Ivosh suele ausentarse durante bastante tiempo. Últimamente apenas le veo, pero he de reconocer que su falta me ha hecho ser prácticamente autodidacta. Como su discípula que soy, tengo permiso de mi maestro para entrar a sus habitaciones, permiso que he utilizado durante todos estos días.
Aquella vez mi maestro dijo que iba a emprender un viaje de negocios. Algo breve, pero estaría fuera durante dos meses. Yo, que me he acabado acostumbrando a sus repentinos viajes, no me he preocupado bastante. Le dije adiós y, cuando él se hubo marchado, me dediqué a revisar todos y cada uno de los libros por enésima vez, incluso aquellos a los que teóricamente no puedo acceder.
Seguro que si estas anotaciones caen en manos de algún ignorante este pensará que los libros estaban protegidos por una especie de magia poderosa que, milagrosamente, yo conseguí anular. Nada más lejos. Que quede bien claro: los libros, ya sean de conjuros o Biblias, son simplemente libros. Os recuerdo también que no soy más que una mera aprendiza que acaba de cumplir ocho años, que ni siquiera es capaz de lanzar un hechizo con toda la precisión que quisiera.
Los libros están escritos con letra pequeña y son enormes. Algunos (los de magia oscura) están prácticamente nuevos; otros son tan frágiles que parece que la más mínima brisa los estropeara.
Sola en el cuarto, pues Ivosh se acababa de marchar, yo decidí estudiar esa tarde los diferentes seres que pueblan la Tierra. Cogí un enorme bestiario, dedicado casi enteramente a las hadas, y lo abrí. Estuve leyendo durante toda la tarde, y me salté las demás clases del día.
No quisiera que me tomarais como una olvidadiza; no me olvidé de la hora, simplemente decidí no acudir a clase. No voy a acudir más a ninguna clase inútil que me quite tiempo, sino que lo voy a dedicar por entero a estudiar por mi cuenta. Reconozco que al principio mis otros maestros se disgustaron, más por la sustanciosa cantidad de dinero que iban a perder con las clases que por una alumna que había manifestado su intención de renunciar. Al final, todos se marcharon a regañadientes. Confieso que sonreí abiertamente una vez se hubieron ido.
Ya me he atrevido a usar mis primeros hechizos y encantamientos. A base de probar, he conseguido transformar vino en agua, he cambiado el color de las cortinas y he encantado a un gorrión para amansarlo. Es sencillo, una vez que se practica. Al principio me costó horrores volver todo a su estado natural, y creo, de hecho, que las cortinas han sido de todos los colores antes de volver a ser completamente carmesíes. Pero estoy orgullosa de los resultados. Esto demuestra que no lo hago del todo mal.
Sin embargo, el suceso más interesante sucedió hace apenas dos días, justo cuando se cumplía una semana de la marcha de Ivosh. Aquella mañana me encontraba yo, como siempre, sentada en el escritorio de mi maestro, ojeando sus libros y haciendo anotaciones. Había terminado de ojear un ejemplar dedicado exclusivamente al vuelo, un ejemplar que había leído ya muchas veces. Siempre, a Fleur y a mí, nos ha inquietado ese tema, el vuelo de las aves, y de pequeñas nuestra mayor ambición era poder volar. Si era buena, dentro de poco podría descifrar el complicado lenguaje arcano del libro y poder realizar nuestro sueño. Cerré el libro soñadoramente y aparté un ejemplar usado de términos de lenguaje arcano. Me levanté y, tras colocar el libro en su sitio, no pude evitar mirar hacia los negros ejemplares de magia oscura.
No debéis olvidar que aún soy una niña, y que los niños son, por naturaleza, curiosos. Así, satisfaciendo mi infantil curiosidad, cogí uno de los libros y lo ojeé con cuidado. Apenas era capaz de descifrar el lenguaje arcano, pero por lo menos algo podía entender. Como cualquier libro de hechizos, estaba lleno de ilustraciones, tanto de dibujos de extraños animales y plantas como del equipo básico para profesionales alquimistas. Uno de esos dibujos me llamó particularmente la atención.
Era de los más grandes del libro. Se trataba de un enorme dragón negro, rodeado de llamas y que escupía fuego. Detrás de la bestia estaba representada la imagen de una doncella, y al otro extremo la de su galán caballero que empuñaba su espada contra el dragón. Lo que no me llamó la atención no era la representación de San Jorge y el dragón, ni mucho menos. Era el animal en sí, el dragón. Intenté leer la página, chapurreando en voz alta el leguaje arcano.
"Bestias míticas: Dragones"
Eso rezaba el encabezamiento, seguí leyendo.
"Es bastante común en la cultura popular la representación de bestias feroces tales como dragones. Se piensa que tales monstruos existen en la realidad, ocultos a los ojos de los hombres. Mas, paradójicamente, tales bestias nunca existieron. Su invención data del año […], por lo tanto, estas bestias son fruto de la imaginación de los simples combinada con el ingenio de los brujos. Las imágenes de poesía épica donde un caballero lucha contra un dragón no son más que leyenda, aunque en casos concretos son hechos verídicos, protagonizados por hechiceros que […].
Un brujo puede crear un dragón y metamorfosearse, aunque se debe tener en cuenta que el hechizo consume una enorme cantidad de energía."
Para mí fue suficiente. Me erguí en la silla, asimilando la reciente información. Estuve sin moverme durante unos instantes, tras los cuales empecé a reír con una risita tonta. Pensaba en Lisieux, cuando a la hora de dormir nuestra aya nos contaba cuentos a Fleur y a mí. Recuerdo que a mi hermana le aterrorizaban los dragones, tanto que cuando Dama Hortense llegaba a esa parte del cuento Fleur se metía directamente bajo la cama tapándose los oídos. Reí porque, por un momento, imaginaba su cara al descubrir que yo podría transformarme en dragón. La pobre lo pasaría mal.
Me permití esos instantes de nostalgia, aunque inmediatamente volví a la realidad. Continué ojeando el libro, y encontré varios hechizos interesantes. Uno de ellos, el que más me interesó, consistía en transformar a un hombre en algo mitad animal, casi como si fuera una especie de trasgo. Es un hechizo realmente interesante, así que lo anoté y lo guardé. Me gustaría practicarlo, aunque encontrar a un sujeto será difícil.
Al anochecer abandoné la sala. No fui a cenar, sino que me dirigí directamente a mi habitación. Como siempre y, siguiendo mis instrucciones, mi criada personal me esperaba dentro. Parecía fastidiada y aburrida. Mejor así, porque no me cae nada bien. Ni siquiera me molesté en mirarla, ya que tenía demasiadas cosas que repasar. Fui directa a mi escritorio.
-Alteza…-dijo la chica con un deje de desden el la voz.
Yo no aparté la mirada de mis notas, aunque emití un gruñido para darla a entender que la escuchaba.
-Ha llegado esta carta para vos.-dijo. Por el ruido que hacía, deduje que estaba sacando la misiva- Viene desde Lisieux.
Era justo lo que faltaba, una carta de mis padres en un momento tan importante como ese. Fastidiada, fingí ordenar mis papeles.
-No quiero leerla quémala.-ordené.
La chica se encogió de hombros y arrojó la carta al fuego de la chimenea. Cuando escuché el crepitar de las llamas me sentí más tranquila, como si hubiera eliminado un problema. Estaba bien sin mis padres, y no quería que de repente ellos me recordaran su existencia, ni en forma de carta ni en ninguna otra. Quemando las cartas, por lo menos conseguiré algo de tranquilidad.
Carta de Fleur de Lisieux a su hermana, Neriah, quemada por la destinataria
Junio de 1302
Querida Neri, ¿cómo estás? Pronto será nuestro cumpleaños, el primero que celebramos separadas. Estoy algo triste por no poder celebrarlo contigo, la verdad, pero al fin y al cabo este viaje debe enseñarnos a valernos por nosotras mismas, ¿no crees?
Gaiforte es genial. Hice amigos enseguida, nada más llegar. Una de las chicas, que se llama Jan, accedió a enseñarme el castillo (que es enorme), y pronto nos hemos hecho muy amigas. Voy a clase todos los días, y mis maestros dicen que les gusta lo rápido que aprendo. Soy la primera de la clase, como en casa. Apenas tengo tiempo libre pero cuando salimos afuera lo disfrutamos al máximo. El rey Hubert es muy bueno conmigo; me trata como una adulta, y a veces se reúne conmigo para hablar (alguna que otra vez me ha pedido consejo y todo, fíjate).
Aún a pesar de todo, no puedo negar que echo de menos nuestro hogar, a nuestros padres, y sobre todo a ti, Neri. He escrito a nuestros padres justo después de escribirte a ti. Por desgracia, la carta no irá directa porque el mensajero no quiere hacer dos rutas por lo que la tuya la llevará a casa y después Padre y Madre te la enviarán. Me temo que este va a ser el método a seguir cada vez que nos escribamos. Será un poco más largo, pero la espera merecerá la pena con tal de recibir noticias tuyas. Tengo un montón enorme de preguntas sobre ti, y espero que con tu respuesta se queden contestadas. No te reprimas al contestar y cuéntamelo todo sobre tu vida en Glenhaven. Lo estoy deseando.
Con mis mejores deseos
Tu hermana Fleur
