Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


Disclaimer: Tanto Hermione, como Fred, y los demás personajes, escenarios, etc, pertenecen a Jotaká. Solo hago uso de ellos por diversión.


VI

Comprender.


Toc, toc...

—Adelante —dijo George en un susurro, dudando de que hubiera sido escuchado. Dos segundos después, la puerta se abrió y una mujer de cabellos rubios entró a la habitación.

—Lamento mucho integ-gumpigles, pego abajo los estamos espegando paga podeg ignos a Hogwagts...

—Ve con Hermione, Fleur... Yo no voy a ir.

—¿Cómo? ¡Geogge! —se quejó la francesa, sentándose en el suelo en posición de loto, con tranquilidad.

—No puedo; ir al funeral de mi hermano es algo que claramente no estaba en mis planes, y definitivamente no me siento capaz de hacerlo.

—Vamos, George —insistió Hermione, algo reacia a la interrupción de Fleur, y su acercamiento para con el gemelo—, estoy segura que...

—¡Nada! —le interrumpió él, deshaciéndose de su abrazo y levantándose de la cama—. ¿Acaso nadie entiende lo que ocurre? ¡Lo ponen como algo sencillo, pero no lo es! No puedo ir a presenciar cómo ponen a mi hermano bajo tierra, no puedo ir a despedirlo sabiendo que jamás voy a volver a verlo, jamás voy a volver estar con él... No lo soporto, y no lo soportaré en su momento. No iré.

Ninguna de las dos chicas se movió ni dijo nada ante los dichos de George; hablaba con una seguridad enorme, a pesar de la cantidad de lágrimas que ahora resbalaban por sus mejillas. El negarse le hacía peor, pero ser sumiso no era parte de su personalidad. Con rabia, le dio la espalda a ambas y comenzó a mirar por la ventana. Toda su familia seguía allí, en el patio, esperándolos en silencio. Y él no pensaba bajar.

—Hay algo que no estás compgendiendo, Geogge —insistió la rubia, incansable. Él bufó—. El cadáver de Fged, pog más dugo que sea de entendeglo, no es Fged. Lo que pondgán bajo tiegga es solo su envoltogio, su disfgaz en vida. Su alma, su esencia, sigue aquí, algededog nuestgo, viviendo en cada uno de nosotgos, en nuestgos gecuegdos. Quizá hasta más cegca de lo que en vegdad cgeemos que está —y ante esto último, miró con atención a Hermione, pero ella no pareció darse cuenta; tenía la mirada fija en la espalda de George, que subía y bajaba al compás de su respiración.

—Tú no comprendes nuestro dolor, Fleur —le espetó el chico, aún sin voltearse.

—¿Estás seguro de lo que dices, Geogge? ¿Qué sabes tú de mi vida pasada, de la histogia de mi familia? Pegdí más hegmanos de los que son ahoga tú y los tuyos; fui la mayor de muchos... y solo Gabrielle sigue con nosotgos. Cuando cgeí que podgía pegdegla en el Togneo, en el lago, casi muego de angustia, no fue fácil. Juro que entiendo que haya sido tu gemelo, que es distinto, pero entiende que no eges el único que está sufgiendo, y que tu dolog no es algo que los demás no podamos compgendeg. No te pido que dejes el dolog de lado; lo único que quisiega, pog favog, es que dejes de tratag a los demás como si fuegas el único en la familia que tiene degecho a sufgig.

Y dicho esto, se secó una lágrima solitaria que se escapaba por su mejilla, y se levantó del piso. Abrió la boca para decir algo más mientras se limpiaba la ropa, pero la volvió a cerrar y se fue, dejando la puerta abierta. En silencio, George se volteó, tomó su capa de arriba de la cama, y la siguió. Y detrás de ellos, una Hermione agotada bajó las escaleras.

Al pie de ellas se detuvo Fleur, dudosa. George ni la miró, y siguió hasta la puerta de la cocina. Ella esperaba a alguien más.

Hegmione... —llamó, al ver que ésta pensaba imitar al gemelo e ignorarla.

—¿Sí? —dio pie la castaña, a un metro de espaldas a la rubia. Ella sonrió a medias, dado que no podía verla, pero al instante desarmó la sonrisa; no se olvidaba de dónde estarían en cinco minutos.

Cgeo que debegías hablag con todos... o al menos con tu mejog amiga. A mi manega de veg las cosas, no cgeo conveniente de que lo ocultes pog siempge. No sé cómo fuegon las cosas entge ustedes, pego si él siguiega aquí, de segugo le aggadagía.

—Gracias por la intención, Fleur —agradeció ella, y se volteó. Sus ojos echaban chispas—. Pero creo que no deberías meterte en temas que de verdad no te incumben —y dicho esto, se fue casi corriendo hasta la cocina. La rubia la siguió caminando despacio, sonriendo por dentro. No faltaba esperar mucho para que los chicos siguieran sus consejos.