Londres

Época Actual

11 años después

—¿Qué puedo hacer por ti, padre?—preguntó Kagome Higurashi al entrar en el hogar que había pertenecido a su familia durante los últimos diez años en Londres.

El anciano levantó la mirada del periódico, sujeto con sus manos deformes y artríticas en lugar de con los dedos debido al dolor.

—¿Te has casado ya?—espetó. Ni un saludo, ni un poco de charla. Directo al grano. Así es como esos dos habían vivido toda su vida. Los negocios reinaban en su mundo, aunque Hiro Higurashi reconocía que Kagome era exponencial mente mejor para los negocios en casi todos los aspectos.

Pero esta vez, Hiro sabía que saldría ganando. Kagome se abstuvo de poner en blanco sus glaciales ojos cafes. Ya habían mantenido esta conversación muchas veces a lo largo de los años y se estaba volviendo tediosa.

—Padre, he recuperado tu fortuna, he triplicado el imperio familiar y he renovado las seis casas que poseemos por todo el mundo. —Su tono mordaz era

despiadada mente severo, pero rara vez se contenía cuando se impacientaba por algún asunto—.Desde que tomé las riendas del negocio, ahora tienes más dinero para gastártelo en los juguetes o en las amantes que quieras. Como ya he mencionado antes, todo lo quepido a cambio es quete abstengasde interferir en mi vida personal. No quiero casarme —le dijo a su padre, y no era la primera vez.

Su padre acababa de divorciarse de su sexta esposa. Las últimas cinco eran mujeres mercenarias que solo querían una cosa: un pedazo de la fortuna de los Higurashi. Y con el tiempo las cinco habían salido precipitadamente de la vida de su padre con el tesoro que buscaban, gracias a la ineptitud de su padre en el manejo de acuerdos prematrimoniales. O tal vez por que era un optimista en serie.

Kagome podía ignorar a las muñecas de su padre haciendo la vista gorda ante el comportamiento ridículo del anciano, ya que era el dinero de su padre, y por tanto no era asunto suyo. Pero años atrás, Kagome se había graduado en la universidad y volvió a casa para encontrar el negocio familiar prácticamente en quiebra. Desde el momento en que comprendió las serias dificultades financieras en las que su padre había sumido a la familia, había trabajado noche y día durante años para reparar el daño. Había recuperado el poder y las fortunas del emporio Higurashi , y no tenía el tiempo ni la paciencia para una esposa y una familia. E indudablemente, no sentía la inclinación de atarse a un hombre durante el resto de su vida o de tener bebés repugnantes que dependerían completamente de ella para su supervivencia física y económica. Kagome estaba convencida de que cualquier cosa a la que le dedicara ese tipo de apoyo tenía que contribuir y compensarle a cambio. Y los bebés no daban nada a cambio. No eran más que masas inútiles con las que no quería tener nada que ver.

Hiro suspiró y miró fijamente a su hija.

—Sí. Me has dado dinero y poder, pero quiero que te cases. Quiero nietos. Que hayas hecho todo esto no quiere decir nada si no hay nadie a quien dejárselo en herencia —dijo, mostrando con la mano la habitación elegante que había estado a punto de derrumbar se antes de que Kagoeme restaurase la casa a su antigua gloria—. Quiero un legado. Y tú me lo vas a dar.

Kagome no mostró ninguna emoción ante la enfática declaración de su padre. De hecho, giró sobre sus talones y empezó a marcharse. Ya había mantenido esa conversación demasiadas veces como para perder ni un minuto más.

—Sólo controlas un tercio de la compañía —dijo Hiro a la espalda de su hija que se marchaba.

Kagome se quedó inmóvil, y su furia empezó a ir en aumento al instante. Volviéndose lentamente, se enfrentó de nuevo a su padre.

—¿Es eso algún tipo de amenaza? —preguntó Kagome en voz baja y amenazante. Fuera su padre o no, nadie se metía con la compañía por cuya reconstrucción había sudado sangre. ¡Ahora era su empresa! Su padre había heredado una parte de la compañía de su Madre y funcionado con su naciente imperio, pero Hiro no había hecho nada más que llevar la a la ruina con sus malas decisiones y mala gestión desde la muerte de su madre.

Hiro vio la mirada de furia en los ojos marrones de su hija, pero no se dejó intimidar.

—No me voy a hacer más joven, hija. Y quiero nietos. Lo que significa que tienes que casarte. Te doy seis meses —declaró con firmeza—. Si no te has casado en seis meses, volveré a escribir mi testamento. —Dejó que sus palabras claramente ágil y brillante de su hija—. Tú posees un tercio. Yo poseo un tercio.

—Y Amy, tu segunda mujer, posee un tercio —terminó Kagome, que sabía exactamente dónde iba a parar. Hiro había estado perdidamente enamorado de su segunda esposa y el día de su boda le había otorgado ir reflexivamente un tercio de su empresa.

—¡Exacto! —contestó Hiro, con mirada triunfante mientras continuaba observando cuidadosamente las reacciones de su hija—. Cambiaré mi testamento y le legaré todas mis acciones si no te has casado en seis meses.

—La odias —escupió Kagome, lívida ante la amenaza que su padre y señor se había atrevido a pronunciar.

—Tú también —respondió Hiro—. No me importa. ¡Quiero nietos! Quiero un legado.

Kagome permaneció inmóvil mientras calculaba mentalmente varias maneras de sortear la amenaza de aquel hombre. Pero en la época en que su padre se casó con esa vil mujer, Kagome estaba sumido en los detalles par a sacar a la empresa de sus deudas y alejar la del borde de la quiebra. No había salido a flote a tiempo de impedir a su insensato padre que regalar a lo que previamente habían sido acciones inútiles a una mujer que, en opinión de Kagome, no era mejor que una prostituta. Limpió las fortunas de Hiro, o lo que por entonces quedaba de ellas, sin piedad, y siguió cruelmente su camino cuando ya no quedaba nada. Sin embargo, había aceptado encantada las acciones en su divorcio y ahora vivía muy confortablemente de los dividendos que no había hecho nada par a ganar se excepto abrir sus bonitas piernas par a un hombre incompetente y envejecido.

De vez en cuando, la mujer entraba en la oficina de Kagome como si nada, haciendo exigencias como si fuer a una propietaria. Lo que, técnicamente, era. La última vez que había tirado de ese truco, Kagome había amenazado con hacer que la sacaran de la oficina si volvía a plantar un pie en cualquier a de los edificios de los Higurashi Internacional. Se había trazado la línea de batalla.

Y ahora, una confrontación con su padre.

—Me estás chantajeando —respondió Kagome apretando la mandíbula. Incluso aquello era asombroso, por que Kagome nunca mostraba emoción a menos que fuer a en su propio beneficio.

Hiro se replegó ante esa mirada, pensando que tal vez había ido demasiado lejos. Su hija no era una mujer con la que jugar. Era peligroso de muchas maneras. Pero Hiro no se echó atrás. No podía. Aquello era demasiado importante tanto par a él como par a su hija. Había fracasado miserablemente en muchas cosas en la vida, sus matrimonios lo primero, pero su hija no era uno de esos error es. Kagome era su único logro, aquello que podía señalar en su vejez que había salido a la perfección. Por desgracia, Kagome era una desdichada. Estaba dejándose la vida en el trabajo. Oh, jugaba bastante a menudo con los hombre —demasiado, si los rumor es eran ciertos. Pero esas relaciones no eran lo que necesitaba Kagome, y Hiro estaba decidido a intervenir y arreglarlo. Su hija trabajaba demasiado y ya era hora de que fuera feliz. Había llegado el momento de que Hiro interviniera e hiciera lo posible par a proporcionar le felicidad a su hija. «O morir en el intento», pensó con inusual preocupación.

Avanzando con su plan, trató de parecer relajado y segur o de sí mismo.

—He revisado el acuerdo prematrimonial que firmé con Amy —anunció Hiro—. He encontrado algo interesante; algo de lo que no me había dado cuenta antes.

Kagome deslizó las manos en sus bolsillos, como simple precaución par a evitar estrangular a su anciano padre.

—¿El acuerdo en el que le regalaste un tercio de mi empresa a una zorra avara?

Hiro no podía discutir esa acusación puesto que era ver dad, así que no defendió a su ex esposa. La mujer merecía el desprecio de Kagome, y mucho más. Era una persona verdaderamente horrible. Centrándose en el tema, explicó:

—Dice que todas sus acciones obtenidas durante nuestro matrimonio irán a mis descendientes de ese matrimonio o volverán a ti en caso de que haya un hijo legítimo de tu matrimonio —anunció con expresión victoriosa. Hiro no lo había creído cuando leyó esa cláusula aquel mismo día. Se había arrepentido de ello desde el momento en que dijo «sí, quiero» a aquella zorra intrigante. Ella había exigido parte de la compañía antes de su boda y, por aquel entonces, él no creía que un tercio de las acciones valiera nada. Ella estaba haciendo alar de de su cuerpo con él y Hiro era débil. De modo que dio instrucciones a su abogado y él firmó el documento, demasiado deseoso de que se le permitier a tocarla, de llegar a la noche de bodas. ¡Y había pagado por ello! Maldita sea, vaya si lo había pagado a lo largo de los años. Mientras que su primer a esposa había sido dulce y maravillosa, pero incapaz de sobrevivir a una grave enfermedad, Amy fue todo lo contrario. No había una pizca de bondad u honradez en su cuerpo conspirador y manipulador.

Kagome repasó aquella sorprendente noticia en su mente, barajándola. La idea de que había una manera de salir de aquel lío y hacer se con el control total de su empresa después de todo era una tentación seductora.

—Enséñamelo —exigió finalmente, sin creer a su padre por un momento. Había cometido demasiados errores en el pasado. Kagome no pensaba hacer se esperanzas si aquel era otro de esos errores.

Hiro sabía que su hija exigiría pruebas de una afirmación tan sorprendente, así que no se sintió ofendido ante la orden. Tenía los papeles preparados y simplemente empujó la carpeta con el archivo más cerca.

—Cláusula vigesimoprimera —dijo recostándose en el asiento, pensando que aquella era la segunda cosa que había hecho bien en su vida. Vale, Hiro no había pensado en incluir aquella cláusula en el acuerdo, ¡pero su abogado sí lo hizo! Al final resultó que había contratado a un buen abogado. Por aquel entonces, Hiro pensaba que el abogado estaba un poco verde, que era demasiado joven e inexperto. Pero el chico lo había hecho bien. La cláusula estaba blindada. El nacimiento de un niño provocaría que la propiedad de las acciones volviera a manos del nieto. Por supuesto, si Hiro hubiera tenido algún descendiente de su esposa, las acciones habrían pasado a ese hijo. ¡No era de extrañar que aquella zorra no se hubiera quedado embarazada! Probablemente utilizaba algún tipo de anticonceptivo, demasiado decidida a quedar se con las acciones ella misma. Hiro reconocía que se la habían jugado. Durante años se la habían estado jugando, pero ahora iba a ganar. Iba a sacar a esa bruja de la vida de Kagome e iba a tener un nieto. Y si todo salía bien, también le proporcionaría felicidad a su hija.

Kagome revisó las cláusulas; sus ojos se movían a gran velocidad. Era capaz de revisar documentos más rápido que lo que tardaba la mayoría de la gente en leer la primer a frase. A medida que sus ojos pasaban sobre las palabras como un rayo, su mente filtraba la jerga legal par a descubrir las frases pertinentes. Cuando terminó, tiró el documento sobre la mesa de café.

—¿Por qué no me dijiste esto hace años? —inquirió Kagome.

Hiro encogió unos hombros casi dolorosamente delgados.

—No lo había leído —admitió, avergonzándose cuando los ojos iracundos de su hija lo atravesaron.

—¿Por qué diablos…? —empezó a decir, pero se detuvo—. Olvídalo —dejó la pregunta a medias, conocedor de la respuesta, que la disgustaba—. Boda y bebé, y me lo quedo todo. O boda en seis meses, y gano la participación mayoritaria.

Hiro asintió, lo que casi hizo crujir su cuello por el esfuerzo.

—Dame un certificado de matrimonio válido y yo te cederé mi tercio de las acciones —enunció Hiro—. Tendrás el control del cien por cien de mis acciones desde el momento en que digas «sí, quier o». Con un bebé, obtendrás el control total de la empresa que, por derecho, debería haber sido tuya de todas formas.

Kagome bajó la vista hacia su padre; sus ojos gélidos no revelaban nada.

—¿Me cederías tus acciones por completo con un certificado de matrimonio?

—Si te casas de aquí a seis meses, sí —respondió Hiro, rezando para que su plan funcionara.

Kagome quedó estupefacta ante aquella frase.

—Pero no tendrás ingresos.

Hiro sacudió la cabeza y con un gesto de la mano desechó la advertencia. Su sincera gratitud y el orgullo que sentía por los logros de su hija empaparon sus palabras:

—Gracias a ti, tengo suficiente dinero par a que me dure el resto de mi vida.

Haz esto por mí y no te pediré nada más.

Kagome no se lo creía. Ni un poco. A lo largo de los años, Hiro había usado el dinero como si fuer a agua.

—Lo quier o por escrito —declaró con firmeza. Hiro asintió.

—Pondré a mis abogados a ello de inmediato.

Dante sacudió la cabeza, casi riéndose de lo absurdo de aquella afirmación.

—No. Yo pondré a mis abogados a ello —dijo firmemente—. Te llamaré en cuanto esté listo par a que cedas las acciones.

Hiro se levantó, ignorando el dolor que atravesaba sus rodillas artríticas.

—¿Y qué hay de la boda? —preguntó a su hijo que desaparecía con rapidez. Kagome no se detuvo.

—Será un asunto de negocios, padre. No tienes que preocuparte por los negocios —y se marchó.

Hiro miraba la puerta por la que había desaparecido su hija, dolido el corazón con esas últimas palabras. Una boda no era una decisión de negocios, pensó tristemente. Bien lo sabía, ¡él había tenido seis!

«¡Oh, pero un nietecito!» La mera idea de tener un nieto al que querer y con el que reír se, al que mecer en sus rodillas… bueno, tal vez no en sus rodillas, pensó al sentar se de nuevo en el lujoso sofá mientras sus rodillas chasqueaban dolorosamente con el esfuerzo.

Su encantadora hija podía pensar que el propósito en la vida eran el dinero y el poder, pero Hiro sabía ahora que Kagome se equivocaba. El propósito de la vida era la felicidad. Aunque iba a ser un desafío hacer que una mujer terca como su hija lo reconociera.

¡Era un desafío en el que Hiro no podía fracasar !