VII. ¿Y si queremos quedarnos y pelear?
«Cada vez que cometo un error me parece descubrir una verdad que no conocía.»
Maurice Maeterlinck.
Agosto de 2022.
A la hora de la comida, era evidente que algo fallaba.
Quizá Getty no fuera la más sensible del mundo, pero a través de los años, como mecanismo de supervivencia, se fue haciendo capaz de percibir el ambiente a su alrededor, con tal de poder salir corriendo si creía que las cosas empezaban a ponerse feas.
El comedor del Instituto se llenó de tensión desde que se sentaron a la mesa. Tiberius, siempre tranquilo y acompañándose de algún libro o documento qué leer mientras comía, en aquella ocasión se hallaba en su sitio de la cabecera moviendo los dedos nerviosamente junto a su plato, como si quisiera tamborilear y no se atreviera. A su izquierda se ubicaba Livia, quien paseaba los ojos por los presentes con suspicacia. Y a la izquierda de ella, por una vez, Kit no se centraba en dirigir comentarios sarcásticos o hacer acotaciones graciosas, sino que se mantenía erguido y serio, vigilando tanto a los más jóvenes como a Tiberius con un celo casi palpable.
Antoine Verlac, a la derecha de Tiberius, miraba lo que le servían con gesto crítico, apenas probando bocado y con una actitud tal, que parecía creer que les hacía un favor al degustar algo en su compañía. A la derecha de Antoine se había colocado Alphonse a toda prisa, cosa que confundió a Getty hasta que vio una breve mueca de alivio en Livia.
Tal vez Getty no era la única que sabía lo altanero que era el actual invitado del Instituto.
—Ya que estoy aquí, quiero saber cuándo volverás a Alacante, Alphonse.
La frase, soltada sin más cuando terminaban de comer el pastel de carne, tomó por sorpresa a casi todos, incluido el recién nombrado.
—¿Me necesitan allá? —quiso saber el muchacho, con voz sumisa.
—No realmente. Pero piénsalo, te iría mejor si estuvieras en la Academia otro año.
—La asistencia a la Academia es voluntaria para los cazadores de sombras —intervino Tiberius con voz monocorde, un tono que ponía a Getty muy nerviosa: cuando lo escuchaba en otros adultos, significaba algo malo.
—Sí, claro, pero en el caso de Alphonse…
—Antoine, me sorprendes —Kit, conteniéndose visiblemente para no perder la paciencia, empleó sus mejores modales al hablar—. En lo personal, no querría que un pupilo mío solicitara su readmisión en la Academia.
—No pedí tu opinión, Herondale.
Getty no se sorprendió de que Kit hiciera una mueca. Por lo poco que había oído, el rubio pocas veces usaba su apellido, aunque según Alphonse, los Herondale tenían una impresionante y peculiar historia, lo que entre los cazadores de sombras, era mucho decir.
—Solo es una humilde observación —apuntó Kit, esta vez sonando más como él mismo—, porque si lo piensas, ¿a qué instructor de Instituto le gustaría ser visto como un inútil?
—¿Me estás insultando? —Antoine arrugó la frente, claramente ofendido.
—Yo no. Lo harán otros, cuando se pregunten por qué el chico que te molestaste en criar por tantos años prefiere terminar su instrucción en la Academia y no contigo.
Un silencio pesado cayó sobre todos, solo alterado por el leve sonido de los cubiertos. Los presentes terminaron sus alimentos sin hablar, al menos hasta después de que Agnes, acompañada por un incómodo Roger, retirara todo de la mesa y les llevara un servicio de té.
—Mi duda sigue en pie —comentó de pronto Antoine y Getty, de reojo, notó cómo Kit se contenía a duras penas de elevar los ojos al cielo—. ¿No es hora de que te vayas, Alphonse?
—¿Irme? —el aludido, desconcertado, acababa de poner delante de Getty una taza de té, por lo cual no tuvo que lamentar el tirar algo debido al asombro.
—Sí. Aunque podemos disponer de cualquier Instituto al viajar, no debemos abusar de la hospitalidad de nuestros anfitriones. Si no vas a volver a la Academia, deberías regresar a París.
Alphonse abrió la boca, claramente queriendo replicar, pero por lo visto no le vino nada a la mente, porque la cerró lentamente, casi como si se lamentara.
—A nosotros nos gusta tenerlo aquí —aseguró Livia, cordial.
—Además, es un cazador de sombras prometedor, aunque sea tan joven —añadió Tiberius, dejando por fin de mover sus dedos incesantemente. Observaba a Antoine como si de repente, no lo reconociera—. En este Instituto nos interesa mucho contar con gente como él, así que si quiere quedarse, no se lo vamos a impedir.
—¿Y si le ordenan marcharse? —inquirió Antoine con severidad.
—¿Quién lo haría? —replicó Kit, haciendo una mueca despectiva.
—La Clave podría…
—Sinceramente, a la Clave no podría importarle menos uno de los tantos huérfanos que tenemos —lo cortó Kit con aspereza, lo cual consiguió que Livia lo mirara con incredulidad y que Getty quisiera zarandearlo con fuerza—. Lo que tú quieres es sacarlo de aquí. ¿Por qué? Lo ignoro y no me interesa saberlo. Pero déjame adivinar: vas a obtener algo si el chico nos deja, ¿verdad?
Ante la sorpresa de todos, Antoine enrojeció hasta las orejas, furioso, antes de levantarse intempestivamente. Aunque no estaba sentada junto a él, Getty no pudo evitar encogerse en su sitio, temiendo que se volviera en su contra.
—Si Kit tiene razón en lo que ha dicho —comenzó a decir Tiberius, fijando en Antoine sus ojos grises, que en aquel momento parecían afilados trozos de acero—, te advierto que no te lo consentiremos. Puedes haberte hecho cargo de Al, pero no eres su padre ni su tutor, así que no tienes derecho alguno sobre él. Por otro lado, Alphonse tiene la edad suficiente como para decidir su futuro, así que si todo lo que has venido a hacer es intentar controlarlo, te invito a que hagas uso de nuestro Portal y te retires.
—¿Tú me vas a decir lo que puedo o no hacer, Tiberius? ¿Precisamente tú?
El menosprecio en la voz de Antoine era tan evidente y repulsivo, que Getty no fue la única en ponerse de pie de un salto, deseosa de darle una lección a aquel tipo. Alphonse apenas si la dejaba ver lo que ocurría, plantado delante de ella; por su parte, Livia y Kit se pararon al unísono, cada uno con la ira marcada en sus rostros y, por los movimientos de sus manos, queriendo sujetar alguna de las armas que, por desgracia, no solían cargar a la hora de las comidas.
—Sí, yo —Tiberius, por alguna razón, no sonaba molesto por el desaire hacia su persona. Se levantó con calma, se sacudió lentamente las mangas de la camisa y luego volvió a fijar los ojos en Antoine, quien dio un respingo ante aquella implacable mirada acerada—. No soy el cazador de sombras perfecto, no según tus parámetros, por lo que he notado… Pero sí soy el director de este Instituto, el líder del Enclave de Londres, por lo que algún mérito debo tener, ¿no es así? —inspiró hondo, cerrando los ojos un instante, para volver a mostrarlos al añadir—. Mientras Al quiera estar aquí, no se lo impediremos. Si él quiere ir a Alacante, lo alentaremos. Si él incluso deseara regresar al Instituto de París contigo, lo apoyaremos. Eso hace una familia, Antoine. Realmente me decepciona lo que veo de ti, porque me hace suponer que tú no sabías algo tan elemental.
—¡No vine a que un montón de fenómenos me den lecciones de moral! —logró espetar Antoine al recuperar el habla, para acto seguido volverse hacia Alphonse—. Empaca ahora mismo.
—¿Qué? —el chico lo miró como si estuviera loco.
—¿No me has oído? ¡No te quedarás ni un segundo más! Te prohíbo terminantemente…
—Creo haber mencionado ya que no eres el padre de Al ni su tutor —reconvino Tiberius, ligeramente confundido.
—Tiene menos cerebro que las serpientes en su anillo de familia —se burló Kit.
—¡No quiero que un par de inadaptados como ustedes me digan…!
Las palabras de Antoine fueron cortadas de tajo por un golpe. Específicamente, por el puño que se estrelló en su cara y que jamás habría esperado recibir.
—¡Al! —exclamaron Getty y Livia a la vez.
Ciertamente, nadie esperaba que Alphonse perdiera la cabeza y golpeara a Antoine. Getty estaba anonadada, queriendo acercarse a su amigo pero sin estar segura de si debía hacerlo; por su parte, Livia rodeó la mesa a toda carrera y se acercó a Antoine, quien debido a la agresión y a la sorpresa, había trastabillado y caído de sentón, sin mucha gracia.
—¡Aléjate de mí! ¡Estás tan loca como ellos! —espetó Antoine, dando un manotazo a uno de los brazos de Livia, que tenía intención de rodearlo para ayudarle.
—Vete, Antoine —pidió Alphonse y Getty se estremeció al oírlo, tan frío y dolido, porque sabía que algo dentro de él se estaba quebrando y hacía un enorme esfuerzo por permanecer firme—. No regresaré a París. No iré a Alacante en una temporada. Me quedo aquí. Me quedo con… —tragó saliva, nervioso, antes de concluir—, me quedo con mi familia.
—¡Los dos son iguales! —masculló Antoine al levantarse finalmente, mirando a Alphonse con profunda antipatía—. Acabarás como él, ¿lo sabías? Acabarás como Jérôme, no lo dudes.
Getty no sabía quién era Jérôme, pero intuyó que el nombre significaba algo para Alphonse, porque éste se puso pálido a una velocidad alarmante. La rubia apenas prestó atención a cómo Livia conducía a Antoine fuera del comedor, seguida de cerca por Kit y Tiberius, pues solo tenía ojos para Alphonse y su cara desfigurada por la desesperanza.
—Al… —llamó con suavidad.
El aludido parpadeó, confuso, como si de repente se diera cuenta de dónde estaba y qué había ocurrido. Agitó la cabeza, con lo cual mechones de pelo negro revolotearon en todas direcciones, antes de que el chico fijara los ojos en un punto vacío delante de él.
—Pensé que le importaba… —musitó, incrédulo.
—¿Qué?
—¿Cómo pude ser tan estúpido? —estalló de pronto Alphonse, apoyando las manos en la mesa con fuerza. A Getty le dio la impresión de que se había lastimado al hacer eso, pero él no dio señas de sufrir daño alguno—. ¿Cómo pude…? ¡Ya debería haber aprendido! ¡Pero no! Sigo creyendo, creyendo y creyendo, ¡hago mi mejor esfuerzo! ¡Merde!
Getty estaba muy segura de que la última palabra fue en francés y una no muy bonita, aunque supiera poca cosa del idioma. Sin embargo, apenas podía comprender lo que pasaba, así que dejó que Alphonse siguiera mascullando, esta vez apresuradas frases en francés, hasta que se cansó y se dejó caer en una silla, apesadumbrado.
—Lo siento, Getty —musitó él de pronto.
—¿Por qué?
—Por… No estuvo bien. Lo que le hice a Antoine. Lo de ponerme como loco. Sé que no…
—¡No me importa! —aseguró ella—. ¡Y el tipo se ganó lo que le pasó! ¡Lo habría golpeado yo, de haber podido! ¿Cómo se le ocurrió decir esas cosas de Kit y de Tiberius? ¡De Tiberius, con lo bueno que es! ¡Y le dijo «loca» a Livia!
La indignación de Getty logró algo que parecía imposible: devolverle a Alphonse parte de su talante habitual. No sonrió, pero estuvo a punto.
—Antoine nunca es muy listo cuando se enfada —apuntó.
Getty resopló, pero en su fuero interno, quería saltar de alegría.
Había logrado que Alphonse ya no se viera desolado.
