La Vestimenta del Tucán

Durante los dos años que siguieron Paula estuvo muchas veces a punto de tomarse un respiro, pero al final cumplió su promesa al pie de la letra, no abandonó ni una sola vez el entrenamiento ni se lo tomó con calma. El primer motivo era que ya había visto y experimentado lo estricta y cuadriculada que era su maestra, si dijo ni un solo día, seguramente se refería a eso literalmente. La segunda razón de su persistencia extrema era que necesitaba mucho trabajo para ponerse por delante de otros aspirantes que tuvieron desde el principio una motivación más fuerte que la de Paula.

Esa noche, sin embargo, estaba a punto de terminar el período más duro y amargo de la vida de la italiana. Uno de los dos contrincantes mordería el polvo, y el otro se alzaría como Santo de Bronce del Tucán. Desde que Litsha no estaba en el Campo, había estado sola y nunca había podido encontrar cariño ni consuelo que le ayudasen a soportar las duras pruebas a las que se sometía. Había vivido siempre con el dolor de la pérdida y el rencor hacia todos los que le rodeaban. Para bien o para mal, hoy acababa eso, y eso era un gran alivio.

Pero, ¿cómo se sentiría si tanto esfuerzo, dolor y sacrificio, tanta soledad, incluso el hecho de haber abandonado a su compañera a su suerte, fuera tan sólo para morder el polvo y perder la armadura? No, no podía fallarle a Litsha, no ahora que lo tenía al alcance de los dedos.

Sin embargo, estaba tan cansada que sólo deseaba desplomarse en el suelo y permanecer allí. En los pocos golpes que habían intercambiado, ambos se movían con prudencia dado lo que estaba en juego, estaba claro que su adversario conservaba más fuerzas que ella. Tenía que intentar algo.

Por suerte, había estado reservando un truco sin desvelarlo en los demás combates de la tarde. Fingió lanzarse a la desesperada y lanzó golpes que fueron desviados fácilmente. Dejó supuestamente un costado desprotegido, pero cuando su adversario quiso aprovechar el hueco para devolver el golpe, ella lo desvió y consiguió atrapar el brazo. Sin soltarlo, hizo caer al muchacho y empezó a tirar del miembro y a retorcerlo.

El aprendiz resistió como pudo, pero terminó soltando un terrible alarido de dolor. Paula se regocijó y sonrió bajo la máscara. Era el momento de expiar todos los momentos amargos que les habían hecho sufrir. Y no sólo sería este momento de dolor, pensaba lesionarle el brazo para que se estuviera acordando de ella una buena temporada. Lo único que lamentase es que no fuera Carlos el que estaba sufriendo aquello.


Hacía cuatro meses que nadie sabía nada de aquel aborrecible muchacho. Desde que Litsha fue expulsada, él y Paula habían tenido muchos momentos tensos. La muchacha estuvo a punto de caer en las provocaciones, pero Omar les había prohibido pelear entre ellos. Desde entonces habían intercambiado insultos y amenazas frecuentemente, pero mientras Paula no era muy buena con las palabras, Carlos, que no era especialmente inteligente en lo demás, parecía sacar de algún lado ingenio para los comentarios hirientes. Y si no, ya estaba Vincent para dar la puntilla. Al final, Paula trataba de evitar la presencia de todos los chicos, aunque no siempre lo consiguiera.

Él por su parte, había terminado de convertirse en la estrella del Campo. Lejos de servirle para recapacitar, utilizó el castigo físico para fanfarronear de su capacidad de aguante. Había que reconocer que lo que le faltaba de buena persona lo tenía de coraje, en lugar de doblarse o partirse, salió más robusto y fuerte. La resistencia física y la indolencia que demostraba le ganó la admiración, el respeto, o al menos el temor de sus compañeros, dependiendo de a quien se preguntase. Su actitud hacia Paula le hacía también ganar popularidad, pues no había nada que le hiciese más gracia a los chicos que los chistes sobre mujeres santo.

La desaparición fue un asunto de lo más misterioso. Una tarde había terminado pronto el entrenamiento y se fue a distraer y a incordiar a Paula que todavía estaba completando el suyo. La italiana perdió los estribos y estuvo gritándole, echándole en cara el daño que le hizo a ella y a Litsha. Como de costumbre, sólo sirvió para que el muchacho se riera y fanfarroneara más. Paula le prometió que le mataría cuando ella hubiera ganado la Vestimenta del Tucán. No era la primera vez que le amenazaba, pero esta vez lo dijo totalmente en serio. Él le respondió que entonces no tenía preocupación, porque no pensaba que pudiera ganar ninguna armadura en los siguientes 100 años.

─ Si acaso un traje de chacha le iría mejor, pero tampoco le quedaría bien esas tetas tan pequeñas.

Paula se fue cerca de su tienda y estuvo golpeando el tronco de un árbol. Le hubiera gustado que al menos Carlos se hubiera mostrado arrepentido, o alguien, al menos que alguien más que ella dijera lo injusto que era todo eso. Después de descargar la furia se cercioró de que no había nadie cerca y entró dentro. Estuvo llorando durante una hora por la rabia y por la ausencia de Litsha.

A Carlos nadie le había visto desde entonces. Ni en las duchas, ni en su tienda, ni por el campamento. A la mañana siguiente no acudió al entrenamiento, y nunca nadie más había sabido de él. Por supuesto, había rumores que apuntaban a Paula, pero nunca nadie la interrogó al respecto.

La desaparición de Carlos fue un inconveniente y un alivio a la vez. A Paula le dolía no poder ejecutar su venganza sobre él, no poder derrotarle y humillarle en el combate por la Vestimenta. Después de todos los chistes y burlas que había hecho durante los años, el ser derrotada por una mujer sería inevitablemente vergonzoso. La cuestión es que, por mucho que se había entrenado y por rápido que mejoró, no estaba demasiado claro que hubiera podido alcanzar y superar a Carlos, por lo que probablemente esto hubiera sido lo mejor.

Paula sólo esperaba que lo que le hubiera ocurrido fuese muy malo y muy doloroso.


Vincent aulló de dolor una vez más mientras su contrincante no paraba de retorcerle el brazo. Paula retorció el pie que tenía clavado en su espalda para asegurarse de que el dolor fuera más intenso. Vincent no era Carlos, pero había sido el que más había participado en las bromas y humillaciones. En realidad, Paula pensó que debería haber aprovechado para darle al resto de contrincantes un tormento similar. Todos se habían reído con las bromas, ninguno jamás la había defendido ni se había acercado a decirle que sentía lo que le había ocurrido a Litsha. Los odiaba a todos sin excepción, y si pudiera los torturaría a todos uno por uno hasta que pidieran perdón.

Hacía un rato que Vincent no chillaba. Había apretado los dientes y contenido la respiración. Su mano libre agarraba la tierra y la iba apretando poco a poco. Ambos sabían que nadie pararía el combate hasta que se rindiera o cayera inconsciente. Un tenue resplandor comenzó a rodear su cuerpo. Paula notó algo en las manos. Su brazo estaba muy caliente. ¡Su brazo estaba quemando!

Soltó un instante el brazo, y Vincent lo aprovechó para intentar escapar. Sólo que Paula pudo volver a cogerlo rápidamente.

─ Así mis manos se achicharren no voy soltarte -dijo con voz de dolor mientras volvía a ejercer fuerza-.

Vincent volvió a chillar de dolor, y luego dio un grito distinto, de fuerza y rabia. Un gran resplandor cegó a Paula y notó que salía despedida unos metros. Cuando miró ya se estaba levantando mientras sujetaba el brazo dolorido.

─ Sé que estás enfadada -dijo apretando los dientes-. Pero no puedo perder este combate. Yo también he sufrido muchos años de calvario para llegar hasta aquí.

─ ¡Pero vosotros habéis hecho que el mío sea infinitamente peor!

Paula se lanzó corriendo contra él. Intercambiaron golpes durante un rato. Era imposible de creer. Vincent, con el brazo derecho inutilizado, se defendía bien usando las piernas y el otro brazo, a pesar de que era diestro. Y sin embargo era Paula la que notaba que sus fuerzas se le escapaban. No pasó mucho hasta que sus piernas le fallaron, y Vincent la tumbó con un codazo en la mandíbula.

Con este golpe también se desvaneció la ilusión. Había una gran diferencia entre ellos. Vincent se había estado preparando con ahínco desde que entró al campo. Paula sólo se había dedicado en cuerpo y alma desde hacía dos años. Fue una estupidez pensar que podría abatir al mejor de los que quedaban preparándose sólo en dos años. Se maldijo por haber sido tan cobarde, por no haber acumulado fuerza desde el primer momento para poder hoy defender la honra de Litsha y la suya propia.

Estudió las posibilidades. No todo estaba perdido. Vincent había podido luchar con un brazo, pero, ¿y si le consiguiera herir el otro? Estaba claro que no podría volver a sorprenderle igual, pero quizás usando las técnicas que le había enseñado la maestra podría tener alguna oportunidad. Pero, ¿cómo podría usar el Cosmos cuando no le quedaban fuerzas apenas.

Paula aspiró aire con fuerza y se levantó, ante la sorpresa de los compañeros de Vincent. Levantó la palma de la mano estirando el brazo por encima de su cabeza.

─ Ahora, Vincent, no podrás escapar, este ataque es imposible de esquivar para ti. ¡Enfréntate a mis plumas!

Cuando Paula bajó el brazo repentinamente una decena de proyectiles de energía se dirigieron hacia Vincent haciendo trayectorias curvas. El plan consistía en hacer que se se apartara y se quedara en una posición vulnerable para atacar el otro brazo.

Pero Vincent sorprendió a la aspirante a Santo. Tenía una vista muy aguda que le permitió ver la trayectoria del ataque y anticiparse. Saltando hacia adelante, encontró un hueco en el ataque de Paula.

─ ¡No me dejas más remedio que golpearte con todo!

Alcanzando en su salto a Paula antes de que pudiera reaccionar, lanzó un gancho con el puño izquierdo rebosante de una energía azul. La chica voló por los aires y aterrizó pesadamente panza arriba. Vio las estrellas dar vueltas en el cielo a toda velocidad. La visión se le oscurecían, los oídos le zumbaban y notaba que iba a perder el conocimiento.

En el firmamento nocturno, un grupo de estrellas brillaba con fuerza. Trató de trazar líneas entre ellas. Nunca se le había dado bien observar las constelaciones y entender las figuras que representaban, pero esta vez pudo ver perfectamente cómo esos puntos brillantes formaban claramente la figura de un ave de pico largo. Entonces recordó algo.

Con dolor por todo el cuerpo y temblores en sus miembros, Paula pudo milagrosamente ponerse en pie. Vincent no podía creer que se hubiera levantado después de sufrir su mejor ataque.

La aspirante a Santo juntó ambas manos sobre su cabeza. Después las bajó lentamente en ángulos dispares y fue moviéndolas trazando dibujos difíciles de comprender. Su cuerpo brilló con un aura rojiza. Después movió sus brazos como si fueran alas, para terminar alzándolos.

─ ¡Esta es la fuerza del Tucán!

Como antes, proyectiles de energía surgieron tras Paula para arrojarse contra Vincent. Pero esta vez había más de una centena. Vincent abrió los ojos de par en par, era imposible esquivar lo que se le venía encima. Salió despedido por los aires mientras era golpeado en docenas de lugares del cuerpo. Gritó con fuerza antes de perder la consciencia.

Paula calculó que si le daba con todos los proyectiles lo podría matar. Se sintió tentada, pero pronto supo que no quería llegar tan lejos. Pudo desviar parte de la carga contra la propia tierra. Después, ella también se desplomó sobre el suelo.

Pero no podía descansar aún, o sería un empate. Se consiguió poner de rodillas y levantó los brazos en señal de victoria. Miró al cielo para agradecer la victoria pero no fue capaz de encontrar la constelación que le había ayudado.

Escuchó de fondo que le declaraban vencedora, y se dejó caer por fin.


Esa misma noche, Paula abandonaba el campamento llevando a sus espaldas la caja de la Vestimenta del Tucán. Adentrándose en el bosque que lo bordeaba pronto sintió que alguien le acechaba. Cuando se giró hacia la presencia, su corazón dio un vuelco.

─ ¡Litsha -exclamó sin dar crédito-! ¿Cómo es posible? ¿Dónde has estado?

Delante suya estaba su única amiga, la única persona a la que amaba. Llevaba atuendos similares a los trajes que suelen usar las Santo y las aprendices, pero no llevaba puesta la máscara. Se puso de puntillas y trató de mirar tras Paula, a la caja que llevaba a la espalda.

─ ¿La tienes ahí?

─ Sí -dijo Paula sonriendo bajo la máscara-. Por ti he ganado la Vestimenta del Tucán.

─ Perfecto. He venido a por ella.

Paula se quedó desconcertada, la sonrisa tras la careta se borró, rápidamente se pudo a sudar y a hablar nerviosa.

─ ¿Cómo? Pero... ¡no! Litsha... yo lo he hecho por ti... pero no puedo dártela. Me ha costado mucho conseguirla. Me ha entregado esta Vestimenta en nombre de Atenea, no puedo dártela sin más.

─ Lo sé, mientras vivas tú eres el Santo del Tucán.

─ Entonces, ¿has venido a buscarme para que estemos juntas?

─ No. Te he dicho que he venido a por la armadura. Esta noche me la voy a llevar puesta.

─ Pero, ¿qué estás diciendo?

La implicación era obvia, pero Paula no podía creer que su amiga hubiera venido para matarla.

─ ¿Es que eres tonta? Vas a morir, Paula, ¡muchas gracias por entregarme la vestimenta!

Litsha lanzó un puñetazo brutal contra Paula, que estaba paralizada por la emoción y la sorpresa. La mano rompió las costillas flotantes y entró a través de la carne. La máscara cayó al suelo dejando ver las lágrimas de la italiana.

─ Li... Litsha... amiga... hermana... ¿por qué?

─ No llores más, no has hecho otra cosa que llorar y llorar desde que te conozco, y nunca ha servido de nada -dijo sacando el puño del interior de su amiga-.

Paula cayó hacia atrás, dolorida e incapaz de comprender. La herida que tenía era fatal, si nada lo evitaba, acabaría muriendo.


Paula se despertó llena de angustia. Miró alrededor y comprobó que aún estaba en su tienda. Y lo más importante es que la caja de la armadura estaba cerca del camastro, donde ella la había dejado.

Su cabeza se llenó de malos pensamientos, pero hizo lo posible por espantarlos con algo esperanzador: ésa era la última noche que iba a pasar dentro del campo de entrenamiento.