Capítulo VII:
El recuerdo de la Muerte
En el pueblo de Kaede:
-¿Cuándo cenamos? Ya tengo hambre –se quejó Inu.
-Siempre igual. Tú sólo piensas en comer –le recriminó Kagome.
-¿Por qué siempre tenéis que estar discutiendo? –preguntó Yuka.
-¿Qué, acaso te molesta? –le dijo Inu de mala manera.
-La verdad es que sí. Es algo que no soporto –respondió ella con firmeza.
Todos dejaron de lado lo que hacían para centrar su atención en sus dos compañeros.
-Pues si es así, ya sabes lo que hacer. Recoges tus trastos y te largas –declaró Inuyasha furioso.
-¡Inuyasha! –todos se escandalizaron y temieron la reacción de Yuka. Sin embargo, se quedaron perplejos ante la calmosa contestación de ella.
-No te preocupes. No estaré mucho en irme –hizo una pausa y añadió mirando directamente a los ojos de Inuyasha-. Lo que menos aguanto es que seas tan inmaduro. ¿No crees que ya tienes edad suficiente como para dejar de comportarte como un niño malcriado?
Todos notaron cómo el ambiente se tornaba cada vez más caldeado. Kagome desechó la posibilidad de gritar "abajo" ya que no serviría para calmar los ánimos. Sango y Shippo simplemente se quedaron mirando. Miroku intentó intervenir, pero ante la mirada amenazadora de Yuka, se quedó en su sitio bien calladito.
La chica estaba decidida a bajarle los humos a aquel testarudo hanyou. Estaba harta de tanta discusión, de tanta tontería. No comprendía la actitud de éste. Si de ella hubiera dependido lo arreglaba a golpe de espada. Pero no lo creyó conveniente.
-¡Maldita humana! –gruñó Inu-. Inmaduro… ¡inmaduro yo!
-Sí. ¿Acaso quieres que te lo repita?
Dándose cuenta de cómo podían acabar las cosas, Miroku se puso en pie y se dirigió a Inuyasha. Lo agarró de un brazo y se lo llevó casi a rastras fuera de la cabaña mientras el hanyou maldecía.
La habitación quedó en silencio. El monje había hecho bien en separarlos. Inu tenía la asombrosa habilidad de sacar de quicio a aquella extraña joven. Poco sabían de ella, pero de lo que estaba seguro era que convenía no molestarla. De eso se dio cuenta en el momento que la vio por primera vez. Era algo que no sabía explicar pero de lo que estaba muy seguro.
Ya no había discusión alguna. El silencio, tan apreciado por Yuka, volvía a reinar en el lugar. Suspiró aliviada mientras se recostaba y dirigía su mirada al techo. La sangre no había llegado al río, y no hubiera llegado. Ella no lo habría permitido. Si por algo se caracterizaba era por mantener siempre el control de sus acciones. No le convenía perderlo ya que entonces se desataría el desastre. Sólo en una ocasión lo había perdido, el día que murieron sus padres.
Flash back:
-Yuka, date prisa o llegaremos tarde al aeropuerto para recoger a tu padre.
-Mamá, pero si aún hay tiempo. Falta una hora.
-No me importa. Ponte los zapatos y vamos.
El avión llegó a su hora. Habían esperado con impaciencia aquel día. Hacía tres meses que Yuka no veía a su padre y, aunque ella no quisiera reconocerlo, le había echado de menos.
De regreso a casa:
-Mamá, no deberíamos ir por aquí.
-¿Por qué no? Así llegaremos antes.
-Por favor, hazme caso –dijo en tono suplicante.
-Bah, no digas tonterías. Vamos por aquí y se acabó.
Yuka tuvo que resignarse. A medio camino hubo un accidente en cadena en la autopista. La madre conducía. Consiguió detener el automóvil a pocos metros de la colisión. Sin embargo, el camión que iba por detrás, en el carril de al lado, reaccionó tarde. Al frenar dio un volantazo desviándose de su trayectoria.
Yuka, que iba en el asiento de detrás, sintió la imperiosa necesidad de sacar a sus padres de ahí.
-Salid del coche! Vamos! Salid del coche! –gritó con todas sus fuerzas.
Sorprendidos, no supieron reaccionar ante la desesperada demanda de su hija. Yuka insistió mientras miraba hacia atrás cómo se aproximada el camión descontrolado. No hubo tiempo para nada. No cerró los ojos. Miró fijamente cómo se les echaba encima, impactando contra el lateral del coche.
Se despertó sobresaltada. "Dónde estoy" –se preguntó-. Al instante recordó. Tenía un espantoso dolor de cabeza; la sangre recorría una de sus mejillas. Le costaba respirar, tenía un intenso dolor en un costado. Intentó incorporarse pero no pudo. Se llevó la mano a la pierna derecha; un trozo de metal estaba clavado en su muslo. De pronto, miró a los asientos delanteros; el auto ya no tenía forma, la cabina del camión estaba allí incrustada.
-¡Papá! –gritó buscando entre los escombros. El dolor parecía haber desaparecido-. ¡Papá! –No obtuvo respuesta alguna. Había quedado sepultado.
Sintió un fuerte olor a combustible. Era cuestión de salir de ahí. Las puertas no se abrían. Salió por la ventana que estaba rota, produciéndose varios desgarros con los cristales que aún permanecían en su lugar. Varias personas a su alrededor intentaron apartarla del lugar.
Yuka vio el rostro ensangrentado de su madre. Fue en ese instante cuando perdió el control. Consiguió soltarse de aquellos que la arrastraban. Golpeó a uno que intentó detenerla en su avance hacia el coche del que comenzaba a salir humo. Hubo una explosión. La onda expansiva derribó a la chica. Otra vez la sujetaron. Las llamas se extendían por el automóvil.
El hombre que la agarraba recibió un codazo en la nariz. Yuka corrió hacia sus padres. El fuego aún no lo envolvía todo pero estaba a punto de alcanzar a su madre. Puso sus manos en la puerta y estiró con todas sus fuerzas. No quería ceder. Las llamas empezaron a consumir el cuerpo de la mujer. "¡Mamá... Mamá!" –no paraba de gritar. Desesperada, Yuka golpeó el cristal hasta que se rompió. A pesar de las llamas, tenía la intención de sacar a su madre de allí, costara lo que costara. Pero alguien se lo impidió. La chica no pudo evitar que la alejaran.
-Están muertos, ya no puedes hacer nada.
-¡Soltadme!... ¡Soltadme! –exigió ella.
-Cuando te tranquilices –le respondió el hombre.
Tras unos momentos de forcejeo se quedó quieta. Entonces la soltaron. Yuka miró a su alrededor. Estaba buscando algo; mejor dicho, estaba buscando a alguien.
-El camión… el camión… no lo pude controlar –oyó decir a un hombre que estaba a unos metros de ella.
Cojeando y con calma disimulada se acercó al hombre. Todo le dolía pero eso no importaba. Notaba un reguero de sangre caliente que recorría su rostro; su pierna estaba en la misma situación, con el metal aún clavado. Se paró frente al hombre y lo agarró del cuello. "¡Maldito bastardo!" –fue lo que le dijo. Éste intentó apartarla pero lo único que consiguió fue recibir una paliza. Se necesitaron cuatro personas para retener a la iracunda Yuka. El resultado… un hombre inconsciente en el suelo con la nariz rota, al igual que varias de sus costillas. Si no la hubieran detenido habría sido capaz de matarlo.
Fin del flash back
-¡Yuka¿Te encuentras bien? –preguntó Kagome.
-Sí –contestó con la mirada sombría-. Voy un rato afuera –dijo levantándose.
-De acuerdo, pero en 5 minutos estará la cena.
Bueno... un trauma más de Yuka (pobrecilla), ver cómo mueren sus padres.
¿Qué os ha parecido? Soy un poquillo cruel con la pobre Yuka, jejeje.
Nos acercamos a un nuevo enfrentamiento. ¿Qué pasará en el siguiente capítulo?
Ya sabéis, espero vuestros reviews. Gracias adelantadas.
