Capítulo 6. Pequeñas lágrimas y la historia de un niño pequeño…
— ¿Cuántas otras sorpresas oculta usted, doctor Yuri?
Las palabras salieron de sus labios de forma suave, más un susurro que se perdía en medio de la soledad del lugar en el que Victor Nikiforov se encontraba que otra cosa. Sus ojos azules estaban clavados sobre la figura estilizada y elegante que se deslizaba sobre la superficie blanca y lisa de la que era ahora su pista de hielo.
Una sonrisa tranquila, curvó sus labios a pesar de que aquel día, Victor parecía haber llorado todas las lágrimas que había estado reprimiendo durante media vida. Llevaba más o menos una hora frente al hielo y aunque ciertamente el mundo no se había terminado al estar frente a él como había sido su temor, había en su corazón una añoranza terrible que solo era matizada por la belleza de la escena que acontecía frente a él: Yuri Katsuki danzando sobre el hielo con la maestría propia de un experto.
Y es que, aunque fuera increíble, Yuri Katsuki había sido un niño que había soñado con ser un patinador profesional alguna vez.
Aquella historia seguía sorprendiendo a Victor sobre manera porque jamás se lo hubiera imaginado, no del joven doctor quien parecía haber siempre soñado con combatir enfermedades en lugar de las leyes de la gravedad y de la física como hacían los patinadores artísticos. Sí claro, antes de aquella noche, Victor había creído que Yuri siempre había deseado ser ese medico de carácter afable e infinita inteligencia que conocía ahora un poco mejor, pero tampoco era desagradable notar que Yuri tenía secretos, luminosos secretos como aquel que le había confiado sin soltarlo de la mano al llegar a la pista del hielo.
Porque Yuri había cumplido su promesa sin duda alguna. Yuri le había prometido no soltarlo. Yuri le había prometido no dejarlo romperse y la verdad era que, aunque su corazón había dolido de forma intensa, se sentía entero, se sentía sereno y eso tenía que ver, claro, con la forma en la que Yuri se deslizaba sobre la pista de hielo. Victor pensó que había música en los movimientos del joven a quien quizá, con un poco más de entrenamiento serio, no habría sido nada descabellado ver en los circuitos de competencia donde se reunían los mejores patinadores del mundo.
El corazón de Victor volvió a estremecerse dolorosamente dentro de su pecho al pensar en lo difícil que era aceptar que quizá, él jamás volvería a hacer lo que Yuri hacía ahora con una sonrisa suave en sus labios.
Victor suponía que el hecho de ver el hielo una vez más después de pasar meses y meses intentando olvidarlo, había sido la causa de aquel llanto desmedido que había salido de sus ojos sin que él pudiera hacer nada para remediarlo. Pero es que la visión de la blanca superficie helada había sido como un torrente emocional que había terminado por romper el dique que con tanto esfuerzo Victor había construido dentro de él.
Victor no se consideraba a sí mismo una persona para la que el llanto fuera algo sencillo, algo natural. Durante sus años como patinador competitivo, las sesiones de entrenamiento con Yakov lo habían endurecido a tal grado, que él había terminado por creer que las lágrimas eran un signo de absoluta debilidad.
Había sido por ello que había cubierto su rostro con sus manos cuando la humedad de las primeras lágrimas corrió por sus mejillas. Victor había soltado la mano de su médico favorito para ocultarse de él porque odiaba el hecho de que Yuri se diera cuenta de que él era un debilucho, solo un hombre estúpido que se dejaba llevar de aquel modo por la pesada tristeza que invadía su corazón impidiéndole respirar con normalidad.
Victor había querido gritarle a Yuri que lo dejara solo, que se olvidara de él y de la esperanza en el futuro porque durante aquellos primeros minutos frente al hielo, Victor había sido atrapado por el dolor, por las garras de un dolor que jamás había sentido y que por tanto, no sabía cómo manejar.
Pero justamente en el instante en el que el hombre de los ojos azules había pensado que no habría remedio para una sensación tan oscura y pesada como aquella que estaba intentando aplastarlo, Yuri se acercó a él y tomando sus manos para retirarlas de su rostro, el joven médico se hincó delante de él y la sensación de la piel de Yuri contra la suya fue como un bálsamo que pareció mitigar el dolor de golpe, del mismo modo en el que aquel dolor había llegado.
—No habías llorado nada hasta el día de hoy…—afirmó Yuri al tiempo que sus labios sonreían de forma suave y las yemas de la mano derecha del médico se afanaban en limpiar las lágrimas que todavía corrían por las mejillas de Victor quien se sentía hipnotizado por la luz y la calma que había en las pupilas color chocolate del médico.
—No…— logró articular Victor en medio de un sollozo, las lágrimas que eran como pequeñas gotas de una llovizna especialmente intensa, seguían resbalando por su piel al igual que las manos de Yuri quien, para ese instante, había sacado ya un suave pañuelo de algodón de uno de los bolsillos de su saco.
—Está bien llorar, las lágrimas son muy necesarias algunas veces— dijo Yuri sin dejar de mirarlo a los ojos—. Puedes llorar todo lo que necesites, Victor, las lágrimas son un país desconocido para todo aquel que las contempla solamente pero puedo acompañarte en ese sitio ¿está bien?
—No…— dijo Victor sacudiendo su cabeza como si con ello pudiera lograr detener su llanto—. Odio llorar, Yuri, me siento avergonzado de que tengas que mirarme en este estado.
—No te avergüences de sentir, Victor— dijo el médico con una de esas sonrisas que hacían que el mundo entero pareciera un lugar mil veces mejor—. Hay una leyenda que dice que las lágrimas son el agua de la vida ¿sabes? Es necesario sumergirte en ellas de vez en cuando para poder sanar algunas heridas, si no lo haces, el dolor se pudrirá dentro de ti e irás perdiendo a tu propio corazón en el camino. Sentir dolor no te hace menos fuerte, Victor, sentir dolor te hace ser humilde, te hace digno. Y si me permites agregar algo, llorar no es tan malo si alguien está ahí contigo para sostenerte…
— ¿Tú quieres sostenerme? — dijo Victor sin poder lograr entender cómo era posible que alguien como Yuri pudiera seguir mirándolo con admiración, del modo en el que lo hacía en aquel momento a pesar de que el ruso seguía sintiéndose débil y totalmente avergonzado.
—Pensé que eso estaba haciendo, aunque debo admitir que quizá esta no sea la mejor forma así que…— dijo Yuri con una sonrisa nerviosa y aquel adorable sonrojo en sus mejillas del que Victor estaba prendado de forma irremediable— ¿Puedo abrazarte, Victor?
Por toda respuesta, Victor enredó sus brazos en el cuello del joven médico quien solamente se mostró un poco sorprendido ante ese hecho y quien, del mismo modo, lo tomó entre sus brazos haciendo que un nuevo torrente de lágrimas escapara de los ojos del ruso. Y las lágrimas siguieron su curso, Yuri no decía nada, simplemente acariciaba su espalda de un modo rítmico y tranquilizador que le hizo pensar a Victor que todo en aquel chico era curativo, que Yuri era un médico del cuerpo pero que el calor de su brazos bien podría curar almas también.
Y es que aquel silencio era curativo sin duda alguna y Victor sintió que un nudo apretado en su pecho estaba deshaciéndose ayudado por el llanto. Y el hombre de los ojos azules empezó a entender por qué aquellas pequeñas lágrimas que eran fruto de un dolor enorme, de verdad estaban ayudándolo a seguir adelante. Porque después de todo estaba vivo, vivo y cerca del hielo y aquel primer impacto que había sentido al verlo, dejó de sentirse como un golpe duro frío para empezar a transformarse en una bienvenida serena al mundo al que siempre había pertenecido.
Victor era parte del hielo y el hielo era parte del Victor, no podía ser de otro modo.
Las lágrimas siguieron su curso y se fueron perdiendo en el silencio y también en el hombro de Yuri quien no emitía queja alguna. Las manos de Yuri seguían sosteniéndolo y después de un rato que, en la mente de Victor había sido un pequeño trozo de eternidad, el hombre de los ojos azules se separó de Yuri y lo miró de forma avergonzada y agradecida mientras el joven médico se dedicaba a limpiar los últimos rastros de lágrimas que quedaban en sus mejillas.
— ¿Mejor? — preguntó Yuri con esa sonrisa tímida en sus labios que hizo que el corazón de Victor tuviera ganas de ponerse a cantar una vez más a pesar del llanto.
—Mucho mejor…— respondió Victor—. Me siento ligero ahora…
—Es como magia ¿verdad?
—Mejor que magia— dijo el ruso con un profundo suspiro—. Gracias, Yuri…
— ¿Gracias? ¿Por qué?
—Por no soltarme…— dijo Victor, aunque quería decir más cosas.
Cosas como: "gracias por buscarme, gracias por encontrarte conmigo y resistir todo esto aunque no es tu lucha; gracias, porque a tu lado todo parece posible, gracias porque sin conocerme tú creíste que vale la pena luchar por mí, que vale la pena luchar a mí lado. Gracias por ayudarme a sanar en cuerpo y alma, gracias por mostrarme que puedo soñar todos los sueños con los que no me había atrevido a soñar antes de ti. Gracias porque eres tú, gracias porque no quiero que sea nadie más que tú."
Pero Victor no dijo nada, aunque, algo en los ojos de Yuri le hizo pensar al ruso que algo de su mensaje había logrado llegar al corazón de aquel joven que seguía sonriéndole como si el mundo fuera un lugar sin dolor, sin maldad, sin sueños que perder.
Mucho tiempo después de aquel momento, cuando las personas le preguntaran al hombre de los ojos azules en qué momento se había enamorado de Yuri Katsuki sin remedio, Victor hablaría de aquella noche en una pista de hielo desierta, hablaría del modo en el que la mano del médico había seguido en la suya mientras éste se sentaba a su lado, sobre el suelo, y los dos se quedaban en silencio contemplando la fría superficie blanca donde una nueva historia comenzaría a escribirse para los dos.
Pero en aquel momento, los dos se limitaban a dejar que el silencio hiciera su trabajo. Hay ocasiones como aquella, en las que todo aquello que tiene sentido y significado, se expresa mejor con el toque de las manos del otro y la ausencia de palabras en los labios.
—Creo que desde que era niño no había estado tan cerca de una pista de hielo— dijo Yuri de forma distraída captando la atención de su acompañante porque aquella era la primera vez que el medico parecía dispuesto a hablar de sí mismo.
— ¿Sabes patinar? — preguntó Victor realmente sorprendido.
—Sí, sé que es increíble, pero hubo un tiempo en el que… bueno, no sé si esa sea una historia que te interese escuchar justo ahora, Victor…
—Me interesa…—dijo el ruso contemplando la mirada quieta y algo triste que Yuri le estaba dedicando a la pista de hielo.
—Empecé a patinar cuando tenía tres años, mi hermana Mari me llevó von ella a una pista de hielo por primera vez— dijo Yuri con calma, con la voz carente de emoción como si hablara de un pasado que no le pertenecía a él—. Lo cierto es que la primera vez que lo hice me divertí demasiado ¿sabes? Yo jamás había sido bueno en algo, pero el hielo se me daba bien. A los pocos minutos de estar en la pista podía deslizarme sobre ella sin temor, yo siempre fui un niño asustadizo, pero sobre el hielo llegué a sentirme seguro. Los demás niños volteaban a mirarme porque podía sostenerme en pie sobre el hielo sin demasiado esfuerzo y después de aquella primera vez, quise estar ahí mucho, mucho tiempo…
Victor sonrió ante la descripción de Yuri. Él era capaz de visualizar aquella imagen, la imagen de un niño pequeño que se encuentra de pronto con un lugar al que pertenece, un lugar al que no hay que ir con miedo. Aquello mismo había pasado con el hombre de los ojos azules: él también había sentido aquella primera felicidad, la felicidad simple y serena de encontrar un sitio en el cual poder ser uno mismo.
— ¿Jamás pensaste en ser profesional? —preguntó Victor y el ruso notó que aquella pregunta llenaba de dolor la mirada marrón del médico.
—Yo no, si te soy sincero, creo que jamás lo deseé…—dijo Yuri con sinceridad—. Es decir, en aquel entonces, el Ice Castle de Hasetsu que era el nombre de la pista de hielo de mi ciudad natal, era también la sede de entrenamientos de varios chicos que soñaban con ser patinadores profesionales. El entrenador de una de las chicas, Yuko…
— ¿Yuko Nishigori? —preguntó Victor porque el nombre de aquella famosa patinadora era difícil de ignorar.
—Ella misma ¿la conociste? —preguntó Yuri con una sonrisa divertida.
— ¡Claro! Siempre la llamaron "la Madonna del Ice Castle", pero jamás me imaginé que ella proviniera de tu ciudad natal. De verdad el mundo es pequeño…
—Más pequeño de lo que imaginas…—convino Yuri sin dejar de sonreír con cierta tristeza—. La verdad es que yo no soy un fanático del deporte. Después de lo que pasó conmigo, no quise pensar en el hielo jamás. Por eso debes perdonarme que no supiera de ti antes de que llegaras a la sala de emergencias del hospital…
—No tengo nada que disculparte, Yuri— dijo Victor con una sonrisa enternecida que hizo que sus ojos azules brillaran con fuerza— ¿Sabes algo? Esto me hace pensar que de un modo u otro, tú te habrías encontrado conmigo…
—Yo también lo he pensado — dijo Yuri con calma y con la mirada resplandeciente que estaba llena de una ternura enorme que volvió a agitar el corazón de Victor—. Parece como si se tratara de eso que el mundo entero llama destino ¿no es así?
—Sin duda alguna, Yuri…—dijo el hombre de los ojos azules asintiendo lentamente y luego añadió en tono realmente interesado—: ¿Qué fue lo que paso con el entrenador de Yuko Nishigori?
—El entrenador habló con mis padres—dijo Yuri apretando la mano de Victor como si estuviera a punto de contar algo verdaderamente doloroso y difícil—. Les dijo que yo era un prodigio sobre el hielo, los convenció de que empezara un entrenamiento al lado de Yuko y mis padres aceptaron, pensaron que no me haría daño y yo también lo pensé porque tenía cinco años cuando eso pasó y amaba el hielo pero… pero los entrenamientos eran pesados, estar en el hielo ya no era divertido y empecé a tener miedo, mucho miedo. El entrenador de Yuko no era una persona amable, creo que era un poco como Yakov Feltsman. Sus patinadores no le importaban como seres individuales. Para él, eras solo un instrumento y no dudo que muchas personas hayan logrado alcanzar así sus objetivos pero yo… el entrenador me aterrorizaba, Victor, me provocaba verdadero pánico. Las cosas que decía me herían profundamente, siempre estaba gritándome que era un cerdo perezoso, que estaba negándome a un camino lleno de gloria por ser un holgazán y un mediocre. Él le gritaba esas cosas a un niño de cinco años y yo estaba demasiado aterrorizado como para hablarles a mis padres de las palabras y de los golpes…
—Yuri…— dijo Victor acariciando la palma de la mano del médico cuyos ojos se habían empañado con la negrura de aquellos amargos recuerdos.
—Aguanté así tres años, no pude soportarlo más— dijo Yuri cerrando los ojos un momento—. Sé que fui débil, pero no pude más, simplemente no pude. Mi cuerpo se negaba a seguir con eso. Un día simplemente no pude levantarme de la cama, simplemente me negué a hablar, creo que me hubiera negado a seguir viviendo de no ser porque mi madre me llevó al consultorio de Minako. Cuando pude volver a hablar de nuevo, las cosas empezaron a mejorar pero yo seguía sintiéndome infinitamente inútil, estaba avergonzado y no podía soportar la culpa que había en los ojos de mis padres porque ellos jamás notaron las cosas malas que me estaban pasando pero es que yo no les dije ¿entiendes? Si alguien tenía la culpa de algo, ese alguien era yo, solamente yo…
—No, Yuri, no fue tu culpa…
—Lo sé, pero después de años de vivir encerrado en tu propio pánico, empiezas a creer un montón de cosas estúpidas. Tuvo que pasar mucho tiempo para que yo pudiera exorcizar los demonios que el entrenador hizo vivir en mi mente. Me tomó la mayor parte de mi infancia volver a ser yo mismo, volver a encontrarme con un sueño del que yo quisiera sentirme orgulloso, un sueño que fuera solamente para mí.
—Y ese sueño, fue convertirte en médico…— dijo Victor con una sonrisa orgullosa en los labios.
—Minako me enseñó a amar la idea de que podemos sanar el dolor y la enfermedad— dijo Yuri con una sonrisa un poco más cálida—. Sus libros de medicina se convirtieron en un refugio para mí, creo que fueron un bálsamo para mi alma. Me enamoré de la perfección de nuestro cuerpo, de lo frágil que es y aun así, de toda la complejidad que encierra. Siempre fue un chico inteligente así que, cuando el momento de elegir qué hacer con mi vida llegó, yo sabía exactamente qué era lo que quería hacer y mírame, aquí estoy ahora, sentado al lado de Victor Nikiforov y te juro que no cambiaría nada, absolutamente nada de todo eso que he tenido que pasar para poder estar a tu lado y tener la posibilidad de ayudarte, Victor…
—Yuri…—dijo el hombre de los ojos azules con una sonrisa conmovida—. Si sigues hablando de esa manera, creo que terminaré por enamorarme profundamente de ti…
— ¿Y eso es malo? — dijo Yuri con cierta coquetería que hizo que las mejillas de Victor se encendieran de modo alarmante.
—No, no lo es para nada…— dijo Victor sin poder evitar sonreír como iluminado.
—Me alegra escuchar eso—dijo Yuri sintiéndose valiente de pronto—. Sería hermoso lograr eso ¿sabes? No me hagas mucho caso pero creo que definitivamente conozco a un médico que está enamorado como un tonto de ti…
—Dile al doctor Chulanont que no puedo corresponderle—dijo Victor riendo felizmente, sintiéndose loco porque minutos antes había estado llorando como bebé pero Yuri Katsuki había hecho una confesión, había hecho la confesión más hermosa que él hubiera escuchado en su vida—. Dile que mi corazón está preparándose para que él doctor Yuri viva en él por siempre…
—Victor…— dijo el joven Katsuki sonriendo de forma conmovida.
— ¡Quiero verte patinar! — dijo el ruso sintiéndose completamente vivo de pronto, sintiendo que por aquel momento los dos ya habían dicho demasiadas palabras—. Yuri, ¿quieres patinar por los dos?
Sintiendo una alegría burbujeante, algo que se parecía a unas inmensas ganas de gritar porque Victor Nikiforov le había dicho que estaba preparando un lugar para él en su corazón, Yuri asintió sin darle mucha importancia al hecho de que no patinaba desde que era un niño. Así que sin pensarlo demasiado, el joven médico caminó con rumbo a los vestidores de la pista de hielo donde Victor le había dicho, había equipo de sobra, y calzándose con unos patines negros un tanto comunes, Yuri salió a la pista sintiendo que el último de sus fantasmas moría en el justo instante en el que la navaja afilada de sus patines, se deslizaba por la blanca superficie helada.
Y aquello era extraño, claro, pero también tranquilizador. Al principio de toda su aventura con Victor, Yuri había pensado que él estaba ahí solamente para ayudar a su paciente y era hermoso e inquietante a la vez que Victor también estuviera ayudándolo a él porque había sido verdad que desde aquellos tristes incidentes en su infancia, Yuri jamás se había acercado a una pista de helo.
Pero la mirada de Victor estaba sosteniéndolo ahora. Los ojos azules de una de las leyendas del patinaje artístico estaban fijos en él y aquello bastaba para hacerlo feliz porque Yuri sabía que él era especial para aquellos ojos, que él ocuparía un lugar en la vida de Victor que nadie más podría ocupar. Y la constancia de aquel hecho era de sobra embriagadora. Yuri sentía que sobre sus pies estaba el inicio de un mundo nuevo, ese mundo nuevo donde el pequeño niño que había sufrido, sonreiría por fin en paz diciéndole que estaba orgulloso del lugar al que había llegado.
Y lo mejor de todo, es que aquel pequeño niño había descubierto también a una persona a la cual amar y aquella posibilidad, la posibilidad de sentir amor por alguien que también sentiría amor por él era tan nueva y tan maravillosa que Yuri se permitió ser optimista por una vez.
En su futuro habría un lugar para el amor y al sentir los ojos de Victor Nikiforov sobre su piel, Yuri no pudo hacer más que sonreír porque algo le decía que gracias a eso, él podría lograr hacer que las pequeñas lágrimas de Victor se convirtieran en sonrisas enormes porque el muchacho de los ojos marrones había descubierto que después de ser un médico especializado en traumatología, su más hermoso y nuevo sueño era tener la posibilidad de poder hacer feliz a Victor Nikiforov…
