Disclaimer: Los personajes pertenecen a sus respectivos autores y no obtengo con ello beneficio económico alguno.

Capítulo VI

FALSAS PROMESAS

Antigua Guerra Santa

Shion temblaba a ratos, sólo un poco, dentro de la pesada túnica patriarcal. Le parecía demasiado incómoda, incluso molesta. Con el terrible calor que había en el Santuario, lo menos que necesitaba era un ropaje de cuerpo completo forrado de seda.

El casco le pesaba demasiado, tanto que sentía que podría romperle el cuello. Y no le gustaba tener ese pedazo de metal sobre el rostro, fingiendo ser uno. Hasta entonces no había comprendido para qué ocultar sus facciones. Pero seguía el protocolo de la mejor forma que podía.

Ese día no podía ser bueno, estaba nervioso y triste. Dohko haría un viaje lejos por un par de semanas, un encargo de Athena al parecer. Hacía sólo unos días que había recibido su nuevo cargo, y no quería que Dohko se fuera justo ahora. Sin embargo se dirigió a la que había sido su casa para despedirlo; ya que para él era imposible abandonar el santuario a menos que surgiera una emergencia debía al menos verlo antes de que se marchara.

Bajó los últimos peldaños, y se encontró con una amplia espalda, coronada con cortos cabellos castaños revoloteando con el viento. Se acercó en silencio.

Sin embargo Dohko ya lo esperaba y en cuanto escuchó el movimiento de la túnica al raspar con el cuerpo de Shion se dio la vuelta postrando una rodilla en el piso y agachando la cabeza.

Desencajó la máscara de su rostro mirando con melancolía a su amigo.

-Levántate caballero.

Pronunció tratando de respetar el protocolo que debían seguir. Sin embargo esas palabras hicieron que el estómago de Dohko se contrajera en una arcada furiosa y desesperada; ¡odiaba que Shion lo tratara así! ¡Como si fuera cualquier otro al que no conociera! Como si en verdad lo hubiera dejado abajo para pavonearse en ese maldito traje y esos emblemas rellenos de joyas que al brillar laceraban la vista y aún peor... que hacían al lemuriano verse aún más atractivo a sus ojos y a los de cualquier otro.

Haciendo un esfuerzo logró ponerse de pie. Shion lo miró de frente ahora, con los ojos brillosos.

-No debes lamentarte.

Dohko se forzaba a ser considerado, aunque su voz ronca sonó como una orden, por suerte nadie estaba ahí, pues darle una orden al patriarca era una ofensa castigada. En ese momento, añoró esos momentos cuando podía hablarle a Shion como le venía en gana. Extrañó a su amigo, a pesar de estar frente a él.

-No es eso. Es sólo que no quiero que te vayas. Eres el único que queda...

La voz de Shion sonaba apagada, triste, buscaba las palabras para expresarle lo mucho que sentía por él, su mente se negaba a trabajar adecuadamente debido a las fuertes emociones que invadían su cuerpo. Y la responsabilidad que caía sobre él le hacía aún más difícil expresarse libremente.

Pero Dohko interpretó de otra forma sus palabras. Como una orden dada porque él era la única opción. El único que seguía vivo y que hubiera sido exactamente igual si hubiera quedado algún otro. La idea de no ser importante por sí mismo, de ser sólo las sobras de un afecto que Shion había dado a todos por igual le hizo sentir aún más rabia.

-Volveré en un par de días. Volveremos a encontrarnos.

Mintió.

Sabía que no iba a volver... no quería volver. Sasha le había explicado muy claramente la misión que pesaría sobre él. Y aunque había sido una orden y no un cuestionamiento, de haber podido elegir, habría decidido irse.

Dohko no tenía muy claros sus sentimientos, pero prefería marcharse antes de que sus celos hacia el hombre que era su familia se volvieran aún más intensos. Prefería irse lejos de Shion por el resto de su vida, enmohecerse entre las montañas de su tierra para siempre y no mirar atrás de nuevo. Prefería eso que mirarlo con una reverencia fingida y tratarle con recelo todos los días, mirándolo moverse sobre su cabeza. Estarían demasiado lejos de cualquier forma.

-Promete que volverás.

La voz clara de Shion interrumpió sus pensamientos. Lo estaba presionando, incluso se llegó a preguntar si el maldito lemuriano habría leído su mente para jugarle una mala broma.

-Promete que esperarás mi regreso.

Debatió con exigencia. Sintiéndose insultado de que Shion intentara imponerle algo.

-Lo prometo.

Respondió de inmediato, creyendo, ingenuamente, que así ambas promesas quedarían pactadas, más de la boca del tigre blanco jamás salió juramento alguno.

Dohko sintió de nuevo esa molesta sensación de pesadez en el cuerpo. Esas ganas de saltarle encima y apalearlo por ser tan ingenuo, por confiar tanto en él... por quererlo tanto. Sentía que no merecía que Shion le quisiera. Que no merecía quererle... Esa era la vaga sensación que le dejaba el sabor amargo de los celos. Sentía tantas cosas encontradas que comenzaba a desequilibrarse. Por eso prefería irse.

Sus pasos se enfilaron rápidamente hacia las escaleras que conducían al Coliseo, hacia China y muy lejos del Santuario y de Shion.

Pero él corrió a alcanzarlo, dejando su casco rodar en el camino y abrazando su espalda, sintiéndose por momentos incapaz de dejarlo ir; se abrazó a él, tratando de retenerlo a su lado. Había tanto que hacer y no quería hacerlo sólo, quería que Dohko se quedara a su lado y le ayudara a reconstruir el Santuario y la orden que siguieran juntos.

Su mente le gritaba que lo dejara marchar. Y había algo que quería decirle antes de que se fuera.

-Te amo.

Pero sus labios no lo pronunciaron; quizá porque su rostro estaba firmemente apretado contra su espalda, o tal vez por el nerviosismo que recorría su cuerpo, pero su garganta parecía herida, sólo su mente le hizo saber a Dohko la verdad en esas palabras, que lo amaría por mucho tiempo.

El moreno sintió el cuerpo pegado a su espalda y las palabras se clavaron en su cerebro haciéndolo sentir aún más molesto. Al parecer estaba entrometiéndose en su mente, para controlarlo a su manera. Eso quería pensar, pero sencillamente una parte de él no se sentía merecedor de ese afecto y no le creyó.

No podía. Todo le gritaba que Shion estaba fuera de su alcance para ser amigos, mucho más para cualquier otra cosa.

-Igual yo.

Respondió a viva voz, algo seco. Y ni él mismo fue capaz de saber si fue por compromiso o porque en verdad lo sentía. Sólo sabía que quería -que tenía que- irse lo antes posible. Y eso hizo.

Se soltó de los brazos de Shion, apenas tocándolo para no dañar la fina túnica y sin nada en las manos se encaminó a su nuevo destino, sin mirar atrás. El patriarca lo miró partir, con ese hueco en el pecho que desconocía qué era, pero lo obligó a mirarle hasta que su silueta se perdió del todo de sus ojos.