Esguince
La gente se aglomeró alrededor siendo seducidos por la curiosidad y guiados por los quejidos de dolor que si bien no eran intensos tampoco eran ignorables.
Vio su tobillo. Esa extremidad no debía, por ningún motivo, verse de ese modo. Dolía, mucho, pero su orgullo era grande como para tirarse a llorar. Mordió su lengua con fuerza.
‒¡Háganse a un lado!‒ exclamó el profesor Gai, encargado de impartir la clase de educación física. Llegó a donde el rubio se encontraba, había caído de una altura considerablemente alta, se agachó y revisó la herida ‒Avisen a la enfermería, vamos para allá‒
‒Lo llevaré yo‒ dijo una voz detrás del persistente profesor ‒. Usted siga con su clase‒el maestro Uchiha le entregó unos papeles, razón por la cual se hallaba en ese lugar, se arrodilló y tomó a Deidara cual damisela en peligro.
‒Tranquilo chico, ¡que esto no apague tu llama de la juventud!‒ decía el profesor Gai mientras se apartaba del camino del azabache.
Es como si tuviese un radar o una alarma detestable que avisaba siempre que el rubio estaba en problemas.
Y la odiaba.
Refugiado, o más bien, aprisionado, entre los brazos de su maestro fue transportado hacia el consultorio escolar improvisado. La colonia con aroma a roble, el agradable calor ajeno y esos fuertes brazos que le rodeaban le hacían sentir que se desmoronaría en cualquier instante. El hombre dejó al chico sobre la camilla, el médico escolar le puso unas pomadas, de dio un par de medicamentos, envolvió su tobillo en varios vendajes y recomendó reposo por lo menos durante una semana.
‒¿Tienes a alguien que te cuide? Es mejor no apoyar ese tobillo. ¿Quién va a venir por ti?‒ esa pregunta dejó al chico totalmente en blanco, no tenía a nadie, absolutamente a nadie.
‒Yo lo cuidaré‒ Madara le sonrió, parecía que el único que lo escuchó fue el ojiazul.
No estaba solo.
