La historia y los personajes pertenecen a S. D. Perry y a Glee. Gracias por leer y por comentar, un beso.

PUNTO DE VISTA DE SANTANA

Santana llegó a las afueras de la ciudad con veinte minutos de sobra, pero decidió que la posible cena caliente tendría que esperar. Sabía por sus anteriores visitas a la comisaría de la ciudad que había un par de máquinas de aperitivos y chucherías, por lo que podría aguantar el tirón hasta que encontrara tiempo para comer en condiciones. La idea de una chocolatina pasada y unos cacahuetes rancios no pareció agradarle nada a su estómago, que llevaba un rato gruñendo, pero la culpa sólo la tenía ella. La próxima vez que se marchara de viaje tendría en cuenta el tráfico de salida desde Los Ángeles.

Conducir de nuevo hasta la ciudad había hecho mucho por tranquilizar sus agitados nervios. Había pasado al lado de unas cuantas pequeñas granjas que se encontraban al este de la ciudad, con sus terrenos arados y sus almacenes de grano, y finalmente había pasado por el bar de carretera que separaba al Raccoon City campestre del Raccoon City urbano. La idea de que en poco tiempo patrullaría aquellas carreteras secundarias y las mantendría seguras, le proporcionó una sorprendente sensación de bienestar y un ligero orgullo. La primera brisa del otoño que entraba por la ventanilla bajada era agradablemente fresca, y la luz de la luna lo bañaba todo con un resplandor plateado. Después de todo, no llegaría tarde. En menos de una hora sería oficialmente una de los defensores y protectores de Raccoon City.

Cuando Santana dobló la esquina que daba a la calle Bybee, en dirección a una de las calles que la conduciría hasta la comisaría de policía, tuvo el primer indicio de que algo iba mal, muy mal. A lo largo de las primeras manzanas se quedó un poco sorprendida: cuando pasó por la quinta, empezó a quedarse pasmada. No era extraño, era más bien... imposible.

Bybee era la primera calle de verdad de la ciudad, y entraba desde el este, donde el número de edificios superaba ampliamente al de solares vacíos. Había numerosos bares, cafeterías y restaurantes de barrio, además de una sala de cine donde sólo parecían poner películas de terror y comedias picantes, así que era uno de los sitios más populares de Raccoon City para la juventud del lugar. Incluso había unas cuantas tabernas donde en invierno servían caldo casero y bebidas calientes con ron para los alumnos entusiastas del esquí. A las nueve y cuarto de una noche de sábado, la calle Bybee tendría que estar repleta de gente.

Sin embargo, Santana vio que la mayoría de las tiendas y los restaurantes de ladrillo situados a lo largo de la calle tenían las luces apagadas, y en las pocas que se veía alguna luz no parecía haber nadie en su interior. A los lados de la calle había un montón de coches aparcados, y aun así, no logró ver ni a una sola persona. Bybee, el lugar preferido de los quinceañeros y de los estudiantes de la universidad, estaba completamente desierto.

¿Dónde demonios se ha metido todo el mundo?

Su mente se esforzó por encontrar una respuesta mientras avanzaba con el coche por la desierta calle, en busca de una razón lógica y también, en cierto modo, para aliviar la creciente ansiedad que volvía a apoderarse de su cuerpo. Pensó que quizá todos estaban en alguna celebración multitudinaria, como una misa al aire libre o los festejos de la salsa de tomate. Aquello le dio otra idea: quizá Raccoon City tenía su propia versión de la Oktoberfest y habían empezado a devorar salchichas a diestro y siniestro en otro lugar de la ciudad.

Sí, muy bien, pero ¿se ha ido todo el mundo a la vez? Tiene que ser una fiesta de mil pares de narices.

En ese preciso instante, Santana se dio cuenta de que tampoco había visto un solo coche circulando desde que se había pegado el susto a diez kilómetros de la ciudad. Ni uno solo. Y, junto con aquel inquietante pensamiento, se dio cuenta de algo más. Era algo menos llamativo, pero mucho más próximo.

Algo olía mal. De hecho, algo olía a mierda. Demonios, huele como a mofeta muerta, Bueno, es que más bien huele a una mofeta que hubiese vomitado sobre sí misma antes de morir.

Había reducido la velocidad del jeep hasta circular casi al ritmo de un peatón. Había planeado doblar hacia la izquierda en la calle Powell, una manzana más adelante... pero aquel horrible olor y la total ausencia de vida la estaban atemorizando bastante. Pensó que quizá lo mejor sería detener el coche y bajarse para comprobar si todo iba bien, para echar un vistazo y ver si descubría alguna indicación de...

—Oh, vaya...

Santana sonrió y sintió una inmensa oleada de alivio que hizo desaparecer su ansiedad y su estado de confusión. Había un par de personas de pie en la esquina, prácticamente delante de ella. La luz de la farola no le permitía verlos con claridad, porque estaba justo detrás de ellos, pero Santana distinguió sus siluetas. Era una pareja, un hombre y una mujer. Ella iba vestida con una falda y él llevaba puestas unas botas de trabajo. Cuando se acercó, se dio cuenta, por el modo en que caminaban hacia la calle Powell, de que estaban borrachos como una cuba. Ambos iban trastabillando de un lado a otro de las sombras provocadas por los edificios, pero iban en su misma dirección, así que no pasaría nada si se paraba a preguntarles qué demonios estaba ocurriendo.

Deben de haber salido del bar de Kelly. Seguro que se han tomado una o dos cervezas de más, pero como no están conduciendo, eso a mí no me importa. Me voy a sentir realmente estúpida cuando me digan que esta noche es el concierto anual gratuito o la gran barbacoa de «come todo lo que puedas sin pagar».

Casi mareada por el alivio que sentía, Santana dobló la esquina y entrecerró los ojos mirando hacia las densas sombras para intentar descubrir dónde estaba la pareja. No los vio, pero divisó un callejón que se abría entre dos tiendas, una joyería y una de ultramarinos. Quizá sus dos amigos borrachos se habían metido allí para utilizarlo como lavabo o quizás estaban metidos en algo más turbio...

—¡Mierda!

Apretó a fondo el pedal de freno al mismo tiempo que media docena de siluetas oscuras saltaban del asfalto, iluminadas por los faros del jeep como si fueran hojas arrastradas por el viento. Sorprendida, tardó un segundo en darse cuenta de que eran pájaros. No oyó ningún graznido ni ninguna otra clase de grito, aunque estaba lo bastante cerca para oír el batir de sus alas. Eran cuervos, que disfrutaban de un festín, probablemente algún animal atropellado, aunque más bien parecía...

Oh, Dios mío.

Vio un cuerpo humano tendido en mitad de la carretera, a unos seis metros del jeep. Estaba boca abajo, pero parecía una mujer... y, a juzgar por las manchas rojas que cubrían su antaño blusa blanca, no era una estudiante que se había hinchado de cerveza y que se había tumbado para echarse una siesta en el lugar equivocado.

Un atropello con huida. Algún cabrón le pasó por encima y luego huyó. Jesús, qué destrozo...

Santana apagó el motor, y ya tenía medio cuerpo fuera del jeep cuando sus pensamientos se precipitaron uno detrás de otro. Dudó con un pie puesto ya sobre el asfalto, y con el hedor de la muerte y la podredumbre impregnando todo el aire nocturno. Su mente se había quedado congelada en una idea que no quería ni pararse a considerar, pero sabía que era lo que debía hacer. Aquello no era un ejercicio de entrenamiento: podía estar jugándose la vida.

¿Qué pasa si no es un atropello con huida? ¿Qué pasa si no hay nadie por aquí porque por los alrededores ronda alguna clase de psicópata con su arma automática dispuesto a practicar el tiro al blanco? Puede que todo el mundo esté metido en el interior de las casas, oculto. Quizá la policía de Raccoon City ya viene hacia aquí, y quizás el par de individuos que vi antes no estaban borrachos, sino heridos e intentaban buscar ayuda.

Se metió de nuevo en el coche y rebuscó debajo de su asiento para encontrar su regalo de graduación: una Desert Eagle 50AE Magnum, con un cañón personalizado de diez pulgadas, un arma de fabricación israelí. Su amiga Quinn Fabray, se la había regalado. No era el arma reglamentaria de la policía de Raccoon City, sino una mucho más potente. Cuando Santana sacó un cargador de la guantera y lo metió de un golpe seco, sintiendo el peso del arma en sus manos ligeramente temblorosas, decidió que, en aquel momento, era el mejor regalo que jamás le habían hecho. Se metió otros dos cargadores en el cinturón por pura precaución: cada cargador sólo llevaba seis balas.

Mantuvo la Magnum apuntando hacia el suelo mientras salía del jeep y le echaba un rápido vistazo a los alrededores. No estaba familiarizada con Raccoon City por la noche, pero sabía que la ciudad no debería estar tan oscura como estaba en esos momentos. Muchas de las farolas a lo largo de la calle Powell no tenían bombillas o simplemente no estaban encendidas. Las sombras más allá del cuerpo empapado en sangre eran muy profundas: si no hubiese sido por los faros de su jeep, no habría podido ver nada en absoluto.

Empezó a caminar hacia el cuerpo, sintiéndose terriblemente expuesta cuando abandonó la relativa cobertura del jeep, pero a sabiendas de que quizás ella todavía estaba viva. Era poco probable, pero tenía que comprobarlo.

Dio unos cuantos pasos más y pudo ver que sin ninguna duda era una mujer joven. Su pelo de color rojo oscuro y lacio le tapaba la cara, pero las ropas delataban su edad: pantalones vaqueros ceñidos y unas sandalias de moda. Las heridas estaban casi ocultas por la camisa ensangrentada, pero parecía haber docenas de ellas. Los agujeros irregulares en la tela húmeda dejaban entrever carne desgarrada y brillante, y tejidos musculares en las heridas más profundas.

Santana tragó saliva con esfuerzo y se cambió el arma de mano para luego agacharse a su lado. La piel fría y pegajosa cedió con facilidad bajo la presión de sus dedos en la garganta. Intentó encontrar el pulso con la punta de dos dedos apretándolos contra la carótida. Pasaron unos cuantos segundos, unos segundos durante los cuales se sintió terriblemente joven mientras intentaba recordar el procedimiento que había que seguir para efectuar una recuperación cardiorrespiratoria y al mismo tiempo rezaba para que sus dedos encontraran un solo latido.

Cinco compresiones, dos respiraciones cortas, mantener los codos bien colocados... Vamos, por favor, no estés muerta...

No halló el pulso, y no quiso esperar ni un segundo más. Se metió la pistola en el cinturón y la agarró por los hombros para darle la vuelta y comprobar si al menos respiraba... pero en cuanto empezó a levantarla, vio algo que le hizo dejarla de nuevo en el suelo, mientras el estómago se le subía a la garganta.

La camisa de la víctima se había salido de los pantalones lo suficiente para dejar al descubierto la columna y parte de las costillas. Los trozos blanquecinos de hueso todavía tenían hebras de carne colgadas, y las estrechas y curvadas puntas de las costillas se hundían en trozos de tejido destrozado. Tenía todo el aspecto de haber sido derribada... y masticada. Los retazos de información que su mente había recogido hasta el momento y que le habían parecido poco importantes de repente adquirieron una enorme trascendencia, y en el mismo instante que todos los hechos encajaron, sintió los tentáculos del verdadero miedo apoderarse de los rincones de su mente.

Los cuervos no pueden haber hecho esto. Habrían tardado horas, ¿y quién demonios ha oído hablar de cuervos que se alimentan después de caer el sol? Y ese olor a podrido no procede de ella, ha muerto hace poco y...

Caníbales. Asesinatos.

No. De ninguna manera. Para que ocurriera algo así, para que una persona fuera asesinada y luego parcialmente... devorada en mitad de una calle sin que nadie lo impidiese... Y con tiempo suficiente para que lleguen los carroñeros...

Para que eso pasara, los asesinos tendrían que haber matado a la mayor parte de la población. ¿Parece probable? No. Bien. Entonces, ¿de dónde procede ese olor asqueroso? ¿Y dónde está todo el mundo?

Santana percibió a su espalda un gruñido bajo y suave. Unos pasos arrastrados y luego otro sonido. Un sonido húmedo.

Tardó menos de un segundo en ponerse en pie y darse la vuelta en redondo mientras su mano desenfundaba de forma instintiva su pistola. Eran la pareja de antes, los borrachos, que se tambaleaban hacia él, a la que se había unido un tercer individuo de aspecto fornido... con toda la camisa empapada de sangre. Sangre en su pechera. Y en sus manos. Y goteando desde su boca, una boca roja con aspecto gomoso en mitad de un rostro descompuesto, como si fuese una herida purulenta. El otro hombre, el que llevaba puestas las botas de trabajo y un mono de faena, tenía un aspecto muy parecido, y el escote de la blusa rosa de la mujer dejaba al descubierto un busto por el que aparecían manchas oscuras, muy parecidas al moho.

El trío continuó avanzando hacia ella, tambaleándose, y pasaron al lado de su jeep mientras levantaban sus pálidas manos en su dirección y emitían unos gemidos hambrientos. Un líquido viscoso pero fluido salió de repente de una de las ventanas de la nariz del tipo fornido y le cayó sobre los labios que se movían débilmente. Santana se quedó inmóvil por el terrible conocimiento de saber que el tremendo hedor era olor a podrido y a carne putrefacta y que procedía de ellos...

Entonces vio a otra de aquellas criaturas que salía de una puerta al otro lado de la calle, una joven con una camiseta manchada y el pelo recogido que dejaba a la vista una cara carente de expresión y sin señal alguna de inteligencia.

Otro gruñido a su espalda. Santana miró por encima de su hombro y esta vez vio a un joven de pelo oscuro con los brazos podridos que salía de debajo de las sombras de una marquesina.

Sanatana levantó su arma y apuntó hacia el individuo más cercano, el tipo del mono de faena, aunque todos sus instintos le gritaban que saliera corriendo. Estaba aterrorizada, pero su lógica entrenada insistía en que debía existir una explicación para todo aquello que estaba viendo, y que lo que estaba viendo no eran muertos vivientes.

Control y procedimiento. Eres un policía...

—¡Muy bien! ¡Ya os habéis acercado bastante! ¡Todos quietos!

Su tono de voz era potente, autoritario, y llevaba puesto su uniforme, así que… Oh, Dios, ¿por qué no se detienen?

El hombre con el mono de faena gimió de nuevo, sin hacer caso de la pistola que le estaba apuntando al pecho, con los demás siguiéndolo de cerca a cada lado, a menos de tres metros de ella.

—¡No se muevan! —repitió Santana, pero esta vez a voz en grito.

El pánico reflejado en su propia voz la hizo retroceder un paso mientras miraba a izquierda y a derecha. Vio que más gente como aquélla empezaba a salir de todas las sombras de la calle.

Algo lo agarró por el tobillo.

—¡No! —gritó, dando la vuelta con el arma por delante...

Y entonces vio que el supuesto cadáver víctima del atropello estaba arañando su bota con unos dedos empapados en sangre al mismo tiempo que intentaba arrastrar su cuerpo destrozado hasta ella. Su agónico lamento de hambre se unió al de los demás mientras intentaba morderle la bota, y unas gruesas gotas de saliva mezclada con sangre resbalaron por encima de su barbilla completamente arañada y le mancharon el cuero del calzado.

Santana disparó contra su torso superior. El tremendo estampido explosivo del proyectil hizo que ella lo soltara... y a aquella distancia tan corta, probablemente hizo pedazos su corazón. El cuerpo se desplomó de nuevo sobre el asfalto entre espasmos de muerte...

Cuando se dio de nuevo la vuelta y vio que los demás estaban a menos de dos metros, disparó otras dos veces. Los proyectiles hicieron florecer dos fuentes carmesíes en el pecho del más cercano, y de las heridas comenzó a salir un caño de sangre.

El hombre con el mono de faena apenas detuvo su marcha cuando los dos balazos le abrieron el pecho y sólo se tambaleó durante un segundo. Abrió otra vez su ensangrentada boca y de nuevo emitió un gemido lastimero de hambre, mientras mantenía las manos alzadas hacia él como si necesitara que lo dirigieran hacia la fuente de su alivio.

Debe de estar drogado. Esa potencia de fuego habría derribado a un búfalo

Santana disparó otra vez mientras retrocedía. Y otra vez. Y otra vez. Y cuando el cargador estuvo vacío, lo dejó caer al suelo y metió otro. Disparó más proyectiles, pero aun así, ellos siguieron acercándose, impertérritos ante los disparos que arrancaban trozos de su podrida y apestosa carne. Sólo era un mal sueño, como en una mala película. Aquello no era real... pero Santana supo que, si no se convencía con rapidez, moriría enseguida. Devorada viva por aquellos...

Vamos, López. Dilo. Por estos zombis.

Aquellas criaturas le impedían acercarse a su jeep, así que Santana continuó retrocediendo, sin dejar de disparar.

PUNTO DE VISTA DE BRITTANY

Menuda vida nocturna. Este lugar está muerto. Brittany sólo había visto a un par de personas cuando finalmente entró en el casco urbano de Raccoon City, ni de cerca las que esperaba ver. De hecho, el lugar parecía estar desierto. El casco le tapaba buena parte de la visión periférica, pero, desde luego, no parecía haber mucho movimiento en la parte oriental de la ciudad. Tampoco parecía haber mucho tráfico. Le pareció muy raro, pero si tenía en cuenta los desastres que se había imaginado, tampoco era especialmente siniestro. Al menos, Raccoon City todavía existía, y vio a un nutrido grupo de gente con aspecto de haber salido de una fiesta cuando se acercaba al restaurante abierto las veinticuatro horas del día que había en la calle Powell. Caminaban por el centro de una calle lateral. Sin duda, eran chavales borrachos con ganas de bronca, si no recordaba mal su última visita a la ciudad. Molestos, pero, desde luego, no los cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Nada de ruinas por bombardeos, nada de incendios colosales, nada de ataque aéreo. Bueno, por ahora, todo va bien.

Había pensado ir directamente a casa de Rachel, pero luego se dio cuenta de que iba a pasar por delante del restaurante de Emmy. Brittany se acordó de que Rachel le reconoció que la cocina era casera y muy buena. Incluso aunque no estuviera allí, merecería la pena pararse para preguntar por ella a una de las camareras, por si la había visto hacía poco.

Brittany se percató de la presencia de un par de ratas cuando detuvo la moto. Los roedores saltaron de encima de los cubos de basura de la acera y escaparon velozmente hacia un pequeño callejón lateral. Bajó la horquilla de la moto y desmontó, se quitó el casco y lo dejó encima del asiento tibio.

Se sacudió el cabello, recogido en una coleta, y arrugó la nariz con desagrado. Estaba claro que, por el olor que desprendía, la basura llevaba bastante tiempo allí tranquila sin que nadie la molestara. Fuese lo que fuese lo que habían tirado en ella, desprendía un olor que sin duda alguna podía considerarse tóxico.

Se sacudió las partes de sus piernas y brazos que estaban al aire antes de entrar, tanto para hacerlas entrar en calor como para quitarse un poco la mugre que se le había pegado por el camino. Unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta ceñida al cuerpo no eran las prendas más apropiadas para una noche de octubre, y aquello le volvió a recordar lo estúpida que había sido por montar de aquel modo. Rachel le echaría un sermón de mil demonios... Pero no será aquí.

El cristal de la gran ventana frontal le permitía una buena visión del interior del hogareño e iluminado restaurante, y pudo distinguir con claridad desde los altos taburetes de color rojo del mostrador hasta las sillas acolchadas de las mesas alineadas en las paredes... y no había absolutamente nadie a la vista. Brittany frunció el entrecejo, y su decepción inicial dio paso a un sentimiento de confusión. Había visitado a Santana muchas veces cuando eran adolescentes, por lo que había estado en aquel lugar a casi todas las horas del día o de la noche. Ambas eran bastante noctámbulas, y en más de una ocasión habían decidido salir a las tres de la madrugada a tomarse una hamburguesa, lo que significaba que siempre acababan en el restaurante de Emmy. Y siempre había algún cliente en Emmy, charlando con una de las camareras vestidas con delantales de plástico rosa o inclinados sobre una taza de café mientras leían el periódico, sin importar la hora del día o de la noche que fuese.

Así que… ¿dónde están? Ni siquiera son las nueve de la noche todavía...

En el cartel de la puerta se leía «Abierto», y no descubriría por qué no había nadie si se quedaba allí, en mitad de la calle. Echó una última mirada a su moto, abrió la puerta y entró en el restaurante. Inspiró profundamente y llamó en voz alta, con la esperanza de que alguien le contestara.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Su voz pareció carecer de tono en cierto modo al resonar en el silencio del vacío restaurante. Con excepción del monótono zumbido de los ventiladores del techo, no se oía absolutamente ningún otro sonido. En el aire flotaba el familiar aroma a grasa rancia, pero había algo más. Era un olor muy penetrante, pero a la vez muy dulzón, como el de flores pudriéndose.

El restaurante tenía forma de L, y las mesas se extendían enfrente de ella y a su izquierda. Claire empezó a avanzar, caminando con lentitud. La zona de los camareros se encontraba al final de la barra, y más allá estaba la cocina. Si Emmy estaba realmente abierto, los miembros del personal estarían por allí, tan sorprendidos como ella de que no hubiera ni un solo cliente...

Pero eso no explicaría todo este desorden, ¿verdad?

No era exactamente un desorden. La falta de orden era lo bastante sutil como para que ella no se hubiera percatado desde fuera. Había unas cuantas cartas de menú tiradas por el suelo, un vaso de agua derramado en la barra y un par de piezas de cubertería esparcidas aquí y allá. Aquéllas eran las únicas señales de que algo iba mal, pero eran suficientes.

Al infierno lo de echar un vistazo a la cocina. Todo esto es demasiado raro. Algo está realmente jodido en esta ciudad. Quizá sólo les han robado, o quizás están preparando una fiesta sorpresa. ¿Qué más da? Ya es hora de que me marche a otro lugar.

En ese preciso instante oyó un ruido procedente del hueco al final de la barra, un lugar que no podía ver. Era un sonido débil de algo que se movía, un susurro de tela arrastrándose seguido de un gruñido abogado. Allí había alguien, agachado y oculto a la vista.

Brittany habló de nuevo en voz alta mientras notaba cómo su corazón le aporreaba la caja torácica por la tensión que sentía.

—¿Hola?

No percibió nada durante un latido y, a continuación, otro gruñido, un gemido ahogado que le puso los pelos de la nuca de punta.

A pesar de sus temores, Brittany se apresuró a acercarse al lugar, sintiéndose de repente muy infantil por su deseo previo de marcharse. Quizá se había producido un robo y los clientes estaban atados y amordazados. O peor incluso, tan malheridos que ni siquiera podían gritar pidiendo ayuda. Le gustase o no, ella estaba involucrada.

Llegó al final de la barra, giró a su izquierda... y se detuvo en seco, quedándose completamente inmóvil, sintiéndose como si le hubieran dado una bofetada. Lo que vio fue un hombre calvo vestido con el uniforme de un cocinero, al lado de un carrito lleno de bandejas, de espaldas a ella. Estaba agachado sobre el cuerpo de una camarera, pero había algo muy raro en ella, algo tan raro que la mente de Brittany no pudo aceptarlo al principio. Su mirada recorrió el uniforme rosa, los zapatos de trabajo, incluso la tarjeta de plástico que todavía estaba enganchada a la pechera de su vestido, con el nombre: Julie o Julia...

La cabeza. Le falta la cabeza.

En cuanto Brittany se dio cuenta de lo que faltaba, no fue capaz de borrarlo de su mente, por mucho que lo intentó. Donde debería haber estado la cabeza de la camarera sólo había un charco de sangre secándose, una masa informe y pegajosa rodeada por restos de cráneo, mechones de pelo negro aplastado y trozos diversos de carne. El cocinero tenía las manos sobre la cara, y mientras Brittany miraba horrorizada el cadáver sin cabeza, el individuo dejó escapar un gemido lastimero.

Brittany abrió la boca, sin saber exactamente qué iba a salir de ella. Un grito, una pregunta sobre qué había ocurrido o un ofrecimiento de ayuda. No sabía qué decir, y cuando el hombre se dio la vuelta y bajó las manos, se quedó pasmada de que no saliera absolutamente nada de su boca.

El tipo se estaba comiendo a la camarera. Sus gruesos dedos estaban cubiertos por oscuros restos de carne. La extraña y enajenada cara que la miraba estaba completamente cubierta de sangre.

Un zombi.

Se había criado oyendo cuentos sobre criaturas monstruosas, tanto en las fogatas de los campamentos de verano como en las películas de terror, así que su mente lo aceptó en el mismo instante que lo vio y pensó: «No estoy loca». La criatura, completamente pálida, desprendía aquel hedor dulzón y enfermizo que ella había olido antes, con los ojos cubiertos por un velo semitransparente.

Zombis en Raccoon City. Eso sí que no lo esperaba.

Al mismo tiempo que su mente lógica aceptaba los hechos con tranquilidad, su cuerpo sintió un repentino espasmo de terror. Brittany trastabilló al retroceder, y el pánico ascendió otro grado en sus tripas cuando el cocinero siguió girando mientras se levantaba. Era un tipo enorme, de casi dos metros de alto, y tan ancho como un armario...

¡Y está muerto! ¡Está muerto y se está comiendo a la camarera, así que no dejes que se te acerque más!

El cocinero dio un paso hacia ella, y sus manos ensangrentadas se cerraron en sendos puños. Brittany retrocedió con mayor rapidez y casi se resbaló al pisar una de las cartas de menú. Un tenedor chirrió cuando lo pisó con una de sus botas.

¡Sal de aquí ahora mismo!

—Ya me marcho —logró balbucear—. De veras, no hace falta que me acompañe a la salida...

El cocinero se tambaleó hacia adelante, y sus ojos ciegos resplandecieron con un brillo hambriento e insensible. Brittany dio otro paso atrás y extendió una mano hacia su espalda. No tocó nada, sólo aire...

Un instante después, tocó el frío metal del tirador de la puerta. Una descarga de adrenalina por la sensación de triunfo recorrió todo su cuerpo cuando se giró, agarró la puerta... y un momento después, gritó, una exclamación de horror y miedo. Había otras dos, no, tres de aquellas criaturas allí fuera, con su putrefacta carne pegada al cristal de la ventana frontal del restaurante. Uno de los seres sólo tenía un ojo: donde debía estar el otro, sólo había un agujero supurante. Otra de las criaturas carecía de labio superior, y su rostro mostraba una constante y desigual sonrisa macabra. Todos estaban golpeando el cristal con sus manos engarfiadas como garras, como animales feroces y torpes. Sus rostros grises estaban casi completamente cubiertos de sangre... y desde las sombras, al otro lado de la calle, otras oscuras siluetas salieron tambaleándose dirigiéndose hacia el restaurante.

No puedo salir, estoy atrapada... ¡Dios, la puerta trasera! Con el rabillo del ojo vio la reluciente luz verde de la señal de salida de emergencia que brillaba como un faro en la oscuridad. Brittany se giró de nuevo y apenas miró al cocinero que estaba a poco más de un metro de ella: tenía toda su atención concentrada en su única esperanza de huida.

Echó a correr, y sus botas se convirtieron en un borrón de color al mismo tiempo que sus brazos se convertían en pistones para conseguir mayor velocidad. La puerta daba a un callejón trasero: iba darse de bruces contra ella a toda velocidad y, si estaba cerrada con llave, estaba jodida.

Brittany se estrelló contra la puerta, que se abrió de par en par, y luego contra la pared de ladrillo de uno de los lados del callejón... y luego vio un arma que le apuntaba directamente a la cara. Era probablemente lo único que la habría detenido en su carrera en ese momento: alguien con una pistola.

Se detuvo inmediatamente y levantó los brazos de forma instintiva, como para detener un golpe.

—¡Un momento! ¡No dispare!

La chica de la pistola no se movió, y el arma de aspecto letal continuó apuntando hacia su cabeza...

Va a matarme...

—¡Al suelo! —gritó la chica, y Brittany se dejó caer. Sus rodillas cedieron tanto por la orden que le habían dado como por los fríos dedos que de repente agarraron su hombro...

Esa voz me recuerda a…

¡Bam! ¡Bam!

La mujer disparó, y Brittany giró la cabeza para ver al cocinero muerto desplomarse hacia atrás justo a su espalda, con un enorme agujero en mitad de la frente. Unos lentos goterones de sangre comenzaron a salir de la herida, y sus ojos blanquecinos quedaron cubiertos por una capa de color rojo. El cuerpo acabó de caer y se estremeció. Una, dos veces... y por fin dejó de moverse.

Brittany se volvió para mirar a la mujer que le había salvado la vida, y se dio cuenta por primera vez del uniforme que llevaba puesto. Un policía. Era... ¡SANTANA! y tenía un aspecto casi tan aterrorizado como ella. Su labio superior estaba completamente cubierto de terror, y tenía los ojos, de color marrón, abiertos de par en par. Sin embargo, al menos su voz sonó tranquila y llena de confianza cuando extendió la mano para ayudarla a levantarse.

Después de tantos años y me la encuentro aquí. ¡Y suerte has tenido Brittany! Creo que me ha dado más impresión verla a ella que a los zombis. Está…está guapísima. Dile algo y deja de mirarle embobada. Dale las gracias por salvarte la vida. Gracias. Pero no lo pienses, díselo.

Brittany boqueó un par de veces como un pez, pero finalmente no dijo nada.

—No podemos quedarnos aquí. Ven conmigo Brittany, estaremos mucho más seguras en la comisaría de policía.

Mientras decía aquello, Brittany percibió un coro de gemidos y gruñidos que se acercaba procedente de la calle. Los hambrientos sollozos de aquellas criaturas sonaban cada vez más fuerte. Brittany dejó que la levantara y le agarró la mano con firmeza. Se alegró un poco de que los dedos de Santana estuviesen tan temblorosos como los de ella.

Ambas echaron a correr, esquivando cubos y bidones de basura y saltando por encima de cajas esparcidas por doquier, perseguidas por los tenebrosos gemidos de los zombis que salían del callejón y empezaban a seguirlas.