¡Hola! ¿Qué nos contamos?

Bueno, prometí actualizar antes del anterior fin de semana, pero me confinaron en un pueblo del monte donde NO HAY INTERNET XD. Ni pirateando el Wi-Fi encontrabas ninguna red, así que lo siento mucho.

Venga, agradecer como siempre los reviews (esta vez han sido más, me he quedado a cuadros O.o). Gracias a desirecita, Espe Kuroba, Mell.Russell (Me alegra que te gustara. Me preocupó que esperaras una gran batalla cuando... ejem XD. Weno, pues si te imaginas cosas raras no es mi intención en absoluto, aunque no niego que la idea es tentadora XD), Emi (Gracias por los halagos. Salu2), Sofia (Mil gracias por los ánimos. ¡No lo pienso dejar! b7s), Kayleigh More y Nany104. Me anima mucho que haya alguien que siga la historia n.n. Los reviews firmados por correo, lo normal.

Wenga, y ahora, como de costumbre, espero que disfruteis con la lectura.

Capítulo 5. Hielo. La sangre de Adán

Lucy anduvo con calma por encima de la nieve reciente y esponjosa, tirando con gentileza de las riendas del caballo. Allí, sumergidos en el bosque, no era el mejor lugar del mundo para cabalgar, así que iba a pie. Llegar allí le había costado más de una hora, pero ya no sentía miedo alguno por lo que pudiera sucederle: aquel lugar le evocaba recuerdos preciosos e imborrables, y un ambiente acogedor y seguro envolvía cada rincón.

Abrió la puerta metálica con algo de esfuerzo. La nieve se había acumulado en el borde exterior y resultó difícil empujar con semejante rozamiento extra. Más Lucy (con un poco de ayuda del caballo) logró colarse dentro. Buscó entre las cosas que se había llevado del castillo y sacó una antorcha rudimentaria y un pedernal que golpeó repetidas veces contra otra roca dura. Saltaron chispas, y Reepicheep fue lo bastante capaz como para sostener la antorcha hasta que esta prendió. Satisfecha, Lucy la sostuvo en lo alto y observó aquel memorable lugar.

La casita del fauno seguía prácticamente igual a como la recordaba, sólo que el extraño orden que reinaba intensificaba el aspecto de abandono. Los curiosos libros perfectamente ordenados en las estanterías, las tazas blancas reposando en la alacena y algunas bufandas colgadas en el perchero. A pesar de que no parecía faltar nada, nadie había pisado aquel lugar en más de mil años.

Entristecida, Lucy fue hacia la chimenea y arrojó algunos leños en ella, prendiéndoles fuego. La madera era tan vieja que se incendió enseguida, y pronto un agradable calorcillo inundó la casa y obligó a Lucy a desprenderse de su capa de viaje. El caballo se acurrucó cerca de la entrada y se dedicó a mordisquear unas hierbas que habían crecido en una grieta de la roca. Reepicheep simplemente se hizo un ovillo en una de las sillas y durmió un rato, aunque aferrando la espada con fuerza entre sus diminutos dedos.

Lucy se sentía agotada, y estaba segura de que también iba a caer dormida en breve si se sentaba en uno de aquellos confortables sillones. Sin embargo, algo llamó su atención. Algo que para ser sinceros sólo habría notado inusitado una persona entre un millón.

Era un papel. Un simple papel que sobresalía del sencillo tapete blanco bordado con motivos florales. La niña estiró la mano y desdobló el pequeño retazo. Una caligrafía estilizada pero algo irregular rezaba:

"Primero de todo, ¡bienvenida seas de nuevo a Narnia, Lucy la Valiente! Si has leído esta carta es porque has vuelto, tal y como Aslan dijo que harías.

La razón por la que te escribo esto es porque creo que no viviré lo suficiente como para volver a reencontrarme contigo en Narnia. Soy un fauno ya mayor y sé que no me quedan muchas décadas. De momento y de forma indefinida, he dejado esta casa. Los telmarinos han caído sobre nosotros y el Dique de los Castores, aquí cerca, está ocupado por ellos mismos. Voy a irme al sur, a Archenland, con la esperanza de vivir en paz los años que me queden.

Desde vuestra desaparición, los narnianos han caído en la desgracia, pues los telmarinos son crueles y destruyen los bosques. Supongo que has vuelto a tu mundo, a Tación de Invitados. Espero que hayas sido muy feliz allí y que tus hermanos y hermana puedan regresar contigo.

Aslan me prometió que en algún momento volveremos a encontrarnos, Lucy Pevensie, y no podré sosegar de pura impaciencia hasta que llegue ese momento. Jamás olvidaré aquel lejano final de invierno.

¡Larga vida a la Reina Lucy! ¡Larga vida a los Reyes de Narnia!

P.D. La flauta sigue encima de la repisa. Espero que la conserves, pues es el último regalo que te ofrezco.

Tumnus"

Cuando bajó la hoja de papel de la altura de sus ojos, Lucy Pevensie estaba llorando con todas sus fuerzas. En su mente se delineó la imagen de un fauno anciano separado de Narnia, alejado de sus prados por una guerra que la marcha de los Hijos de Adán había provocado. Dicho fauno exhalaba su último suspiro en una casa triste, rememorando escenas de la Edad Dorada que sabía que jamás volvería a experimentar.

Mirando el fuego que crepitaba en la hoguera, Lucy se quedó dormida, pero resultó un letargo con sueños tristes y grises, y no tuvo la sensación de haber descansado en absoluto.


Cuando Edmund despertó, el dolor le recibió como una puñalada. La sensación resultó tan hiriente que ahogó un alarido a base de morderse la lengua. Se sentía terriblemente mareado y le hormigueaban todos los miembros. Aún le costaba respirar, y los últimos recuerdos que conservaba eran fragmentados e incoherentes.

Sus sentidos funcionaban de forma extremadamente pausada. Tenía la sensación de que los estímulos tardaban una eternidad en llegar hasta su cabeza. Más cuando por fin empezó a recuperar el oído, voces confusas y nada agradables parecían envolver su espacio, dándole una sensación de ahogo. Trató de moverse, pero pagó caro aquel intento con un ramalazo de dolor que se extendió velozmente por su cuerpo. Así que simplemente se dejó caer sin fuerzas sobre el sitio en el que se suponía que estaba.

Hubo una sensación que identificó antes que cualquier otra: el frío. La temperatura era extremadamente baja, hasta el punto de que tiritaba de pies a cabeza. Entonces acudió a su cabeza la idea de que quizás estaba aún tendido en el campo de batalla, sobre la nieve. Descartó rápidamente aquella opción: el tacto de la nieve era agradablemente fresco, pero aquel frío penetraba hondo, como si destruyera el más mínimo atisbo de vida.

De pronto un golpe cayó del cielo, o al menos eso le pareció, porque nunca supo de dónde había venido. El caso es que su cuerpo malherido se resintió terriblemente del impacto y le obligó a soltar un leve jadeo dolorido.

–Está despierto -anunció una voz ronca.

–Levantadlo -ordenó una segunda, que rezumaba brusquedad.

El pobre chico sintió cómo dos pares de brazos le incorporaban y después le arrastraban por un terreno desigual, en sentido descendente. El frío seguía aumentando a su alrededor, hasta el punto que dolía, y Edmund anheló poder llorar para olvidarlo.

Abandonándose por un segundo al pavor, supo que quienes estaban con él no eran amigos. Y se obligó a sí mismo a no pensar en qué vendría a continuación, pues el odio podía convertir al ser más amable en un retorcido e inhumano ente.

Sintió cómo, tras un par de minutos de camino, le arrojaban de malos modos sobre un suelo de piedra. El impacto dolió como nunca al aterrizar sobre la herida. El frío a su alrededor resultaba casi cruel y su voluntad empezaba a tambalearse peligrosamente. Asustado por encontrarse en un lugar que no conocía (o al menos eso supuso), miró derredor, pues las voces habían crecido en número e intensidad.

En aquella sala oscura de roca había una pequeña multitud de seres. Minotauros, enanos negros, algunas serpientes, cíclopes, ogros, dos hombres lobo e incluso le pareció distinguir la figura de algún tipo de animal volador, naturalmente mucho menos agraciado que un grifo. Los ojos de todos estaban clavados en él y reflejaban emociones tan variopintas como el odio, el miedo, el respeto y el rencor. Bajo el resplandor azul de unas cuantas antorchas colocadas en círculo, gozaban de un aspecto tétrico e infernal.

Edmund se sintió desprotegido ante toda aquella muchedumbre de tan siniestra naturaleza. Nunca había visto nada parecido. El hombre lobo de su derecha le miraba con un destello rojo en sus ojos pequeños y parecía deseoso por hincar los dientes en su carne. De pronto, uno de los enanos negros se adelantó a los demás, y el volumen de las voces disminuyó de forma considerable.

–He aquí al Hijo de Adán -anunció, señalándole directamente.

Una nueva horda de gritos de triunfo manaron de decenas de horrendas gargantas. Edmund alzó levemente los hombros, como si tratara de recuperar un poco de su grandeza.

–¿Qué perseguís reteniéndome aquí? Habéis ganado la batalla. Adelante, festejad vuestro triunfo. Nunca un rey de Narnia privará a los contrarios de su merecida victoria. Más sabed que pagaréis caras la quema de Beruna y las vidas inocentes allí arrancadas -aseguró el chico, rebosante de justicia.

–No estás en condiciones de emitir amenazas, Hijo de Adán -protestó Feradrik, avanzando aún más hacia él y sin dejar de señalarle-. ¡Vosotros mismo habéis provocado esta situación!

–No comprendo vuestras razones, pues son totalmente ilógicas -repuso Edmund, recordando el vocabulario diplomático-. Habéis atacado una población pacífica sin previo aviso. Vuestras acciones no son sino salvajes e inhumanas, a pesar de ser hermanos de Narnia.

Aquella protesta le costó un rápido golpe en el rostro, con lo cual se vio obligado a agachar la cabeza, llevándose una mano insegura a la zona dolorida. Se dejó caer de nuevo sobre el suelo, respirando con dificultad y atenazado por el dolor.

–No merecéis otra cosa que la muerte, Reyes del Pasado -escupió el enano con sumo remordimiento-. En vuestra última visita os pusisteis de lado de los invasores de Narnia. ¡Perdonasteis la vida a los telmarinos y pusisteis a uno de ellos en el trono! No todos perdonamos tan deprisa como los faunos o los grifos.

Feradrik sonrió de oreja a oreja, con cierto aire de malignidad.

–Para eliminar a semejante plaga de Narnia, acudiremos incluso al poder más antiguo de todos los que dominaron esta tierra -susurró.

Y de pronto el aire se llenó de plegarias. La dríada que batallara con él quién sabe cuanto rato antes se deslizaba por la sala susurrando palabras en la lengua antigua. El joven, aturdido y dolorido como estaba, no pudo discernir qué decían exactamente, pero estaba totalmente convencido de que no le gustaría el final de todo aquello. De nuevo la temperatura sufrió un brusco descenso, y sintió deseos de gritar de desesperación. No era sólo un enfriamiento físico, sino algo que hurgaba profundamente en su alma, removiendo recuerdos nefastos y oscuros.

Aquella silenciosa tortura pareció durar una eternidad. Y cuando fue rota, algo cien veces más estremecedor se hizo oír en la penumbra.

–Edmund, querido. Qué gran placer que hayas podido venir hasta aquí -susurró una voz femenina.

Un escalofrío imposible de describir recorrió la columna vertebral del chico. Recordaba aquella voz portentosa susurrándole promesas de grandeza y delirios de poder al oído. La asoció a la visión de unas manos blancas deslizando una delicia turca entre sus ávidos labios, tentándole con el más dulce de los sabores.

Sabiendo de antemano lo que iba a ver, Edmund Pevensie recurrió a sus fuerzas de flaqueza para incorporar la cabeza. Los labios le temblaban.

–Tú... -jadeó quedamente, incapaz de decir nada más.

Ante sí, sonriendo con soberbia, se alzaba la Bruja Blanca, la mayor tirana que Narnia había conocido en su historia.


Caspian suspiró por enésima vez, tratando de vencer al sueño. La noche caía sobre Narnia y el frío aumentaba hasta que la escarcha empezaba a cubrir la hierba del llano. El silencio se extendía en aquella tierra de forma letal, dándole aspecto de cementerio. Apostado en una de las almenas, sosteniendo un arco por precaución, el joven rey esperaba noticias de la guerra. Más no podía acallar una nefasta sensación que había crecido poco a poco en su ser.

Se había empeñado en hacer de vigía, pues así sería capaz de mantenerse despierto. Así que patrullaba por los pasos superiores del castillo junto a varios faunos y unos pocos grifos, siempre oteando el horizonte para predecir a tiempo un posible ataque.

–¿Habéis visto algo? -sugirió, al cruzarse con un grifo.

–Nada, señor. El llano del este está tranquilo. Parece que la batalla haya acabado -explicó este, moviendo inquietamente las alas.

–Esperemos que haya sido a nuestro favor... -exhaló el rey con una aire sombrío.

–¡Majestad! -gritó una voz desde una torreta vecina-. ¡Una comitiva se acerca desde el sureste! Hay... ¡hay grifos con ellos! ¡Son los nuestros!

Un revuelo enorme se levantó en el patio de armas cuando Caspian bajó hasta él y ordenó que bajaran el puente levadizo. Y antes de que ninguno de los recién llegados entrara en el castillo, el rey ya sabía que habían perdido la batalla. Había muchos heridos, y un ambiente lúgubre los envolvía a todos.

–¿Qué ha sucedido? -sugirió Caspian, alarmado.

–Perdimos, Alteza. La estrategia que siguió el rey Edmund era buena, pero eran muchos más que nosotros. Hicimos lo que pudimos -explicó Trumpkin, sosteniéndose un brazo dislocado.

–¿Dónde está el rey Edmund? -interrogó Caspian, no viéndole al frente.

El jefe centauro calló por unos segundos, valorando la forma idónea de dar una mala noticia.

–Ha caído, señor. No se encuentra entre nosotros -informó con sumo pesar Borrasca de las Cañadas, agachando la cabeza solemnemente-. Lo siento.

Caspian parpadeó un par de veces, con la boca entreabierta, incapaz de aceptar aquella noticia en el acto. Se dio la vuelta hacia el castillo y se llevó una mano a la frente, en un intento de evitar que la pena le nublara la mente. Más otra emoción se impuso a la de la pérdida de un amigo: la desesperación.

Si ellos habían perdido, eso significaba que el ejército rebelde seguiría adelante hasta destruir aquel castillo al igual que había arrasado Beruna. Si las defensas caían, Narnia volvería a ser una nación sembrada de caos. No obstante, antes de que pudiera ordenar nada, una voz desgarró el tenso y fúnebre silencio.

–¡Señor, debéis ver esto! -bramó desde lo alto un fauno de aspecto fornido.

Caspian hizo uso de su más absoluta velocidad y subió los escalones de la torreta de tres en tres, hasta que llegó a la cumbre sin prácticamente haber perdido el aliento. El fauno que había llamado su atención, apoyado en el muro con ambas manos, señaló en dirección norte sin ser capaz de utilizar palabras.

El soberano agudizó la mirada, intentando descubrir algo en la creciente oscuridad. Distinguió algo: al principio creyó que sus ojos le habían jugado una mala pasada, pues le parecía que las montañas se estaban moviendo. Pero su sentido racional pronto le dio un toque de atención: ¡las montañas no pueden moverse! Sin embargo, la idea que comenzó a formarse en su mente resultó tan terrible que posiblemente hubiera preferido las montañas errantes.

–Son gigantes... -musitó con voz queda-. Muchos de ellos. Se dirigen hacia aquí.

El fauno de su lado tragó saliva de forma imperceptible, y sostuvo su arco con más fuerza contra el pecho. Caspian se dio la vuelta y miró en dirección opuesta, hacia el patio de armas. Decenas de ojos estaban puestos en él, esperando cualquier orden suya. Confiaban ciegamente en él, la que parecía ser su única esperanza de sobrevivir como nación pacífica.

Con lentitud, el monarca desenvainó su espada y la elevó sobre su cabeza. La luna gélida se reflejó en el filo plateado, realzando la figura del Décimo.

–¡Tomad los arcos y colocaos en posición! ¡Deprisa, el enemigo estará aquí en breve! -vociferó- ¡Lanceros y esgrimistas, manteneos en el patio esperando ordenes!


Aunque Edmund sentía un profundo horror crecer poco a poco en su pecho, su mente empezaba a buscar una explicación racional a todo lo que estaba sucediendo. Pero otras emociones más intensas y menos lógicas se cruzaban en su intento de descubrir la verdad: el deseo de tener a sus hermanos a su lado, la necesidad de levantarse e intentar huir, entre otras.

Miró de nuevo, sobrecogido, a la esbelta figura que le observaba tras su prisión de hielo. Jadis seguía siendo tan hermosa como en el pasado, con su larga melena lacia derramándose sobre sus hombros. Sus ojos no habían perdido ni un atisbo de crueldad y altanería, siendo éstas tan indestructibles como los cimientos de aquella realidad. No podía afirmar que aquello era imposible: sabía que a una bruja nunca se la puede matar del todo y que siempre existen posibilidades de que retorne para sembrar el mal en el mundo que considere suyo. Pero Edmund jamás había pensado que alguien fuera a cometer semejante despropósito. Se mordió el labio inferior mientras se sostenían la mirada.

–Así que tú estás detrás de todo esto... -sugirió, con la voz entrecortada.

–Tu hermano Peter debe ser muy ingenuo si creyó que los narnianos no se revelarían bajo el mando de un Hijo de Adán -repuso Jadis, con una levísima sonrisa-. No pertenecéis a este mundo: toda Narnia sabe que yo soy la legítima Reina y la Emperatriz de las Islas Solitarias.

–Una reina de Narnia no ordenaría la quema de Beruna por antiguos conflictos ya marchitos -repuso Edmund, apretándose el abdomen con ambas manos. ¿Qué demonios habían hecho con su armadura?

La mujer le miró por un instante, riendo internamente al notar lo ridículo que resultaba que un niño intentara darle lecciones de moral o ética.

–Traedlo. Ansío ser libre de mi prisión -aseguró la bruja, entornando los ojos.

A su mera orden, un minotauro se separó del círculo que le rodeaba y le aferró por ambos brazos, levantándole del suelo. El chico forcejeó con todo su empeño, pero su cuerpo herido y débil no reaccionaba satisfactoriamente. Se vio sostenido a duras penas a casi un metro del muro de hielo tras el cual permanecía la Bruja Blanca. Era como si una leve cortina helada le separara de su peor pesadilla: un obstáculo demasiado frágil y fácil de salvar.

–¿Qué quieres de mí...? -alcanzó a emanar, atragantándose con las palabras.

–"Un traidor es traidor hasta el día de su muerte" -recitó Jadis con cierta musicalidad-. Cualquier narniano te dirá lo mismo. Y supongo que no has olvidado la Magia Insondable, Edmund. Gracias a ella aplazaste tu destino más de mil trescientos años. Pero ya no más, Hijo de Adán. Tu sangre me devolverá el poder de antaño, y aquello contra lo que luchaste destruirá todo lo que ayudaste a construir en la Edad de Oro.

Edmund empezó a atar cabos, pues recordó la escena que interrumpieron su hermano y él tres años atrás en Narnia, cuando una hechicera exigía la colaboración de Caspian para invocar de nuevo a la Bruja Blanca.

–Aquella vez querían que Caspian te ayudara a volver a la vida... -musitó únicamente.

–Sólo la sangre de Adán puede arrancarme de la oscuridad. Sin embargo, el sacrificio de dicha sangre debe proceder de un traidor. Caspian se hubiera convertido en un desertor a su pueblo si hubiera confiado en mi poder. Y tú... ya traicionaste a Narnia hace trece centurias. Tu sangre es más que suficiente.

–¡Has generado todo esto sólo para obtener la sangre que te devolvería a la vida! -masculló Edmund, mientras la dríada le desprendía la cota de malla del brazo.

–Tan orgulloso y necio como cuando te tenté. No todo gira a tu alrededor, reyezuelo -rió Jadis, complacida-. Narnia debe caer a mi dominio: la quema de Beruna es sólo el principio. Asesinaré a Caspian y construiré mi castillo donde antaño estuviera. Tus hermanos serán los siguientes en morir, junto a toda la plaga de Telmar. Implantaré un invierno perpetuo en el que sólo yo tendré absoluta libertad. Y finalmente toda Bestia Parlante que se oponga a mí será aniquilada.

Todo se precipitó desde aquel momento. El coro de horribles voces que clamaban su sangre volvía a hacerse oír, de forma aún más atronadora. Incapaz de soltarse, Edmund contempló cómo la dríada de roble se acercaba a él con una finísima daga de plata en la mano derecha. Le aferraba la muñeca como si fuera una garra cerrándose entorno a una presa y acercaba la hoja del arma a la piel. La desesperación bullía en su ser, pero la impotencia ganaba terreno en su alma.

En una de sus fugaces inspecciones a su entorno, distinguió algo que resplandecía como el nácar bajo la luz de las antorchas. Era un objeto que la hija del bosque llevaba sujeto en el cinto con un fino cordel de terciopelo rojo.

No utilizó la cabeza para nada. En un arranque de fuerzas, Edmund recurrió a la última esperanza que entreveía para salvar Narnia. Tan veloz como dio de sí, arrancó el Cuerno de Narnia del cinto de la dríada y sopló en él una sola vez.

El sonido del instrumento, cristalino como el agua, retumbó en cada rincón de Narnia y atravesó el tapiz de aquel mundo.

"Peter... Susan..."


Susan se puso el vestido sobre el bañador, ya seco, y sacudió la falda para quitarle el polvo y las hojas que habían quedado adheridas mientras la prenda estaba colgada de una rama. Después, acomodó el sombrero sobre su cabeza y dirigió sus ojos hacia la ribera.

Peter seguía sentado en la orilla, sobre la hierba húmeda, contemplando el agua como si no hubiera nada más fascinante en el mundo. La brisa del verano removía sus cabellos rubios y le hacía ver lejano y ausente. Susan comprendió, algo resignada, que soñaba con los montes de Narnia y los muros argentinos de Cair Paravel, las playas blancas del Mar de Cristal... Su hermano era un idealista soñador, y supo que jamás se sentiría cómodo mientras estuviera alejado de Narnia. No era así con ella, que se sentía capaz de acostumbrarse, y con el tiempo quizás convertir aquella tristeza en un anhelo infantil.

El joven se dio la vuelta de pronto, mirándola con el entrecejo fruncido, como si la escudriñara con desconfianza.

–¿Qué quieres? -preguntó, encogiéndose de hombros.

–Yo no he dicho nada -protestó Susan, mirándole con extrañeza.

La cara de Peter se convirtió en una mueca de sorpresa, quizás mezclada con una tintura de esperanza. Se puso en pie a toda prisa, poniéndose los zapatos. Parecía jovial como cuando era un niño y trotaba de un lado a otro de su vieja casa en Londres, saltando por encima de los muebles.

–¿No lo oyes? -sugirió, mientras iba a buscar su camisa y se la acomodaba, abrochándose rápidamente los botones-. Calla y escucha.

Susan así lo hizo, inquieta, pero sólo oía el rumor del arrullo y el susurro de los árboles meciéndose suavemente. Negó con la cabeza. ¿También su hermano empezaba a oír cosas?

–No oigo nada, Peter. Te lo estás imaginando -trató de convencerlo, hablando de pura lógica.

Pero el chico se limitó a sonreír ampliamente y a señalar el río frente a ellos, transparente como el cristal, en el cual podía distinguirse cada piedrecilla del fondo. Bueno, al menos así había sido hacía unos minutos, pues cuando Susan se arrodilló al lado del agua y miró la superficie, esta estaba turbia y parecía ondular de un modo que desafiaba a todos los principios de la física. La chica giró la cabeza y miró a su hermano, con los ojos abiertos como platos, pero Peter seguía riendo como si recordara un chiste extremadamente jocoso.

Ambos miraron, fascinados, como si admiraran una pantalla de cine un tanto peculiar. El agua dejó de reflejar el bosquecillo sobre sus cabezas y el cielo despejado, como debía ser, y pasó a desplegar un paisaje inmenso. Una playa, de arena tan blanca que cegaba: una cala espléndida con rocas desprendidas que le otorgaban una salvaje belleza. El mar se rizaba furiosamente, sacudido por una fiera tormenta que daba un aspecto plomizo al cielo. La imagen era tan real que casi podían sentir el viento zarandeándoles los cabellos y el agua golpeándoles la piel.

De hecho, lo estaban sintiendo, pero tardaron demasiado en darse cuenta. Para entonces unas manos invisibles tiraban de ellos y les arrastraban en una dirección en concreto, donde crecía un sonido cavernoso y arrollador. Mientras Susan, aterrada, se aferraba a Peter, éste seguía sonriendo al sentir despertarse en su pecho una profunda e irracional euforia.

Y mientras caían a través del frío y el agua, oyeron el sonido claro y puro de un cuerno. Sólo Susan lo reconoció.

Antes de chocar de frente contra el primer obstáculo, se habían soltado.


El cuerno le resbaló de entre los dedos a Edmund, pues el esfuerzo de soplar había provocado una nueva punzada de dolor en la herida de flecha. Se dobló, respirando con dificultad y tratando de ignorar las berridos de cólera que habían estallado en la sala tras su desesperada acción. Sabía que las consecuencias por aquel atrevimiento serían nefastas, pero tenía la esperanza de que aquella llamada desesperada hubiera servido de algo y de repente alguien apareciera para evitar el renacimiento de Jadis.

Pero nada sucedió, y a cada segundo que pasaba, largo como una hora, Edmund iba sintiendo más y más una aplastante sensación de derrota.

Un repentino y agudo dolor quebró sus oscuros pensamientos. Una sensación hiriente que arrancó desde su mano y se extendió velozmente por todo su brazo. La daga había penetrado profundamente en su mano abierta. La sangre de Adán tenía un color carmesí intenso al resbalar por el antebrazo del muchacho.

La Bruja Blanca sonrió triunfante al contemplar la expresión aterrada de Edmund.

El frío se hizo máximo cuando la mano de Jadis atravesó el hielo y se cerró entorno a la suya.

Un sonido terrible, como el de mil uñas rasgando una pizarra, inundó la estancia. Diversas grietas aparecieron en la superficie de hielo azul, que se resquebrajaba con una rapidez sorprendente. El hielo se desprendió rápidamente y cayó como una lluvia de granizo sobre los presentes, que se apresuraron a retirarse para esquivar los impactos. En cuanto el sutil polvo se hubo disipado, una figura más alta que cualquier minotauro se erguía orgullosa en la caverna.

Edmund sintió que su mundo se desplomaba con la más aplastante rapidez cuando se vio reflejado en los ojos translúcidos de Jadis, más hermosa y terrible que nunca. Y, además, fatalmente corpórea.

Sin darle tiempo siquiera a respirar, la Bruja Blanca apresó el rostro del asustado muchacho con una mano y le obligó a mirarla a los ojos. La mujer sonrió, llena de regodeo.

–Has perdido, Hijo de Adán -declaró.

Después, sin el mayor miramiento, le asestó un golpe en pleno rostro. Logró desequilibrarlo y el joven se desplomó en el suelo sin sustento alguno, tan débil como paralizado por el horror. A continuación, la Bruja Blanca inspeccionó la sala y alzó la barbilla en un gesto altanero.

–Espero que hayáis preparado un trineo para mí -emanó con autoridad-. El viaje que debo hacer al norte es largo y difícil si no se viaja sobre trineo.

–Hemos traído un trineo, Majestad -se inclinó la dríada con respeto y devoción-. Os está esperando en el llano con los cuatro renos más veloces del norte.

Jadis curvó la comisura de sus labios rojos y fríos, complacida. El ansia de poder aún latía en ella a pesar de los años de oscuridad. Dio dos pasos hacia la salida, tan regia como si fuera una autentica reina.

–Alteza, ¿qué hacemos con éste? -sugirió Feradrik, aferrando a Edmund por los cabellos.

–Traedlo también. Puede llegar a serme útil -aseguró efusivamente la bruja antes de seguir su camino.

Mientras era de nuevo arrastrado de malos modos, Edmund sentía que se balanceaba peligrosamente entre la consciencia y el sueño sombrío. Demasiadas emociones y sensaciones físicas que dolía enumerar. Se iba muriendo en varios sentidos, y sabía que estar cerca de Jadis y su tacto congelante no mejoraría la situación.

"Peter, Susan... ¿Nadie ha oído mi llamada?"


Bueno, ya tenemos a los dos mayorcitos en Narnia XD. El siguiente capi, como no, empieza con ellos. Que ganas tenía yo de que estubiera toda la peña al completo XD

Salu2 y sed buenos.