Jay Ababwa

Todavía escuchaba las carcajadas de Beck resonando en sus oídos.

Beck… ¿cómo se usa esta cosa?, ¿Cómo se le había ocurrido preguntarle aquello? Era la última vez que abusaba del vino, le daba igual el buen sabor de un vino de verdad, estaba completamente decidida a evitar las ganas insidiosas de volver a usar el baño así como el cosquilleo efervescente en la nuca que te hacía perder parte de la vergüenza.

Por lo demás, el plan estaba marchando. Tanto André como sus sirvientes personales, así como su consejero real, llevaban tres días educándolos para convertirlos en príncipes y enseñando a Jade a llevar la regencia del pueblo. Era terriblemente cansino, aburrido y complicado, y no entendía por qué habían soñado tantas veces con ello, pero era el deber más importante de un regente, y como nuevo príncipe del nuevo Sherwood, y esperaba que de Hollywood en un futuro, debía saber ocuparse de esas cosas.

-Todavía nos falta ocuparnos de un último detalle- bramó André con ese tono dicharachero que provocaba en Jade un fuerte deseo de arrancarle el brazo y metérselo en la boca-, ¡la Gran Entrada!

-¿Gran Entrada?- cuestionó ella de mala gana.

-¡Por supuesto! El reino de Sherwood es nuevo. El soberano de Arts no habrá escuchado hablar nunca de él, por eso tienes que hacer una ¡Entrada Triunfal!- gesticuló haciendo aparecer un gran letrero de luces de neón.- ¿Lo pillas? Grandiosa, singular, rimbombante. Llena de presentes y tributos para demostrar tu grandeza y expresar tu deseo de casarte con la princesa. Que a nadie le quepa duda del inmenso poder y las riquezas del príncipe Jay de Sherwood.

-¿Y cómo vamos a hacer eso?- preguntó Beck compartiendo el mismo grado de emoción que el genio.

-Bueno- siguió, haciendo saltar chispar de los dedos mientras se remangaba los brazos, literalmente-, ya sabes. Un truquito por aquí, un truquito por allá… Lo básico del paquete VIP.

Jade los miró desde debajo de una ceja inquisitiva y por encima de una mueca aburrida, estaba segura de que el despliegue mágico del que André había hecho gala en esos tres días debería haberles costado ya los tres deseos, pero el genio se empeñaba en seguirles el rollo y llamar a todo aquello que hacía parte del paquete de "quiero ser un príncipe para conseguir a mi princesa", y estaba claro que si a él le parecía bien ayudarlos sin pedirles nada ella no iba a insistir en lo contrario. En el fondo estaba segura de que André hacía todo aquello porque Beck y ella les había caído bien.

-…un gran corcel blanco- escuchó hablar a Beck una vez salió de sus pensamientos-. No, no, no. ¡Un elefante! Es un clásico de los pueblos del desierto, ¿no?

-¡Anotado!- dijo André, quien tecleaba frenéticamente en una caja con letras vestido de secretaria.- Entonces tenemos… A ver, un desfile de malabaristas, un corro de sirvientes, una veintena de monos dorados. Uhm… eso va a necesitar una aclaración a pie de página. Pavos reales…

-¡Espera, espera, espera!- los detuvo agitando las manos delante.- ¿Qué demonios es todo eso?

Ambos muchachos se detuvieron de golpe, parpadearon y la miraron perplejos.

-Tu desfile de entrada- le explicó su amigo con obviedad.

-¿Qué? ¿Pero tú has visto alguno de los pretendientes de Tori llegar dando la nota rodeado de trompetas, malabaristas y escupefuegos?- le gritó enfadada.

-¿Escupefuegos? ¡Apunta eso!

-¡Ya está hecho!

Jade emitió un quejido hastiado, preguntándose cuánto más podría soportar sin romperle nada a nadie. Estaba segura de que era bastante poco.

-A ver- siguió ella pinzándose la nariz con dos dedos-, ¿podemos centrarnos en el problema más evidente?

Beck y André volvieron a repetir el mismo proceso de miradas de antes.

-Tú vas a venir conmigo a Arts- señaló molesta al ver que seguía sin entenderlo-. Tori te conoce. Te reconocerá y tendremos que explicarle por qué ya no estás conmigo.

-¡Oh!

-Sí, ¡oh!

-¿Pero eso no lo tenemos ya resuelto?- intervino de pronto André, mirándolos por encima de las gafas de secretaria.- Pensaba que por eso tenías ese colgante de Jano.

-¿Que yo tengo un qué?

-Esa botellita que llevas en el bolsillo desde el día en que los conocí.

Beck sacó el objeto, casi habiendo olvidado que lo tenía, ni siquiera se había dado cuenta de que el genio lo había dejado ahí en el momento que cambió sus ropas. Lo miró por todos lados, dándole vueltas entre los dedos, intentando ver en él algo que de lo que no se hubiera percatado antes, pero seguía viendo un simple y pequeño colgante con forma de botellita de cristal azul y base y tapa hechas en plata.

-Vale, André, ilumínanos. ¿Qué es un colgante de Jano?- se rindió Jade haciendo gala de su poca paciencia.

-Un colgante de Jano. El colgante de las dos caras.

-¿Dos caras?- repitió el ex-ladrón excéntrico.

-Sólo póntelo.

Así lo hizo, y cuando pasó la cadena por su cuello y el artilugio se apoyó en su pecho la persona que levantó de nuevo la vista no era más Beck, sino un muchacho de ojos aceituna, con la piel aún más morena que la de su amigo, el pelo mucho más corto y una mandíbula más angulosa.

-¿Qué?- preguntó al observar la expresión atónita de Jade, quien simplemente le señaló un espejo.

-¡Tío, es increíble! Pero… esto es reversible, ¿verdad?

-Una vez te lo quites volverás a ser el mismo. En realidad no has dejado de ser nunca tú. Es la percepción de la realidad de los demás lo que se altera.

-Vale, un problema menos- siguió encantado tras retirar el colgante-. Ahora volvamos al tema de los escupefuegos.

El nuevo príncipe se golpeó la cara con una mano abierta, deseando con todas sus fuerzas acabar ya con toda aquella tortura de preparativos y aliviar la agonía de tener que esperar para salvar a su Tori.


La princesa Tori había vuelto a ser la misma chica enérgica, vivaz, elocuente y alegre de siempre. Había vuelto a hacer las delicias de todos con su charla amena e incansable, y deleitando a los presentes con su más que grata compañía, o eso era lo que decían todos dentro de los muros de palacio. Que a la princesa se le había pasado esa racha de tristeza y amargura que la hubo apresado días atrás, de forma que todos dejaron de preocuparse. Sólo estaba ansiosa por la cercanía del día que tuviera que elegir marido, era algo completamente normal, su madre lo sabía muy bien.

Pero Cat no era como todos los demás. Cat conocía, no sólo la verdadera razón de su profundo desánimo, sino que podía ver como las risas y los juegos inocentes de la princesa no eran más que una fachada, esa que le habían enseñado a construir desde muy pequeña. Si tenía que sufrir, debía hacerlo con discreción y en silencio, callar lo que otros no necesitaban escuchar y a hacer lo que era correcto por encima de todo, especialmente de sus deseos personales. Porque una futura reina debía anteponer siempre el deber, debía ser la figura invencible en la que se vería reflejada el espíritu de su reino. Un rey débil representa una nación débil, Tori, le había dicho su padre desde muy pequeña, y una nación débil es muy tentadora para los chacales.

Y porque sabía todo eso, Cat la veía como realmente era, una chiquilla triste y abatida a la que le habían roto el corazón por vez primera, a la que la vida le acababa de dar un revés tan duro en respuesta a sus actos que cuando consiguiera volver a levantarse nunca volvería a ser la misma de antes. Tori había madurado mucho en menos de una semana. Además, Cat sabía que estaba verdaderamente mal, por encima de todo eso, porque Tori no había vuelto a cantar.

Esa tarde encontró a su amiga en medio de uno de esos raros momentos en los que se alejaba de todo y de todos para permitirse el lujo de regodearse en su miseria en soledad. Asomada al balcón de su alcoba mirando con una añoranza absoluta a un horizonte infinito donde podía perderse en su tristeza. Cat pasó los brazos alrededor de su cintura, atrayéndola hacia sí, y Tori se dejó recostar sobre su pecho, apoyando la cabeza justo sobre su clavícula con un suspiro largo y cansado, permitiéndose cerrar los ojos durante unos instantes.

-Estoy bien, Cat.

-Ni siquiera tú has pensado por un momento que iba a creérmelo.

-No podía seguir ahí dentro un minuto más- cedió-. No creía poder seguir manteniendo esa mueca de interés y alegría.

Guardaron silencio durante un rato, simplemente mirando a la nada, dejando que la presencia de la otra las reconfortara.

-Tori.

-¿Uhm?

-Has hecho lo correcto- le susurró al oído, dándole un beso sobre la sien.

-Lo sé- suspiró nuevamente-. Pero eso no hace que duela menos.

-Lo sé.

-Ojalá me hubiera pedido que me fugara con ella. Ojalá pudiera haber tenido la oportunidad de decirle que sí y olvidarme de esta estúpida boda- se quejó con voz pesarosa, hundida.

Pero Cat sabía que si eso hubiera pasado la respuesta de Tori hubiera sido la misma que le había dado la última vez, que no hubiera aceptado dejarlo todo, traicionar a su familia, sólo para ser feliz al lado de la ladrona. Y hubiera sido incluso peor, porque en lugar de soñar con que las cosas hubieran sucedido de otra manera, estaría reprochándose a sí misma su propia decisión, deseando haberle dicho que sí y fantaseando con el qué hubiera pasado entonces.

Por eso no le contestó nada y dejó que Tori siguiera hablando.

-Mis padres desean más que nunca que pueda enamorarme. No estarían tan orgullosos si supieran que he venido a hacerlo de una ladrona.

-¡Tori!

Cat se escandalizó, no era que no sospechara, casi con seguridad absoluta, que eso había pasado, pero de creer que es verdad a escuchar a su amiga, la princesa, admitirlo en voz alta había un paso enorme. En el fondo no lo veía mal, no entendía qué mal podían hacer dos personas enamoradas, aunque fueran del mismo sexo, pero la sociedad entera le había enseñado que aquello era algo inadmisible, que no debía pasar y que, si pasaba, no debía admitirse en voz alta. Era algo vergonzoso, humillante, que debía enmascararse y enterrar muy hondo, pasando de puntillas sobre ello para que nadie lo descubriera. Y, en el caso de los regentes, era una muestra de debilidad, de deshonor.

Tori bajó la vista abochornada, notando la reacción que había tenido su amiga, se apartó de ella, abrazándose a sí misma mientras apoyaba los codos en la barandilla. Pero Cat había visto lo feliz que había sido Tori esos últimos meses, había notado lo viva que se había sentido por primera vez en su vida, algo así sólo podía ser bueno y, más importante, había visto lo mucho que esta había sufrido al perderla.

-Sé que es una mujer, Cat, bastante avergonzada estoy ya de mi misma, no necesito que me juzgues o que me digas que está mal. ¡Ya sé que está mal!- le espetó con amargura, sin poder evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos.- Es por eso por lo que la he echado. Es por eso por lo que le he hecho daño. Y por eso le diré que sí a Ryder…

-Tori- le dio la vuelta, pero no consiguió que la mirara a los ojos-. Jade hubiera dado su vida por la tuya. Eso no puede ser malo.

La princesa calló de rodillas, con un gemido ahogado tan alto que les extrañó que nadie entrara por la puerta para preguntarles qué había pasado. No necesitaba que Cat le dijera aquello, necesitaba que lo repudiara, que se enfadara con ella por sentir eso, que le echara la bronca y le hiciera saber que debía mantener su honor ahora que aún podía, que Jade no le hubiera hecho ningún bien. Necesitaba saber que había hecho lo correcto y que en futuro estaría orgullosa por ello. Que Jade era un error, un absurdo. Que todo estaba mal con ella.

Su amiga la abrazó por los hombros apretándola con fuerza, pero ella no quería llorar, estaba cansada de hacerlo, no quería seguir pensando en Jade ni en el qué hubiera sido. Quería volver a ser la misma que unos meses atrás le cantaba a nada sin preocuparse por más que molestar a los pretendientes que sus padres le presentaban mientras estudiaba para ser reina. Quería reiniciar su vida hasta el momento antes de conocer a la muchacha que se había colado una vez por encima de los muros de palacio. No quería ser una aberración de la naturaleza que agonizaba con pensamientos paganos por una mujer que encima le había roto el corazón. No, lo peor era que se lo había roto ella misma.

-¿Qué es eso?- preguntó cuando el rugido de las trompetas llenó el aire.

Las dos se miraron entre ellas, sin la menor idea de la respuesta, antes de ponerse en pie y mirar hacia la calle a la que daba el balcón de la princesa Tori, más allá de aquella parte del gran jardín de palacio se veía la entrada principal, donde un desfile de trompetistas, porteadores que llevaban cojines sobre los que portaban tributos al rey y dos filas de pavos reales precedían a una pequeña comitiva, encabezada por una fila de guardias personales, los primeros a pie y los demás sobre camellos, y un enorme elefante sobre cuyo lomo se alzaba un parasol bajo el cual, en un cubículo elegantemente diseñado, estaban sentados dos muchachos de rostro agraciado y con sonrisas cargadas de autosuficiencia. Bueno, uno sonreía, el otro parecía más bien amenazante.

-¿Otro pretendiente?

-¡Genial!- exclamó Tori con ironía.- Lo que me faltaba.

Cat emitió una risita ahogada.

-Tienes que admitir que este al menos tiene estilo.

Tori bufó ligeramente enfadada.

-Sí, y trae dos filas de presentes con los que comprarle mi mano a mi padre. Tiene pinta de ser encantador- comentó antes de volver al interior de su recámara, justo cuando se escuchaba a un tercer muchacho anunciar las cualidades del príncipe que atravesaba la ciudad, casi como si estuviera cantando.


Por suerte para Jade, había conseguido convencer a los otros dos para que mantuvieran la comitiva bajo mínimos, no queriendo dar la impresión de que alardeaba de su posición y riqueza. Sabía que Tori odiaba aquello de sus pretendientes. Por desgracia, "bajo mínimos" significaba algo muy distinto para ellos, anunciando con trompetas su llegada y cargando presentes de oro que brillaban con fuerza bajo el sol, pero eso, muy a su pesar, había ayudado a ganarse la confianza del rey. Al principio, David Vega, regente de Hollywood y señor de Arts, amén de otros títulos, se mostró cauteloso a la llegada del príncipe Jay de Sherwood, al fin y al cabo, era raro su desconocimiento del floreciente reino, pero la grandilocuente comitiva con la que había hecho acto de presencia demostraba que aquel chico de piel oscura no exageraba al contar la prosperidad de su dominio.

Jay fue encantador, correcto, principesco. Antes de darse cuenta, con una simple reverencia, y un saludo lleno de confianza y, a la vez, respeto, unido a esa actitud cargada de seguridad, ya había pasado la primera prueba. El rey David le devolvía una sonrisa que inspiraba tanto miedo como alegría, dando su aprobación a la petición de pretender la mano de su preciada hija.

Pero la segunda fase, darse a conocer a la princesa… No había contado con que esa fuera la parte difícil…

-Permitidme presentarme- murmuró con veneno disimulado el príncipe Ryder, que había estado conversando con el rey cuando escucharon las trompetas-, soy el príncipe Ryder, segundo heredero al trono de Northridge. Todo un placer conocerle, príncipe Abobó.

-Ababwa - contestó ella de la misma forma, mordiéndose la lengua para no despellejarlo allí mismo-. Jay Ababwa, heredero de Sherwood. Es todo un honor el recibir su consentimiento para pretender a la princesa Tori, rey David. Sólo espero ser del agrado de su hija.

-Oh, príncipe Jay, creo que serás más que de su agrado- habló la reina mirándolo de arriba abajo-. Pero debes saber que nuestra hija es conocida por su… carácter.

-Sí. Ganarse el interés de la princesa Tori no es nada fácil. Algo de lo que sentirse orgulloso- volvió a hablar Ryder con cierta amenaza, inflando el pecho.

-Me sentiría más que orgulloso, príncipe- contestó ella recalcando su título-. Ardo en deseos de conocerla.

-Por supuesto- interrumpió David-. Mi hija no ha estado del mejor humor estos días, pero os aseguro que podréis conocerla en la cena. Más allá de su carácter es una muchacha encantadora.

-Un buen esposo debería saber apaciguar su disgusto- apuntilló Jay mirando a su rival con autosuficiencia.

-No es fácil lidiar con ella, menos aún con su disgusto. No tienes idea de a cuántos pretendientes ha rechazado ya. Disfrutar de su agrado es harto complicado. Un logro.

-Vos lo habéis conseguido. No puede resultarme a mí tan difícil.

Antes de darse cuenta estaban el uno en frente del otro, en actitud desafiante. Con disimulo y tacto, por supuesto. Eran príncipes.

-¿Qué os hace pensar que sois digno de ella?

-Majestad- sonrió de pronto, con seguridad-, soy el príncipe Jay Ababwa, sólo presentádmela, sabré ganarme su confianza.

-Yo no me mostraría tan confiado- espetó Ryder.

-¿Por qué no dejamos que sea la princesa quién lo juzgue?

La voz que cortó la discusión paralizó a todos los presentes, incluidos al rey David y a la reina Holly, porque el peligroso tono de la princesa Tori les heló la sangre.

-¿Cómo os atrevéis? ¿Es que entre todos habéis pensado decidir mi futuro? ¿O quién sabe lo que más me conviene? ¡No soy un premio que se gana o se pierde!- les espetó antes de batirse en retirada por el mismo sitio que había venido, dejando a una Cat con cara de circunstancias detrás, debatiéndose entre quedarse a disculparse por ella o perseguir a su amiga.

¡Genial! La había cagado antes de empezar. Todavía le quedaba la baza de que ella conocía a Tori mucho mejor que ese idiota de Ryder, y que, al menos, parecía haberse enfadado con los dos. Las cosas no habían empezado bien, pero esperaba poder enmendarlas.


Jade descubrió que llegar a la fuente de Tori era mucho más confuso desde dentro del castillo que desde las murallas, pero cuando hubo llegado se dio cuenta de que el esfuerzo no había sido en vano. Allí estaba la princesa. Sentada, tan hermosa como el primer día, tanto que, por un momento, se quedó paralizada, observándola sin palabras. Casi olvidándose de su propia existencia.

Pero la princesa Tori, al contrario que aquel primer día, seguía de un humor de perros.

-Tienes que admitir que al menos es terriblemente atractivo- escuchó la risilla de Cat.

-Ya, de Ryder decías lo mismo, y ese idiota parece ser igual de obtuso y arrogante que los demás.

-Dale una oportunidad, Tori. A lo mejor te sorprende. Vas a elegir a Ryder porque no encuentras una opción mejor. A lo mejor ese tal Jay Bawa es esa opción.

-¿Qué te pasa? Eras tú la que me decía que debía darle una oportunidad Ryder.

Cat se cruzó de brazos, sin saber bien cómo exponer su argumento sin enfadar más a la muchacha. Cuando Tori estaba así hacer eso era más que difícil.

-No me refería a convertirlo en tu única opción, Tori. Le diste una oportunidad a Ryder y no te decepcionó, pero no lo amas. A lo mejor, si le das una oportunidad a Jay encuentras eso que estás buscando.

Tori suspiró.

-Ya encontré lo que estaba buscando- susurró lo suficientemente alto como para que los otros dos la escucharan.

-Pues entonces hazlo por ella, Tori. Ella no confiaba en Ryder y, aunque sus intenciones pudieran estar alteradas, puede que de verdad quisiera protegerte.

Así que también tenía a Cat de su parte, pensó con orgullo y cierta esperanza. Aquello la llenó de confianza, aunque un pellizco en el corazón la mantuvo inmóvil. ¿Admitía acaso la princesa que hubiera deseado que Jade se quedara?

-Disculpadme, señoritas- se atrevió a intervenir al fin, orgullosa de que las palabras hubieran conseguido salir con firmeza y seguridad-. Me gustaría disculparme por mi torpe presentación. Mi última intención era haceros sentir ser tratada como un objeto.

Las damas levantaron la mirada y los ojos de Tori, que había cambiado a dolidos y triste, volvieron a desprender ese enfado del principio.

-Estoy más que segura de ello, príncipe Jay…

-Ababwa- respondió hinchando el pecho con orgullo, como le habían enseñado-. Jay Ababwa.

-Príncipe Jay Ababwa- siguió ella con la misma ironía-. Estoy segura de que hacerme sentir utilizada es el peor comienzo que hubierais deseado tener. Nadie se gana el interés de aquellos a los que ofende desde un primer momento.

-No es lo que trataba de decir- contestó Jay de forma más torpe, Tori nunca la había tratado así, y ahora comenzaba a comprender el porqué de la fama que tenía la princesa para con sus pretendientes-. No quiero que penséis que todo mi interés en vos es el material. De hecho, no albergo interés material alguno. Mi reino no tiene absolutamente nada que envidiar al vuestro.

-¡Alerta, Jay!- le chistó la voz de un André convertido en abeja en su oído.- Demasiado arrogante.

-Oh, ¿y qué interés albergas entonces?- sonrió Tori.- ¿Por qué motivo deseas mi mano tan fervientemente?

Y Jay sintió un sudor frío recorrerle la nuca.

-Uhm…- se aclaró la garganta-. Por todo el continente se habla de la belleza de la princesa Tori, de la beldad de la dama de Arts.

-Claro que sí, Jade- volvió a hablar André-. Sólo la quieres porque es guapa. No la tratas para nada como a un trofeo.

Jay lo apartó de un manotazo, pero tenía razón y la mirada de la princesa se lo decía también. La quería por su cuerpo, porque todos decían que era la mujer más hermosa en edad casadera, la quería porque todos la codiciaban por ello. Era más o menos la definición de un trofeo.

-¡Y por tu personalidad!- soltó de golpe, de forma patética y nada creíble.

La sonrisa de la princesa se suavizó y la miró con dulzura. Se acercó entonces al príncipe con deliberada lentitud.

-¿Mi personalidad? Nadie me había dicho antes eso- le contestó mucho más tranquila-. Es un alivio saber que mi herencia no es todo lo que se busca de mí.

Jade sonrió, suspirando internamente.

-Sí.

-Que soy rica. La hija de un rey. Cualquier príncipe estaría encantado de casarse conmigo.

-Lo sé.

No vio como Cat se tapaba los ojos. Tori se acercó más, tomando una actitud seductora, acariciando con un dedo la barbilla de Jay, arañando la piel con delicadeza con una uña perfecta. Apoyó la mano en su pecho, no dejando que la sensación de sus músculos la distrajera ni un instante, hasta que notó como el muchacho se hacía para atrás, trastabillando con torpeza.

-Cualquier príncipe como tú.

-Sí, cualquier príncipe como yo- dijo con voz temblorosa.

-¡¿Mi personalidad?! ¿Qué sabes tú de mi personalidad?- le espetó de golpe- ¡No eres más que otro príncipe pomposo y arrogante como los demás!

Le bajó el turbante sobre los ojos tirando de la hermosa pluma esmeralda de su cima, cegándolo al momento, y lo empujó con fuerza. Jay perdió el equilibrio cuando sus pantorrillas chocaron con algo y sólo se dio cuenta de con qué cuando el agua lo recibió, helada, con un sonoro chapoteo. Salió a la superficie boqueando como un idiota, calado hasta los huesos y quitándose el turbante enfadado. Alcanzó a ver la espalda de Tori volviendo a palacio, y a una Cat que le dedicó una sonrisa apenada antes de seguir una vez más a la princesa.

Después André apareció ante ella. En la misma forma de abeja, pero fingiendo y emitiendo el sonido de un avión que se estrellaba de forma inevitable mientras luchaba con los mandos y gritaba; "¡Nos han dado, nos han dado!"

Notaba la sangre hervirle en las venas y, a la vez, estaba orgullosa de la fuerza y voluntad que su Tori le había demostrado. Acababa de ridiculizarla como jamás nadie lo había hecho antes, y la amaba más por eso.

Sabía que estaba completamente loca desde el momento en el que se le ocurrió enamorarse de una princesa, pero momentos como este se lo corroboraban.


Ryder estaba furioso, más que furioso ardía de ira, no podía evitarlo cuando se topaba con la incompetencia. La incompetencia de todos aquellos idiotas que se suponían que debían servirle y ahora, para colmo de males, no siendo suficiente con el fracaso estrepitoso de sus hombres, llegaba de la nada un imbécil altanero y atractivo que ponía de pronto todos sus planes en peligro.

Ganarse la confianza de Tori no le había resultado tan difícil como todos contaban, aunque esperaba que este nuevo rival fuera despedido con tanta premura como los anteriores. Pero por contrapartida ahora la princesa también estaba enfadada con él y tendría que dedicarle otra tarde a la presuntuosa muchacha para asegurarse de seguir siendo su favorito.

Gritó, le dio un puñetazo a la mesa que hizo temblar todo su contenido, con un brazo lo tiró todo al suelo y se dio la vuelta para encontrarse con Steven cuadrado ante él intentando mantener la compostura ante la furia de su señor.

-¡La tenías, imbécil, la tenías! ¿Cómo demonios pudiste dejarlo escapar?

-Tenían un mono que se me tiró encima de pronto. Me arrancó la lámpara de las manos y…

-¡¿Un mono, Steven?! ¡¿Un maldito mono?! ¿Te dejaste vencer por un estúpido mono?

El caballero bajó la vista, no tenía argumento para su defensa. Las posibilidades de adquirir un título mayor que el que su padre entregaría a su hermano se veían más lejanas con cada decepción a su príncipe. Sólo podía esperar que las cosas salieran bien al final.

-¡Maldita sea! ¡Esta es la última vez que me fallas, Steven!

-Señor…

-¡No!- lo calló agarrándolo de las solapas de su camisa y empujándolo contra la pared.- Si tuviera la lámpara podría deshacerme de ese "príncipe Jay Ababwa" en lugar de tener que preocuparme porque pueda convertirse en un rival.

-La princesa Tori no ha mostrado interés por ningún otro pretendiente…

-¡Y más te vale que este sea el caso! Eso es lo que vas a hacer, Steven, vas a asegurarte de que ese idiota no tiene ninguna oportunidad con la princesa mientras yo esté en Northridge. Porque si no… bueno, no puedo arriesgarme a que se te suelte la lengua una vez sepas que no contaré más contigo si vuelves a decepcionarme.

-No tendrás que preocuparte, mi señor.

Lo lanzó contra el suelo, se arregló las ropas y se atusó el cabello, recuperando la compostura antes de volver a mirarlo, con más calma.

-Más te vale.


En mi casa acabamos de pasar por lo que hemos acabado por llamar el "adebacle tecnológico del verano del 16", que es por lo que he tardado tanto en actualizar y es posible que me siga retrasando un poco, pero lo importante es que aquí está por ahora.

PD: he leído que el "Jori" se perdió cuando Jade se convirtió en Jay y es cierto, en mi defensa diré que la sinopsis de la historia ya lo decía, pero descuiden, que al final el Jori, de una forma u otra, triunfará.

ZR