ENJOY THE SILENCE

by Silenciosa


CAPITULO VI. Recuerdos.

Yo, Kenneth McCormick, me creí siempre una persona severa. Muy firme en mis convicciones. Pretendí creer que mis sentimientos eran inalterables. Eso creí yo por un largo margen de tiempo. Mi opinión ha sido siempre muy simple: las personas no cambian, sólo fingen cambiar para obtener algún beneficio y que, con el tiempo, vuelven a ser tal y como eran. Nadie puede fingir por demasiado tiempo. Los sentimientos no pueden llevar una estúpida máscara eternamente.

Las personas podrían moldearse cuanto quisieran, como si estuviera hechas de barro. Las personas podrían perder su tiempo y ―¿por qué no?― la esperanza buscando vanamente ser lo que no son y lo que jamás serán. Y es que... las mentiras agotan. Por eso mismo no soportaba las mentiras. Jamás necesité la intención de reinventarme de ser alguien que no soy. Si yo era un ser avaricioso humanamente hablando, tendencioso por conseguir beneficio, si me lucraba disfrutando de la bondad e ingenuidad de otros… ¿por qué intentar evitarlo? Todas estas intenciones nunca fueron a nivel emocional. Siempre busqué cariño. Un cariño que jamás recibí de niño. Siempre deseé ser deseado. Busqué como un animalillo el acogedor calor de la caricia de su amo. Poco me importaba entonces a qué precio estaba en juego los sentimientos de mis víctimas. Sólo necesitaba de esa necesidad. En la adolescencia, el cariño fue más allá. Yo no era un estúpido. Me fue demasiado fácil hacerme hueco en el corazón de mis nobles compañeras de instituto y de qué manera debía hacerlo. El cariño se convirtió en sexo. Un descubrimiento que hizo que ansiara más. Así fue como acabé buscando a Bebe. Ella cargaba con su cruz particular: su odio a su familia y la abyecta negación de ser un proyecto de hija modelo hizo que buscara en otros el mismo cariño que yo también quería. Sé que éramos todavía unos niños de quince años, pero también podría ser capaz de admitir que el mundo nos había hecho crecer demasiado rápido. Me era aún agradable recordar nuestros furtivos encuentros, visitándola sin que sus padres lo supieran. Entraba por la puerta de atrás, primera experiencia de backdoor man con sólo quince años, para llegar a su habitación. Mientras lo hacíamos, en su cama, sobre un edredón decorado con dibujitos que aún vigilaban el sueño bendito de la niña virgen que ya no era ella, Bebe se aferraba a mí con fuerza, me abrazaba, inundándome de ese calor tan ansiado para mí. La necesidad mía de obtener el cariño y la de ser libre de ella se asociaron y se convirtieron en una. Quedaban entonces nuestros deseos saciados por instantes.

Bebe sabía que mis deseos no iban en pos con los de ella. Bebe comprendió cuáles iban a ser mis intenciones en todo momento. Yo no quería nada serio y menos teniendo en esa época quince años. Quizá por eso prefirió no dar ningún paso más por temor a enamorarse y aceptar la idea de quedar como simples amigos. Bebe necesitaba de alguien que fuese capaz de dejarlo todo e irse con ella. Alguien que le transmitiera cierta estabilidad emocional. Ella quería huir de South Park y necesitaba de alguien que estuviese con ella apoyando su decisión firmemente. Estaba claro que ése no iba a ser yo. Ella acabó escogiendo a Clyde Donovan. A los dieciséis, el chico holandés no sintió ningún reparo en dejarlo todo para irse con ella lejos de allí y vivir en Nebraska. Demasiado jóvenes los dos para arriesgarse a algo tan grande.

Ahora sé que no jugué bien. Que hice daño a Bebe sin saberlo. Que, después de todo, ella se había enamorado de mí y que el único motivo por el que había vuelto a South Park sin Clyde era por mí.

No me malinterpreten; nunca tuve deseo de ser una mala persona. No era algo que hubiese premeditado intencionadamente. El mundo había querido que fuese así. Yo nunca alardeé de poseer nada. Nunca tuve más sino a mí mismo. ¿Familia? No. Se puede decir que nunca la tuve. La palabra familia no tenía definición en mi diccionario. Pero sí era cierto que poseía un sinónimo: mentira. Para mí, creer en los valores familiares, en toda esa miríada de valores humanos unidos por la mera conjunción sanguínea, era toda una especie de idea inalcanzable. Una gran mentira.

Está bien. Lo admitiré:

Puede que la palabra "mentira" fuese el menos ofensivo de los sinónimos con los que precisar mi situación familiar. Si tuviera yo tan sólo un poco del cinismo insoportable de mi amigo Eric Cartman admitiría sin problema que podría utilizar cualquier otra palabra que tuviese una mayor dósis de ponzoña.

La familia McCormick no se podía definir como familia porque jamás lo fue. Ya quedaba descartado el hecho de ser pobres, porque han habido familias igual de pobres que han sabido vivir mucho mejor que nosotros. La pobreza puede que haya sido uno de los tantos detonantes, pero no el principal. La causa no era otra sino la obligación de tener que ser una familia: mis padres se vieron en la obligación de permanecer juntos por haber tenido hijos. Nada más. No sería difícil explicar que a partir de ahí el uso del maltrato, las drogas y el alcoholismo estuviese en nuestras vidas.

¿Entenderían ahora el porqué de mi necesidad de buscar cariño fuera de las cuatros paredes que conformaban mi hogar? ¿De sentirme querido, al menos, durante un par de horas? Ni mis hermanos ni yo éramos culpables de nuestros propios problemas porque no eran más que una necesidad de anhelar aquello que siempre se nos había visto negado. En primer lugar, mi hermana Karen, la única que quiero de verdad en mi familia, con sus ahora dieciocho añitos ―dos años menor que yo― había conseguido su propia estabilidad a partir de nuevas amistades; con las cuales pasaba la mayor parte del tiempo. Luego estaba el trozo de mierda inútil de mi hermano mayor Kevin, al que guardaba cierto rencor. Entre otras cosas, porque jamás se preocupó por sus dos hermanos pequeños. A veces pienso que no debería reprochárselo, pero, joder, sí, lo hago porque aún me duele. Nunca movió un maldito dedo por solucionar las cosas. Le dio todo igual.

En cuanto a mis padres… mejor será no hablar de ellos. Incluso ahora, con mis veintiuno, intento pasar desapercibido para con ellos. Apenas intento quedarme en casa. Sobre todo... desde que Craig abrió la tienda de vinilos en la que trabajamos juntos codo con codo. El pelinegro me permitía quedarme allí sin necesidad de exponerle la causa. Pero supongo que él la sabía sin que yo se lo dijera.

En pocas palabras… el antónimo de mí mismo y de mi familia era justamente la palabra esperanza. Y si se me venía a la cabeza esta misma palabra recordaba, sin apenar ser consciente de ello, a Butters. Aquel niñito era un puñado de esperanza. De vida. Sí. Sobre todo de vida.

Recordar a Butters Stotch se me hacía un arma de doble filo. Y es que el recuerdo ha actuado siempre como un arma de doble filo. Puede traer gratas sensaciones. Como la nostalgia o la felicidad. Ésa es la parte noble del recuerdo. Pero también está su otra cara en donde refleja su crudeza más vil y sórdida. Existen recuerdos que abren cicatrices por muy profundas o viejas que éstas sean. Y mentiría si dijera que no producen un horror indescriptible. Que viejas heridas sangren de nuevo como si fuesen recientes, como si el tiempo no hubiese pasado por ellas, en una recapitulación vívida, realista, como sufridas en el momento justo en que se produjeron, no hacen sino alentar aflicción. Recordar a Butters en ese contexto se convertía entonces en una propagación virulenta de dolor y arrepentimiento.

El recuerdo es como un gran depredador: acecha y espera; espera pacientemente el momento justo para luego abalanzarse y hacer de la víctima su presa. El recuerdo es la catarsis: el pasado se renueva, resplandeciendo de nuevo vuelve a rezumar vida. De este modo el presente deja de ser real, se extingue. Y junto con él, el futuro deja de tener sentido, se transfigura, se ennegrece, se pudre.

Yo pensaba en todo esto hasta quedar finalmente dormido contra la puerta de la habitación de Craig, en el sótano de la tienda. La música seguía sonando a volumen alto y no había ningún indicio de que me abriese la puerta para hablarme acerca de la extraña discusión que había tenido con Henrietta unos minutos antes.

Soñaba con Butters.

En mi sueño rememoraba la de veces que jugábamos de niños a hacer castillitos de arena. Butters era mucho más hábil que yo. Su castillo era alto, compacto, que si no fuera por estar hecho de arena, podría haber durado mil años. Mi castillo de arena, a diferencia del suyo, era un montículo de tierra que daba pena hasta verlo. Vi el suyo y volví a poner los ojos en el mío. Resoplé. Entonces, entre frustrado y cabreado, de un pisotón estaba a punto de reducir aquel amasijo tosco de tierra que era mi castillo a la nada más absoluta.

―¡Espera! ¡Espera, Kenny! ―lo escuché exclamar mientras me retenía en mi intento― Voy a ayudarte.

Con una tímida sonrisa, vi cómo aquel niñito se arrodillaba a mi lado, ante mi ruinoso castillo de arena. Observé en silencio su paciencia, tarareando algo débil por lo bajo. Alguna canción, supongo. Aplanó primero la superficie y llenó un primer cubo circular de arena humedecida. Le dio la vuelta y colocó firmemente el cubo para luego levantarlo y ver la tierra modelada en una circunferencia perfecta. Realizó este mismo proceso varias veces más. Luego tomó su mano izquierda un palito y empezó a moldear con él: los vanos, la línea de impostas, el almenar… todo muy sencillo aunque perfecto. Su mano se movía rápido pero en actitud segura, como la de un médico. Cuando se cansaba, Butters pasaba el palito con que dibujaba y moldeaba de la mano izquierda a la mano derecha; bajo una idéntica precisión. Entonces advertí que era capaz de utilizar las dos manos. Era ambidiestro.

―Ya está ―dijo él, prestando atención por un rato al resultado que ofrecía su obra efímera― ¿Te gusta cómo quedó tu castillo, Kenny? Es el castillo de arena más bonito del mundo. ¿A que sí?

El chico se giró y me miró con una sonrisa contagiosa. Lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos. Grandes. De un gris que me recordó al granito o a los cantos pulidos de piedra. Gélidos como piedras. Atemporales. Y, asimismo, brillantes. Rezumaban alegría, bondad, inocencia y cualquier adjetivo más con que se podría describir la más sana vivencia de la niñez. Butters había gozado de una niñez de verdad. Y no como la infancia esperpéntica que yo padecí en silencio.

Todo en Butters era pálido. Desde sus lacios cabellos de rubio platino, pasando por su piel, hasta sus pestañas. Era como si aquel niño irradiase luz. Eso me resultó inquietante. Su cara lechosa brillaba como el sol. Y su sonrisa… su sonrisa era indescriptible. Era como ese tipo de sonrisas puras, nacidas con la única intención de transmitir felicidad.

Yo asentí con la cabeza. Medio desorientado y enmudecido por la imagen angelical de Butters.

De repente, la escena en mi sueño cambió por completo. Me vi a mi mismo corriendo por un amplio corredor. Era un pasillo de hospital. En el sueño ya me estremecía. Sabía que iba a rememorar lo ocurrido tras encontrar a Butters herido en el parque. Después de acompañar a la señora Stotch, me había quedado toda la santa noche en el hospital. Esperaba con ansiedad conocer la salud del joven rubio. Lo peor de todo fue que supe finalmente por qué Butters estaba en aquel estado. Por equis causa, había sido brutalmente golpeado por alguien. Y yo, yo no me podía quedar con la solución espesa de la incertidumbre por más tiempo. Había dejado atrás la sala de espera y corría en dirección al pasillo en donde se encontraba el ala de observación a los pacientes y que estaba totalmente prohibida a los que no formaban parte del personal médico. Allí debía de estar Butters. En alguna habitación del pasillo.

Agitado, me removía en mi sueño. No. No estaba preparado para recordar. No quería recordar así a Butters. Quería recordarlo haciendo castillos. Quería despertar…

No estoy preparado.

No; no lo estoy.

El sueño prosiguió muy a pesar de mi sufrida queja.

Mis pasos resonaban por el pasillo del hospital. Alcé mi vista durante un breve lapsus de tiempo hacia los amplios plafones cuadrangulares que irradiaban esa inconfundible luz blanquecina y difuminada. Volví a pensar en la blancura de Butters. Los plafones alumbraban, bajo una eurítmica disposición seriada, a partir del arranque hasta el final del pasillo. Recordé en vano las veces que había pasado por allí; sobre una camilla llevada por varios enfermeros, moribundo, en donde mi estado de consciencia sólo era capaz de responder a la luz emitida por dichos plafones: discurriendo pasaban veloces ante mi vista. Esta vez entraba por aquel pasillo sin herida alguna, sin estar a punto de sucumbir a otra de mis muertes. Todo mi interés se había volcado en una serie de pensamientos que fluían uno tras otro, sin orden ni prejuicio alguno, pero que remitían, como la desembocadura del cauce de un río, al mismo tema: Butters, Butters, Butters…

Sabía que si quería encontrar a Butters tendría que preguntar a alguien del personal médico. Avancé por las baldosas de mármol; éstas resonando de manera hueca bajo la sucesión de mis pasos. Mi movimiento era lo único audible. Ni siquiera el ir y venir de los enfermeros generaba un sonido lo suficientemente audible. Escuché la firme voz de un médico ejecutando directrices a dos enfermeros:

―Necesitamos setenta y cinco miligramos de clorpromazina de una sola toma para la habitación once.

Uno de los enfermeros asintió conforme con la orden y prosiguió su camino. Aquel médico poseía un porte elegante y respetuoso. Visualmente irradiaba bastante confianza profesional. Éste se ajustó con el dedo índice las gafas al puente de su nariz para garabatear luego en unos papeles que traía consigo sobre un soporte cuadrangular metálico en el cual poder escribir estando de pie. Yo quedé a unos metros más allá, contemplándole sin que tuviera noción de ello. Luego me acerqué a él muy decidido. Carraspeé un poco para llamar su atención. Unos ojos se alzaron hacia mí para quedarse clavados con cierto aspaviento de molestia en su fruncir el ceño.

―¿Qué demonios haces aquí, chaval? ―me espetó― ¿Acaso no sabes que sólo puede acceder a esta área el personal médico? Vamos, sal y vuelve a la sala de espera o ve al puesto de información si necesitas saber algo de algún paciente. Aquí no pintas nada.

Me observó de arriba abajo haciendo uso de una mirada inquisidora. En mis sueños sonreí. Aquel tipo de miradas me hizo pensar en Tucker.

El médico parpadeó luego en gesto de sorpresa y, al cabo de unos segundos, un signo golpe de sorpresa asoló su rostro. Boquiabierto, el médico se acercó para analizarme más de cerca. Me avasalló con total curiosidad:

―¡Dios santo…! ¿Eres Kenneth? ¿Kenneth McCormick, cierto?

Asentí levemente con la cabeza; sin darle demasiada importancia a la reacción sobrecogedora que había provocado a mi interlocutor. Otro que me había reconocido por mi capacidad de autorecuperación.

―Tú eres el muchacho que tiene alergia a la muerte ―ironizó con una retorcida mueca. Todavía sin poder creérselo.

Con la fascinación esculpida en la cara, típica de un médico ante un caso imposible como el mío, el hombre quedó perplejo durante segundos, con sus remarcadas córneas mirándome de tal modo que conseguía hacerme sentir la cosa más rara e inusual del mundo. Y que probablemente era.

―¡Vaya, vaya…! Creo que es la primera vez que te veo de una sola pieza ―dijo el médico medio en broma. Por mi aspecto no daba la impresión de estar herido, enfermo o moribundo―. ¿Qué es lo que te trae por aquí? ¿Te encuentras mal, muchacho?

―No. Estoy perfectamente. En realidad busco a Leopold Stotch.

El hombre quedó pensativo. Demasiados pacientes como para acordarse de todos los nombres. En consecuencia, añadí más información del paciente:

―Es un chico rubio, muy rubio, de mi edad, y… y más o menos así de altura ―medí con la palma de mi mano una altura que rozaba mi pecho―. Sé que lo internaron aquí; antes de medianoche.

Esperé lo más pacientemente que pude. Pasaron unos segundos más hasta que el médico diese con su bombilla particular:

―¡Ah! Sí, sí. Ya sé a quién te refieres. Ahora mismo está siendo acompañado por su madre en la habitación ocho ―el hombre señaló con el índice a unos metros más allá. A un pequeño cartelito que anunciaba dicho número en una de las tantas puertas que conectaban con el pasillo.

Fruncí los labios y tomé el valor necesario. La pregunta flotaba en mi cabeza y quería salir a la luz de una maldita vez.

―Y… ¿cómo se encuentra?

―Ha sufrido un grave ataque de hipotermia. Aparte hemos tenido que sanearle algunas heridas y contusiones de menor importancia. No hay por qué preocuparse, Kenneth ―sonrió afable―. De todos modos no son horas para que el jovencito reciba visitas. En lo que queda de noche seguirá en estado de observación por si vuelve a recaer su temperatura. Tal y como esperamos lo subiremos a planta antes del mediodía. Cuando salgas de clase podrás venir a verle. Ve y descansa que ya es muy tarde.

En objeto de reacción me quedé enraizado cual árbol en el suelo del pasillo. Mi cuerpo se negaba a reaccionar, siendo incapaz de darse la vuelta e irse por donde había venido. Había cumplido con mi deber… por lo que se suponía que debía estar tranquilo: había ayudado a Butters, lo había dejado en buenas manos. Podría hablar con él al día siguiente, cuando ya estuviera consciente, y, efectivamente, le avasallaría con preguntas hasta saber quién había sido el hijo de puta que le había golpeado de tal brutal forma y hacérselo pagar con la misma moneda.

Nada me detenía en aquel lugar… salvo yo mismo.

Fue indescriptible para mí el definir con total exactitud lo que me estaba pasando en aquel momento pero, sí tenía claro que todas esas sensaciones que estaba experimentando hacia Butters me estaban desbordando por dentro. Ya, ya lo sé… Podría sonar estúpido, pero podría jurar por Dios al admitir que así era. La forma con que me había sonreído Butters antes de desmayarse y quedar inconsciente, sabiendo que yo estaba allí para ayudarle, había sido tan… ¿cariñosa? ¿Agradable? ¿O tal vez sincera? En cualquier caso, hasta ese entonces, jamás había recibido un gesto como aquel de nadie. La imagen de la sonrisa de Butters había quedado solapada en mi cerebro; repitiéndose en mi memoria como un hecho anómalo, jodidamente surrealista, que venía aunado de un abrumador sentimiento de deleite y alegría.

Lo sé. Por aquel entonces, con quince añitos, podría vanagloriarme por haberme prestado al cariño de mis compañeras de instituto desde muy temprana edad. Podría admitir que, sexualmente, era el más experimentado de todos los varones de mi edad. Que no había jovencita que rechazara atreverse a entrar en mi juego amoroso con fecha de caducidad. Sí. Podría haber hecho alarde de todo eso, como de mi naturaleza instintiva y perversa, y a pesar de eso, me sentía casi como si flotara en una dicha que jamás había conseguido ni tan siquiera con un maldito orgasmo.

La felicidad que Butters me había dado a probar no se comparaba con nada pasado.

Fue entonces cuando comprendí que por primera vez alguien me tenía un cariño puro y desinteresado.

―Vamos, muchacho, vuelve a tu casa ―me insistió el médico―. Poco más puedes hacer aquí.

Y, volviendo en sí, todavía conmocionado debido a mis indagaciones mentales, me di la vuelta y me marché por el pasillo prometiéndome volver al día siguiente a primera hora.

El sueño, que no era sino un recuerdo del pasado, en este momento, se trastocó: comencé a mezclar recuerdos y la irrealidad de la inconsciencia a la vez. Un rebujo de sueños inconexos que carecían de toda lógica, llenos de sombras y oscuridad.

Sentí que un calor me envolvía y me transportaba. Era tan agradable que me apegué más a ese calor nacido de la nada. Sentí una caricia deslizándose levemente sobre la línea de mi rostro y luego un suave beso en los labios. Parpadeé con los ojos cerrados, pero no desperté.

Cuando el beso finalizó yo volví a hundirme en un profundo sueño tan denso como el mismísimo plomo.


FIN CAPÍTULO VI.

Otro capítulo que escribí cuando tenía dieciséis -Silen sintiéndose vieja en 3, 2, 1... xDDD- y que he revisado y modificado hoy. Hace más de un año que no actualizaba esta historia; pero intentaré publicar capítulos más seguidamente de aquí en adelante, siempre y cuando tenga tiempo suficiente. He de reconocer que se me hace la hostia de jodido hacer un Bunny porque ya no me gusta absolutamente naaaada, aunque no tanto como el Creek xDD, como tampoco hacer un Kenny sombrío. Para mí ahora Kenny es color. Pero así veía a Kenny con dieciséis: oscuro, sombrío. En fin, eso no quiere decir que no disfrute transportándome al pasado y probando argumentos diferentes que antes, siendo yo más cría, me gustaban y que ahora ya no los vea de la misma manera ni un ápice. Y, maldita sea, no me arrepiento de nada en haber cambiado de parecer xD.

¡Gracias por leer :)))) !