VICEVERSA

Capítulo VI: Cosas Sin Resolver

Para alegría de las mujeres de Konoha y algunos apostadores ilegales, Minato y Kushina se habían separado. Cuatro meses habían pasado desde entonces y las féminas recordaban tal episodio como un mal chiste, eso si hablaban con Minato. Si hablaban con Kushina se les ocurrían la peor cantidad de groserías posibles. De esas impronunciables. Claro que Minato les pedía, por decreto de su buena educación, que pararan de ofender a su ex novia. Por su parte, Kushina las mandaba a paseo.

Dentro de esos cuatro meses de separación, ni El Rayo Amarillo ni la Habanera Sangrienta se habían dirigido la palabra. No porque no quisieran, pero cuando todo terminó, se encontraron a sí mismo siendo tímidos, no encontrando nunca el momento ni el lugar para hablar. Además, ¿de qué querían hablar? No es como si tuvieran un tema de conversación. Todo había terminado de forma 'limpia', cada quien había hecho su parte en aquel tonto plan de amor y se habían liberado como tanto ansiaban. ¿Para qué hablar? ¿Para que recordar su desliz? ¿Para qué?

Que ambos se hicieran todas estas afirmaciones no ayudaba en nada a la ansiedad de querer verse nuevamente, empero, tras un mes de obligarse a sí mismo a pensar de tal forma, la necesidad se convirtió en una idea hasta transformarse finalmente en un recuerdo. Un recuerdo que a veces se materializaba por la calle con cabello amarillo, con largos cabellos fuego, con ojos de diferentes tonos de azul y bajo un nombre susurrado por lo bajo.

Y aunque ambos deseaban volver a encontrarse cara a cara aunque fuesen unos minutos, nunca lo hacían. Sus misiones no coincidían, sus lugares frecuentes, sus amigos, sus reuniones. Era como si todo hubiera vuelto a como era antes del plan fallido de unir a Mikoto y Fugaku, cuando no se importaban y no se veían.

El problema era que ahora sí se importaban.

OoOoOoOoOoO

Kushina ordenó a los hombres de la mudanza el lugar donde quería que acomodara los sofás. No sin antes haberlo pensado detenidamente cinco minutos, comenzando a irritar a los machos. Pero bueno, no es que no les estuviera pagando, ¡y por hora!

Se decidió por la orientación y siguió dando indicaciones para los demás muebles. Su nueva casa (patrocinada por sus sueldos y su buen amigo Fugaku Uchiha) se localizaba en un barrio de clase alta, bastante limpio y completamente tranquilo, rodeado de arboledas y con suelo de piedra. Era hermoso, joder. Ya no se ensuciaría la ropa al salir de su casa por culpa del maldito polvo de las calles no pavimentadas.

Cuando todo aquello que debía ser cargado por un hombre y no por una dama fue movido del camión a la casa según las reglas de la cortesía (o el machismo, dependiendo de qué tipo de mujer lo razonara), Kushina despidió a los hombres con una sonrisa y un montón de cervezas porque ella era buena anfitriona y conocía la necesidad de una bebida alcohólica bien fría después de un largo trabajo. Como siempre, no es que ella fuera una bebedora empedernida, pero se daba sus gustos cuando podía. A la mierda la minoría de edad. Ella mataba personas desde los quince. Seguro que eso también debería ser contra la ley.

Entonces Kushina se dirigió al refrigerador para descorchar la botella de vino que había preparado para la ocasión cuando recordó a su buen amigo Fugaku. Si iba celebrar haberse instalado en su nueva casa, definitivamente necesitaría invitarlo. Corrió hasta la sala y cogió el teléfono cuando recordó que todavía no daba de alta la línea y maldijo a los servicios telefónicos del mundo por no adivinarle los pensamientos e ir a instalarle el servicio por sí mismos y su intuición. Al final, tuvo que salir de casa sola y a pie hasta el distrito Uchiha.

Dios qué engorro.

Todo el camino hasta llegar a casa de Fugaku, Kushina pensó que estaba segurísima de conocer muy bien la camisa azul puesta a secar en el tendedero del vecino de enfrente, pero que no recordaba exactamente en dónde.

OoOoOoOoOoO

Ahora que tenía una casa hecha y derecha para sí misma, Kushina se sentía poderosa, riéndose del borracho Fugaku que todavía (y a esas alturas de su vida) vivía en casa de sus padres.

—¡Tan grande y tan hijo de papis, 'ttebane! —se carcajeó.

—Cállate —apenas logró articular su amigo—. Fueron tus suegros alguna vez.

Uzumaki casi se ahoga con la cerveza que tomaba. El vino hacía largo rato que se había terminado.

—Silencio. No lo recuerdes, ¡es como invocar a Satanás, dattebane!

Fugaku soltó la típica risilla ebria y siguió rememorando el momento aun cuando su amiga deseaba olvidar.

Ninguno de los dos olvidaba la bochornosa noche que habían pasado cuando fingieron ser novios frente al patriarca Uchiha, con tal de disipar sus sospechas de que su hijo era homosexual.

Kushina había llegado a casa de su amigo no a tiempo, sino con varios minutos de antelación por primera vez en su vida. La había recibido su suegra ficticia con rostro serio y modales agradables. Todo un contraste. La había invitado a pasar y la sentó en la sala hasta que la comida estuvo lista. Mientras, Kushina tuvo que soportar un largo interrogatorio por parte del padre de Fugaku, mientras que este intentaba persuadirle amablemente que, por el amor del dios Kishimoto, se callara de una puta vez y dejara de acribillar a su mejor amiba barra novia por una noche a preguntas, cosa que resultó infructuosa porque su padre no se calló una sola vez hasta que su esposa llamó para que pasaran a la mesa.

En el comedor, Kushina sufrió más de lo mismo, apretando los dientes, arrugando su vestido por los bordes y con la sonrisa más tensa que había realizado en su vida, tuvo que soportar el interrogatorio dos veces, ahora con su supuesta suegra, que no se cortó ni se avergonzó por realizarle el ritual desmoralizante por segunda vez en la noche. Fugaku hizo la misma cosa que en la sala con el mismo infructuoso resultado, pues su madre era tan persistente como su padre.

Malditos genes Uchiha.

Entonces, cuando la cena había terminado y volvieron a la sala, el padre de Fugaku comentó lo mucho que le gustaba ver el 'amor joven' y no se cortaran por los dos adultos que se encontraban con ellos. Uzumaki pensó que el viejo era un voyerista de lo peor, pero se guardó el pensamiento y se sentó más cerca de Fugaku.

—Pero no sean tímidos —dijo la matriarca Uchiha y la sugerencia sonó a orden y su pobre hijo, sudando como cerdo y las manos temblándole como si estuviera estrenando Parkinson avanzado, deslizó su mano por la espalda de Kushina y la abrazó ligeramente por la cintura. La pelirroja le miró con cara de 'una cosa más y te juro que te mato', pero no dijo nada.

—Y dime, Kushina, ¿qué es lo que más te gusta de Fugaku?

La pobre mujer casi se atraganta con su propia saliva. Ese suegro suyo la iba a matar.

—Yo... lo mucho que me divierto con él —respondió, preguntándose interiormente de verdad qué era lo que tanto le agradaba de él, aunque claro, pensándolo como su mejor amigo.

—Ya veo. Y tú ¿qué tienes para ofrecerle a nuestro hijo?

—Padre, eso es impertinencia.

—No, no lo es —secundó su madre a su esposo—. Si van a casarse pronto necesitamos saberlo para dar nuestra bendición.

—¿Ca-casarnos, dattebane?

—¿Es que no piensan casarse? ¿Piensan vivir juntos así nada más como los animales? Creí haberte educado mejor que eso, hijo.

—Acabamos de comenzar a salir, padre. No estamos pensando en casarnos.

—Cuando tu padre y yo comenzamos a salir, en seguida pensamos en la boda, no veo por qué tú no puedes hacer lo mismo.

—¡Madre!

—¡Hijo!

—Señores —interrumpió Kushina, no sabiendo si estaba a punto de cometer la mayor torpeza de la noche—, no me siento cómoda hablando de esos temas.

—¿Y con qué te sientes cómoda, Kushina? —respondió enfurruñada la madre de Fugaku—. ¿Con ese horrible gusto para vestir tuyo?

—¿Disculpe?

—Madre.

—Señora, en ningún momento la he ofendido. No permito que me ofenda usted a mí, dattebane.

La señora bufó y en seguida cruzó los brazos.

—No parecen una pareja muy cariñosa —sentenció el hombre mayor, cambiando de tema por uno incluso peor.

—Somos tímidos, padre.

—Tímidos y un cuerno. Puedo ver que esta niña tiene las manos muy largas.

—¡Señora!

—Si ustedes no van a cooperar, lo mejor para mi novia es irse y regresar cuando se encuentren menos tensos.

—Por favor —bramó la madre. Kushina rechinó los dientes—. No tienes por qué acompañarla a la puerta.

—Es mi novia.

—Y una kunoichi. Puedo cuidarse sola.

—Lo que tu padre dice es cierto —dijo Kushina, con la sonrisa tirante, rogando por salir del noveno círculo del infierno lo más rápido posible—. Puedo irme sola.

—¿Lo ves?

—Me han educado mejor que eso.

—No importa, déjala irse.

Kushina hizo una corta reverencia, alegando que regresaría pronto. Claro que en su mente pensó que 'pronto' significaba 'cuando se mueran, viejos cascarrabias'.

—Adiós, gracias por la 'agradable' velada —la pelirroja no pudo evitar escupir ironía en sus palabras. Malditos padres de Fugaku.

—Y bueno —interrumpió su despedida su suegro—, ¿no vas a besarle de despedida?

Oh, no. Diablos, ni hablar.

—Claro, señor.

Kushina se acercó a un nerviosísimo Fugaku, que sudaba a chorros y que le miraba estranguladamente. Ella, con todo el dolor de su alma, se acercó a él y fingió besarle en la mejilla. No, no pensaba tener contacto labial con su mejor amigo de ningún tipo. Nunca. Jamás.

—¿Eso es todo? ¿Eres su novia? ¿Cómo piensan tener hijos? ¿O acaso crees que la cigüeña los trae?

Y, ¡bum!, Kushina explotó. Ya estaba harta de su maldita indiscreción, de su altanería, voyerismo y despectivismo. Eso... esos hijos de...

—A la mierda, Fugaku —gritó, girándose ciento ochenta grados y mirando como poseída a los padres de su amigo—. Estoy harta de esto. ¿Me oyen, dattebane? HARTA. Son las personas más horribles que jamás he conocido y espero no volverles a ver en mi vida. Y para que lo sepan, Fugaku y yo no estamos saliendo. Somos amigos y vine aquí para hacerle un favor para que ustedes dejen de creer que es homosexual porque no lo es. Simplemente no le interesa andar por allí de semental, 'ttebane. Deberían estar avergonzados de ser tan mezquinos, joder.

Al final de su monólogo, Kushina cogió su bolsa del perchero junto con su abrigo y salió dando un portazo atronador.

Malditos Uchiha. Desgraciados. Infelices.

—¿Recuerdas todo eso, Kushina? —picó Fugaku en el presente a su mejor amiga. Ella dio un largo trago a su lata de cerveza.

—Me odiaron nada más verme. Y yo les odié también.

—Pero se disculparon.

—Achaco eso a un milagro.

—Pensaban que no eras suficientemente buena para mí y por eso te odiaban —hipó—. Cuando les expliqué correctamente nuestra relación hasta les caíste bien.

—Todo un misterio.

—Salud por eso.

—Salud.

Fugaku y Kushina bebieron otro paquete de cervezas.

OoOoOoOoOoOoO

Minato salió de la florería Yamanaka con un pequeño ramo de lirios en la mano. Eran un regalo de presentación. La tarde anterior alguien, por fin, se había mudado a la casa frente a la suya y él pensaba darle la bienvenida a sus nuevos vecinos.

Como no sabía cocinar muy bien, descartó rápidamente la idea de preparar algún tipo de alimento para mostrar sus buenas intenciones para con los nuevos habitantes del hogar y optó por entregar un sencillo ramo de flores. Se preguntó qué tipo de personas vivirían en la casa. ¿Una familia, tal vez? Había estado muy ocupado con las misiones últimamente, vagando de esta aldea a la otra, como para enterarse de todos los detalles sobre la mudanza. Pero no importaba porque ya los conocería.

Sólo esperaba que no fuera una mujer loca que le vigilara desde la ventana con unos binoculares.

OoOoOoOoOoOoO

No existía nada tan fastidioso como los vecinos roñosos que buscan un buen chisme y tocan a la puerta de la casa del nuevo vecino todo el santo día con excusas estúpidas y regalos inútiles. De las diez personas del barrio que habían ido a visitar ese día a Kushina para presentarse y husmear, ella ya odiaba a ocho. Paseándose por su casa como si fueran reyes, criticando su sentido de la decoración como si a ella le importaran sus opiniones y les fuera invitar a pasar de nuevo. Toda esa gente infinitamente irritante merecía morir. Lento. Doloroso. Cruel.

El timbre sonó por onceava vez en el día y Kushina dejó de intentar sacar las sartenes que todavía estaban embaladas en cajas y se dirigió a la puerta. Como no fueran los malditos técnicos de la televisión por cable o el teléfono allí iban a correr ríos de sangre y no suya precisamente.

—Ya voy.

OoOoOoOoOoOoO

Cuando Minato tocó la puerta de su vecino, no intentó adivinar qué clase de persona le abriría. No pensó anticipadamente si sería una niña, un joven, una mujer o un anciano. Un joven matrimonio o una persona solitaria. Tal vez un grupo de amigos, aventurándose en el terreno de las facturas propias. Simplemente esperó sin esperar nada. Empero, si rebobinaba el momento poquito y de verdad lo intentara, habría esperado cualquier persona excepto a ella.

Cualquiera, incluso monos espaciales o toros que hablaban; de verdad que cualquiera excepto Kushina.

De pronto, al verla frente a él con el cabello revuelto y la expresión irritada, su ramo de lirios pareció tan fuera de lugar. Su sonrisa cortés se congeló y las palabras que había preparado con antelación murieron en su garganta. Se había quedado en un estado muy cerca de la catatonia. Sus neuronas se dieron unas merecidas vacaciones justo en un momento crucial.

¿Qué hacía ella allí?

Por su parte, Kushina achicó los ojos ante la visión de Minato, intentando descifrar si la persona que quería pero no esperaba ver estaba materializada frente a ella o comenzaba a tener feas alucinaciones por causa de sus constantes ataques de ira. Sus pensamientos se enredaron como audífonos en el bolsillo y no supo muy bien qué pensar, qué decir ni qué hacer. Se volvió tonta de repente.

—¿Vienes de parte de la compañía de cable, 'ttebane? —en seguida de decir eso, se sintió tremendamente estúpida. ¿Por qué no le comían la lengua los ratones simplemente para que se quedara callada? La compañía de cable, ¿podría haber dicho algo más tonto?

—Uh, no. Yo —en este punto, Minato se dio una fuerte, fortísima, bofetada mental y se obligó a pensar correctamente o a, por lo menos, hilar dos pensamientos seguidos— vengo a darle la bienvenida a mis nuevos vecinos.

—¿Nuevos vecinos? —inquirió Kushina, como ida, y pensó en la camisa y el tendedero del día anterior. ¿Era posible que...?

—Sí. Vivo en frente.

Sí, sí era posible.

—Y yo vivo aquí.

—Eso parece.

—Lo que nos convierte en vecinos.

—Ciertamente.

—¿Y has venido a darme la bienvenida con un ramo de lirios sabiendo que era yo, 'ttebane?

—Sí y no —se apresuró en añadir y explicar. No deseaba ser malentendido—. Quiero decir, sí, técnicamente vine a darte la bienvenida pero no, no sabía que eras tú.

Se quedaron en silencio durante un incómodo minuto. Ése no era el reencuentro que habían imaginado. La cosa en sus cabezas incluía pensamientos lúcidos y comentarios ingeniosos por ambos bandos.

—Yo... uhm. Gracias por las flores, supongo —dijo ella, dirigiendo su atención a las plantas mutiladas de tallos. ¿Qué más podía decir?

—De nada —y se las entregó en un movimiento casi mecánico.

Kushina hizo un gesto contrariado, apretando fuerte el ramo que se negó a oler en presencia del rubio. No sabía si echarlo o invitarle a pasar. Supuestamente había jurado tan solo unos momentos mandaría a paseo a todo aquel vecino que osara tocar su puerta en lo que restaba de día, pero, entonces, su vecino era Minato y no era cualquier vecino. Se conocían, o algo así. Vamos, habían salido ficticiamente y, si lo pensaba bien, ni siquiera habían terminado mal. Simplemente habían 'terminado'. No bien, sí incómodo, pero no mal.

—¿Quieres pasar? —pregunto Kushina y rogó a los cielos que dijera que no.

—Bien —y el rogó al dios Kishimoto que Kushina parara de demostrar esa contrariada amabilidad porque a él le habían inculcado que era maleducado rechazar mucho y ya era demasiado tarde como para cambiar sus modales.

Torpes e incómodos, ambos se adentraron en la nueva residencia de la chica. Ella le invitó a sentarse y él se sentó. Ella le ofreció un vaso de agua y él lo bebió.

—Te invitaría a comer —dijo Kushina, desesperada por romper el silencio de alguna manera—, pero no tengo nada en la despensa, 'ttebane. Ni siquiera arroz.

Minato, como quien no quiere la cosa, lanzó una mirada a la cocina de la chica, llena de cajas y más cajas con lo que intuyó eran instrumentos para cocinar. Sartenes, ollas, espátulas y ese tipo de artilugios. Seguro que desempaquetar era un trabajo duro.

—No-no hay problema —tartamudeó. Luego largó un suspiró y pensó qué diablos estaba haciendo. ¿Por qué había perdido su elocuencia? Era sólo Kushina, una chica; había lidiado con un montón de mujeres antes y lo seguía haciendo. Era mejor amigo de una de las más peligrosas que conocía y no se amedrentaba al sostenerle la mirada. ¿Por qué ahora se sentía tímido y patético? Ese no era su estilo. Ni hablar del de Kushina, ella también parecía tan torpe e incómoda como él. ¿Por qué? Sí, se habían besado y no, no habían vuelto a hablar de eso, pero estaban bien. No habían discutido ni se habían dicho que se odiaban y no querían volver a verse las caras jamás. Entonces, ¿por qué la incomodidad?

Y, convencido de que la situación era absurda y risible, Minato se envalentonó y recuperó paulatinamente toda la calma de la cual era poseedor. No iba a temerle a tener una conversación con Kushina a estas alturas.

—Entonces, ¿por qué no vamos al supermercado? Mi despensa también está vacía.

OoOoOoOoOoOoO

Kushina no supo por qué aceptó ir a hacer las compras con Namikaze. Tal vez porque estaba necesitada de auto respeto y debía probarse a sí misma que no era una cobarde bebé llorona. El punto era que se encontraban en ese momento en la sección de lácteos de una reconocida cadena de supermercados eligiendo entre leche deslactosada o ultra pasteurizada.

—¿Cuál llevas tú normalmente, Kushina?

—De la normalita. La que sólo ha sido pasteurizada.

Minato, que hacía las compras muy pocas veces porque prefería comer fuera, meter al horno alimentos precocinados u ordenar pizza, aceptó la sugerencia de la pelirroja. Total, ella era la experta. Él no le encontraba la diferencia a muchos alimentos.

—Yo también necesito leche y… uh, un poco de queso crema y mantequilla. Azúcar, huevos, harina, aceite, arroz, puré de tomate… —comenzó a hacer la lista mental. Joder, cómo odiaba llenar la despensa, le gastaba todas sus enrgías y ya ni hablar de su dinero.

Uzumaki se apresuró a tomar los productos que necesitaba del refrigerador y estaban en esa sección y le dio en seguida alcance al rubio, que llenaba su carrito con chucherías como yogurt, fresas con crema y lechitas chocolatadas. Minato llevaba una dieta poco balanceada, si hay que decirlo.

—¿Y qué piensas cocinar para hoy, 'ttebane? —preguntó, extrañada por la selección de productos de su nuevo e inesperado vecino.

El Rayo Amarillo se sintió un poco cohibido con la pregunta, pero al final respondió.

—Normalmente no cocino.

—¿De veras? ¿No me digas que…? ¿No me digas que eres un inútil en la cocina?

—No es eso —se apresuró a excusar. Que no, no era ningún inútil, pero su recetario constaba de seis o nueve platillos diferentes. Dos de ellos incluían huevo como alimento principal—. No me gusta cocinar.

—Ajá. Claro. Seguro que es eso —Kushina lanzó una mirada por el rabillo del ojo al carrito de su vecino y se tragó la risilla que le pujaba por la garganta al ver una malteada de chocolate. Le imaginaba viendo programas infantiles y con un babero.

—Deja de reír, te he dicho que no es eso.

—¿Qué he dicho yo? —se burló y apresuró el paso con su carrito. El rubio le dio alcance con facilidad. Era su turno de molestarla.

—Bueno, ¿y qué piensas cocinar tú?

Kushina tragó saliva. Ella no pensaba cocinar ese día. Sólo quería esperar a los de la compañía de cable para que ella pudiera seguir consumiendo televisión basura mientras comía la pizza que pensaba ordenar. Desembalar todas las chucherías de su antiguo departamento era todo el trabajo pesado que pensaba hacer durante el resto de la semana. Pero ahora que se había burlado de Minato y siendo ella realmente una buena cocinera, tuvo que salvar su orgullo.

—Cerdo.

—Ajá.

—Con patatas y pimientos.

—¿Y por qué nos hemos saltado la sección de las verduras entonces?

"Porque se me acaba de ocurrir" pensó la pelirroja.

—Se me ha pasado.

Regresaron a la sección de alimentos frescos y Kushina eligió las patatas, unas cuantas zanahorias, lechuga y tomates; manzanas, naranjas, piñas y toronjas. Un montón de cosas en realidad. No había nada en su casa y no pensaba regresar pronto.

—Vas a llenarlo todo antes de comprar siquiera cerdo.

—Calla, mortal. Una despensa debe estar llena.

Minato tuvo ganas de girar los ojos, pero él no giraba los ojos, así que no lo hizo.

—Vamos ahora a la sección de enlatados. Necesito muchas chucherías de esas. Una nunca sabe cuándo se nos viene un apocalipsis zombie y te tienes que atrincherar el resto de tu existencia en tu sótano.

Minato rió de buena gana esta vez, ¿de dónde sacaba Kushina todas esas ideas?

En la sección de enlatadas, Kushina comparó precios y tomó cosas de aquí y allá. Cosas que Minato no sabía que venían enlatadas o para qué servían siquiera. Jo, se sentía tan idiota. Echó un vistazo a lo que llevaba la chica, el carrito lleno a más de la mitad, y se preguntó si cabría todo lo que pensaba llevar y cómo pensaba llevarlo. Suspiró un poco y abandonó sus propios productos por cualquier repisa. Le sabía mal dejarle todo a los trabajadores de la tienda, pero esa mujer no iba a poder con todo lo que necesitaba en un solo carrito.

Así pasaron el resto de la tarde. Kushina llenando el carrito y Minato viéndola desvariar sobre si era mejor tal marca o cual. Hacer las compras no era tan divertido como ponían en las telecomedias o telenovelas. Era aburrido, fastidioso y nada divertido. Le entraban ganas de no regresar al supermercado jamás.

—Creo que ya tengo todo —murmuró Kushina, que ya casi había olvidado que Minato iba detrás de ella. Mientras tanto, los dos carritos estaban rebosantes con comestibles, papel higiénico, detergente y ese tipo de cosas que se necesitan en las casas.

La mujer se giró y se encontró a Minato con cara aburrida, observando los anaqueles sin mirar y cayó en cuenta que el hombre iba acompañándola y que, joder, ambos carritos de compra estaban llenos de productos suyos y nada de él. Por lo menos nada que se viera.

—Minato, ¿por qué no me dijiste que vienes arrastrando todo esto? —preguntó un tanto molesta, un tanto avergonzada y un poquito, tan sólo un poco, conmovida con la amabilidad del chico. Ella se había olvidado olímpicamente de él y él había continuado con ella sin quejarse o rechistar.

—Estabas ocupada decidiendo si comprar chiles jalapeños enteros o en rajas —bromeó. Ella no cogió la broma.

Kushina masculló un 'idiota' por lo bajo y le prometió que a la próxima ella jalaría el carrito de la compra por él. Que juraba por el honor de la aldea del Remolino que lo haría. Él se negó, ella insistió, así que quedaron que sí, que efectivamente, irían otro día y Kushina sería la esclava de Minato.

No se dieron cuenta que de nuevo podían hablar fluidamente, como si nada malo hubiera pasado entre ellos.

Lo malo comenzó a suceder cuando, en la fila para pagar en la caja, todas las personas, en su mayoría mujeres, les miraban como si fueran marcianos llegados para colonizar la Tierra. Kushina ignoró eso al principio, pero luego notó sobre qué chismorreaban: ella. Para ser más exactos: de Minato y ella.

Y es que ¿cómo podía una ex pareja ir a hacer las compras al supermercado juntos, como si nada hubiera pasado? Eso era inconcebible, y más si se tomaba en cuenta el rumor en el que Kushina había ido a llorarle a Minato a su casa a las cuatro de la mañana para pedirle con sus lágrimas que regresaran. Y era todavía más extraño si se le añadía el otro cuchicheo de que Minato le había cerrado la puerta en la cara, gritándole que no quería volver a verla en su vida. O ese donde hablaban sobre Kushina engañándolo con Fugaku, un supuesto embarazo y la duda de quién diablos era el padre.

A la Habanera Sangrienta le dieron ganas de hacer gala de su apodo, pero se contuvo porque no quería que la vetaran de ese supermercado. Era el más cercano a su casa. Eso y porque Minato la sostuvo por la muñeca (de la mano no, eso era demasiado romántico para su relación actual) y la tranquilizó con una mirada y una sonrisa, pidiéndole silenciosamente que las dejara rechinar los dientes. Que no importaba nada de lo que dijeran. Que ellos estaban bien y que todo era una pérdida de tiempo. Ella se calmó, no por ella, sino por Minato.

No supo de dónde salió ese último pensamiento.

OoOoOoOoOoOoO

Minato se encontraba en la cocina de Kushina picando las patatas y los pimientos. La chica preparaba la carne para freír mientras tanto. El cómo habían llegado a esa situación no había sido un gran misterio. Minato había llevado la mitad de las bolsas (que eran muchas) hasta la casa de Kushina y ella, agradecida y sin querer queriendo, le invitó a quedarse y a tener 'una comida como el dios Kishimoto mandaba' por una vez en su vida. Ella le había obligado a sentarse, pero él se había reusado. Quería ayudar. Era lo menos que podía hacer.

—Si quieres dejar de hacerlo no hay problema, Minato. En serio 'ttebane.

Él negó con la cabeza. Picar verduras no era tan difícil.

—Debo ganarme mi comida.

Ella giró los ojos.

—Ya te la has ganado —y señaló las bolsas llenas de comestibles con la barbilla.

—No, por eso he ganado a una esclava.

—Muy gracioso.

Y siguieron preparando los alimentos. Claro que, cuando se vino la parte de freír, Minato se alejó de la flama y comenzó a buscar entre las cajas esparcidas por el suelo platos, cubiertos y vasos. Comer en el suelo y directo de la sartén no era una idea que le llamara la atención.

—¿Tienes algo para beber?

—¿Cerveza?

—No, creo que es demasiado temprano para beber —alegó y recordó fugazmente el concierto y a Kushina ebria, rendida en sus brazos—, algo como jugo.

Kushina alejó sus ojos de la sartén y los dirigió a su visitante por unos segundos.

—No recuerdo haber comprado algo de eso, dattebane.

—Yo tengo gaseosa en casa. Ahora vuelvo.

El 'ahora vuelvo' de Minato se convirtió en un 'vuelvo en media hora', porque no, el chico no tenía refresco en su frigorífico y tuvo que ir rápido como un rayo hasta la tienda más cercana, la cual estaba abarrotada de gente y por más Rayo Amarillo de Konoha que fuera él, la cajera no tenía veinte pares de manos y ojos. Al regresar, Kushina ya había terminado de poner la mesa y verificaba que se hicieran correctamente las conexiones de su servicio de cable. Despachó a los señores en diez minutos más y juntos se encaminaron hasta la mesa.

—Creí que habías huido.

—Se me presentaron unos problemas —se excusó.

Kushina se encogió de hombros. Volvió, eso era lo que importaba.

—¿Y bien? —preguntó la chica cuando comenzaron a comer—. Soy una gran cocinera, ¿cierto?

Minato reprimió una risilla.

—Lo eres.

—Te lo dije. Tal vez un día de estos decida compartir mis secretos culinarios contigo, dattebane.

—Sería más fácil que me prepararas de comer.

—Listillo.

—Bien, me has atrapado. No quiero cocinar en mi vida.

—¿Qué hay de malo? —preguntó sinceramente la chica—. Me gusta cocinar. No lo amo, pero cuando lo hago me pone feliz. ¿Qué hay de malo con ello?

—Nada. Es sólo que… vale, no sé hacerlo.

—Sabía.

Comieron un poco más. A Kushina le picó la curiosidad.

—¿Y cómo has sobrevivido todo este tiempo?

—Existen montones de restaurantes en Konoha, si sabes lo que quiero decir.

—Yo podría fácilmente vivir de ramen.

—El ramen es bueno.

—Amor eterno al ramen.

—Oh salve el Dios Ramen.

Kushina rió.

—No seas idiota, es el Dios Teuchi. Él es quien prepara un ramen de muerte, 'ttebane.

—Es una religión politeísta. Hay más de un dios. El Dios Ichiraku también está en ella.

—Oh, conozco esa religión. Existe un tal Dios Cupones de Ramen Gratis y otro que se llama Dios Días de Ramen al Dos por Uno.

—Creo que deberíamos dejar a los dioses en paz.

Siguieron comiendo.

—¿De verdad no sabías que yo me mudé aquí?

—¿De verdad no sabías que yo vivo aquí desde hace cinco años?

—Touché.

Masticar, masticar.

—Minato.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué nos besamos?

Ahí estaba LA pregunta que ambos querían hacerle al otro. ¿Por qué se habían besado? Las palabras se habían deslizado de la boca de Kushina como si fueran líquido. Una vez que las pensó, no pudo detener a su boca de pronunciarlas. Tal vez no era el momento preciso para decirlas. Apenas se habían encontrado nuevamente, se habían dignado a mirarse a los ojos y habían hecho las pases, como si fueran amigos. Todo eso en menos de cinco horas. ¿Por qué arruinarlo con esa pregunta?

Kushina sabía por qué, en el fondo, siempre lo supo: porque necesitaba saberlo. No importaba lo mucho que evadiera el tema, que fingiera que no importaba, al final de cuentas su mente sola había decidido que importaba. Que importaba por qué lo había hecho él más de lo que importaba por qué lo había hecho ella. Pues, de alguna forma, la respuesta de Minato se convertiría en su propia respuesta.

—No sé.

Su contestación fue sincera. Él no sabía. De verdad que no sabía a pesar de que tenía la certeza de que estos últimos meses la había extrañado muchísimo, que pensaba en ella más de lo que pensaba en cualquier otra chica, incluidas Mikoto y su difunta madre. A pesar incluso de que las últimas horas, desde el momento en que la vio en la puerta hasta ese mismo instante, se había dedicado a admirar lo bonita que era, lo brillante de su sonrisa, lo cambiante de sus expresiones, lo bien que se lo pasaba con ella, aunque fuera en algo tan banal como las compras.

Y ella tampoco sabía por qué se habían besado, así que lo dejó pasar, aunque se sintió decepcionada. Había esperado algo diferente, ¿qué? No sabía. Sólo lo había esperado como una tonta. Porque se sentía así a pesar de no entender sus propios sentimientos.

—Tal vez fue el momento —sugirió ella con la mirada fija en su plato.

Había escuchado las últimas semanas de sus compañeras de misión que, a veces, el lugar y el momento te hacen ser diferente, que te hacen hacer cosas que normalmente no harías. Como estar de vacaciones en un lugar donde nadie te conoce, reinventarte porque te has mudado, hacerte la interesante porque te encuentras en un bar la noche de tu graduación.

—Puede ser —las palabras supieron a mentira en su lengua. Pero Minato todavía no sabía por qué.

De alguna manera, si bien el momento había sido importante, lo que los había orillado a cometer tal acto era algo más bien interno, no algún factor externo que los engañara para hacerlo.

—¿Tal vez algo que comimos?

El muchacho se encogió de hombros.

—No creo que la respuesta sea tan sencilla. O extraña.

Ambos se quedaron en silencio. ¿No era tan sencillo? ¿Entonces eso significaba que era complicado?

—¿Y por qué no volvemos a hacerlo? —se aventuró a decir, como si no importara mucho en realidad. Pero sí importaba, porque sí ella descubría algo que no quería, no sabría actuar en consecuencia.

Minato le miró con fijeza, preguntándose internamente si lo diría en serio o estaba bromeando. O si Kushina sabía que estaba sonando como una libertina en esos momentos. Probablemente ella también lo notaba.

—¿Por qué deberíamos?

—Para obtener respuestas, está claro, dattebane.

—¿Sin alguna clase de compromiso?

—Sí —afirmó ella, sintiéndose como una putilla. ¿Y luego qué? ¿Se convertirían en amigos con derecho a roce? ¿Es que de verdad era la putilla de los rumores y no se había dado cuenta hasta ahora? Y ella que pensaba que era sensata y todavía poseía una dignidad qué mantener.

—Vale —Minato no se lo pensó mucho. Igual y volverlo a hacer le quitaba lo especial al primero y hasta cambiaba la atmósfera entre los dos, además, no es como si no quisiera.

Ambos se levantaron de sus asientos y se encontraron a medio camino. Kushina no sabía dónde mirar y Minato más de lo mismo. Que hubieran sido valientes y decidieran hacerlo no les convertía en un par de desvergonzados inmorales al instante.

Uzumaki se limpió los labios, Minato la tomó por los hombros.

—¿Empiezas tú o empiezas yo, 'ttebane?

Minato supuso que debía empezar él. Era el hombre después de todo. Un poco de iniciativa debía mostrar.

—Lo hago yo.

—¿Tengo que cerrar los ojos?

—No he visto una pareja que lo haga con los ojos abiertos.

—No quiero tener los ojos abiertos de cualquier manera —dijo la chica encogiéndose de hombros—. Espera, ¿qué hago con las manos?

—Ponlas en mi cintura —indicó Minato, que seguía con las suyas en los hombros de ella—. O puedes dejarlas flojas.

—Las dejaré en mis costados.

—Vale.

—¿Listo?

—Sí. ¿Tú, lista?

—Ajá.

—Aquí vamos.

Y así, de manera experimental y por mutuo acuerdo, ambos comenzaron a besarse. Primero fue un mero roce del cual se separaron al instante. Uh, eso había sido incómodo, pero las cosas no iban a resolverse actuando tímidos. Cuando menos, debían reproducir el beso que se habían dado en los columpios, así que se lanzaron a ello otra vez. Esta vez duró más y volvieron a separarse y a mirarse a los ojos. ¿Eso era suficiente? Se dijeron a sí mismos que no. Pero no hablaban de suficiencia para su experimento, hablaban de ellos mismos. No. Minato aún no tenía suficiente de Kushina y Kushina todavía no tenía suficiente de Minato.

Las manos de Minato dejaron los hombros de la chica y tomaron sus mejillas, evitando su separación más de la necesaria. Y los antaño brazos flácidos de Uzumaki se aferraron fuertemente al rubio, impidiéndole el escape. No que ninguno pensara escapar. Siguieron así, un beso más, otro más, y sus lenguas comenzaron a buscarse, porque lo que se daban no parecía suficiente, ambos querían más.

Súbitamente, sonó el timbre. Una oportunidad perfecta para escapar.

—Ya voy —gritó Kushina, zafándose de los brazos de Minato de forma torpe. Él, por su parte, parecía reticente a dejarla ir.

Era la compañía de teléfonos quien llamaba a su puerta. No supo si estar enojada o agradecida por la intromisión. Había sido en un momento importante. Por una parte, los había detenido y eso estaba bien. Habían excedido completamente los límites de su curiosidad y se habían adentrado en terreno desconocido. Pero, por el otro lado, esa tierra inexplorada era emocionante, embriagante. Adictiva.

—Pase —dijo, aliviada de poder respirar normalmente otra vez y, a la vez, molesta—. ¿Tardará mucho?

—No, señora.

Uzumaki ni siquiera frunció el ceño por el apelativo, que ella era una joven, no una señora. Sus pensamientos estaban en otro lado. En usos de su boca muy diferentes a hablar.

—Lo dejo entonces. Llámeme cuando me necesite.

Kushina deshizo su camino hasta volver a la cocina. No estaba segura de qué encontraría allí aparte de a Minato.

—Eran los del teléfono.

—Sí, sí —dijo Namikaze, sin entender muy bien de qué le hablaba Kushina. Sólo se abalanzó contra ella, la aprisionó por la cintura y volvió a encontrar sus labios con los suyos, por sorpresa, un tanto salvaje. Ella jadeó en su boca, asustada, excitada. Y se dejó hacer por él y él se dejó hacer por ella. Y él la sentó sobre la mesa y ella le rodeó las caderas con sus piernas. Entrelazó sus brazos alrededor del cuello de él y él la apretó más contra sí en respuesta.

Todo se estaba volviendo demasiado caliente, demasiado estorboso. Demasiado.

Y las manos de la chica encontraron camino bajo la playera de Minato y pensó que le estaba dando la razón a la madre de Fugaku en ese mismo momento.

Kushina tenía las manos muy largas.


¿POR QUÉ, DIOS MÍO, ESTE FANFIC ES TAN LARGO DE ESCRIBIR? ¿CÓMO PUEDE UN CAPÍTULO TOMARME SEIS MIL PALABRAS? NO ES DE DIOS. Ja ja. Ya, en serio. Este fic sí que se lleva las palmas a longitud de capítulos. Y con creces.

Como podrán notar, Minato y Kushina tenían mucha tensión sexual acumulada dentro de sus sensuales cuerpos (LOL). Ja ja ja. Andan calientes. Literalmente xD

Dale, esto se acaba en el próximo capítulo, con un poco (poquísimo) de FugaMiko y nuestro hokage favorito haciendo de las suyas xD Sarutobi es un loquillo.

Y aquí sus nombres para la posteridad, gente bonita que me dejó un review en el capítulo (s) anteriores:

Stefany BM

Astrid Lee

Estefany

MissCCPHyuga

xXKushinaXx

Kumikoson4

LightDanica (¡Y HE AQUÍ EL FUGAKUSHI PROMETIDO!)

Sakuita 01

Nade

LuFFy McCormick

Migikuzushi

Visitante sin nombre porque Fanfiction se lo comió/olvidó ponerlo

Mikoto Namikaze

Kasumineko

kiki-chan

CazandoMariposas

Andy-n.n

Por último, quiero recordarles que yo nunca abandonaré un fanfic. Puedo demorarme meses, años incluso, pero no pienso abandonar.

¡Besos embarrados de Nutella para todos y nos leemos en el final!

PD: Los amo mucho.