Summary completo:

Bella no tiene demasiado claro si abrazarle o, por el contrario, intentar asesinarle con un tenedor de plástico.

¿Lo mejor? No está sola, ya que ha ido a California acompañada por sus dos mejores amigas y está dispuesta a conquistar las playas de la zona y absorber los rayos del sol hasta estar totalmente bronceada.

¿Lo peor? Edward no solo le rompió el corazón una vez, dejándola plantada una semana antes de subir al altar, sino que parece dispuesto a que la trágica historia vuelva a repetirse ahora que se han reencontrado. ¿Serán posibles las segundas oportunidades?

.

Queridas mias, lo prometido es deuda, y aquí esta el capitulo numero 6, recién salido del horno xd. Enjoy.

Disclaimer: Esta novela pertenece originalmente a Alice Kellen y los personajes son de la autoria de nuestra muy querida Stephenie Meyer. Yo solo la adapto a la saga Twilight.


No sé cuánto tiempo estuvimos fundidos en aquel eterno abrazo, pero ni un millón de años me hubiesen parecido suficientes. De pronto, me sentía confusa, débil y triste. Aferrarme a Edward, calmaba mis miedos.

―Creo que por hoy ha sido más que suficiente ―comentó Hilda, pasados unos minutos―. En cuanto a la segunda sesión… mañana tengo un hueco libre a las cuatro.

Me giré hacia ella, separándome de Edward y despertando de aquel letargo. Quise responder que no era necesario que acudiésemos de nuevo, no deseaba volver a enfrentarme a sus malévolas preguntas.

Pero no pude hacerlo, me había quedado sin habla.

El momento de paz que acababa de vivir, se esfumó de un plumazo. Nunca mejor dicho.

Una gallina. Una maldita gallina estaba en la ventana, sujetándose al marco de madera con sus horripilantes patas blanquecinas.

La señalé con el dedo. Hilda miró al animal, sonrió y le acarició la cabeza con cariño.

―Se llama Cleopatra. Le encanta acudir a las sesiones. Es muy cotilla ―dijo, como si eso lo explicase todo.

En respuesta, la gallina cacareó.

Entonces decidí que, llegados a ese punto, nada podría sorprenderme. Desgraciadamente, tuve que aplastar aquel pensamiento en cuanto miré la libretita donde ella tomaba notas, a la espera de descubrir qué conclusiones había sacado, porque lo único que vi fue un prado verde donde corría un niño ―hecho con cinco palitos―, que sujetaba un globo rojo.

―¿Eso es lo que ha estado haciendo durante la sesión? ―fruncí el ceño―.

¿Dibujar?

Hilda se levantó con cierta dificultad, frotándose las rodillas, sin dejar de sonreír.

― Sí. Deberías probarlo, es relajante.

Edward me pellizcó el brazo, indicándome que mantuviese la boca cerrada.

Caminamos por el estrecho pasillo hasta el exterior. Ya había empezado a anochecer.

― ¿Cuánto es la sesión? ―pregunté, sacando la cartera del bolso, mientras Edward se entretenía acariciándole las orejas al terrorífico gato negro.

― La voluntad ―contestó Hilda.

Oh mira, ¡qué amable!

Quizá, si me esforzaba lo suficiente, podría empezar a verla con buenos ojos.

Rebusqué algunas monedas en la cartera.

― Y la voluntad son setenta dólares ―añadió, sin perder su espléndida sonrisa.

Levanté la cabeza de golpe.

Bien. Ella había estudiado psicología, pero yo era licenciada en filología y estaba al tanto del significado de la palabra voluntad. Era bastante simple. Pues eso, lo voluntario, contrario a obligatorio.

Edward colocó varios billetes en la palma de su mano, que mantenía firmemente extendida, antes de que pudiese protestar.

― Nos veremos mañana, Hilda ―le dijo―. Gracias por la sesión.

― Sí, gracias, gracias ―farfullé―. Espero que le hayamos servido de inspiración… para sus dibujos… y eso.

Literalmente, Edward me arrastró hasta la salida.

Regresamos en silencio hacia la zona de la costa. Él estacionó la moto a un lado del paseo, antes de que llegásemos a la calle donde estaban los bungaló. Se quedó allí quieto, con los brazos apoyados en el manillar y la mirada fija en el inmenso mar.

―No quiero que te sientas atacada, Bella ―dijo finalmente―. Sé que quizá Hilda ha sido un poco brusca contigo, pero creo que podría ayudarnos.

― ¿Cómo podía saber ella el problema que surgió con mi vestido de novia? ―pregunté, percatándome de ese detalle.

Edward se quitó el casco y ladeó la cabeza para mirarme.

― Cuando la llamé anoche le conté por encima lo que había pasado ―explicó―. Mira, en la siguiente sesión, podríamos hablar de todas las cosas que solía hacer que a ti te molestaban tanto, por ejemplo.

― No sé si quiero volver. No he pasado un rato agradable, no.

Edward suspiró.

― ¿Te apetece que cenemos juntos? ―se removió incómodo en la moto, provocando que ésta se inclinase hacia la derecha―. Podrían venir también Rosalie y Alice, si tú quieres.

¿Qué?, ¿unos extraterrestres le habían hecho una lobotomía completa?

―¿Lo dices en serio?, ¿no te importaría que viniesen?

Durante los cuatro años que habíamos estado saliendo juntos, Edward jamás, JAMÁS, me había propuesto un plan en que se incluyesen los nombres Alice o Rosalie. Eso era una especie de pecado para él. Sacrilegio total.

―Podré soportarlo ―asintió con la cabeza.

―¡Oh gracias, Edward!

Sin poder contenerme, le abracé con fuerza, apoyando el rostro en su espalda. Al darme cuenta de la rareza de aquel impulso, me aparté de él con brusquedad. Probablemente, no tenía ni idea de lo importante que era para mí que pudiese comprender lo mucho que quería a mis amigas. Lástima que llegase con tanto retraso.

Dos horas después, los cuatro estábamos sentados en la mesa de una terraza, con un farolillo en medio que daba escasa luminosidad. Era agradable poder observar cómo se ondulaba ligeramente la llamita, especialmente porque era la única fuente de entretenimiento, dado el silencio sepulcral que nos envolvía.

―Buenas noches, ¿Ya han decidido lo que desean pedir?

¡Amaba a ese camarero! ¡Daba gracias a Dios por su presencia!

Volver a escuchar una voz a mi alrededor, consiguió calmar momentáneamente los nervios que se sacudían incontrolablemente en mi estómago. No estaba segura de querer pedir nada. No se me había pasado por la cabeza que cenar con aquellas tres personas tan dispares entre sí pudiese ser peor que una tortura china.

Cuando el camarero terminó de apuntar el pedido, volvimos a sumirnos en un incómodo silencio.

Lo más interesante que ocurrió a continuación, fue que Edward cogió su servilleta y comenzó a formar pequeños cuadrados doblándola sobre sí misma una y otra vez.

Me planteé hacerle una fotografía. Así, en el futuro, podría recordar el momento más significativo de aquella noche.

― ¿Os lo estáis pasando bien? ―preguntó Edward de pronto―. ¿Ya habéis visitado la playa de Venice?

―¡Sí! ―gritó Ali―. ¡Estuvimos el otro día contigo! ¿Ya no te acuerdas? ―emitió la risa más estridente que había escuchado jamás.

Edward arqueó las cejas y me miró fijamente antes de volver a dirigir sus ojos hacia Alice.

― No. La playa de Venice no es… no es el lugar donde estuvimos haciendo surf ―le explicó, hablando en voz baja―. En realidad, está a más de una hora de distancia. Pero podríais planteaos la idea de alquilar un coche.

―¡Claro! ¡Como si conducir por una ciudad que no conocemos fuese una tarea sencilla! ―protestó Rose, poniendo los ojos en blanco―. Perdonad, necesito ir al servicio. ¿Me acompañas, Alice?

Edward mantuvo la mirada clavada en el mantel mientras mis amigas abandonaban la mesa.

― Lo siento. No sé qué le pasa ―dije―. He intentado explicarle que estamos intentando ser amigos, como adultos, pero creo que todavía te guarda rencor. Un poquito. Bastante.

Él sonrió.

― ¿Deberíamos pedir cubiertos de plástico?, ¿cuántas probabilidades hay de que Rosalie utilice su tenedor para asesinarme?

―Yo creo que ronda el 85%, al menos ―contesté, tras corresponder a su sonrisa―. Y me parece una buena idea lo de alquilar un coche ―admití.

Abrió la boca, dispuesto a contestar, pero volvió a cerrarla en cuanto divisó a mis amigas acercándose a nuestra mesa.

Afortunadamente, el resto de la cena fue tranquila, si omitimos el hecho de que Rose y Edward mantuvieron un arduo debate sobre si los vegetarianos podían comer o no moluscos.

Ella defendía que se había demostrado científicamente el hecho de que los moluscos no podían sentir dolor. Y ése era el fundamento que utilizaba para afirmar que no había razón para no comerlos.

Sin embargo, Edward enfocaba su discurso de un modo más filosófico, alegando que ser vegetariano era un modo de vida. Además, estaba convencido de que Rose mentía sobre su teoría del dolor y empezó a cuestionar tonterías del estilo: ¿por qué la vida de un mosquito se considera menos valiosa que la de un perro, por ejemplo?

¿Lo mejor de todo? Ninguno de los dos era vegetariano y ambos habían pedido un bistec de carne para cenar. Así pues, ¿a quién narices le importaba la ingesta de moluscos?

Finalmente, cuando parecía que la discusión llegaba a su fin, y ya estábamos a punto de pagar la cuenta, Alice preguntó: ¿Qué es un molusco, exactamente?, al tiempo que se limpiaba con una servilleta los restos de salsa del plato de mejillones que acababa de zamparse alegremente.

Juro que en ese instante, a Edward le entró un tic en el ojo. No sé cómo lo hizo, pero logró sobreponerse y evitó hacer ningún comentario al respecto.

Después, nos animamos a ir al pub caribeño donde días atrás me había encontrado con él. Nos sentamos en una de las mesas del fondo, junto a varios amigos de Edward entre los que estaba el tal Gael que daba clases de surf en su empresa. Apenas se podía mantener una conversación a causa del elevado volumen de la música, así que me concentré en beber una copa tras otra, convencida de que así olvidaría todas las cosas horribles que me habían sucedido durante el último año.

Os confesaré un pequeño secreto: no sé bailar.

Sin embargo, cuando Edward me propuso hacerlo, respondí con un enérgico asentimiento de cabeza, sintiéndome extrañamente animada tras la ingesta de alcohol.

Entrelazó sus dedos con los míos con decisión y me arrastró hacia el centro del local. A continuación, como si fuese lo más normal de mundo, sus manos se enredaron en mi cintura y pegó su cuerpo al mío todo lo que pudo, dejándome sin respiración.

Comenzó a moverse lentamente, llevándome con él, a pesar de que la música que sonaba de fondo era una especie de salsa con un ritmo frenético. Mantuve la vista clavada en el suelo durante lo que pareció una eternidad, intentando convencerme de que sus manos no me quemaban y de que su olor no me hacía enloquecer.

Se me erizó el bello de la nuca cuando sus labios rozaron mi oreja.

―¿Por qué no me miras? ― preguntó, pronunciando cada palabra con una inquietante lentitud.

Porque estamos tan, tan sumamente cerca, que sé que si alzo la cabeza sufriré un infarto de un momento a otro. Y soy demasiado joven para morir. Quiero tirarme en paracaídas, quiero tener hijos, quiero teñirme el pelo de color naranja al cumplir los cincuenta….

No, no.

Tenía que ser fuerte.

No podía permitir que Edward tuviese poder sobre mí. Era agua pasada. Y podíamos ser viejos conocidos, lo único que debía hacer era comportarme como una persona adulta y madura de veintisiete años que tenía un trabajo estable en una prestigiosa editorial. Esa era yo. Bella, la invencible.

Levanté lentamente la cabeza hasta que nuestras miradas se encontraron.

Edward sonreía. Tenía los ojos brillantes, ligeramente entrecerrados a causa de ir algo achispado. Me sobresalté cuando sus manos descendieron despacio por la curvatura de mi espalda, acercándose peligrosamente a mi trasero.

No, bajo ningún concepto.

Por encima de mi cadáver.

― ¿Qué se supone que estás haciendo? ―siseé.

― Te acaricio la espalda ―sonrió más abiertamente y se aventuró a inclinar su cabeza hacia la mía―, de momento…

―No puedes tocarme ―aclaré, pero no me moví. No permitiría que él llevase el control de la situación. Me mantendría firme. Sería implacable. Sería letal.

―¿Por qué no?

―Eh, déjame pensarlo… ―fingí que meditaba, apoyando un dedo sobre mi barbilla―. ¡Ah, sí, lo tengo! ¡Porque ya no estamos juntos! ―concluí, alzando levemente la voz.

Edward no pareció escuchar mis palabras, pues una de sus manos rozó el borde de mi camiseta y sus dedos se internaron bajo ésta, acariciándome la piel, trazando cálidos círculos…

¿Cómo se atrevía…?

¿Cómo osaba hacer algo tan íntimo después de todo lo que había pasado entre nosotros?

Cuando volví a bucear en el océano de sus ojos, advertí que me retaba con la mirada, mostrándome una estúpida sonrisa presuntuosa. Tal comportamiento merecía una acción ofensiva.

Lentamente, descendí las manos desde sus anchos hombros hasta su torso, palpando cada centímetro de su cuerpo por encima de la ajustada camiseta negra que vestía. Edward pareció asombrarse en un primer momento, pero en seguida volvió a mostrarse seguro de sí mismo mientras me levantaba ligeramente la camiseta para acariciar la piel de mi espalda con más libertad.

Di un pequeño saltito, angustiada. Apenas podía tragar saliva y respirar se estaba convirtiendo en una tarea ardua. Ese hombre enviaba ondas electromagnéticas de calor a mi cuerpo como si fuese un maldito microondas.

¿Hasta dónde quería llegar?, ¿qué extrañas ideas se amontonaban en su diminuto cerebro?

Finalmente, tomando una acción arriesgada, descendí todavía más las manos hasta tocar su cinturón y el borde de los vaqueros. Y me quedé ahí, quieta, congelada, a la espera de que al fin él se apartase.

Pero no lo hizo.

Inclinó su cabeza escondiendo su rostro en mi cuello e, inmediatamente, sentí la humedad de sus labios cuando comenzó a depositar pequeños besos por mi clavícula. Me estremecí de los pies a la cabeza. Era una sensación extraña pero, al mismo tiempo, agradablemente familiar.

Abrí los ojos de golpe, sintiéndome fuera de mí misma, como si estuviese drogada ―cosa bastante probable, dado la cantidad de copas que ahora intentaba digerir mi estómago. Esa noche trabajaba a jornada completa―. Luces de diversos colores danzaban de un lado para otro, aturdiéndome, y la gente a nuestro alrededor seguía bailando sin descanso, totalmente ajena al hecho de que mi vida estaba a punto de desmoronarse como un castillo de naipes frente a un furioso terremoto. La música salsa que sonaba de fondo me sonaba, ¿no era Marc Anthony o algo así? ¡No lo sé, no lo sé, no podía pensar con claridad!

Edward estaba mordisqueándome el lóbulo de la oreja y ese simple gesto era suficiente para nublarme la mente. El único pensamiento que tenía claro era que, definitivamente, no estaba siendo letal.

Pero cuando sus labios se deslizaron suavemente por mi mejilla, incluso aplasté ese último resquicio de cordura. Sencillamente, mi mente se quedó en blanco.

Edward se alejó unos centímetros para poder mirarme a los ojos. Probablemente, ése era el momento exacto en el que debería haberme hecho a un lado, interponer con firmeza una mano entre nosotros y decir: Tenemos que dejar de comportarnos como unos adolescentes.

Pero, dado que lo único que hice fue mirarle ligeramente embobada, Edward sujetó mi rostro entre sus manos y me besó, con tal intensidad que me temblaron las piernas. Fue como si de pronto olvidase todo lo malo que había ocurrido entre nosotros, porque besarle se me antojaba algo tan natural como respirar. Y su atrayente aroma era tan reconfortante… tan… normal…

Jadeé y entreabrí los labios, permitiendo que nuestras lenguas se rozasen. Edward rodeó mi cintura con la mano que tenía libre y, me estrechó con tanta fuerza, que en un momento dado advertí que mis pies habían dejado de tocar el suelo y que él me sostenía entre sus brazos.

Ahora sí deliraba. Ahora sí estaba totalmente drogada.

Entonces, sin previo aviso, alguien me cogió del brazo y tiró de mí con firmeza hasta lograr separarme de Edward.

Ese alguien era Rosalie.

Sintiéndome mareada ―no estaba segura de poder caminar más de dos metros seguidos sin caer al suelo―, me aparté el cabello de la cara.

―¿Qué se supone que estás haciendo? ―escupió Rose, manteniendo los ojos muy abiertos.

―Solo… pasábamos el rato ―logré decir―. Bailábamos ―añadí.

―Creo que la fiesta debería terminar aquí ―me susurró al oído―. Bella, te aseguro que mañana te arrepentirás de esto.

Alice, plantada al lado de Roce, sonreía.

―Vale, sí, id saliendo ―dije, tras advertir que Edward se estaba conteniendo para no descuartizar allí mismo a una de mis mejores amigas―. Os veo en la puerta en un minuto.

En cuanto ambas desaparecieron, me llevé las manos a la cabeza, consciente al fin de lo que acababa de ocurrir. No hacía falta que llegase mañana para empezar a arrepentirme. Ya lo estaba haciendo.

Edward se cruzó de brazos. Dios, otra vez esa maldita vena en su cuello, palpitando furiosamente.

―¿Vas a dejar que te diga lo que tienes que hacer? ―preguntó, con la mandíbula en tensión― ¿Ahora Rosalie es tu madre o algo así?

―No la pagues con ella ―impedí que se acercase a mí colocando una mano en su pecho. Podía notar el latir atropellado de su corazón. Tragué saliva con fuerza y parpadeé, intentando no llorar― Sabes que no está bien… lo que ha pasado…

―Tan solo nosotros deberíamos decidir qué está bien o no.

Sus manos volvieron a rodearme. Era como una especie de pulpo. Y yo una presa excesivamente fácil, desde luego. El pez más tonto del océano. Tan solo me faltaba rogarle que me comiese de una vez por todas.

―Los dos hemos bebido ―comencé a decir, sintiéndome muy, muy pequeña―. Lo siento, pero creo que realmente lo mejor para ambos será que esto no vuelva a suceder.

Edward me soltó de golpe y asintió con la cabeza, manteniendo los labios presionados y el ceño fruncido, antes de desaparecer de allí a toda prisa, mezclándose entre la multitud.

Estaba sola. Otra vez.

Pero así era como debían ser las cosas, ¿no?


Ohhh si, estos dos mas que haber dejado cenizas, lo que tiene son brazas ardientes xd.

Yo no estoy segura aun si me gustaria darle una patada en el trasero o palmadita en la espalda a Bella, por haber dejado al pobre Edward con la calentura xD. ¿Ustedes que dicen?