Disclaimer: Rose, Scorpius, sus cuestionables parientes y demás personalidades reconocidas pertenecen a J. K. Rowling. Lo demás, humildemente, me pertenece a mí.
Ron no quería a Scorpius Malfoy cerca de su hija, pero alguien tenía otros planes. Una muchacha inocente y un joven manipulable en medio de una disputa que siempre les será ajena. Una venganza, tres corazones rotos y una historia que no se deja olvidar. La tormenta está por llegar.
¡Hola! Gracias por sus Reviews, son las mejores :D Sé que ya casi termina el día, pero bueno, mejor tarde que nunca! Personalmente, opino que con este capítulo empieza esa parte de la historia que justifica que sea "Romance/Mistery", o sea, que justifica el "misterio". Aquí les va. ¡Gracias por leer! Muchos besos.
Capítulo VI
Secreto
(Parte II)
Cuando se detuvieron frente al invernadero número seis, Scorpius volvió a revisar su reloj.
–Justo a tiempo–Dijo alegremente. Abrió la puerta, y se hizo a un lado. Sosteniéndola todavía, miró a Rose con una sonrisa que ella identificó como amable–. Después de ti.
–Gracias–Murmuró ella, sonriéndole de vuelta, y sintió el significativo peso de las miradas de sus compañeros de Herbología sobre ella (y también sobre Albus y Scorpius, pero especialmente sobre ella), cuando los tres entraron en la clase. Empezó a encogerse, pero entonces recordó lo que siempre le decía Sam y se esforzó en caminar erguida.
–Rose–La llamó Scorpius cuando ella fue a ocupar su mesa de siempre, la que estaba en el centro del aula, junto a la mesa que solía ocupar el profesor Longbottom. Se volvió, y los vio a Albus y a él en la mesa opuesta, vacía a excepción de otra muchacha, la prefecta de su curso en Slytherin– ¿Vienes?
Rose fue hasta ellos, consciente de que al menos once personas seguían con la mirada cada uno de sus movimientos. Sabía que no estaban mirándola justamente porque ella fuera muy interesante, pero eso no ayudaba a hacérselo más fácil tampoco.
–La gente va a hablar de esto–Comentó Albus cuando ella se sentó a su lado, haciendo eco de sus pensamientos.
– ¿A qué te refieres? –Le preguntó Scorpius, ganándose sendas miradas de incredulidad por parte de Rose y Albus.
– ¿No te das cuenta de cómo nos miran ahora? –Apostilló Rose, apenas atreviéndose a mirar al resto de la gente dentro del aula por el rabillo del ojo. Abrió los ojos como platos al ver cómo se dibujaba una sonrisa en los labios de Scorpius– ¿Dónde está la gracia? ¿Te gusta que te miren así? –Por poco gritó al ver que él sonreía más ampliamente.
–A mí no está mirándome nadie–Comentó Scorpius con cierta diversión en la voz–. Son ustedes.
–Porque estamos aquí contigo.
–No–Scorpius negó con la cabeza, sin dejar de sonreír–. Si por estar conmigo mirarían a la gente así, a Agatha le pasaría lo mismo. ¿A ti también te miran así, Agatha?
La prefecta de Slytherin de sexto año se llamaba Agatha Dolohov. Su piel era más blanca que la de Rose, y sin las pecas, un cutis de porcelana; sus ojos eran también azules, pero más oscuros y de expresión severa. Llevaba el cabello negro y largo, y en sí misma era mortalmente seria.
Los tres se volvieron hacia la taciturna muchacha, sentada muy tiesa en su silla mirándolos con ojos solemnes.
–Desde luego que no, Scorpius–Dijo con voz grave, poniendo los ojos en blanco–. Dolohov, ¿Recuerdas? Mortífago.
Albus y Rose dieron un respingo ante la liviandad con la que esa chica se refería a aquel término. En sus casas, no era algo que fuera agradable de discutir en la mesa. Ni siquiera era una cuestión a considerar, de hecho. El tema no se tocaba y punto.
–Malfoy, ¿Recuerdas? –Scorpius le sonrió de lado a la ahora enfurruñada muchacha–. Mortífago, y traidor–Su sonrisa se hizo más amplia–. Creo que gané.
Rose intercambió una mirada con Albus, francamente extrañada. Empezaba a tener la sensación de que estaba perdiéndose una parte de la conversación. Esa parte en la que todo adquiría un sentido.
–Creo que estamos asustándolos–Comentó Scorpius con voz divertida. Agatha se encogió de hombros, apartando la vista, hosca.
–Bueno, tampoco puedes decir que si nos miran así es solamente por ser nosotros–Intervino Albus, mirando a Agatha de reojo. Apartó su silla de ella disimuladamente–. Eso es discriminativo.
– ¡Pero si ustedes insinuaron que nos miran así sólo porque soy yo! –Exclamó Scorpius, aunque en asomo molesto. Lucía más bien relajado, como si aquella conversación le pareciera entretenida–Mira, no soy la plaga. La gente no me mira mal dónde quiera que vaya. Soy bastante invisible, de hecho.
–Nosotros también lo somos–Saltó Rose, ligeramente a la defensiva–. Ni siquiera estamos metidos en Quidditch, no somos nadie.
–No son nadie hasta que hacen algo indebido–Terció Scorpius encogiéndose de hombros–. Entonces todos se acuerdan. Es lo natural, siendo quienes son.
–No somos los únicos con historia aquí–Protestó Albus, aunque en un tono más calmado que el de su prima. Scorpius torció la boca.
–No hay nada indebido para mí, Albus, no con el padre que tengo. Se supone que debo ser malo. Pero ustedes…–Scorpius miró por encima del hombro a un par de alumnos de Ravenclaw que los miraban sin disimulo alguno. Se rió entre dientes–creen que quiero llevarlos para el lado oscuro.
– ¿Te estás burlando de nosotros? –Exclamó Albus enarcando las cejas.
–Para nada–Repuso Scorpius y, si bien sonreía, lucía muy sincero–. Pero veo que todo esto les afecta mucho, lo cual me sorprende bastante.
– ¿Qué quieres decir? –Inquirió Rose, frunciendo en entrecejo.
–Mira, este es el sexto año que llevo aquí–Scorpius enarcó las cejas–. He oído cosas lindas, y otras no tanto, ¿para qué voy a mentirte, Rose? Al principio las cosas duelen, en especial las verdades. Y entonces te quedan dos opciones: o te revuelcas en la mierda hasta que te ahogas, o aprendes a vivir con ello. Yo aprendí a vivir con ello: mi padre fue un mortífago, un mortífago traidor –que por encima ni siquiera traicionó a su bando para colaborar con los otros, simplemente se apartó– y la sociedad lo ha condenado por años. Por ser del bando de nadie, lo que es peor–Hizo una breve pausa, pero Rose no soltó palabra. Estaba demasiado sorprendida por la soltura de Scorpius como para replicar–. Y está bien. Ya está bien para mí, la verdad ni siquiera me importa. Y cuando la gente se dio cuenta de que no me importaba, me dejaron en paz. Pero con la actitud que ustedes mantienen lo único que hacen es darles material para chismorrear.
–No entiendo a qué actitud te refieres–Apostilló Albus, ligeramente confundido.
–Actúan como si sintieran culpa, o algo así. Son hijos de héroes, ¿Saben? Y no es por echárselos en cara–Aclaró al ver que Rose bajaba la vista, enrojeciendo–, pero quien debería sentirse mal consigo mismo soy yo, no ustedes.
Quizá se trate de eso, pensó Rose, todavía con la mirada gacha. Se espera mucho de nosotros. Mucho.
Pero no lo dijo.
Se instauró un silencio en la mesa, durante el cual Rose se mantuvo con la mirada puesta en sus rodillas. Desde luego que la gente iba a hacer comentarios; se había sentado en la misma mesa que Scorpius Malfoy y Agatha Dolohov, los dos prefectos de Slytherin y los dos con un prontuario familiar muy negro a cuestas. Que Rose y Albus fueran los únicos de Gryffindor cursando la asignatura no hacía sino más notorio el cambio; los Hufflepuff eran buena gente, pero justamente los que cursaban Herbología eran terriblemente chismosos. Y si Rose se lo pensaba bien, la escenita que había armado en el comedor al marcharse de allí con Scorpius seguramente iba a alentar las habladurías.
Pero no te hagas demasiado amiga suya, Rosie.
¿En verdad se resistía tanto a relacionarse con él sólo porque sabía que su padre no lo aprobaría? Ron mismo siempre hablaba de las segundas oportunidades. Y Rose no había visto nada extraño en toda esa semana de clases. Quizás los sucesos ocurridos en el pasado habían quedado allí: en el pasado. Quizá Scorpius era alguien nuevo, alguien diferente…quizá sí era tan buen chico como le parecía.
Alzó la vista, y miró a Scorpius, con sus ojos francos y tristes fijos en ella, expectante. El muchacho aventuró una sonrisa tímida, una sonrisa amable, y Rose flaqueó.
–Quizá me extralimité–Dijo Scorpius finalmente en tono de disculpa, rompiendo el silencio.
–Sí–Gruñó Albus–. Lo hiciste.
–No–Rose sacudió la cabeza, y su primo la miró sumamente sorprendido–. Está bien. Eres sincero. Me gusta la gente sincera.
Agatha Dolohov, quien hasta entonces había estado muy concentrada en la lectura de su libro de texto, soltó una carcajada extraña, provocando que los tres muchachos la miraran con extrañeza.
– ¿Te ahogaste, o algo? –Le preguntó Albus frunciendo el entrecejo, y se encogió cuando Agatha lo fulminó con la mirada.
–Tu prima es más ingenua que un cervatillo bebé–Repuso, en apariencia imperturbable, provocando que Rose enrojeciera de disgusto.
–No dije más que la verdad, Agatha–Le espetó Scorpius mirándola de mala manera.
–No discuto eso, pero la pobre chica cree que eres decente. No me digas que eso no es ser ingenua, Scorpius–Agatha le sonrió de lado, una sonrisa sin alegría, más bien una mueca de mofa–. Te conozco.
–No dije que fuera decente, dije que era sincero–Dijo Rose, provocando que Agatha la mirara con una ceja enarcada–. Y en todo caso, ha sido muy decente conmigo.
–Si hasta te defiende–Agatha volvió a soltar esa risa ahogada tan extraña, y Scorpius rodó los ojos, molesto.
–Soy buen mentiroso, pero eso no significa que mienta siempre. Sería muy estúpido si así fuera–Le espetó, y por una vez, Agatha se guardó sus comentarios desagradables.
–Ya lo sé, Scorpius, sólo era una broma–Dijo después de una breve pausa, poniendo los ojos en blanco–. No tienes sentido del humor.
–Pues yo no la capté, lo siento–Repuso él de mal talante.
–Yo tampoco–Coincidió Rose, también disgustada.
–Es obvio que ella te gusta de veras–Dejó caer Agatha, así a la ligera, y Rose se sonrojó fuertemente–. Sino no te tomarías tantas molestias. Seguro que hasta la acompañaste a la clase, ¿Cuándo fue la última vez que me acompañaste a alguna parte? Nunca.
–Tan callada que estabas, Agatha–Se quejó Scorpius, echándole una mirada casi sádica.
–Lo siento, parece que no sé manejar los términos medios–Le espetó Agatha con aspereza, para después volver a concentrarse en la lectura de su libro de texto. Pasaron varios segundos antes de que los demás muchachos se dieran cuenta de que había abandonado la conversación. Scorpius carraspeó.
–Ella es así–Explicó, mirando a Agatha con una mezcla de cautela y molestia.
–Nos hemos dado cuenta–Repuso Albus, mirando a la muchacha con evidente contrariedad. Pero Rose no les estaba prestando demasiada atención. Ella seguía pensando en las palabras de Agatha.
Es obvio que ella te gusta de veras. Sino no te tomarías tantas molestias.
La llegada del profesor Longbottom a la clase le fue un alivio. Con la excusa de concentrarse en las actividades pautadas, Rose se desligó de la conversación y se dedicó a tomar apuntes fragmentados e inconexos que sabría le serían ininteligibles después, producto de su falta de concentración.
Después de la clase de Herbología tenían un receso. Rose se despidió apresuradamente de Albus y Scorpius y se dirigió a las cocinas en busca de Sam. Sabía que la Sala Común de Hufflepuff estaba cerca de las cocinas, y también sabía que Sam solía buscar comida en sus momentos libres, y justamente su amiga no cursaba Herbología, por lo tanto…
Rose sonrió aliviada al encontrarla disfrutando de una tarta de chocolate, sentada frente a una mesa rodeada de elfos domésticos dispuestos a acatar órdenes.
– ¡Ey! –Exclamó Sam al verla, también sonriendo– ¿Ya terminó tu clase?
–Sí, en un rato nos toca Encantamientos, no te olvides–Le recordó Rose, y Sam asintió con semblante resignado–. ¿Eso tiene solamente chocolate? –Inquirió señalando la tarta.
–Chocolate y banana–Precisó Sam con una sonrisa golosa. Rose se sentó frente a ella, y Sam empujó el plato en su dirección. Rose estaba a punto de probar bocado cuando un par de elfos domésticos le trajeron una porción generosa de tarta y un tenedor plateado y pulido.
–Gracias–Sonrió Rose, empezando a devorar su tarta de banana y chocolate. Los elfos le hicieron una amplia reverencia y se marcharon para seguir con sus tareas–. Qué bueno que te encontré–Le dijo a Sam con evidente alivio, provocando que su amiga arqueara las cejas.
–Uy, si me dices eso es porque pasó algo malo.
–No, malo no…–Rose negó con la cabeza, mas al instante vaciló–No lo sé. No exactamente.
– ¿Qué paso con Malfoy? –Sam sacudió su tenedor con elocuencia ante la expresión sorprendida de Rose–Últimamente cuando te pones así de estresada, siempre se trata de él.
–No lo sé. Sigue insistiendo en que le gusto–Sam asintió lentamente.
–Y él te gusta.
– ¡No! –Exclamó Rose, enrojeciendo. Sam negó con la cabeza.
–No te gusta.
–Tampoco es eso–Terció Rose.
–Estás más loca que una cabra, ¿Sabías? –Sam enarcó una ceja, cruzándose de brazos.
–No sé qué pensar–Frustrada, Rose se llevó ambas manos al pelo, alborotándolo–. Parece una buena persona, actúa como una buena persona, y entonces…
–Y entonces recuerdas con quién estás tratando–Sam se llevó un bocado de tarta a la boca, asintiendo con gravedad–. Quien sea Scorpius para mí no significa nada, pero estoy segura de que para ti es demasiado.
– ¿Demasiado?
–Rose, mi mamá es muggle y mi papá es americano. Si bien sé lo que fueron los mortífagos, no significa lo mismo para mí que para ti. Eres hija de héroes de guerra.
–Si vuelvo a oír eso hoy, vomitaré–Rose apartó el plato de sí, perdiendo el apetito repentinamente–. Vomitaré, lo juro.
–Siempre vas a oírlo, porque es una verdad. Entiendo lo difícil que debe ser para ti tratar con Scorpius Malfoy, siendo quién es, o más bien, quiénes son sus familiares.
–No es por eso–Intervino Rose, sacudiendo la cabeza–. No es sólo por eso, es que…–Y otra vez estaba aquel secreto. Vaciló, mordiéndose la lengua.
Aquella verdad no era suya, no era su historia y ni siquiera tendría que haberla escuchado para empezar, pero la cuestión era que la sabía y el sólo pensarla le revolvía las tripas. No se había enterado de nada nuevo durante aquel año, y quería pensar que todo había terminado en su mismo inicio, pero…
–Sam–Susurró Rose, inclinándose hacia su amiga. Miró a ambos lados, cerciorándose de que no hubiera ningún elfo doméstico cerca–. ¿Nunca has visto nada extraño en el colegio?
Sam frunció el entrecejo.
– ¿Aquí? ¿En Hogwarts? –Rose asintió, y Sam dio un respingo de sorpresa–No, para nada–De pronto pareció caer en la cuenta de algo. Frunció el entrecejo, mirándola con ojos atentos–. ¿Tú sí? Rose, dime la verdad–Añadió cuando ella esquivó su mirada.
–Una vez–Dijo Rose en voz muy queda, casi ininteligible. Sam se inclinó hacia ella en un intento de escuchar mejor–. Una vez oí algo, en la biblioteca. Sabes que a veces me quedo hasta tarde en la biblioteca…–Sam asintió, atenta–El año pasado. Escuché a unos muchachos hablando de algo, algo que al principio yo no entendía del todo. Scorpius estaba con ellos, eso sí lo recuerdo perfectamente.
– ¿Lo tienes? –Rose pegó la oreja a la estantería, un intento inconsciente de percibir mejor las palabras de aquel desconocido.
–Me costó conseguir el permiso, pero después de mucho insistir Slughorn tuvo que ceder–Intervino otro, de voz más aguda y apresurada, seguramente por los nervios. Algo le dijo a Rose que ese muchacho era menor que el otro–. Le dije que tenía que ir a la sección prohibida urgentemente, para buscar un libro sobre antídotos y perfeccionar…
–No nos interesa tu historia–Lo cortó un tercero con acidez–. No nos interesa nada que no te hayamos preguntado.
–Lo siento–Repuso el muchacho con voz nerviosa–. No volverá a pasar.
–Tampoco era para le dijeras así a Malfoy, Urquhart–Intervino el primero con severidad–. Es un Aprendiz.
Rose dio un respingo cuando, al inclinarse para ver a través de un hueco en la estantería, distinguió el semblante de Scorpius Malfoy en la penumbra, más pálido de lo normal y con los ojos muy abiertos. El rostro de alguien que está definitivamente exaltado.
–Como digas–Refunfuñó el tal Urquhart, y Rose se apresuró a echarse atrás para no ser vista. Sabía que tenía que marcharse, y deseaba hacerlo, pero al mismo tiempo una parte de sí misma quería saber qué era lo que estaban tramando.
– ¿Trajiste el libro? –Inquirió el muchacho cuyo nombre Rose desconocía, y sospechó que se dirigía a Scorpius Malfoy.
–Sí–Lo oyó responder–. Aquí está.
Se oyó un sonido sordo, seguramente el traspaso del libro de unas manos a otras. Luego un silencio, el sonido etéreo pero inconfundible del pasar de las páginas.
–Dime, Malfoy–Dijo el desconocido finalmente, después de unos angustiosos minutos de absoluto mutismo–. ¿Qué tanto sabes del oscurantismo?
Rose abrió los ojos como platos ante la mención de esta palabra. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de la inclinación que estaba tomando aquella conversación, y ella solía jactarse de poseer unas muy buenas facultades intelectuales.
–Viene de la antigüedad–Repuso Scorpius después de una pausa–. Trata de mantener algo en secreto.
–Algo así. Ocultar la información, para ser más específicos. ¿Por qué tenemos que obtener un permiso para leer los libros de la sección prohibida, Malfoy?
– ¿Porque están prohibidos? –Sugirió Scorpius con voz vacilante.
–Exacto–El desconocido sonó satisfecho–. ¿No te parece eso extraño?
– ¿Qué cosa?
–Que no podamos acceder a toda la documentación de la escuela. ¿Qué no están ocultando?
–No…no lo sé.
–Este es un libro sobre antídotos, Malfoy, antídotos y venenos muy poderosos, ¿Sabes? La clase de cosas que han desbaratado guerras enteras…y que las han generado también. ¿No crees que esta información sea muy importante?
–Sí–Repuso Scorpius con cierto titubeo.
– ¿Entonces por qué no nos dejan acceder a ella?
–Podemos acceder a ella–Repuso Scorpius en voz muy baja. Rose se acercó más a la estantería para oír mejor–. Sólo que necesitamos pedir…
–Un permiso. Y no nos dan un permiso para cualquier libro, ¿Sabes? Y por encima de todo, no se lo dan a cualquiera–La voz de aquel desconocido se llenó de resentimiento, y Rose sintió un pinchazo más intenso de miedo–. Quieren hacernos creer que el final de aquella guerra fue lo mejor para todos, ¿Sabes? Que abolieron la oscuridad, que ahora estamos en la luz–Soltó una carcajada amarga, y pronto Rose escuchó que varias voces se le unían. Dio un salto, y se cubrió la boca con una mano. No se había percatado de que había tantos–. Pero nos mantienen en la oscuridad, Malfoy, porque es más fácil dominarnos si estamos a oscuras. Si no vemos, si andamos con las mentes cubiertas, en la penumbra, como ciegos. Puede que pienses que solamente se tratan de unos libros de la biblioteca, que esto es una estupidez.
–Por supuesto que no–Intervino Scorpius antes de que el otro pudiera seguir–. Jamás pensaría algo así…
–Pero esto es algo transgresor, algo mucho más grande–Siguió el desconocido como si nada, ajeno a las palabras de Scorpius–, algo que nos abrirá miles de puertas. Imagina un mundo sin límites, Malfoy. Imagina un mundo en el que puedas ser quien quieras ser, un mundo en el que no importa qué hayas hecho o con quién hayas estado, un mundo en el que tú eliges. Un mundo en el que nosotros elegimos, en el que todo está en nuestras manos. ¿Quieres un mundo como ése? ¿Lo quieren? –Inquirió, en voz un poco más alta, y todos le respondieron con absoluta conformidad y entusiasmo– ¿Quieren dejar de estar en la oscuridad? ¿Quieren tener los ojos abiertos? –El corro pronto se volvió casi una exclamación, y alguien del mismo grupo los hizo callar–Si te nos unes, Malfoy, formarás parte de algo grande. Somos la luz, somos el mañana. Podrías lograr cosas grandiosas, cosas tan maravillosas que ni siquiera eres capaz de imaginar…
Rose cerró los ojos, llevándose una mano al pecho. Aquello sonaba tan similar al concepto de secta satánica que ella conocía que sentía el corazón desbocado. Jamás había hablado con Scorpius Malfoy, apenas habían cruzado un par de palabras, pero en esos momentos rogó con todas sus fuerzas que no hiciera caso a lo que decía aquel inquietante, espeluznante grupillo de fanáticos.
–Quiero hacerlo–Repuso Scorpius, esta vez sin duda alguna en la voz, sin el más mínimo asomo de nerviosismo, miedo o ansiedad, y Rose abrió los ojos como platos.
–Buena elección, Malfoy–Intervino Urquhart por primera vez en largo rato, y Rose imaginó aquel sujeto sin rostro alguno en su memoria sonreír–. Has demostrado tu utilidad, ahora tu eficacia. Sólo tienes que demostrarnos tu lealtad–Hizo una pausa dramática, y Rose sintió el corazón latirle más rápido aún en el pecho–. Tu sangre será nuestra sangre, y cuando se trata de la sangre, sabes que no hay vuelta atrás.
–Lo sé–Repuso Scorpius al tiempo que Rose empalidecía. Entonces escuchó unos pasos apresurados venir desde la derecha.
–Alguien viene–Susurró Urquhart. Rose pegó un salto, y derribó un libro de la estantería a sus espaldas–. ¿Y eso que fue?
–Alguien nos vigila–Intervino la voz grave, determinante e intimidante del desconocido, y Rose deseó morir en aquel instante.
– ¿Qué están haciendo ustedes aquí? –Una luz amarilla e intensa barrió por completo el pasillo donde se encontraba el grupito, a espaldas de Rose, quien reconoció la voz de Madame Pince con un alivio que le llenó los ojos de lágrimas.
–Nada, profesora–El desconocido, que era definitivamente el líder, habló con voz inocente–. Buscábamos libros.
–Estoy por cerrar, Baddock, así que tú y tus amigos pueden irse largando de aquí–Les espetó la bruja de mal talante, y los muchachos se apresuraron a obedecerla.
Rose esperó a que los pasos se alejaran. Cuando la luz enceguecedora de la varita de Madame Pince hubo desaparecido, dejó que su espalda resbalara a través de la estantería hasta quedar sentada en el suelo. Se abrazó las rodillas, y se esforzó en tranquilizar a su desbocado corazón.
– ¿Y qué hiciste entonces? –Inquirió Sam, y Rose dio un respingo, volviendo al presente.
–Me quedé allí un momento, tratando de respirar. Temblaba de pies a cabeza–Murmuró–. Fue la primera vez en mi vida que sentí terror.
–No sabes si Malfoy se unió a…lo que fueran esos sujetos–Le recordó Sam.
–No, no lo sé a ciencia cierta–Concedió Rose–, pero tú no estabas ahí. No parecía la clase de cosa de la que uno pudiera arrepentirse.
–Bueno, ¿Y si se unió qué? –Saltó Sam de repente, provocando que Rose la mirara con ojos como platos–Quizá son sólo un grupo de idiotas que quieren jugar a ser Dios, como diría mi mamá. No ha ocurrido nada catastrófico en todo este tiempo, ni el año pasado ni este. Seguro son unos tontos mimados que quieren jugar a la secta, a hacer pactos de sangre y que lo único que hacen es juntarse en su sala común a alardear de lo impresionantes que son. Baddock y Urquhart, ¿Verdad? Hay un Baddock en séptimo de Hufflepuff…
–El hermano mayor de ese Baddock egresó el año pasado. Creo que el Baddock que egresó era el que yo oí.
– ¿El que queda en Hogwarts es su hermano menor? –Inquirió Sam–Bueno, pues ese está en mi casa, y ya te digo, es un zopenco de primera.
–Urquhart también está en séptimo ahora, un año más que nosotros…–Murmuró Rose–. Pero no recuerdo si es de Slytherin o de Ravenclaw…
–Las dos son casas de engreídos, así que por lo que me contaste Urquhart encaja bien en cualquiera de las dos–Se burló Sam, y Rose sonrió un poco en medio de su preocupación–. Seguro era sólo un grupo de idiotas con delirios de grandeza.
–Me hizo sentir mejor contártelo–Le dijo Rose a su amiga con una sonrisa de gratitud–. Gracias.
– ¿Gracias por qué? ¿Burlarme de la supuesta secta diabólica o insultar a Baddock y a Urquhart?
–Por escucharme, y hacerme dar cuenta de que no todo es tan grave–Rose suspiró, sintiendo un potente alivio en su interior–. Me preocupo demasiado por todo.
–En eso tienes razón. Pero alguien tiene que hacerlo, yo nunca me preocupo por nada–Sam se encogió de hombros, y se levantó para abrazar a su amiga–. Te pusiste pálida, Rose. Esto te traía mal desde hacía rato, ¿Cierto?
–Siento que me saqué un peso de encima–Confesó, correspondiendo al abrazo de Sam–. Seguro no es nada, ¿Cierto?
–Seguro que no–Insistió Sam–. No son más que unos chicos tontos, ya te digo. Y esto puede confirmar que Malfoy sea engreído (lo cual no es ninguna sorpresa) pero no lo hace una mala persona. Simplemente es tan idiota como cualquier Slytherin de su edad–Sam le guiñó un ojo con picardía–. Dale una oportunidad, anda.
Rose puso los ojos en blanco, levantándose de su asiento.
–Vamos a la clase de Encantamientos, pero ya, o llegaremos tarde–Rose tomó un pellizco de su tarta a medio comer y se lo echó a la boca. Sam la imitó, y ambas salieron de la cocina, apurando el bocado de tarta, y el paso también, para poder llegar a tiempo.
