LETTER FROM HOME

Capitulo 6.

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Tengo unas cuantas horas de vuelo por delante, y me gustaría terminar este relato. Sé que no servirá de mucho a estas alturas, pero no tengo nada mejor que hacer. Y lo ocurrido es demasiado importante para mí.

Las hojas que llevo escritas están abajo, en el equipaje, pero si no recuerdo mal lo dejé en esa noche que Kaede y yo pasamos juntos en mi habitación de la residencia de la universidad.

Sabes una cosa sorprendente papá, Kaede cumplió su promesa. Unos dos días después me llamó y quedamos en vernos la tarde siguiente en el parque para jugar.

Fue como volver al último mes de instituto, cuando cada día jugábamos un interminable uno contra uno, pero con mucha más carga sexual que cuando teníamos quince años. No podía tocarle, ni besarle, porque estábamos a plena luz del día en un lugar público, pero cada vez que nos rozábamos, que nuestros cuerpos se pegaban el uno al otro, mi piel ardía en deseo.

Acabamos parando por eso. Yo le pedí dejarlo. Algo cansados nos sentamos en la hierba del parque y charlamos. Nada importante. Me sentía raro. Su actitud me demostraba interés en mí, sus ojos traspuaban deseo, pero en mi mente las palabras de esa noche retumbaban sin cesar: ¿No me amaba? ¿Era cierto eso? No estaba seguro.

Esos encuentros se repitieron un par de veces por semana durante todo el mes. Siempre acompañados de agradables charlas y risas. Amistad.

Cuando faltaba poco más de una semana para irme de Estados Unidos él me preguntó qué planes tenía para mi futuro. Mis planes eran simples, tenía un contrato con el periódico, les debía demasiado como para no volver a trabajar después de todo.

-Me lo temía- fue lo único que dijo. Intenté indagar si es que esperaba que me quedara en Estados Unidos. Dijo que no le importaría. -Si no tuviéramos que separarnos podríamos intentar…- no acabó la frase pero yo le entendí. Mi mano se entrelazó con la suya, y contra todo pronóstico no me rechazó el contacto.

Esa tarde me acompañó hasta la habitación, no como las anteriores veces cuando solo me había acompañado con el coche hasta la puerta y luego se había ido cagando leches, para evitar que lo ocurrido la primera noche se repitiera. Esos días no sabía como tomarme esa actitud. Por un lado me dolía que mantuviera ese espacio entre nosotros de modo tan obvio, por el otro hubo noches que agradecí que fuera él quien estuviera manteniendo esa barrera subida, evitándome a mi tener que hacerlo, pues su cercanía me confundía y no estaba nada seguro que volver a acostarnos fura bueno para ninguno de los dos. A pesar que ambos lo deseábamos. Ese comportamiento siempre ha sido su modo de protegerse. Pero esa noche dejó las barreras bajadas de nuevo…

Hicimos el amor dulcemente. Tres veces. Y cuando se marchó de madrugada se despidió con un beso dulce, y un gran abrazo.

-No nos veremos más- me susurró mientras me abrazaba. Yo temblé pues pensaba que todavía le vería un par de veces más antes de irme como mínimo. -Me marcho con el equipo a Huston y luego tengo que pasar por Nueva York por un tema de papeles. Se que si todo hubiera sido distinto habríamos podido hacerlo funcionar Hanamichi. Y eso me hace feliz. Por primera vez en años soy feliz y es gracias a ti. No dejes de escribirme, me hará mucha ilusión recibir noticias tuyas. Pero hazme un favor mándamelo todo a esta dirección- se separó de mi y en una de sus tarjetas me apuntó un código postal. -Y si no respondo…

-Si no respondes vendré yo mismo y te cortaré los huevos- le amenacé. -No tienes motivo para querer olvidarme esta vez Kitsune.

Kaede no quería que yo siguiera teniendo esperanzas, él no podía prometerme que más adelante íbamos a encontrar la manera de estar juntos por fin. Así que quedamos como amigos, y sin compromiso alguno, libres de estar con otros si así lo deseábamos o si surgía un amor más sencillo que el nuestro que nos hiciera felices.

Pero yo sabía que no iba a poder sentirme libre. No después de haberle tenido entre mis brazos, y saber que me quería a pesar de su incapacidad para decírmelo. Porque me quiere. Lo sé. Y eso lo complica todo.

Nunca se me ocurrió proponerle tener una relación a distancia. Porque habría sido un problema aún mayor. Con la imposibilidad de estar físicamente juntos los problemas se habrían amplificado y hubiéramos acabado como perro y gato, sino uno de los dos muertos a manos del otro.

Por fin tras un último abrazo y un último beso, que acabaron siendo muchos besos y mucho rato abrazados, nos despedimos y se marchó.

No negaré que me sentí fatal al saber que no nos veríamos mas ese año. Quise correr tras él. Pero como Kaede había dicho, saber que en otras circunstancias habríamos logrado que lo nuestro funcionara fue un gran alivio que me dio cierta paz. Una paz que no había sentido en muchísimo tiempo.

Pude acabar el curso, con matricula de honor, todo sea dicho de paso. Y volver a casa con la cabeza bien alta.

Trisha me llevó al aeropuerto y me pidió que le escribiera pronto. Prometí hacerlo, y todavía hoy le escribo de vez en cuando, vía correo postal, son los sello y todo eso. Me encantan las cartas escritas a mano. Quizá por eso empecé esta.

Estoy resumiendo mucho lo sucedido, ¿verdad papá? Pero me entretuve tanto en lo anterior que me quedé sin tiempo y el vuelo llegará a Frankfurt en unas horas y quien sabe qué ocurrirá con mi vida después de eso.

Ya en Japón, la vuelta a la rutina fue dura en ciertos aspectos y liberadora en otros.

En el periódico fui recibido con honores por todos, recibí una hermosa pluma de parte de Sayuri por haber aprobado el curso, un gran ramo de flores de parte de John, para fastidiarme un poco y ponerme en evidencia frente toda la redacción y una cámara digital de parte de mamá y Nichimura.

Durante el otoño me centré en el trabajo. El curso en Estados Unidos me había llenado la cabeza de ideas, poder contar con alguien en quien confiaba como Ken me ayudó mucho a ir a por todas esos meses.

Una noche mientras acababa de corregir unos artículos para el suplemento dominical del fin de semana, llegó John a la redacción. Como siempre me había quedado el último y estaba solo. Muchos pensaban que nunca me iba a dormir ya que nunca me veían entrar por la mañana, siempre me encontraban allí, y nadie me veía irme por la noche, siempre era el último en cerrar. Eso me dijo John al llegar. Luego me acusó, no sin fundamento, de estar usando el trabajo como escudo para olvidar a Kaede.

Pero por una vez John estaba equivocado. De algún modo, yo sentía que lo de Kaede había terminado. Lo nuestro no tenía futuro, ahora lo sabía no había dudas que me atormentaran, y por ello sabía que a pesar de que siempre le amaría de un modo u otro, mi corazón ya no se sentía preso de ese amor.

No era que me sintiera libre, era más bien como saber que las cosas eran como debían ser y esa sensación era tranquilizadora. John no me entendió. Pero lo cierto es que me gustaba esa sensación y me importaba poco que los demás lo entendieran o no. Me daba fuerza para ser mejor en mi trabajo, para comerme el mundo.

John quiso demostra que yo mentís, quiso demostrar ser más inteligente y me propuso que si lo de Kaede ya estaba olvidado…

-En proceso- le rectifiqué yo. Que mi mente y mi corazón estuvieran calmados no quería decir que hubiera olvidado todo del día a la mañana o que mi corazón ya no sintiera nada.

Me propuso de ir con él y Hikoichi a cenar con un amigo de ellos. Supongo que esperaba que me negaría, al creerme incapaz de estar con otro que no fuera el Kitsune, pero acepté.

Y de ese modo me vi metido en una, algo vergonzosa pero divertida, temporada de citas a ciegas con amigos de amigos, conocidos, vecinos, y conocidos de los amigos de Hikoichi y John.

Reconozco que estuve saliendo con algunos de ellos de buena gana. A veces la cosa duraba unos días, a veces semanas incluso. Pero todos me dejaron cuando se dieron cuenta que el trabajo siempre estaba delante de cualquier otra cosa, delante de cualquier relación. Creo que John y Hikoichi les habían vendido la moto que iban a encontrar un pobre chico joven con el corazón roto y el alma perdida, y venían esperando que yo les recibiría como mis salvadores. Cuando se daban cuenta que yo era mas fuerte que ellos, que mi corazón estaba saludablemente alegre y mi trabajo era mi único amor, perdían el interés supongo.

Algunas de esas citas serían como para escribir un libro, de verdad Papá. Recuerdo como más de una vez acabé llorando de la risa cuando más tarde le escribía a Kaede contándole lo que me había encontrado.

Alguna vez me pregunté si no le molestaría a Kaede que le contara mis conquistas o los intentos de otros menos afortunados que él de conquistarme, pero eran el tipo de cosas que me apetecía contarle a mi mejor amigo y él era, es, sin duda, esa persona. Así que desestimé la idea de callarlo. Por otro lado él nunca me pidió que omitiera esos detalles de mi vida.

Ese otoño fue también el momento de decirles al gundam mi verdad. Les dije que era gay y que no quería seguir escondiéndoles nada, quise ser franco con ellos a pesar de que he de reconocer que el nombre de Kaede no salió en ningún momento. No lo aceptaron muy bien. Pero a estas alturas nuestra amistad era ya un mero formalismo, y pese a que me dolió su alejamiento no esperaba mucho más.

Uno de ellos se casó en Diciembre y no recibí invitación a la boda. Lo supe más tarde por Yohei con quien sí sigo viéndome de vez en cuando. Poco pues lo nuestro ya no es como antes, él está casado, yo trabajo mucho y hay pocas cosas en común entre nosotros. Solo un profundo afecto que atesoraré siempre por todo lo que me ayudó cuando éramos unos críos.

La navidad fue dulce Papá. Mamá y Nichimura volvieron a pasar unos días en casa conmigo, también conseguí que vinieran Sayuri y Kiyota y fue como estar en familia de nuevo. Y la noche de navidad recibí una inesperada llamada de Estados Unidos.

Me alegró tanto que me llamara. Hablamos por horas, como si nunca nos hubiéramos separado. Me dijo que me había mandado un regalo, y yo le dije que no le había mandado nada, pero era mentira, le mandé una muñequera nueva, negra por un lado y blanca por el otro, donde yo le había pintado un círculo rojo con un permanente para la ropa. Él me mandó un balón firmado por todos los de su equipo, incluso por él.

Dios ya se ve tierra firme, después de ver tanto hielo de Rusia esto es un alivio, pero significa que me queda poco tiempo.

¡Oh! lo que no te he contado Papá es que su equipo esa temporada ya no eran los Milweaukee Bucks, sino los Chicago Bulls. Lo traspasaron poco después de irme yo. Había aguantado un año entero a un público acostumbrado a una relación muy familiar con el equipo, y que por tanto no había recibido muy bien su fría actitud. Con sus compañeros nunca se llevó bien, y además en septiembre iban a llegar un par de compañeros suyos del equipo universitario y eso iba a ser muy incomodo, demasiado. Los Chicago Bulls habían ya manifestado su interés por él el año anterior, pero como quería acabar la carrera se había quedado en Milweaukee. Pero entonces ya había terminado los estudios, y nada le retenía en esa ciudad hermosa y fría, pero que tan mal lo había acogido.

En Chicago todo había empezado bien. El entrenador y el resto de jugadores le respetaban por su juego y en esa gran ciudad nadie se interesaba por él fuera de la cancha y eso le ayudó.

Oh papá, tendrías que haberle visto, mejoró tanto su juego. Como se nota que en Chicago está a gusto. Hizo una temporada espectacular y casi ganan la liga. Y toda le temporada usó la muñequera que le regalé con la bandera de Japón bien a la vista. Un pequeño detalle con el que se metió el público de casa, Japón, en el bolsillo después de años de mirarle mal por no querer volver para los partidos de la selección.

Y yo también hice una temporada espectacular ese año. Fue un buen año para mi en el trabajo. Las ventas del periódico aumentaron, el dueño decidió aumentar la tirada, entró gente nueva y de gran calidad. Y poco a poco el periódico creció en todos los sentidos. Pronto bajo mis órdenes ya no solo tenía a Ken, sino también una entusiasta chica que como Ken recién salía de la facultad, Rika se llama…

Con Ken entablamos una gran amistad, y los tres nos convertimos en el corazón de la sección de deportes, sin incluir a los dos carcamales que llevaban la sección de artes marciales claro está.

En Junio nació la hija de Yohei y Sakura. Una hermosa pequeña que llamaron Saya. Y en Agosto, cuando hacía ya un año de mi viaje a Estados Unidos, Sayuri y Nobunaga se casaron y Sayuri me pidió que fuera yo quien la entregara en la ceremonia, como si de su familia se tratase. Fue una ceremonia tan hermosa. No pude evitar recordar la boda de Yohei, y como descubrí esa noche que Kaede había estado enamorado de mi por años. Esa noche también trajo confesiones con Yohei, pues finalmente le hablé de lo que había ocurrido en su boda, de mi reacción, de lo que había sentido por Kaede. Creo que no se sorprendió mucho.

-Ahora entiendo muchas cosas- fue lo único que me dijo. Pero no me reprochó que no se lo hubiera contado antes.

El siguiente Enero tuve la oportunidad de cubrir un importante evento deportivo en Okinawa. Una competición internacional de patinaje artístico. El año anterior dos patinadores japoneses habían quedado muy arriba en la calificación en las olimpiadas de invierno, y una de las chicas del equipo había ganado una medalla y todo.

Hacer un viaje tan grande para cubrir una noticia fue algo inesperado y muy divertido. Ya me había gustado la idea de viajar por trabajo cuando había ido a Estados unidos, pero tras lo de Okinawa me di cuenta que no solo me gustaba viajar, sino también los hoteles, los horarios raros, los eventos internacionales con mucha gente, mezclarme con prensa de todo el mundo, la libertad de estar lejos de casa y a la vez el arduo trabajo y las horas de más que eso significaba.

Fue un experimento del dueño, quien tiene una hija muy aficionada al patinaje que le dio tanto la lata con que nadie se preocupaba de su deporte favorito en nuestro país que al final me encargó ir y escribir algo sobre el evento para cada día.

La cuestión es que la competición fue ganada en las categorías individuales por dos patinadores japoneses y eso mereció un reportaje central del dominical del domingo siguiente.

Pero como ya había ido contando todo de lo ocurrido durante la competición y de la vida de los patinadores favoritos en los artículos diarios, solo debía hacer un reportaje resumen. Pero no quise hacer algo tan típico. Así que mas que en la competición me centré en la organización de un gran evento como una prueba de un mundial; en cómo yo lo había vivido. Y lo amenicé con anécdotas del viaje, referencias turísticas de cosas que había podido ver del lugar en el poco tiempo libre que tuve y consejos para quien se quisiera aventurar a asistir a un evento de esa magnitud.

El reportaje resultó un éxito.

Así que repetí con un acontecimiento parecido en febrero, pero de otro deporte y algo más lejos. Seguí el mismo método y el resultado fue igual de bueno.

El director estaba muy contento con mi trabajo.

Por mi 24 aniversario recibí dos ofertas increíbles:

Una del mejor periódico del país que quiere enviarme a Estados unidos a cubrir las ligas americanas de baloncesto, fútbol americano y béisbol. Me ofrecen una corresponsalía en la ciudad americana que escoja, con piso ya amueblado y un buen sueldo.

La otra es un nuevo puesto en el mismo periódico de Kanagawa. Llevo trabajando en él casi cinco años, algo más de dos con contrato fijo. El cambio de puesto implicaría dejar de trabajar con Ken y Rika, quienes tomarían las riendas de la sección de deportes, para yo crear una sección nueva mezcla de viajes y deportes. Un departamento nuevo, sin forma definida para poder adaptar los reportajes a mi conveniencia. Total libertad y mejor sueldo.

Como ves la decisión no es fácil. Y como es evidente esto es lo que me ha llevado a escribirte. O escribirme, porque a estas alturas creo que todo me lo he estado contando a mí miso.

El periódico de Kanagawa ha sido como un segundo hogar. Poco a poco he podido ir haciendo lo que he querido, nunca me han puesto muchas pegas y me han ayudado a ir mejorando, y ahora me ofrecen total libertad para hacer lo que quiera. Tengo la sensación que el periódico ha crecido en parte gracias mi y conmigo estos años, y lo de los reportajes y los viajes es algo que me gusta y me ilusiona mucho.

La otra oferta, sin embargo, es muy tentadora. Solo de pensar que puedo irme a vivir a donde quiera de Estados Unidos, para trabajar de lo que quiero con semejante sueldo, y cubrir las grandes ligas deportivas. Un sueño.

Quizá el problema es que lo mezclo con el viejo sueño que durante dos años he creído haber superado: Kaede. Es la oportunidad perfecta para estar con él. Podría instalarme en Chicago y entonces quizá podríamos hacerlo funcionar. Suena perfecto. ¿Demasiado perfecto?

Pero no se si él quiere eso.

Sé que él no quiere salir del armario, no mientras sea jugador de baloncesto. No quiere arruinar su carrera ni yo tampoco quiero que lo haga y menos por mí. Pero no puedo dejar de pensar que decir que no a esa corresponsalía sería como decir definitivamente que no quiero estar con él.

Por eso vuelo a Frakfurt.

Kaede me dijo hace dos años que la llave que cuelga de mi cuello era un símbolo de lo que sentía por mí. Cuando le pregunté qué abría, me dijo que su corazón.

Y él está en Frankfurt de vacaciones obligadas. Se lesionó hace una semana y media y ha ido a recuperarse a una clínica especial. Me llamó para contármelo antes de salir de Estados Unidos.

No sabe que voy a verle. Tampoco sabe nada de mis ofertas de trabajo, ni de la duda que me corroe.

He pedido fiesta en el trabajo para poder viajar. El jefe me ha dicho que si quería irme a Frankfurt por motivos personales no tenía objeción, pero me ha propuesto que quizá sería una buena idea hacer un reportaje sobre el viaje. Yo le he contado lo de la oferta de la corresponsalía y me ha dicho que entendía mi necesidad de pensármelo. Que entendería que no volviera de Frankfurt y me fuera directamente hacia Estados Unidos, pero que esperaba que volviera con ellos y que de ser así un nuevo horizonte de ilimitadas posibilidades me esperaba junto a un grupo de personas que me estimaban mucho.

Y sé que tiene razón, porque incluso los dos viejos del karate, como yo les llamo, me han mirado con respeto al irme esta mañana hacia el aeropuerto. Ken y Rika han llorado al saber que quizá no volvía y que si lo hacía no trabajaría con ellos. John me ha abrazado y me ha susurrado que hiciera lo que más me apeteciera hacer a mí y que olvidara lo que dijeran el resto.

-Pero vuelve- ha añadido antes de darme un casto beso en los labios.

Acaban de encenderse las luces de abróchense los cinturones y yo todavía no sé qué voy a hacer. Ni siquiera sé si quiero preguntarle su opinión a Kaede. No quiero decidir en función de otra persona. No quiero encontrarme siendo un viejo mirando atrás lamentándome no haber pensado más en mí. Estoy cansado de ir dando tumbos con la sensación de que espero que algo me diga qué hacer. Quiero tener la sensación de que soy yo quien dirige las riendas de mi vida.

Quizá el problema es que no estoy seguro de si quiero estar con él o no. Lo he querido durante tanto tiempo, y luego, estos dos últimos años…

Quizá, solo pase que, no sea al momento de estar juntos todavía.

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FIN

Grissina

Setembre 2007

Sant Vicenç