Tenía a Martín en cama. Su mezcla de hierbas santas en la infusión que bebió el hombre habían provocado un malestar terrible que lo dejó imposibilitado para trabajar los días siguientes, manteniéndose en reposo con fiebre, vómitos y dolores de cabeza. Para perpetuar su estado de salud, siguió disfrazando aquellas hierbas en otro tipo de té más suave para pasar desapercibidas, pero aun así mantener el efecto. El rubio solía soportar ese tipo de malestares a menudo luego de sus cotidianos martes y viernes de transformación, pero, por insistencia de la misma Margaret, se quedaría en cama hasta "recuperarse".

Aunque, nuevamente en la soledad de su cuarto oculto, ella estaba investigando la verdadera naturaleza del hombre que le acompañaba. Muchas preguntas que tuvo parecieron unir cabos; ¿Por qué Martín huyo de ella? ¿Por qué ocultaba su identidad? ¿Por qué pese al hambre y frío que pasaba él era tan resistente? No había que ser adivino para notar que Martín estaba en la pobreza casi absoluta las dos veces que lo encontró, en Calbuco y en Castro. ¿Sería entonces que los secretos que ese hombre ocultaba se derivaban a lo que realmente era? De seguro era una bestia peligrosa. De más estaba decir que quedó impresionada al notar cómo reaccionaba al té que solo podría provocar malestar en individuos más poderosos que los mismos brujos.

Entonces quiso indagar en sus libros algún tipo de indicio que le resultara familiar con Martín, pero era inútil. Ella ni siquiera había observado detenidamente sus comportamientos, ¿cómo podría ser capaz de relacionar a alguna criatura con ese hombre?... No tenía opción; Martín tenía que estar saludable para poder continuar con su investigación.

Con resignación, preparó otro de sus mágicos tés para aliviar por completo el malestar de Martín. Por otra parte memorizaba lo que ya sabía de él: "nombre falso, nacionalidad falsa, pasado probablemente falso, un mentiroso de primera.", quizás solo se lo memorizaba para mantener vivo el rencor que le permitía seguir con esa venganza suya.

Al cabo de una hora el muchacho ya andaba en la cocina con el estómago gruñéndole de hambre revisando los estantes para saciarse, se calmó cuando comenzó a devorar el bizcochuelo que encontró en el horno de barro. De más estaba decir que se quejaba aún de lo caliente que estaba. Parecía algo básico, pero era un buen indicio. Margaret anotó entonces:

"Puede pasar días sin alimentarse, pero cuando al fin come se comporta como un animal."

¡Y click! Aunque haya puesto "animal" como sinónimo de "salvaje" o "incivilizado", la palabra podía ir bien para un tipo de bestia... ¿Qué tipo de animal sería si realmente fuese uno? Sería una buena idea investigar una especie de fenómeno animal para arrancar con algo mientras descubría más características.

Para esto, y ya con Martín retomando sus trabajos, decidió mandar a sus criados a la constante vigilia de ese hombre, en especial a María, quien no perdía de vista a Martín ni un segundo a menos que éste entrara al baño.

Entonces, Margaret anotaba:

"-Luego de higienizarse, el tufo regresa al poco tiempo.

-Su hambre es voraz.

-Piel pálida, enfermiza, incluso a la exposición de un día soleado y caluroso, su tez no cambia, no absorbe color.

-Resiste a enfermedades y malestares.

-¿Identidad falsa a causa de su secreto?"

Este último debía ser lo más acertado.

Poniéndose a investigar nuevamente en sus libros si existía alguna criatura de ciertas características en su forma humana en la mitología de su región se vio perdida. No había criatura que en la forma humana coincidiera con él. ¿Y si solo eran características humanas propias, algo genético? Volvería a estar en cero. No, no retrocedería. Tomó otro de sus libros y siguió investigando, entonces se golpeó la frente al percatarse de algo tan obvio que incluso sus narices habían olfateado, pero que pasó por alto. Si Martín no era de su región, ¿cómo podría ser posible que se tratara de alguna criatura de leyendas de Chiloé?... ¿De dónde venía él? Lo conoció en Calbuco, venía de más lejos... Su acento, dijo que era francés, pero la tonada se le hacía similar a las personas que migraban a Chile desde el país vecino. A menos que fuese francés y hubiese venido desde niño a Argentina no le encontraba otra lógica si se guiaba por eso.

— ¿Sergio es argentino?... Si es así, ¿qué clases de criaturas identifica su país? —Se preguntó apoyando la cara y los brazos sobre el libro. Estaba algo exhausta.

Salió de su cuarto secreto a encontrarse con María y darle la orden de que vigilara a Martín en todo momento, ella descansaría un rato, le hacían falta las horas de sueño.

...

Estaba harto. No sabía desde cuándo, pero sabía que era por obra y gracia de Margaret. Todos los criados, especialmente María estaban con los ojos puestos en el cada segundo del día. ¿A qué se debía? No sabía. ¿Acaso Margaret sospechaba que él quería huir o se le era vigilado por preocupación a decaer en malestares? Si fuese lo segundo, eso no le importaba. Mas el tiempo de estabilidad se le estaba acabando, y aún en las noches que iba para el lado del bosque en busca de un encuentro con Manuel, éste no se hacía presente obligándole a devolverse al hogar de Margaret.

No obstante, el día que menos deseaba que llegase, llegó. Jueves 1° de julio de 1920, último día de estabilidad, el viernes siguiente retomarían sus transformaciones poniendo en riesgo su secreto a los cercanos, a la misma Margaret que respetaba por dentro a pesar que ya no quería más nada con ella que solo cumplir su pago, no deseaba lastimar a nadie, así que ya no tenía alternativa, debía huir ese mismo día e intentaría buscar a Manuel pese lo que pese para que pudiese ayudarlo a escapar por el bosque en dirección a alguna ruta que lo alejara de Castro... Solo en ese pequeño podía confiar.

Armó su bolsa de papas con sus prendas viejas, algunas nuevas, panes y embutidos. Sacó la bolsa por la ventana dejándola oculta en los arbustos externos y la noche. Caminó como si nada hasta la cocina, luego a la sala y por los pasillos, pero no encontró a Margaret. Decidió salir dando un último vistazo hacia afuera y al corroborar que nadie lo veía, corrió hacia su bolsa y luego huyó hacia el bosque a esperar a Manuel por última vez. Si éste no venía por su voluntad no le quedaría otra que averiguar en la iglesia si estaba, rogarle ayuda para encontrar un camino y marchar, sería lo último en que lo molestaría.

Nuevamente en el bosque las corrientes se agitaban con salvajismo, sufría frío, se le helaban los dedos. Suspirando caminó a refugiarse en la entrada del bosque cuando un reconocido sonido de hojas resquebrajándose bajo unos pies lo alertó.

— ¿Manu? —giró buscando con ansiedad al chico, más lo que vio lo enfureció por completo de un segundo a otro.

Allí estaba María, espiándolo con esa mirada estoica que poseía y su equilibrio atolondrado sobre unas viejas hojas secas de moras. La cara de Martín se coloreó a un rojo furia y se acercó incontrolable a atajarla de los hombros, sacudiéndola en el acto.

— ¿¡Qué bosta te pasa!? ¿¡Por qué carajos me perseguís a todos lados!? —renegó a gritos potentes que se pudieron haber escuchado en todo el pueblo.

—L-la señora Margaret me lo ordenó —confesó con voz cohibida, pero un rostro inmutable en seriedad.

— ¡Déjenme en paz un segundo, estoy harto de que me estén vigilando la vida, me voy a ir a la mierda de acá! —escupió por último zamarreando a la muchacha y soltándola en el acto.

Tras el impulso emitido por Martín, obviamente el cuerpo de María se desestabilizó logrando que su equilibrio se limitara a su encuentro con el suelo, mas, cuando llegó el impacto, una correntada de viento envolvió a la mujer cubriéndola en hojas secas y haciéndola desaparecer con ellas cuando todas descansaron en un colchón hecho de las mismas.

Martín estaba petrificado, había presenciado una desaparición física completa de un momento a otro. ¿Qué clase de brujería era ésa? Impactado y desorientado escarbó entre esas hojas buscando alguna explicación a lo sucedido. ¿Era un truco de magia, alguna alucinación óptica estimuladas por hiervas extrañas que le permitieron escapar mientras él imaginaba o qué? Allí entre sus manos, una muñeca hecha de un esqueleto de ramas secas, un pedazo de trapo envolviendo lo que sería su cuerpo, con cabello reseco de algún animal muerto liberando fuerte olor a osamenta.

De la impresión la soltó al instante, respiró temeroso y encabronado cuántas veces pudo y retomó a aplastar la muñeca hasta reducirla a restos y pedazos.

Tomó su bolsa nuevamente. Sería el límite. Corrió hasta el pueblo nuevamente y golpeó las puertas de la iglesia en busca del pequeño que no veía hace varios días, ese pequeño que podía ayudarlo a escapar de Margaret.

Sentía el peso de la noche sobre sí, no podía quedarse ni un día más. Al siguiente su transformación sería evidente y andaría a la deriva nuevamente sin ayuda ni brújula. Por lo menos ahora debía saber que no se perdería en la nada si tomaba un rumbo señalado por aquel muchachito que parecía conocer el bosque mejor que nadie.

Alertado, el párroco salió con una cruz de madera en su mano enfrentando a Martín amenazando con tocarlo si se atrevía a dar un paso más en su templo.

— ¡Marchad de aquí, engendro del demonio, os ordeno marchad de la casa de Dios!

— ¡Cerrá la puta boca! —Le gritó empujándolo a un lado para adentrarse al lugar. El párroco, al equilibrarse, corrió a tomar el primer objeto con el que podía armarse que tenía cerca. Martín, por su parte, caminó de frente hasta ubicarse delante del chiquillo que lo miraba con ojos asustados al final del sendero al altar—. Manuel, ayúdame, por favor.

Sus orbes esmeraldas se hacían agua de la cantidad de adrenalina, furia y desesperación que recorrían su cuerpo.

— ¡Os he dicho que te fueras! —exclamó de nuevo Antonio.

—Manuel, vos conoces todo el bosque, ¿verdad? —interrogó haciendo caso omiso al anciano.

—Sí... —afirmó titubeante sin poder evitar mantener su mirada en los ojos contrarios.

—Ayudáme a escapar de ella, por favor.

— ¿¡Qué pecado más grande habéis cometido que tenéis la osadía de venir a reclamar ayuda a este ángel involucrándolo!?

—Esta vez, juro no lastimarte más, te prometo que va a ser la última vez que te molesto...

— ¡Apartad! —gritó el párroco lanzándole un bastonazo con ése que le dio directo a la espalda haciendo chillar al rubio.

Martín se encorvó apoyándose en los hombros del castaño. Manteniendo lo más rígida posible su mandíbula cerrada para soportar el dolor. Sin embargo, no dejó de observarlo fijo ni un momento.

—Te lo juro por mi nombre verdadero, que es de lo poco más preciado que llevo conmigo... —Otro bastonazo. Otro quejido—. ¡Tsk!... ¡P-por favor! —Otro más—. Te lo juro por mi nombre, como que me llamo Martín Bielsmitch y solo vos lo podés saber —Le susurró cerca del oído apoyando la cara entre el hombro y su cuello al recibir un nuevo golpe.

Y justo al momento en que Martín sería castigado nuevamente en el lomo, Manuel lo abrazó recibiendo el impacto del bastón sobre los dorsos de sus pequeñas manos de lleno, quejándose casi nada porque no sentía más dolor que el de haber pasado demasiados días lejos del forastero, aquella persona que luego de tantos años le regaló las cosas que tanto había deseado por primera vez; un cruce de miradas, un charla, un abrazo, una compañía, un amigo.

— ¡M-Manuel, crío, me has hecho golpearte, apartad de ese canalla!

Manuel escondió su rostro enrojecido en el abrazo hacia Martín y se sonrió, no entendía cómo pudo haber recuperado ese tan adictivo calorcito en su pecho luego del pedido de rubio.

—Todo tu nombre da risa —comentó bajito riendo.

— ¿Me acompañás? —murmuró Martín devolviendo el abrazo al más bajo.

—Sí...

Antonio soltó el bastón y forzó a que ambos muchachos se despegaran de ese gesto compartido bruscamente, para luego ser él quien tomaría de los hombros a Manuel.

— ¡Manuel, hijo, no seáis ingenuo, él s-se aprovechará de ti en la más mínima! ¡Te hará sufrir otra vez, él no es tu amigo, yo sí!

—P-pero está solo —dijo desviando la mirada para volver a encontrarla con la de Martín.

— ¡Por algo será, por maldad, y es mejor así!

—No, no es mejor... —Con sus manos retiró las del párroco de sus hombros suavemente—. Estar solo duele aquí —señaló llevando su mano al lado izquierdo latente de su pecho—. Él va a ser más bueno si estoy con él.

Martín comenzaba a despedazar sus lágrimas gracias a la clemencia que Manuel tenía consigo. ¿Cómo no tenerle cariño a ese muchacho con ese corazón tan puro y tolerante que tenía? Le hacía sentir tan bien las sencillas palabras que empleaba para calmar su alboroto emocional. Hasta se le hacía hermosa la idea de llevárselo con él, pero eso ya no era decisión suya y no quería que su secreto lastimara al pequeño.

El forastero apartó, esta vez más sutil, al párroco para poder entregarle un fuerte abrazo a su pequeño amigo.

—Gracias...

Al separarse lo tomó de la mano y se encaminó a paso apurado a la salida, recogiendo su bolsa de papas desechada en la puerta con anterioridad.

— ¡Es-esperad, Manuel, dejadme obsequiarte algo! —apuró el hombre mayor siguiéndolos con un rosario entre sus manos. Al alcanzarlos, los dos más jóvenes frenaron para permitir que Antonio le colocara el collar a Manuel—. Esto te protegerá siempre de esa bestia y del mal, y no permitirá que te desencamines de Dios.

—Gracias Antonio —dijo él sonriéndole.

—Quizás hasta puedas hacer el milagro de derrotar el demonio que este hombre lleva dentro.

Martín jaló de la mano del más bajo antes de que éste pudiese siquiera despedirse, desapareciendo en la oscuridad de la noche en dirección a las murallas arboladas que los protegerían de ojos metiches, espías y peligrosos.

Tsuyu: como se vienen cosas sad adfisdfsdg. Espero les haya gustado, extrañaba escribir sobre estos dos monos 3

Meli: Agradezco x1000 a Rocio por este genial capítulo. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Nos leemos, un saludo!