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"Breve historia sobre manzanas"
"Para hacer una tarta de manzana primero tienes que crear un universo".
Carl Sagan
Hace unos días mi novia Usagi me envió una breve parábola que circula en las redes sociales y que compara a las mujeres con manzanas, sí, manzanas. En ella asegura que las mujeres son como ese delicioso fruto, y que las mejores yacen en la copa de un árbol y debido a eso, son a las que la mayoría de los hombres temen; y que por miedo a trepar, caer y lastimarse, terminan conformándose con las manzanas caídas, que no son tan buenas, pero son accesibles. Y ya que las mejores manzanas están en la copa, éstas tienen que esperar a que un valiente se digne a escalar por ellas. Debo decir que aunque esta historia es un poco feminista, es una analogía bastante interesante que mi novia asegura es una gran enseñanza para los hombres.
Entonces, ¿entendieron?, ¿o lo explico con manzanas? Me agradó la historia, lo malo fue que por andar trepando entre las ramas me caí sobre tanta manzanita "disque" podrida y vieran el harem que me conseguí. Lo bueno fue que con el golpe se me despejaron las ideas y la manzana de la copa cayó en mis brazos cual manzana de Newton. Pero que desperdicio de tanta manzana, y con lo mucho que me gustan, pero ya tengo la mía, así que gracias pero no gracias.
Y si algo deben recordar sobre una manzana es que: "Una manzana cada mañana aparta el médico de la cama." Así que denle muchas manzanas a sus "manzanitas" para que luego no lleguen de un viaje de "la gran manzana" —New York— y encuentren al médico haciéndole un examen anatómico a la susodicha manzana y luego terminen ustedes como la manzana de la discordia desatando la guerra de Troya, pero cuidado, si esta guerra se repite no vayan a terminar como el hijo de Guillermo Tell, al cual su padre le lanzó una flecha a una manzana sobre su cabeza obligado por un invasor austriaco. ¿Y todo por qué? Por recoger una manzana caída que no resultó podrida, sino más bien, envenenada. Pero una cosa les advierto, si les van a disparar a una manzana sobre su cabeza, procuren comer antes una del jardín de las Hespérides, pues se dice que dan vida eterna, si no, ¿qué será de ustedes si no le dan a la manzana? Por eso mejor denle una manzana a su "manzana" ¿y por qué no? También una "banana".
Pero de todas formas revisen bien a sus "manzanas", no vaya a ser que algún indiscreto les haya pegado un buen mordisco y les haya dejado la manzana como logotipo de Apple, porque yo… no, como bien interpretaba aquel cantante mexicano por allá de la década de los 50's, Pedro Infante: "Ay mamá que yo no fui, mira muchacho que yo no fui". Sin duda eso debió ocurrírsele decir a Adán cuando por tentación de Eva se comió la manzana, ¿pero de que le habría valido negarlo? Si la evidencia se le había quedado en la garganta, ahí sí que no cabía la menor duda. Pero como dijo Mark Twain: "El error fue prohibir la manzana. Adán se comió la manzana porque estaba prohibida. Si Dios hubiese prohibido la serpiente, Adán se hubiera comido la serpiente".
Aunque en realidad se dice que esto de la manzana fue mera confusión al traducir la biblia del latín, ya que manzana se escribe: "malus" y malo: "malum", de ahí tanta confusión, y se inventó que la pobre manzana es la fruta prohibida. ¿Qué culpa tenía la pobre? Con lo buena que está… Bueno eso, y que los fanáticos religiosos de aquel tiempo decían que la fruta se hace blanda cuando madura, al contrario de la manzana, que permanece firme como los soldados al pie de guerra y por eso era producto del demonio, ¿cómo ven? En la actualidad, todos sabemos que la manzana no es mala, y que lo único malo que se puede encontrar en ella es un gusano, o peor, medio gusano. —Ew.
Y como seguro estarán de acuerdo conmigo en que: "Viva la manzana", finalizo entonces con un fragmento de la Oda a la Manzana de Neruda, "... quiero ver a toda la población del mundo unida, reunida, en el acto más simple de la Tierra: mordiendo una manzana".
Hasta la próxima.
Seiya Kou
—Kou —dijo el hombre maduro frente a él—, sé que te doy la libertad de escribir lo que quieras, pero no permitiré que una referencia fálica se publique. Se ve que lo incluiste a propósito.
—Oh, se refiere a… ¿la banana? Sí, estaba bromeando, no lo dejaré —rió divertido.
El hombre negó con la cabeza mirando una vez más el texto en la pantalla del computador.
—Si sigues con esta irreverencia nunca llegarás a editor.
—Con todo respeto a su profesión señor Nakatani, pero no aspiro a eso. Soy un mal escritor, no un buen corrector —sonrió.
—Muchacho, muchacho, esperaba un día poder dejarte mi lugar.
—Le agradezco pero no…
Seiya miró a la ventana, en la calle Minako estaba de pie frente al café del primer piso, parecía nerviosa, sujetaba el asa de su bolso como si no supiera qué hacer con las manos o como si quisiera usarlo de pararrayos para contrarrestar la energía nerviosa. Entonces respiró profundo y se acomodó el cabello.
—¿Decías? —dijo el hombre.
—Ah, eh, sí, gracias, pero prefiero permanecer como el insolente escritor que soy.
Seiya volvió a mirar afuera, Rei Hino apareció apresurada, apenas llegó, Minako se adueñó de su brazo. Poco sorprendido, Seiya desvió la mirada.
—Además —añadió Seiya—, si no puedo corregirme a mí mismo, ¿cómo puedo corregir a los demás?
El hombre asintió barriendo una vez más el texto.
—Ya que lo mencionas, señalé algunos cambios en tu documento, arréglalo y envíalo a publicar.
—Sí señor.
—Una cosa más Kou. Si vas a seguir hablando de ti, procura evitar los detalles íntimos y añade más cultura general, la gente no necesita saber tanto de ti, lo hiciste bien en este artículo. Equilibrio muchacho, equilibrio.
—Así lo haré —dijo andando hacia la puerta, una vez abierta se volvió hacia él—. Señor…
El hombre levantó la mirada.
—No le prometo nada —dijo Seiya guiñando un ojo.
El hombre negó con una sonrisa.
—Que muchacho…
Seiya salió de la oficina y se dirigió a su cubículo. La notificación de edición parpadeó en la pantalla de la computadora. Seiya tomó la manzana que tenía como fuente de inspiración y la miró unos minutos.
—Vamos Seiya, ¡vamos! —dijo Minako tirando de su brazo al caminar—. Entremos al templo a comprar un amuleto.
—Es que yo… —Seiya evitó su mirada mientras se dejaba arrastrar—. No soy creyente.
—No tienes que serlo, vamos, ¿no quieres conocer a la sacerdotisa? Dicen que es muy linda.
Seiya negó con la cabeza.
—Eso no me entusiasma… Además —Seiya la jaló hacia sí y miró sus ojos—, la única linda a la que quiero ver eres tú.
Minako sonrió como si no le hubiese dicho nada nuevo.
—Pues mírame en el templo. Anda, no tienes que hacer nada más que acompañarme, sólo será un par de minutos. Después haremos lo que tú quieras, ¿ok?
Seiya hizo una mueca y sin decir nada, se dejó llevar. Con cada escalón Seiya se sintió cargando un peso enorme.
—Mira, ¡allá los venden! —Señaló Minako al puesto de venta y soltándose de él, corrió hacia allá.
Seiya metió las manos en los bolsillos y trató de no llamar la atención.
—¡Aww…! —Exclamó Minako con desilusión—. Se terminaron los amuletos del amor, yo quería uno, todas las chicas de mi escuela tienen uno, ¿cómo es posible que yo Minako Aino, diosa del amor, no tenga uno?
—Disculpa…
Minako se volvió hacia la voz.
—Si es tan importante para ti, yo puedo darte uno.
La sacerdotisa del templo Hikawa extendió la mano con el pequeño amuleto rojo en su mano. Minako la miró y extendió la mano para tomarlo.
—Gracias… —Minako cubrió su mano con la suya.
Apenas se tocaron, el viento ondeó sus cabellos. Por un momento el breve instante pareció eterno.
—Espero que te traiga el amor que mereces —dijo la sacerdotisa. Entonces, notó que la chica no estaba sola, detrás de ella alguien la esperaba. Al verlo, esbozó media sonrisa—. Tal vez ya lo encontraste.
Seiya desvió la mirada.
. . .
—¡Mina!, ¡Mina! —Exclamó Seiya corriendo hacia la rubia que lo esperaba en los jardines de la Universidad.
—Seiya, gracias por venir de improviso, no sabía a qué hora salías de clase.
—Ah, está bien, no te preocupes, dime, ¿qué es eso tan importante que tienes que decirme?
—Bueno… —Minako bajó la mirada buscando las palabras cuando de pronto recibió un mensaje y miró su teléfono—. Oh, una llamada perdida de… —detuvo sus palabras.
—De… —Seiya la instó a continuar.
Minako de nuevo miró la pantalla: "Llamada perdida de: Biblioteca".
—Tenoh, Haruka —dijo.
—¿Tenoh Haruka?
Minako lo miró a los ojos.
—Mi novio.
Seiya abrió los ojos, por unos segundos dejó de respirar.
—Es alguien que conozco. Ayer me besó y me pidió que fuera su novia. Eso es lo que tenía que decirte.
—P… pero… no entiendo.
—Tú y yo sólo estábamos saliendo. Nunca pediste exclusividad.
Seiya tragó aún en shock, no sabía si entristecerse o enojarse.
—Agradezco que te fijaras en mí pero, por respeto a él, no podemos seguir haciendo esto.
Seiya siguió sin habla, temió decir algo de lo que se arrepintiese.
Minako se inclinó en agradecimiento.
—Gracias… por todo.
Y sin más, se marchó. Una lámpara suburbana parpadeó hasta encenderse.
Seiya respiró hondo y rodó la manzana entre sus dedos. Una notificación hizo vibrar su teléfono: "Pasando el rato en el café". Una foto de Minako junto a Rei apareció; de inmediato la borró.
—"Manzanas…"
La manzana crepitó al morderla. Seiya sintió el dulce ácido ardiendo en su garganta.
