-¿Qué?-dijo Zelda con un hilo de voz.
Si había algo que tenía claro Zelda en aquellos momentos era lo extrañamente atraída que se sentía hacia Link, de una manera inexplicable y casi inevitable, como si le hubiera estado esperando durante toda su vida y el destino la hubiera empujado a ir a Ordon para encontrarse con él. Sus ojos azules la observaban sin pestañear, apabullándola, intimidándola y haciéndole sentir como si pudiera ver por dentro de ella. Se sentía desnuda ante esa mirada. Sentía el aliento dulce de Link sobre su rostro y podría jurar que él se acercaba poco a poco a ella. No había forma de explicar lo que sucedía entre ambos, esa conexión surgida de la nada en tan poco tiempo.
Sin embargo, los hechizos no duran eternamente y unos golpes secos en la puerta del aula despertaron del sueño a los dos jóvenes, que se miraron, confusos.
-Link, Zelda, sé que estáis ahí-dijo la voz de Midna al otro lado de la puerta.
Zelda abrió los ojos al máximo y Link se separó todo lo posible de ella, como si le hubiese dado calambre.
-Midna-susurraron los dos al unísono.
-Tengo que salir de aquí-murmuró Zelda, poniéndose cada vez más nerviosa, buscando alguna forma de esconderse durante el tiempo que Midna estuviera dentro del aula-. No puede verme aquí.
-Chicos, ¿podéis abrir de una vez? No quiero entrar y encontrarme con ninguna escenita, ¿vale?
-¡Zelda no está aquí, Midna!-gritó Link, tratando de ganar algo de tiempo.
-¿Seguro?
-Sí-respondió Link sin un ápice de duda; Zelda se tapó la cara con ambas manos, rendida.
-¿Y por qué no abres de una maldita vez?
-Joder… ¡Espera!
Link cogió una de las manos de Zelda y la quitó de su cara. Tiró de ella y la condujo hasta una ventana. Por suerte, el aula se encontraba en la planta baja del edificio, por lo que solo tendría que saltar un poco. Link abrió la ventana ante la mirada atónita de Zelda.
-No pretenderás que salga por ahí-dijo Zelda en voz baja señalando el hueco en la pared.
-Precisamente.
-¿Qué? ¡Me voy a matar!-protestó con un susurró, atemorizada- Odio las alturas, ¿sabes?
-Estamos en la planta baja, no te pasará nada-le aseguró Link, ofreciéndole la otra mano-. Venga, te ayudo a subir.
Zelda puso los ojos en blanco, pero aceptó la única solución con la que habían dado. Sin embargo, desechó las manos de Link y se situó frente al alféizar. Con ambas manos, se impulsó hacia arriba y subió primero una rodilla y luego la otra, con cuidado de que el vestido no se le levantara demasiado. Una vez allí arriba, se sentó sobre el poyete y se dejó caer hacia abajo, apenas medio metro. En cuanto llegó al suelo, Zelda se pegó a la pared y miró hacia arriba.
-Vamos, vamos-le susurró a Link, que se había quedado para comprobar que todo iba bien.
El muchacho asintió y corrió hacia la puerta. Zelda escuchó cómo está se abría y Midna entraba en el aula.
-¿Por qué has tardado tanto? ¿No te estarías haciendo una…?
-¡Midna!-la interrumpió Link, esperando que Zelda no adivinase lo que Midna iba a decir- Por favor, solo he venido aquí a pensar un poco, nada más.
-¿Solo?
-Sí, solo. ¿Acaso ves a alguien más?
Hubo un breve silencio, en el que Zelda temió que los pasos de Midna la condujeran hasta la ventana abierta. Zelda maldijo por lo bajo: a Link se le había olvidado cerrara.
-Bueno, vale-aceptó Midna no muy convencida-. ¿Has visto a Zelda por casualidad?
-Creía que estaba contigo.
-Qué va. Huyó de mí como un cervatillo herido. ¿Seguro que no está por aquí?
-Por favor, Midna-bufó Link-. Puedes mirar en los armarios, si quieres.
Un segundo silencio. Zelda contenía el aliento a la espera de que aquella chica de pelo naranja hiciera o dijera cualquier cosa. La espera la estaba matando y tampoco podía correr hacia el comedor para hacer el paripé, porque Midna podría verla a través de la ventana. Además, Zelda sabía que tendría que inventarse algo para cuando se topase con ella.
-En fin-suspiró Midna, finalmente, aliviando la tensión que Zelda tenía sobre sus hombros-. Supongo que ya la encontraré. Te dejaré aquí para que sigas haciendo manitas con tu…
-¡Midna, ya!
Midna rio a boca batiente, claramente divertida.
-Vale, vale, remilgado. Nos vemos.
Aquella fue la señal que Zelda estaba esperando. En cuanto escuchó la puerta del aula abrirse, salió corriendo de debajo del poyete de la ventana en dirección al comedor. Corrió todo lo deprisa que pudo, pasando justo por delante de la puerta principal del edificio de las clases. Rogó en su interior que Midna tuviera algo que hacer antes de ir al comedor. Solo se permitió coger un poco de aire cuando llegó a la puerta del comedor y entró en él.
Echó la cabeza hacia atrás para coger aire y, una vez se hubo recuperado un poco, anduvo hacia la fila de estudiantes que esperaban con una bandeja a que les sirvieran la comida de ese día. Zelda cogió su bandeja y esperó su turno.
En cuanto tuvo su comida, Zelda giró sobre sí misma para buscar una mesa. Odiaba la distribución del comedor: decenas de mesas redondas de color blanco sucio frente por frente a la barra de metal donde las cocineras repartían la comida. Al menos los alimentos no sabían a coliflor ahumada. Tras unos segundos en los que le pareció que tendría que comer sentada en las escaleras del edificio de clases, vio una mesa libre al fondo del salón y anduvo hacia allí. Sin embargo, el momento de paz en el que Zelda se permitió saborear su primer trozo de pescado a la plancha duró menos de lo que canta un gallo.
-¡Por fin te encuentro!
Zelda miró por encima de su hombro y ahogó un suspiro.
-Hola, Shad-saludó tras limpiarse la boca con una servilleta.
Shad se sentó junto a Zelda, dejando su bandeja sobre la mesa.
-¿Dónde te habías metido? Te he estado esperando al salir de clase.
Zelda tosió. Se había atragantado con una pequeña espina que había tragado en el mismo instante en que Shad le había dicho que la había estado esperando. Así que por eso Shad se había quedado en las escaleras…
-Ah, pues no te he visto-mintió Zelda, esquivando su mirada oscura.
-¿Adónde has ido?
-Tenía que hablar con un profesor-se excusó Zelda, maldiciendo por dentro su nula capacidad para inventarse mentiras.
-¿Con quién?
-Eh… Pues no recuerdo el nombre… Soy muy mala para eso-Zelda sonrió, esperando que Shad tuviera la impresión de que era una chica un tanto torpe.
-¿De qué asignatura es?-preguntó Shad mientras cogía un trozo de pan y se lo llevaba a la boca.
«Ay, Dios mío, que se calle ya…».
-Lo cierto es que…
-¡Hombre! ¡Pero si estás aquí!
«Dios, esto no puede estar pasándome a mí…», lloriqueó Zelda al escuchar la voz de Midna a sus espaldas.
-¿Dónde coño estabas?-espetó Midna, sentándose al otro lado de Zelda, de manera que la joven quedó entre la pelirroja y Shad- ¿Es que no me escuchabas cuando te llamaba en clase? ¿Estás sorda o qué?
Zelda evitó de todas a todas mirar a alguno de sus dos acompañantes. Se encogió de hombros y dio un tercer bocado a su plato, pero lo cierto era que se le había quitado el hambre.
-Había ido a hablar con un profesor-intervino Shad, salvando a Zelda del atolladero en el que estaba metida.
Zelda levantó la mirada de su plato y le sonrió un poco a Shad, agradecida. Esperaba que luego él no le pidiera explicaciones, pero empezaba a comprender cómo funcionaba la gente de aquel pueblo y una parte de ella estaba casi segura de que Shad volvería a la carga en cuanto se quedaran solos. Así pues, tenía que hacer todo lo posible para retrasar ese momento.
-Vaya, pues podrías haberme avisado. Parecía una loca de manicomio llamándote en el pasillo sin que tú me echaras cuenta.
-Lo siento-se disculpó Zelda, atreviéndose a mirarla por primera vez desde hacía una hora.
-Jum…
Midna se cruzó de brazos, pero no añadió nada más…, por suerte para Zelda. Shad tampoco siguió preguntando al respecto y Zelda pudo permitirse respirar tranquila de nuevo. El resto de la hora del almuerzo transcurrió sin más sobresaltos. A las tres de la tarde, llegó la hora de volver a clase. Midna tenía que ir a buscar a la jefa de estudios de su ciclo, por lo que dejó a Zelda en manos de Shad, amenazándole con «cortarle los huevos» si algo le ocurría a su amiga. Zelda no pudo menos que sonreír, conmovida, aunque por dentro odiaba el momento en que Midna salió del comedor antes que ellos y la dejó sola con su compañero de clase.
-Bueno-dijo entonces Shad, una vez Midna desapareció por la puerta del comedor-, ¿nos vamos?
-Sí. Recojo esto y nos vamos-Zelda señaló su bandeja; después del cambio de tema, había sido capaz de zamparse la dorada por completo.
-Déjalo, ya lo recojo yo-se ofreció Shad, cogiendo las bandejas de la mesa y tirando los restos a la basura.
En cuanto hubo dejado las bandejas en su sitio, se reunió con Zelda en la puerta del comedor.
-Listo-sonrió Shad, haciendo una floritura con la mano.
-Muy galante-rio Zelda.
Shad rio también y le abrió la puerta a Zelda. Ella pasó primero y Shad la siguió inmediatamente después. Anduvieron en silencio unos segundos hasta que Shad carraspeó suavemente para llamar la atención de la muchacha.
-Zelda, ¿has pensado lo de la fiesta en mi casa?
-Lo cierto es que no-admitió la muchacha, sintiéndose un poco culpable. No le apetecía nada ir, pero tampoco quería que sus amigos (esperaba que lo fueran) se sintieran mal.
-De verdad, me encantaría que vinieras-murmuró Shad, agarrando una mano de Zelda y parándola a mitad de camino.
Zelda miró alternativamente sus manos unidas y a Shad, dubitativa. No pudo evitar rodar los ojos hacia los lados para asegurarse de que nadie los estuviera viendo de aquella manera, aunque lo cierto era que esperaba que solo hubiera una persona que no lo estuviera viendo. No le gustaría que Link creyera que estaba jugando con… En fin, con lo que fuera que había pasado entre ellos en el aula de Arte.
-Es que… No sé…
-Por favor-rogó Shad, aproximándose a ella y acariciando con el dorso de la mano la mejilla de Zelda-. Estoy seguro de que te divertirás y…, bueno…
Zelda se mordió el labio inferior. ¿Qué se suponía que debía decir ahora? ¿Que le daba miedo no encajar en aquella fiesta?
-Es que… Yo no he nunca a una fiesta-musitó Zelda, agachando la cabeza.
-No lo dices en serio, seguro.
Zelda alzó los ojos y se encogió de hombros.
-He ido a fiestas, pero estoy segura de que no son como las de aquí.
Shad tardó unos segundos en comprender a qué se refería la muchacha. Finalmente, sonrió y le levantó del todo la cabeza con los dedos.
-Entiendo. Solo has ido a fiestas pijas.
-Más o menos-Zelda esbozó una pequeña sonrisa a modo de disculpa.
-Entonces, con más razón debes venir. ¿O no piensas empezar a vivir nunca?
Aquella pregunta caló hondo en Zelda. ¿No pensaba empezar a vivir nunca? Ella siempre había creído que las fiestas de sus amigos en Hyule distaban mucho de lo que se suponía que debía ser una fiesta de jóvenes adinerados con un futuro más que previsto y asegurado. Ella había conocido el desmadre de sus compañeros: borracheras, insultos, alguna pelea… No quería ser partícipe de ese tipo de situaciones fuera de su ambiente, no sabría cómo moverse ni cómo defenderse. Una vocecita le decía que los jóvenes de Ordon sabían divertirse de la misma forma, pero tal vez con algunas diferencias. Y era eso, lo desconocido, lo que más le aterraba. ¿Y si pasaba algo y no sabía cómo proceder? ¿Se quedaría sola sin poder volver a casa?
-Oye-la voz de Shad la sacó de sus cavilaciones-, te prometo que cuidaré de ti. Mis huevos penden de ello-bromeó, recordándole la amenaza de Midna.
Zelda rio un poco, aliviando la tensión de su interior. Sí, quería empezar a vivir. Quería ser una chica normal y corriente, no la señorita Zelda que su padre le había enseñado a ser, dado el rango que ostentaba en la capital.
-Está bien-aceptó Zelda, resolutiva-. Iré.
