Tengo cosas que poner en las notas de autor :D Han pasado unas cosas y tuve que cambiar el nombre de la cuenta, pero ya se ha pasado y hemos vuelto a la normalidad.

Como sabéis, esta es una versión alternativa de la historia, pero habrá escenas que tengan que suceder igualmente. Vamos, que en ese capítulo vais a sufrir un déjà vu.


Corría mucha prisa, y ella lo sabía, pero a un envenenado no se le podía forzar. Hacerle andar veloz y sin parar sería tan malo como dejar que el veneno se extendiera. Por eso había hecho que él durmiera lo poco que quedaba de noche. Necesitaba descanso, ella se encargaría de poder organizar el regreso al reino del bosque llegando a tiempo y sin que hiciera grandes esfuerzos.

Por eso aquella mañana, en el mismo momento en el que salía el sol, ella estaba levantándolo.

Estaba algo confuso al despertar, pero pronto se despejó. En realidad el descanso le había sentado muy bien.

Brevemente le explicó que debían regresar al reino, y que allí lo sanaría. Él aceptó sin problema, sentía confianza hacia aquella elfa, sobre todo si había sido su hermano quién la había hecho ir.

Iban a recorrer ese bosque, con las bestias que podrían encontrar por ahí, más los orcos que aún quedaban. Necesitaban ir armados los dos.

Tauriel llevaba sus propias armas, y Kili tenía la daga de su hermano. Pero la elfa no estaba muy segura de si esa sería la mejor para él –en su estado no le vendría bien el cuerpo a cuerpo. Se había fijado en su arco –demasiado extraño en un enano como para no darse cuenta-, pero su carcaj estaba vacío. Las flechas que había encontrado junto a la araña muerta debían haber sido todas las que tenía.

Sin embargo, ella tenía de sobra, y para que él también pudiera luchar con el arco, le dio unas suyas.

Kili las miró de arriba a abajo, con un gesto de extrañeza en su rostro.

-¿Ocurre algo? –preguntó.

-Son… largas –dijo, notando al momento la diferencia de tamaño entre las flechas élficas y las de los enanos.

Tauriel se quedó mirándolo unos segundos. No era solo el arco, había algo en aquel joven que lo hacía diferente del resto de enanos. El pelo le caía suelto y salvaje, no parecía preocuparse por peinarlo; ninguno de los miembros de la compañía que habían encerrado tenía tan poca barba como él; y cuando se vio de pie a su lado le pareció excepcionalmente alto para su raza.

-Hay algo que quería preguntarte –dijo ella acercándose, mientras Kili guardaba las flechas.

-¿Qué es?

-El arco… ¿es un arma común entre los enanos? Nadie en la compañía llevaba uno.

Kili sonrió con gracia mientras respondía.

-No, es algo muy raro. De hecho, creo que no conozco a ningún otro que lo use –sentía la confianza fluir mientras continuaba-. Es cierto, soy un enano extraño.

-¿A qué te refieres? –preguntó, curiosa, aun sabiendo lo que iba a decir.

-Ya ves: el arco, la barba… Es impropio de los enanos, no les gusta.

-¿No les gusta? –insistió la elfa.

-Hay hombres que no me toman en serio, y las mujeres… Bueno, ya te imaginas. Fili aún tuvo algo de suerte, pero yo…

-¿En serio? –Tauriel estaba visiblemente extrañada. Sabía que los gustos de las enanas eran muy diferentes, pero no se imaginaba que aquello llegara hasta un punto tan extremo-. Definitivamente, hay una gran diferencia entre razas.

-¿Qué quieres decir? –insistió ahora él, queriendo seguir esa rama de la conversación. Sabiendo lo que él hacía, Tauriel acabó optando por contarle la verdad.

-Simplemente, dudo que alguna elfa estuviera de acuerdo en lo que dices.

Kili soltó una carcajada.

-Entonces te felicito, porque parece que las elfas tenéis muy buen gusto.

En la situación en la que estaban, Tauriel no sería excesivamente fría ni seria con él. Simplemente le devolvió una sonrisa divertida, antes de cambiar a un tema importante y decirle que debían comenzar el camino.

Se estaba mostrando con fuerzas y seguro, hasta se permitía bromear. Pero, ¿por cuánto tiempo podría durar eso? El veneno estaba en su sangre, lo iría consumiendo poco a poco.

Miró hacia atrás, Kili iba solo unos pasos detrás de ella, dejándose guiar. Había hasta cierta agilidad en sus movimientos, y su cuerpo no parecía dar apenas muestras de su intoxicación. Y sin embargo, aquel joven no tardaría en estar completamente debilitado.

Cada gesto de daño que hacía al apoyar la pierna herida, hacía que Tauriel se sintiera culpable por haber perdido las hierbas para la curación. No había manera de recuperarlas, crecían en el otro extremo del bosque y no en esa época, solo las podía obtener en las conservas que tenía su raza. Tenían que llegar al bosque a tiempo, antes de que el veneno hiciera demasiada mella en él. No había otra opción.

O quizá sí. En realidad podía tener otro plan, pero era tan improbable que prefería ni barajarlo. Había otras plantas que servían de antídoto, no eran tan eficaces ni perfectas como las que se usaban para la sanación élfica, pero igualmente eliminaban por completo el veneno. Crecían en ese bosque, prácticamente en todas las estaciones, pero eran muy difíciles de encontrar. Crecían en zonas muy altas de los árboles, era complicado verlas y también cogerlas. No, no debía esperar que la suerte le trajera unas hojas azules.

Seguir avanzando hacia su reino, eso debían hacer.

Una desesperada conversación en las mazmorras no se había detenido desde el desmayo de Thorin. Y había cobrado fuerza cuando se habían llevado a Fili. Los que estaban al lado de la celda del rey apenas podían decir nada, él se ocultaba en las sombras; varios trataban de preguntar a Oin, mas él se veía incapaz de poder asegurar lo que le pasaba.

Cuando regresó, lo primero que hizo Fili fue lanzarse a dar respuestas. No sabía si los elfos querrían eso, pero no le importaba. No dejaría a la compañía con esas incertidumbres.

Algunos se tranquilizaron, en otros aumentó la preocupación, hubo algunos que desconfiaron de lo que fueran a hacer los elfos. Nuevos diálogos surgieron, en los que Fili no habló a no ser que fuera imprescindible. Estaba demasiado centrado en lo que iba a hacer, cómo debía comportarse con Thorin. Los guardias le habían dicho que lo llevarían con él, encerrándoles en la misma celda, cuando llegara el momento más oportuno. En aquellos momentos, el líder de la compañía no parecía darse cuenta de nada de lo que estaba ocurriendo en las mazmorras. Quizá no avisarlo hasta que estuviera con él sería lo mejor, para evitar su rotunda negativa.

Las horas esperando se le hicieron interminables. Cuando al fin un elfo se acercó a abrir su celda, Fili tragó saliva, y se preparó para lo que debía hacer.

Mientras sacaba las llaves, el guardia le dirigió una mirada preguntándole si estaba listo, su respuesta fue levantarse con decisión. Agarrándolo, lo dirigió los pocos metros que había hasta la celda de su tío. El silencio en las mazmorras solo era roto por sus pasos, las miradas de todos los enanos estaban sobre él.

Cuando se encontró ante el calabozo de Thorin, lo vio sentado y apoyado en la pared, casi oculto en la zona más sombría. Apenas podía verle, ni siquiera podía asegurar si estaba dormido o despierto.

El elfo lo soltó, y abrió la puerta mientras le tendía la bolsa con las hojas azules. Fili fue repitiendo en su mente cómo le habían dicho que debía suministrárselas. La puerta se abrió, sin chirriar, de una forma silenciosa. No empujó al enano con fuerza para hacerle entrar, sino que simplemente puso una mano en su espalda y le amainó para que se introdujera.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando sintió la puerta cerrarse tras él. Fue recapitulando la situación en la que estaba. Lo habían encerrado junto a Thorin, en el estado en el que se encontraba. ¿Cómo iba a reaccionar al verlo? Temía lo que pudiera pasar ahora, pero recordaba que aquello lo estaba haciendo por curarle, por él.

-Tío… -lo llamó.

Thorin, que había permanecido totalmente quieto, comenzó a girarse antes su llamada. Muy lentamente. La luz aún no iluminaba sus rasgos, pero Fili pudo ir poco a poco distinguiéndolos en las sombras.

Sintió como sus ojos azules se clavaban en él, como dos hojas de hielo, más brillantes ahora con su piel palidecida. En alguien como Thorin era difícil de notar, pero muy mínimos detalles dejaban ver el mal que había en su sangre. El primero y más grande, que no se había levantado. Seguía sentado en el banco de su celda, envuelto por completo por su ropa, con el cabello descuidado y las trenzas desechas, sus ojos azules ligeramente enrojecidos. Y apenas tuvo fuerzas para sostenerle la mirada unos segundos, antes de volver a agachar la cabeza. Fili recordó las veces que lo había mirado así, habría podido aguantar horas hasta que su sobrino le hiciera caso. Estaba débil, mucho más de lo que aparentaba. Había que conocerlo muy bien para que afectara verlo así.

Queriendo hacer algo, dio un paso, acercándose a él. Pero el enano lo detuvo cuando habló.

-¿Qué haces aquí? –su voz era extremadamente seria y fría. Era notable que no quería tener a nadie allí.

Fili no podía contarle que iba a hacer, aún no. Y mucho menos decirle que lo habían enviado los elfos. Debía ir paso a paso, hasta el momento de darle las hojas.

-¿Cómo te encuentras? –preguntó. Aquella pregunta era la más obvia, la primera que debía hacer.

La expresión en el rostro de Thorin indicó que no quería que le preguntara eso. Cada gesto en él era una prueba de lo poco que deseaba tener ahí a su sobrino, o a cualquier otro enano. De hecho, al principio no respondió, y Fili continuó hablando.

-Escucha, tu desmayo…

Quizá ni siquiera supiera que todos lo habían visto. Pero con el revuelo que se montaba últimamente en las mazmorras, y las infinitas miradas que había habido sobre él, debería haberlo sospechado.

El enano seguía sin dar ninguna respuesta, y Fili acabó por acercarse a él y ponerle una mano encima. Entonces reaccionó.

-No es nada –dijo apartándole de él. Thorin no cesaba en su testarudez. Sin embargo, Fili continuó insistiendo, se sentó a su lado. El otro se volvió más contra la pared.

-Te ves mal… -dijo cogiendo su hombro-. Thorin, déjame…

-¿Qué haces en esta celda? –repitió, queriendo que el joven dejara de insistirle.

-Estamos todos preocupados por ti –exclamó-. ¿Qué te pasó? ¿Estás enfermo, o herido?

El desmayo era su mejor argumento. Mientras lo tuviera, no podría negar que le pasaba algo.

-Fili, olvídate de eso –dijo a punto de gritar. El joven tenía que asimilarlo, intentar dialogar con él no serviría de nada. Lo miró de arriba a abajo, varias veces, buscando alguna picadura en su piel. Pero estaba casi totalmente cubierto por sus ropas, y si hubiera podido estar al descubierto seguro que el enano la habría tapado. Si era cierto lo que decían los elfos y las arañas le habían mordido, tendría que buscar la herida a tientas.

Miró un instante su brazo, y se dispuso a lanzarse contra él.

-¡Tío! ¡Tienes que dejarnos ayudarte! –con esa falsa exclamación agarró su brazo derecho, tiró de él, hasta que su tío lo apartó con brusquedad. No hubo gesto de dolor.

Cuando le picaron a Kili él ni siquiera podía girar el tronco. La herida estaba en otro sitio. Miró sus piernas, no lo había visto levantarse desde que había entrado. Podía encontrarse ahí.

Aprovechó unas nuevas palabras de Thorin diciendo que estaba bien para retarle a ponerse en pie.

-¡Thorin, nadie en la compañía piensa ya en la misión! ¡Solo se preocupan por ti! ¿Quieres eso? ¿Quieres que prefieran permanecer en estas mazmorras antes que continuar el viaje por miedo a que te desvanezcas en plena batalla? –sus palabras habían sido completamente improvisadas, cobrando ira por momentos.

-¡Eso es imposible! ¡Mi compañía no es así! –respondió sentado y con la cabeza apoyada en el muro. En su voz se reflejaba la furia ante lo que el enano estaba diciendo.

-¡Ve y compruébalo! –un brillo perspicaz apareció en la mirada de Fili, viendo ahí su oportunidad-. ¡Asómate afuera y cuenta cuantos enanos te preguntan por cuándo vamos a salir de aquí, y cuantos por lo que te pasa!

-¡Fili, maldita sea! ¡Todos tenéis que olvidar eso de una vez!

Sin embargo, se pudo en pie. Sin una mueca de dolor, simplemente levantándose. Caminó los pocos pasos hacia las rejas sin cojear.

Por un momento, a Fili le dolió que hubiera conseguido que se levantara tan fácilmente. Él era Thorin, nunca se dejaría engañar por unas simples palabras tan pronto. Una muestra más de que en ese momento no estaba en su mayor lucidez.

Pero le había servido para comprobar que la herida no estaba en las piernas. Por lo que había oído, el efecto del veneno era mucho más tardío si la picadura era en una extremidad en vez de en el tronco. Y de esos solo quedaba un miembro.

Thorin le estaba dando la espalda. Era su oportunidad para coger su brazo izquierdo. Respiró hondo, pidiéndole perdón por lo que iba a hacer, y de ahí dio un fuerte tirón.

Un gesto de dolor desfiguró el rostro de Thorin, a duras penas pudo contener un potente grito.

Pero esta muestra de sufrimiento apenas duró un segundo, antes de recobrar la compostura y luchar por defenderse. Fili ya trababa de desnudar el brazo cuando el enano se encaró con él. Sabiendo que solo tenía una opción, volvió a tirar del brazo herido. El breve instante en el que su tío no podía soportar el dolor era el que tenía para sacar a la luz la herida.

Y haciendo esto, consiguió quitar de encima las varias capas de ropa que llevaba.

Respirando entrecortadamente, observó aquellos dos agujeros, casi morados, algo por encima del codo de Thorin. El impacto duró varios segundos, luego comenzó a alternar miradas entre la herida y su tío, habiendo en sus ojos una infinita preocupación.

Todo el día recorría el bosque como podía, siempre siendo guiado por Tauriel. La elfa iba delante, dirigiendo infinitas miradas a su espalda para verle a él. Aquella jornada era dura, pero ella le aseguraba que tenían que llegar cuanto antes a su reino. Sintiendo los efectos del veneno, él no paraba de fingir tener muchas más fuerzas de las que en realidad le quedaban. Había hecho varias muecas cuando pensaba que ella no estaba mirando, pero muchas veces había sido descubierto.

Cuando quedaba poco día, Tauriel comenzó a centrarse en buscar un lugar donde poder pasar la noche. Un claro donde fuera fácil localizar a cualquier enemigo cercano, donde él estuviera cómodo para descansar, y la luz que se filtrara entre los árboles fuera suficiente como para que pudieran ver en la noche.

Sin embargo, más que pensando en cualquier ventaja en la batalla o en la comodidad, fue mirando al cielo donde Tauriel encontró la respuesta.

Entre las infinitas ramas de los árboles, había un agujero, que dejaba verse un pedazo de la noche. Quizá provocado por la proximidad de un río, o causado por alguien. Era tan extraña esa imagen del cielo exterior que sintió que debían permanecer allí.

Dejó a Kili en el lugar más cómodo que encontró, dejándole claro que necesitaba descansar para el día siguiente. Ella se sentó de rodillas en el suelo, y aunque el resto de sus sentidos estuvieran puestos en todo lo que pasaba a su alrededor, solo tenía ojos para aquella porción del cielo nocturno. Era aún pronto, la noche acababa de empezar. Solo se podía ver la más brillante de las estrellas, la primera en llegar.

Kili la observaba desde no muy lejos, sentado mientras sus fuerzas luchaban por recobrarse. Pero por mucho rato que pasara no parecía encontrarse mejor. Sabiendo que tendría que pasar ahí la noche, decidió buscar alguna manera de entretenerse. Rezando por no haberla perdido, fue metiendo la mano en sus bolsillos hasta encontrarla. Sacó una piedra lisa y negra.

Empezó a lanzarla al aire, varias, veces, jugueteando con ella. De vez en cuando Tauriel le lanzó una mirada de reojo, curiosa.

En uno de sus lanzamientos, sus dedos no lograron agarrar la piedra, y esta rebotó en ellos perdiéndose en la oscuridad del suelo del bosque.

Rápidamente, Kili se puso en pie y comenzó a buscarla. Entornaba los ojos para que se adaptaran a la penumbra, buscaba a tientas entre las hierbas y la tierra. Entonces Tauriel ya había apartado por completo la vista del cielo nocturno, para fijarse en con tanta prisa y desesperación buscaba Kili aquel canto.

Se levantó, y se agachó cerca del lugar donde estaba buscando él, cogiendo la piedra que ahí se encontraba.

La levantó para mirarla, observando las runas talladas en ella.

-Esta piedra, ¿qué es? –preguntó.

-Es un talismán, sobre él pesa una antigua maldición –comenzó a decir mientras se acercaba-. Cualquier no-enano que lea las runas… quedará eternamente maldITO.

Tauriel retrocedió por instinto, ante el aumento de tono de Kili. Se quedó paralizada un breve instante y cuando lo miró de nuevo, él tenía una dura mirada en los ojos.

-O no –y su rostro cambió por completo entonces, para reír-. Depende si uno cree en esas cosas. Es solo un regalo; con runas talladas –de repente su voz se puso mucho más suave, y su sonrisa se volvió nostálgica-. Es de mi madre. Me lo dio para que no olvidara mi promesa.

-¿Qué promesa? –preguntó la elfa, mirándole con una sonrisa dulce en sus labios, curiosa.

-Que volvería a su lado –aquellas palabras fueron cargadas de suavidad y ternura, un recuerdo de su hogar. Se encogió de hombros-. Se preocupa; le parezco insensato.

-¿Lo eres?

-Nah.

La elfa contemplaba de nuevo la piedra, leyendo lo escrito. Kili volvió a sentarse, mirando ahora el hueco en la maleza del bosque que mostraba el cielo estrellado.

-Has estado un buen rato mirando ahí arriba –comentó el enano, no queriendo perder la conversación que habían empezado.

-Allí se puede ver el cielo nocturno, entre los árboles; algo casi imposible en este bosque –su atención se desvió hacia él en el mismo momento en el que habló-. Los elfos silvanos amamos la luz de las estrellas.

-Siempre he creído que es una luz fría. Remota y distante… -decidió ser sincero, revelarle lo que pensaba de ello.

Tauriel se giró, sorprendida por su forma de verlo.

-Es memoria, preciosa y pura –viendo lo que tenía en sus manos, supo cómo decirlo-. Como tu promesa –le tendió su piedra, y cuando él la cogió, ella se giró, sumiéndose en sus propias palabras-. He caminado bajo su manto, dejando atrás el bosque y alzándome en la noche. He visto al mundo desvanecerse, y la luz blanca por siempre bañarlo todo.

Andando a la par que hablaba, se colocó justo bajo el hueco de los árboles, quedando totalmente iluminada por el haz de luz más brillante del claro. Kili la vio envuelta en aquella luz majestuosa, mágica, mientras imaginaba a aquella muchacha haciendo lo que había contado. Parecía estar en otro mundo...

Sintió deseos de continuar hablando con ella, toda la noche, que le contara más de lo que había vivido, y que él también pudiera. Decidió hacerlo.

-Una vez vi una luna de fuego –dijo, y la elfa se giró hacia él-. Sobre el desfiladero de las tierras brumas. Enorme, roja y dorada. Bañaba el cielo.

Tauriel salió del haz de luz, acercándose a él. La hermosa luz que la iluminaba se perdió, pero cuando Kili la vio sentada a su lado, tan cálida y cercana, vio que le gustaba igual.

-Escoltábamos a unos mercaderes desde Eren Luid. Cambiaban plata por pieles, íbamos hacia el sur, con la montaña a la izquierda. Y entonces apareció. Una colosal luna de fuego iluminando nuestro camino. Ojalá pudiera enseñarte las cavernas que hay bajo esas montañas…

Tras aquella historia, Tauriel recordó una que ella había vivido años atrás, y también la contó. Así transcurrió la noche, con un enano criado en las Montañas Azules y en medio del viaje para recuperar Erebor; y una elfa silvana capitana de la guardia. Él le habló de las aventuras vividas en su viaje, de las historias de la montaña que su tío les había contado a él y a Fili; y ella sobre todo lo que había visto en la guardia de los elfos, desde que se unió, y más atrás aún, llegó a haber una historia de siglos antes, cuando apenas era una niña.

Pero mientras narraba esta, la elfa vio como Kili luchaba a duras penas por seguir manteniendo los ojos abiertos.

-Kili, necesitas dormir –le dijo acercando una mano a él. Iba a negarlo, pero ella continuó-. Mañana tendremos que seguir caminando, descansa lo que queda de noche.

En el fondo, el enano sabía que no podía resistir ya al cansancio. Pero mientras se recostaba y cerraba los ojos, pidió algo a la elfa.

-Pero, mientras me duermo, ¿podrías terminar de contarme esa historia?

En su voz casi había podido ver la inocencia de un niño. Los labios de ella esbozaron una tierna sonrisa, y mientras veía a aquel joven descansar, continuó narrando tal como le había pedido.

No supo exactamente en qué momento se durmió, a la mañana siguiente no recordaría el final, pero se perdiera en la parte que se perdiera, lo hizo con una cálida sonrisa en su rostro.


Como dato curioso quiero deciros la idea para uno de los diálogos de este capítulo la saqué de una entrevista a Aidan Turner (actor que interpreta a Kili), en la que el entrevistador le comentaba que había enseñado imágenes de la compañía a mujeres y todas se habían puesto de acuerdo en el él era el más guapo. Su respuesta: "Te felicito, porque conoces a mujeres con muy buen gusto"

Y en lo personal, quiero decir que la escena de la conversación de Kili y Tauriel, me encantó desde la primera vez que la vi en el cine. Lo que dice ella sobre las estrellas... fue increíble esa frase, porque es algo que siempre había pensado, y sentí que no podría haberlas definido mejor.