Convierte tu muro en un peldaño

James llevó a Albus directo a la tienda de escobas, si bien su padre le había advertido que no iba a comprarle una nueva, no había crimen en cuando menos mirar, además, Albus no se encontraba del todo cómodo en presencia de su primo con todo y que durante el verano finalmente había crecido un poco más que él y que Harold no recuperaba su imponente aspecto propio de un Dursley.

La pequeña Lily iba de la mano de su madre dando saltos, canturreando una canción que casi se parecía al himno de Hogwarts, según su tío Ron, y completamente ajena a la tensión que sentían prácticamente todos los miembros de su familia desde la llegada de su primo.

— ¿Puedo tener un gato? — preguntó interrumpiéndose a sí misma.

—Pensé que querías una lechuza. — dijo Ginny condescendientemente.

—James tiene una y Albus también, si quiero mandar una carta pueden prestármela, pero yo quiero un gato.

—Está bien, entonces compraremos un gato.

Harry, por su parte, caminaba ligeramente rezagado al lado de Harold que dudaba a cada paso que daba, como si le diera terror adentrarse en aquél mundo completamente desconocido y extraño.

— ¿Tú vas a querer un mascota? — preguntó apresuradamente cuando Lily volvió a cambiar de opinión diciendo que quería un sapo pegajoso. Su sobrino negó con la cabeza.

—No me gustan los animales.

— ¿No? — preguntó Harry extrañado —Vas a necesitar algo para la clase de encantamientos…

—Bueno… los peces si me gustan.

Luego de eso no se dirigieron la palabra por un largo rato. Compraron los libros, los calderos, incluso los uniformes, solo faltaban las varitas.

Al sur de la abarrotada calle, pasando por una gran cantidad de compradores y pequeños niños eufóricos que iban por su primer año, finalmente llegaron a la tienda. Si bien era la tienda más antigua en cuanto a antecedentes, la remodelación arquitectónica devenida del cambio de administración la hacía pasar por algo completamente nuevo.

— ¡Yo quiero una varita con nervio de dragón! ¡Como la de James! — gritó Lily empujando la enorme puerta de cristal con molduras de madera, donde estaba grabada la leyenda: "Ollvianders. Desde 382 aC.", en letras doradas.

— ¿No te trae recuerdos este lugar? — preguntó animadamente Ron alcanzando a Harry y recargando su brazo sobre el hombro de su amigo. Harry torció la boca haciendo un chasquido, Harold entró a la tienda después de que lo hiciera Lily con su madre, Rose y Hugo que habían llegado con su padre.

—Creí que iban a cerrar la tienda cuando el viejo Olivander murió. — agregó el pelirrojo dando un mordisco a una manzana que había sacado de su chaqueta —Pero su nieto consiguió salvar el negocio, es un cretino, pero hace buenas varitas. — continuó salpicando un poco de jugo a medida que hablaba y masticaba al mismo tiempo.

—Hermione me mandó con los chicos, también hay que comprar la varita de Hugo, pero dijo que antes, ella tenía algo importante que hacer… ¡Di algo! — reclamó deteniendo a Harry para que no entrara a la tienda sin dirigirle la palabra.

—Lo siento, Ron. — fue todo lo que dijo.

—No tienes remedio, Harry…

Una campana anunció la llegada de clientes nuevos. Por encima de sus gafas ovaladas y casi a la punta de la nariz, el dependiente los observó unos instantes antes de regresar su atención a la pequeña niña pelirroja que daba saltos para alcanzar el mostrador donde se encontraban exhibidas algunas de las propuestas que daba. Con algo de trabajo Lily alcanzó la primera y la agitó; una luz roja salió despedida y su trayectoria recta se desvió directo a un caldero plateado que estaba sobre el mostrador, una vez dentro soltó algunas chispas y se extinguió.

—No, no, no, demasiado voluble.

Pasaron a la siguiente, una luz verde oscuro, la cuarta fue púrpura y la quinta un amarillo tan brillante que dejó deslumbrados a los presentes por varios segundos. Fue hasta la sexta cuando una reacción, que el tendero considero favorable, se presentó.

—Esta es, fresno y núcleo de dragón. 20 centímetros… Inflexible.

La pequeña soltó un chillido de emoción y trato de quedarse con la varita, pero su madre fue más rápida y se la quitó guardándola en la caja.

—Mas tarde Lily, no queremos accidentes. — dijo Ginny acariciando su cabeza para calmarla.

—Ahora el muchacho. — dijo el dependiente una vez que terminó de guardar las varitas que había sacado para la niña. Después, dispuso sobre la mesa una serie de cajas que fue abriendo una a una.

—Toma esta, y has lo mismo que ella. — dijo secamente extendiéndole la primera.

Harold obedeció pero no pasó absolutamente nada.

—Indiferente… qué extraño.

Pasaron a una segunda que apenas y emitió un destello.

—Debe ser una magia muy pobre. — expresó el hombre haciendo que Ginny torciera la boca. Harold bajó la mirada como si le hubiesen llamado inútil, que sí lo había hecho pero no con la intención de poner el dedo en la llaga.

El dueño de la tienda de varitas recogió todo lo que tenía en el mostrador sin hacer la prueba, trajo en cambio una muy larga caja, sencilla en su construcción comparación de la de Lily que incluía varias molduras, brocados dorados y un par de cristales amarillos que simulaban ser los frutos de aquél complejo decorado orgánico. La nueva caja fue puesta sobre el exhibidor, el lazo que la envolvía era todo el sistema de cierre; no había broche ni bisagras, la tapa solo estaba sobrepuesta y el interior se conformaba por una funda de terciopelo negro. La varita era realmente larga, con una base gruesa que adelgazaba de a poco hasta la punta, que apenas superaba el grosor de un lápiz de madera.

—Veamos con esta.

La reacción fue favorable y el mago asintió satisfecho.

—Roble y pelo de unicornio. 45 centímetros. Muy flexible… y debería de serlo, con esa longitud se quebraría si no lo hiciera.

— ¡Wow! ¡Es enorme! ¡El doble de la mía! — exclamó Lily mientras Harold, sin pronunciar ni una palabra, miraba receloso el instrumento aún en sus manos.

—Está caliente. — dijo finalmente en voz baja antes de que el dependiente se la quitara para devolverla a su caja.

—Ahora este pequeño. — señaló apuntando a Hugo.

El hijo más pequeño de Ron pasó por el mismo proceso de selección, pero su varita fue elegida al segundo intento: espino y pluma de fénix, de 27.5 centímetros.

— ¿Quién quiere un helado? — preguntó de pronto Ginny en cuanto cerraron la puerta de la tienda, tomando de una mano a su hija pequeña y ofreciendo la otra a Albus, que junto con James, habían reaparecido en el momento justo.

— ¡Yo! ¡Yo! — gritó Lily secundada por Hugo.

Los más pequeños encabezaron la marcha arrastrando a Ginny y Albus con ellos debido al enlace de las manos. Dubitativamente, Harold fue detrás cuando le extendieron explícitamente la invitación, Ron debió de jalar a Harry que continuaba reacio a hacer una rutina regular.

Como su mejor amigo, dejando de lejos lo parco que era para algunas cuestiones, había sido capaz de comprender que aquél niño representaba un peso con el que no sabía qué hacer ¿Jalarlo? ¿Empujarlo? ¿Cargarlo? La única opción que había descartado ya, era el desentenderse. Había aceptado la custodia, pero le quedaba todavía el lidiar con ello.

— ¿Y James? — preguntó distraídamente a Ron, quien miró a todos lados.

—Ahí. — señaló precisamente al chico que se había adelantado tomando a Harold bruscamente por un hombro obligándolo a desviarse del camino.

— ¡James! — gritó Harry. Pero Hermione, que había llegado hacía nada, le sostuvo firmemente.

—Déjalo, Harry.

James se alejó sin soltar al chico y sin mirar ni una vez a su padre.

—Nunca has sido muy diplomático, Harry. James ya no es un niño, y es muy listo. He hablado con él. — dijo Hermione con la expresión seria y determinada que no admitía contradicciones. El mago desvió la mirada comprendiendo que ella había tenido que hacer lo que él no pudo.

—Tu hijo tiene mucho de ti. — agregó de modo conciliador, animándolo a continuar el camino con el resto de los chicos.

El helado solo sabía frío, el toque del sabor lo sentía lejano y no estaba seguro sobre si de verdad tomaba porciones considerables o solo raspaba la escarcha que evitaba que se derritiera, lo había elegido casi al azar, y solamente porque Lily le insistía en escogiera uno. Miraba alternadamente el reloj, por eso supo que pasaron cuarenta y tres minutos antes de que James reapareciera con Harold.

El niño se limpiaba la nariz con la manga de la camisa y se rehusó a mirar a alguien, ni siquiera cuando insistieron en que fuera a escoger el sabor de su helado.

James, con aire severo en el rostro, se sentó frente a su padre, Ginny miró a ambos solo unos instantes y dirigió una señal de auxilio a Hermione. En una serie de movimientos, alejaron a todos los más chicos de la mesa, dejándolos solos.

— ¿De qué hablaste con él?

—Cosas. Lo llevé a conocer a unos amigos, nos burlamos de él, metimos su cabeza en el excusado y le amenazamos: si se atrevía a hacerle algo a Albus o a Lily, o llamaba fenómeno a cualquier chico de la escuela, lo colgaríamos de los calzoncillos desde la torre de Astronomía… ¡¿Qué clase de persona crees que soy?! ¿Por qué no me dijiste nada? — preguntó James ásperamente.

—… No lo sé…

—Se lo voy a decir a Albus, Lilly será cosa tuya y de mamá. Y no, no soy un cretino, aunque Scorpius Malfoy diga lo contrario. — y diciendo eso último se puso de pie acercándose a la vitrina para pedir uno doble de crema batida con regaliz y chocolate.

En ese justo momento Harry comprendió dos cosas: la primera, que había subestimado la sensibilidad de su hijo, y la segunda, estaba comiendo helado de carbón.


Comentarios y aclaraciones:

Quiero empezar a despejar la niebla ¿Será posible?

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