Habían pasado cuatro días desde su discusión con Madge. Y en esos cuatro días, desde que volvió con algo para comer, ella se negó a dirigirle la palabra de nuevo. Obviamente lo estaba malinterpretando todo completamente, pero Gale no estaba seguro a ciencia cierta de cuándo les estaban grabando. No podía contarle su plan, por mucho que quisiera que ella volviese a hablarle de nuevo. Estar las veinticuatro horas del día con una persona que no te decía absolutamente nada era devastador. Peor que estar completamente solo.
En ese tiempo había habido cañonazos, como era de esperar. Muertos y más muertos. Por las noches, Madge contenía la respiración mientras sonaba el himno y la soltaba cuando terminaba. No entendía muy bien por qué lo hacía, ella no iba a hablarle solo para explicárselo. Pero se hacía una idea, podía ser que el no ver su rostro proyectado en el cielo nocturno le daba la seguridad de que realmente seguía viva.
—Van a intentar reunirnos a todos, solo quedamos ocho—dijo Gale, rompiendo de nuevo el silencio entre ambos.
Sabía que no le iba a responder, pero no le importaba demasiado. Se puso en pie, en el momento que comenzó a recoger el campamento, ella le imitó. Caminaron de nuevo en silencio por el bosque. Gale se encargaba de despejar el camino, echando rápidos vistazos tras de sí para comprobar que Madge seguía ahí. Sus pasos eran tan cautos que apenas la escuchaba. Pasado un buen rato, veinte minutos calculó, Madge dio un fuerte golpe en el suelo con el pie. Era su forma de indicar que parase. Más concretamente, que se detuviese para que ella tuviese un momento entre los arbustos. Le dijo que no se alejase demasiado, que gritase si necesitaba que fuese. No tenía la seguridad de que ocurriese, bien podía decidir morirse en silencio antes que dirigirle de nuevo la palabra. Así de cabezona era. Le recordaba bastante a Katniss.
Katniss.
Hacía días que no pensaba en ella, era cómo si su mente la hubiese anulado por completo. Como si aquella muchacha de ojos grises ya no existiera, no fuese más que un fantasma dentro de su cabeza. Pero Katniss era real, era su mejor amiga, la chica de la que estaba enamorado. Porque estaba enamorado de ella. Sí.
¿Sí?
Su madre siempre le había dicho que cuando estabas enamorado de alguien esa persona estaba siempre en tus pensamientos, a Gale nunca le pareció que fuese necesariamente así. No todo tu mundo tenía que girar necesariamente alrededor de una persona, por mucho que la quisieses. Pero admitía que no pensar en la persona de la que estabas enamorado tampoco podía ser. No era algo de lo que prescindir con tanta facilidad. Entonces qué significaba eso: ¿Qué no estaba enamorado de Katniss? Pero él la veía más que cómo a una amiga, y la conocía lo suficiente, no era un simple cuelgue de alguien a quién apenas conoces. Qué era.
Una desgarradora idea se hizo hueco en su mente. Tal vez no la quería en el sentido romántico, tal vez nunca la quiso en el sentido romántico. Pudo ser su subconsciente, intentando darle algo por lo que luchar en una vida miserable en un lugar miserable. Un clavo ardiendo al que aferrarse. Ella era un reflejo de sí mismo, vivían en el mismo barrio, huérfanos de padres, con familias que mantener, metas de futuro similares: ¿Por qué no cruzar unas vidas tan idénticas y hacerla una sola? Puestos a estar con una chica, que posiblemente sería de la Veta como él, Katniss parecía la mejor opción.
—¡Gale, ayuda!
Era Madge. Sus piernas se movieron solas, dejando en el sitio todos los pensamientos que habían ocupado su mente segundos atrás. Casi volaba por el suelo mientras corría hacia el lugar dónde había escuchado a la chica gritar. Llegó a una zona no muy espesa del bosque. Lo primero que vio fue a Madge de rodillas en el suelo, ella se movió con cuidado, entonces vio una de sus manos cubiertas de sangre.
Sintió cómo se le paraba el corazón.
—¿Estás bien?—preguntó casi gritando.
Ella le miró, sin ninguna clase de mueca de dolor en el rostro. Se apartó con cuidado. Gale se relajó al comprobar que la sangre no era suya, sino de la pequeña niña del Distrito 11. Yacía en el suelo, consciente y sin derramar lágrima alguna, algo increíble teniendo en cuenta el profundo tajo que tenía en la pierna. Madge estaba intentando taponar la herida con sus manos, pero la sangre seguía encontrando la forma de brotar de ella.
—Necesito algo para contener la hemorragia.
Vio como Gale seguía estático, cómo si todavía estuviese procesando sus palabras y la escena. Madge miró a la niña, perdía el color, si no hacían algo moriría pronto. Le apartó un mechón de la cara, manchándosela sin querer con la sangre de su mano.
—Te pondrás bien—aseguró Madge sin temblor alguno en la voz.
Rue no la miraba a ella, tenía la vista puesta en el frente. Entrecerró los ojos.
—Él no piensa así.
La joven rubia se giró entonces, Gale había variado de posición. A una más ofensiva. Con el arco ya tensado y una flecha cargada en él apuntaba a Rue directamente. Algo se rompió dentro de Madge al verle así. No podía estar ocurriendo aquello. Sabía que el chico no era así, lo conocía, había aprendido a conocerlo. Por eso se interpuso entre la pequeña y la flecha.
—Madge…—le vibró la voz.
No bajó el arco, pero sí lo movió lateralmente, desviando la trayectoria. Para asegurarse de no disparar contra ella.
—Gale—le respondió con calma,—tenemos que salvarla. No puedes cargar con el peso de la muerte de una niña tan pequeña, ni siquiera alguien tan fuerte como tú—inspiró hondo—¿serías capaz de volver a casa y mirar a tu familia a los ojos después de hacer algo así?
—Pero…maté a Marvel.
Madge negó con la cabeza. Sentía que estaba a punto de llorar, pero se contuvo.
—Me salvaste la vida. Eso es lo que hacen los héroes, salvar vidas—el chico empezó a bajar el arco.—No es siempre tan agradable como lo pintan.
Tiró el arma al suelo. Se acercó a ellas con cuidado, Rue se tensó, pero Madge la cogió de la mano para tranquilizarla. Gale examinó la herida, cortó un trozo de su camiseta e hizo un torniquete.
—Por qué ella.
—Estoy harta de ver a niños muertos todas las noches—confesó Madge con pesar,—además…Rue tiene la misma edad que la hermana de una amiga mía.
Gale sintió que se le cerraba la garganta al oír aquello.
—No sabía que fueses amiga de Katniss—su voz sonó con menos fuerza de la que esperaba. Era irónico que minutos atrás hubiese pensado en ella también.
—Bueno…yo la considero mi amiga, no me importa que ella no lo vea de la misma forma—suspiró.—Es normal, estoy en una posición injustamente acomodada.
Gale cargó con la pequeña, la joven rubia con el arco y la flecha desechada. Anduvieron por el camino por el cual habían llegado.
—¿Por qué dices eso?
Madge sofocó una risa.
—No seas cínico, tú también me ves de esa manera.
El chico negó con vehemencia, su voz sonó seria y firme.
—Te equivocas.
Durante esos agónicos días, Peeta había conseguido acercarse a Katniss. Tampoco al punto de ser un amigo para ella, pero sí de ser una persona con la que relajarse. Con la que dejarse llevar por el maremágnum de emociones que era ver a Gale jugándose, literalmente, la vida. Se desinfló un poco al saber que no eran primos, que eran amigos. Aunque Katniss rápidamente le aclaró que no había nada romántico entre ellos, más bien lo sentía como eso, un primo. Quién dudaba ahora era Peeta, no de ella, sino de Gale. Quizá él sí sintiese algo más por Katniss. Al fin y al cabo, era una persona maravillosa en todos los sentidos. Pasar ese tiempo con ella le había hecho apreciar todo lo que la componía, incluso sus malos gestos, sus muecas de asco y su tendencia a la inoportunidad.
—Sabes…—empezó a decir la chica cuando la cámara pasó a enfocar al chico del Distrito 11,—siempre me ha gustado Madge, quiero decir, siempre me ha parecido simpática y agradable. No es que quiera que muera…
Peeta sabía por qué decía aquello. Ambos habían escuchado a Madge hablar sobre Katniss, sobre cómo la hija del alcalde consideraba a la chica de la Veta su amiga. Él había observado con cuidado a la joven de ojos grises cuando la rubia hizo ese comentario. Vio como la expresión de Katniss se tensó, antes de bajar la vista con el arrepentimiento dibujado en el rostro.
Porque Madge había acertado de lleno.
—Claro que no quieres que muera, es tu amiga—le ayudó Peeta.
Katniss le miró con genuina incredulidad.
—Pero ella ha dicho…
—Madge ha dicho que no sabía si tú la consideras su amiga—aclaró el chico mientras acercaba su mano a la de ella, estaban sentados en el suelo, rodeados de gente y al mismo tiempo, completamente aislados.—Creo que tu preocupación y tu culpa porque ella piense así confirman que sí la ves como a una amiga.
—Quizás tienes razón—miró a la pantalla, luego de nuevo a él,—¿y tú eres mi amigo, Peeta Mellark?
Aquello le pilló desprevenido. Sintió que debía tomar el aire. Respondió con calma.
—Supongo que seré lo que tú quieras que sea para ti—vio algo en los ojos de ella, no supo qué era,—¿me consideras un amigo, Katniss Everdeen?
Madge acarició el cabello de Rue mientras la pequeña dormía. Por suerte para la niña, estaban con todo un experto en bosques, no tardó en encontrar una planta que ayudó a frenar la hemorragia. Además en el Capitolio a alguien debió de gustarle su numerito no coreografiado, porque les enviaron un ungüento para la herida. Esa noche no hubo ningún muerto, lo cual tampoco eran buenas noticias. A la gente del Capitolio le debía de aburrir la falta de acción. Se tomarían medidas al respecto, medidas que no serían agradables para ninguno de ellos. Cuando alzó la vista, vio que Gale la observaba al otro lado de la fogata. Estaba tenso, desde que decidieron acoger a Rue con ellos. Decisión que no aprobaba, pero sabía que la chica tenía razón, que no sería capaz de matar a sangre fría a una niña tan pequeña y vivir con ello.
—No podemos quedárnosla.
La hija del alcalde frunció el ceño.
—Es una niña, no un cachorro. No hables de ella de esa forma.
Él apartó la vista.
—Lo siento—se disculpó apretando los dientes.
En ese momento Madge se paró a valorar lo mucho que el chico de la Veta había cambiado desde aquel desafortunado encuentro que precedió a la Cosecha: ¿Por qué parecía haber ocurrido en otra vida? Quizás porque aquel era otro Gale.
Y también otra Madge.
Había cambiado, lo notaba. El paso de los días hacía mella en ella. Su horror por las caras de chicos muertos proyectadas en el cielo había pasado a despreocupación. Tampoco tanto, más bien ya no sentía nada. Tan solo el alivio de no ver su rostro ni el de Gale en el cielo. Hubo un tiempo, uno lejano que resultaba borroso, en el que esa otra Madge sentía una curiosidad particular por Gale. Podría decirse que se trataba de un cuelgue. Un chico atractivo y misterioso, serio y responsable. Pero esa ya no era ella. Ahora veía a un aliado, un amigo. Una persona rebelde y valiente, sincera y noble.
¿Qué iban a hacer? ¿Esperar y matarse el uno al otro?
Bajó la vista y se encontró con el pequeño rostro de Rue, que dormía plácidamente. Tampoco podían darle muerte a ella, era demasiado joven.
Apretó los labios, mirando de nuevo a Gale, quién observaba en silencio las sombras.
—No vamos a morir—dijo Madge tajante, atrayendo la atención del chico,—ninguno de nosotros. Ninguno de los tres.
—¿Qué dices Madge?—alzó una ceja,—esto son los Juegos del Hambre, las reglas son claras. Solo puede quedar uno.
Ella le sonrió de medio lado.
—¿Y desde cuándo sigues tú las reglas, Gale?
