-Mi Reina, ¿está tratando de seducirme?

-Quizás.

La camisola de que Zelda llevaba dejaba expuestos sus hombros y espalda, los que quedaban más a la vista con su cabello trenzado a un lado.

Link había salido recién del baño y había encontrado a Zelda tendida boca abajo sobre su cama, leyendo relajadamente uno de los libros de su velador.

-Esta novela es buenísima -le comentó, ojos fijos sobre un párrafo-. Me alegra tanto que la estés leyendo porque te la recomendé.

-La leí casi por completo en Pico Nevado -dijo, echándose en la cama al lado de ella-. Aún no la he podido terminar, no sé por qué…

-Me pregunto quién te estará distrayendo de tu lectura -los ojos de Zelda se asomaron sobre el libro, en un gesto lleno de coquetería.

-Tú eres la mejor distracción de todas, sin duda.

-Tú sí que lo eres ahora mismo -ella cerró el libro- sólo cubierto por una toalla, ¡vaya provocador!

-Me siento terriblemente ofendido - la abrazó con el cuerpo, piernas y brazos enroscados alrededor de ella, besando su cuello hasta que ella dejó caer el libro que estaba leyendo-. Sólo tomé un baño.

-Sí, ¡y estás todo mojado -ella rió.

-Apuesto a que tú también, amor -susurró.

-¡Vaya atrevido! -le reprendió, fingiendo avergonzarse.

Link la soltó y la volvió boca arriba, recogiendo la falda de su camisola lentamente, acariciando sus piernas, dejando un camino de besos hacia sus muslos, que se detuvo antes de la cara interior de éstos.

-¿Qué me quieres tratar de hacer? -ella preguntó.

-Venerarte como la diosa que eres.

Al sentir sus dedos abriéndola y la humedad se su lengua dentro de ella, entendió exactamente a lo que se refería.

Zelda abrió sus piernas un poco, para facilitarle el movimiento a su amado, que la sostenía de las caderas, sus dedos hundidos en su suave y pálida piel, su lengua explorándola, gemidos y suspiros agitados saliendo de sus labios, el volumen en aumento cada vez que tocaba su punto más sensible y su centro.

Con cada caricia, toque y movimiento que él hacía ella se acercaba más y más a un exquisito, maravilloso y potente orgasmo.

Y entonces, tocaron a la puerta.

Ambos se quedaron congelados, aún en sus posiciones

Golpearon nuevamente.

-¿Señor Comandante? -una voz preguntó desde el otro lado.

-¡Voy corriendo! -vociferó, levantándose, secándose el rostro con la toalla.

-Vaya donaire el tuyo -Zelda susurró agitada, levantándose de la cama.

-Así es, señora mía - sonrió mientras él se vestía con una bata y ella iba rauda a la puerta de espejo.

-Espero que esto no se quede así, Señor -dijo en tono falsamente ofendido con los ojos entrecerrados-, o pediré venganza.

Y cerró la puerta tras ella.

Al día siguiente, Zelda estudiaba algunos libros de derecho antiguos en la biblioteca del castillo, notas repartidas en la mesa, aún un tanto frustrada por lo de la noche anterior, por no haber podido retomar lo que estaban haciendo.

Concentrada en sus estudios, no se había dado cuenta que alguien la observaba; su espalda daba hacia el pasillo.

-Hola, mi Diosa -un susurro y un beso en el cuello la sorprendieron.

-Querido, ¿qué te trae aquí? -Zelda cerró su libro, sin volverse a mirarlo.

-Le debo pagar respetos a mi Diosa -dijo, masajeándole los hombros.

Ella rió suavemente.

-Creo que hay lugares mucho más adecuados para mostrar tu devoción que una biblioteca.

-Permíteme convencerte de lo contrario -caminó hacia el frente del escritorio donde estaba trabajando-. Sólo necesito que guardes silencio.

Su gesto de curiosidad se volvió sorpresa cuando Link se agachó y metió bajo el escritorio, levantando su falda y enaguas para maniobrar con facilidad.

Él la acercó cuidadosamente al borde de su asiento antes de quitarle las braguitas.

Dulces Nayru, Farore y Din, por piedad, que no nos atrapen en esto -Zelda pensaba, derritiéndose al sentir cómo la lengua de él abría sus labios.

Los movimientos de él eran lentos y circulares, a lo largo de su pliegue, estimulando suavemente su punto más sensible. Ella disfrutaba y se dejaba llevar por las placenteras sensaciones, luchando contra la necesidad de vocalizar su deleite.

Esto se siente tan exquisito y no puedo gritar...Diosas, ahí, oh sí…-sus manos se agarraban con toda su fuerza a los apoyabrazos de la silla- ¡hazme acabar de una vez por todas y deja de torturarme, lobo hambriento!

Sus dedos comenzaron a moverse al mismo ritmo que su lengua, con una cadencia que dejó a Zelda al límite, su respiración agitada casi pidiendo más, su espalda arqueada y muslos tensos.

Y finalmente, su dulce liberación llegó, en intensas oleadas de placer que la azotaron, dejándola temblorosa, pequeños suspiros arrancándose de su boca.

Un beso en el muslo la devolvió a sus sentidos.

-Tenía que redimirme para salvarme de la furia de tu venganza -Link le dijo bromeando, descansando su cabeza en el regazo de ella-. Las Diosas como tú pueden ser caprichosas.

Zelda sólo soltó una risita, mientras le acariciaba el cabello en silencio.