Sacó esos pensamientos de su cabeza, y miró fijamente a la mujer que tenía frente a él. Le gustaría saber quién la estaba controlando para que dijese tal o cual cosa, y se preguntaba si sería capaz de romper esa maldición. Se había especializado en romper imperius y devolver a las personas de los obliviate, pero en ocasiones el mago era demasiado poderoso.
- ¿Me puede decir cómo se llama? – preguntó, tanteando.
- Figg. Arabella Figg – contestó ella, quedadamente.
Capítulo 6
La calidez de la mañana se colaba por la ventana de su habitación. No recordaba con exactitud porqué le dolía tanto la cabeza. Le pesaba tanto como un piano de cola. Alguien hacía ruidos desgarradores en los pisos inferiores, y le provocó tomar la varita para mandarlos a callar a todos. Palpó las almohadas, buscando la varita, pero se llevó un susto de muerte cuando no la encontró. Un repentino latigazo le hizo soltar un grito y sujetarse la cabeza con fiereza con ambas manos. El dolor se expandió por todo el cuerpo, y vagos recuerdos se apilaron en su mente. Cabeza Rajada y la Comadreja riéndose a diente suelto, avisándole a alguien que habían atrapado a alguien. Unos golpes que lo habían dejado fuera de pelea antes de empezar a pelear, y la máscara partida en el suelo, adornada con su propia sangre.
Claro, claro que recordaba. Lo habían atrapado junto a unos tres mortífagos más. Sí que eran imbéciles esos dos. Pero le pagarían cada uno de los golpes, porque ni siquiera ellos entendían su posición dentro de las filas del Lord, aunque éste hubiese caído hacía pocos años. Se mordió los labios, reprimiendo las ganas de gritar a garganta pelada. Puso atención al lugar en el que estaba, y se extrañó. Pensaba encontrarse en una mugrienta y fría celda de Azkaban, no en un cuarto medianamente aceptable, aunque con un olor a moho y ha guardado insufribles.
- Me alegra que hayas despertado – dijo una voz de mujer en la puerta, que se había movido hacía pocos segundos – te he traído el desayuno – el tono era amable, y agradable a sus oídos.
Tuvo que enfocar la vista para saber quién le estaba hablando. Los coñazos de Potter y Weasley lo habían dejado casi ciego. Hijos de puta. ¿Quién era esa? La voz se le hacía familiar, pero en lo que se sentó en una silla que estaba al lado de la cabecera de la cama, no tuvo que buscar más. Tenía que estar en broma.
- No pretenderás que coma algo traído por ti, sangre sucia – apuntó, riendo en la medida de lo posible. Estaba realmente hinchado.
- Entonces puedes morir de hambre, porque sólo yo te traeré comida hasta que podamos mandarte a Azkaban – aseguró, armándose de paciencia. Hacía tiempo que no lo veía, y la noche anterior había quedado realmente traumatizada por su apariencia. No es que estuviese mucho mejor, pero por lo menos no tenía los fémures fuera de lugar y sus muñecas parecían humanas de nuevo.
- Te acusaría por dejarme morir, señorita apegada a las leyes – se mofó, intentando sentarse.
Las manos de Hermione se posaron en sus hombros de inmediato, impidiéndole realizar lo pretendido.
- ¡Suéltame! – espetó, desgarrando su garganta. Un líquido pastoso y caliente se coló hasta su esófago. Sangre.
- No tengo intención de contaminarte con mi impureza, si es lo que crees. No puedes moverte hasta que Luna dé su autorización. Hasta ese momento, debes permanecer quieto. Si es necesario hechizarte para lograrlo, pues lo haré.
El rubio frunció el entrecejo, tomando nota de las facciones de Granger (o por lo menos, las que podía delinear). Su cara ya no era regordeta y su cabello estaba mucho más largo. No sabía en qué momento le había crecido busto, pero allí estaba, firme. Sus ojos lo miraban inexpresivamente, no como antaño, llenos de ira, de lástima o de reproche.
- Me extraña que estés aquí y no con Potty y el pobretón, asegurándote de que todas sus actuaciones queden dentro de lo legal, y así evitar que me hagan compañía en Azkaban – comentó mordazmente, como quien no quiere la cosa. Le habían llegado rumores de que Hermione Granger ya había dejado de ser la luchadora activa y temida por los mortífagos, que ahora sólo se dedicaba al tedioso y repugnante papeleo.
- Tengo cosas más importantes que hacer – respondió ella, secamente – Gracias a la cortesía con la que me has tratado, te daré el placer de que comas sólo. Luna vendrá en unas pocas horas, tómate esto para que no le des la lata con sus comentarios tan amables – un frasquillo flotó a su lado de inmediato, con un olor detestable y un color que rayaba en el del barro.
- Gracias – terció él, irónicamente. La castaña se retiró de la habitación silenciosamente, dejando una bandeja con un desayuno que se veía apetitoso. Malfoy intentó moverse, pero no pudo. Maldijo por lo bajo. Era una hipócrita. Le había aplicado un inmobilus sin decir una letra en voz alta.
- Es un insufrible – aseguró Hermione, sentándose en la mesa del comedor – pensé que, por lo menos, agradecería estar vivo y no nadando en su sangre, o peor aún, muerto – Luna la escuchaba con atención, preparándole un poco de café con huevos revueltos. Había llegado hacía unos pocos minutos y la había encontrado bajando las escaleras de Grimmauld Place. La saludó con una sonrisa pero no parecía muy animada esa mañana.
- ¿Malfoy? – preguntó entonces, sirviéndole – No puedes pedir que sea la mata de la amabilidad contigo, o con cualquier persona que sea ajena a su propia familia. Es un hombre lleno de inseguridades y, ahorita, lleno de heridas que agrian más su humor.
- Me impresiona lo sabia que puedes ser a veces, Luna – comentó Hermione, mirándola con asombro. A sus veintiún años, Luna Lovegood parecía haber envejecido una eternidad. Físicamente era la ilusión de cualquier hombre, pero mentalmente había madurado mucho. No dejaría de lado la creencia en criaturas mágicas existentes sólo en su cabeza, pero de resto, era muy madura para su edad. Se rió bajito. Hermione Granger pensando aquellas cosas.
- Es sólo la verdad – dijo, encogiéndose de hombros y sentándose a comer con ella – Subo en un momento a ver cómo siguen sus heridas. ¿Ya puede hablar?
- Vaya que sí – respondió Hermione, disfrutando de los huevos revueltos – pienso que se hizo daño al momento de escupirme que lo soltara.
- ¿Lo agarraste?
- Sí, me dijiste que no podía moverse y pretendía sentarse.
- Con decirle que se estuviera quieto no te bastaba – tenía las cejas alzadas y la miraba fijamente.
- Es Malfoy. Haría todo lo contrario a lo que digo sólo para molestarme – le aseguró, convencida de ello. Siempre había sido así, los cuatro años que tenía sin verlo no habrían cambiado algo tan arraigado a su personalidad.
- Ha pasado mucho tiempo desde que lo viste por última vez, Hermy – le recordó ella, tomando un vaso de naranja.
- Sí, pero él sigue siendo Draco Malfoy, y yo sigo siendo Hermione Granger.
- Eso no voy a discutirlo – zanjó Luna, cambiando de tema – ¿has sabido algo de Ron o de Harry?
- Creo que se han contenido de escribirme porque tienen miedo de mi reacción. Bien saben que en lo que lleguen les va a caer, y grande. Lo de Malfoy no tiene perdón – Luna se echó a reír, y Hermione frunció el ceño – es verdad. Entiendo lo que me dijiste ayer, pero no lo apoyo.
- Ron se pondrá a pitar en lo que piense siquiera que estás defendiendo a Malfoy por encima de él.
- ¡Bastante tengo con evitar día con día que los metan presos o que les den el beso del dementor! – estalló ella, de repente – son unos malagradecidos, los dos, no entienden que no tienen que hacer esas idioteces, por más que se los recuerde. Dejan de lado todas las palabras que…
- Lo que te tiene así es que no estás tanto tiempo con ellos como desearías, Hermy – sentenció Luna, mirándola fijamente de nuevo – son tus amigos, pero han tomado rutas distintas, tienes que entenderlo.
- No me trates como si tuviese cuatro años, Luna. Lo entiendo perfectamente, lo que ellos no entienden es que yo dejé de lado la carrera de auror por protegerlos de sí mismos.
- Y lo que no entiendes tu es que ellos no te pidieron semejante sacrificio.
La habitación quedó en silencio por unos minutos. La respiración de ambas se podía palpar. La Ravenclaw recogió los platos y se puso a lavarlos, mientras que la Gryffindor trataba de serenarse. Últimamente estaba muy irascible, y los comentarios de Luna, si bien siempre eran verdaderos, a veces podían rayar en lo insoportable por su dureza. Siempre había admirado la capacidad de la rubia de decir la verdad más allá de lo imposible, pero encontrarse rutinaria y repetidamente con sus miedos y sus inseguridades no era algo que le parecía precisamente adorable.
- Espero no te hayas molestado – murmuró Luna, ofreciéndole una segunda taza de café.
- No, para nada – desvió Hermione. Después de todo, era la única persona con la que trataba tan a menudo. Luna, de una forma muy extraña, había pasado a ser una de sus amigas. Ginny, siempre ocupada, se había alejado de ella, también, y había encontrado en la particular Luna un apoyo incondicional, básicamente para sus discusiones con Ron, cada vez más frecuentes – Vamos, Malfoy debe haber sufrido lo suficiente intentando comer.
- Pensé que le habías llevado el desayuno.
- Lo hice, pero saltó con palabras estúpidas y le dejé la bandeja en una silla… y luego lo inmovilicé – agregó con una pizca de malicia a la que Luna se estaba acostumbrando. La soledad y el aburrimiento habían sacado una parte macabra de Hermione Granger, en la que poner en práctica los hechizos en silencio se había convertido técnicamente en un pasatiempo y la lectura de libros más pesados que ella en una rutina obligatoria. Ella sólo asintió, un tanto divertida. Apostaba su vida a que Draco Malfoy, el príncipe de Slytherin, preferiría morir a aceptar la comida de Hermione, pues la consideraba infinitamente inferior a él. Lo sabía porque había escuchado suficiente de su teoría en Hogwarts, mientras hacía la ronda con él y Pansy, como Premios Anuales de sus respectivas casas – Por cierto – interrumpió la ola de pensamientos de Luna - ¿Has escuchado algo de una maldición llamada Obscuro? – inquirió Hermione, recordando la lectura de semanas anteriores. Le había dejado con la curiosidad picada la referencia a esa maldición, pero por más que había buscado en la literatura de los Black, sólo había encontrado direcciones a familias de alta alcurnia y, por supuesto, sangre limpia. Como Luna era una bruja sangre limpia, quizá conociera algo de eso.
- No, la verdad es que no. Si quieres le pregunto a mi padre – se ofreció, subiendo las escaleras con ella. La sola idea escandalizó a Hermione. Si había alguien capaz de tergiversar cualquier historia, ese era Xenophillus Lovegood.
- No, no, gracias, es una simple duda, ya resolveré – acomodó, dándole paso a la habitación de Malfoy.
& o &
Caminaba con parsimonia por las oscuras calles de aquella localidad. Las casas, en ladrillo, soltaban un humo denso por las chimeneas, calentando a medias el gélido lugar. No pretendía sacar la varita para darse calor, pues sabía que podía estar pisando terreno enemigo. La squib había tardado siglos en decirle ideas concretas y coherentes, pero luego del uso de Veritaserum y de acopio de su paciencia, había logrado obtener lo que estaba buscando como un desesperado. Una lista de nombres adornaba un viejo pergamino, escritas con una letra delgada, curvada, elegante. Su caligrafía era un orgullo para él, pero en esos momentos otras cosas le importaban más que el ponerse a colocar tildes.
Lovegood, Black, Malfoy, Prewett, Bones y demás apellidos bailaban en el pergamino. Estaba seguro de que faltaban nombres. La mujer había caído rendida luego de la rueda de preguntas, y no había querido quedarse a molestarla más. Se burló de sí mismo, ¿desde cuando tan considerado, él, el príncipe de hielo? Giró un par de veces la cabeza, intentando hacer remitir un poco la tensión que notaba en los hombros y en el cuello, pero fue inútil. Se alzó un poco la túnica en el brazo izquierdo, sin descubrir el antebrazo, mallugado por sus intentos de eliminar los rastros de la marca tenebrosa, y presionó levemente una cicatriz en forma de O que brillaba mortecinamente. Sintió un dolor descomunal por unos segundos, pero el mensaje era lo suficientemente claro como para que Granger comprendiera: «hay que proteger al padre de Luna y a los familiares de las familias que te nombro a continuación. No preguntes, aún no sé usar muy bien este vínculo».
Sí, cubría la claridad que requería un mensaje y estaba impregnado de la confusión que aún albergaba. La maldición en Granger era confusa, extraña, entremezclada con sus orígenes muggles, haciéndola más poderosa, sí, pero más torpe también. Era incapaz de comunicarse con ella mentalmente (lo había intentado, vaya que sí), pero sentía su protección como si una capa de hierro ardiente lo abrazara constantemente. Constantemente se preguntaba a qué se debía la fiereza de la protección de la leona, pero se reprimía de hacer conexiones sin sentido para el momento. Él había tomado una decisión y, para bien o para mal, tenía que vivir con eso.
Había aprendido con ella que las decisiones importantes en la vida se toman en momentos de arrebatos pasionales, porque se decide con el corazón y no con el cerebro. Y en un momento exageradamente apasionado habíase decidido por Luna, y no por ella, aunque hasta ese momento sentía un nudo de arrepentimiento posado en la boca del estómago. Le gustaría hablar con Theodore o con Pansy, pero era un deseo tan imposible que lo borró de inmediato.
Sintió que alguien lo perseguía, sin embargo, achacó la sensación a que llevaba aproximadamente tres días sin dormir y que lo poco que había comido había sido un asco. Dobló en una esquina, decidido a meterse en el primer motel de mala muerte que encontrase. Se había apartado tajantemente de los lujos de los que gozaba con anterioridad, en primer lugar porque la elegancia y el derroche eran características demasiado Malfoy y llamaban la atención donde fuese y, en segundo, porque había descubierto que tanto los muggles como los magos podían vivir en situaciones precarias y, aún así, sobrevivir.
Dio de frente contra un edificio casi en ruinas que rezaba Átomo en luces de neón verde, por lo que no dio más vueltas. Entró de inmediato, aún con la sensación de que alguien lo seguía. Si era así, probablemente lo atacaría mientras dormía. Entraría en cualquier habitación y desaparecería al instante siguiente. No podía darse el lujo de morirse, todavía no.
& o &
Se llevó una desagradable sorpresa cuando una parte de su cuello ardió con tanta intensidad que le nubló la vista por unos segundos. Comía plácidamente con Ginny, mientras que Dean canturreaba una canción alegremente, en la sala. La voz de Malfoy resonó en su cráneo como un aparato sonador, repitiéndole un par de veces palabras que al principio no tenían pizca de coherencia. A la tercera, que el ardor había mitigado un poco, entendió el mensaje y soltó un gritito. Ginny se exaltó, mirándola.
- ¿Estás bien? ¿Quieres regresar a San Mungo? – preguntó, con la alarma impregnada en la voz.
- No, no, estoy bien – contestó ella, suspirando en lo que Dean entró en la habitación, sorprendido.
- No ha pasado nada, amor, son tus chillidos de gato apaleado, la han asustado – se burló Ginny, haciendo mofa de la grave voz de su novio.
- Así me quieres, con voz de gato apaleado. ¿Estás bien, Hermione? – quiso saber, examinándola con la vista.
- Sí, sí – aseguró, negando con las manos – aún tengo secuelas de lo que me mandó a San Mungo, pero ha ido mitigando con el tiempo. Seguro en un par de semanas desaparecerá todo el dolor – terminó, dando un sorbo a la cerveza de mantequilla que Ginny le había ofrecido.
- Bueno, cualquier cosa, estaré en la sala recogiendo el desastre que cabecilla de antorcha deja por toda la casa – se prestó, sacándole la lengua a la pelirroja. Ella se echó a reír y se acercó para darle un beso en los labios, bastante fugaz para la pasión que solía caracterizarlos. A pesar de ello, Hermione se sintió un poco incómoda con la situación.
- ¿Estás segura que puedo quedarme unos días aquí, Ginny? No tendría problema de pasar a visitar a mis padres mientras regreso a Argentina, de verdad – Ni de chiste pretendía quedarse mucho tiempo en Londres. Se había acostumbrado, en poco tiempo, al mundo muggle, que tan vida suya había sido antes de Hogwarts que no le costó recobrar la rutina, diez años más tarde. La idea de visitar a sus padres no le disgustaba en absoluto, además, le brindaba oportunidad de pasear por cálidas playas antes de volver al clima gélido de América.
- Sí, sí, disculpa – pidió ella, dándole una nalgada que pretendió ser discreta al moreno, quien soltó un par de carcajadas antes de desaparecer de la cocina del amplio apartamento – Harry vive en Grimmauld Place, y son más las noches que Ron pasa con él que conmigo, aunque oficialmente no pisa este lugar desde que Dean se mudó a acá, así que no hay problema. Trataré de no incomodarte tanto.
- No me incomodas, es sólo que perdí la costumbre – confesó Hermione, asumiendo que desde hacía mucho no tenía una relación propiamente dicha.
- He visto que Nott se preocupa mucho por ti, es más, raya en la devoción. ¿Qué le has hecho como para que esté tan al pendiente de si te sale una horquetilla en el cabello? – quiso saber, intentando ponerse al día en la vida de su amiga. Se veía más rellenita, pero le sentaba. Antes estaba pálida y demacrada, y una ola de tristeza parecía abarcarla todo el tiempo. Los ojos le brillaban, aún con las oleadas de dolor que paulatinamente le daban. La castaña se rió entre dientes.
- No le he hecho nada. Nos hemos convertido en muy buenos amigos, de verdad. Ha sido un soporte increíble, y, al contrario a lo que pensaba en Hogwarts, no es un solitario amargado que disfruta de las noches de lluvia, aunque de hecho le gusten los días lluviosos – le contó, acomodándose en el mullido mueble que la pelirroja había invocado para ella.
- Pareces conocerlo muy bien – comentó Ginny, terminando el vaso de cerveza de mantequilla que le guindaba en la mano y llenándolo de nuevo, y el de Hermione, sin importarle que estaba por la mitad apenas – Está como guapo. Ya no es ese esbirro que perseguía a Malfoy por todos lados.
- Tienes razón, no lo es – acordó Hermione, dejándose envolver por los recuerdos. Algo de la añoranza y la nostalgia alegre que se hizo en ella debió mostrarse exteriormente, porque de inmediato fue regresada a la realidad con un silbido rítmico emitido por su amiga - ¿qué, qué ocurre?
- Lo último que me faltaba. Que una sabelotodo se enamorara de un taciturno – se burló, guiñándole un ojo – será nuestro pequeño secreto, pequeña saltamontes – aseguró, al ver que se teñían furiosamente de rojo sus mejillas. No pudo evitar reírse a todo pulmón - ¡No has matado a nadie, Hermione, te lo tienes bien merecido!
- Pero es que yo no tengo nada con Theo, ¡Ginny! – la torpeza de sus propias palabras la hizo sonreír. No era mentira lo que le aseguraba a su antigua compañera y ahora amiga, pero, ¿a qué se debía la rapidez con que había desmentido todo aquello? No era una niña, y sabía que sentía algo por Theodore, no obstante, creía que sólo era un increíble sentimiento de agradecimiento y de complicidad que sólo ellos dos entendían. Rogaba porque fuera eso, y nada más, porque si no, bien gorda que se le armaría, pues aún se le caía el piso cuando pensaba en cierto rubio.
- Eres absolutamente convincente. Dime, ¿duermen en el mismo apartamento? – preguntó con detenimiento.
- Eh, sí – respondió insegura Hermione, entre contrariada y divertida por las preguntas.
- ¿Comparten el mismo cuarto de baño? – la voz de Ginny denotaba las ganas irrefrenables que sentía de burlarse de ella, pero aún así, cedió.
- Sí…
- ¿Ven esas cosas que tienen imágenes mágicas?
- ¿Qué cosas?
- Películas. Tu y Harry son adictas a ellas – le dijo, claramente confundida por la pasión por ellas.
- Sí, en la sala tengo un pequeño estudio de… - unas llaves tiñeron de un sonido metálico todo el apartamento, y una sombra veloz se coló entre las piernas de la alegre Ginny. Alzó algo entre brazos, una bola de carne que debía pesar unos cuarenta kilos o poco menos. La risa de un niño inundó el pecho de Hermione de un sentimiento que no sentía desde que se había marchado de Londres, y un latigazo doloroso se hizo entre su pecho. Reprimió las repentinas ganas de echarse a llorar en lo que el niño notó en su presencia y gritó de alegría, bajándose con premura de los brazos de "ía Ginny" y arrojándose a los de ella, sorprendiéndola ante el reconocimiento. Un par de besos babosos la hicieron reír verdaderamente.
- Hola, Teddy. Hace mucho tiempo que no te veo, ¿me extrañaste? – fue lo único que atinó a preguntarle al pequeño, sacudiéndole el cabello cano, color paja, sin inmutarse siquiera ante el cambio inmediato a un rojo chillón, lleno de rulos. El niño asintió con la cabeza violentamente.
- Te extrañamos mucho papá Harry y yo, Ermy – le dijo, con un hilillo de voz. Esas palabras le encogieron el corazón por unos segundos, y le entregó al niño a Ginny, sin poder contener las lágrimas.
Ese niño era una de las razones más fuertes que hacían que la culpa se hiciera una con ella todos los días. Se había convertido en su guardiana, su maestra, su cuidadora, casi una madre para él, y él era para ella como un hijo, o un hermano menor. Lo había extrañado enormemente todos y cada uno de los días que había pasado lejos de Londres, y siempre se encontraba preguntándose si había comido bien, si tendría frío o si Potter le habría leído las historias de lunas locas que tanto le gustaban.
Se enjugó las lágrimas con las manos, sin hacer conexión entre la presencia de Teddy (que le contaba una historia bastante particular a Ginny, con el licor a medias inundándole el cerebro) y el quién habría podido traerlo hasta allí. Por un momento pensó en desaparecerse, porque sabía perfectamente que no podía ser Ron (Theo se había ido con Pansy a averiguar no sabía qué cosa y entendía que Ron cuidaba todo los pasos de la slytherin, lleno de desconfianza hacia ella, y no sin motivos). Estaba huyéndole a la conversación (probablemente a terminar en discusión) con cierto pelinegro de ojos color esmeralda, con una cicatriz en la frente y unos lentes muy característicos.
Sin entender muy bien porqué, se preguntó si aún usaba las gafas que lo habían acompañado desde el día que se había montado en el expreso y que ella había arreglado en tantas ocasiones. También pensó que jamás se le cruzaría por la mente, de tener cinco años menos, que Harry podía ser considerado como alguien a incomodarla en su vida, menos cuando no discutía con él para nada. La relación con Ron, lo que sea que tuviese con Malfoy, y sus propios sentimientos se habían convertido en un puente difícil de atravesar para llegarle a Potter, y llegó un momento en que no pudo comunicarse más con él. Lo había intentado, Merlín sabía que era así, pero decidió no dar más su brazo a torcer en cuanto había dejado de ser Hermione para pasar a ser "ella" o "Granger".
No tuvo que dar muchas vueltas para saber que estaba en la sala, hablando apaciblemente con Dean. Lógicamente no se había percatado de su presencia, pero bastó el silencio repentino del moreno para que el otro callara. Dean puso sus ojos en ella, notablemente incómodo, y en lo que Harry dio media vuelta en el sofá para ver quién había silenciado a su amigo, apagó su rostro y en él se formó una mueca de decepción y algo muy parecido al desprecio. Esa mueca hirió a Hermione en lo más profundo de su ser, pero él no lo sabría. La había traicionado, acusado, de la peor manera posible, y había llegado el tiempo para arreglar sus diferencias, aunque sabía que nada volvería a ser como antes, por lo menos no entre ellos dos.
& o &
La llegada de reviews me halaga como no tienen una idea. Siento cierto desaliento por la poca recepción que han tenido el resto de mis historias, pero prometo seguir con esta hasta el final. El capítulo de hoy abre interrogantes que serán respondidas en el siguiente, pero porque sí. Gracias a todos por sus comentarios, me inspiran y me hacen actualizar rapidito, así que si quieren más, comenten (hahaha igual lo haré, lo saben ;D).
Cambio y Fuera.
Hatshe W.
Escuchando: Here Comes the Sun – The Beatles (canción vital para el próximo capítulo, échenle una escuchada ^^).
PS: Las actualizaciones parecen cortas, pero soy un poco estricta con la cantidad de hojas en Word para cada capítulo. Trato de que no supere las 10, pero sólo porque no me gustan los capítulos excesivamente largos, porque pierden la idea, ni exageradamente cortos, porque son inconclusos. Si quieren que sean más largos o más cortos, háganmelo saber ;)
