Los clientes especiales de la Sra. Lovett sabían que para saber si estaba libre debían mirar la ventana de su habitación en el tercer piso, la que daba al callejón del gato gris. Si estaba abierta es que tenía hueco para un cliente en el momento, sino tendrían que esperar en el pequeño sofá que ella misma había dispuesto frente a sus habitaciones.

Subir sin que les vieran era tan fácil como entrar por la puerta de atrás, como no tardó en descubrir James Rhydel al seguir a uno de sus clientes habituales. El Juez Turpin era el único que entraba por la puerta delantera.

Había otro hombre esperando con él en el pequeño y mullido sofá. Llevaban un tiempo esperando frente a la puerta detrás de la cual los alaridos de dolor habían ido disminuyendo hasta desaparecer por completo.

—Debe de estar a punto de salir —susurró el caballero que esperaba junto a él.

Porque, en verdad, era un caballero. Tenía dinero, una buena educación, elegancia. Y era amable. Hechos como este le demostraban al detective que los servicios sociales de la Sra. Lovett no eran tan denigrantes.

De todas formas y aunque así fuera, estaba a punto de descubrirlo por sí mismo. Ya no había vuelta atrás.

—No temas, muchacho —le sonrió el hombre—. Te gustará, no será dura contigo. Tienes la piel demasiado blanda —rió dándole una palmada de ánimo en la espalda.

El pomo giró y la puerta se abrió. Tras ella aparecieron la Sra. Lovett, en paños menores, y otro señor. Alto, algo entrado en carnes... pero sano a simple vista. Estaba sonrojado. Seguro que es por los esfuerzos, pensó Rhydel, sorprendido al reconocerlo.

—Sr. Rhydel —exclamó la pareja a la vez—. Buenos tardes, Sr. Williams —saludó, además, la Sra. Lovett al otro hombre.

—Ya buenas noches, Sra. Lovett —sonrió él, que se había levantado nada más verla salir.

—¿Qué hace aquí usted? —preguntó cohibido el que acababa de salir de la habitación de la mujer.

—Creo que lo mismo que usted, Sr. McAllen —se levantó Rhydel, tratando de ser cortés mas con una palpable tensión entre ambos.

—¿Se conocen? —preguntó la Sra. Lovett, desconcertada.

—Sí, ten cuidado con él —dijo el Sr. McAllen terminando de abrocharse la camisa y arreglándose el canoso bigote con los dedos.

La Sra. Lovett sonrió, devolviendo a su cara aquella fachada que Rhydel había identificado tan bien desde el principio, y se puso de puntillas para besar a su pareja en la mejilla.

Sin dejar de mirarle a los ojos, como dos lobos luchando por un territorio, el Sr. McAllen caminó despacio por el pasillo hasta girar la esquina.

—Lo siento, Sr. Williams —suspiró la Sra. Lovett, quitando la sonrisa en cuanto el hombre se hubo marchado—, mas me temo que hoy no podré atenderle. Desde que el Sr. Turpin aumentó sus horas de visita ha sido un caos organizar las visitas de los demás.

—No se preocupe —sonrió él, tomando y besando su mano con pleitesía—. Es culpa mía por haber venido tan tarde. Vea usted, no he tenido tiempo. El trabajo absorbe mi vida.

—¿Qué día es hoy? —preguntó mirando el calendario que tenía dentro de su habitación. Los tres habían entrado para poder hablar con más comocidad.

—Jueves, mi señora —contestó el Sr. Williams.

Rhydel observaba divertido la inverosímil escena, siempre en escrupuloso silencio.

—Jueves... —murmuró, pensativa—. Mañana el juez vendrá de una y media a ocho... entonces... Me temo que no podré recibirle hasta el Lunes, Sr. Williams. Me parece que el Sr. Carter no podía venir a las cuatro, si tiene tiempo pásese a esa hora.

—Me parece bien —sonrió—. De todas formas hablaré con él para confirmar la cita, por si acaso. Es una suerte que nos conozcamos todos —el hombre se giró hacia James Rhydel y le guiñó el ojo—. Esto es como una pequeña familia, Sr. Rhydel. No tema, sus secretos no saldrán de estas paredes.

—¿Secretos? —preguntó la Sra. Lovett, divertida.

—El chaval estaba nervioso —rió el Sr. Williams—. Es su primera vez en estos asuntos.

—Sí, ya lo sé —la hostelera le echaba una mirada cómplice al detective—. Nos vemos, entonces. Cuando pueda, pásese y le daré una empanada por las molestias.

—Claro. Buenas noches —hizo un pequeño gesto en su sombrero y se fue.

La Sra. Lovett caminó detrás de él para cerrar la puerta y luego se giró hacia el detective, quien se había levantado y curioseaba la habitación. Lo tenía todo preparado: las fustas sobre la cómoda, ajustadas y ordenadas por orden de dolor. Paños, vendas y ungüentos al lado; sospechaba que aquellas cosas hacían daño de verdad. Era como un pequeño calabozo de tortura, pero mucho más cómodo, bonito y erótico. O al menos erótico debía parecerle a sus clientes.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, caminando con lentitud hacia él. Sus caderas se movían de un lado a otro de manera inconsciente, pudo notar Rhydel.

—Quería saber el porqué de tanto alboroto acerca de sus servicios, Sra. Lovett.

—Margaret, aquí. O Eleanor, como prefieras. Como ha dicho Williams, en esta habitación se quedan todos los secretos.

Se sentó en su cama, apoyada contra una de las columnas que sujetaban el dosel y los pies en el colchón, y sacó un cigarrillo que pronto estuvo quemándose entre sus rosados labios. James podía ver la razón de que tantos hombres optaran por ella y no por otras dominatrix que él había conocido en distintas investigaciones. Nunca como un cliente, claro. No hasta ahora.

—Pero deduzco que no estás aquí por una de mis fustas, tampoco. ¿O me equivoco? —rió tras unos minutos de dejarle curiosear—. No eres el tipo de hombre que disfruta con estas cosas.

—¿Usted sí?

—¿Yo? —rió dejando caer la ceniza sobre el cenicero junto a sus piernas—. No, lo he probado, pero no me reporta nada.

—Por eso discutían esta mañana el Sr. Todd y usted, ¿verdad? —preguntó abriendo el primer cajón de la cómoda de ella.

—Trátame con más confianza —pidió—. Sí, discutíamos sobre eso. ¿Tanto se ha notado? —frunció el ceño, preocupada—. ¿Y dónde estabas? No te he visto.

—Escondido tras un periódico —contestó distraído—. No, nadie salvo ya ha entendido la conversación. Todos han pensado que el Sr. Todd estaba celoso o que le había pedido matrimonio y usted, tú, no sabías qué contestar.

Margaret estalló en carcajadas. Eso era bueno para los negocios; el culebrón. Los dramas alimentan el corazón, el morbo interno de las personas, esa sensación que ella trabajaba en sus clientes de la tarde.

—¿Por qué me miras tanto? —sonrió James al darse la vuelta.

—Es como ver a un gato —sonrió ella también, dando otra calada a su cigarrillo y dejando salir el humo deslizándose entre sus labios con suavidad—. Curioseas todo sin involucrarte demasiado. No eres el único que se interesa en los pequeños detalles, ¿sabes? Cuando vives mi vida, es lo único que puede alimentar tu alma.

—El alma... interesante concepto —concedió yendo a sentarse con ella en la cama.

Margaret dejó espacio, bajando los pies al suelo para que se sentara en el mismo lado que ella. Le miró con intensidad, como acostumbraba a hacer para enganchar a los hombres en sus redes.

—Pero también te gusta azotar a los hombres —añadió, sacando un puro de su chaqueta, la cual se acabó quitando y tirando sin cuidado sobre la cama.

—¿Y por qué crees que es? —encendió su puro.

James dio una calada y dejó el puro sobre el cenicero antes de llevar las manos a ella. Acarició con delicadeza su pómulo, llevando las yemas de sus dedos hacia su oreja izquierda.

—No ofrezco ese tipo de servicio, James —susurró ella, con los ojos cerrados.

—Lo sé. Pero aquí... —apartó su pelo con suavidad y señaló una pequeña marca tras el lóbulo—... recibiste un golpe.

Abrió los ojos de golpe y le miró muy sorprendida, casi con rechazo. Nadie había visto eso en mucho tiempo, se esforzaba por que nadie lo viera, nunca. Era casi una marca del terror que había sufrido muchos años atrás.

Apartó su mano, incómoda. Para alguien que la prestaba atención, lo hacía cuando estaba investigándola.

—Eso no lo ha visto nadie desde hace años —evitó sus ojos y se alejó un poco.

—¿Qué pasó? —retomó su puro.

—Mi padre... —suspiró, cogiendo también su cigarrillo—... mi padre me pegaba cuando era pequeña. Un día vino muy borracho y se le fue la mano. Me di contra la barandilla de la escalera y se quedó la marca —dio una calada nerviosa.

—Supongo que el último en verlo fue tu marido —él, por otro lado, se puso más cómodo.

—Sí —sonrió con amargura.

—Y esto... —continuó, acariciando el brazo de la mujer hasta llegar a su hombro. Apartó la fina tela que cubría sus hombros y señaló también su suave piel—. Se dislocó el hombro. ¿Qué pasó?

—Fue mi marido —se levantó muy molesta—. ¿No tienes otra a la que ir a molestar? No veo cómo puede esto servir para tu investigación —apagó el cigarro y se puso una bata—. Si sólo has venido a esto ya ves dónde está la puerta.

—Tu padre, tu marido... —dijo yendo tras ella—. ¿Y la sangre de tu espalda es del Sr. Todd? —adivinó.

—Muy bien, basta. Fuera.

—Sólo trato de hacer una hipótesis —aclaró.

—¡Ni siquiera sé cómo sabe todo eso!

—Soy un detective privado, Margaret —la cogió de la mano y la llevó a la cama otra vez.

La mirada del tal James Rhydel parecía sincera. Era muy joven, por una vez se encontraba con alguien que de verdad le prestaba atención. Pero sabía por experiencia que no debía caer en ese error, el amor entre una mujer mayor (o al menos de su edad) con alguien diez años menor siempre cae en saco roto. Sólo iba a ser una ilusión, un encaprichamiento. Lo más probable es que él estuviera causando una impresión equivocada en ella, así como Margaret se esforzaba por mantenerla en sus clientes. Era la inocente, la coqueta, la fogosa, la pura y casta... había trabajado todas las facetas que podían servirle. Con los clientes que azotaba también usaba la furiosa, la arpía, la sádica... esas las había mejorado fijándose en el Sr. Todd.

El Sr. Todd, sólo pasó por su mente un segundo, pero se quedaría por muchos minutos. Revivió por un breve instante la conversación de la mañana.

—¿Se me ha abierto la herida? —fue un susurro, ni siquiera ella misma se entendió. Estaba demasiado ensimismada.

—No, no —sonrió—. Es nada, una pequeña supuración —la invitó a sentarse—. Como decía, se apartó el pelo esta mañana y he podido ver la herida. Hace un movimiento muy característico en el hombro, como si le doliera o lo tuviera resentido. Lo del latigazo... ha sido una corazonada.

—Oh...

—Entonces... lo que quiero saber es... ¿por qué?

—¿Por qué qué? —volvió en sí.

—¿Por qué pegas a los hombres? ¿Es porque ellos te han pegado a ti? ¿O porque te gusta? Por lo que he podido comprobar el amor brilla por su ausencia en tu actual y oficial relación con el Sr. McAllen. Lo cual es curioso; permite que sigas ejerciendo.

Margaret se estaba volviendo loca con tanto dato sobre su vida, datos que él no podría haber recavado de nadie ya que ni siquiera había nacido en Londres. Apenas nadie sabía nada de su vida más allá de las habladurías. Ni el Sr. Todd. El pobre barbero ignoraba la mitad de la verdad.

—Les pego porque me gusta —contestó—, me da poder sobre ellos. ¿Te crees que una mujer sola puede permitirse todo esto? Estos cigarrillos me los trae el Sr. Carter de estanco, el Sr. Smith trajo el sofá, Williams me hace una rebaja en la carne... No trates de saberlo todo de mí, te lo ruego. Puedes deducir muchas cosas, pero jamás sabrás las cosas importantes.

—Sé que tienes especial debilidad por los barberos... —aquellas palabras la pusieron en alerta—, que has recibido muchos maltratos a lo largo de su vida... pero lo que quiero saber es... por qué. ¿Qué sacas de todo esto? A nivel íntimo, no a nivel material. Eres materialista, pero no haces nada sin motivo.

—¿Y qué? ¿Por qué le preocupa eso a las hijas de mi pareja?

—Oh, no —rió—. No te preocupes por ellas, el caso está cerrado.

Se dio la vuelta sorprendida. No le había mirado en los últimos tramos de conversación, convencida de que sólo eran fachadas para sacarle información. No sabía qué pensar.

—Estoy con el Sr. McAllen porque me da seguridad, es bueno conmigo -

— - Y tú puedes ser mala con él —rió.

— - Él necesita a alguien para aparentar, dar que hablar. La mala fama es mejor que ninguna, ¿sabes? —ignoró su comentario, pero no pudo reprimir una sonrisa.

—Eres increíble —confesó—. Eres una persona extraordinaria, Margaret Eleanor Lovett —rió—. No, no me mires así, lo digo en serio. Eres una persona muy interesante.

—¿De verdad?

—Sí. Quiero saber tantas cosas porque... eres una mujer increíble, tan abierta... tan... tú, incluso con todas esas fachadas que no dicen nada. He conocido a muchas mujeres, muchas que fuman en mi habitación...

—Así que eres de esos... —alzó las cejas.

—¡No! —rió—, digo que son clientas. Pero estoy seguro de que de ti puedo sacar muchas cosas —no paraba de apuntar cosas en la libretilla que siempre llevaba consigo—. Eres muy real, pocas mujeres lo son. Puedo aprender mucho sobre vuestra forma de pensar, me ayudará en el pasado.

—¿Todo esto es por eso?

—Claro —sonrió, mirándola—. Ya te dije que no soy así con las que no son especiales.

—Oh, pues me alegro por ti —casi escupió, tratando de disimular—. Por cierto, no creo tener que decírtelo, pero lo que pasa aquí por las tardes no sale de aquí.

—¿El Sr. Todd?

—Él no sabe nada, ni tiene por qué saberlo.

—Por supuesto. Y ahora, ven aquí.

—Pensaba que no venías por las fustas —contempló tomando una, la más leve, del armario.

—Y no vengo, pero te veo frustrada. ¿No será mejor que liberes toda esa tensión acumulada? No es bueno que te pases el día dándole a los hombres; estarás muy cansada. Si algo sé es que he aprendido mucho de vosotras, de ti en especial, y viéndote tan necesitada creo que ya es hora de que tú también recibas algo, de alguna forma —mientras hablaba se había desatado la camisa y los pantalones, dejando muy claras sus intenciones

—No soy una prostituta —avisó.

—Sé que esta conversación me la vas a cobrar igual.

—Por horas, no te quepa duda. Espero que tengas dinero.

—No mucho, la verdad.

—Te haré una rebaja.

James tenía razón, llevaba un día muy duro. Le tenía ahí, dispuesto, atento. Prometía cosas que llevaba echando de menos mucho tiempo y deseándolas todavía más. ¿Por qué se iba a negar? No tenía sentido.

Pero antes, se dijo a sí misma, ten en cuenta que no te puedes hacer ilusiones. Esto es un polvo y ya está. Es lo que siempre haces con ellos; los usas y los tiras. Mentalízate, Eleanor.

En su mente revivía los últimos retazos de una conversación consciente. Los gritos, los forcejeos, la vena palpitando en su frente... Había sido horas atrás, muchas. Al menos tres botellas de ginebra. Y ya la cuarta.

La tarde pasaba lenta y fría. Ignoraba dónde estaba, las paredes se le hacían tan familiares que habían perdido su significado por completo. A sus pies, la ciudad de Londres se iba a dormir. Sospechaba que, de alguna forma, seguía en casa. Se encogió de hombros, mejor para mí, y volvió a beber de la botella.

Recordaba haber cogido sus muñecas y haberlas apretado hasta creer que iba a romperlas. Su cara, retorciéndose en una mueca de dolor. Era como el sueño, mucho más doloroso, mucho más real. Había sido real.

En cuanto fue consciente tuvo que soltarla pero ella no paraba de gritar, ¡no paraba! No soportaba más aquella tensión. Trató de hacerla entender que él sólo quería ayudarla, que la necesitaba, que tenía que contarle qué demonios pasaba.

¿No es lo que hacen los amigos? había preguntado.

¿Es que ella no entendía que la necesitaba? A ella, sólo a ella. Era una venganza de dos, no sólo suya. Él no era un barbero demoníaco como a veces ella le llamaba, era un hombre al que le habían destrozado la vida. ¿Cuántas veces había pasado la casa del Juez Turpin soñando con ver a Johanna a través de una de las ventanas? ¿Por qué la Sra. Lovett no veía que sin ella nada funcionaba? Ni su vida, ni su cuerpo... sin ella las tardes se tornaban grises y lo único que deseaba era beber y perderse en la inconsciencia para no tener que pensar en Lucy, en Johanna, en el juez... aquellas grotescas imágenes que cruzaban su cabeza de vez en cuando. Sin la Sra. Lovett el plan no podía continuar. Sabía que tenía que encontrar una forma de que funcionara sin ella, que ella por mucho que decidiera sacarle de su vida no le abandonaría en el tema del dinero. Era demasiado avariciosa como para dejarle tirado en esa parte. ¿Pero cómo se iba a distraer de los terribles recuerdos sino?

¿Era egoísta?

No lo sabía con certeza. ¿Es egoísta querer matar a un hombre que encadena y aliena a los pobres hombres trabajadores y honrados? ¿Es egoísta querer liberar a la sociedad de un asqueroso rico más que sólo busca enriquecerse explotando a los demás?

Creía que no.

¿Pero y si se equivocaba?

La enajenación le impedía contestar a sus propias preguntas. Pronto no hubo nada que contestar. El sueño le venció y se rindió a él y al cálido abrazo que ofrecía, lejos de los recuerdos y el dolor.

Los recuerdos son algo que permanecen en nuestra mente vayamos a donde vayamos. A veces completamos una rutina sin pensar en nada más que lo que nos pasó el día anterior, rememorándolo una y otra vez. Hasta que algo rompe la monotonía del día y nos devuelve a la apestosa realidad.

La Sra. Lovett había encontrado algo extraño entre sus cuerpos del sótano. Solía estar a rebosar, con cinco o seis hombres. Una vez se encontró un niño. ¿Pero esto?

—Sra. Lovett —Mary Ann golpeó la pesada puerta de hierro que protegía su secreto—. Me han pedido que le informe de que el Sr. Todd no ha abierto su tienda esta mañana.

—Muy bien, vuelve al trabajo.

Así que por eso estaba vacío el sótano. ¿Acaso la había liberado de su sangriento plan? Si así era lo primero que haría serían las maletas.

Pero primero asegúrate. Cocinarás muchos humanos, pero no eres una asesina. Sabes que se moriría sin ti.

Los remordimientos tomaron su conciencia otra vez y suspiró. No podía sacarle de su cabeza, eran demasiados factores los que aseguraban su bienestar.

Decidió aprovechar la oportunidad brindada y limpiar bien el sótano, lo cual le tomó toda la mañana.

Para poder soportar el terrible olor que la sangre coagulada desprendía se entregó por completo a la mañana anterior, evadiéndose incluso de los sonidos y las ratas que a veces pasaban por su lado, traviesas.

James no se había ido antes de que despertara. De hecho, estaba esperando a que lo hiciera, mirando cómo dormía. Ella se había excusado, pero él había dicho que entendía que estuviera tan cansada. Aquel hombre era casi irreal. No podía dejar de darle vueltas. ¿Lo había dicho de verdad?

Imposible. Los hombres no tratan bien a las mujeres, es rarísimo encontrar uno así. Y mira que yo he conocido hombres, muy pocos de ellos en mi cama. En mi cama de esa forma, claro, pensaba mientras trataba de arrancar una poderosa mancha de la fría piedra del suelo. ¿Y si lo decía de verdad? No, no puede ser. ¡El amor es para las tontas, Margaret! ¡Mira lo que le pasó a la pobre Lucy! ¡Mira lo que te está pasando a ti con Todd! Si él supiera... moriría de pena, no podría soportarlo. ¿Cómo va a ser James Rhydel diferente? Te ha estado investigando, no eres más que una fuente de dinero para él. Pero... otra vez... ha sido tan cariñoso conmigo... Bfff... no sé, no tengo ni idea. No voy a hacerme ilusiones con él, debe de tener diez años menos que yo, no sabe lo que quiere, seguro que vuela al poco de que cambie el viento. Pero... quiero volver a verle.

Antes de lo que pensaba había terminadoy estaba de vuelta en el sótano principal, donde sus mujeres y niñas hacían las empanadas. Empanadas que llevaban rellenos mixtos de vaca y humano, cerdo y humano, y otras cosas con humano. Suspiró disgustada, ella prefería los rellenos únicos. Ojalá el Sr. Todd la hubiera liberado de su deber para con él. Entonces sí que sería libre; tendría amigas, amigos, una vida social digna. Se acabaría ocultarse tras cuatro paredes para que nadie descubriera sus secretos. Podría ir al parque en vez de quedarse machacando articulaciones en una pútrida cámara de piedra en el subsuelo. Los hombres, los que merecieran la pena, podrían cortejarla en vez de tener que pasarse por su tienda para verla una vez, breves minutos.

No quería admitirlo, pero muy dentro de ella sabía que había malgastado su vida esperándole.

—¿Dónde va? —preguntaron cuando giró la esquina con Fleet.

—A ver al Sr. Todd, buenos días —contestó, sonrió, hizo un gesto con la cabeza y se dispuso a seguir.

—Vaya, sí que sabe usted dejar los negocios en la cama —sonrió siguiéndola y recordando que fuera de la habitación ella seguía siendo la Sra. Lovett y él el Sr. Rhydel—. Me encanta cuando me mira así, parece un gatito a punto de saltar contra un perro. Es adorable.

—¡Cállese! —le chistó nerviosa.

—Vale, vale —rió—. ¿Por qué va a visitar al Sr. Todd?

—¿Y a usted por qué le importa? —acentuó parándose a mirarle, molesta. La sacaba de quicio con tanta preguntita.

—Porque usted me interesa, su bienestar es importante para mí.

—Oh, dios mío, ¡se ha encaprichado! —suspiró incómoda—. ¿Sabe que podría ser su madre?

—No exagere, por amor de Dios —rió divertido—. Tiene nueve años más que yo, ¿y qué? Además, no me he encaprichado, sólo me intereso por usted. Ya le dije anoche —susurró— que usted me fascina. Me parece importante saber cómo piensa. Es todo.

—Y muchas otras antes le han fascinado también, ¿me equivoco, Sr. Rhydel?

—Totalmente, Sra. Lovett. Muy pocas lo han conseguido.

—¿Y con cuantas se ha acostado? —paró en la entrada de Hen and Chickens Court.

—... todas.

—¿Ve? —suspiró girando la esquina. Ella la siguió—. ¿A dónde cree que va?

—Me consta que el Sr. Todd ha estado toda la noche bebiendo —explicó, volviendo a su actitud seria de toda la vida. Tampoco iba a dejar de ser él mismo por una mujer—. Lo más probable es que tenga una resaca tal que ni siquiera pueda moverse. La acompaño para ayudarla.

—¿Qué? —su mente se había quedado en la palabra «bebiendo».

Aprovechando que el Sr. Rhydel la tapaba echó a correr hacia la barbería, con el corazón a mil por hora. Buscó sus llaves para abrir la puerta, que estaba cerrada a cal y canto y con el letrero de «Abierto» todavía puesto. No las encontró, recordó que se las había dejado olvidadas en la mesa del salón comedor cuando se había desvestido casi una semana atrás.

—¡Sr. Todd! —gritó—. ¡Sr. Todd, ábrame la puerta! ¿Pero qué hace? —exclamó cuando Rhydel se aproximó y rompió la ventana con el codo. Una mirada bastó para dejar claro que la situación era grave.

—No se preocupe, una vez ayudé a un cristalero con su infiel esposa. Me debe un favor, así que haré que le arregle la puerta.

—Es muy amable —asintió agradecida antes de correr escaleras arriba—. ¿Sr. Todd?

La barbería estaba vacía y desordenada, como si alguien hubiera entrado tambaleándose, observó Rhydel. Para él estaba claro que cuando había llegado a esa parte de la casa, el Sr. Todd ya no podía andar con normalidad.

—¿Sr. Todd? —volvió a llamar, preocupada.

—Ahí —señaló Rhydel, viendo que todo parecía indicar a esa sala.

No esperó a que la Sra. Lovett se moviera, él mismo fue hacia la puerta del salón-comedor y la abrió, sin saber qué esperar al otro lado.

—¡Sr. Todd!

Estaba tirado en el sofá en el que ella solía dormir, apestando a alcohol. Cuatro botellas de ginebra en el suelo, otra casi vacía en su mano. La Sra. Lovett se apresuró, preocupada, y se sentó a su lado, tratando de despertarle o recibir alguna respuesta. Rhydel le quitó de las manos la botella de ginebra, cuyo contenido se había esparcido por la ropa del barbero y el suelo.

Era deprimente el estado del hombre. Estaba en decadencia. En vez del afamado hombre del cual le tildaban, elegante, educado a pesar de su angosta cara. En ese momento no parecía más que un vagabundo.

La Sra. Lovett pasó la mano bajo la nuca del barbero y le alzó con cuidado. Acercó la mejilla para comprobar que respiraba. Lo hacía. Exhaló aliviada.

—Ayúdeme, por favor —se giró.

Rhydel jamás había visto una mirada tan dolida, tan suplicante... estaba claro que lo que aquella mujer sentía por el borracho entre sus brazos era muy fuerte, no importaba lo que él hiciera. Podía pegarla, hacerla daño, triturar su mente, su alma. Una de las primeras cosas que había descubierto sobre ella era que tenía una relación con un barbero casi autista que la trataba a patadas. Y sin embargo allí estaba, aferrada a su camisa y sin saber qué hacer.

—Claro —¿cómo iba a negarse?

Cogió las piernas del barbero y ella de las axilas. Sweeney Todd murmuró algo ininteligible, parecía una protesta. Le ignoraron y le llevaron a la cama.

Su habitación era el peor lugar de la casa. Parecía una celda de reclusión, con apenas un catre sobre el que dormir, una cómoda y un escritorio. Ni siquiera tenía una ventana porque aquel pequeño habitáculo estaba pensado para ser un almacén, no una habitación. Era lúgubre, siniestra...

—No se ofenda, pero creo que el Sr. Todd necesita ayuda médica. Seria.

—Sólo es una borrachera —suspiró secándole la frente con un pañuelo de tela bordado que ella guardaba.

—Me refiero a ayuda médica para la cabeza, Sra. Lovett. ¿Ha visto su habitación? No... no es normal.

—Lo sé —suspiró—. Me haré cargo de esto. Gracias —le tendió unas libras sin mirarle.

—No tiene que pagarme.

—No lo hago. Se lo saqué de la chaqueta cuando no miraba. Después de toda su ayuda es lo menos que podía hacer.

—Está bien...

Rhydel sentía que ya no era importante. Ella estaba ignorándole de forma deliberada, toda su atención era para el débil y enfermo Sr. Todd.

—Llamaré al cristalero —ofreció yéndose. No se sentía cómodo en aquella habitación.