Capítulo 5
Tres cargas positivas
En el capitulo anterior:
Ella se rió, pero cuando Klaus se marchó, Katherine miró hacia las escaleras y se quedó pensativa.
Decidió subir a última hora de la mañana. Caroline ya había sacado la comida del mediodía. Katherine notó que las ensaladas parecían frescas y apetitosas y que el aroma de la sopa tentaría a cualquiera que entrara en la tienda.
—¿Qué tal todo?
—Muy bien. Por fin hay un poco de tranquilidad —Caroline se limpió las manos en el delantal—. Esta mañana se ha dado estupendamente. Los bollos han ganado, pero las tartaletas les han seguido de cerca.
—Te toca descansar —le dijo Katherine —. Yo atenderé si viene alguien, salvo que quiera algo que exija el uso de esa máquina infernal.
En la cocina, Katherine se sentó en un taburete y cruzó las piernas.
—Pásate por mi despacho cuando termines el turno. Firmaremos los papeles del contrato.
—De acuerdo. He estado pensando en el menú de mañana.
—Lo comentaremos luego. ¿Por qué no te tomas una taza de café y descansas?
—Ya estoy bastante nerviosa —Caroline abrió la nevera y sacó una botella de agua—. Me conformaré con esto.
—¿Te has apañado bien con la casa?
—Ha sido muy fácil. No recuerdo haber dormido ni haberme despertado nunca tan bien. Con la ventana abierta puedo oír el mar. Es como una canción de cuna. ¿Has visto el amanecer? Ha sido impresionante.
—Te creeré. Procuro evitar los amaneceres. Se empeñan en ocurrir demasiado temprano —alargó el brazo y sorprendió a Caroline al quitarle la botella de agua para darle un sorbo—. Me han dicho que has conocido a Niklaus Mikaelson.
—¿De verdad? —Caroline se puso a limpiar los fogones con un trapo—. ¡Ah! El sheriff Mikaelson. Sí, se llevó un café solo y un bollo de arándanos.
—Ha habido Mikaelson en esta isla desde hace siglos y Klaus es uno de los mejores. Es amable —dijo intencionadamente Katherine —, cariñoso y formal sin ser pesado.
—Es tu... —la palabra «novio» parecía no encajar en una mujer como Katherine —. ¿Tenéis alguna relación?
—¿Amorosa? No —Katherine volvió a pasarle la botella a Caroline—. Es demasiado bueno para mí. Aunque me enamoré perdidamente de él cuando tenía quince o dieciséis años. Te habrás dado cuenta de que es un ejemplar de primera.
—No me interesan los hombres.
—Entiendo. ¿Huyes de eso? ¿De un hombre?
Caroline no respondió y Katherine se levantó.
—Bueno, si alguna vez te apetece hablar, yo escucho muy bien y soy comprensiva.
—Te agradezco todo lo que has hecho por mí, Kath. Sólo quiero hacer mi trabajo.
—Más que suficiente —se oyó una campanilla, lo que quería decir que había alguien en el mostrador—. No. Es tu rato de descanso —dijo Katherine antes de que Caroline saliera corriendo de la cocina—. Yo me encargaré de los clientes. No te pongas triste, hermanita. Ahora sólo tienes que responder ante ti misma.
Caroline, extrañamente aliviada, se quedó dónde estaba. Podía oír el tono grave de Katherine que hablaba con los clientes. En la tienda sonaba una música de flautas. Cerró los ojos y se imaginó a sí misma en ese mismo sitio al día siguiente. Al año siguiente. Cómoda y reconfortada. Productiva y feliz.
No había motivos para estar triste o temerosa ni para estar preocupada por el sheriff. No tenía sentido que se fijara en ella o que investigara sus antecedentes. Además, si lo hacía, ¿qué iba a encontrar? Había tenido cuidado. Había atado todos los cabos. No, ya no iba a huir más. Había llegado e iba a quedarse.
Terminó el agua y salió de la cocina cuando Katherine se volvía hacia ella. El reloj de la plaza dio las doce con campanadas lentas y pesadas.
Le pareció que el suelo temblaba y la luz se hizo más brillante y diáfana. La música le llenaba la cabeza, era como miles de arpas que tocaban al unísono. El viento... habría jurado que una ráfaga de viento cálido le había acariciado el rostro y peinado el cabello. Olía a cera y tierra húmeda. El mundo giró y se estremeció. Luego, en una fracción de segundo, volvió a pararse como si no hubiera pasado nada. Caroline sacudió la cabeza para aclararse las ideas y se encontró mirando fijamente a los ojos cafes de Katherine .
—¿Qué ha sido eso? ¿Un terremoto? —mientras lo decía, Caroline se dio cuenta de que nadie en la tienda parecía preocupado—. Me ha parecido... he notado...
—Lo sé —el tono de Katherine era tranquilo, pero Caroline apreció algo que no había oído antes—. Bueno, eso lo explica todo.
—¿Qué explica?
Caroline, agitada, agarró la muñeca de Katherine . Notó como si una fuerza le subiera por el brazo.
—Hablaremos de ello más tarde. Ha llegado el trasbordador de mediodía —Rebekah había vuelto. Ya estaban las tres en la isla—. Vamos a tener trabajo. Caroline, sirve la sopa —dijo amablemente mientras se alejaba.
Katherine no se sorprendía con frecuencia y eso era algo que no le preocupaba. La fuerza que había sentido con Caroline había sido más intensa e íntima de lo que había esperado. Eso le fastidiaba. Debería haber estado preparada. Ella sabía, creía y entendía el giro que había dado el destino muchos años antes. Y el que podía dar en ese momento.
Sin embargo, creer en el destino no significaba que una mujer debiera quedarse de brazos cruzados. Se podía y se debía hacer algo. Pero tenía que pensar, que ordenar las cosas. ¿Qué podía hacer ella para que todo saliera bien cuando no le quedaba más remedio que estar atada a una mujer estúpida y terca que negaba obstinadamente que ella tuviera poderes y a otra que, como un conejillo asustado, huía y no sabía que tenía ninguno?
Se encerró en el despacho y fue de un lado a otro. Rara vez hacía magia allí. Era su sitio de trabajo y lo mantenía al margen de sus poderes y muy anclado a la tierra. Sin embargo, todas las reglas tenían sus excepciones. Pensativa, tomó la bola de cristal de la balda y se sentó a la mesa. Le divertía ver aquel objeto junto al teléfono y el ordenador. No obstante, la magia respetaba el progreso, aunque el progreso no respetara siempre a la magia.
Rodeó la bola con las manos y dejó la mente en blanco.
—Muéstrame lo que tengo que ver. La isla acoge a las tres hermanas y determinaremos nuestro destino. Muéstrense a mí, visiones de cristal. Que se haga mi voluntad.
El interior de la bola resplandeció y giró en un remolino. Luego se hizo transparente. En lo más profundo, como si flotaran en el agua, se vio a sí misma, a Caroline y a Rebekah. Un círculo entre las sombras del bosque y fuego. Los árboles también estaban en llamas, pero con un color otoñal. La luna llena derramaba luz como un resplandor en el agua.
Entre los árboles apareció otra sombra que se convirtió en un hombre. Era hermoso; dorado y con unos ojos que quemaban.
El círculo se rompió. Caroline corrió, pero el hombre la golpeó. Ella se hizo añicos como si fuera de cristal. Los cielos se abrieron, cayeron rayos y retumbaron los truenos. Todo lo que Julieth pudo ver fue un torrente que arrastró hasta el mar a los bosques y la isla.
Katherine se apartó y se puso las manos en las caderas.
—Siempre pasa lo mismo —dijo irritada—. Un hombre lo estropea todo. Bueno, ya nos ocuparemos de eso —volvió a dejar la bola en el estante—. Ya nos ocuparemos de eso.
Katherine estaba acabando de ordenar unos documentos cuando Caroline llamó a la puerta.
—Justo a tiempo —dijo Katherine mientras apagaba el ordenador—. Tienes esa maravillosa costumbre. Necesito que rellenes estos impresos —señaló un montón de papeles que había en la mesa—. Les he puesto fecha de ayer. ¿Qué tal van los clientes del almuerzo?
—Como la seda.
Caroline se sentó. Las manos ya no le sudaban al rellenar los impresos. Nombre, fecha de nacimiento, número de la seguridad social. Esos datos eran suyos. Se había ocupado de ello personalmente.
—Vicky acaba de llegar. He preparado el menú de mañana.
—Mmm —Katherine cogió el papel doblado que le pasó Caroline y lo leyó mientras la joven continuaba escribiendo—. Parece bueno. Más atrevida de lo que solía ser Bonnie.
—¿Demasiado atrevida?
—No, sencillamente, «más». ¿Qué vas a hacer el resto del día? —Katherine ojeó por encima el primer impreso—. Caroline Forbes... ¿sin inicial intermedia?
—Daré un paseo por la playa. Trabajaré un poco en el jardín. Quizá explore el bosque que rodea la casa.
—Hay un pequeño arroyo donde crecen aguileñas en esta época del año. En la espesura hay helechos de los que parece que ocultan hadas.
—No me parece que seas de las personas que creen en las hadas.
Katherine sonrió.
—No nos conocemos bien todavía. Tres Hermanas está llena de leyendas y tradiciones y en los bosques hay todo tipo de secretos. ¿Conoces la leyenda de Tres Hermanas?
—No.
—Te la contaré algún día que tengamos tiempo para esas cosas. Ahora deberías salir al aire libre.
—Kath, ¿qué pasó antes? A mediodía.
—Dímelo tú. ¿Qué crees que pasó?
—Sentí como un temblor de tierra. La luz cambió y el aire también. Como una... descarga de energía —le pareció ridículo al decirlo, pero continuó: —Tú lo sentiste también, pero nadie más lo notó. Nadie notó nada fuera de lo normal.
—La mayoría de la gente espera lo normal y eso es lo que consiguen.
—Si es una adivinanza, no sé resolverla —Caroline, impaciente, arrastró los pies—. A ti no te sorprendió, te irritó un poco, pero no te sorprendió.
Katherine, intrigada, se apoyó en el respaldo y arqueó una ceja.
—Muy cierto. Interpretas bien a las personas.
—Una habilidad que he desarrollado para sobrevivir.
—La has desarrollado mucho —añadió Katherine —. ¿Que qué pasó? Creo que se puede llamar conexión. ¿Qué pasa cuando tres cargas positivas ocupan el mismo espacio a la vez?
Caroline sacudió la cabeza.
—No tengo ni idea.
—Yo tampoco, pero sería interesante enterarse. Los que son semejantes se reconocen entre sí, ¿no crees? Yo te he reconocido a ti.
Caroline sintió como si la sangre se le helara y le abrasara al mismo tiempo.
—No sé lo que quieres decir.
—No me refiero a quién eres o eras —dijo suavemente Katherine —. Sino qué eres. Puedes confiar en mí sobre ese asunto. No voy a hurgar en tu pasado, Caroline. Me interesa más tu futuro.
Caroline abrió la boca. Estuvo a punto de soltarlo todo. Lo que la obsesionaba, lo que la perseguía. Pero hacerlo la dejaría a merced de otra persona y eso era algo que no volvería a hacer jamás.
—Mañana pondré sopa fría de verduras y pollo y sándwiches de queso y calabacín. No voy a complicarme más.
—Es un buen principio. Disfruta de la tarde —Katherine esperó hasta que la joven llegó a la puerta—. Caroline, mientras tengas miedo, él seguirá ganando.
—Me importa un rábano ganar —contestó Caroline.
Salió precipitadamente y cerró la puerta.
