mirara para poder leer en mis ojos que todo iba bien. Lo entendí, pero no lo hice, porque no me sentía preparada para enfrentarme a sus ojos azules. Necesitaba desesperadamente estar sola.

-Vaya…- la miré con los ojos desorbitados. No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantar sin derrumbarme.- Parece que tu cuarto y el de Peeta son el mismo…

-¡¿Qué?!- Era imposible que eso fuera una casualidad. Olía a encerrona de Snow por todas partes. Las piernas me empezaron a temblar, y todo el autocontrol que estaba ejerciendo se fue al garete cuando le arranqué el cuaderno a Effie de las manos. Tenía que haber leído mal, tenía que estar equivocada. No es que no quisiera dormir con Peeta, pero necesitaba mi espacio, un lugar donde encerrarme y tratar de olvidar dónde me encontraba y por qué. Un sitio para reponer fuerzas y poder hacerle frente a todo, con energías renovadas. Necesitaba ser yo la que elegía dormir con Peeta. Le devolví el cuaderno a Effie con la misma rapidez, ya que no entendía ninguno de los dibujos y acotaciones que tenía apuntados. Respiré hondo tres veces antes de hablar.

-¿Y cuál es?- mi voz sonó más calmada, pero aun así Effie esperó hasta que la miré a los ojos para hablar.

-Por ese pasillo, la última puerta.

Solté a Peeta y me encaminé hacia allí sin decir una sola palabra. Podía oír sus pasos siguiéndome a una distancia prudencial y a los chicos preguntar cuáles eran sus habitaciones, al parecer estaban en el pasillo opuesto. Los dos pasillos se encontraban en el salón dónde nos encontrábamos y que comunicaba con el comedor. Aunque era la misma planta, habían remodelado todo el espacio y en cuanto entré en nuestro cuarto entendí por qué lo habían hecho. Reposando encima de la cama un pequeño papel inmaculadamente blanco nos esperaba. Lo cogí con manos temblorosas y leí la única palabra que había escrita con perfecta caligrafía:

Disfrutad

-S.

No necesité más que unos segundos para entender quien firmaba ese encriptado mensaje. Podía imaginar al presidente Snow elaborando todo este retorcido plan buscando la manera de obligarme a fingir en todo momento. Recordé, que la última vez que nos vimos, mi relación con Peeta era una falsa, un aclamo para los habitantes del Capitolio y en consecuencia, para todo Panem. Sonreí de forma maliciosa al darme cuenta que su plan le había salido por la culata. Si bien yo no amaba a Peeta de la forma incondicional en que él me amaba, mi cariño había aumentado considerablemente estos últimos días. Ahora, pasar tiempo con él, era todo lo contrario a un castigo. Aunque seguía necesitando desesperadamente mi momento a solas y un miedo, hasta ahora desconocido, a dormir con Peeta se apoderó de mí. ¿Y si volvía a pasar como en el tren? ¿Y si esta vez no eramos capaces de frenarnos? No estaba segura de estar preparada para hacer el amor por primera vez. Y esta cama de matrimonio parecía gritarme que no tenía otra opción.

-¿Qué es eso?- le pasé la nota y lo miré, esperando su reacción. Sus mejillas enrojecieron levemente antes de volver a mirarme. Entonces, todo su rostro denotaba preocupación. –Katniss… ¡Oh Katniss! Ven aquí…

Me atrajo hacía sí y no fue hasta apollar mi cara contra su hombro y mojarlo cuando me di cuenta de que estaba llorando. ¿En qué momento me había derrumbado? ¿Cuándo había dejado de luchar contra el miedo y los recuerdos, dejando que las lágrimas asomaran por mis ojos? Pasara cuando pasara, ya no había marcha atrás.

Después de unos minutos de sollozos y hipidos continuados, conseguí calmarme. Me separé lentamente manteniendo una mano firmemente agarrada a la suya. Él, con toda la delicadeza de la que fue capaz, limpió mis mejillas con su pulgar mientras un amago de sonrisa apareció en su cara. Le devolví la sonrisa tímidamente.

-¿Mejor?- asentí.- ¿Qué crees que significa?- dijo señalando la tarjeta que volvía a descansar sobre la cama, con un leve movimiento de cabeza.

-Que nunca podremos dejar de ser "los amantes trágicos del distrito 12". Que nos tiene vigilados, y seguimos siendo parte del show. Hay más ironía en esa sola palabra que en todo su discurso de los Juegos.

-No puede obligarnos a nada, ¿lo sabes verdad?

-Peeta… Ya no hay marcha atrás. Fingiendo o no, siempre tendremos que estar juntos.

-No hablo de eso.- su mano voló a mi mejilla acariciándola suavemente y sentí como me ruborizaba..- Dormiré en el salón si así te sientes mejor. Ese sofá parecía más cómodo que mi cama del distrito.- Reí ante su broma, porque seguramente era verdad.- He visto cuánto necesitabas estar sola desde que hemos llegado, y no dejaré que Snow te quite también eso. No si yo puedo evitarlo.

-No es que no quiera dormir contigo, es que…

-Te gustaría ser tú la que elige si dormir acompañada o no.- terminó la frase, y yo asentí.- ¿Por qué no te das un buen baño caliente? Yo estaré en el salón repasando las cosechas, y cuando estés mejor hablamos.

-Gracias.

Se despidió con un beso en la comisura de los labios, sin querer forzar las cosas, y se lo agradecí enormemente. Me quedé sola en la habitación, y enseguida entendí que no me conocía tan bien como yo creía. Todo el camino estaba esperando a estar sola, pensando que eso era lo que más necesitaba, lo único que podría hacer que me desahogara, y estaba equivocada. En cuanto Peeta atravesó la puerta, ya lo estaba echando de menos.

Casi salgo al pasillo gritando su nombre y reclamando su abrazo una vez más, pero logré controlarme y en su lugar le hice caso y me metí en el baño.

Funcionó. El agua caliente con ese leve aroma a limón y la suavidad de los jabones del Capitolio, que creaban espuma casi al instante me relajaron cada músculo del cuerpo. Tenía gracia que con el poco tiempo que llevaba disfrutando de estos lujos, ya casi me hubiera acostumbrado a ellos. Allí, en nuestro distrito, el agua estaba helada, y ni siquiera todo el mundo contaba con agua corriente en casa, y los jabones, que servían tanto para el baño, como para lavar la ropa o los platos, eran duros y secaban la piel tanto que cuando terminabas estaba tirante. Los habitantes del Capitolio no entendían la suerte que habían tenido naciendo aquí.

Me vestí con algo cómodo: unos pantalones de algodón negros y una camiseta naranja que elegí pensando en Peeta. Cuando salí al comedor, Peeta y Effie estaban terminando de ver el video de las cosechas y me sonrieron. Peeta alargó su brazo para indicarme que me sentara junto a ellos. Mis labios se curvaron en una amplia sonrisa que ni siquiera yo esperaba, porque con él siempre me sentía bienvenida.

-Katniss, qué bien que ya estés aquí, ya casi íbamos a ir a buscarte.- Effie apagó la tele, buscó algo en su bolso y se giró hacía nosotros- Tomad.

Eran dos cuadernos idénticos al que ella llevaba a todas partes.

-¿Qué es esto?- Sabía que Peeta preguntaba en realidad que para que los queríamos, si era ella la que se encargaba de programar todo a tiempo.

-Son los horarios para cada día, todo lo que tienen que hacer los chicos, como mentores teneís que saber dónde están y qué hacen en todo momento.

Mientras ella hablaba abrí mi cuaderno. Era en realidad una agenda y en cada día había apuntadas cosas como "desayuno", "entrenamiento", "charla" o "entrevista". Me llamó la atención que el primer día, es decir hoy, tenían algo llamado "test psicológico". No recordaba que nosotros hubiéramos hecho ningún test en nuestros Juegos.

-Effie, ¿qué es esto de "test psicológico"?

-¡Oh! Tiene algo que ver con lo que dijo el Presidente Snow sobre la novedad de este año, la verdad es que no entendí muy bien en que consistía. Pero no importa Katniss, tú solo tienes que saber que a esa hora lo están haciendo, ¿entiendes?

En ese momento la odié por hablarme como a un niño pequeño. Pero el odio no duró más que unos segundos porque enseguida recordé que se trataba de Effie, y que seguramente ella lo hacía con la mejor intención. Sin embargo, todo lo que había dicho a mi me sonaba a que los sometían a algo- que esperaba fervientemente que no fuera doloroso- para conocer a qué animal le tenían más miedo. Claro, necesitaban tiempo para fabricar esos mutos horribles con los que los atacarían. Me alegré de no estar en su piel y enseguida un sentimiento de culpabilidad me embargó. Mi chico del pan, siempre atento al mínimo signo de terror en mí, se apresuró a pegarme a su cuerpo, atrayéndome por la cintura.

Ahora mismo según la agenda, los chicos tenían "descanso". Me pregunté qué teníamos que hacer nosotros y por qué en esa agenda no había nada sobre nuestros planes. Me asusté por que Effie habló y parecía haberme leído el pensamiento.

-Ahora tenemos que esperar a Portia y Cinna que vendrán en cualquier momento. Os arreglaran y vestirán y podremos irnos. ¡Tenemos mucho que hacer!-parecía entusiasmada- Mientras los chicos hacen el test, vosotros tendréis que hablar con la gente rica e influyente del Capitolio. Tenéis suerte de que casi todos sean amigos míos. Pero ya sabéis que yo no puedo hacer ningún trato, así que por favor- y esto lo dijo mirándome fijamente a mí- sed simpáticos. Necesitamos todos los patrocinadores posibles.

Yo asentí, totalmente consciente de que Peeta no me dejaría quedar mal. Confiaba más en su elocuencia que en mi capacidad de ser simpática, porque hasta la fecha había quedado bastante claro que no era muy buena haciendo amigos.

Ya estaba temblando como un flan y de los nervios por lo que nos esperaba cuando Cinna seguido de cerca de Portia hicieron su aparición. Mi cara se iluminó y él me devolvió una sonrisa radiante mostrando sus perfectos dientes blancos. Me levanté como un resorte del sofá y casi corrí a abrazarlo. Se veía igual que la última vez que lo vi, su piel suave, su pelo oscuro y nada extravagante salvo una pequeña raya dorada decorando sus párpados. Saludé también a Portia que me sonrió. Los cuatro nos dirigimos al cuarto que Peeta y yo compartíamos. Era extraño que me arreglaran con Peeta delante, además tuve miedo de que la relación intima que yo tenía con Cinna pudiera verse afectada por la cercanía del equipo de preparación de Peeta. Pero cuando llegamos al cuarto, se encargaron de colocar un biombo que lo separaba en dos, y en un momento dejé de ver a Peeta y a su equipo-aunque aún podía oírlos- y Cinna, siguió siendo mi Cinna.

Yo acababa de bañarme, así que Flavius, Octavia y Venia, que habían entrado justo después de nosotros, se conformaron con embadurnarme con un montón de cremas que alisaron, suavizaron y perfeccionaron mi piel, mientras Peeta entraba en el baño.

Era tal mi alegría por volver a ver a Cinna que no me di cuenta de lo inusual que era que ellos estuvieran aquí. Los mentores no tenían estilista, ni equipo de preparación. Sin embargo aquí estaban, arreglándonos. ¿Tan poco confiaban Effie o Snow en mi sentido de la moda? ¿Es que pensaban que no podríamos vestirnos si nos privaban de nuestros estilistas?

-Oye Cinna, ¿desde cuándo los mentores tenemos estilista?- se rió.

-Bueno, en realidad no deberíais. De hecho, no vamos a cobrar por esto. Si estamos aquí es porque queremos ayudar en vuestro primer año. Además, ¿somos amigos, no?

-Claro.

Le sonreí, y admiré su dedicación y su generosidad. No podía haber nadie más bueno que él en el Capitolio, dónde la mayoría de la gente era frívola y egoísta. Pensé en una manera de compensarles el trabajo que iban a desempeñar en nosotros, porque todo ese esfuerzo merecía ser premiado. Tenía que encontrar la manera de enterarme de cuánto cobraban los estilistas en los Juegos, tal vez Effie lo supiera.

Cuando acabaron con nosotros, lucíamos como una pareja humilde de jóvenes enamorados. Nuestras ropas eran simples: yo, un vestido azul cielo claro que conjuntaba a la perfección con los profundos ojos de mi chico del pan, y él, una camisa blanca arremangada a la altura del codo y unos pantalones beige. Estaba guapísimo, y yo me sentía un pato mareado a su lado, porque Cinna se empeñaba en ponerme tacones y yo sólo sabía andar si mi planta tocaba el suelo. Nos dirigimos al ascensor donde Effie ya nos esperaba entusiasmada por volver a ver a su gente. Peeta, que aún no controlaba del todo su pierna artificial luchaba con todas sus fuertes para no tambalearse mientras yo me aferraba a su brazo para no caer. Aún así, en nuestras caras se reflejaban unas sonrisas de fingida felicidad.

El lugar era inmenso, nunca en toda mi vida había visto un jardín tan grande. Creo que ni siquiera habría sido capaz de imaginarlo. El suelo estaba recubierto de un césped perfectamente cortado que parecía una alfombra suave y extensa. A lo lejos se vislumbraban setos altos que parecían formar un laberinto verde, y algunas estatuas hechas de setos podados se repartían por diferentes sitios. Una fuente rodeada por rosas de todos los colores decoraba el mismo centro del jardín, y el ruido del agua al caer era casi relajante, pero los murmullos y grititos de los allí presentes lograban ocultarlo. El clima era cálido, y corría una suave brisa muy agradable.

Nos dirigimos hacía una de las decenas de pequeñas mesitas repartidas por el jardín. Estaban repletas de comidas y bebidas que la gente iba cogiendo a placer. Effie nos dejó solos mientras corría a saludar a sus amigas, que ya gritaban como histéricas al verla.

-¿Te he dicho ya lo preciosa que estás?- reí, porque era la quinta vez que lo decía desde que retiraron el biombo que no nos dejaba vernos en la habitación. Sus dedos jugaron con un mechón de mi pelo mientras me sonreía.- No dejaré de decírtelo nunca. Al menos hasta que vea en esos ojitos grises que me crees.

Rodé los ojos solo para fastidiarlo, él acortó la pequeña distancia que separaba nuestras caras para besarme y noté como aún se estaba riendo contra mi boca.

-¡Oh!

Me separé bruscamente al escuchar ese suspiro tan cerca de nosotros y en cuanto las miré, dos gemelas regordetas aplaudieron y pegaron grititos de alegría. Miré a Peeta con la pregunta escrita en la mirada pero él se encogió de hombros indicándome que tampoco sabía quiénes eran estas mujeres. Las dos hermanas, a las que evidentemente les gustaba el rosa pues llevaban el pelo, el vestido, el maquillaje y todos los complementos de ese color, seguían mirándonos y sonriendo. Parecían dos algodones de azúcar, que volvieron a gritar en cuanto Effie se acercó a saludarlas.

-¡Classy! ¡Vincy! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estáis queridas?

Se besaron y abrazaron como si hiciera años que no se veían aunque me pareció entender que se habían visto hacía unos pocos meses en una fiesta. Las dos hermanas y Effie, a la que nunca había visto tan contenta, se dirigieron a una de las mesitas y enseguida nos hicieron gestos para que nos uniéramos a ellas.

Suspiré.

-Vamos allá. – Peeta me miró con preocupación, porque mi voz denotaba determinación y no estaba acostumbrado a ello. He de admitir que a mí también me sorprendía la entereza con la que estaba haciéndole frente a este calvario- Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

Me encogí de hombros y él asiento seriamente. Me tendió el brazo, al que yo me agarré sin dudarlo y susurró:

-Estoy aquí.

Y esas dos obvias y simples palabras relajaron todos los músculos de mi cuerpo, y sonreí. Sí, Peeta estaba aquí conmigo. No podía ser tan malo.


¡Hola mis lectores! ¡Sigo viva! Y aquí os traigo un nuevo capítulo que espero que os guste

Muchisimas gracias por los favs y reviews, me animáis a que siga con el fic, y estoy abierta a toda clase de critica así que no os cortéis.

Quería aclarar una cosita sobre el fic, valeria luis se ha dado cuenta- y supongo que no habrá sido la única- de que he dicho que Gale tiene 18 años… cuando debería tener 19. Pero como sabéis a los 19 ya no podría salir elegido, y me pareció interesante que fuera a los juegos para poner un poco de triangulo amoroso así que decidí quitarle un año… Bueno solo espero que no os moleste

Besos a todos y espero vuestros reviews para saber qué opináis!