La deje en la puerta de su sala común, todavía temblaba un poco pero se le veía mucho mejor. Me dirigí a mi despacho aunque sabía que no podría pegar ojo, maldito mocoso pelirrojo, como lo odiaba, no solo me había despertado sino que me había hecho perder toda la noche. Pero aunque no lo quería admitir lo que más me molestaba era el hecho de que hubiera intentado hacerle daño a Granger.
Cuando regrese al despacho, después de la pequeña charla con el director, parecía tan frágil y tan indefensa que me hubiera gustado abrazarla, darle un poco de calor, pero sabía que eso era incorrecto, al fin y al cabo yo era su profesor. En cambio, le di una poción que nunca le había dado a nadie, por supuesto nunca le diría que era la primera que la había probado a parte de mí. Había dudado pero al final parece que le sirvió y se tranquilizó. Sonreí al recordar que su sabor preferido era el chocolate, a lo largo de años investigando había descubierto que cada persona tenía un sabor que relacionaba con los recuerdos más felices de su vida, en mi caso por supuesto era el zumo de calabaza, me recordaba a mi madre, a Hogwarts y a todo aquello que alguna vez llegué a amar.
Me senté en mi escritorio y comencé a corregir ensayos, pero al cabo de un rato me dí cuenta de que no podía, estaba demasiado preocupado por esa pequeña morenita. No se lo había contado a ella pero durante la reunión con el director, Weasley había asegurado que si le expulsaban se vengaría de Hermione. Esa noche el pelirrojo había traspasado todos los límites, cuando sus padre llegaron a recogerlo , en vez de encogerse ante sus gritos había levantado su cabeza y les había dicho que se iba y que ya no les consideraba de su familia. Albus había tardado media hora en tranquilizar a Molly después de que Ron se fuera por la chimenea. Cuando los había dejado para ir en busca de Hermione, el director me había advertido que no debía contar nada de lo que había visto y oído esa noche a nadie, y mucho menos a Harry y Hermione.
Snape había obedecido, pero ahora se preguntaba si la decisión del Director había sido la mejor, al fin y al cabo si por lo menos Potter lo supiera podría protegerla. En fin, debería de encargarse él de su protección. Se levantó, se ducho y se dirigió a la clase. No estaba cansado, muchas mañanas había dado clase sin dormir, así que llegó puntual como siempre a su clase de DCAO de sexto con Gryffindor y Slytherin. Al principio no se fijó en sus alumnos sino que dejo sus explicaciones más teóricas en la pizarra, pero cuando se volvió para elegir al agraciado que haría de conejillo de indias para demostrar el encantamiento, vio una cabellera morena y enmarañada al final del salón junto a Potter. No se lo podía creer, Granger había asistido a su clase, el suponía que se quedaría a descansar en su cama, es más por una vez lo habría entendido, pero no se había imaginado que acudiese puntual y con unas ojeras que casi le llegaban al suelo a su clase.
—Longbotton, venga aquí y demuéstrele a sus compañeros como repele mi encantamiento de piernas de gelatina— El muchacho me miró temblando y se dirigió al sitio indicado, siempre me había parecido un cabeza hueca pero en las últimas semanas me había dado cuenta que esta asignatura no se le daba tan mal como pociones, es más parecía que se le daba bien, pero de todas maneras me seguía gustando ponerle nervioso, era uno de mi pequeños placeres.
Al terminar la clase, cuando todos se iban dije:
—Granger ¿puede quedarse un momento?, tengo que decirle algo sobre su castigo— Ella me miró, le susurró algo a Potter y se acercó a mi escritorio.
—¿Como se encuentra? —Hermione abrió los ojos como platos ante mi pregunta.
—Yo, esto... yo me encuentro mejor profesor, pero todavía tengo un poco de miedo.
—No debería de tenerlo, Weasley ha sido expulsado y no volverá molestarla.
—No, no es por eso, es porque... — se quedó callada, como si se estuviera planteando si contármelo o no.
—¿Porque?
—Porque… si Ron pudo atacarme, es decir me salvé gracias a usted, yo me preguntó que podré hacer contra El-que-no-debe-ser-nombrado o sus mortífagos— así que era eso, simple y llano orgullo Gryffindor, no le gustaba sentirse como la damisela en apuros sino como el héroe que salva el mundo.
—Señorita, si le sirve de algo, creo que usted podría luchar contra ellos, por supuesto no le aseguro que pueda ganar, pero creo que sé lo suficiente como para decirle que sería una rival bastante digna, si es eso lo que le preocupa.
—No, solo soy una niña débil, si usted no hubiera aparecido Ron me habría hecho lo que quisiera y yo ni siquiera me podría haber defendido.
—Por lo que tengo entendido usted logro escabullirse de sus brazos dándole en la cabeza con una piedra, y además en el momento en que intervine usted casi había escapado— la miré, sus ojos se habían vuelto más cristalinos, su orgullo estaba herido—, además le tengo que recordar que aunque usted no disponía de su varita logró escaparse y luchar contra él.
— Gracias Profesor...- me miró con un intento de sonrisa en su cara, era tan bonita, tan inocente, no se merecía nada de esto —mmm...,¿ esta tarde a que hora es mi castigo?
Se me había olvidado, el maldito castigo, bueno así la podría tener a mi lado más tiempo sin que nadie sospeche.
— La espero en la entrada del castillo a las 5, tras sus clases.
—Allí estaré... y adiós, profesor— y se marchó. Esta noche no sería un castigo, haríamos algo que seguro que le gustaría, empecé a rebuscar entre mis cajones en busca de un mapa del Bosque Prohibido y señale las zonas donde sabía que había unicornios.
Cuando terminé mis clases me cambié rápidamente en mi cuarto, me puse unos vaqueros de aspecto cómodo y me calce unas botas de montaña, además me puse un chaquetón bastante gordo. Supuse que si habíamos quedado en la entrada sería porque íbamos a salir y fuera hacía un frío invernal que aterraba.
Bajé las escaleras rápidamente, recordando la charla de hoy con Snape, le había contado una cosa que ni le había contado a Ginny, le había demostrado mi miedo a no poder defenderme ni luchar dignamente y él en vez de burlarse o reírse me había asegurado que yo era valiente y me había consolado. Definitivamente algo raro le pasaba al profesor.
Cuando llegué a la entrada, el ya me estaba esperando mirando con asco a los alumnos que salían y entraban riéndose del Gran Comedor, cuando me vio cambio su expresión por una menos desagradable, me saludó y nos encaminamos hacia el Bosque Prohibido.
No sabía que es lo que tenía preparado para el castigo, esperaba que nada demasiado asqueroso como lo de los gusarajos, pero viniendo de Snape me esperaba cualquier cosa. Andamos durante más de una hora por el bosque sin intercambiar ni una sola palabra, el terreno era irregular y muy a menudo me tropezaba y él tenía que cogerme del codo para que no me cayera, no parecía incomodo por que yo lo retrasara, no hacía comentarios irónicos ni nada de eso, más bien parecía que disfrutaba del paseo.
Cuando llegamos a lo que parecía un pequeño valle en medio de la espesura del Bosque me detuvo y ambos nos escondimos tras un matorral, no sabía porque nos habíamos parado así que le miré , él estaba mirando hacia un pequeño árbol en el lado opuesto del valle, así que fijé mi mirada en ese lugar. Cuando por fin lo vi, no podía creerme que aquello fuera de verdad, era un madre unicornio con sus potrillos de un precioso color dorado, estaban jugando y parecían muy felices.
—Ahora vamos a intentar acercarnos, normalmente estos animales son huidizos y más si se trata de hombres, pero a esa hembra le curé una herida y creo que me reconocerá así que intentémoslo —Dicho esto comenzó a andar despacio por el centro del valle para que el animal lo viera, la madre fijó su mirada en mi profesor y luego en mí, entonces Snape saco lo que parecía un trozo de carne de su mochila y se lo ofreció.
Los pequeños miraron ansiosos la comida y miraron a su madre como pidiéndole permiso, después de un rato la madre les haría algún tipo de señal, porque los cachorros corrieron hacia nosotros y comenzaron a comer el trozo de carne, el profesor me dio otro trozo a mí y yo se lo dí a la madre.
Nos pasamos toda la tarde riendo y jugando con los pequeños unicornios, era impresionante como el profesor Snape cambiaba tanto cuando estaba con estos animales, se le veía relajado e incluso se reía.
Cuando empezó a oscurecer , recogimos nuestras mochilas, nos despedimos de los animalitos y nos encaminamos hacia el castillo.
—¿Puedo preguntarle algo, profesor?.
—Aunque le dijera que no, lo preguntaría, así que suéltelo.
—¿Porque me ha traído aquí? , no es que no me haya gustado pero creía que era un castigo.
—Señorita Granger, mis castigos no son copiar frases en una hoja de papel que no sirve para nada, prefiero hacer cosas productivas y hoy mientras usted jugaba con los cachorros no se ha dado cuenta de que se le caían algunos pelos de su cola— oh, claro el pelo de unicornio era muy valioso, y al jugar con ellos se le caería un montón.
—Lo entiendo, prof.. —estaba tan pendiente de la explicación del profesor que no me di cuenta del bache y me fui a dar de bruces contra el suelo, en ese momento unos brazos fuertes me rodearon por la cintura y me dieron la vuelta lentamente, por lo que mi cara quedó a unos escasos centímetros de la de Snape.
—Tendría que tener más cuidado al andar señorita Granger, le he salvado la vida dos veces en los últimos dos días y como usted comprenderá no puedo estar siempre pendiente de usted—Me lo dijo en el más puro estilo Snape y sin separarse ni un milímetro, nos quedamos mirando fijamente.
Ala! pues ahora os dejo con la intriga! que mala soy! muchas gracias nuevamente por vuestros comentarios y vuestras lecturas, hoy me vino la inspiración así que no creo que tarde mucho en escribir el próximo porque me está saliendo imaginación por las orejas jajajaj
Un beso a todos y otra vez gracias por leer este relatos
