Cuando Patty se despertó, ya era pleno día en la habitación del hospital militar de Verona. Candy estaba sentada a su lado, se enderezó y cerró con un fuerte sonido el libro en el que estaba sumida.
- Candy... - Patty trató débilmente de alcanzarla con la mano.
- Estoy aquí, amiga - respondió ella tocándola – No hables. Todo está bien ahora. El descanso es lo único que te está permitido hacer...
- ¿Qué ... ¿Qué me pasó? Yo... recuerdo haber experimentado un dolor insoportable en el estómago durante la noche, entonces me pareció oír la sirena de una ambulancia. Pero no puedo recordar lo que sucedió después...
- ¡Oh, Patty! ¡Se puede decir que casi me matas del susto! - Candy, dijo, riendo nerviosamente - ¡Tenías un cuadro de apendicitis grave que requería ser tratado urgentemente! Así que tuvimos que parar el tren en Verona, ya que era la ciudad más cercana que tenía un hospital. Fuiste operada por la noche. El cirujano me dijo después que si hubiéramos esperado un poco más, ¡Podrías haber muerto de peritonitis!
- ¡Has sido muy afortunada! Ha sido un milagro tan grande que ¡Ya he prendido la décima vela en la capilla del hospital!...
- Hasta el sacerdote debe estar contento por este golpe de suerte - Patty comentó en broma. A pesar de su debilidad, mostró ese humor descarado que deleitaba a Candy.
- ¡A lo mejor! ¡Y estoy incluso dispuesta a comprar más con todo el dinero en efectivo que tengo para dar las gracias! – respondió la rubia a continuación, riendo. Unos segundos más tarde, teniendo una mirada seria, agregó con voz temblorosa:
- ¿Sabes, Patty?, tenía mucho miedo, mucho miedo de perderte... Todas las personas que he amado en mi vida me han sido arrebatadas, y realmente pensé, ¡Que una vez más esto iba a suceder!, ¡Estoy tan aliviada!
Una gran lágrima cálida rodó por su mejilla y los ojos de Patty también se humedecieron como respuesta. Tomó la mano de Candy y la apretó tan fuerte como pudo. Con un nudo en la garganta por la emoción, y tratando de controlar su mareo, logró decir:
- ¡Shs, shsss! ¡Buen intento, pero no te desharás de mí tan fácilmente, querida! He visto a otros, y no me genero esperanzas falsas: No estoy dispuesta a desilucionarte. Estoy tan permanentemente pegada a ti, que el resultado final será que un día ¡No me soportarás!
- ¿De verdad tan implacable conmigo? - Dijo Candy riendo mientras se limpiaba las lágrimas - ¡Pero estoy dispuesta a soportarlo!
Esta efusión melodramática de sentimientos fue breve e interrumpida por un leve golpe en la puerta de la habitación, seguido por la irrupción de un hombre con delantal blanco, inmediatamente reconocido por Candy. Era Alessandro Biazinni, el cirujano que operó a Patty.
- ¡Señoritas, buenos días! - Dijo, saludándolas con seguridad.
En sus treinta, este hombre delgado, de cabello castaño y pelo rizado parecía muy diferente a la imagen que había mantenido Candy en su memoria. Esa noche, demasiado preocupada por el estado de su amiga, no se había dado cuenta de lo atractivo que era. Pero ahora con la mente clara, se apresuró a pasarle discretamente las gafas a Patty, quien después de habérselas puesto, no pudo más que constatar lo que era evidente para su amiga. Nerviosa, sintió que sus mejillas se enrojecieron y sus gafas se empañaron. El cirujano se divirtió internamente con la pequeña comedia que ocurría frente a sus ojos, pero no dejó que se le notara. Tomó el papel que estaba suspendido en el extremo de la cama y le preguntó, arqueando las cejas y casi con un perfecto inglés:
- ¿Cómo se siente hoy señorita O'Brien? Noto que no tiene fiebre, lo cual es una buena señal. ¿Siente dolor?
- Sí un poco, pero es soportable. – Balbuceó Patty, sintiendo cada vez más difícil ocultar su confusión. Él tenía un ligero acento italiano, de lo más encantador...
- Voy a prescribirle algunos analgésicos que debe tomar si es necesario. Pero especialmente debe descansar, y no tratar de ponerse de pie. Usted ha estado muy cerca de lo peor anoche, así que hay que tener cuidado con usted.
- No se preocupe, doctor - respondió Patty, volviendo la cabeza hacia Candy - ¡Mi amiga al lado mío es la persona más adecuada para cuidarme!
- Soy enfermera... - aclaro Candy sonriendo socarronamente ante el médico.
- Interesante, interesante... - contestó el cirujano dejando el papel con la curva de temperatura en el marco de la cama – ¡Las enfermeras estadounidenses son mucho más distinguidas de lo que yo pensaba...!
- ¡No se fie de las apariencias, doctor! – dijo Candy, riendo al mismo tiempo, reconociendo internamente que el vestido de alta costura que llevaba, sin duda, hacía un gran contraste con la naturaleza de su profesión - llevo bien mi uniforme, ¿Sabe?, y lo he honrado por diez años.
- ¿Voy a estar sujeto a un estricto control de su parte entonces? – Dijo con un brillo de malicia en sus ojos.
- ¡Puede estar seguro! ¡Quiero lo mejor para mi querida Patricia!
- En ese caso, usted no tiene ninguna necesidad de preocuparse. Voy a tener una atención especial con su amiga... - dijo dirigiéndose con un aspecto más elocuente a su paciente, que sintió sus mejillas arder mientras se le acercaba para controlar el goteo del suero que colgaba al lado de su cama Él asintió con la cabeza mirando en su dirección y dijo, en un tono más solemne:
- Señorita O'Brien, espere hasta la noche para comer. Hasta entonces, le permitiré beber, pero en pequeños sorbos. Su cuerpo debe eliminar primero los últimos efectos de la anestesia.
- Por supuesto, doctor. Voy a seguir su consejo al pie de la letra – dijo tartamudeando.
- ¡Bueno, bueno! Si todos mis pacientes fueran tan obedientes como usted, ¡Mis días serían mucho más relajados!
Patty se encogió de hombros, sonrojándose de nuevo y bajó la cabeza para ocultar su emoción. Una divertida sonrisa apareció en la cara del médico quien dijo, asestándole el golpe de gracia a la joven paciente:
- ¡Veo que ha recuperado el color! ¡Es bastante alentador!
El rostro de Patty se puso de color escarlata, y trató en vano de hundirse en la cama para escapar de la mirada traviesa que el médico le dirigió. A continuación él le sonrió y se dirigió a la puerta. Parado bajo el marco de ésta se volvió una última vez, mostrándole una fulminante sonrisa que la dejó completamente desconcertada.
- Su compañía es muy agradable señoritas, pero me veo obligado a dejarlas hasta más tarde. Hay otros pacientes que esperan por mí y por desgracia mucho menos encantadores que ustedes. Voy a volver al final de mi turno para asegurarme de que todo está bien. ¡Les deseo que tengan un buen día!
Con eso, se despidió de las dos y desapareció. Atónitas, Patty y Candy se quedaron sin palabras por unos pocos segundos. Ésta última, finalmente tomó la iniciativa de romper el silencio y se inclinó hacia su amiga quien se rió al descubrir su aire travieso.
- Yo sé lo que me vas a decir y estoy totalmente de acuerdo contigo. ¡El es I-rre-sis-ti-ble!
Apoyado en el muelle del bote de vapor, que se remontaba de nuevo por el Gran Canal de Venecia, Terry permaneció pensativo, mientras su cabello era movido por el aire marino. Las fachadas barrocas de la ciudad resplandecían con la luz ocre que aún se veía por los canales, en esta tarde de verano. Disfrutaba de unas pocas horas de luz antes de que cayera la noche, y se sentía tranquilo porque tenía el tiempo suficiente de encontrar su camino a través de los estrechos y oscuros callejones de la ciudad. Desplegó una vez más el trozo de papel en el que su padre había escrito la dirección a la que tenía que ir: Palacio Fasan Contarini, en la calle Minotto.
- El conde Contarini es un amigo de toda la vida. Te dará la bienvenida con gran placer - Le dijo escribiendo la dirección en la hoja de papel – Vas a estar muy cómodo para lanzarte en la búsqueda de "quién-ya-sabes". Espero que lo primero hagas cuando la hayas encontrado, es volver para presentarmela...
- No te preocupes, Padre – le respondió Terry, tomando con una mano temblorosa la nota que le entregaba - Estaré muy honrado y el visitarte será nuestra primera parada antes de volver a Nueva York.
El duque había asentido con una sonrisa de satisfacción. A través de sus ojos se visualizaba la alegría al ver a su hijo, que tenía una cara que mezclaba ansiedad y emoción. Acababan de aterrizar hacía algunos minutos en un terreno baldío, que servía de improvisado aeropuerto en la ciudad de Venecia. Como la mayoría de las ciudades en ese momento, no tenían más que un campo solitario, lejos de la zona urbana, para dar cabida en estos momentos del nacimiento de la aviación, a los pocos aviones que aterrizaban. Obviamente, no había realmente un servicio de transporte para volver a la ciudad, y el joven se encontró a sí mismo muy afortunado, ya que uno de los pocos mecánicos del lugar estaba a punto de volver a casa, y le propuso transportarlo hasta la entrada de la ciudad.
Él estaba a un par de horas para encontrar a la mujer que amaba y esa perspectiva le trajo a su padre recuerdos de hacía casi treinta años, en el momento en que él también estaba locamente enamorado de una mujer joven y extraordinaria, a quien había dejado por un tonto exceso de orgullo y preocupación por el decoro. No sabía en ese momento, que iba a sufrir toda su vida por la herida abierta que le había provocado esa ruptura, esa herida secreta que había ocultado y que había transformado a ese ser entusiasta y amante de la libertad en un hombre oscuro, amargado, cruel y despiadado. La felicidad de su hijo le mostró de nuevo sus propios erroress, ya que podría haber conocido esa sensación de éxtasis si hubíera sido valiente. Pero todo eso era parte de una época pasada. Una página se abría al futuro luminoso que se le prometía a su hijo, y un reconfortante calor invadió su corazón herido.
Terrence se había ofrecido a acompañarlo, pero él se negó con el pretexto de que su avión necesitaba una buena inspección antes de salir al día siguiente. En verdad, no quería que su presencia molestara un poco el estado de excitación en el que su hijo estaba. Era su obligación seguir su destino. Le había demostrado durante estos años que sería capaz, pero el observarlo y su propia experiencia le indicaban que amar a una mujer de una manera tan fuerte podía debilitarlo como a un pequeño niño. Por lo tanto, no lo molestaría en su búsqueda. Él quería dejarlo para que tomara por propia elección sus decisiones y acciones. Terry era ya un hombre. Había adquirido mucha más experiencia que él mismo, cuya existencia se mantenía resguardada bajo un revestimiento de madera dorada en un Ministerio. En lugar de darle lecciones, tenía todo para aprender de él, y lamentando esta situación paradójica, sintió una sensación de orgullo por su nobleza de espíritu y la valentía que le hacía honor al apellido Grandchester. Él siempre suspiraba ante la mediocridad de su descendencia legítima: con un hijo vago e incompetente en todo lo que hacía, y una hija cuya estupidez igualaba el poco encanto que la naturaleza le había concedido. Terry elevaba el nivel en todos los aspectos, y de nuevo, la punzada de remordimiento se apoderaba de su corazón. Esperaba que con el tiempo su hijo llegaría a perdonar su actitud hacia él, a pesar de que sabía que no podía perdonarse a sí mismo por todo lo que le había hecho a él. Lo había herido demasiado y a conciencia. Por desgracia, no podía devolver el tiempo, pero ahora que su relación había mejorado y había tomado un nuevo giro, tomó la determinación de hacer que su hijo sintiera orgullo por su padre. La tarea era difícil, pero estaba decidido a hacer todo lo posible para reparar los errores del pasado, partiendo por no interferir en su vida privada.
En el momento de la separación, se estrecharon en un sincero y fuerte abrazo, envueltos por un tierno afecto que los dejó sin palabras por la emoción. Entonces Terry se subió al auto Fiat 509 del mecánico, quien lo encendió y partió levantando a su paso una nube espesa de polvo que ocultó rápidamente el coche a la vista de Richard Grandchester, cuya mirada se perdía en el horizonte, con el corazón lleno de esperanza.
En tierra firme, Terry no tuvo demasiados problemas para encontrar su camino. A pesar de hablar un italiano muy rudimentario, él tuvo éxito gracias a la dirección en el papel y a sus gestos, logrando encontrar el palacio del Conde Contarini, un edificio estrecho, con estilo gótico de dos plantas, construido a mediados del siglo XV en en el Gran Canal, justo al lado de la famosa Basílica de la Virgen de la Salud. Dio un leve toque en la puerta, mirando hacia arriba para admirar los magníficos balcones de mármol, con motivos de ruedas caladas, que le daban una identidad especial a la construcción. Momentos después, la puerta se abrió y la cabeza austera de una persona apareció por la abertura.
- ¿Señor?
- Mi nombre es Terrence Grandchester – Anunció Terry con un gesto de cabeza al hombre que estaba delante de él – Mi padre, el duque de Grandchester me ha enviado a presentar mis respetos al conde Contarini. ¿Le puede informar sobre mi presencia, por favor?
El sirviente permaneció en silencio por un momento, ocupado en observar al joven inglés de pies a cabeza.
- Un momento por favor... – dejó escapar finalmente, indiferente a la obvia impaciencia de su interlocutor. Luego cerró la puerta ante el asombro del joven. Este último estaba a punto de irse cuando la puerta se abrió de nuevo, esta vez completamente.
- Grandchester, entre por favor. El conde lo espera.
Terry entró en el vestíbulo que encontró muy oscuro y sobrecargado de trofeos de caza. Lateralmente había una escalera de roble que conducía a los pisos superiores. Era allí en donde estaba la sala de estar, ya que la planta baja era demasiado propensa a sufrir inundaciones. El hombre que parecía ser el mayordomo invitó a Terry a seguirlo hasta el primer piso. Varias puertas se abrieron bajo el azulejo de color rojo y negro. El mayordomo llamó a la puerta que se hallaba a la derecha de ellos. Una voz respondió, medio ahogada por el muro que los separaba. El criado abrió la puerta y con una señal de la mano, le propuso a Terry que entrara. Era una habitación de tamaño mediano, bañada gloriosamente por la luz que entraba por las ventanas con forma de ojiva. Un poco más al fondo, en la sombra, un anciano con el pelo blanco, rizado y largo hasta los hombros, vestido con una túnica, estaba sentado en una de las ventanas, y observaba con un telescopio puesto sobre un trípode el ir y venir de las góndolas y barcos en el canal.
- Me sorprende usted en pleno entretenimiento, joven hombre - dijo sin dejar su puesto de observación - El tráfico en el canal es una Verdadera Comedia de Arte. Es una fuente de gran diversión para mí. Usted debe ver a estos dos gondoleros insultándose después de haber evitado el casi chocarse – continuó diciendo, con su cuerpo atrofiado, sacudiéndose por la risa.
Por último, empujó su telescopio, dejó su asiento y se dirigió a Terrence, quien permanecía inmóvil.
- Qué extraño... - dijo, mientras que acercaba su cara arrugada a la del joven - Usted tiene una sutil mezcla de su padre y de su madre...
- ¿Usted la conoce? - Terry respondió al instante, lamentando de inmediato su audacia.
- En efecto, joven hombre, y puedo confesarle que hubo un tiempo en que yo también tuve la intención de seducir a esa criatura divina que era ella. Pero el encanto británico fue más convincente... o la suerte. Optaría por la segunda hipótesis.
Terry frunció el ceño ante la dudosa presunción del anciano, cuya apariencia evocaba más al Avaro de Molière que a Rodrigo de Corneille. Pero los ojos chispeantes de malicia no ponían en duda el encanto que había tenido en su juventud. Miró las pinturas que estaban en las paredes, para ver si podía reconocer alguna joven cara y se detuvo, sorprendido, en un busto de mármol negro que estaba posado en el fondo de la sala, en un aparador entre dos rellenos faisanes.
- ¿Shakespeare? - Le preguntó, dando un paso hacia la escultura.
- Bueno, ese es él. ¡Otro maldito Inglés! - Replicó el conde con una gran sonrisa - ¿Es usted aficionado a sus obras, mi joven amigo?
- En realidad... - dijo Terry, con una tímida sonrisa en los labios - Soy un actor de teatro en Broadway, y las obras de Shakespeare son una parte importante de mis libretos, y de mi vida...
- ¡Qué divertido! - Exclamó el anciano, con los ojos abiertos de sorpresa - ¿Sabe usted que esta casa ha inspirado a Shakespeare para su obra de Otelo? Se supone que aquí habría vivido Desdémona antes de ser asesinada por su marido celoso...
- ¿En serio?
- Eso es lo que dice la leyenda, y siempre hay algo de verdad en una leyenda, ¿verdad?
- Eso no me deja indiferente, tiene usted razón - dijo Terry sonriendo - Es un gran privilegio para mí estar en estos muros cargados de historia.
- Créame, demasiada historia oculta algunas desventajas tales como... como ciertos antepasados indeseables que nos vienen a molestar por la noche... - susurró él como si no quisiera ser oído.
- ¿Quiere decir... fantasmas? - Preguntó Terry, con un estremecimiento de terror recorriendo su columna vertebral.
- ¡Sí, mi joven amigo! ¡Oh, por favor, no se deje abatir! ¡No sólo en Inglaterra hay espíritus! - Respondió el conde riendo.
Ignorando el juego de palabras que pretendía con su buen humor, Terry respondió:
- Para ser honesto, yo hubiera preferido que ustedes no tuvieran ninguno. Me quedan muy malos recuerdos de mis noches en la mansión familiar en Escocia, donde los sonidos de las cadenas y los pasos interrumpían mi sueño diariamente.
- Oh, no se preocupe, aquí no tendrá ruidos. ¡Ellos tratarán de quitarle su manta o hacer cosquillas en sus pies! ...
- ¿Disculpe? – gimió Terry, visiblemente aterrado.
- ¡Jajajaja! ¡Estaba bromeando! - Exclamó el conde, dando una palmada franca en la parte posterior de la espalda de su huésped, cuyo rostro había perdido todo el color - ¡No me diga que a su edad usted todavía cree en los fantasmas!
- No, por supuesto... - murmuró Terry, avergonzado de su ridiculez.
- Tenga la seguridad, que las únicas cosas que lo despertarán por la noche serán las campanas de las iglesias que nos rodean, y en Venecia, ¡No hay respiro! ¡Es un concierto muy animado!
Si bien Terry recuperó sus colores, se mantuvo escéptico ya que persistía en los labios del que hablaba una sonrisa irónica que no alentaba su confianza. Este último se dirigió a la chimenea en frente de las ventanas, en la que había un espejo de gran tamaño y tiró de la cuerda que estaba junto a él, para llamar a un sirviente.
- Me imagino que después de un largo viaje, desea relajarse... Mi sirviente lo llevará a su habitación, donde se podrá asear y cambiar. Siempre tengo ropa de repuesto para mis invitados. Úsela como lo desee. La cena será servida en una hora, en el comedor situado en el otro lado del . ¿Tendré el placer de tenerlo en mi mesa, Grandchester?
- Por supuesto, cuente conmigo conde Contarini. Gracias de todo corazón por la hospitalidad que me da. Es muy amable de su parte.
- Créame, mi amigo, esa no es la cualidad que me caracteriza en la mayor parte del tiempo - respondió el anciano en un tono misterioso, mientras acompañaba a Terry hasta la puerta - A mi edad, raros son las personas que pueden entrar en mi casa. ¡En lugar, debe agradecer a su padre! Si no fuera su hijo, ¡Mi mayordomo tendría órdenes de lanzarlo al agua!
Una vez más, Terry se preguntó si el anciano a pesar de la seriedad que le mostró, no estaba jugando con sus nervios. Pero no tuvo tiempo de reaccionar porque irrumpió en ese momento el sirviente, quien se apresuró a seguir para escapar de presencia de ese extraño y aterrador anfitrión. ¡Ciertamente, su padre tenía unas relaciones extrañas! Esta constatación no lo hacía sentirse seguro, más aún cuando, al entrar en la habitación, una enorme cabeza de alce lo recibió (probable trofeo de caza de los países nórdicos) que colgaba sobre su cama, con sus ojos fijos y sin vida. Una cosa era cierta: los fantasmas no se atreverían a venir allí. Sin embargo, esto no eliminaba las pesadillas ¡Que seguro le iba a provocar esta casa de locos!
El día había pasado tranquilamente. Patty se había dormido de nuevo, y Candy se había sumergido de nuevo en la lectura de su libro. En realidad, ella se aburría un poco. Era el único libro en inglés que le podían ofrecer y que no era el más excitante. Ella bostezó, se estiró totalmente en su asiento, y luego tomó el libro en sus manos, acariciando la tapa con un aire distraído. La irrupción repentina de una enfermera en la habitación vino a acabar con su aburrimiento.
- Señorita Andrew, ¿Puede venir a la sala de recepción? Tenemos un pequeño problema...
- ¿Es grave? - Candy preguntó mientras caminaban por el pasillo que conducía a la entrada del hospital.
- No, se lo aseguro. Es sólo un poco, bueno... ¡Voluminoso!...
Llegando al lugar, Candy comprendió fácilmente la implicación de la enfermera: una montaña de maletas dejadas en el paso de la entrada, por lo que el personal y los visitantes tenían que zigzaguear entre el equipaje de viaje. Lo estrictamente necesario para dos mujeres de mundo... La joven norteamericano dirigió una sonrisa avergonzada por lo grotesco de la situación.
- Las han venido a dejar de la estación y nos dejaron en claro que pertenecían a usted - dijo la enfermera, con algo de burla en su voz.
- Créeme – se dice Candy para sí - si fuera por mí, habría mucho menos que esto y yo no estaría aquí, tan ridícula, delante de este montón de maletas de las que todavía desconozco en gran parte lo que contienen...
Por un breve momento le molestó haberle permitido a Annie encargarse de su equipaje. Esta último le había dicho que una joven de su rango tenía que viajar con tal cargamento, a fin de no dañar el prestigio de la familia. Ella tenía que tener un traje diferente cada día, incluso cambiarse varias veces al día, dependiendo de las actividades.
- ¿Comprendes, Candy? - le había dicho su amiga suspirando ante la extravagancia del equipaje - Eres la heredera de los Andrew. Vas a representar a la familia en el barco y en el extranjero. Si estás vestida como una "mendiga", la gente se imaginará que tenemos problemas financieros. Ellos harán preguntas, los rumores circularán, y esto puede perjudicar a la empresa. ¡Todo está conectado!
No puedo creer que un simple trozo de tela puede tener tanta influencia en los valores de una empresa... - replicó Candy, desconcertada.
- Por desgracia, esta es la forma en que funciona. Conociendo tu naturaleza, supongo que podrás encontrarlo inútil y ridículo, pero hay códigos que hay que seguir y desobedecerlos pueden causar mucho más daño de lo que imaginas. Con una apariencia sencilla, perderás toda la respetabilidad, y cualquier consideración. ¡Esto puede arruinar toda una reputación!
- ¡Dios mio! ¡Da miedo!... ¡Qué extraño mundo en el que vivimos?... ¡Bien!... ¡Bien!... Voy a aplicar estos códigos al pie de la letra y haré todo lo posible por cumplir con el nombre Andrew. No me gustaría que Albert llegara a lamentar el haberme adoptado...
- ¡No seas tonta! – se rió Annie - Él sabe lo que es más importante en la vida, pero la sociedad en la que nos movemos pone una vara muy alta sobre esas cosas esenciales. Podemos, por supuesto, no estar de acuerdo, pero si nos adaptamos a ello, podemos a través de nuestra presencia y nuestras acciones, permitir cambiar lentamente las mentalidades, las dos huérfanas pobres que solíamos ser, hemos sido capaces de lograr algo honorable por lo que debemos estar orgullosas.
- Bueno, es una buena perspectiva y convincente. Pero... ¿estás realmente segura de que es necesario que use tanta? – preguntó Candy, señalando la cantidad de trajes extendidos sobre su cama.
El sí firme y categórico de Annie había terminado la conversación y Candy no había insistido. Pero ahora, ante las sonrisas irónicas del personal que estaba de turno, maldijo el entusiasmo excesivo de su amiga.
- ¿Qué voy a hacer con todas estas maletas? – gimió Candy - ¡No cabrán en la habitación de Patty!
- Escuche - dijo la enfermera, ante la voz preocupada de Candy - Le sugiero que haga una selección de las cosas que puede poner en una o dos maletas, y llevaré el resto al sótano, donde almacenamos nuestro material. Y usted las recuperará al partir.
- ¿En serio? ¡Me ha salvado la vida! ¡Agradezco sinceramente su ayuda!... señorita... ¿señorita?
- Emma! Mi nombre es Emma. - Dijo la enfermera en un bonito acento italiano, estrechando francamente la mano que Candy le ofreció - ¡Encantada de servirle!
- Espero tener la oportunidad de retribuírselo. No dude en ponerse en contacto conmigo si surge la oportunidad. Si está en mis capacidades, yo estaría feliz de hacerlo.
- No se preocupe por eso, señorita. No espero nada a cambio. Es normal el tratar de ser útil.
Candy le agradeció con una cálida sonrisa y luego se inclinó hacia su equipaje para seleccionar aquello que quería conservar. Dejó a un lado una maleta para Patty que contenía sus artículos de tocador, algunos camisones y algunos vestidos, e hizo lo mismo para sí misma. De repente la invadió el problema de la vivienda. De hecho, ¿En donde residiría durante la convalecencia de Patty? No quería nada demasiado lejos del hospital, porque ella quería estar siempre a la cabecera de su amiga hasta lo más tarde posible, sin temor de regresar por la noche a su hotel. No sabía si había uno en la zona y se volvió a Emma para preguntarle.
- ¿Un hotel en la zona? No. Pero hay una pequeña residencia de huéspedes en esta misma calle. "Donde Roberta." Es modesto pero muy bien cuidado. Por desgracia, no creo que se ajuste a sus expectativas.
- Piénselo de nuevo. Eso me convendrá perfectamente. Iré a verlo ahora mismo. Por favor, si mi amiga se despierta antes de mi regreso, ¿Podría explicarle la razón de mi ausencia? No me gustaría que se inquietara.
- ¿Usted no tiene de qué preocuparse. Tómese su tiempo. Si es necesario, le voy a dejar a un lado un plato de comida que puede comer en compañía de su amiga cuando regrese.
Candy le dio las gracias con una sonrisa y partió buscando atentamente la casa de huéspedes. Salió a la calle, sorprendida por la frescura del aire que contrastaba con el calor abrasador que prevalecía en el edificio. Una hilera de robles que proyectaban su sombra la protegía en su exploración del benévolo lugar. Estaba muy agradable el ambiente, el sol estaba perdiendo poco a poco altitud, pero aún estaba lejos de dar paso a la oscuridad. Observó a un chico en pantalones cortos que corría riendo detrás de su perro, y pensó con añoranza en los pequeños residentes del Hogar de Pony. Se sentía bien por pasear y tomar algo de aire. Permanecer encerrada durante algunas horas le molestaba, pero era mejor que estar acostada en una cama como Patty. No eran las vacaciones idílicas que ellas esperaban, pero sería un buen tema de conversación en el camino de regreso a Estados Unidos.
En América... ¡Las cosas que le iba a decir a Terry! ¡Como ansiaba hacerlo! Aunque su estancia en Europa apenas había comenzado. A pesar de los lugares exóticos, sentía que el tiempo pasaba lento y se culpó por su falta de agradecimiento hacia Albert y sus amigos que organizaron este viaje.
Albert...
¡Albert!
Albert no estaba al tanto de su percance ¡E iba a estar muy preocupado! ¿Cómo podía haberse olvidado de informarle? Obviamente, las emociones de los últimos días le habían hecho perder la razón y tenía que retomarla ¡Antes de perderla por completo!
Las siete campanadas de una iglesia cercana interrumpieron sus pensamientos e incrementaron su consternación. Era en vano en ese momento buscar una oficina de correos, pues se encontraría con la puerta cerrada. Contrariada, decidió ir allí al día siguiente, para enviar a primera hora de la mañana un telegrama tranquilizador a su benefactor.
Mientras caminaba, perdida en sus pensamientos, no se dió cuenta en un primer momento del aviso de la Pensión Roberta, firmemente unida a la pared del pequeño edificio que la albergaba. Había un aviso en el que estaban escritas las palabras "se habla inglés" lo que la tranquilizó. Finalmente no era difícil viajar al extranjero: ¡Todos hablaban inglés!
Tocó la campana que estaba al lado de la puerta, la que fue abierta a los pocos segundos por una mujer que llevaba un delantal, y el cabello atado por un pañuelo de color blanco y negro.
- ¿Señorita?
Buenos días señora. Roberta, ¿supongo? - Candy preguntó, inclinándose ante su interlocutora.
- Así es ¿Qué puedo hacer por ti?
- Permítame presentarme. Mi nombre es Candy White Andrew y quiero una habitación por unos días. Una enfermera del hospital de al lado me dijo que posiblemente me podría dar cabida.
- Estás de suerte porque en el verano debido a todos estos turistas, estamos generalmente completos. Pero una pareja estadounidense nos dejó esta tarde, y puedo alquilarle esa habitación si lo desea.
- Eso es perfecto, señora, gracias. La dejaré para informar a mi amiga que está enferma y tiene que permanecer en cama en el hospital. Me instalaré de nuevo en la noche si no hay ningún inconveniente.
- Venga cuando quiera, señorita. La puerta está siempre abierta. Para entonces, su habitación será limpiada. Es la número seis. La llave estará colgada en el mueble del pasillo de la entrada.
Candy le agradeció a la hotelera y se dio la vuelta. No obstante, se tomó su tiempo e hizo un desvío a través de algunas calles para conocer el lugar. Cuando volvió al hospital, encontró despierta a Patty, viendo con satisfacción sus mejillas rosadas.
- ¡Que bueno saber que tienes una mirada tan feliz por verme!
- No me malinterpretes - Patty se rió entre dientes, señalando a un punto específico sobre la mesita de noche, con un pequeño jarrón que tenía una pequeña rosa roja - pero esa no es la razón de mi buen humor...
- ¡Huele muy bien! – se inclinó Candy hundiendo su nariz en la flor - ¿Quién te la dió?
- ¡Alessandro!
¿Alessandro? ¿Alessandro Biazinni, el doctor?
- ¡Sí, si! – Respondió Patty, asintiendo con la cabeza - Me la ofreció hace un rato, durante su visita de la tarde.
- ¡Impresionante! ¡Él no pierde el tiempo!...
- Oh, Candy! ¡No seas tan suspicaz! Es sólo una flor, vamos a ver... No hay ningún mal en ello.
- ¡Pero aún así es una rosa roja...!
- Tal vez él sólo tiene de ese color en su jardín. Además, Candy, ¿no te parece que es un buen detalle de su parte?
- ¡Si claro! pero también es un italiano, y conoces su reputación: encantador, seductor... no me gustaría que un Casanova jugara con tu pequeño y frágil corazón...
- No te preocupes. Creo que sospechas demasiado de la mala reputación de los italianos. El Dr. Biazinni se comportó conmigo como un verdadero caballero.
- Eso es lo que me asusta... – se dijo Candy al tiempo que decidió no hacer más preguntas. Hacía mucho tiempo que no había visto a Patty tan alegre, por lo que no quería echar a perder este nuevo sentimiento. Sin embargo, se comprometió a mirar un poco más cerca al caballero italiano para descubrir sus verdaderas intenciones.
- Me dijo que me estaba recuperando de forma rápida y a este ritmo, podría salir del hospital en pocos días – continuó Patty, suspirando felizmente.
- ¡Es una excelente noticia! No puedo esperar para que puedas salir de este lugar, querida Patty. ¡Hay cosas tan bonitas que ver en la zona!
- Sabes, Candy, no quiero que por mi culpa te quedes atrapada aquí. Debes salir a visitar la ciudad.
- ¡Vamos, Patty, no hay forma de que te deje sola aquí! ¡Vas a aburrirte hasta morir!
- Por eso es por lo que te pido que te tomes esa libertad por las dos. Mira, podrías unirte a mí a la hora de la cena y contarme lo que viste. Me gustaría viajar a través de tí.
- No estoy segura de que...
- ¡Vamos, Candy! ¡No seas terca! Serás mis ojos y mis oídos. Me harás soñar, así que tendré aún más el deseo de recuperarme ¡Para explorar contigo todas estas maravillas!
- ¡Pues, será!... – dijo Candy finalmente, suspirando con resignación - ¡Pero en caso de dudas, lo reanudaremos justo en donde lo dejamos!
- Si lo quieres, pero créeme, estoy segura de que es lo mejor que puedes hacer.
- ¡Te traeré algunas especialidades!
- ¡Candy! ¡Realmente eres un estómago viviente! - Exclamó Patty riendo - Pero no te diré que no, porque me temo que, como en todos los hospitales, la comida no será muy rica.
- ¡Vamos a verificarlo! – dijo Candy, cuando vio a la mujer que entró empujando un carro en el que se habían colocado dos bandejas de comida.
- ¡Esto se ve muy bueno, me muero de hambre!
Las dos amigas disfrutaron de la pasta y la sopa minestrone bien caliente. Al final Candy fue la más voraz, ya que Patty, aunque muy motivada al principio, tuvo que abandonar rápidamente su comida. Su estómago todavía estaba débil por la operación y los medicamentos que tenía que tomar, y fácilmente se mareaba ante el más mínimo esfuerzo. Ella se dejó caer un poco más profundamente sobre su almohada y murmuró con cansancio:
- Creo que estoy a punto de hundime de nuevo en los brazos de Morfeo... Es muy agotador quedarse en la cama todo el día...
Candy sonrió divertida, constatando que su amiga no había perdido nada de su ironía. Era lo que más quería de Patty: su discreta personalidad causada por una timidez paralizante, pero que hábilmente ocultaba una personalidad llena de humor y picardía.
- Te dejaré descansar... - dijo ella, limpiando sus labios con una servilleta - Así, estarás en mejor forma mañana. Voy a aprovechar la mañana para encontrar algo que te impedirá estar aburrida y ocupará tus largos días.
- Eres muy amable en pensar en mí, una pobre criatura con una enfermedad que la tiene confinada a una cama...
- ¡No tienes que alardear demasiado! - dijo riendo Candy - En pocos días vas a bailar en los brazos del bello Alessandro. ¡Fue él mismo quien lo dijo!
- No ha mencionado esa posibilidad – dijo Patty, ruborizándose, con los ojos brillantes de emoción - pero me podría ayudar para hacer mi recuperación aún más rápida...
- Por ahora, piensa sobre todo en descansar - Candy respondió dándole un beso en la frente a su amiga - Mañana será otro día... Dulces sueños...
Patty asintió, sonriendo y cerrando suavemente los ojos. Adquirió rápidamente una respiración constante y Candy se dijo que podía dejarla dormir en paz con los ángeles. Tomó su bolso y la maleta que había apartado con sus cosas y dejó el hospital. Afortunadamente, la calle que conducía a la pensión estaba ligeramente inclinada, y el peso de su equipaje parecía más ligero. Su habitación estaba en el primer piso y dio un gran suspiro de alivio cuando finalmente se tiró en la cama. Se quitó los zapatos con el talón y se quedó estirada por unos minutos mirando al techo.
De repente, alguien llamó a su puerta. Era su casera Roberta quien llevaba una enorme jarra de agua caliente.
- Pensé que le gustaría tener un buen baño caliente señorita.
Candy le dio las gracias por esta excelente iniciativa y con gusto la invitó a entrar. La hotelera atravesó la habitación y tiró el agua de la jarra en la bañera, que estaba en el extremo del cuarto, junto a la ventana. Una pantalla la protegía de las miradas indiscretas y le daba intimidad a la zona de baño. Después de tres idas y vueltas, la bañera estaba lista y Candy no tardó en sumergirse en ella. Dejó escapar un gemido suave de alegría al contacto con el agua caliente sobre su cuerpo cansado y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el borde de la bañera. Cerró los ojos y saboreó el momento, con una sonrisa de satisfacción en los labios. Jugó largamente con las sales de baño, pasando de pies a cabeza una esponja jabonosa sobre su piel, golpeándola ligeramente sobre los pies para relajarse. Pero poco a poco, la temperatura del agua disminuyó y la joven tuvo que resignarse a abandonar su pequeño paraíso. Se secó rápidamente y luego se untó en el cuerpo un aceite perfumado que había encontrado en el mueble del baño. Tenía un agradable olor a lila, una de sus flores favoritas, lo que la puso aún más alegre. Se puso el camisón y se tumbó en la cama. Apoyó su cabeza sobre una de las palmas de sus manos, y sus ojos se posaron en su bolso entreabierto, que estaba a su lado de ella, a los pies de la cama. La carta de Terry sobresalía, y con una mano delicada la tomó. La escritura fina y elegante del joven bailaba ante sus ojos en movimiento, y las palabras que tantas veces había repetido en su cabeza, desde la primera vez que las leyó, se hicieron carne y hueso, como un susurro en su oído con toda la ternura que evocaban.
Yo no he cambiado...
La voz suave y cálida del joven se infiltró por todo su ser, y parecía por un momento que podía sentirlo junta ella y podría tocarlo. Extrañas sensaciones comenzaron a apoderarse de ella, consumiéndola interiormente, con un grato cosquilleo en su vientre, que aceleró el ritmo de su respiración, envolviéndola en un delicioso calor que la llevaba a un territorio que no le era del todo desconocido, pero que en realidad nunca se había atrevido a penetrar. Se sentó temblando por la falta de aliento, con sus mejillas encendidas. Cerró la carta a toda prisa y la guardó en su bolso. Unos segundos después, dándose cuenta de lo extraño de su comportamiento, soltó una risita que ahogó con su mano. Todos estos años había frenado sus deseos más íntimos y ahora estaba libre de vivirlos plenamente, se sentía culpable, como una niña atrapada en el acto. Su cuerpo de mujer estaba despertando lentamente de un largo sueño que se había auto-impuesto, y se dio cuenta de que si Terry era capaz de hacerle vivir a la distancia esas emociones tan intensas, ¿Qué podría pasar cuando se reencontraran realmente?
En busca de aire fresco, se acercó a la ventana y la abrió totalmente. Una ligera brisa acarició su cara bonita, empujando sus rizos de oro. Miró hacia arriba y vio la estrella de la tarde que brillaba intensamente en el cielo. La estrella del amor era una de las primeras en parpadear al final del día, y se mantenía así incluso durante las más bellas noches estrelladas, pues era una de las estrellas más brillantes que se distinguían fácilmente entre miles que brillaban a su alrededor. En unas pocas horas, Terry también tendría la oportunidad de admirarla desde la parte superior de su gran balcón de la calle Horacio... Ella aún no sabía que a un centenar de kilómetros de distancia, el joven también se apoyaba en un balcón, pero más bien del canal de Venecia y contemplaba incluso el cielo, que tomaba un gran número de colores en la noche, con un pensamiento especial para ella, prometiendole que el día siguiente sería el último día que vivirían lejos el uno del otro...
Fin del capitulo 6
