Este capítulo ha sido realmente difícil, difícil. Aun así, gracias a todos por los rewiew y bienvenidos los que se incorporan ahora.
Draco despertó de madrugada, semivestido tan solo con sus bóxers y una camiseta que no recordaba, entre los fuertes brazos del Griffindor. Sonrió en la penumbra, dejando caer sus párpados de nuevo. Se sentía seguro, y sorprendentemente, feliz. No podía decir que estuviese enamorado, aun no; después de todo, no sabía que significaba amar, era algo que nunca había aprendido, pero saber que Harry le amaba era extrañamente reconfortante y le llenaba de calma.
-"Si, sin duda puedo dejarle amarme e intentar aprender a hacerlo yo"
Con una nueva sonrisa flotando en sus suaves labios rosados, Draco se reacomodó en el pecho del moreno, y volvió a sumirse de nuevo en el sueño plácidamente, lleno de esperanza y nuevas ilusiones.
Harry despertó aun temprano, y encontró e rostro sereno de Draco reposando calmadamente sobre su pecho. El muchacho le abrazaba y se amoldaba a él con abandono, y cierta parte de su anatomía empezó a reaccionar con demasiado interés.
Conteniendo el aliento, el hombre contempló por un instante al adolescente dormido y cerró los ojos con fuerza, dejando que horribles recuerdos afloraran, aplacando su erección. Lo que menos necesitaba en esos momentos era asustar a Draco con su deseo físico, algo que podía controlar y dominar con férrea voluntad, como siempre.
Abriendo los ojos de nuevo, los puños aun apretados, Harry vaciló. No estaba seguro de cómo reaccionaría Draco ante su proximidad, ante su presencia a su lado, pero se sintió incapaz de apartarse de él como otras tantas noches. Draco parecía sereno y tranquilo y el moreno tan solo deseaba verle plenamente feliz de nuevo.
Permaneció en silencio, contemplando cada detalle del rostro adorado, las delicadas y largas pestañas rizadas color caramelo, las finas pero densas cejas doradas, la tez de alabastro desprovista de cualquier rastro de vello facial, los labios jugosos, de un suave color rosado…
Draco poseía una rara belleza andrógina, y su cabello, más largo ahora que nunca, acentuaba el hecho de que sus facciones eran ligeramente equivocas. La mandíbula era más firme que la de una chica, pero más suave y menos angulosa que la de la mayoría de varones, y su piel era inequívocamente femenina. Suave y aterciopelada, sin traza alguna de vello facial o corporal, excepto en el pubis. Su cuerpo, atlético y esbelto, de largas piernas, estaba soportado por una estructura ósea, elegante y equilibrada. Sus hombros y espalda eran amplios, pero sus músculos no eran excesivamente voluminosos, sino fibrosos y marcados, estilizados, como los de un bailarín o un gimnasta.
Sus caderas, estilizadas pero definidas, se convertían en unas firmes nalgas, redondeadas y sedosas, creando un culito ligeramente respingón, prolongado en unos firmes muslos, largos y fuertes, como sus brazos.
Aunque aún no había alcanzado su pleno desarrollo, Draco era casi tan alto como Harry, que rondaba el metro noventa, y era todo un ejemplar de hombre. Musculoso, ancho de hombros, y provisto de brazos y piernas potentes y musculosas, era una autentico ejemplar de hombre.
Harry era más corpulento que el adolescente y estaba en el cenit de su desarrollo físico. Un suave y rizado vello adornaba sus pectorales y trazaba una fina línea desde su ombligo, perdiéndose abajo la cinturilla de sus bóxers de algodón blanco, insinuando lo que podía encontrarse debajo de ellos.
EL joven aspiró profundamente, paladeando el suave olor del rubio cabelló, y sonrió suavemente. Unos meses tras, ni se hubiera atrevido a soñar con abrazar a Draco de semejante manera, y ahora, le tenía entre sus brazos, solo para él.
El pensamiento le hizo fruncir el ceño levemente. No estaba seguro aun de que Draco apreciase realmente sus sentimientos, pero por esos minutos, hasta que Draco despertara, se permitió soñar despierto. Aun estaba ensimismado en su contemplación, cuando el adolescente comenzó a removerse ligeramente, y abrió los ojos con languidez, parpadeando muy despacio.
Por un instante, los ojos verdes relucieron con pasión, hasta que el Griffindor recuperó un poco el control sobre sí mismo. Draco se desperezó despacito, aun abrazado a Harry, notando acelerarse los latidos de los corazones de ambos. Sus labios sonrosados se fruncieron en una dulce sonrisa, y el trasfondo de emociones contenidas se reflejó en su mirada al susurrara:
-Buenos días Harry.
El hombre se ablandó ante el brillo en los ojos de plata y dejó que sus manos acariciasen suavemente su cabello con sutileza. Odiándose a sí mismo por ello, pero sabiendo que lo que tenía que hacerse, debía hacerse cuanto antes, Harry le empujó suavemente, con una sonrisa cargada de tristeza, ganándose una mirada interrogativa, y susurró, odiándose por tener que hacer aquello:
-Quiero que te tumbes, Draco y que retires tus bóxers.
El gesto de dolor y ultraje, de incomprensión y miedo del muchacho fue inmediato y afectó a Harry como si le hubiesen golpeado físicamente. Pero era necesario… Draco retrocedió lentamente hacia el respaldo del diván, mirándole con vacilación, evaluando cauteloso su gesto, acusándole silenciosamente con los ojos.
Harry no quería causarle más sufrimientos, pero aquello era estrictamente necesario. Con un murmullo insistió, calmado aun, ocultando su propia angustia:
-Por favor, Draco…
El rubio se abrazó las rodillas en un gesto defensivo que Harry le había visto adoptar demasiadas veces en su mente, y el moreno supo que los ruegos y suplicas no servirían de nada. Apretó la mandíbula y con un nudo en el estomago, le cogió con firmeza de un brazo.
Draco se retorció y gimió, presa de un ataque de pánico, cuando Harry le sujetó firmemente, contra su voluntad. Notar el cuerpo del muchacho removiéndose no ayudó para nada al adulto a controlarse, y pronto, su cuerpo reaccionaba a su pesar. Por fin consiguió tumbarle, y apresándole con su cuerpo, murmuró con firmeza:
-Draco, estate quieto…
El rubio tenia lo ojos cerrados y se retorcía entre sus manos, no con demasiada fuerza, como si supiese de antemano que era una causa perdida y tan solo desease hacer notar que aquello no era de su agrado. Con el ceño fruncido, el moreno exclamó mucho más fieramente de lo que deseaba, apretando la presa en sus brazos, hasta hacerla levemente dolorosa:
-¡Quieto! ¡QUIETO DRACO!
El rubio se retorció una vez más y Harry gruñó, claramente perdiendo la batalla contra su propios demonios, dejando que su magia se manifestara a su alrededor:
-¡No me obligues a atarte!
Draco se tensó súbitamente bajo él, pero poco a poco, dejó de retorcerse y se aquietó, hasta que los únicos movimientos de sus cuerpos fueron los de sus alteradas respiraciones. El rubio se estremecía levemente, jadeante, aun sujeto férreamente por sus brazos, pero con lentitud, los ojos de plata se abrieron, confusos y asustados como los de una gacela atrapada. Harry parecía sostener una violenta lucha consigo mismo, y su magia centelleaba a su alrededor, haciéndole resplandecer en la semipenumbra de la habitación. Con voz más baja, pero igualmente firme, llena de determinación, el moreno añadió:
-No quiero hacerlo, pero si no te estás quieto, tendré que atarte, Draco...
Harry suspiró suavemente, cerrando por un instante los ojos; ignorando lo que tenerle a su merced le estaba haciendo sentir, dominándose a sí mismo; y miró de nuevo a los ojos plateados de Draco, con firmeza, con sinceridad, y al mismo tiempo con la más rotunda determinación en ellos. Sus ojos, dos verdes esmeraldas insondables, estaban tan llenos de emociones, rogando suavemente y sin palabras:
"No más sufrimiento, Draco. Déjame hacerlo y no habrá más dolor"
Tras unos minutos, cuando la respiración de Draco se regularizó un tanto, susurró con voz segura, cariñosa, calmada y grave, llena de emociones, aun rogando con los ojos.
-Por favor, Draco…confía en mí. Solo quiero ayudarte…
Convencido a medias, aun receloso, el rubio se quedó finalmente quieto, aunque tenso, y giró levemente la cara hacia el respaldo del diván, incapaz de enfrentar por más rato los profundos ojos del otro, observándole de reojo.
Harry se acuclilló junto a él, mirándole a los ojos, y con suma delicadeza, tomó el borde de su camiseta, y la deslizó hacia arriba, hasta dejar expuestos los firmes abdominales de Draco. La respiración del rubio se había acelerado de nuevo, hasta convertirse en un rápido jadeo superficial cuando los dedos firmes del hombre rozaron apenas la cinturilla de su boxer. Se tensó de nuevo, y cerró los ojos, lleno de miedo.
Pacientemente, Harry se detuvo, y aguardó en silencio, sus manos inmóviles en la cintura de Draco. Desconcertado, el rubio le notó moverse y para su sorpresa, al abrir brevemente los ojos, le vio arrodillándose en el suelo junto al diván, dándole espacio, liberándole. Ese movimiento le tranquilizó un poco, y los ojos de los dos conectaron por unos instantes, antes de que el rubor tiñiera las mejillas pálidas de Draco y este apartara de nuevo la mirada, ahora cohibido por la presencia del otro y sobre todo, por los sentimientos encontrados que estaba sintiendo.
Alentado, Harry deslizó ligeramente hacia abajo el tejido elástico, muy lentamente, sin dejar de buscar los ojos de Draco con los suyos, recapturando su mirada, sosteniéndola, dándole silenciosamente confianza al adolescente.
El Slytherin estaba desconcertado. Y asustado. ¿Acaso había cambiado un amo por otro? Quería confiar en Harry, lo deseaba ardientemente, pero tenía miedo…su historia pasada era demasiado violenta, y traumáticos recuerdos llenaban su mente, colmándole de miedo. Pero los ojos verdes eran amables, gentiles y luminosos, y Draco se aferró a ellos, bañándose en su fuerza, mientras las manos del hombre exponían lentamente, cada vez más, la marca indeleble de su vergüenza y humillación.
Cuando el tejido rozó su suave vello púbico, el movimiento se detuvo, y el muchacho parpadeó, de nuevo confuso. Desde luego, esto no era parecido para nada a sus experiencias anteriores. Riddle le arrancaba la ropa sin miramientos, destrozándola las más de las veces. Con dulzura, pero firmeza, el moreno murmuró esbozando una sonrisa, calmado y aparentemente indiferente, aunque el color que teñía sus mejillas desmentía ciertamente esto último:
-Ahora, voy a tocarte la piel Draco. Trata de permanecer quieto, pero avísame si te molesta…
Dos yemas se deslizaron sobre su piel, cuando Draco asintió nerviosamente, mordiéndose el labio. Esto era mucho más gentil y Harry no querría lastimarle, verdad? Echó un rápido vistazo a su tatuaje y apartó los ojos, avergonzado, después de ver las dos serpientes enfrentadas en torno a su ombligo, destacando nítidas sobre su piel blanca. Los dedos recorrieron el cuerpo visible de las serpientes con lentitud, provocando un extraño cosquilleo en la piel de rubio, que se erizó ante el contacto.
La caricia recomenzó en sentido opuesto, sin que los dedos dejaran de rozar la piel, en total silencio. El movimiento era suave, dulce y continuo, y el moreno lo prolongó sin dudas, como si el bóxer no le impidiese ver el resto del cuerpo de las serpientes, deslizando los dedos hasta las ingles y el interior de los muslos de Draco, recomenzando otra vez.
Un escozor extraño siguió al gesto, y el muchacho gimió suavemente, aferrándose a la superficie del diván, ahogando un protesta y un murmullo de disconfort. Harry susurró apenas, sin mover sus dedos de su vientre:
-Un poco más, Draco, solo un poco más…
Y el Slytherin, mordiéndose de nuevo el labio inferior, asintió en silencio de nuevo, asaltado por multitud de sensaciones cada vez más extrañas. Era como si " algo" se moviese bajo su piel y reprimió un escalofrío. Con una última pasada, Harry dejó descansar sus manos apoyando las palmas sobre su vientre, cubriendo los tatuajes parcialmente y siseó en parsel.
-Hola, ¿estáis ya despiertas?
Un bufido enfadado le replicó, y una cabeza curiosa se giró hacia él, haciendo oscilar la lengua bífida con cautela. Las serpientes habían cobrado vida y Draco observó espantado como las fauces llenas de colmillos venenosos se abrían amenazadoras, mientras la otra serpiente agitaba la lengua en el aire. Manteniéndose quieto, fue mudo testigo de un agrio intercambio de silbidos y bufidos, entre ambos animales, y más tarde, con el Griffindor.
No comprendía lo que decían, pero tenía la clara y certera sensación de que era algo muy importante. Muy importante para él. La magia de Harry se enroscó en torno a él, acariciando la suya y se calmó lentamente.
-¿Nos entiendes ahora, Draco?
Susurró el moreno, mirándole a los ojos con preocupación. Draco asintió, distraído, aun atento a las serpientes, y una de ellas bufó enojada de nuevo:
-¿Y ahora qué? ¿Vas a destruirnos, a matarnos como a nuestro anterior amo?
Draco escucho los raspantes silbidos, pero comprendió a la serpiente, y sus ojos se dilataron de asombro, haciendo esbozar una sonrisa al moreno, que susurró suavemente, mirando al rubio:
-No me parecía justo excluirte de esta conversación…Quiero que sepas que es lo que está pasando, Draco.
Retornando los ojos a los ofidios el moreno murmuró con calma, denegando levemente:
-¿Para qué? Vosotras no tenéis la culpa de lo sucedido. Mantengo mi oferta, si estáis dispuestas.
Las serpientes se agitaron y se movieron, creando una extraña sensación en el rubio, que disimuló como pudo. Cuchichearon entre ellas, sin que más que silabas o palabras sueltas fuesen audibles : dolor, sangre, casa, vínculo… Su deliberación pareció llegar a un fin y unas de ellas susurró:
- Los tatuajes nunca desaparecerán, ¿Lo sabes verdad?
Harry asintió y la otra añadió, con algo más de fuerza:
-El proceso dolerá mucho, sobre todo cuando…
-Estoy dispuesto a ello.
Interrumpió el moreno con un gesto de decisión, manteniéndose firme en su postura. Las serpientes se miraron entre sí y sisearon, agitando las bífidas lenguas una vez más. Durante largo rato, todos guardaron un tenso silencio, la magia de Harry cada vez más intensa a su alrededor, y Draco vio con asombro como una de las cabezas de dibujaba en las puntas de los dedos del moreno. Poco a poco, el cuerpo físico de las dos cobras egipcias, de más de tres metros color broncíneo y con una capucha bien desarrollada, denotando por su tamaño inusual que eran de origen mágico, se enroscaron en toda su longitud por los brazos del moreno.
Harry tenía la frente perlada de sudor, y su gesto era de concentración, y Draco pos su parte no podía apartar la vista, fascinado ante el extraño suceso. Su propia magia, inadvertidamente para él, se había sumado a la del moreno con timidez, y ahora sus auras relucían en torno a ambos, íntimamente mezcladas. El flujo mágico entre ambos era constante y a través de él, Draco percibió un leve reflejo del estado de ánimo del otro, concentrado y decidido.
Las serpientes desplegaron totalmente las capuchas y sisearon ante el rostro del joven:
-¿Listo?
Con un leve asentimiento, Harry respondió en silencio, y las cobras atacaron simultáneamente, mordiendo los lados de su cuello, haciéndole cerrar los ojos. Draco gritó, luchando por levantarse, pero las manos del hombre le mantuvieron firmemente sujeto contra el diván y tras unos segundos, los ojos verdes se abrieron de repente, mientras las serpientes mordían y siseaban furiosas en su piel, retorciéndose en un extrañó frenesí, enroscándose aun mas apretadamente en sus brazos.
La habitación relucía ahora con magia pero Harry no exhaló ni un gemido, pese a que hilos de sangre brotaban de su cuello unidos al sudor que le bañaba. Su mandíbula se tensó por el dolor, pero no cedió y sujetó con fuerza al rubio, pese a su gemidos de terror, impidiéndole interferir.
Los cuerpos se hundieron en su piel morena y las imágenes ondearon, violentamente, oscilando hasta fijarse lentamente en ella. Las cabezas de fauces amenazantes de perfilaron en la línea inicial de sus clavículas, desde los hombros, y los apretados anillos cubrieron sus bíceps, dejando descansar la cola lo largo de sus antebrazos, casi hasta sus muñecas.
Con un susurro cansado, una de las serpientes, la de su brazo derecho, siseó mirando a Draco con sus ojos de rubí:
-Lamentamos haberte hecho tanto daño. Ahora necesitamos descansar, adaptarnos a este nuevo cambio. No muchos hubieran aguantado tan estoicamente.
Con un bostezo espeluznante, lleno de dientes como agujas, la otra añadió desde el otro hombro, mirando de reojo a Draco:
-Tu compañero te valora mucho. Honra su afecto, Joven Dragón.
Las imágenes se inmovilizaron, y los tatuajes de Harry brillaron, cubiertos de sudor. Eran muy grandes, mas difícilmente ocultables y Draco sintió una extraña sensación de liberación recorrer su cuerpo. Por fin, lentamente, Harry levantó las manos del vientre del muchacho, y murmuró, ahogando un jadeo y con una leve sonrisa flotando en sus labios rojos:
-"¡Eres libre, Draco!"
Los ojos grises miraron hacia su propia piel, y el rubio supo a ciencia cierta que nunca más el dolor le atenazaría las entrañas, doblegando su cuerpo ya que no su voluntad, a los deseos de otro.
Las serpientes ya no parecían bestias horribles crueles y tiránicas, sino fieras guardianas. Con una tímida sonrisa, llena de esperanza, los ojos de plata se giraron hacia el rostro de Harry y el muchacho murmuró:
-No sé exactamente qué es lo que has hecho, pero gracias.
Tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse finalmente, el Griffindor asintió levemente y le cubrió con una sabana, murmurando:
-Date una ducha y preparare. El desayuno, te lo explicare todo cuando vuelvas.
Así que media hora más tarde y mientras el rubio mordisqueaba distraído sus tostadas con mantequilla y mermelada, Harry le explicó que muerto Riddle, las serpientes solo eran un símbolo de su propio nexo, y que por lo tanto, podían cambiar. Harry no aspiraba a controlar el cuerpo de Draco, era su corazón lo que ansiaba, aunque eso no fue pronunciado.
A través de los tatuajes, siempre sabrían del bienestar del otro. Harry había prometido a las serpientes devolverlas al mundo físico, a un cuerpo real, aunque eso le ocasionase dolor. Cuando estuviesen listas, dejarían su cuerpo y vivirían con ellos, ya que el vínculo entre ellos era demasiado intenso como para que pudieran ser dejadas en libertad. Harry llevaría siempre las marcas, los tatuajes en sus brazos, pero ese era un precio pequeño para liberar a Draco, y de paso, a las cobras.
Draco asintió, tragando por fin el pedazo de tostada. El Griffindor le había devuelto el control sobre su propio cuerpo, aunque no tenia por que hacerlo, y sonrió, arrancando un destello de emoción a los ojos verdes del hombre moreno que cuidaba de él. Era fácil sonreírle a alguien así y el rubio contempló fascinado las brillantes esmeraldas de sus ojos, y repitió el gesto una vez más, notando crecer algo cálido y suave, tímidamente dentro de él.
