De nuevo aquí, jeje. Mil gracias a Breyito-Black-Lupin, sonyrueda, Alexander Malfoy Black, Locatis (xD), TheLoveIsArt y anonimous por sus amables reviews. Capítulo corto (para mí al menos) y de transición, aunque espero que lo disfrutéis mucho. A partir de aquí empieza lo bueno (muajajaja).


VI. Sobre desviaciones de la regla y cacerías

Había sido una marcha apresurada. Alec sólo había tenido tiempo de despedirse fugazmente de su familia y recoger su equipaje ―ropas de cuero, el arco, flechas y unos cuantos cuchillos serafín― antes de que Jace prácticamente le subiera a la grupa del caballo y partieran a galope tendido. Ante ellos tres días de kilómetros y tierras que dejaban atrás en un suspiro.

Uno podía pensar que tres días de viaje a caballo resultaban interminables, pero para ellos pasaban en un abrir y cerrar de ojos. Entre conversaciones efímeras, carreras espontáneas y los bellos paisajes que pasaban veloces a su lado, el tiempo se escurría entre los dedos. En ocasiones en las que tenían tiempo suficiente, incluso se permitían parar en algún bosquecillo del camino y cazar algo para comer por la noche. Contra todo pronóstico, Isabelle era horrible cocinando, así que él se encargaba de al menos no carbonizar lo que fuera que habían cazado.

Él solía preocuparse de aquellos pequeños detalles que a menudo no parecían obtener reconocimiento: asegurarse de que sus hermanos comían bien, recordar información útil sobre distintos tipos de demonios… y lidiar diplomáticamente con los lugareños en situaciones en las que Jace e Isabelle acabarían perdiendo los estribos y emprendiéndola a patadas con alguien. Introducía un tinte de cotidianidad en una situación en la que los cazadores de verdad como sus hermanos se concentraban únicamente en matar y mantener a salvo al mundo.

Nunca se había considerado a la altura de sus hermanos, aunque tampoco era algo que le quitara el sueño. No era ni la mitad de efectivo que Jace en las cacerías, y por supuesto jamás esgrimiría la ferocidad de Isabelle al enfrentarse a un enemigo. Él siempre estaba en la retaguardia, vigilante, asegurándose de que ellos podían despacharse a gusto. Quizá por eso reunía más lesiones y accidentes que sus dos hermanos juntos.

Pararon cuando la luna de la segunda noche ya estaba alta en el cielo, redonda como una moneda. La luz cinérea caía sobre el mundo y monstruizaba las siluetas de los arbustos que poblaban el páramo. No era el lugar más acogedor del mundo, pero habían dormido en sitios peores ―la ciénaga de su quinta cacería, por ejemplo, o aquel despeñadero en el que casi habían acabado rodando ladera abajo―. Jace se ofreció a hacer la primera guardia, así que Alec e Isabelle se acostaron dentro de sus mantas cerca de los restos de la hoguera.

Alec no fue capaz de conciliar el sueño, la mente borboteándole sin descanso hasta darle dolor de cabeza. Envidiaba a Isabelle, capaz de dejar la mente en blanco para permitirse un descanso adecuado. La noche era calurosa, así que media hora más tarde acabó pateando la manta y rodando hasta acomodarse sobre un círculo de hierba blanda. No podría disfrutar por mucho tiempo de aquel clima de verano, porque en cuanto se adentraran en el dominio de las montañas la temperatura caería en picado y les ofrecería un paisaje posiblemente cubierto de nieve.

Apartó unas cuantas piedras que le molestaban y se hizo un ovillo en el lugar elegido. Los animales nocturnos aullaban sobre el erial, dando un tinte fantasmal al paisaje: lo bueno de haber visto tanta muerte y seres monstruosos era que los lugares que aterrorizarían a cualquiera hasta la demencia difícilmente podían asustarles.

Podía ver a Jace patrullando los alrededores, caminando de un lado a otro ojo avizor mientras tarareaba una melodía en voz baja.

Si tuviera lo que debía tener, una pizca más de valor y algo de autoestima, se pondría de pie, correría al lado de su parabatai, y le abrazaría susurrándole al oído lo que llegaba tanto tiempo atormentándole… aunque sus sentimientos empezaran parecer divididos. Estando allí, lejos de Idris, era fácil obviar a alguien recién llegado a su vida y seguir desangrándose por el amor no correspondido que llevaba tantos años gestándose en su pecho.

Alec sabía que era un desviado. Lo había sabido desde la última vez que tomó un baño con Jace, a la edad de trece años. Había dejado de hacerlo desde entonces, y a pesar de las preguntas de su parabatai nunca había logrado sonsacarle la razón. Aquella primera vez se había asustado tanto de cómo su cuerpo y mente habían reaccionado ante la visión de su "hermano" desnudo ante él que había pasado dos días encerrado en su habitación alegando estar enfermo. Realmente se había sentido muy enfermo, sólo que sentía que era su cabeza la que no funcionaba como es debido.

Aún tenía esa sensación espeluznante, la de tener una mancha imborrable en el alma, una suciedad mugrienta adherida a la piel que todos podrían notar si miraban con suficiente atención. Nunca había hablado del tema con nadie, ni siquiera con Isabelle. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo confesar que era uno de aquellos invertidos que la Clave tanto detestaba? Ser cazador de sombras era su vida entera: moriría de una lenta agonía si las cosas se torcían y le obligaban a abandonar aquel modo de vida.

A pesar de aquel miedo latente, la mera idea de ver la decepción en las expresiones de su familia era infinitamente más aterradora. Casi podía imaginar sus reacciones. Isabelle seguramente le felicitaría por desafiar tan abiertamente lo establecido, y Max parpadearía confundido sin comprender a qué venía tanto aspaviento. Su madre probablemente agacharía la cabeza, impidiendo que él viera la desilusión en su rostro, y aceptaría las críticas con la serenidad digna de una Lightwood. Su padre era el que más le preocupaba, más apegado a las tradiciones y mucho más comprometido con el honor: si había alguien a quien creía capaz de repudiarle, sin duda sería él. Más que decepcionado se lo imaginaba furioso, descargando la mano sobre él como nunca lo había hecho antes.

El pavor a la verdad aterrorizaba a Alec, y ello hacía que el escenario pareciera mucho más catastrófico en su imaginación.

No consiguió descansar ni un segundo a pesar de llevar casi cuarenta y ocho horas sin dormir. Cuando relevó a Jace y éste cayó dormido en el acto, permaneció despierto durante las largas horas de noche, perdido en sus pensamientos. No despertó a Isabelle para su guardia, y aún se sentía lúcido cuando el sol rayó las ya cercanas cordilleras en rosa y oro para marcarles el camino a seguir.


Magnus se sacudió el polvo morado de las manos y miró con cierta añoranza hacia el exterior donde relucía un sol deslumbrante. Había intentado que su mente se concentrara en las cantidades justas que debía mezclar para conseguir el hechizo de movilidad para el nuevo carruaje de Raphael, líder de los vampiros de Idris, pero su mente no estaba allí y ello le deprimía aún más.

Hacía apenas siete días que Alec había partido en la cacería y ya empezaba a echarle de menos. Había olvidado aquella sensación de vacío, el frío que se colaba en la piel al saber que alguien apreciado estaba lejos. Lo había sentido muy pocas veces, y nunca de aquel modo aterrador. Ni siquiera cuando se separó de aquella inmortal que le rompió el corazón…

Chasqueó la lengua y repasó con el dedo las instrucciones del viejo grimorio que llevaba consigo casi desde que se conocía. Se sentía más cómodo practicando magia elemental que aquellos aburridos hechizos que requerían la mezcla de varios componentes vulgares. Hacía mucho que no podía crear genialidades, como modificar la memoria de alguien a placer o crear un portal que salvara miles de kilómetros en un abrir y cerrar de ojos.

Lo sabía: se había equivocado en la porción de sal de roca ―eran tres gramos y no cuatro―. Probablemente el carruaje saldría despedido a la mínima o se desintegraría si circulaba al mediodía. Cerró el libro de golpe y salió de su habitación en dirección al ala sur del palacio. Mientras su cabeza se despejaba, cosa que podía costar un rato largo, probaría suerte de nuevo con aquella habitación que había encontrado vacía todas las veces que había llamado a la puerta.

Según decían, Teresa Gray no era una bruja corriente. Había oído decir que disponía de una extraña habilidad, la capacidad de cambiar de forma física y mentalmente para ser una copia exacta de la persona a la que suplantaba. Había ayudado a los cazadores de sombras de Idris desde hacía años en misiones que requerían de una cierta sutileza más allá de la matanza masiva, y eso le había proporcionado un lugar privilegiado en la corte. Al parecer había estado ausente durante semanas, ocupándose de ciertos asuntos en Puerto de Plata, pero había estado escuchando cuando Jem Carstairs contó a su parabatai durante el desayuno que ya había regresado.

Si había algo en él insaciable aún con la edad, era la curiosidad, más vibrante aún que en los otros brujos que había conocido a lo largo de su vida.

El ala sur era mucho más nueva que las demás que había visitado, y la piedra que componía paredes y suelo era impolutamente blanca. El olor a ceniza que flotaba en el aire, no perceptible para todo el mundo, indicaba que un incendio había obligado a reconstruirla no hacía más de cincuenta años. Había cuadros colgados a intervalos regulares y escudos de armas repartidos por las escasas zonas libres. Le resultó curioso el lujo del lugar siendo que alojaba a la mayor parte de subterráneos nobles de la corte.

Se detuvo frente a la puerta del final del corredor y la golpeó indulgentemente con los nudillos.

―Adelante ―concedió una voz femenina desde otro lado.

No había esperado realmente que ella estuviera, pero de todos modos entró sin demasiadas ceremonias.

A sus fosas nasales llegó un fuerte aroma floral que le dio una idea bastante aproximada de lo que iba a encontrar dentro. No se equivocó ni un ápice: la estancia iluminada por el sol estaba atestada de macetas con flores y jarrones de variopintos tamaños, todos repletos de crisantemos, azucenas, rosas y jacintos. La magia flotaba en el aire, y Magnus reconoció fugazmente un hechizo imperecedero para que las flores no se marchitaran. La ocupante de la habitación estaba de pie frente a una mesita de ébano, sus dedos largos acariciando la madera mientras le observaba con una sonrisa. Magnus inclinó levemente la cabeza en un acto caballeroso.

―Diría "perdone que la moleste", pero lo cierto es que mi compañía rara vez es una molestia ―aseguró.

La bruja sonrió con cortesía. Teresa Gray aparentaba ser incluso más joven que él ―unos dieciséis años― y aún así la elegancia manifiesta de sus movimientos indicaba lo vieja que era en realidad. Tenía el cabello castaño recogido en un apretado moño que dejaba que algunos rizos se derramaran sobre los hombros cubiertos de seda azul. Sus ojos eran de un gris jovial, inteligente. A simple vista nada indicaba que fuera una hija de Lilith: no tenía la piel de un color anormal, ni tampoco los ojos o las orejas raros. Algunos afortunados no tenían la marca del demonio visible, aunque no era lo habitual.

―Encantada de conocerte por fin, Magnus Bane ―dijo―. Llámame Tessa.

A Magnus no le pasó desapercibido que había dos tazas con cuchara sobre la mesa, así como un plato de dulces y una tetera al lado de un jarrón con flores.

―Veo que mi presencia aquí no es ninguna sorpresa ―observó.

―Esperaba tu visita ―reconoció Tessa, tomando asiento―. Los brujos somos curiosos por naturaleza, supongo. Más aún con los de nuestra especie ―le invitó a sentarse frente a ella―. ¿Querrías tomar algo conmigo?

―Faltaría más ―concedió, tomando asiento frente a ella.

La bruja parecía complacida con su reacción; cogió la tetera y sirvió su contenido en las dos tazas. Magnus la miraba con discreción, intentando valorar hasta qué punto debía bajar la guardia en su presencia. Había aprendido a desconfiar de la gente, aunque hubiera sido a base de golpes y desilusiones. Y sin embargo Tessa Gray era la segunda persona en aquel lugar en la que sentía que podía confiar a ciegas.

La otra estaba muy lejos de allí, posiblemente arriesgando su vida contra alguna criatura surgida del averno.

Intentó alejar tan sombríos pensamientos de su cabeza y tomó su taza. Dentro había un líquido espeso y caliente de un color pardo oscuro. Aquel olor le resultaba terriblemente familiar, pero esperó a dar el primer sorbo para confirmar sus expectativas.

―¿Es chocolate? ―sugirió, maravillado―. Y del bueno, por lo que veo.

Dio un nuevo sorbo y se relamió el labio al sentir que volvía a aquella ciudad junto al mar en la que había pasado la mejor época de su vida. Se vio a sí mismo mucho más ingenuo, sentado junto a una pálida belleza de ojos verdes mientras las gaviotas cruzaban sobre su cabeza y el mar se derramaba, imposiblemente azul, hasta donde alcanzaba la vista.

―Ya casi había olvidado cómo sabía ―suspiró―. Era común en Puerto de Plata, pero no he visto que lo consumieran aquí en Idris. ¿Cómo lo has conseguido?

―Hay un comerciante en los barrios bajos que lo trae una vez al mes desde el otro lado mar, junto a especias y frutas exóticas ―dijo Tessa―. Me trae recuerdos de mi hogar ―reconoció, y el gris de sus ojos se tiñó de añoranza.

Conocía aquella tristeza, porque él mismo la seguía sintiendo palpitar en su pecho a veces. La amargura imborrable por el hogar perdido, las raíces arrancadas de la tierra donde había nacido cuando la marca del diablo se manifestó en él.

Sonrió con resignación. Era todo un cambio encontrarse con otro brujo, con otro hijo de Lilith arrojado al mundo sin esperanzas de encajar en lugar alguno: era una sensación de innata complicidad que no había experimentado desde que Ragnor se había marchado.

―Reconozco que me sorprendió enterarme de que había otra bruja viviendo en palacio ―dijo―. Sé qué hay otros brujos menores esparcidos por la ciudad, pero si estás aquí es porque eres lo bastante poderosa como para ganarte el favor de los nefilim. ¿Por qué no optaste por el título de Bruja Real?

―Soy buena en lo que se me da bien, pero mis conocimientos sobre la magia habitual de los hijos de Lilith es muy reducida ―confesó Tessa sin un ápice de decepción―. También soy eficiente con la magia curativa, más nunca hubiera podido aspirar a un puesto tan elevado.

Dio un pequeño mordisco a uno de los dulces, concienzudamente espolvoreado con azúcar glasé, y después dejó que su mirada se perdiera en el paisaje soleado que se extendía tras su ventana.

―Me dicen que has hecho buenas migas con Alexander Lightwood ―soltó de repente.

Magnus no permitió que la sorpresa fuera evidente en su expresión. Se limitó a reaccionar con la tranquilidad digna de alguien que no tiene nada que ocultar.

―Las noticias vuelan, por lo que veo ―comentó, entornando los ojos―. Y eso que yo soy la persona más discreta que ha pisado jamás este lugar.

―Algunos nefilim me tratan como una más ―reveló Tessa, ensanchando su sonrisa―. Aunque claro, creo que mis… amigos se han quedado en la superficie respecto a ti y Alexander.

Magnus parpadeó varias veces, tomado por sorpresa. Acababa de conocerla y ella le había calado completamente, sin necesidad de verle interactuar con Alec. Sólo un brujo podía tener tal nivel de complicidad con otro a los diez minutos de conocerse. Tessa pareció notar cómo se disparaban sus alarmas, porque se apresuró a mostrar una actitud tranquilizadora ―como si esperara que de repente pusiera pies en polvorosa―.

―Soy más joven de lo que crees, Magnus ―aseguró―, pero sí lo suficiente vieja como para conocer la soledad que sufren los que son como nosotros. Sé lo fácil que es prendarse de criaturas tan frágiles y efímeras… y por ello precisamente tendemos a obviar detalles importantes en nuestro desesperado empeño. Es mi deber decirte que tendrás una dura competencia si tus intenciones no son meramente diplomáticas ―dijo con repentina seriedad―. Aunque he tratado más a sus primos Gabriel y Gideon que al propio Alexander, no soy ciega: para aquellos que sabemos ver más allá, es evidente que su corazón palpita desde hace años por Jace Wayland, su parabatai.

Magnus se mantuvo inalterable, sosteniéndole la mirada como si la desafiara a decir algo más. No era una gran revelación para él. Había percibido en el acto cómo los ojos de Alec vagaban siempre por encima de la multitud hasta engancharse en la figura del rubio, como un ciego que busca a tientas la luz del sol. Tal grado de devoción solía acompañar a un sentimiento más fuerte que la simple hermandad.

―Ya lo he notado ―garantizó―, pero eso no va a mermar mis empeños.

Tessa suspiró, y su rostro se impregnó de genuina compasión.

―Hay quiénes te llamarían iluso por tales palabras ―murmuró, consternada―. Otros sencillamente te tacharían de loco.

―Que me llamen como gusten: no le conviene seguir haciéndose ilusiones que él ―aseguró Magnus, inquebrantable―. Sólo acabará rompiéndole el corazón, y él no lo merece.

―Ése sentimiento ha durado mucho para la medición mortal ―susurró Tessa―. Quizá sea a ti al que se te rompa el corazón

También había pensado en aquella posibilidad, pero se había obligado a desecharla. Le costaba muy poco sentirse atraído por alguien, pero ay, olvidar era otro asunto… Ni siquiera entonces podía deshacerse del todo de la añoranza por aquellos a los que había amado y le habían acabado abandonando.

―Es un riesgo que estoy dispuesto a correr ―garantizó con absoluta convicción―. Puede que no le conozca del todo, que sólo haya hablado en serio con él un par de veces... pero tengo claro que es alguien que vale la pena. Merece algo más que ir mendigando por un amor que nunca será suyo.

Aquello daba por finalizada la conversación. Magnus se puso en pie con movimientos elegantes y se apoyó con ambas manos sobre la mesa, inclinándose sobre su superficie para encarar a la bruja a escasos centímetros.

―Agradezco enormemente tu hospitalidad ―garantizó―. Pero, si esto fuera Puerto de Plata, seguramente sisearía un ultimátum para mantener tu boca cerrada. No soy clemente con los que me traicionan.

No era una amenaza en sí misma, pero el tono de advertencia era evidente. Ella le caía más que bien, pero no era de los que dejaban cabos sueltos. No podía permitirse más indiscreciones… todavía.

―Yo veo muchas cosas pero hablo poco sobre ellas ―repuso Tessa con firmeza―. Todo lo contrario de la mayoría de gente de por aquí… No debes temer que mi lengua desatada te ponga en un aprieto. Me caes bien, Magnus: estoy segura de que podemos ser amigos, y yo ayudo a mis amigos.

A Magnus no le quedó ninguna duda de que decía la verdad. Más relajado, se incorporó de su posición y le dio la espalda para marcharse.

―Espero poder devolverte el favor algún día, si es que tienes alguna historia semejante a la mía tras estos muros ―dijo antes de irse.

Cuando la puerta se cerró a su espalda, Tessa suspiró y observó las flores que ocupaban el jarrón sobre la mesa. Jacintos blancos y lirios azules.

"Dos, en realidad" quiso murmurar, pero esa era otra historia.


La noche era tan fría como una puñalada de hielo, más incluso de lo que estaban acostumbrados los habitantes de la aldea. Alec suspiró en un intento de evitar que le castañearan los dientes, y una nube diáfana de vapor se elevó en la oscuridad y relució por un instante bajo la caricia de la luna antes de desvanecerse.

Apretó con una mezcla de expectación e inquietud las cadenas oxidadas que le retenían al pilar: el tacto áspero del metal bajo los dedos callosos resultaba extrañamente tranquilizador. Se sabía expuesto en aquel páramo desnudo poblado de niebla que se rizaba de formes imposibles, extendiéndose cientos de metros hasta un bosque de árboles pelados con ramas que, en aquella penumbra evanescente, parecían negras y retorcidas.

El silencio le presionaba los oídos, pero sabía que ya no podía alargarse mucho más. Conocía aquella sensación previa, aquel turbador cosquilleo en el estómago que anunciaba la llegada de un suceso aguardado y temido por igual.

Sabía que era la tentación perfecta, y quizás por eso la gente de la aldea se había mostrado tan agradecida de que se ofreciera como "sacrificio". Incluso desde aquella distancia, el ser malévolo que acechaba entre los árboles se sentiría tarde o temprano atraído por su pulso vital y su sangre caliente. Había matado antes, todos jóvenes varones que habían sido despedazados por sus mandíbulas y destripados por sus garras: él, pálido y con aspecto intencionadamente angelical, era un objetivo que el depredador no pasaría por alto. El perfume que bañaba su cuerpo no era sino un añadido para un trofeo que, por todo lo demás, parecía completamente indefenso.

Unas nubes perezosas cubrieron la luna, dejando una efímera y absoluta oscuridad. En aquel lapso de negrura casi completa, un aullido horrible desgarró el silencio y le alertó de la presencia del depredador. El joven apretó más sus cadenas, intentando contener la adrenalina para no lanzarse a una acción impulsiva. Esperó, impasible, la aparición del monstruo.

Lo oyó cruzar el bosque a la carrera, apartando ramas y tumbando árboles a su paso, atraído por una inexorable gravedad hacia él. Alec sonrió lánguidamente: lo había estado esperando, era un reclamo perfecto. Esa era la razón por la que se había dejado encadenar a aquel solitario pilar de ofrendas: quizás su acción sirviera para salvar al pueblo de nuevos ataques.

Hubo un instante de increíble silencio, y después el demonio surgió de la foresta con un crujido de ramas rotas. El chico tragó saliva, recurriendo a la filosofía imperturbable que le habían inculcado desde su más tierna infancia, y levantó la cabeza.

El ente medía casi tres metros y tenía la piel cubierta de aceradas escamas de un azul negruzco y sucio. Una larga cola se bifurcaba en dos a tres palmos de la base, y el extremo estaba armado con espinas de casi un metro de largo. Tenía tres ojos: dos a cada lado de la cabeza deforme y uno más grande y lechoso en la frente, justo bajo el comienzo de una melena enmarañada de un repugnante color verdoso. Las manos, dotadas de tres dedos, culminaban en unas zarpas agudas y retorcidas que parecían capaces de atravesar rocas. Se detuvo frente a la ofrenda, pisando hierbajos resecos, y lo contempló con deleite.

Alec frunció las cejas con contrariedad: era de largo una de las cosas más desagradables que había visto en su vida, y ya era decir. La boca de forma curva tenía varias filas de colmillos desiguales y su aliento apestaba a podredumbre. El demonio se inclinó sobre él y desenrolló una lengua negra y correosa con la que le lamió el cuello desnudo, dejándolo cubierto de una baba verdosa y hedionda.

El joven recordó, asqueado, el aspecto que presentaban los cadáveres de los jóvenes asesinados y semidevorados por aquel monstruo. El modo en el que el engendro le miraba daba a entender que sus intenciones eran más escabrosas que un simple juego de presa y depredador.

El ser rió entre una triple hilera de dientes mientras desgarraba la camisa del muchacho; como todos los de su raza, devoraba el corazón de la presa mientras ésta aún respiraba. Se excitaba con los alaridos de agonía y con las últimas convulsiones de unos pulmones incapaces de transferir oxígeno. A veces incluso valía la pena violarlos antes de acallar sus gritos para siempre.

Aquella era una de esas ocasiones. El muchacho era hermoso: los demonios sentían predilección por los seres bellos… y el placer máximo era reducirlos a rojo y muerte.

No reparó en el inusual pulso firme de la víctima, ni en el modo desafiante y ausente de pavor con el que le miraban los ojos azules como bolas de cristal. Pero mientras desnudaba el cuerpo pálido, dejando caer la camisa hecha jirones al suelo, sus ojillos captaron algo que no encajaba en aquel contexto: unos dibujos negros retorciéndose sobre la piel de alabastro del joven, rezando expresiones que quemaban la garganta de los demonios. Una sola palabra acudió irracionalmente al pequeño cerebro del monstruo.

Nefilim. Un hijo del Ángel.

Pero ya era demasiado tarde.

Un destello dorado brotó a espaldas del demonio y algo punzante se hundió en su costado. El ser chilló de dolor y se tambaleó, girándose para descubrir la causa de su herida: un cuchillo de un resplandeciente color plateado estaba firmemente hundido en su abdomen, y de la herida brotaba sangre negra como el alquitrán.

El atacante se dejó ver casi en el acto: a Jace le gustaba exhibirse ante las criaturas a las que aniquilaba. Algo para alimentar su ego.

Enloquecido de rabia, el monstruo volvió la vista al frente en busca de su presa, ansiando vengarse por la trampa de la que era víctima. Sin embargo Alec ya no estaba encadenado al pilar sino que se mantenía en perfecto equilibrio sobre él, exhibiendo los dibujos negros sobre su pálido pecho. Con la mano derecha tensaba una flecha en un enorme arco de un material plateado y translúcido.

El arco cantó y la saeta se hundió en el ojo lechoso del demonio, reventándolo. El ser chilló con desesperación y soltó las zarpas al frente, atacando ciegamente. Alec saltó al suelo justo a tiempo de evitar las garras que iban a por sus puntos vitales y rodó por el suelo para ponerse en pie de un ágil salto. El monstruo intentó perseguirle, pero algo se enredó en sus piernas torcidas haciéndole trastabillar y caer de bruces sobre una pendiente poblada de rocas.

El monstruo se volvió a tiempo de ver una serpiente de un dorado refulgente replegarse hasta el brazo de una hermosa joven de cabello negro. En la mano derecha esgrimía un látigo de oro envuelto en un chispeante campo eléctrico.

―Chicos, será cuestión de ir acabando ―gritó Isabelle, utilizando su arma para repeler al demonio.

Ante la sugerencia, los dos muchachos fueron al encuentro del otro y acecharon al objetivo con movimientos gemelos. Alec sacó un cuchillo largo que había llevado en el pantalón y, tras susurrar algo, consiguió que la hoja se encendiera como una estrella argentina. Con movimientos absolutamente compenetrados, ambos se lanzaron sobre el demonio sin emitir un sonido de más. Saltaron al mismo tiempo a escasos dos metros del monstruo e hicieron descender los cuchillos para hundirlos en su espalda.

No calcularon bien: el demonio desvió su atención de Isabelle y se volvió en el último momento con las garras en ristre para embestir a Jace.

Pero Alec llegó primero, reaccionando por instinto y tirando el brazo de Jace para apartarlo del camino del monstruo… quedando él en la trayectoria.

El zarpazo le dejó tres profundos cortes en el hombro derecho, y la inercia del choque le hizo caer tendido al suelo. Se quedó quieto durante largos segundos: sus compañeros temieron que el golpe hubiera sido más grave que la herida.

―¡Alec! ―gritó Jace, aferrándose a la melena del demonio y apuñalándole… una, dos, tres veces.

El engendro chillaba de dolor pero no daba signos de desplomarse. Isabelle acudió en ayuda de su hermano e intentó mantener a ralla al ser en base a azotarle con el látigo, aunque obviamente su mente estaba proyectada en el chico tendido en el suelo.

Éste se levantó a duras penas y aferró de nuevo el cuchillo: le escocían los cortes y ya tenía la mitad derecha del torso empapado de sangre. Observó con la vista desenfocada la mole a la que sus compañeros intentaban abatir: era una especie de demonio sobre la que recordaba haber leído alguna vez. Dos corazones, dos pulmones pectorales y uno dorsal, multitud de arterias por todo el cuerpo que provocaban que ninguna fuera indispensable. Y…

Ah. La idea se iluminó en su cabeza: un nódulo de equilibrio en la garganta.

―¡Jace! ―gritó, acercándose a pasos largos y seguros―. ¡Se desplomará si le cortas la yugular! ¡Córtasela! ―añadió, corriendo a recuperar su arco.

Isabelle levantó el látigo y golpeó el rostro del demonio, reventándole uno de los dos ojos. El ser soltó un alarido horrible y se volvió hacia ella con intención de embestirla. Jace trepó hasta el hombro del monstruo con la habilidad de una araña, pero los movimientos del engendro eran tan violentos que le impedían alcanzar el punto donde debía cortar. Gruñó con impotencia: la frente le brillaba en sudor y su respiración era alterada y jadeante. No podía seguir aferrándose para siempre a aquel enorme ser que no dejaba de dar bandazos. Una vez incluso estuvo a punto de caer, aunque consiguió asirse de nuevo a unos mechones de cabello apelmazado de barro.

―¡Isabelle! ―gritó Alec para llamar la atención de la muchacha.

La chica le vio gesticular como humanamente pudo con ambos brazos. Comprendiendo sus intenciones, Isabelle levantó el látigo y lo enrolló en el hocico del demonio, dejándolo firmemente cerrado. Tiró con todas sus fuerzas, consiguiendo que el monstruo inclinara la cabeza hacia atrás unos valiosos segundos. Alec apuntó, deseando que el pulso no le temblara tanto, y soltó una flecha que se clavó limpiamente bajo la barbilla deforme. Jace apareció con la velocidad de un pensamiento y seccionó el cuello del demonio de un solo y certero tajo, dejando manar la sangre de color brea en una fuente inagotable. El muchacho se descolgó hasta el suelo mientras el demonio aullaba y se tambaleaba, herido de muerte.

Con un chillido horripilante que casi les desgarró los tímpanos, el demonio se derrumbó de espaldas y se quedó allí, sacudiéndose y sangrando petróleo. En unos pocos segundos quedó inerte, y a continuación se disolvió en una voluta de polvo gris. El páramo quedó de nuevo desierto y silencioso, y sólo la presencia de los tres cazadores denotaba la lucha allí acontecida.

Con un largo y doloroso suspiro, Alec se dejó caer sentado sobre la hierba y se llevó una mano a las largas heridas. La sangre parecía arder bajo sus dedos: seguramente las garras del demonio llevaban algún veneno de bajo efecto. El brazo derecho sufría leves espasmos y lo tenía tan rígido como si no estuviera articulado. Tiritaba y le castañeaban los dientes: el frío que no había notado durante la batalla volvía a presionar con toda su crueldad.

Su hermana cayó sobre él, chillando cosas confusas en tono preocupado y manipulando el brazo herido de forma dolorosa. Era el más propicio de los tres a sufrir heridas y fracturas, pero nada de eso conseguía calmar a la chica cuando él sangraba.

―Tranquila, Isabelle ―la calmó él, intentando moverse lo menos posible―: apenas me duele ―mintió de forma benévola.

―No te muevas ―le exigió ella, apartándose unos mechones sudorosos de la cara. Observó con ojo crítico las heridas de su hombro―. Hay veneno, aunque no parece potente. Te pondré una runa para el dolor, pero me temo que tendrá que curarse sólo.

―Genial ―gruñó Alec entre dientes.

Isabelle sacó una estela plateada de los pliegues de su ropa y esbozó una runa sobre el hombro de su hermano. Alec se relajó en el acto cuando el escozor desapareció y el dolor se atenuó hasta desvanecerse; también su brazo recuperó la movilidad. Isabelle arrancó parte de su vestido y le vendó las heridas, apretando tanto el lazo como si se tratara de un torniquete.

―Gracias ―murmuró el muchacho.

Jace se reunió con ellos después de recoger las flechas de Alec. Estaba sorprendentemente pálido y le temblaban las manos.

―Empiezo a pensar que buscas la muerte ―le espetó, arrojando las saetas a sus pies. Parecía francamente enfadado―. ¿No tuviste bastante con la última vez?

―Lo he hecho sin pensar, ¿de acuerdo? ―se defendió Alec―. No ha sido más que un arañazo, un precio pequeño a pagar teniendo en cuenta que posiblemente te he salvado la vida. Tienes una curiosa manera de agradecérmelo.

Había sonado más duro de lo que pretendía, pero ya estaba harto de que le regañaran por hacer su trabajo. Los ojos de Jace le recorrieron fugazmente, deteniéndose en el hombro herido como si quisiera asegurarse de que no era grave. Suspiró profundamente, dejándose convencer, y cambió diametralmente de tema.

―Lo has hecho bien antes de tu absurdo ataque heroico ―le felicitó el rubio, metiendo las saetas en el carcaj. Fingió una mueca de coquetería―: estabas para comerte.

―Muy gracioso, Jace ―le espetó el aludido, arrebujándose con la manta que le tendió Isabelle―. ¿Por qué no fuiste tú el señuelo?

―Hubiera sido demasiado obvio ―repuso Jace, estoico―: ¿qué depredador caería si como cebo se le muestra un banquete en lugar de una presa desprevenida?

Isabelle puso los ojos en blanco y le propinó un codazo entre las costillas. Alec apenas podía creer la habilidad de Jace de soltar semejantes tonterías y conseguir sonar serio.

―En serio, pareces más… no sé, vulnerable ―comentó el muchacho rubio―. Era más fácil que le engañáramos de éste modo.

―¿Vulnerable? ―inquirió Alec, arqueando una ceja con indignación―. Anda, déjalo: me estás deprimiendo.

Jace se inclinó y ayudó a su amigo a ponerse en pie. Alec no se encontraba del todo bien, pero al menos sí parecía capaz de andar sin desplomarse.

―Vayamos a dormir al pueblo de al lado ―propuso Isabelle. Dedicó a su hermano una mirada resignada―. Por la mañana regresaremos a casa.


La posada en la que habían decidido pernoctar –la única en la que encontraron camas libres- no era precisamente un palacio, pero al menos fue una promesa de una cama medianamente limpia y una almohada mullida. Ninguno de los tres comió nada: el agotamiento era tan grande que optaron por aprovechar las horas de noche que les quedaban y darse un atracón en el almuerzo.

Sólo pudieron conseguir dos habitaciones, e Isabelle se apresuró a adjudicarse una para ella sola. Aunque Jace le gruñó un par de apelativos malsonantes, ambos muchachos se dirigieron a ocupar la estancia que les habían asignado. No era gran cosa, tal y como habían esperado: había polvo por todas partes, arañas en cada esquina de techo… y una sola cama. Bastante grande, eso sí.

―Bueno ―dijo Jace mientras se quitaba el jubón y la camisa negros―: déjame una almohada y dormiré como un bebé. Tú duerme en la cama.

Alec, que había estado observando los intrincados dibujos de las telarañas en el techo, volvió a la realidad con un parpadeo confuso.

―¿Y eso por qué? ―sugirió.

―Por favor, Alec: no hay más que verte ―repuso Jace con una sonrisa torcida―. Apenas te mantienes en pie. Creo que necesitas más que yo un buen descanso.

―Estoy bien ―protestó el muchacho con fiereza.

No era tan cierto como le hubiera gustado: las piernas le temblaban a cada paso que daba y se sentía bastante mareado. Notaba que le ardía el rostro, y el dolor en las heridas del hombro volvía a pulsar con fuerza. Jace bufó y se removió unos rizos del flequillo.

―Vale, señor no-quiero-hacer-nada-que-me-haga-parecer-débil ―cedió con los ojos en blanco―. Compartiremos esta diminuta cama y tendrás que lidiar toda la noche con mis codazos y patadas. Ah, y ronco una barbaridad.

―Me parece bien ―gruñó Alec, dejándose caer vestido en el lado del colchón más cercano a la pared―. Y sé perfectamente que no roncas: he dormido durante años en la misma habitación que tú, idiota.

Eso por supuesto había sido mucho tiempo atrás, pero esperaba que fuera suficiente ―en realidad era el mismo el que roncaba en voz alta―. Jace rió entre dientes, apagó la vela de un soplido y se encerró en el cuarto de baño. Alec suspiró con alivio y se encogió más en su sitio, pegando las rodillas al pecho en actitud de autoprotección. Sin haberlo pretendido acababa de meterse en la boca del lobo, y lamentó no haber insistido para cambiar el sitio con Isabelle o al menos irse a dormir con su hermana. Intentó concentrarse en el creciente dolor de su hombro para que sus pensamientos no tomaran un derrotero inadecuado.

Jace salió del baño diez minutos después. Alec escuchó perfectamente el goteo del agua en el suelo, las pisadas húmedas sobre la madera vieja. Su compañero se detuvo, y el joven notó claramente la mirada clavada en su cogote.

―Estás temblando. ¿Te duele? ―preguntó Jace en un murmullo.

Alec se removió sobre el colchón, incómodo, y trató de contener las sacudidas para que fueran menos evidentes.

―Un poco ―admitió con voz estrangulada―. Creo que ya ha pasado el efecto de la runa.

―Una segunda tampoco te haría nada ―afirmó Jace, agachándose y buscando su bolsa debajo de la cama―. Al menos te cambiaré el vendaje. Venga, levántate.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Alec se dio la vuelta y se sentó al borde de la cama. Se quitó las botas embarradas y los calcetines para no tener que pensar en nada mientras Jace rebuscaba en su equipaje. Los ojos de los nefilim estaban mucho más desarrollados que en el humano medio, permitiéndoles una visión bastante clara incluso en una oscuridad casi absoluta. Desde allí podía ver los ojos de Jace, de un dorado cautivador, resplandeciendo en la negrura como soles gemelos.

―¿Voy a tener que desnudarte yo? Colabora un poco, hombre ―le espetó.

Sumido en sus pensamientos, Alec tardó unos segundos en advertir que Jace había estado intentando quitarle la prenda de cuero de rigor que todo cazador de sombras lucía en sus cacerías. Maniobró como pudo para quitársela por la cabeza, y su piel se erizó en contacto con el aire frío de la habitación cuando su torso quedó expuesto.

―Qué mala pinta tiene esto… ―oyó opinar a Jace.

Los retazos del vestido de Isabelle estaban totalmente empapados, aunque a juzgar por la rigidez de la tela debía hacer rato que las heridas habían dejado de sangrar. Alec apretó los dientes y le dedicó una mirada implorante a su amigo.

―Ve con cuidado, ¿vale?

―¿No lo hago siempre? ―le espetó Jace con ironía.

La ausencia de contestación fue respuesta suficiente.

Los vendajes se habían adherido a los cortes, y Alec exhaló un gemido cuando Jace los retiró con cuidado. Las heridas tenían un aspecto bastante horrible: lo extraño hubiera sido que no le dolieran. Pero no eran ni de lejos las lesiones más graves que había recibido en su trayectoria de cazador: huesos astillados, el bazo desgarrado en dos ocasiones, un pulmón agujereado, ambos gemelos destrozados, múltiples fracturas de cráneo… y aquel incidente con su pierna que le había costado meses de convalecencia. Sobreviviría, y en una semana como mucho estaría como nuevo.

Los dedos de Jace, tan llenos de callos como los suyos, eran cálidos sobre su piel ―súbitamente hipersensible―. La mente de Alec parecía haber sido arrancada del cuerpo, que había asumido el control para desplegar un abanico de sensaciones que parecían hacerse más intensas por segundos. Ni siquiera el dolor era capaz ya de sobreponerse, aplastado por un deseo incontenible que cada vez hallaba menos obstáculos para mostrarse abiertamente.

Estando lejos del hogar, con Magnus siendo sólo un recuerdo borroso, era fácil caer de nuevo cautivo por lo que llevaba años sufriendo en silencio.

Fue súbitamente consciente de la cercanía de su compañero, del aliento caliente que acariciaba su piel entre el cuello y la oreja. El agua seguía goteando del cabello rubio de Jace, algunas gotas impactando en su brazo desnudo. El calor resultaba prácticamente insoportable, y Alec sentía que algo poco inocente y nada correcto hacía despertar ciertas partes de su anatomía. Cerró los ojos con fuerza, notando que el sudor le escocía en los ojos: deseó que Jace acabara pronto y que sus manos y su maldito ―y tan excitante― olor corporal se alejaran de él.

―Un día conseguirás que te maten ―le oyó decir.

Alec tomó aire, culpándose por su ingenuidad al creer que Jace dejaría el tema a un lado.

―Creo que eso debería decirlo yo ―protestó―: haces cosas absurdas únicamente para lucirte o hacer suspirar a las damas.

―Hablo en serio, Alec ―insistió Jace, sin apartar los ojos dorados del vendaje que estaba poniéndole. Tiraba más de lo que debía y Alec empezaba a perder circulación sanguínea en el brazo―. No puedes protegernos a los dos y mantenerte con vida al mismo tiempo.

―Ha funcionado hasta ahora ―dijo Alec, inflexible―. Por el Ángel, Jace: funciona mejor que cualquier otra cosa que yo pudiera hacer.

―No puedo cazar a gusto estando siempre preocupado por si mi estúpido hermano se parte la crisma cubriendo mi espalda ―gruñó Jace.

―Entonces deberías haberlo pensado un poco antes de pedirme que fuera tu parabatai ―le espetó Alec.

Jace no supo qué responder a eso, porque estaba en lo cierto. Aquella congoja perpetua, el miedo irracional y tan absurdamente necesario a perderle, formaba parte de él desde antes incluso de que les marcaran de por vida. Sintió cómo palpitaba la runa sobre su pecho, y comprendió que no tenía sentido culparle por algo que él reproduciría sin dudar.

Alec, que no esperaba ni mucho menos una disculpa, sintió un tirón en el vendaje y Jace le propinó una palmada en el hombro sano.

―Listo ―anunció―. No es perfecto pero al menos no te escocerá tanto.

A continuación sacó la estela de su bolsa y trazó una rápida runa sobre su antebrazo izquierdo. Alec la reconoció: era kaala, la runa para dormir sin soñar. Tiró de los músculos faciales para esbozar una sonrisa de agradecimiento.

―Gracias ―murmuró.

―Por el Ángel ―gruñó Jace tirando la estela a un lado―: has tenido que aguantar mis protestas cada vez que me curas una herida y nunca te he dado las gracias.

Alec se tumbó de nuevo sobre el hombro sano, diciéndose para sus adentros que Jace no sabía ser más amable. Sintió crujir el colchón sólo unos segundos después, y acto seguido el roce de la espalda desnuda de Jace contra la suya. En menos de cinco minutos su amigo ya estaba durmiendo, respirando a bajo volumen y a ritmo constante.

Él, a pesar de la runa para el sueño, tardó mucho en poder dormirse. El saberse allí con Jace durmiendo a su lado, totalmente solos, impedía que su cuerpo se relajara en lo más mínimo.

Hundió la cabeza en la almohada y la estrujó entre los brazos, tratando de normalizar sus alterados signos vitales. Tenía los sentidos a flor de piel y el corazón le palpitaba embravecido dentro del pecho. Unas ansias casi irrefrenables de echarse a llorar se apoderaron de él, pero ni siquiera permitió que su expresión facial se alterara.

Alec sabía que no podía seguir de aquel modo para siempre, que aquello acabaría matándole por dentro, pero a la vez imaginaba las posibles consecuencias de revelarlo y no podía hacer más que seguir tragando hiel. Jace lo había sido todo desde el día que sus padres le habían adoptado tantos años atrás, desde que les habían puesto la Marca gemela que los unía de por vida. Había cuidado su espalda desde que cazaron a su primer demonio, y en algún punto de aquellos cinco años el afecto desmedido que sentía por él se había convertido en algo tan grande que no cabía en su pecho.

Pero entre su gente jamás se aceptaría algo como aquello. Lo más clemente que recibiría al hacerlo público sería que le arrancaran todas las Marcas de la piel y le desterraran para siempre de Idris. Un hombre no podía ser un buen cazador sintiendo atracción por otro hombre, y mucho menos por su parabatai, una de las más estrictas prohibiciones de la Clave. Deseos tan ignominiosos como los suyos sólo supondrían humillación y escarnio para él y su familia.

Y además estaba la reacción de Jace. Alec se sentía traidor a su amistad, a su confianza. Sucio por compartir todos los días de su vida con él y desear algo que sabía indigno. Corrupto cuando su cuerpo y su mente reaccionaban de aquel modo con su cercanía.

Se dio la vuelta sobre la cama y permaneció inmóvil, observando la nuca de su compañero. ¿Por qué tenía él que soportar un dolor como aquel? Tenerlo tan cerca y no poder hacer realidad sus deseos era la peor tortura a la que podrían haberle sometido. Y ya llevaba demasiado tiempo sufriendo.

Comenzó a notar los efectos de la runa: le hormigueaban los dedos y su visión empezaba a ser borrosa. Cerró los ojos y se sumergió en el sueño inducido, aunque sabía de sobras que el rostro de Jace no desaparecería. Nunca lo había hecho hasta entonces.

Tampoco aquella vez fue una excepción. Sólo que no estaba solo.


El crepúsculo teñía ya el horizonte de rojo y negro cuando los tres cazadores ascendieron por la leve cuesta que llevaba al arco blanco de entrada a la ciudad. Sintieron aquel leve calor reconfortante, como lluvia tibia de verano, derramarse sobre ellos cuando cruzaron la barrera que proyectaban las salvaguardas y por fin se sintieron de nuevo en casa.

Algunos conocidos les saludaban al pasar, alegrándose de que hubieran vuelto sanos y salvos. No pasaba un día sin que recibieran la noticia de la muerte de algún cazador de sombras a manos de un demonio, así que el regreso de cualquiera de ellos al hogar era motivo de celebración. El alivio que Alec experimentaba al ver las torres blancas de Alacante relucir sobre su cabeza sólo era equiparable a los deseos de Jace de volver a la caza.

Fearless, que había sido su caballo desde que empuñó su primera lanza, le lamió la mano cariñosamente cuando desmontó para llevarle a los establos. Su madre se lo había regalado cuando empezó a demostrar interés por seguir a Jace en las justas: no era especialmente rápido pero sí resistente, capaz de galopar sin apenas descanso durante días. Cuando Maryse se lo confió, siendo apenas un potrillo, había dicho que un caballo debía ser como su jinete si quería domarlo, y que por eso había elegido el ejemplar más afable que había podido encontrar. No se había equivocado: Fearless no había sido temperamental ni siquiera siendo un potro, nunca le había hecho caer y se empeñaba en lamerle la mano y la mejilla cuando le notaba deprimido. Se volvía loco de alegría, piafando y relinchando, cuando le veía cruzar la puerta del establo y ponerle los estribos. A veces parecía más un perro fiel que una bestia de montar.

Los tres hermanos regresaron juntos al palacio, ascendiendo por las archiconocidas calles adoquinadas como si pudieran reconocer cada baldosa. Isabelle suspiró mientras tiraba de unos mechones de cabello negro y se miraba las puntas con aparente interés.

―Tendré que apresurarme si quiero estar lista para al baile después de cenar… ―murmuró para sí, aunque ambos pudieron oírla.

Los chicos intercambiaron una mirada de incredulidad: daba igual que Isabelle se arrastrara por barro, tierra y sangre, siempre acababa saliendo impoluta y con el cabello impecable. A su lado ellos dos parecían haber vagado por ciénagas hediondas durante semanas.

―¿Cómo sabes que esta noche hay baile si acabamos de llegar? ―sugirió Alec, dedicándole una mirada extrañada mientras se frotaba la frente por instinto.

Su hermana le observó por encima del hombro, como si mirara a un niño ingenuo que no conoce las obviedades de la vida.

―Es martes ―explicó―. Y no es el tipo de baile al que tú sueles ir.

Se refería a las fiestas de subterráneos en los barrios bajos, entonces. Jace también había ido alguna vez, y por mucho que lo había intentado no había conseguido convencer a Alec de que les acompañara. Solían ser encuentros inofensivos, donde hombres lobo y vampiros se desinhibían de las leyes preestablecidas en una noche de frívola diversión, pero obviamente no era un lugar que un nefilim que se preciara visitaría si no era por una misión.

―Alabo tu capacidad de resistencia, Isabelle, pero yo me voy a la cama ―aseguró cuando entraron en el palacio por una de las puertas laterales.

―Nunca has sabido divertirte ―se burló la joven, tomando la delantera y taconeando sobre las escaleras de piedra.

Jace y Alec pasaron media hora en la armería limpiando sangre y mugre de sus armas. Ambos eran especialmente cuidadosos con sus enseres de combate, y al regresar de una misión pasaban todo el tiempo necesario y más para que estos acabaran reluciendo como si acabaran de salir de la morada de las Hermanas Silenciosas. Sentían una gratificante satisfacción al ver sus armas habituales cuidadosamente alineadas en sus soportes, esperando para ser empuñadas de nuevo.

Alec se excusó de acudir a cenar y fue directamente a sus aposentos. Se detuvo frente al espejo de su cuarto de baño y se quitó la parte superior del equipo para retirar las vendas y mirarse el hombro. Su sangre de nefilim había ido curando las heridas durante el viaje de vuelta, y a aquellas alturas eran sólo arañazos enrojecidos. Ni siquiera le quedaría cicatriz.

Aún así, estaba extenuado. Se dio un rápido baño con agua fría, y estaba metiéndose en la cama cuando la puerta del cuarto se abrió de golpe. Su madre apareció en el umbral, con un vestido gris ceniza y el cabello desordenado cayéndole sobre los hombros. El chico reparó en sus marcadas ojeras y en el nerviosismo con el que se retorcía las manos: seguramente no había descansado en todo el tiempo de más que llevaban fuera.

―Buenas noches: Jace me ha dicho que te hirieron y quería asegurarme de que estabas bien ―murmuró la mujer como para explicar su presencia allí―. No he podido evitar acordarme de la última vez…

Maryse podía ser fría e inflexible en público, pero se volvía blanda como mantequilla al sol cuando era el bienestar de sus hijos lo que estaba en juego.

―Ni siquiera me duele, mamá ―garantizó el joven―. No debes preocuparte.

―Déjame verlo ―pidió ella, sin darse por vencida tan pronto―. Sólo para quedarme tranquila.

Alec asintió y dejó sitio a su madre para que se sentara al borde de la cama. Muchas madres nobles habían optado por encargar a sus hijos a criadas humanas mientras ellas se ocupaban de sus asuntos. Maryse en cambio se las había apañado para cuidar de ellos siempre que podía, de bajarles la fiebre cuando se ponían enfermos y de inculcarles hábitos saludables.

Maryse entreabrió su camisa y tocó la herida con cautela. Alec contuvo un estremecimiento: la piel tierna aún dolía con el roce, pero estaba entrenado para ignorar tan insignificantes molestias.

―Parece que ha curado bien ―confirmó Maryse, volviendo a cubrirle cuidadosamente―. Utilizasteis el iratze, ¿verdad?

―Isabelle lo hizo ―dijo Alec, desentumeciendo los hombros.

Su madre le apretó súbitamente la muñeca, y él se vio obligado a mirarla directamente a los ojos. Era consciente de que se parecía a ella mucho más que Isabelle o Max, también que sus ojos eran igualmente delatores dejando traslucir las emociones: los de Maryse eran en aquel momento de un turbio color carbonoso que denotaba una mezcla de angustia y enfado.

―Sabes que detesto que hagas esto ―su voz era más compungida que colérica.

Alec no reaccionó en el acto, aunque ya sabía a qué se refería. Jace le había reprendido por lo mismo no hacía ni cuatro días. Empezaba a pensar que nada de lo que hacía encontraba aprobación en ningún sitio. Apartó la mirada como siempre que era incapaz de enfrentarse a las cosas que le asustaban.

―Mamá, no sé…

―Claro que sabes de qué hablo, Alexander ―le cortó ella, su tono volviéndose súbitamente inflexible―. Sé perfectamente por qué no cazas demonios, y aunque alabo enormemente tu postura no puedo permitir que la lleves al límite de este modo. Deberías preocuparte un poco más por ti mismo o acabarás muerto.

―Ni siquiera sabes qué pasó ―protestó Alec, incapaz de quedarse callado―. ¿Por qué das por sentado que he sido un inconsciente que ha actuado sin plantearse su seguridad? Además, es sólo un arañazo…

Había tratado de sonar más tajante, pero no podía. No con su madre, del mismo modo que con Max. No cuando la veía frente a él y apreciaba la palpable fragilidad tras su coraza aparentemente indeleble.

―Hoy sólo ha sido un arañazo. Mañana tus hermanos podrían estar llorándote mientras te desangras en el campo de batalla ―murmuró ella.

Lo sabía, y también sabía que no podía ser de otro modo. Sería feliz muriendo en la caza si ello servía para salvar a Jace o Isabelle ―o ambos―. Era extraño, se decía a menudo: que detestara la caza y aún así fuera incapaz de imaginar muerte más gratificante.

Maryse suspiró con resignación y se puso en pie, alisándose la falda y las mangas del vestido en un intento de no establecer contacto visual.

―Hablaremos de eso en otro momento. Ahora será mejor que descanses ―opinó, inclinándose para acariciarle el pelo―. Me encargaré de que nadie te moleste si no es necesario.

Alec asintió, sin ánimo ni interés de protestar, y se tumbó en la cama dándole la espalda. La oyó caminar hacia la puerta sobre sus zapatos altos y atenuar con un murmullo la luz mágica que iluminaba la habitación.

―Magnus Bane ha preguntado por ti ―dijo de pronto.

Todos los músculos del cuerpo del chico se pusieron en tensión, aunque trató de disimularlo encogiéndose entre las sábanas.

―¿Por qué preguntaría por mí? ―cuestionó, intentando que no le temblara la voz.

―Ha visto a Isabelle y Jace pero no a ti ―dijo Maryse, restándole importancia―. Los brujos aprecian la información por encima de todo: preguntar por todo y todos está en su naturaleza. Sería cortés por tu parte que se lo agradecieras al verle.

Se marchó por fin, dejándole en una oscuridad casi absoluta que le llenó de inquietud. Se acurrucó en su sitio y estrujó la almohada entre los brazos. Sin preocupaciones, sin nada concreto en lo que ocupar sus fuerzas, temía que el maremágnum de pensamientos que de nuevo bullían en su cabeza le volviera loco.


Cuando Jace Wayland entró con actitud soberbia en el salón, Clary advirtió rápidamente que el único sitio libre de la mesa de honor estaba justo a su lado.

Gruñó para sus adentros, mirando desesperadamente derredor con la esperanza de encontrar a alguien que fuera más rápido y ocupara su asiento. Era la primera vez que le veía en tres semanas pero su animadversión no se había atenuado en lo más mínimo: lo tuvo claro cuando él tomó asiento a su lado con aire distraído y empezó a servirse caldo en el plato.

―No recuerdo haberos invitado a sentaros a mi lado ―siseó ella con fingida indiferencia.

Jace parpadeó, mirándola como si tuviera una cabeza extra sobre los hombros. Nada parecía indicar que había regresado de una cacería: si sus dientes y cabello brillaban un poco más dejarían ciegos a alguien.

―Por si no lo habéis notado, es el único sitio libre de la mesa ―protestó, al parecer sin demasiadas ganas de discutir―. No siento una especial ilusión por ocupar este asiento, pero incluso esa opción es mejor que bajar a comer a los establos con los caballos.

―Cierto ―repuso Clary, sonriendo con ironía―: las pobres bestias no son culpables de nada.

Al parecer lo dijo lo bastante fuerte, porque su padre ―sentado al otro lado de la mesa― le dedicó una mirada de advertencia. Se había llevado una buena reprimenda semanas atrás por el desplante que le había hecho al protegido de la Clave; el rumor se había ido extendiendo y ya podían oírse barbaridades agrandadas por las habladurías. La opinión general era que el joven se le había declarado y ella le había rechazado de malos modos. Las reacciones no se habían hecho esperar: todas las chicas de la corte parecían despreciarla y los mayores comentaban su poco decoro. Sonrió de manera forzada mientras sujetaba con fuerza un tenedor para descargar su frustración. Deseaba sin medidas clavarlo en su bonita cara de idiota.

―¿Cómo os ha ido la misión? ―preguntó, fingiendo interés―. Empezaba a estar preocupada por vuestra dilatada ausencia.

Jace arqueó una ceja rubia, evidentemente desconfiado ante su repentina simpatía, pero por suerte habló sin inquinas ocultas.

―Tuvimos que investigar largo y tendido y esperar a la llegada de la luna llena para cazar al demonio en cuestión ―explicó rápidamente―. Nos costó días asociar el patrón y adivinar sus movimientos, pero acabó siendo un éxito.

Lo dijo sin el más mínimo atisbo de triunfo. Había un palpable trasfondo de frustración en su voz que despertó la curiosidad de Clary.

―Para ser un éxito no parecéis demasiado contento ―observó.

Jace empezó a jugar con uno de los cuchillos de plata, dándole vueltas sobre su extremo agudo hasta casi hacer un agujero en el mantel verde hierba.

―Alec salió herido ―acabó confesando. Notó de reojo su expresión alarmada―: no ha sido nada grave, no os preocupéis.

―¿Dónde está entonces el problema? ―sugirió Clary, desconcertada.

―Es un imbécil ―masculló Jace, ejerciendo tanta fuerza sobre el cuchillo que bien podría haber perforado la mesa.

Clary estuvo tentada de arrojarle el contenido de su copa a la cara y marcharse a todo correr. Que la gente hablara, si quería.

―Sigo sin entender que vuestro hermano os soporte ―se indignó―. No hacéis más que despreciarle cada vez que os dirigís a él. Vuestros gestos y palabras le hieren y no os dais cuenta.

―No me refería a eso ―puntualizó Jace, golpeando la mesa con el cuchillo―: el muy idiota saltó delante del demonio para salvarme, como siempre.

Clary enmudeció, y lo propio hicieron los comensales más cercanos, que les dedicaron miradas escandalizadas antes de regresar a sus conversaciones intrascendentes. Jace tragó saliva: respiraba muy deprisa y parecía tener dificultades para elegir las palabras.

―Alec no mata demonios ―expuso el chico―. El sólo se encarga de que Isabelle y yo no muramos en el intento. Así lo único que consigue es exponerse a sí mismo, arriesgar su vida estúpidamente al alejarnos a nosotros de esa posibilidad… Sé que un día le veré morir ante mis ojos, y esa idea me quita el sueño ―confesó.

Había tanta desolación en su voz que Clary empezaba a arrepentirse de haber seguido preguntado. Obviamente hablar del tema encendía en él algún tipo de impotencia que le corroía las entrañas.

―Pero sería hipócrita por mi parte culparle por lo que hace ―admitió Jace, en tono más calmado―. Si la situación fuera a la inversa, si él hubiera nacido con el don innato para matar… yo haría lo mismo. No quitaría jamás los ojos de su espalda aunque ello me costara la vida.

Clary siguió mirándole boquiabierta durante unos segundos, porque jamás hubiera esperado una confesión semejante por su parte y mucho menos tan enternecedora. Quizá se había precipitado al juzgarle, y por muy orgullosa que fuera se sentía obligada a admitirlo.

―Estaba equivocada respecto a vuestra persona ―reconoció―. Al parecer sí hay algo lo suficientemente bueno en vos.

Jace sonrió levemente, no con aquellos gestos pedantes que tanto la irritaban, y sus ojos se iluminaron como soles al alba.

―No dudo que seáis capaz de ser amable, pero lo cierto es que son las palabras más agradables que os he oído pronunciar desde que cruzasteis estos muros ―comentó, mirándola.

Clary sintió que se sonrojaba sin motivo; tuvo que controlar su lengua para no tartamudear al hablar.

―Soy amiga de mis amigos, señor Wayland ―le corrigió―. Y amable con aquellos que se lo merecen.

―Así que, según vos, no merezco vuestra amabilidad ―se burló Jace, apoyando la barbilla en una mano.

Ensanchó su sonrisa, entornando los ojos de modo que sus pestañas doradas resaltaron incluso más. Clary no podía creer que el color dorado de sus iris fuera de aquel mundo.

―Acabaréis cambiando de opinión ―garantizó el joven―. Sólo es cuestión de tiempo.


Guiño a la runa "sin miedo" de Ciudad de Ceniza :D. Debo comentar que la escena de la cacería que aparece en este capítulo es lo primero que escribí de todo el fic xDD