Capítulo 6
Mientras Harry indicaba con la cabeza su camisón, Hermione lo cerró aún más, sujetándolo por el cuello con ansiedad.
—¿Perdón?!
—Si queremos que esto resulte convincente —explicó— no puedo ser el único que esté sin ropa.
—Pues yo... no veo por qué —tartamudeó ella—. ¿No podríamos sólo... —sacudió la otra mano en el aire, buscando la inspiración entre sus conocimientos escondidos— fingir que me levantó las faldas de mi camisón y luego... mmm... volvió a taparme una vez... terminó?
Potter bajó la cabeza para dedicarle una mirada de incredulidad.
—No me digas que es así como tu tío hace el amor a tu tía.
La simple idea provocó un escalofrío en Hermione.
—Ni siquiera comparten dormitorio.
—Bien, al menos lo hicieron en una ocasión o no habrían engendrado a la encantadora Agatha, ¿verdad que no?
—Daphne —murmuró débilmente Hermione—. Y tuvo que suceder dos veces porque también está Astoria.
Con cuidado de mantener la sábana estratégicamente dispuesta sobre su regazo, Harry retiró las mantas y dio unas palmaditas en el trozo de colchón que quedaba a su lado, mientras su sonrisa insinuante mostraba una ternura irresistible.
—No seas tímida, cariño. Prometo que seré el perfecto caballero.
Hermione se preguntó a cuántas mujeres habría engatusado con esas palabras y esa sonrisa para que se metieran en la cama con él. Sus palabras podían prometer una cosa, pero sus ojos y sonrisa proponían placeres a los que ninguna mujer podría resistirse, placeres que no lamentaría, al menos mientras los experimentara.
Su cama siempre le había parecido demasiado espaciosa, casi decadente, sobre todo comparada con la funda rellena de paja en la que dormía de niña en Escocia, pero el cuerpo masculino de Harry parecía volver diminuta la elegante cama con medio dosel. Nunca hubiera soñado que un hombre pudiera ocupar tanto sitio. O que consumiera tanto aire. Mientras desplazaba la mirada de su sonrisa a los amplios hombros, y luego a esa tentadora flechita de vello que adornaba los planos tensos de su abdomen, sintió una opresión en el pecho y notó que el aire le faltaba.
Temerosa de agravar su mortificación al derretirse ahí mismo, cruzó a toda prisa la habitación, se metió de golpe en la cama y se echó las mantas sobre la cabeza. Sólo entonces se atrevió a sacarse el camisón, con movimientos forzados, y tirarlo al suelo. Con la cabeza todavía enterrada bajo las mantas, se pegó con rigidez al mismísimo extremo de su lado del colchón, aterrorizada de que cualquier movimiento provocara que alguna parte de su cuerpo rozara por accidente el cuerpo a su lado.
—¿Hermione?
—¿Mmm? —contestó medio sorprendida de que él recordara su nombre.
—¿Planeas quedarte ahí debajo toda la noche?
Aferrándose a su último vestigio de dignidad, ya que ropa no le quedaba, respondió:
—Tal vez.
Harry tiró del cubrecama hasta dejar expuestos la nariz y los ojos de la muchacha, quien le miró pestañeante.
—¿Quieres que apague la lámpara? —preguntó.
—¡No! —exclamó con un pánico aún más intenso ante la perspectiva de compartir con él la oscuridad además de la cama. Se sentó, sujetando la sábana sobre sus pechos y sacudiendo el pelo para apartárselo de los ojos—. Tengo una idea mucho mejor.
En cuestión de segundos, echó mano a todas las almohadas y cojines que encontró y los ahuecó para levantar un muro impenetrable entre ellos. Una vez concluido, Hermione apenas podía ver nada por encima del mismo. Dudaba que el propio Napoleón construyera un bloqueo tan impresionante.
—Me siento de vuelta en Askaban —dijo Harry con voz apagada.
—Si mi plan no funciona, es muy posible que vuelva allí —le recordó ella, volviéndose y dando la espalda con decisión al lado de la cama de Harry .
Con un largo suspiro acongojado, él volvió a ponerse cómodo a su lado de la barricada improvisada. Hermione cerró los ojos. Pese a todos sus esfuerzos de relajarse y no prestarle atención, seguía muy consciente de su presencia. Harry parecía no conservar similitud alguna con el muchacho que ella había adorado tanto tiempo. Era un desconocido, tan grande, exótico y peligroso como un tigre africano dormitando bajo el sol. Percibió la fragancia, cuya masculinidad no podía negarse, que desprendía su piel caliente.
Se puso boca arriba con inquietud y lanzó una mirada de odio al medio dosel. Nunca había hecho algo tan escandaloso como dormir sin camisón. Había algo deliciosamente hedonista en la manera en que sus extremidades desnudas se deslizaban contra las sábanas, la forma en que el limpio lino provocaba cosquillas en sus pezones, que se arrugaban. Algo que le hacía desear estirarse y ronronear como un gato satisfecho.
Se volvió de costado y lanzó una mirada iracunda esta vez a la montaña de almohadas, pues sabía que ninguno de los dos conseguiría pegar ojo en toda la noche.
Un ronquido apagado alcanzó sus oídos.
Sujetándose la sábana contra su seno, se sentó y atisbó por encima de las almohadas. Harry tenía los ojos cerrados, la boca levemente abierta, y su respiración era profunda y regular. Con las pestañas de puntas doradas descansando en las mejillas y un mechón caído sobre la ceja, parecía tan inocente como un bebé recién nacido. O en su caso un bebé nacido en el infierno.
La sábana se había escurrido hasta sus caderas. Hermione se mordisqueó el labio inferior, fascinada contra su voluntad por los misterios escondidos debajo. Gracias a la reticencia de tía Margaret, su conocimiento de la anatomía masculina nunca había progresado más allá de lo que había deducido de los rituales de apareamiento de los gatos y de los sementales en los establos de su tío. ¿Qué haría Harry si descubriera al despertarse que ella había levantado la sábana para echar una miradita?
Demasiado asustada, pues sabía exactamente qué haría, se acomodó de nuevo en el nido solitario que ella misma había construido. Lo más probable era que él hubiera dormido con tantas mujeres desnudas en su vida que ya no le distrajera más que el hecho de que Robert the Bruce se enroscara a su pierna.
Dio un suspiro, abandonando toda esperanza de descanso. Pero casi sin darse cuenta, el ritmo íntimo de los ronquidos de Harry hizo que se sumiera en un sueño dulce y tranquilo.
O
Harry se despertó con un cálido cuerpo femenino acurrucado contra su corpachón desnudo y una rabiosa erección. Aunque seguía medio dormido, sabía con exactitud qué tenía que hacer con ambos. Pero antes de poder darse media vuelta y ponerse encima de aquel cálido cuerpo de mujer, buscando un olvido aún más dulce que el sueño, recordó con exactitud a quién pertenecía el cálido cuerpo de mujer.
Abrió los ojos de golpe.
Preguntándose si continuaba soñando todavía, levantó la cabeza lo justo para atisbar por encima del hombro. No, ahí estaba: la mismísima señorita Hermione Granger, con sus rizos castaños vertidos sobre la almohada, las mejillas sonrosadas por el sueño, el cautivador susurro de su aliento en su nuca. Y en cuanto se movió un poco, ella le rodeó la cintura con el brazo y le atrajo aún más contra el refugio exuberante de su cuerpo, tanto que podía notar la ternura de sus pechos desnudos contra su espalda. Aunque pensara que físicamente era imposible, su erección aumentó de tamaño.
Gimiendo en voz baja, volvió a hundirse en la almohada. Aunque todos los cojines y almohadas cilíndricas habían sido retirados del lado de la cama de Hermione, ella nunca creería su inocencia en eso. Bajó la mirada. Hermione había apoyado inocentemente la mano contra su rígido abdomen, sólo a un dedo de distancia de la perdición de ambos.
Estremecido de deseo, Harry se sentó de golpe y le apartó el brazo. En vez de despertarla, como había esperado, ella se limitó a fruncir el ceño y soltar un leve ronquido contrariado, tras lo cual se acurrucó aún más en el colchón.
La sábana todavía cubría sus partes femeninas más pertinentes, pero en esos instantes la graciosa curva de su garganta y las prolongaciones delicadas de las clavículas le parecieron tan tentadoras como las sombras oscuras de sus pezones bajo la sábana. Desprendía un olor cálido y femenino, almizcleño por estar dormida. Ningún perfumista francés conseguiría una fragancia más erótica o irresistible a la nariz de un hombre.
Por sorprendente que lo encontrara el observador ocasional, él siempre se enorgullecía de su autocontrol, sobre todo en lo que a mujeres se refería. Cada palabra seductora surgida de sus labios, cada beso prolongado, cada caricia diestra con la punta de sus dedos estaba calculada para provocar la pérdida de control en su amante, no en él. Pero ahora estaba a punto de perder esa baza decisiva por poco más que el contacto ingenuo de una chica inocente.
La lámpara se había apagado durante la noche. Inspeccionó con mirada entrecerrada las sombras, pero no llegó a distinguir con claridad la esfera del reloj situado sobre la repisa de la chimenea. La luz nacarada que se filtraba por la ventana podía provocarla tanto la luna como el amanecer. Podían pasar minutos u horas hasta que alguien irrumpiera en el dormitorio.
Estudió a Hermione. Sus labios separados eran tan exuberantes y tentadores como unos pétalos de rosa besados por las primeras gotas del rocío.
Prometo ser el caballero perfecto.
Sus propias palabras regresaban de forma obsesiva. ¿No le había dicho en el granero, todos esos años atrás, que no era su costumbre hacer promesas que no era capaz de cumplir?
Arrebatarle un beso mientras estaba tan indefensa y vulnerable, sólo para satisfacer sus propios apetitos carnales, sería impensable, poco escrupuloso...
Se inclinó y rozó sus labios con delicadeza.
E inolvidable...
o
A Hermione la estaba besando un hombre que había nacido para ese arte. Sus labios, firmes y suaves al mismo tiempo, rozaban los suyos una y otra vez con la cantidad adecuada de presión para separarlos. Mantuvo los ojos bien cerrados; si esto era un sueño, no quería despertar nunca.
Pero no pudo evitar agitarse cuando le metió la lengua en la boca. Sus caderas se arquearon sobre la cama como si tuvieran voluntad propia, buscando la respuesta a algunas preguntas que ni siquiera se había atrevido a hacer. Aquella lengua jugueteaba con la suya, acariciaba, provocaba, tentaba, hacía promesas no pronunciadas que no sabría distinguir si eran verdad o mentira.
El deseo vibró denso en sus venas, palpitando en lugares secretos que se había atrevido a tocar sólo en las horas oscuras y solitarias de la noche. El beso prometía que aquello era tan sólo una sombra del placer que podía darle. Hacía el amor a su boca con la misma atención exquisita al detalle que sabía que ofrecería al resto de su cuerpo si ella fuera lo bastante atrevida o insensata como para entregárselo a él.
Manos que ahora ya seguían la curva vulnerable de su cuello, la barrera delicada de su clavícula, la prominencia doliente de sus pechos. Harry tomó uno de los senos a través de la sábana, evaluando en la palma su peso y toqueteando su pezón hinchado con la base del pulgar. Al mismo tiempo, absorbía con suavidad la punta de su lengua, mostrándole con exactitud las maravillas que podría conseguir si se lo permitiera. Hermione soltó un gemido, pues el movimiento irresistible provocaba un estremecimiento de anhelo en las profundidades de su sexo.
Podría haberse convencido de que seguía soñando si no se sintiera completamente despierta por primera vez en la vida. Todos sus sentidos estaban vivos y animados, esclavos voluntarios de la tierna maestría de aquella boca y manos. Sería demasiado fácil fingirse dormida hasta que la seducción se completara. Dejar que él cargara con la culpa y la vergüenza mientras ella se hacía la víctima inocente, mancillada por su deseo incontrolable.
Pero su conciencia no le permitía el lujo de tal artimaña. Tal vez no tuviera valor para mirarle a los ojos y arriesgarse a dejarle ver el amor insensato y fiel que le había profesado y cuánto tiempo llevaba esperando este momento, pero sí podía pronunciar su nombre en el cáliz de miel de su boca, y enredar sus manos en la seda de su cabello y devolverle el beso con un fervor ingenuo que traicionaba toda una vida de anhelo.
La respuesta de Harry fue algo entre un gemido y un gruñido. Aquel sonido primario provocó un estremecimiento vertiginoso en ella. Por primera vez comprendía que tenía sus propias artimañas, un poder sobre él que no requería ni experiencia ni pericia.
Aceptando la invitación no expresa de Hermione, Harry exploró su boca con la lengua en un beso que era tierno y erótico a la vez, mientras deslizaba la mano entre las sábanas y recorría la piel desnuda de su muslo. Hermione soltó un jadeo. Su reputación estaba a punto de quedar comprometida en toda regla, sin embargo, toda su fortaleza moral parecía haberla abandonado. En vez de protestar indignada, lo único que parecía capaz de hacer era acoger con los brazos abiertos su deshonra.
Nunca hubiera soñado que un hombre pudiera ser tan delicado y tan despiadadamente persuasivo al mismo tiempo. Harry la incitó a separar los muslos con la misma facilidad que antes le había hecho separar los labios, desplazando sus dedos con cuidado exquisito sobre la suavidad de los rizos de las partes pudendas.
Allí él descubrió algo que, fuera lo que fuera, pareció complacerle en sumo grado. Su cuerpo poderoso entró en tensión y se estremeció mientras introducía un dedo entre esos pétalos tiernos.
Hermione enterró su rostro contra el hombro y gimió contra su cuello mientras una sensación sin parangón amenazaba con doblegar las inhibiciones que le quedaban. Placer era una palabra demasiado vulgar para describirlo. Era dicha y agonía, y un anhelo desesperado, todo interrelacionado. No pensaba que pudiera soportar otro segundo, pero quería que continuara eternamente.
—Por favor —susurró con voz ronca—. Oh, por favor... —Ni siquiera sabía qué rogaba. Sólo sabía que si no lo conseguía, tal vez pereciera de anhelo.
Pero él sabía con exactitud lo que quería. Sus dedos diabólicamente diestros avanzaban, acariciaban y la provocaban, hasta que ella se retorció bajo su mano. No sabía quién era esta desconocida desvergonzada en la que se había convertido, sólo sabía que anhelaba su contacto y el placer enloquecedor que él le ofrecía, igual que una adicta debía de ansiar el opio. No se había equivocado en cuanto a él. Era ángel y demonio al mismo tiempo, la alentaba sin cesar hacia la promesa del paraíso, al tiempo que pretendía apropiarse del alma de Hermione.
Le pasó el pulgar con delicadeza sobre el pequeño capullo rígido alojado en la base de sus rizos y por un momento eterno permaneció suspendida entre el cielo y la tierra. Entonces una oleada de éxtasis demoledor se apoderó de ella, mientras descendía alocadamente por un abismo del que sólo los brazos de Harry podían salvarla, sólo sus labios apagarían el grito roto, suave, del delirio.
Todavía seguía aferrada a él, perdida en una bruma de deleite, cuando la puerta del dormitorio se abrió de par en par y una voz estridente vapuleó sus tiernos nervios.
—¿Has visto mis peinetas de nácar, Hermione? Tendría que haber sabido que no debía dejártelas. No sabes apreciar las cosas delicadas de la vida. Te contentarías con una apestosa cinta de tela a cuadros o una... —La voz se apagó.
Mientras Hermione se quedaba paralizada, con ojos como platos, Harry la tapó con la sábana y luego se volvió a mirar a la intrusa.
Sonriendo como un gato que acaba de ser atrapado con las plumas del canario entre los dientes, estiró los músculos como un felino y dijo:
—Buenos días, Agnes. ¿Has venido a traernos a tu prima y a mí el desayuno?
