Palabras: 3,084.

Disclaimer: Evidentemente, los dioses griegos no pertenecen.


La belleza, arma de doble filo:

Dejar el castillo había sido más fácil de lo que habría podido predecir. Aquella misma mañana se había reunido con sus hermanas que, sin esperar vanamente la llegada de la primavera, estaban organizando una fiesta de cumpleaños a Eros. Desde que el conflicto hubo comenzado, el tiempo en el mundo de los mortales era extraño. Más calor que frío, más calma que tormenta, un estado neutral, una primavera fresca o un otoño cálido. Parecía estar atrapado en mitad del tiempo, de manera que no podía avanzar, y Aglaya sabía por qué era así. Ya que la causa de las estaciones era la pérdida o recuperación de Perséfone, al estar su hija con ella, Deméter debía sentirse feliz, pero era consciente de que no quería tenerla a su lado a costa de su libertad, lo cual la sumiría en un estado de confusión, en la cuerda floja.

Éso a Eufrósine y Talía les daba igual, y si no, interpretaban su papel con gran profesionalidad. Todas ellas eran grandes actrices, hechas para el espectáculo, para la fiesta, para la diversión. No obstante, ella se sentía diferente, fuera de lugar, algo que se había acentuado cuando la reina Hera había desterrado a los hijos de Zeus. Las Cárites y las Musas habían sido de las únicas en permanecer, las primeras por formar parte del séquito de Afrodita, y las últimas por haber sido concebidas con anterioridad a su matrimonio. No controlaban poderes explosivos o especialmente agresivos. Eran inofensivas. Se dedicaban a jugar, reír, coquetear y asombrar. Pero a la menor de las hermanas le faltaba una cosa esencial, y no sabía qué podía ser. Quizás se veía oprimida en un falso sentimiento de libertad. Quizás su idea de justicia no le permitía vivir feliz y ajena a la situación que sus otros hermanos, más lejanos y desgraciados, estaban pasando. O quizás era algo más.

Esas ansias de descubrir, de sentirse completa, la habían llevado a apartarse un poco de los preparativos para explorar. Había partes del castillo que nunca había pisado, y a Aglaya le encantaba explorar, descubrir cosas nuevas, no quedarse en la superficie sino ahondar en el asunto hasta que había respondido todas sus dudas. Y, definitivamente, las escaleras de caracol desiertas que llevaban al sótano estaban llamándola, como si le hubieran atado una cuerda a la cintura y desde las profundidades tiraran de ella. Siguiendo su instinto, bajó por lo que pareció un tiempo interminable las desgastadas escaleras, para encontrarse con un pasillo. Era oscuro, de piedra, con una pequeña mesita a un lado de las escaleras y un candil que parecía recién usado. Con la luz casi inexistente que arrojaba la abertura al mundo exterior, buscó a tientas con las manos y lo encendió, con una sensación de pesadez en el estómago, y la urgencia en sus pasos al caminar. Tenía prisa, mucha prisa, y nuevamente desconocía la causa, y sabía exactamente dónde debía dirigirse. Debía seguir ese tirón en sus entrañas, ignorando los extraños ruidos agónicos que se colaban bajo puertas finas, para acabar ante una de las del final, en la cual nadie se habría fijado.

Era pequeña, de madera antigua, sin ninguna cerradura, y por más que acercó el oído a ésta, no escuchó ni un solo ruido, pero no se relajó. Tenía un presentimiento horrible al mirar el pomo, que no estaba limpio pero sí lucido, como si alguien lo usara continuamente pero no se molestara en adecentarlo. Puso su mano sobre éste, y tras un pequeño momento de duda, lo giró. Empujó levemente la puerta y se deslizó hacia el interior. En un principio, todo fue normal. Era una habitación personal, con una gran fragua empotrada en la pared contraria que despedía un calor sofocante. Había una mesa alta, que ocupaba prácticamente todo el cuarto, con herramientas nuevas y juguetes que parecían de fabricación casera, y una palangana grande y llena de agua. Al abrazo del fuego había un jergón deshecho. ¿Qué era tan sospechoso? Iba a darse la vuelta para volver arriba con sus hermanas cuando escuchó un quejido molesto y las sábanas comenzaron a retorcerse. Una cabeza llena de rizos morenos asomó por encima, boqueando en busca de aire. Parecía tener unos ocho años, nueve a lo sumo, y tenía la cara sucia. Agarraba un gran martillo como si fuera su posesión más preciada, muy cerca de su pecho. Le recordaba a alguien.

Aglaya contuvo la respiración cuando parpadeó y fijó sus ojos marrones y inocentes en ella. Se llevó el dedo índice a los labios para indicarle que guardara silencio, y el niño se quedó embelesado, obedeciendo al instante, cosa que agradeció. Siempre recordaría lo quieto que estaba cuando empapó un trapo en el agua y limpió lentamente sus mejillas, su cuello y sus manos grasientas, cómo la aceptó con naturalidad, cómo la miró con admiración. También cómo ella se sintió suspendida en el tiempo, como las estaciones en la tierra de los mortales, demasiado horrorizada para hablar. Sabía quién era. ¿Cómo no hacerlo? El parecido era innegable, tenía el mismo hábito de mirar a un punto fijo sin preocuparse por si podría incomodar, y esos ojos... No había querido creerlo. No había querido irse, tampoco. Si estaba en lo cierto, corría peligro estando allí, pero era inhumano. Le había cogido de la mano, y había susurrado:

- Gracias por hacer mi sueño tan bonito, pequeño.

Apartó un rizo de su frente y le sonrió antes de levantarse y dar pasos ligeros hasta la puerta, convirtiéndose en un remolino de esencia divina pura justo cuando puso el pie fuera. Cerró la hoja de madera con manos casi insustanciales y se quedó allí un rato, volviendo a su apariencia habitual. Había querido que él pensara que todo era un sueño. Ella sóla no podría sacarlo, ni pronto ni nunca. No confiaba en sus capacidades. Pero había alguien que sí que podía. Los ojos plateados de Atenea habían destellado en su mente, y había seguido el murmullo de las plumas sin una palabra más a sus hermanas, esperando poder ver esa mirada cálida y fascinante de nuevo si lo hacía.

Pasarían muchos años hasta que su deseo se hiciera realidad y Thanatos y él salieran de un remolino de sombras convocado justo en el medio del salón. Asclepio se había caído de la silla, donde estudiaba sus escritos, y las flautas de Pan se habían quedado mudas. Había conseguido entrar en la reunión de urgencia con Atenea, Hermes y el dios de la muerte, sólo para comprobar que se encontraba bien. Cómo había crecido. Estaba sano... Y era libre. Pero evitaba mirarla, como si su presencia lo incomodara, y apenas despegaba sus ojos de Hermes. Mentiría si dijera que no se había sentido un poco ofendida cuando había decidido acompañar a Artemisa y no dirigirle ni una sola palabra. Se había preocupado tanto por él que había pensado que el sentimiento sería mutuo, pero cabía la posibilidad de que ni la recordara siquiera. Para Hefesto, ella había sido un sueño efímero de hacía décadas, por lo que sabía.

De alguna manera, la había hecho sentirse desconsolada. Lo consideraba alguien muy importante, preguntando a Apolo por él tantas veces que creía que el dios de la profecía algún día le diría que fuera a molestar a otro y lo dejara practicar el tiro con arco tranquilo. También la había hecho ser más consciente de la falta de sus hermanas. Pese a que fuera estricta y un poco mandona, echaba de menos a Talía. Y qué decir de Frosi. Su sonrisa, tan radiante y alegre, podría haber levantado el ánimo de la casa en cuestión de segundos. Hacía demasiado que no las veía. ¿La añorarían ellas también, o la odiarían? ¿Creerían que era una traidora por huir? Pero no sabían lo que ella sabía. Confiaba en que podría excusarse cuando la guerra terminara.

Agradecía al dios del vino que hubiera intentado animarla, y a Perséfone y Artemisa por su preocupación, pero no quería que la consolaran. Quería solucionar sus propios problemas, y sobre todo, quería satisfacer la curiosidad que, nuevamente, la llevaba hasta él. Si había salido de su cuarto, Aglaya no lo había visto. Escuchaba el continuo martilleo escapar bajo la puerta convenientemente pesada, el siseo del agua hirviendo, el crepitar del fuego, sin conseguir el valor para entrar. Paseaba en ese mismo momento y, sin querer, su caminar la había dirigido hasta la habitación de manera inconsciente. Sin embargo, por una vez, no escuchaba nada. Frunció el ceño y acercó la cabeza, sometida de pronto a un conveniente dejavù, por el cual giró el pomo y se asomó dentro.

- ¿Estabas buscándome?

Dio un salto sobre sus pies, y se asió al marco de la puerta para no caerse. Torpe. Pillada con las manos en la masa. Se mordió el labio e intentó que la culpabilidad no se reflejara en su rostro, pero estaba aún demasiado sorprendida para que le saliera bien, y le tomó unos segundos extra sonreírle. Hefesto se apoyaba en un bastón, y parecía tímido, más que incómodo, lo cual era un buen cambio.

- ¡Sí! En realidad, quería... -Buscó una excusa de manera frenética y a la desesperada, hasta que se la topó en forma de lanza sobre la mesa de trabajo.- Preguntar si podría ayudarte.

Pareció haberlo descolocado aún más, por la mueca de confusión de su rostro.- ¿Ayudarme? ¿Ayudarme en qué?

- Creo que tu trabajo es muy interesante, y quiero aprender de ti. Ayudarte en lo que pueda. -Se preguntó si era tan raro lo que pedía. Podía haber sido normal. Aglaya podía haberse aburrido y quería intentar un nuevo oficio. Totalmente plausible. Aunque no lo hacía por ese motivo. No sabía por qué, en realidad.- Así podrías darle esa lanza a Atenea y preparar los arcos de los gemelos antes de la fecha límite.

- El trabajo en la fragua es... Complicado. -Sus cejas estaban fruncidas, tan juntas que casi se tocaban. La estaba advirtiendo, pero sólo aumentó la resolución repentina de la Cárite. Podía parecer poca cosa, pero podía hacerlo.- ¿Estás segura de que quieres?

- Muy segura. -Quería sonar animada, pero sin pasarse. Normalmente, el entusiasmo era cosa de Eufrósine, pero una oleada se había hecho dueña de su cuerpo, que era más sabio que ella misma, y le indicaba que ése era el camino a recorrer.- ¿Qué necesitas que haga?

Hefesto dudó un largo tiempo, en el cual sus manos se movieron nerviosamente, manipulando unas pequeñas piezas de hilo de cobre, modelando la figura de un pequeño cisne sin mirar ni pensar mucho. Al final, dio una cabezada y abrió más la puerta, para que ambos entraran, y Aglaya sintió el ruido que hizo al cerrarse dentro de su alma. La miró brevemente a los ojos, y se sintió como si estuviera ahondando en su mente, intentando comprenderla como habría hecho con una máquina. Sacudió la cabeza y suspiró, confuso, avanzando a grandes pasos hasta la mesa mientras ella se trenzaba el largo cabello para que no interrumpiera su trabajo. El silencio cayó sobre ellos como una manta, y él hizo una pregunta tentativa y salida de la sincera curiosidad.

- ¿Cómo sabías que quería hacer arcos?

- Intuición. -Respondió ella, sonriendo una vez más, riendo discretamente del pequeño chiste privado entre Artemisa y ella. Aglaya tenía presentimientos que siempre acertaban, pero se resistía a llamarlo poder.- Estás terminando una lanza para Atenea para remplazar la actual, y le hiciste a Hermes un caduceo y a Pan unas flautas nuevas. Hilé conceptos.

Seguía mirándola como si intentara desentrañar sus secretos, pero la sonrisa se le contagió a él también, y bajó la mirada a sus proyectos.- Muy bien, pues veamos si esa habilidad te sirve en el plano de la mecánica.

Habría esperado más resistencia por su parte, y se alegró de inmediato, reprimiendo las ganas repentinas de cantar. Éso sí habría sido raro. Sólo le quedaba rezar por que su presencia allí no entorpeciera su trabajo. Y no lo hizo. Aglaya se sentía contenta en el taller, ayudándolo, aprendiendo, escuchando atentamente a sus explicaciones. Todo le parecía fascinante, un mundo nuevo muy alejado de las pretensiones del anterior, tanto, que a ella misma también le empezó a costar trabajo diferenciar el día de la noche, cuándo se supone que tenía que descansar, porque se encontraba tan a gusto yendo de aquí para allá, diseñando, manchándose las manos. Hefesto sonreía al verle la cara sucia, más con la parte derecha de la boca que con la izquierda, y así, ella recordaba al niño que la había mirado como si contemplara una obra de arte. Estaba acostumbrada a que la miraran de aquella manera. Era la más bella de las Cárites, lo cual no era poca cosa. Apreciaba infinitamente más que elogiara su inteligencia y su buen hacer. Con cada "Éso tiene buena pinta, Aglaya", le dedicaba una sonrisa radiante, que los dejaba un poco incómodos a los dos, hasta que fue de lo más natural hacerlo, trabajar codo con codo, rozarse las manos mientras se pasaban las herramientas.

También el volumen de palabras que intercambiaban aumentaba, aunque no demasiado. Hefesto era callado, y ella estaba concentrada, pero pasar prácticamente todo el día juntos unía. Una vez hubieron dado los toques finales a los arcos de los gemelos, era noche cerrada. A través de las ventanas empañadas por el calor sofocante de la fragua, Selene brillaba con una fuerza inusual, acompañada de las constelaciones de los héroes fallecidos. Apoyó una mano en el cristal, dejando una pequeña huella, y al girar la cabeza para encarar a Hefesto con una mueca traviesa, su cabello sin recoger emitió un siseo de seda.

- Ya hemos terminado con las armas, y Nyx ha hecho hoy un trabajo tan bueno... -Su voz contenía una pequeña cantidad de embrujo en ella. Como diosa del encanto, era uno de sus poderes. No es que quisiera manipular a Hefesto, pero de verdad necesitaba tomar el aire. Llevaba mucho tiempo encerrado.- Podríamos salir.

El dios sopesó los pros y los contras ladeando la cabeza, pero no pasó mucho tiempo hasta que asintiera y ambos se dirigieran al jardín. Lo más normal habría sido encontrarse a Artemisa o a Dioniso, que dormían más bien poco, pero si estaban, se habían escondido bien. Se apoyaron contra un tronco ancho y presumiblemente antiguo en silencio. Aglaya se balanceaba sobre sus pies y Hefesto seguía jugando con alambres con los ojos cerrados, cambiando su forma. Era sorprendente que unas manos tan grandes pudieran crear estructuras tan hermosas y delicadas, pero era una caja de sorpresas, por lo que había podido comprobar. Observó, hipnotizada, cómo el ciervo pasaba a árbol, y éste a yunque, y a una llama.

Una melodía tenue rompió la quietud que los envolvía. Era Pan, que disfrutaba de sus flautas nuevas. Estaba muy emocionado con ellas, y los nuevos sonidos e intensidades con los que podía experimentar, y no había momento del día en que no se le escuchara tocarlas, pero era tan bonito que a nadie le molestaba. Al parecer, también usaba la noche para ello. La música era nostálgica y evocadora, una versión lenta de las típicas cancioncillas que entonaría con sus hermanas en el solsticio de verano hasta que sus gargantas no pudieran más. El eco de las risas que habrían compartido si hubieran estado juntas reverberó en el interior de su mente, y la respiración salió más forzada de lo que pretendía, lo cual causó que Hefesto girara la cabeza como un resorte en su dirección.

- ¿Te encuentras bien?

La duda y su torpeza la hicieron sentir un poco mejor. Se sentía ridícula por llorar mientras otros, como él, lo tenían mucho peor. Se sentía desagradecida. Asintió con convicción, mirando a la lejanía.- Estoy bien. He recordado a mis hermanas, es todo. Solíamos bailar este tipo de canciones... Pero no pasa nada.

El dios de la fragua frunció el ceño, pero más que disgustado, parecía sumido en sus pensamientos. ¿Volvía a querer arreglarla como si fuera una máquina? Pero los sentimientos no funcionaban así. Ojalá fuera tan sencillo. Un par de tuercas nuevas, un recambio de aceite y ¡como nueva! De repente, extendió su mano, grande y callosa, en su dirección. Había guardado los alambres en uno de sus múltiples bolsillos y procuraba guardar una expresión neutra, pero la mano que colgaba en su costado se movía, nerviosa. Ahora le tocó a ella enarcar una ceja por la confusión.

- No sé bailar, pero...

Dejó la frase en el aire, para que ella pudiera completarla a su gusto, y Aglaya dejó escapar un suspiro mucho más divertido de lo que hubiera debido. Deslizó una mano en la suya, apreciando sus diferencias. La suya era pálida y llena de vendas, desacostumbrada como estaba a usarlas para trabajar, y la de él, morena, endurecida y ardiente. Se las colocó en sus hombros y comenzó a moverlos lentamente, indicándole que hiciera lo que ella, moviendo los pies al compás, cogiéndola por la cintura, soltándola, saltando, hasta que el ritmo se hizo mucho más intenso y la música más cercana. Pan debía haberlos visto. La diosa rió mientras se separaba de un Hefesto mucho más reticente a bailar una vez sabía que los observaban, y aprovechó para girar con mayor frenesí y los ojos cerrados, alzando los brazos y cruzando las piernas. Con una frase final y una carcajada del dios de los parajes salvajes, la melodía se desvaneció en el aire fresco de la noche, y ella volvió a abrir los ojos. Aglaya podría haber sido perfectamente Afrodita, por la adoración con que la miraba, pero no pensaba amedrentarse ni esconderse. Dio pasos calculados hasta él, y le cogió la mano, subiéndola hasta su propia mejilla. El dios titubeó, como si estuviera tropezando con su propia lengua, antes de decir:

- Eras tú. Me salvaste.

Disfrutó de la acción genuina que podían obrar sus gestos, incluso sin una pizca de poder, en él. Nunca había apreciado que la gente la halagara por su cuerpo, pero podría acostumbrarse a la manera en la que Hefesto la concebía, como si fuera algo importante que debía ser protegido a toda costa. Asintió levemente, y él consintió que se acercara e intentara abarcar su torso con los brazos. Se rozaba las puntas de los dedos a duras penas.

- La tregua es dentro de unos días. ¿Quieres que te enseñe el Olimpo?

A pesar de lo quieto y dudoso que estaba, la respuesta no se hizo esperar.- Sí.


¡Casi tarde! Día ajetreado, pero aquí está, desde la perspectiva de Aglaya, una gran desconocida. Es una interpretación muy libre sobre ella, dado que no he leído ningún mito donde aparezca involucrada, pero estoy contenta con su desarrollo. Es un trocito de pan.

Also, good news! I was checking the comments and I saw a review, asking me to upload the doc in English. I was thinking to do it, in fact, so don't worry, I will! Perhaps it will take some time, because I'm writing already another AthenaHermes fic which I am currently translating too, but there will be a "La cueva de los bastardos" in English.

Sin nada más que añadir, ¡gracias por leer, nos vemos en el siguiente!