06. Respiración

A Kaworu se le olvidaba dormir. Esto no significa que se le olvidara la manera de cerrar los ojos y dejar todo en blanco, ni tampoco que se le olvidara cómo soñar. Que al peliblanco se le olvidara dormir tenía como culpable al pelinegro única y exclusivamente. Era cómplice de ello la noche, las cortinas meciéndose silenciosamente, la ventana que dejaba escuchar brevemente los murmullos de los sueños ajenos a ellos. Era cómplice la cama y sus cuerpos desnudos, los párpados caídos y la boca entreabierta. Factores que provocaban que a Kaworu se le olvidara dormir en aquellas noches.

Tampoco significa ello que no pudiera conciliar el sueño, Kaworu jamás sufrió de insomnio. Era ello debido a que su naturaleza no le exigía un descanso tal y como se lo exigía a los seres humanos, era capaz de dormir treinta horas seguidas y luego estar despierto otros treinta días más. Su cuerpo no le exigía nada, y ahora que tenía una razón para no dormir no la desaprovecharía. Oh, no. Kaworu jamás desaprovechó ningún instante en su vida, y menos desde que conoció a Shinji.

Formuló su rostro una suave sonrisa provocada por la sonrisa en el apacible rostro ajeno. No se movió, le observaba, quería descifrar el misterioso mundo de los sueños en el que Shinji estaba sumergido en ese momento, quería exactamente saber qué era lo que rondaba su mente. Que metas inalcanzables estaba batiendo, a cuanta gente conociendo y lugares visitando. Quería saber si soñaba con él, pero le interesaba más saber si soñaba con las chicas. Quería comprobar hasta qué punto era dueño de la sonrisa de su pequeño.

Suspiró, la sonrisa del durmiente se esfumó en la noche, la calma procedió de nuevo a tener significado. Hacía calor, pero no se atrevía a apartar la sábana que los cubría, temía que su pelinegro cayera enfermo. No se había movido desde que Shinji había caído entre los brazos de Morfeo, y le importaba poco que uno de sus brazos se quejara de aquella posición de medio lado. Sus carmines no perdían detalle alguno de las sutiles expresiones en su rostro.

Kaworu olvidaba dormir porque decidió que era para él más importante aquella pequeña realidad entre sus brazos, próxima a su rostro. Se olvidaba de dormir porque el color de su rostro dormido en combinación con las luces del exterior era más bonito que cualquier amanecer. Y cuando el despertador sonaba y se daba cuenta de que había pasado toda la noche mirándole, una risita divertida escapaba de su garganta. Shinji ocupaba cada uno de los segundos de su actual vida, y no quería pensar en lo difícil que era para él aquello.

Llevó un dedo a su mejilla, la acarició con la suavidad de un ángel; se volvió ese ángel que vela por alguien en lo extenso del universo. Retiró el dedo, no quería que su pequeño se despertara del único mundo en el que tenía todas las posibilidades de ser feliz. Kaworu sonrió, en la infinidad que la noche presentaba, en la eternidad que los días que tenían representaban para él, no pensaba en otra cosa más que en protegerle. ¡Que acabara el mundo! ¡Que acabara de una vez! Pero que él sobreviviera, que sus emociones nunca se apagasen, que su sonrisa brillara más allá del silencio global. Lo daría todo por no permitir que todo aquello cesara jamás.

Porque Kaworu se enamoró de quien no debería haberlo hecho. Pero hay veces, hay instantes, sensaciones y parpadeos que no entran en los planes de nadie por muy poderosos que ellos sean. Que ser superior no significa nada, todo se puede volver del revés sin proponértelo. Sabía que todo estaba contra él; si no moría, sus superiores se encargarían de acabar con él. No era más que un instrumento desde el mismo inicio de todo aquello, era parte de la misión con órdenes e instrucciones. Y que si el secreto era desvelado, todo acabaría. Había mucho en juego.

Pero eso, a Kaworu no le importaba. Morir, ¿qué representaba para él más que un paraje desconocido? ¿Acaso sería más productivo vivir y perder aquella sonrisa de su lado? No, no lo era. Para Kaworu, aquellas horas extraviadas a la noche equivalían a años de vida. La propia, no significaba nada ahora que había aprendido a sentir todo aquello.

Porque Kaworu construía imperios con la respiración calmada del chico al dormir. Porque sus sueños comenzaban cuando él inspiraba, y se difuminaban en el aire ante la sonrisa propagada por sus exhalaciones. Porque creaba auténticas sinfonías ligadas a aquellos resquicios de aire guardados bajo llave en sus pulmones, bailaba al ritmo de las respiraciones que el chico fundía con la noche sin proponérselo. Creaba pinturas que atrapaba el aire y las decoraba con palabras seleccionadas al azar que acompañaban la melodía inerte de los sueños del pelinegro.

Le observaba y no quería dudar. Porque estaba seguro y convencido de lo que realmente quería y deseaba. Quería permanecer junto a él hasta que el final acabara con él; deseaba protegerle hasta que su cuerpo no sirviera para nada más. Y justo en ese instante, le prometería que sería suyo pasara lo que pasara, porque las circunstancias no presentaban ningún tipo de significado para él. Su única circunstancia tenía el nombre de aquél que compartía con él cama y sentimientos, y estaba seguro y firme que todo lo que hiciera sería por él.

Sonrió, no había sentimiento más prodigioso en el mundo que aquél.

- -woru... - su nombre pronunciado en un susurro. La nota final para aquella composición de arte. Kaworu le acurrucó en él, Shinji sonrió y él mismo también lo hizo.

Que temblara la tierra, que se desbordaran los mares. Que pasara lo que tenía que pasar. Utilizaría toda su convicción en proteger aquello que él determinaba como la única maravilla que le quedaba a este mundo.