Pequeña colección de Drabbles Toothcup sin conexión alguna (O quizás alguna.)

De: Helene Rowle


Celos.

Porque Toothless era Suyo-suyo-suyo.

Y de nadie más.

-x-

Hiccup sentía su interior arder.

Ardía tanto que sentía que de sus entrañas un volcán hacia erupción.

Todo comenzó hace un par de semanas, su relación con Astrid tocando un punto crítico en donde la monotonía, la responsabilidad y la obligación de mantener un matrimonio acordado – forzado – rompía lentamente aquella afinidad que siempre habían tenido. Dejando a Hiccup como un manojo de nervios, desbordado en obligaciones y mentiras.

Había pensado que nada podía empeorar hasta que llego aquel endemoniado invierno. Los dragones se preparaban para partir a su época de celo, Hiccup histérico tratando de preparar a su pueblo ante cualquier ataque. Aquella época era la más vulnerable para su hogar, desprovistos de su principal artillería pesada, los dejaban al amparo de su fuerza Vikinga que para lamento de Hiccup, había mermado ante la dependencia de los dragones perdiendo la esencia que los caracterizaba en la época de Stoick.

Y era su responsabilidad como Jefe, encontrar la forma de cambiar aquel hecho.

Lamentablemente, aquella fría mañana Toothless se presentó ante él con una propuesta que lo cambiaria todo.

"Quiero mi Aleta." Fue su gruñido, simple, conciso, casi demandante, como si no deseara ser interrogado.

Lástima que Hiccup nunca ocultaba su curiosidad o como Snotlout decía, su lado metiche.

"¿Para qué?" Miro a su dragón, sentado frente a él, derecho como un árbol y sin mirarlo directamente a los ojos.

"Voy a ir este año al Celo."

Hiccup se atraganto con su saliva y empezó a toser de manera compulsiva. Aquella confesión fue como un balde de agua fría.

"¿Q-Que?"

Toothless resoplo exasperado, aquella situación era igual de difícil para él. Solo que el si entendía y estaba cansado de ser el único en entender.

"Hiccuuup. Mi. Aleta." Demando, usando su comando como alfa que fue como una picadura de mosquito para su jinete. Totalmente ignorada.

"¿Y porque este deseo de ir de la nada? Desde que nos conocemos, nunca has mostrado interés por ir." La curiosidad innata de Hiccup por un momento se antepuso ante el caos de sentimientos que revolvían su mente.

"Madure." Soltó un bufido Toothless.

"Eres el único de tu especie ¿Sabes? ¿No crees que eso sería suficiente para no ir?" Trato de ser elocuente, manipulador, tratar de evitar a toda costa que su fiel amigo se fuera aquel año.

Toothless no cayó bajo sus redes, no esta vez.

"Entre especies es algo normal." Declaro como si fuera lo obvio, mirándolo con sus negros ojos como rendijas y su hocico inclinado hacia abajo. Clara señal de que estaba a la defensiva.

Hiccup sintió que una luz iluminaba su cerebro. "¿Y porque no habías ido antes?"

Toothless temía porque le hiciera esa pregunta. Pero la había esperado, vaya que sí. Con deseo, casi con resentimiento.

"Por qué me canse de Esperar." Aquella simple colección de gruñidos que Hiccup entendía con claridad, fue una alarma en la mente de Hiccup. Algo se le escapaba, algo demasiado importante.

Abrió la boca para seguir hablando, pero fue callado por un coletazo en sus cuartos traseros. "¡AUCH! ¡Toothless! ¡¿Por qué hiciste eso?!"

"MI. ALETA." Casi rugió, al borde de la molestia. Hiccup no podía negarle aquello. Ya le había negado la capacidad de amar a otro ser ¿Qué más podía pedirle?

"TE DI TODO." Quiso gruñirle, con rabia infinita. "Hasta la última escama de mi ser." Y nada recibió a cambio.

Hiccup se sintió sobrecogido ante aquella mirada tan abrasadora, tan dolida, tan llena de rabia. Trago saliva y asintió.

Aquel día, cuando vio a todos los dragones despegar, desapareciendo en el horizonte, su mirada nunca se despegó de la figura negra que se mezclaba entre los demás. Incluso cuando solo era un punto negro, incluso cuando ya no lo pudo ver.

Se quedó quieto, repleto de sentimientos.

De miedo.

-x-

Toothless estaba inseguro. Era la primera vez que participaba en una época de celo y todo a su alrededor le resultaba surreal. Algo que nunca creyó que desearía formar parte. Y ahora, su cuerpo, sus feromonas le mostraban a todos los dragones cuan necesitado estaba de un cuerpo que lo acompañara en las noches nocturnas.

Se escabullo entre los dragones, los machos que se exhibían como pavos reales, abriendo sus alas, gruñendo en poderío y fuerza. Mostrando lo que tenían para ofrecer. Las hembras escurridizas, que se movían con elegancia, con coquetería pasando entre sus pretendientes como si fueran las reinas del lugar.

Toothless observo con cuidado, topándose con Hookfang que se prendía en fuego mostrando su larga cola, moviéndose como nunca lo había visto. Le perturbo recibir una mirada de su compañero, una divertida y con algo tras sus pupilas que lo invitaban a acercarse, lo retaban. Como un puberto recién descubriendo el ámbito sexual, se escapó hecho un ovillo de pánico ante aquella presentación tan descarada.

Era divertido para sus más allegados verlo en aquel estado. El alfa más fuerte de todos, desarmado por las feromonas que golpeaban su fino olfato.

Toothless se detuvo de golpe, olfateando el aire. Algo había llamado su atención, una esencia que lo llamaba. Dulce y a la vez agria, un olor que podía reconocer en sí mismo. Un instinto despertó por primera vez en su vida y no dudo en seguir el embriagador olor. Sin darse cuenta, dejándose llevar por la naturaleza, sus escamas comenzaron a brillar en azul. Sus alas estirándose más de lo normal, moviéndose con sigilo entre los dragones que comenzaron a voltear a verlo, muchos de ellos hipnotizados por el coctel de olores de un alfa en celo.

Un manjar que cualquier dragón estaría encantado de probar.

Pero Toothless ignoro.

Y finalmente la vio, su postura deshaciéndose, siendo reemplazada por sorpresa.

"Ey Toothless." Gruño Stormfly, recostada contra una roca como una reina, mirando a sus súbditos con gracia y diversión.

La dragona tenía un vasto historial en seducción. Y miraba a su alfa con un destello en sus ojos que Toothless nunca había tenido el placer de presenciar.

Se sintió tímido de la nada. El azul de sus escamas apagándose levemente.

Stormfly era su mano derecha, su confidente, lo más cercano una mejor amiga que había tenido en vida. Y sentir sus feromonas inundándolo, bañando sus escamas era casi perturbante.

Casi.

Stormfly ronroneo divertida, levantándose de su lugar, moviéndose como una serpiente que hipnotizaba a su víctima antes de lanzarse a morder y matar.

"Mira nada Más. Quien iba a pensar que nuestro Alfa decidiría pisar esta isla." Se acercó, moviendo sus alas con intención. Cubriendo a Toothless más aun de su olor tentador. "Todos pensamos que eras un mongigato."

Toothless gruño ofendido, irguiéndose, tomando finalmente aquel porte de alfa que por un momento había perdido.

No dudo más.

Se paró sobre sus cuartos traseros, abrió sus alas en esplendor. Sus escamas brillaron y rugió mostrando su poderío, su lugar como el líder de todos los presentes. Ningún dragón despego la vista de aquella muestra tan perfecta de invitación que muchos lamentaron el no poder tener.

Porque Toothless estaba mostrándole al mundo que finalmente buscaba un compañero.

Un omega.

Hookfankg a lo lejos miraba la escena con cierta tristeza. Y a su memoria vino un evento similar, hace ya mucho tiempo atrás.

Un joven dragón enamorado, que enfrento al mundo entero por proteger a un humano. Un dragón que no titubeo, que no le importo morir en aquel instante solo por cuidar su más grande tesoro. Tomando el poder, derrotando a un alfa mil veces más grande que él, anunciándole a su nueva manada que ya tenía una pareja con el que compartiría su vida entera.

Y que aun así, nunca pudo tener. Porque ningún humano ese día pudo comprender la profundidad de aquel acto. Solo un dragón lo entendería.

Toothless había rugido reclamando su omega. Y había sido rechazado, cuando Hiccup envolvió a Astrid en sus brazos.

Ahora había llegado el momento.

Stormfly agacho la cabeza, alagada por la propuesta aunque sus ojos no dejaron de brillar divertidos.

Porque Stormfly entendía, vaya que sí. Sabía porque Toothless la había elegido.

Por el agrio olor de sus lágrimas que lo habían llamado. Que habían buscado un alma que compartiera su dolor.

El dolor de amar y no ser correspondido.

El dolor de desear con el alma, y no poder tocar.

Aquel día, cuando compartieron los votos que los unirían por siempre, susurraron nombres que no eran suyos, soñaron con otros rostros que no tendrían.

Se entregaron en cuerpo y alma, sabiendo que nunca podrían amarse.

-x-

Eret estuvo tentado de golpear a Hiccup por si histeria. Los días que vinieron habían convertido al Abadejo en un manojo irreconocible de inseguridades y nervios, que sus amigos más cercanos recordaban muy bien. Se comportaba nuevamente como el niño de 15 años que no sabía nada sobre la vida.

"Ya cálmate, Dios. Estas como loco." Casi le gruño Eret, sin dejar de pulir su espada. Había ido por un mantenimiento de su armamento de batalla, preparándose para cualquier situación y se había topado con un Hiccup casi acurrucado en un rincón, escribiendo como compulsivo en un cuaderno.

Definitivamente Eret no sabía qué hacía. Escribía algo, luego se tiraba sus cabellos rojizos y rompía la página con rabia, para repetir el proceso.

La única respuesta que recibió Eret, fue una mirada molesta.

"Déjalo, está en un conflicto emocional." Astrid llevaba afilando su hacha desde largo rato, con una mirada monótona e indiferente.

Hiccup bufo.

Astrid rodo los ojos.

Solo los hombres podían ser tan tercos.

Eret miro a ambos, sintiendo repentinamente que estaba presenciando algo que no debía – y no quería ver.

"Estoy bien." Gruño el joven Jefe, irónicamente rompiendo una hoja con demasiada rabia.

"Claro que no lo estas." Hofferson apoyo su hacha contra la pared y se cruzó de brazos. "Ya acéptalo de una vez." Casi le gruño.

Hiccup arqueo una ceja, sin entender. "¿Aceptar que?"

Astrid grito exasperada, dando largas zancadas y arrebatándole el cuaderno a Hiccup para lanzarlo al fuego.

"¡Ey! ¡Porque hiciste eso!" El abadejo se paró ofendido.

"¡Deja de actuar como un niño, por Odín!" Hofferson estaba enrabiada. Era insoportable tener que lidiar con Hiccup últimamente. Más de lo normal. Ella también se estaba cansando de esperar a que reaccionara. "No sé cómo Toothless te ha soportado por tanto tiempo."

Justo en el clavo, como siempre. Astrid sabía muy bien donde atacar. Hiccup abrió y cerró la boca, mudo y demasiado sorprendido.

"No se cómo me pude casar con alguien tan estúpido." Refunfuño, tomando su hacha y colocándola sobre su hombro. "Años para ver y sigue tan ciego ¡Imbécil! ¡Los hombres son imbéciles!" Grito caminando hacia la puerta.

"Oye, ten cuidado con esa hacha." Exclamo Eret, dando varios pasos hacia atrás cuando Astrid pasó por su lado.

Esta lo miro, sus ojos dilatándose en furia. "Tú no digas nada, estas igual o peor que Hiccup. Par de imbéciles." Y salió de la herrería tirando maldiciones por doquier.

"¡¿Y yo porque?!"

Hiccup lo miro divertido. "Esta así desde hace varios días."

Eret le dedico una mirada cargada de ironía. "Y tu estas peor que ella." El abadejo se inclinó de hombros. No tenía ganas de hablar.

La puerta de la herrería se abrió de golpe y Astrid nuevamente apareció frente a ambos, extrañamente con la sonrisa más amplia que le habían visto en un largo tiempo. Incluso se empezó a reír en sus caras.

"¿Qué?" Hiccup la miraba como si estuviera loca.

Astrid lo miro y también a Eret, para nuevamente comenzar a reír. "Llegaron los dragones." Apenas pudo decir, tapándose la cara con la mano. Lo que había visto era lo más irónico que había presenciado en su vida. Y a Astrid siempre le había gustado burlarse de las desgracias de los demás.

Hiccup salió como un bólido de la herrería y Eret lo siguió, totalmente curioso. Cuando cruzo la puerta, observo el centro del pueblo y no se sorprendió de ver a muchos Vikingos abrazando a sus recién llegados dragones. La isla estaba atestada de esos seres, en los techos de las cabañas, en cada rincón.

Una sonrisa se formó en el rostro de Eret, sintiendo que la tranquilidad lo envolvía. Finalmente la isla volvía a ser la de siempre. Desde que vivía en Berk el invierno ya no le resultaba agradable como en ataño. Aunque no lo dijera, extrañaba a los dragones tanto como los demás y su vista busco involuntariamente una piel escamosa, colorida y celeste. No tardo en encontrarla y levanto una ceja ante la vista.

Hiccup estaba solo un par de pasos frente a él, mirando con las pupilas hundidas en sus cuencos al par de dragones que se encontraban en el centro del alboroto.

Toothless estaba sentado en sus cuartos traseros, mirando a su manada y Stormfly lo acompañaba, extrañamente cerca.

Eret toco el hombro de su jefe. "¿Qué sucede?"

No obtuvo respuesta y examino curioso la mandíbula tensa del abadejo, tan tensa que por momentos la veía tiritar por la fuerza ejercida.

"Ey, Hiccup, estas actuando más raro de lo normal." Apretó con más fuerza su hombro y finalmente tuvo una reacción. Aunque no la que esperaba. El joven jefe dio dos pasos hacia atrás, antes de dar la vuelta y salir corriendo.

"¡EH! ¡Hiccup! ¡¿Dónde vas?!" Le grito, pestañeando varias veces antes de soltar un bufido. Sintió una mirada que le taladro la espalda y volteo, topándose con los ojos de Toothless. Y también los de Stormfly. Tenía pensado ir a saludar, pero extrañamente ya no tenía ganas. Así que volvió a entrar a la herrería, silbando una canción. Se topó con Astrid, que lo miraba divertida y volvió a soltar un bufido.

Todos en esa isla estaban locos.

-x-

Nota autora: ¡Que tal gente! Perdón por la demora. He disfrutado enormemente escribiendo esta mini historia, y la continuación llegara pronto. O eso espero. Si no es así, subiré otro pequeño Drabble que tengo guardado para la espera.

¿Qué les pareció? ¡Una opinión gente! Me gustaría escucharlos c;

¿Quién creen que será el amor no correspondido de Stormfly? El que adivine primero le dedicare el próximo capítulo. (Aunque para mi está demasiado obvio.)

Agregar a favoritos y no dejar un comentario es como agarrar una teta y salir corriendo.

Pd: Igual amo a los lectores fantasmas 3