Revisado y Editado:

4/05/2018


LAS INVITACIONES

En mi sueño reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz mortecina parecía proceder de la piel de Edythe. No podía verle el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mi lado, dejándome sumido en la negrura. No lograba alcanzarla por más que corriera; no se volvía por muy fuertemente que le llamara. Apenado, me desperté en medio de la noche y no pude volver a conciliar el sueño durante un tiempo que se me hizo eterno. Después de aquello, estuvo en mis sueños casi todas las noches, pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.

El mes siguiente al accidente fue violento, tenso y, al menos al principio, embarazoso.

Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante el resto de la semana. Taylor Crowley se puso insoportable, me seguía a todas partes, obsesionada con compensarme de algún modo. Intenté convencerle de que lo único que quería era que olvidara lo ocurrido, sobre todo porque no me había sucedido nada, pero continuó insistiendo. Me seguía entre clase y clase y en el almuerzo se sentaba a nuestra mesa, ahora muy concurrida. McKayla y Erica se comportaban con ella de forma bastante más hostil que entre ellas mismas, lo cual me llevó a considerar la posibilidad de que hubiera conseguido otra admiradora no deseada.

Nadie pareció preocuparse de Edythe, aunque expliqué una y otra vez que la heroína era ella, que me había apartado de la trayectoria de la furgoneta y que había estado a punto de resultar aplastado. Intenté ser convincente. Jeremy, McKayla, Erica y todos los demás comentaban siempre que no le habían visto hasta que apartaron la furgoneta.

Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba antes de que me salvara la vida de un modo tan repentino como imposible. Con disgusto, comprendí que la causa más probable era que nadie estaba tan pendiente de Edythe como yo. Nadie más le miraba de la forma en que yo lo hacía. Era patético, y algo acosador.

Edythe jamás se vio rodeada de espectadores curiosos que desearan oír la historia de primera mano. La gente la evitaba como de costumbre. Los Cullen y los Hale se sentaban en la misma mesa, como siempre, sin comer, hablando sólo entre sí. Ninguno de ellos, y menos ella, me miró ni una sola vez.

Cuando se sentaba a mi lado en clase, tan lejos de mí como se lo permitía la mesa, no parecía ser consciente de mi presencia. Sólo de forma ocasional, cuando cerraba los puños de repente, con la piel, tensa sobre los nudillos, aún más blanca, me preguntaba si realmente me ignoraba tanto como aparentaba.

Deseaba no haberme apartado del camino de la furgoneta de Taylor. Esa era la única conclusión a la que podía llegar.

Tenía mucho interés en hablar con ella, y lo intenté al día siguiente del accidente. La última vez que le vi, fue fuera de la sala de urgencias. Ella estaba tan furiosa la última vez que hablamos. Y, aunque sé que de verdad quería saber lo que de verdad había sucedido y que pensaba que merecía saber la verdad, sí que había sido algo exigente, considerando que ella me salvó la vida y todo eso. No sabía cómo agradecérselo de forma apropiada.

Ya estaba sentada cuando entré en Biología, mirando al frente. Me senté, esperando que se girara hacia mí. No dio señales de haberse percatado de mi presencia.

—Hola, Edythe —dije.

Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez y miró en la dirección opuesta.

Y ése fue el último contacto que había tenido con ella, aunque todos los días estuviera ahí, a treinta centímetros. A veces, incapaz de contenerme, le miraba a cierta distancia, en la cafetería o en el aparcamiento. Contemplaba cómo sus ojos dorados se oscurecían de forma evidente día a día, pero abruptamente volvieron a ser del color de la miel. Y el cambio progresivo se volvería a repetir. Pero, en clase no daba más muestras de saber de su existencia que las que él me mostraba a mí. Me sentía miserable. Y los sueños continuaron.

Ella deseaba no haberme sacado del camino de la furgoneta de Taylor, esa era la única explicación que se me ocurría. Como ella obviamente me prefería muerto, ya fingía que lo estaba.

A pesar de mis mentiras descaradas, el tono de mis correos electrónicos alertó a Renée de mi tristeza y telefoneó unas cuantas veces, preocupada. Intenté convencerla de que sólo era el clima, que me aplanaba.

Al menos, a McKayla le complacía la obvia frialdad existente entre mi compañera de laboratorio y yo. Noté que le preocupaba que me hubiera impresionado el atrevido rescate de Edythe. Su confianza aumentó hasta sentarse al borde de mi mesa para conversar antes de que empezara la clase de Biología, ignorando a Edythe de forma tan absoluta como ella a nosotros.

Por fortuna, la nieve se fundió después de aquel peligroso día. McKayla quedó desencantada por no haber podido organizar su pelea de bolas de nieve, pero le complacía que pronto pudiéramos hacer la excursión a la playa. No obstante, continuó lloviendo a cántaros y pasaron las semanas.

No había sido consciente del pasar del tiempo. Todos los días se miraban idénticos: gris, verde y más gris. Mi padrastro siempre se quejó que Pheonix no tenía temporadas, pero para mí, Forks era mucho peor. No tenía ni la menor idea de que se acercaba la primavera hasta que un día caminaba con Jeremy hacia la cafetería un día lluvioso.

—Oye, Beau—preguntó.

Quería huir de la lluvia pero él apenas se movía. Reduje mi ritmo para coincidir con el de él.

—Quería saber si alguien te había invitado al baile de primavera. Ya sabes, las chicas escogen.

—Ah. Em, no.

—Vaya. Quieres… o sea, ¿crees que McKayla te lo pedirá?

—Espero que no, — dije, quizás un poco rápido.

Me miró, sorprendido.

— ¿Y eso por qué?

—No me van los bailes.

—Ah.

Avanzamos lentamente por un minuto en silencio. Jer estaba pensativo. Ya estaba desesperado por salir de la llovizna.

—¿Te importa si le digo eso? — me preguntó.

—No, probablemente es una excelente idea. No quiero tener que decirle a alguien que no si lo puedo evitar.

—Está bien.

—¿Y cuándo es que es este baile?

Estabamos cerca de la cafetería ahora. Me señaló un poster amarillo brillante que anunciaba el baile. Jamás lo había visto, pero ya se doblaba de las esquinas y se le corría el color, como si hubiese estado ahí por mucho tiempo.

—Será el próximo sábado, — me dijo.

Estaba cien por ciento seguro que Jeremy ya había dicho algo cuando la siguiente mañana McKayla no estaba tan animada como siempre en clase de inglés. En el almuerzo se sentó lejos de Jeremy y de mí, y tampoco dijo nada a nadie. Se quedó callada mientras me acompañaba a clase de biología, pero no se sentó en el borde de mi mesa como acostumbraba hacerlo. Como siempre, estaba muy consciente de que Edythe estaba tan cerca que podía tocarla, pero aún así estaba tan lejos que podía más bien ser un producto de mi imaginación.

—Bueno —dijo McKayla, mirando al suelo—, Jeremy me ha dicho que no te gustan los bailes.

—Es cierto.

Ella me miró entonces, con expresión herida y furiosa. Todavía no le había rechazado y ya me sentía culpable.

—Ah... —dijo—. Pensé que se lo estaba inventando.

— Ah, lo lamento, pero no. ¿Por qué inventaría algo así?

Frunció el ceño.

—Es que creo que quiere que le invite.

Me obligué a sonreir.

—Deberías. Jeremy es un buen tipo.

Se encogió de hombros.

—Supongo que sí, — entonces, ella tomó una gran bocanada de aire y me miro a los ojos con una sonrisa nerviosa. — pero, ¿esto de "yo no bailo" cambiaría si yo fuese la que te pediría que me acompañaras?

Con el rabillo del ojo vi que Edythe inclinaba la cabeza hacia mí con gesto de reflexión. Me tardé un poco en responder. Me sentía culpable, pero aún más distraído. ¿Estaba escuchándonos Edythe?

—Eh… lo siento, otra vez.

Su expresión se ensombreció.

— ¿Le dirías que sí a otra chica?

¿Se había percatado Edythe de que McKayla posaba los ojos en ella?

—No —le aseguré—. No tengo intención de acudir al baile. Ese sábado voy a ir a Seattle —le expliqué.

De todos modos, necesitaba salir del pueblo y este era el momento perfecto para hacerlo.

— ¿No puedes ir otro fin de semana?

—Lo siento, pero no —respondí—. Deberías ir con Jeremy. Él es más genial que yo.

—Sí, tienes razón —masculló y, abatida, se dio la vuelta para volver a su asiento.

La observé hundir los hombros y me sentí horrible. Cerré los ojos y me froté las sienes con los dedos en un intento de desterrar de mi mente los sentimientos de culpa y lástima. La señora Banner comenzó a hablar. Suspiré y abrí los ojos.

Edythe me miraba con curiosidad, aquel habitual punto de frustración de sus ojos negros era ahora aún más perceptible.

Le devolví la mirada, esperando que apartara la suya, pero en lugar de eso, continuó estudiando mis ojos a fondo y con gran intensidad, como si esperara encontrar algo importante en ellos. Seguí viéndola, incapaz de romper la conexión, incluso aunque quisiera. Me comenzaron a temblar las manos.

— ¿Señorita Cullen? —le llamó la profesora, que aguardaba la respuesta a una pregunta que yo no había escuchado.

—El ciclo de Krebs —respondió Edythe; parecía reticente mientras se volvía para mirar a la señora Banner.

Clavé la vista en el libro en cuanto los ojos de Edythe me liberaron, intentando centrarme. No era capaz de creer el torrente de emociones que palpitaba en mi interior, y sólo porque había tenido a bien mirarme por primera vez en seis semanas. No podía permitirle tener ese grado de influencia sobre mí.

Era patético; más que patético, era enfermizo.

Intenté ignorarle con todas mis fuerzas durante el resto de la hora y, dado que era imposible, que al menos no supiera que estaba pendiente de ella. Me volví de espaldas a ella cuando al fin sonó la campana, esperando que, como de costumbre, se marchara de inmediato.

— ¿Beau?

Su voz no debería resultarme tan familiar, como si la hubiera conocido toda la vida en vez de tan sólo unas pocas semanas antes.

Sin querer, me volví lentamente. No quería sentir lo que sabía que iba a sentir cuando contemplase aquel rostro tan perfecto. Tenía una expresión cauta cuando al fin me giré hacia ella . La suya era inescrutable. No dijo nada.

—¿Si? —le dije.

Ella sólo me miró.

— Y… ¿Me vuelves a dirigir la palabra?

Sus labios se curvaron, escondiendo una sonrisa.

—No, en realidad no —admitió.

—Okay… —dije, viéndome las manos, para después ver la pizarra. Era difícil concentrarme cuando la veía, y esta conversación no tenía mucho sentido.

—Lo siento —parecía sincera—. Estoy siendo muy maleducada, lo sé, pero de verdad que es mejor así.

Abrí los ojos. Su rostro estaba muy serio.

—No sé qué quieres decir —le dije con prevención.

—Es mejor que no seamos amigos —me explicó—, confía en mí.

Entrecerré los ojos. Había oído eso antes.

Le sorprendió mi reacción.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—Que es una lástima que no lo descubrieras antes. Te podías haber ahorrado todo ese pesar.

— ¿Pesar? —La palabra y el tono de mi voz la tomaron por sorpresa, sin duda—. ¿Pesar por qué?

—Por no dejar que la furgoneta me hiciera puré.

Estaba atónita. Me miró fijamente sin dar crédito a lo que oía. Casi parecía enfadada cuando al fin habló:

— ¿Crees que me arrepiento de haberte salvado la vida? — las palabras eran quedas, musitadas bajo su aliento, pero aun así, intensas.

Sí, —dije, en el mismo tono. —o sea, ¿Qué más sería? Para mi es algo obvio.

Hizo el sonido más extraño, exhaló a través de sus dientes y sonó como un siseo. Todavía se miraba enojada.

—Eres tan estúpido, — me dijo.

Bueno, hasta ahí llegó mi limite.

Ya era lo suficientemente malo que tuviera una fijación con ella, tan malo que soñaba con ella todas las noches. No tenía que estar acá sentado como el imbécil que creía que era y solo quedarme viéndola mientras me insultaba. Recogí los libros y luego me puse en pie, sabiendo que ella tenía la razón. Era un idiota, porque quería quedarme, incluso aunque todo lo que obtendría eran más insultos.

Necesitaba salir rápidamente de la clase, pero, cómo no, se me enganchó una bota con la jamba de la puerta y se me cayeron los libros. Me quedé allí un momento, sopesando la posibilidad de dejarlos en el suelo. Entonces suspiré y me agaché para recogerlos. Pero ella ya estaba ahí, los había apilado. Me los entregó con rostro severo.

—Gracias —murmuré.

Entrecerró los ojos, y me respondió, enojada:

—No hay de qué.

Me enderecé rápidamente, y me alejé caminando a clase de Educación física sin volver la vista atrás.

La hora de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte, jugamos a baloncesto. Mi equipo jamás me pasaba la pelota, lo cual era estupendo, pero me caí un montón de veces, y en ocasiones arrastraba a gente conmigo. Ese día me movía peor de lo habitual porque Edythe ocupaba toda mi mente. Intentaba concentrarme en mis pies, pero ella seguía deslizándose en mis pensamientos justo cuando más necesitaba mantener el equilibrio.

Como siempre, salir fue un alivio. Casi corrí hacia la camioneta, ya que había demasiada gente a la que quería evitar. El vehículo había sufrido unos daños mínimos a raíz del accidente. Había tenido que sustituir las luces traseras y hubiera realizado algún retoque en la chapa de haber dispuesto de un equipo de pintura de verdad. Los padres de Taylor habían tenido que vender la furgoneta por piezas.

Estuvo a punto de darme un infarto cuando, al doblar la esquina, vi una figura delgada y pequeña reclinada contra un lateral del coche. Luego comprendí que sólo se trataba de Erica. Comencé a andar de nuevo.

—Hola, Erica —le saludé.

—Hola, Beau.

— ¿Qué hay? —pregunté mientras abría la puerta. No presté atención al tono incómodo de su voz, por lo que sus siguientes palabras me pillaron desprevenida.

—Me preguntaba... si querrías venir al baile conmigo.

Cuidadosamente metí la llave en el contacto.

—Lo siento, Erica, no iré al baile.

Tenía que verla, su rostro estaba lívido y su cabello negro ocultaba sus ojos.

—Ah, ya.

—Lo que pasa es que iré a Seattle, — dije rápidamente, intentando hacerla sentir mejor. —Es el único día en que podré ir. Así que bueno… espero que te diviertas y todo eso.

Me vio a través de su cabello. Entonces, añadió, con un tono más alegre:

—Oh. Bueno, quizás la próxima vez.

—Claro —acepté, y entonces me mordí la lengua. No quería que se lo tomara al pie de la letra.

—Ahí nos vemos, — dijo, viendo hacia atrás.

Ya estaba escapando. Me despedí de ella, pero no me logró ver. Oí una débil risita.

Edythe pasó andando delante de mi coche, con la vista al frente y los labios fruncidos.

Me congelé momentáneamente. No estaba preparado a estar cerca de ella. Estaba acostumbrado a prepararme antes de biología, pero esto fue inesperado. Ella siguió caminando.

Abrí la puerta con un brusco tirón, entré de un salto y la cerré con un sonoro golpe detrás de mí. Aceleré el motor en punto muerto de forma ensordecedora y salí marcha atrás hacia el pasillo. Edythe ya estaba en su automóvil, a dos coches de distancia, deslizándose con suavidad delante de mí, cortándome el paso. Se detuvo ahí para esperar a su familia, creo. Pude ver a los cuatro tomar aquella dirección, aunque todavía estaban cerca de la cafetería. Miré por el espejo retrovisor. Comenzaba a formarse una cola. Inmediatamente detrás de mí, Taylor Crowley me saludaba con la mano desde su recién adquirido Sentra de segunda mano. Me encogí y fingí no verla.

Oí a alguien llamar con los nudillos en el cristal de la ventana del copiloto mientras permanecía allí sentada, mirando a cualquier parte excepto al coche que tenía delante. Al girarme, vi a Taylor. Confuso, volví a mirar por el retrovisor. Su coche seguía en marcha con la puerta izquierda abierta. Me incliné dentro de la cabina para bajar la ventanilla. Estaba heladísimo. Abrí el cristal hasta la mitad y me detuve.

—Lo siento, Taylor. El coche de los Cullen me tiene atrapado.

Gesticulé hacia el Volvo. Obviamente no podía hacer nada más.

—Oh, lo sé. Sólo quería preguntarte algo mientras estábamos aquí bloqueados.

Esbozó una amplia sonrisa. No podía ser cierto.

— ¿Irías conmigo al baile de primavera? —continuó.

—No voy a estar en el pueblo, Taylor.

Mi voz sonó un poquito cortante. Intenté recordar que no era culpa suya que McKayla y Erica ya hubieran colmado el vaso de mi paciencia por aquel día.

—Ya, eso me dijo McKayla —admitió.

—Entonces, ¿por qué...?

Se encogió de hombros.

—Tenía la esperanza de que fuera una forma de suavizarle las calabazas.

Bueno, eso era totalmente culpa suya.

—Lo siento, Taylor —repliqué mientras intentaba esconder mi irritación—, pero me voy de verdad.

—Está bien. Aún nos queda el baile de fin de curso.

Caminó de vuelta a su coche antes de que pudiera responderle. Supe que mi rostro reflejaba la sorpresa. Miré hacia delante y observé a Archie, Royal, Eleanor y Jessamine dirigiéndose al Volvo. Edythe no me quitaba el ojo de encima por el espejo retrovisor. Resultaba evidente que se estaba partiendo de risa, como si lo hubiera escuchado todo. Estiré el pie hacia el acelerador, un golpecito no heriría a nadie, sólo rayaría el reluciente esmalte de la carrocería. Aceleré el motor en punto muerto.

Pero ya habían entrado los cuatro y Edythe se alejaba a toda velocidad.

Intenté concentrarme en otra cosa, cualquier cosa, mientras conducía a casa. ¿Le pediría McKayla a Jeremy que fueran al baile? ¿Me culparía si no fuera así? ¿Hablaba en serio Taylor lo de la graduación? ¿Cuál sería mi excusa para eso? Quizás podría sacarme de la manga una visita repentina a mamá o quizás ella viniera acá. ¿Y qué cenaríamos? Hace siglos no comíamos pollo.

Cada vez que terminaba de responderme a cada pregunta, Edythe volvía a mi mente. Ya cuando llegué a casa me quedé sin preguntas, por lo que me rendí y decidí hacer enchiladas de pollo pues me mantendrían ocupado por un tiempo y no tenía muchas tareas. También me obligó a concentrarme en cortar, el pollo los chiles y la cebolla. A pesar de ello, seguí pensando en la clase de Biología, intentando analizar cada palabra que había pronunciado Edythe. ¿A qué se refería con que era mejor que no fuéramos amigos?

Sentí un retortijón en el estómago cuando comprendí el significado. Debía de haber visto cuánto me obsesionaba y no quería darme esperanzas, por lo que no podíamos siquiera ser amigos. ..., porque no quería herir mis sentimientos como había herido los de McKayla y Erica. (Taylor parecía estar bien, de todos modos.) Edythe no tendría que lidiar con esa culpa, pues no estaba nada interesada en mí.

Naturalmente no le intereso, pensé con enfado mientras me lloraban los ojos —reacción provocada por las cebollas—. Tomé una toalla, la pasé por el agua y me enjuagué los ojos, aunque no ayudó de mucho.

Yo era aburrido, y lo sabía muy bien. Y ella era cualquier cosa menos aburrida. Este no era su secreto, fuera cual fuera, ya que recordaba cada instante de ese momento loco claramente. A este punto, casi me creía la historia que les conté a todos. Tenía más sentido que lo que pensé que había visto.

Pero no necesitaba tener un secreto para estar fuera de mi alcance. También era brillante, misteriosa, hermosa y completamente perfecta. Si era, de hecho, capaz de levantar una furgoneta con una sola mano, no importaba. De todos modos, ella era una fantasía para el chico común que yo era.

Y estaba bien. Podía dejarla en paz. La dejaría en paz. Podría pasar con paz mi sentencia autoimpuesta acá en el purgatorio y después, con suerte, alguna universidad en el Sureste o posiblemente Hawaii me ofrecería una beca.

Intenté pensar en las palmeras y en el sol mientras terminaba la cena.

Charlie parecía receloso cuando percibió el aroma a pimientos verdes al llegar a casa. Tuvo suficientes redaños para tomar el primer bocado. Pareció gustarle. Resultaba divertido comprobar lo despacio que empezaba a confiar en mí en los asuntos culinarios. Cuando estaba a punto de acabar, le pregunté:

— ¿Papá?

— ¿Sí, Beau?

—Esto... Quería que supieras que voy a ir a Seattle el sábado de la semana que viene..., si te parece bien.

No le pedí permiso, era sentar un mal precedente, pero me sentí maleducado. Intenté arreglarlo con ese fin de frase.

— ¿Por qué?

Parecía sorprendido, como si fuera incapaz de imaginar algo que Forks no pudiera ofrecer.

—Bueno, quiero conseguir algunos libros porque la librería local es bastante pequeña, y tal vez mire algo de ropa más caliente.

Tenía más dinero del habitual, ya que no había tenido que pagar el coche gracias a Charlie, aunque me dejaba un buen pellizco en las gasolineras.

—Lo más probable es que la camioneta consuma mucha gasolina —apuntó, haciéndose eco de mis pensamientos.

—Lo sé. Pararé en Montessano y Olympia, y en Tacorna si fuera necesario.

— ¿Vas a ir tú solo?

—Sí.

—Seattle es una ciudad muy grande, te podrías perder —señaló preocupado.

—Papá, Phoenix es cinco veces más grande que Seattle y sé leer un mapa, no te preocupes.

— ¿No quieres que te acompañe?

Me pregunté si de verdad estaba tan preocupado por mí, o sí pensaría compensarlo por todos los sábados en los que me deja solo. Quizás esté un poco preocupado. Estaba seguro que en su cabeza todavía era un niño de cinco años.

—No te preocupes, papá. Será aburrido

—Oh, vale.

—Gracias —le sonreí.

— ¿Estarás de vuelta a tiempo para el baile?

Sólo lo miré fijamente.

Lo comprendió.

—Ah, ya—había caído en la cuenta.

A la mañana siguiente, cuando me detuve en el aparcamiento, dejé mi coche lo más lejos posible del Volvo plateado. Quise apartarme del camino de la tentación para no acabar debiéndole a Edythe un coche nuevo. Al salir del coche jugueteé con las llaves, que cayeron en un charco cercano. Mientras me agachaba para recogerlas, surgió de repente una mano nivea y las tomó antes que yo. Me erguí bruscamente. Edythe Cullen estaba a mi lado, recostada como por casualidad contra mi automóvil.

— ¿Cómo lo haces? —pregunté, asombrado.

— ¿Hacer qué?

Me tendió las llaves mientras hablaba y las dejó caer en la palma de mi mano cuando las fui a coger.

—Aparecer del aire.

—Beau, no es culpa mía que seas excepcionalmente despistado.

Como de costumbre, hablaba en calma, con voz pausada y aterciopelada y sus labios reprimían una sonrisa. Como si pensara que era gracioso.

¿Cómo podría ignorarla cuando me estaba hablaba? ¿Eso es lo que ella quería, no? Eso fue lo que me dijo ayer. Que no podíamos ser amigos. ¿Entonces por qué me estaba hablando? ¿Era sádica? ¿Acaso así se divertía? ¿Torturando al chico idiota al que nunca querrá?

La miré, frustrado. Hoy sus ojos volvían a relucir con un tono profundo y dorado como la miel. Entonces tuve que bajar los míos para reordenar mis ideas, ahora confusas. Sus pies estaban a veinte centímetros de los míos, sin moverse. Como si esperara alguna respuesta.

— ¿A qué vino taponarme el paso ayer noche? —Quise saber, aún rehuyendo su mirada—. Se suponía que fingías que yo no existía.

—Eso fue culpa de Taylor, no mía —se rió con disimulo—. Tenía que darle su oportunidad.

—¿Qué?—dije entrecortadamente.

¿Acaso Edythe y Taylor eran amigas? ¿Se lo pidió Taylor? No, no lo creo.

—No finjo que no existas —continuó.

— No sé qué quieres de mí.

—Nada, —dijo de forma muy rápida, como si mintiera.

—Entonces hubieras dejado que esa furgoneta me liquidara. Hubiera sido más fácil así.

La ira destelló en sus ojos castaños. Frunció los labios y desaparecieron todas las señales de alegría.

—Beau, eres totalmente absurdo —murmuró con frialdad.

Debía tener razón en la parte de las torturas. Solo era una forma de entretenimiento para ella en este pueblo aburrido. Algo fácil.

Pasé de ella con pasos grandes.

—Espera —gritó. Seguí andando, chapoteando enojado bajo la lluvia, pero se puso a mi altura y mantuvo mi paso con facilidad, aunque mis piernas eran probablemente el doble de largas que las de ella.

—Lo siento. He sido descortés —dijo mientras caminaba. La ignoré—. No estoy diciendo que no sea cierto —prosiguió—, pero, de todos modos, no ha sido de buena educación.

— ¿Por qué no me dejas solo? —refunfuñé.

—Quería pedirte algo, pero me desviaste del tema —volvió a reír entre dientes. Parecía haber recuperado el buen humor.

Suspiré, y disminuí el paso, pero parecía que no le costaba seguirme.

—Bueno, entonces, ¿qué me querías pedir?

Era tan imbécil…

—Me preguntaba si el sábado de la próxima semana, ya sabes, el día del baile de primavera...

— ¿Intentas ser graciosa? —la interrumpí, girándome hacia ella.

Su rostro se empapó cuando alzó la cabeza para mirarme. En sus ojos había una perversa diversión.

—Por favor, ¿vas a dejarme terminar?

Me mordí el labio y junté las manos, entrelazando los dedos, para no cometer ninguna imprudencia.

—Te he escuchado decir que vas a ir a Seattle ese día y me preguntaba si querrías dar un paseo.

Aquello fue totalmente inesperado.

— ¿Qué? —no estaba seguro de adonde quería llegar.

— ¿Quieres dar un paseo hasta Seattle?

— ¿Con quién? —pregunté, desconcertado.

Debía de estarme jugando una broma.

—Conmigo, obviamente —articuló cada sílaba como si se estuviera dirigiendo a un discapacitado.

Seguía sin salir de mi asombro.

— ¿Por qué?

—Planeaba ir a Seattle en las próximas semanas y, para ser honesta, no estoy seguro de que tu camioneta lo pueda conseguir.

Finalmente fui capaz de volver a caminar, movido por el insulto a mi coche.

—Búrlate de mí todo lo que quieras, pero no te metas con mi camioneta, —le dije.

De nuevo, me volvió a alcanzar fácilmente.

—¿Por qué crees que me burlo de ti? ¡Estoy hablando en serio!

Hice ademán de seguir andando, pero estaba demasiado sorprendido para mantener el mismo nivel de ira.

— ¿Puede llegar gastando un solo depósito de gasolina?

Volvió a mantener el ritmo de mis pasos.

—No veo que sea de tu incumbencia.

Tonta propietario de un flamante Volvo.

—El despilfarro de recursos limitados es asunto de todos.

—De verdad, Edythe, no te sigo —me recorrió un escalofrío al pronunciar su nombre; odié la sensación—. Creía que no querías ser amiga mía.

—Dije que sería mejor que no lo fuéramos, no que no lo deseara.

—Vaya, gracias, eso lo aclara todo —le repliqué con feroz sarcasmo.

Me di cuenta de que había dejado de andar otra vez. Ahora estábamos al abrigo del tejado de la cafetería, por lo que podía contemplarle el rostro con mayor comodidad, lo cual, desde luego, no me ayudaba a aclarar las ideas.

—Sería más... prudente para ti que no fueras mi amigo —explicó—, pero me he cansado de alejarme de ti, Beau.

Sus ojos eran de una intensidad deliciosa cuando pronunció con voz seductora aquella última frase. Me olvidé hasta de respirar.

— ¿Me acompañarás a Seattle? —preguntó con voz todavía vehemente.

Aún era incapaz de hablar, por lo que sólo asentí con la cabeza. Sonrió levemente y luego su rostro se volvió serio.

—Deberías alejarte de mí, de veras —me previno—. Te veré en clase.

Se dio la vuelta de forma brusca y desanduvo el camino que habíamos recorrido.