–Date prisa –dijo Ichigo, impaciente, sosteniendo el móvil entre el cuello y el hombro–. Estoy aparcado en doble fila.

–¡Estoy llegando! –gritó Rukia, sin aliento mientras corría hacía el Ferrari plateado.

Sujetando con una mano las carpetas que llevaba, abrió la puerta y se lanzó sobre el asiento del pasajero, riendo.

Ichigo había estado toda la semana en Atenas y lo echaba de menos. Por eso se había saltado una clase para verlo esa tarde, algo que no hacía nunca. Y mientras lo miraba con los ojos brillantes, sus estudios era lo último en lo que podía pensar.

Ichigo había visto por el espejo retrovisor a un guardia de tráfico a punto de multarlo, pero cuando Rukia subió al coche, con sus vaqueros y su camiseta de colores, se olvidó de él y levantó una mano para acariciar su hermoso cabello negro.

Como siempre, no paraba de hablar, su alegría al verlo era casi infantil. Aquella calidez y naturalidad atraían a Ichigo, que había crecido en un ambiente más bien frío, y la claridad de sus ojos, su piel perfecta y esos labios que se moría por besar eran una tentación irresistible.

Sin dudarlo, inclinó la cabeza para apoderarse de su boca en un beso que la dejó sin aliento… pero antes de que el guardia de tráfico terminase de anotar la matrícula, Ichigo arrancó a toda velocidad.

Rukia lo miraba, contenta. Había temido que hubiese encontrado a otra mujer mientras estaba en Atenas, pero verlo tan excitado la tranquilizó. Aunque sabía que con Ichigo Kurosaki no había garantías.

Después de todo, se había dicho desde el principio que no se haría ilusiones. La reputación de Ichigo, su edad y las diferencias entre ellos le decían que no debía ser optimista. Pero, a pesar de todo eso, llevaban siete semanas juntos y la atracción que había entre ellos seguía siendo tan fuerte como el primer día.

Kukaku lo había conocido una tarde, cuando fue a buscarla a casa, y había dicho que era «encantador». Por el contrario, Hisana, que estaba en España con una amiga que había enviudado recientemente, le había advertido que tuviese cuidado.

–Lo único que puedes tener con Ichigo Kurosaki es una tórrida aventura. Luego se aburrirá y buscará a otra mujer. Te lo digo por tu propio bien, si estás preparada te dolerá menos.

–Sé que Ichigo no está enamorado de mí –admitió Rukia, intentando que la sonrisa no se borrara de sus labios–. Pero eso no significa que no pueda ser feliz mientras dure.

–Si aceptas que no hay futuro para esa relación…

–Lo he aceptado desde el principio. Los dos somos solteros y jóvenes, así que no va a durar para siempre. Aunque eso era lo que quería pensar, Rukia se había dado cuenta ese mismo día de que no engañaba a nadie y menos a sí misma. Adoraba a Ichigo, sencillamente lo adoraba. El sonido de su voz por teléfono la hacía feliz y el brillo de sus preciosos ojos cafés podía hacerla arder de deseo. Aunque no había querido enamorarse de él, había ocurrido sin que pudiera evitarlo. Afortunadamente, Ichigo aún no conocía a su madre. Hisana nunca había podido superar el desprecio con que el padre de su hija la había tratado y Rukia temía que hiciese algún comentario despectivo sobre su familia griega.

Ichigo seguía sin saber que Byakuya Kuchiki era su padre y ella no veía razón para contárselo. ¿Para qué? ¿De qué iba a servir? Byakuya no se tomaba el menor interés por su vida ni mantenía contacto con ella de forma habitual.

Mientras corría hacia el ascensor para seguir las largas zancadas de Ichigo, Rukia empezó a sentirse ligeramente mareada. No era la primera vez que se encontraba mal en las últimas semanas y, de nuevo, decidió ir al médico en cuanto encontrase tiempo. Había empezado a tomar la píldora y sospechaba que no le estaba sentando bien.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente en el recibidor de Ichigo, que la abrazó y la besó en la boca apasionadamente; la frialdad que mostraba en público iba desapareciendo mientras le acariciaba los pechos por encima de la camiseta, dejando escapar un gemido ronco de deseo.

–Podría tomarte aquí mismo…

–Yo también te he echado de menos –le confesó Rukia, intentando quitarle la chaqueta.

–Skase! Hablas demasiado…

Mientras se besaban, sin aliento, Ichigo la tomó en brazos para llevarla al dormitorio. Su deseo de hacerle el amor emocionaba a Rukia, compensando otras omisiones. Aún no le había presentado a ningún amigo, aparte de aquéllos con los que se habían encontrado casualmente, y nunca le había pedido que se quedase a dormir.

La llamaba siempre con cuarenta y ocho horas de antelación para quedar y no decía nada que le hiciera pensar que seguirían juntos.

Después de desnudarla, Ichigo se quedó frente a la cama, mirándola. Estaba tan excitado que le dolía y apenas había pegado ojo la noche anterior pensando en ella. Nunca había sentido una atracción como la que sentía por Rukia y se alegraba de que ella no conociera a ninguno de sus amigos… o sus enemigos. Era exclusivamente suya como no lo había sido ninguna otra mujer, y su propia creación entre las sábanas. Estaba convencido de que por eso disfrutaba tanto estando con ella y la razón por la que no se aburría.

Ichigo se había hecho recientemente un chequeo y sabía que ella tomaba la píldora, de modo que podían hacer el amor sin preservativo. Rukia sabía que la confianza era mutua porque Ichigo le había confesado que nunca había confiado en una mujer lo suficiente como para hacer eso. Abriéndole las piernas con una rodilla, Ichigo se enterró en su túnel de miel, ensanchando las delicadas paredes con su miembro. Rukia gritó, disfrutando de la sensación, agarrándose a él con manos frenéticas mientras empezaba a moverse adelante y atrás.

Tan intensa era la excitación que se revolvía debajo de él en un paroxismo de placer, las olas cada vez más altas, más embriagadoras… hasta que la pasión los llevó a los dos a la inevitable conclusión.

El clímax fue tan increíble que Rukia levantó las caderas, gritando al sentir cómo el magnífico cuerpo de Ichigo se estremecía. En el mismo instante, él se dejó ir, lanzando un desinhibido grito de placer.

Después de unos segundos, cuando por fin pudo llevar aire a sus pulmones, Ichigo clavó en ella sus ardientes ojos.

–He perdido un poco la cabeza… ¿te he hecho daño?

–No, claro que no –respondió ella, echándole los brazos al cuello.

–Nunca olvidaré la primera vez, latria mou –Ichigo toleraba ser abrazado e incluso disfrutaba de sus gestos de cariño, algo que no le había ocurrido nunca. Rukia era una chica muy cariñosa que se derretía con los animales, especialmente los conejos, los niños y las historias de amor.

–¿Qué has hecho en Atenas? –le preguntó.

–No quiero hablar, quiero dormir –bromeó él.

–No puedes… ¡llevas una semana fuera! –se quejó Rukia–. Bueno, cuéntame qué tal en Atenas.

–Mi padre quiere que me vaya a vivir allí y lleve la empresa familiar y mi madre quiere que me case con una buena chica griega.

–¿Ah, sí? –Rukia apartó la mirada.

–Incluso me preparó una encerrona. Organizó una cena en casa a la que invitó a las hijas de unos amigos…

Nada de eso alegraba a Rukia, pero siguió sonriendo como pudo.

–¿Y te gustó alguna de ellas?

–No, qué va. Y tampoco me gusta la idea de casarme –respondió él, acariciándole los pechos–. ¿Por qué iba querer a nadie más en mi cama? ¿Sabes una cosa? Creo que tus preciosos pechos son un poco más grandes que antes.

Rukia se puso colorada. ¿Podría ser ese aumento de tamaño alguna extraña reacción de la píldora? No lo sabía, pero admitía que Ichigo tenía razón

–Debe de ser por la píldora.

Ichigo sonrió.

–Y yo no me quejo… me encanta tu cuerpo. Por cierto, esta noche vamos a salir.

–¿Adónde vamos?

–Un amigo organiza una fiesta en un club privado –contestó Ichigo, incorporándose– Hora de ducharse, enana perezosa.

Rukia estaba encantada de conocer a sus amigos por fin, que no le dio importancia a como la llamo.

–Pero tengo que ir a casa a cambiarme…

–No, de eso nada.

–No puedo ir en vaqueros…

–Ya me he encargado de eso.

–¿De qué estás hablando?

–Ya lo verás… –tirando de ella hacia la ducha, Ichigo se echó un poco de gel en las manos para frotarlo sobre sus pechos, dejando claro que no estaba pensando en la higiene personal.

–¿Me deseas? –murmuró, acariciándole los pezones con la punta de un dedo.

–Mucho… –respondió ella, temblando de deseo.

Ichigo la apoyó en la pared de la ducha y lo que siguió fue tan enérgico, tan increíblemente excitante, que dejó a Rukia agotada.

Después, envuelta en una toalla en la habitación, descubrió a qué se refería cuando dijo que no tendría que ir a casa a cambiarse.

Ichigo apareció con un montón de bolsas que dejó sobre la cama.

–Ropa nueva –anunció.

Rukia se quedo inmóvil, desconcertada.

–¿Me has comprado ropa?

–¡Si tengo que volver a verte con el vestidito negro o con el otro que tiene piedrecitas en el cuello me los cargo! –bromeó él–. Necesitas un vestido nuevo, Rukia. Venga, abre las bolsas.

Ella abrió la primera y sacó un vestido de color verde esmeralda. Pero al ver el nombre de un famoso diseñador en la etiqueta, dio un paso atrás.

–Esto debe de costar un dineral… lo siento, no puedo aceptarlo.

Ichigo tuvo que contener una respuesta airada. Él sabía lo importante que eran las apariencias entre sus amistades y, aunque agradecía que Rukia, al contrario que muchas de sus predecesoras, no esperase recibir regalos caros, le parecía que llevaba su independencia demasiado lejos.

Sin decir nada, abrió otra de las bolsas y tiró el contenido sobre la cama. Rukia se puso colorada al ver el conjunto de ropa interior, tan fino como una tela de araña, medias y zapatos a juego con el vestido.

–¿Que no tenga ropa elegante te avergüenza? –le preguntó.

–No, a mí no. Pero conozco a las mujeres lo suficiente como para saber que tú te avergonzarías si no llevaras algo adecuado esta noche –respondió él.

Mortificada por su sinceridad, Rukia apartó la mirada. Era la primera vez que el dinero provocaba un problema entre los dos, pero su orgullo le decía que no debía aceptar unos regalos tan caros. Y se preguntó si su falta de vestuario adecuado era lo que había impedido que Ichigo le presentase a sus amigos.

–Me sentiría más avergonzada por aceptar estos regalos –dijo finalmente–. Pero sé que lo has hecho de buena fe. Eres muy considerado y yo no quiero ser desagradecida pero, por favor, no vuelvas a comprarme ropa.

–No quiero que te sientas fuera de lugar o incómoda entre mis amigos.

Rukia estuvo a punto de decir que, de ser así, el problema era de sus amigos, pero se mordió la lengua.

–Es un color precioso –dijo, tomando el vestido.

–En cuanto lo vi, pensé que te quedaría de maravilla –afirmó Ichigo, antes de besarla.

Y Rukia lo perdonó por completo, aunque sabía que estaba mal dejar que le comprase cosas tan caras.

–¿Y si no me queda bien?

–No es la primera vez que compro un vestido para una mujer…

–Déjalo, no me lo cuentes –murmuró ella, entrando en el baño para arreglarse el pelo.

–También te he comprado unos pendientes de zafiros y diamantes.

Cuando Rukia se volvió para mirarlo, atónita, Ichigo se encogió de hombros como diciendo: «De perdidos al río».

–No, gracias. No voy a aceptar joyas.

Él se acercó a la puerta del baño.

–¿Por qué no?

–Porque no.

–¿Por qué te parece mal que te muestre mi afecto con unos pendientes?

Rukia sacudió la cabeza.

–No quiero aceptar regalos tan caros.

–No te pongas difícil –dijo Ichigo entonces.

–No me estoy poniendo difícil. Sencillamente, yo soy como soy.

–No deberías cuestionar la generosidad de los demás.

–Y tú no deberías cuestionar mis valores –replicó ella, molesta.

–De acuerdo, no quiero discutir. Pero al menos póntelos esta noche.

Rukia suspiró.

–Muy bien. Pero sólo esta noche.

Seguramente otras chicas aceptarían regalos sin el menor problema, pensó. Pero si no tenía cuidado, amar a Ichigo la convertiría en una cobarde y se concentraría tanto en hacerlo feliz que se olvidaría de sí misma. Y no estaba dispuesta a hacer eso.

Mientras se secaba el pelo frente al espejo, se juró a sí misma no dejar que el amor la convirtiese en un felpudo. No, el amor no le haría hacer o aceptar cosas en las que no creía.

Aunque le habría gustado poder criticarlo, el vestido era maravilloso y le quedaba perfecto, como si se lo hubieran hecho a medida, tuvo que reconocer.

Ichigo abrió una caja de terciopelo de la que sacó unos pendientes en forma de estrella, con una zafiro en el centro.

–Acéptalos, Rukia. Los he comprado porque me recordaban a tus ojos.

Finalmente, ella se los puso. Los pendientes eran preciosos y reflejaban la luz de la lámpara cada vez que movía la cabeza. El efecto de las joyas y el vestido era tan impresionante que parecía otra persona, tuvo que admitir.

Ichigo la llevó a un elegante club en la mejor zona de Londres, conocido porque acudían muchos ricos y famosos, y mientras iban hacia su mesa la gente lo saludaba como si fuera por allí a menudo. Él pidió champán, pero Rukia tenía el estómago revuelto y decidió tomar agua mineral.

Mientras le presentaba a unas jovencitas que apenas la miraron, Rukia vio que una de ellas metía algo en el bolsillo de su chaqueta y cuando se quedaron solos le preguntó qué era.

Ichigo sacó una tarjeta de visita con un número de teléfono y un mensaje escrito a mano… pero rompió la tarjeta sin leerlo.

–Me pasa todo el tiempo –le confesó, mientras Rukia miraba la tarjeta con perplejidad.

–¿Ah, sí?

–Algunas de estas mujeres matarían por casarse con un millonario, pero yo nunca acepto invitaciones.

Rukia se quedó sorprendida y turbada por el número de «invitaciones» que recibió mientras ella estaba a su lado. Chicas con minifaldas que revelaban más de lo que escondían se acercaban continuamente a la mesa y, finalmente, para evitar interrupciones, Ichigo la llevó a la zona VIP, protegida por guardias de seguridad.

Pero allí, irónicamente, se encontraron con la única mujer que preocupó a Rukia, una preciosa chica griega.

–Senna, una vieja amiga –la presentó Ichigo–. Rukia…

–Encantada.

Sena, que tenia el cobello morado y hermosos y grandes hojos anaranjados, consiguió seguir sonriendo mientras la fulminaba con una mirada cargada de hostilidad. La joven chica hablaba con Ichigo en griego y lo que decía debía de ser muy divertido porque él no paraba de reír. Rukia, que no podía entender la conversación, se dedicó a mirar alrededor… pero unos minutos después, Senna había escurrido su delgada figura entre los dos, poniendo una mano posesiva sobre la pierna de Ichigo.

Cuando la coqueta mujer le pidió que bailasen y él aceptó, Rukia se dirigió al lavabo, donde se encontró con las tres jovencitas que le había presentado Ichigo.

–¿Por qué no te vas a casa? –le espetó una de ellas, con tono venenoso–. Ichigo está bailando con Senna y no te necesitan para nada.

–Yo he venido con él –replicó Rukia, decidida a no dejarse intimidar.

–Ichigo conoce a Senna de toda la vida –intervino otra de las chicas–. ¿Por qué no desapareces? Estás molestando.

Furiosa, Rukia volvió a la zona VIP… para ver a Senna aplastada contra el torso de Ichigo en la pista de baile, los brazos alrededor de su cuello.

Ella apretaba la pelvis contra él en un gesto descarado… y Ichigo no se apartaba.

Con el corazón encogido y el estómago revuelto, Rukia sacó el móvil del bolso para enviarle un mensaje de texto: No voy a soportar que estés con otra mujer. Hemos terminado, me voy a casa. Luego salió del club y subió a un taxi, incrédula y dolida como nunca… aunque se tomó su tiempo, con la esperanza de que leyera el mensaje inmediatamente y saliera a buscarla.

¿Cómo podía terminar todo de esa forma? ¿Sin previo aviso? ¿Sin que Ichigo le hubiera demostrado que había perdido el interés por ella?

Tal vez aquella chica había sido una tentación irresistible para él, pensó mientras entraba en su casa.

Atónita, Rukia dejó el móvil sobre la mesilla y se tumbó en la cama, incapaz de dormir, esperando que Ichigo contestase a su mensaje.

Pero no hubo respuesta ni esa noche ni a la mañana siguiente, cuando despertó al amanecer, y el silencio de Ichigo confirmó que su relación había terminado.

Pero, además de eso, en cuanto puso un pie en el suelo tuvo que correr al baño a vomitar. Todo parecía ir mal.

Pero pasara lo que pasara, no perdonaría a Ichigo ni perdonaría su comportamiento con Senna.

Con una jaqueca espantosa, Rukia fue a clase y pidió cita con su médico esa tarde porque sus problemas digestivos empezaban a ser preocupantes.

La cita fue muy breve. Una vez que le contó los síntomas, el médico empezó a hablar de otros métodos anticonceptivos, pero como su relación con Ichigo se había roto, Rukia no veía razón para seguir tomando la píldora.

El médico sugirió que se hiciera un análisis de sangre y, al día siguiente, después de pasar por la consulta, Rukia fue de nuevo a clase.

Pero cuando volvió a casa por la tarde, Kukaku le dijo que habían llamado de la clínica para decir que debía hacerse otro análisis.

–¿Para qué?

–No lo sé, no me lo han dicho. Ah, por cierto, tu madre vuelve esta noche de España.


Rukia despertó a la mañana siguiente más triste que nunca. No sabía nada de Ichigo y su silencio era insultante, decidió. La trataba como si hubiera sido un revolcón de una noche. Evidentemente, no había significado nada para él y el lazo que había creído que existía entre ellos estaba sólo en su imaginación.

No debería haberse enamorado.

Saber que ya ni siquiera podía mandarle mensajes hizo que se sintiera vacía, sola. Todo había terminado de verdad, pensó mientras entraba en la consulta del médico, que la saludó con una tensa sonrisa, indicándole que se sentara.

–Te he pedido que vinieras porque el análisis de sangre que te hiciste ayer revela que estás embarazada.

Rukia palideció. –Pero eso no es posible… estaba tomando la píldora.

–Es una píldora de dosis baja. ¿Tomaste otras precauciones?

–No…

–¿Olvidaste tomar alguna píldora?

–No, creo que no…

–Pero sé que tomaste antibióticos para la gripe durante la segunda semana. Cualquiera de esas cosas podría haber afectado a la efectividad de la píldora.

Rukia abrió la boca para decir algo pero volvió a cerrarla enseguida. Se le había olvidado tomar la píldora una noche y Ichigo había dejado de usar preservativo antes del final de la tercera semana. En cuanto al riesgo añadido de los antibióticos, ella no sabía que la medicación pudiese interferir con la efectividad de la píldora. Atónita, subió a la camilla para que el médico la examinase antes de preguntar, casi sin voz, de cuánto tiempo estaba embarazada.

–De unas seis semanas.

Apenas escuchó los consejos del médico para que descansara y comiese de manera saludable porque no podía pensar. Iba a tener un hijo… iba a tener un hijo con Ichigo Kurosaki cuando ya había roto con él.

A Ichigo ni siquiera le importaba lo suficiente como para ponerse en contacto con ella.

Desesperada por hablar con alguien, se saltó las clases de esa tarde y fue a casa para contárselo a Kukaku.

–Ay, cariño… –murmuró la mujer, angustiada–. ¿Qué vas a hacer?

Ella suspiró.

–Voy a tener el niño. Mi madre me tuvo a mí en circunstancias similares.

–Tus padres estaban prometidos y tu madre esperaba que Byakuya se casara con ella.

–Ichigo y yo ya no estamos juntos –admitió Rukia.

–Pero tienes que decirle lo del niño…

–¿Por qué habláis en voz baja? –escucharon entonces una voz en la puerta–. ¿Qué niño?

El corazón de Rukia se encogió al ver a su madre en la puerta de la cocina, con un camisón de encaje negro.

–Rukia está embarazada –dijo Kukaku–. Os dejo solas par que habléis.

–¡Embarazada! –exclamó Hisna–. ¿De Ichigo Kurosaki?

Ella asintió con la cabeza.

–Pero aún no se lo he dicho.

–Cariño, qué ingenua eres. Cuando se lo cuentes, no volverás a verlo.

–También es su hijo y debería saberlo. Desgraciadamente, hemos roto.

–¡Ya verás cuando tu padre se entere de esto! –Hisana casi parecía saborear la idea de contárselo, sus ojos brillando con un toque de malicia. Rukia arrugó el ceño.

–¿Por qué iba a contárselo a mi padre? No quiero que lo sepa, no es asunto suyo.

Aunque, en realidad, le daba igual que se lo contase o no. Que ella supiera, la hostilidad de Byakuya hacia Hisana, la madre de su hija ilegítima, no había desaparecido con el paso de los años.

–Sigues siendo demasiado joven para tener un hijo –Hisana suspiró–. Deberías pensarlo bien.

–Lo pensaré –asintió Rukia, antes de subir a su habitación para enviarle un mensaje a Ichigo diciendo que tenía que verlo.

No había manera diplomática de dar una noticia como aquélla y cuanto antes lo hiciese mejor. A él no le haría ninguna gracia, estaba segura. Pero, en el fondo, albergaba la tonta esperanza de que su reacción ante el anuncio del embarazo fuese por lo menos comprensiva.