DISTRACCIÓN

[Capitulo 7]: Juegos desconocidos.

[Katniss]

—¿No puedes dormir?

—Hace calor.

Hoy es un día de esos que parece que va a ser el más caluroso del verano, y eso que acabamos de entrar en dicha estación. Me paso el dorso de la mano por la frente, estoy sudando a mares.

Peeta se separa de mí.

—¿Me voy a dormir a otro sitio?

—No seas tonto —contesto cansada—. Es tu cama.

—No te preocupes por eso, hay un montón más —no le veo pero sé que se está encogiendo de hombros ahora mismo.

Los dos estamos sufriendo insomnio y eso, mezclado con este calor, no hace esta noche muy llevadera. Se nota que la cosa está tensa entre nosotros.

Me he pasado el día entero tragándome la vergüenza. El numerito del baño sólo ha sido el primero de varios a lo largo de la mañana. No tengo mucha imaginación para seducir, como ya comprobé en los primeros Juegos, así que me he pasado el día enseñando carne sin pudor. Como ahora.

Le digo una última vez más que no se vaya y a continuación me quito la camisa delante de él. Debe de tener aburrida ya la visión de mi sujetador.

Hemos compartido algún que otro beso hoy, la mayoría iniciados por mí. No han sido besos como los de ayer, llenos de calor e ímpetu. Más bien pequeños, uno en la boca cuando he llegado de cazar, otro al terminar de comer, unos cuantos más seguidos mientras hacíamos el libro. De hecho, ni siquiera ha bajado hoy a la Plaza.

Tampoco veo que se queje mucho, por no decir que no se queja nada. Pero admito que lo noto muy inseguro.

Peeta se aleja y me da la espalda.

—Si cambias de opinión —bosteza—, dímelo.

Él parece más capaz de dormir que yo. Cosa que me mata de envidia en este momento. Ya que no puedo dormir, le hablo.

—Estás insistiendo mucho en irte a otra habitación.

No responde, sólo oigo su respiración acompasada. A lo mejor ya se ha dormido.

—¿Cómo consigues dormir con este calor?

Su cabeza rubia se mueve ligeramente y tarda unos largos segundos en contestar. Parece estar en ese limbo entre el sueño y la vigilia despierto.

—Hay pastillas en el cajón…

Mi cuerpo da un respingo.

—No —contesto tajantemente.

Mi cerebro vuelve a la cuenta atrás que ha estado haciendo durante estos días. Ahora mismo es la noche del sábado, en solo cuestión de horas saldrá el sol y será domingo. Un día menos para que sea lunes y llegue el tren con mi medicación.

—No son como las que nos dio Effy —explica lentamente—, son recetadas por el doctor Aure…

—He dicho que no.

Pasa lo que me parece media hora. Peeta ya se ha dormido, doy un par de vueltas más en la cama a ver si el cansancio me vence, pero no es tan generoso.

—Ve a ver la tele —suelta Peeta somnoliento, parece que le he despertado.

—A esta hora no hay nada —solo repeticiones de noticias y no me apetece nada verlas.

No quiero molestarle más, me levanto de la cama y me dirijo al piso de abajo a por un vaso de leche. Por el camino veo de reojo a Buttercup durmiendo en el sofá, aún estoy enfada con él por la "interrupción" y por el arañazo de mi pierna. Así que, como venganza, le despierto y empiezo a jugar con él. Me bufa miles de veces e intenta escaparse de mis tirones de oreja y de mis cosquillas en la barriga (que sé que odia), pero me ha pillado aburrida y con insomnio así que ha tenido mala suerte.

Al final, lo dejo ir. Me caliento la leche en el cazo y le añado azúcar. El líquido caliente atraviesa mi garganta agradablemente, mis sentidos se calman pero no siento que mi cansancio derive en sueño. Agotada, vuelvo a la cama con Peeta.

Mi envidia crece conforme oigo su respiración, al final opto por observarle mientras duerme ya que no tengo nada más interesante que hacer. Odio no dormir, porque no dormir supone pensar, y pensar supone recordar lo paradójica que es mi vida y el día tan raro que he tenido con Peeta.

No está despierto para besarme y distraerme así que le doy un beso dormido. Así, sin más. No me provoca nada, pero al tercero parece que empieza a reaccionar, hasta abre los labios. Creo que susurra mi nombre pero debe creer que está soñando porque sus ojos aún siguen cerrados. Sólo nos estamos besando y en parte es un poco entretenido. Acaricio sus rizos rubios con una mano mientras que con la otra le acaricio la nuca, entonces yo también abro mis labios e introduzco mi lengua.

Aparte de entretenido, también es un poco divertido. Yo soy la que lleva el control y voy aprendiendo poco a poco como dar este tipo de besos mezclados con saliva y dientes. No es que me resulte muy agradable pero desagradable tampoco. Mato el tiempo con algo, voy perdiendo el miedo y sacio mi curiosidad.

Él sigue dormido a pesar de que la intensidad ha aumentado. No se detiene, pero sigue lento. No me doy cuenta hasta poco después de que mi respiración se ha acelerado. Está más pegado a mí, tanto que la piel de mi abdomen está pegada a la suya. Lleva la camiseta del pijama puesta así que se la levanto, logrando que el contacto sea pleno.

Después me doy cuenta de otra cosa: su mano está en mi pecho.

La siento. La excitación recorre mis venas como un rayo, sorprendiéndome y alejándome de él abruptamente.

Enciendo la lamparilla de la mesita de un manotazo. Sigue dormido. Me acerco a él lentamente y con algo de miedo le susurro su nombre un par de veces al oído, pero no obtengo más respuesta que su respiración y algún ronquido.

Agotada, me tiro en la cama. En lugar de dormirme he conseguido justo lo contrario: el pecho me va a cien por hora y sudo más que antes. Me muerdo el labio frustrada.

—¿Peeta?

Me gustaría despertarle para que sufra este insomnio conmigo. Le doy un par de golpes en el hombro y carraspea, pero sigue sin abrir los ojos.

—¿Peeta?

Suspiro. Miro el techo fijamente, a lo mejor si le hablo seguido logro despertarle.

—¿Qué harás mañana para comer?

—… arroz.

—¿Mañana vas a bajar a la Plaza?

—…sí.

—¿Ha llamado alguien hoy?

—…no.

—¿Qué haces cuando no puedes dormir?

—…me toco…pensando en ti.

Giro la cabeza lentamente. Muy lentamente. Ahora sí que debo haberlo despertado. Pero no, sigue con los ojos cerrados y respira profundamente. Vaya, he vuelto a quedarme en shock, dos veces en menos de una hora. La parte racional de mi cerebro debe de haberse esfumado. Puedo asimilar lo que acaba de salir de su boca y que no me lo he inventado, pero no soy capaz de pensar más. Mis músculos están tensos y sé que me arde la cara.

Aún no puedo articular palabra. Sé que sigue dormido, ¿cómo podría haberme contestado eso estando consciente?

¿Cómo debes reaccionar cuando el chico que nunca ha sido tu novio, pero con el que has compartido besos, abrazos y situaciones de muerte y con el que además duermes en la misma cama, te confiesa medio dormido que se masturba pensando en ti… para dormirse?

Incomodidad, es mi principal sentimiento.

Mi primera reacción es levantarme y volver al sofá. Buttercup está allí pero no me importa. Lo echo sin la menor preocupación, que me arañe si quiere. En este sofá solo hay espacio para uno y esa seré yo.

La cara y los ojos me arden tanto que creo que me ha vuelto a subir la fiebre. También siento que voy a desmayarme, pero no por enfermedad. Un sin fin de incógnitas me cruzan la mente. ¿Cuánto lleva haciéndolo? Siempre ha estado enamorado de mí. ¿Desde que es adolescente? ¿Después? Y ahora que ya no es el mismo ¿lo sigue haciendo? Tengo el cuerpo lleno de cicatrices. ¿Le parezco atractiva? ¡Y yo voy y me paseo en sujetador todo el día! ¿He provocado esto yo misma?

Yo pensado en llegar a más y estoy aquí escondida en el sofá. Esto sí que es deprimente.

Pero quiero hacerlo… o al menos intentarlo. Quiero cambiar y distraerme con lo que sea, no puedo vivir siempre de las pastillas, ¿y si vuelve a pasar lo mismo? Sé que estoy siendo una mala persona por pensar en hacerlo con Peeta para estos fines, pero… acabo de comprobar que él también quiere. Además, dijo que me quería de "otra forma".

Esto es una revelación.

Me sorprendo pensando que ahora todo será más fácil. Total, queremos lo mismo ¿no? Vale, creo que sigo paralizada.

Intento aclarar mis ideas. Por un segundo pienso en volver a casa, en marcharme e imaginar que esto nunca ha pasado entre nosotros. Y luego me doy cuenta de lo ridícula que me estoy volviendo y me entra la risa tonta. Me paso las manos por la cara, aún debo de estar roja como un tomate. Si antes daba vueltas en la cama ahora las doy en el sofá. Doy definitivamente por perdidas mis esperanzas de dormir esta noche. Y si no ¿qué hago? ¿Me toco yo también?

Bueno… sería una opción.

¿Pero eso cómo se empieza?

Me miro los dedos en la oscuridad, insegura. Los pongo encima de mis caderas y juego con el borde elástico del pantalón. Al principio sólo toco mi piel uniforme, con miedo, y continúo tanteando el terreno. Acaricio la zona donde mi vello púbico ya no crece. Las yemas me hacen cosquillas. Es una sensación muy suave, casi imperceptible. Cubro mi zona íntima con mi mano y le doy una caricia más plena, lo hago más veces hasta que empiezo a hacerlo en mi entrada. Voy sintiendo algo pero no sé si es placer o miedo a lo desconocido. Sea lo que sea, no es lo que busco. Profundizo un poco más, abriendo la zona, investigando con la punta de mis dedos.

Sigo sin saber qué hacer así que la frustración vuelve a invadirme y me detengo.

Vuelven a asaltarme las dudas, ¿cómo puedo darle a Peeta esto? No sé ni dármelo yo misma. Ahora entiendo mejor lo que quiso decir cuando me llamó pura e inocente, las palabras de Haymitch, que me dejaban claro que yo no soy capaz de esto y que tarde o temprano Peeta lo buscará en otra parte. No quiero imaginármelo en los brazos de otra aunque sé que es algo a tener en cuenta.

—¿Katniss?

Mi mano sale escopeteada de mis braguitas. Giro la cabeza para todos los lados hasta que mis ojos se acostumbran a la oscuridad y consigo dar con él. Está observándome desde detrás del respaldo del sofá así que sólo puedo verle de cintura para arriba.

—¿Qué es lo que haces aquí? —No suena molesto pero tampoco simpático. Se frota los ojos y bosteza.

—No podía dormir —respondo intentando sonar calmada.

Rodea el sofá y se sienta cerca de mis pies. Se queda observándome sin decir nada. Oh no, ¿vendrá a decirme algo sobre el ataque de besuqueo mientras dormía? Si me ha pillado en mi breve pero penoso intento de tocarme creo que comprobaré si es posible morir de vergüenza.

—¿Te preparo un vaso de leche?

—Ya me hecho uno, gracias.

— ¿Y qué te pasa?

—Es… el calor.

Me habla normal, a pesar de estar somnoliento. No debe de sospechar nada. Apoya su cabeza en el respaldo y me observa con la mirada perdida, como si yo fuera un enigma imposible de resolver. Nos quedamos en silencio. Nuestras miradas se pierden en los ojos del otro. La tenue luz de la luna que se cuela por la ventana del salón ilumina el iris de sus ojos haciendo que reluzcan como zafiros.

—Ven aquí —le pido, con voz calmada

Tarda un poco en reaccionar, aunque accede. No sabe decirme que no a nada. Cubre mi cuerpo con el suyo, repartiendo su peso en ambos brazos para no hacerme daño. Me besa la mejilla y luego apoya su frente en la mía. Parece que quiere quedarse ahí, pero me acerco un poco más con la intención de que nuestros labios se encuentren.

Abro mis labios con torpeza para recibir su lengua por segunda vez esta noche. Esto parece que lo despierta un poco más. Apoya ambos brazos al lado de mi cabeza y se inclina hacia mí. Arqueo el cuello para que la invasión sea mayor. Lo abrazo por los hombros, nuestras frentes se juntan y sus rizos rubios me hacen cosquillas. Rompe el beso pero no se separa, me muerde el labio inferior y tira de él levemente, luego hace lo mismo con el superior. Nunca me ha hecho algo así, es nuevo y se toma su tiempo. Lame mis labios con la punta de la lengua para volverla a introducir en mi cavidad, me coge de las mejillas y me besa con ternura.

Estas cosas nuevas empiezan a provocar pequeños ruiditos embarazosos que se escapan de mi garganta sin que me dé cuenta, intento evitarlo pero cuando avanza hacia mi cuello se multiplican, así que me muerdo el labio. Recorre un corto camino desde la zona sensible de mi mandíbula hasta la oreja, para luego volver al cuello. Después, esos pequeños caminos de saliva se transformaron en pequeños mordiscos.

Mi pecho empieza a subir y bajar, rozando el suyo. Ante esto, su respiración se vuelve más pesada. Noto que mis pezones están erectos en el sujetador y cada vez que chocan con el pecho de Peeta crece un calor en mi entrepierna que nunca en mi vida había sentido. A él también debe de haberle afectado porque mete sus manos por debajo de mi camiseta y poco a poco me la va levantando. Empieza a quitármela sin preguntarme nada pero siento curiosidad y levanto los brazos para ayudarle. Quedarme en ropa interior en frente de él todo el día ha dado resultado.

Lo que no me esperaba es que, acto seguido, se la quitara él también.

Me coge tan desprevenida que cuando vuelve a atacar mi boca no respondo. Ahora el contacto entre nuestros torsos es más directo, excepto por mi sujetador. Aunque lo que de verdad me deja sin respiración es la humedad que ha crecido entre mis piernas, una humedad que no había estado ahí antes, ni siquiera cuando me había acariciado.

Aun analizando mi descubrimiento percibo un beso en mi desnudo hombro que va bajando cada vez más y más. Abro la boca, pero no cojo ni suelto aire. Se me ha olvidado respirar.

Cuando llega al nacimiento de mis pechos, su cálido aliento provoca llamas en mi interior. Hasta ahora el fuego se había vuelto algo negativo para mí. Es como si este sofá estuviera incendiado y yo estuviera ardiendo con Peeta. No quiero pensar. Desconecta, Katniss.

Cojo una de sus manos y la llevo a mi intimidad.

Definitivamente no se esperaba ese movimiento. Le pilla tan de sorpresa que se queda en el sitio, incluso deja de besarme, como si se hubiera detenido en el tiempo. En seguida me arrepiento y no sé si sacar nuestras manos de ahí. Lo hecho, hecho está. Sólo puedo aguantar estos tortuosos milisegundos suplicando que pase algo, lo que sea. Levanta la cabeza, siento su mirada posarse sobre mí y yo aparto la mía. Mierda, ahora sí que lo he echado a perder.

Pero luego su mano cobra vida y se mete por debajo de mi pantalón.

La sensación es tan sorprendente que acabo agarrándome al respaldo del sofá y clavando mis uñas con fuerza. No es nada comparado con lo que he hecho yo antes, y ni siquiera es un contacto tan directo. Me proporciona suaves caricias sobre las braguitas. Mi cuerpo recuerda cómo respirar y lo hace como si hubiera corrido por el bosque sin parar, como si coger aire fuera lo último que haga en la vida. Mi piel se eriza, arqueo el cuello y cierro los ojos con fuerza.

Ahora sé lo que es el placer.

Es una excitación que provoca corrientes de fuego en las venas de mi cuerpo. Mi corazón bombea sangre con fuerza. Mis piernas son de gelatina. Mis sentidos están alerta.

Mi cuerpo me dice que aún hay vida en mí.

No aguanto más. Vuelvo a meter la mano en el pantalón, agarro la suya y hago que se sumerja dentro de mi ropa interior. Como si se hubiera olvidado de besarme, aplasta sus labios en los míos otra vez. Toca un punto de mi zona y siento como una corriente eléctrica sube por mi espina dorsal. Doy un respingo tan fuerte que Peeta se separa de mí.

—¿Te he hecho daño? —me susurra preocupado con los ojos muy abiertos.

—No… no ha sido eso —jadeo. No sé qué ha tocado pero todo mi cuerpo se ha vuelto muy sensible a cualquier tacto.

Me vuelvo a acostar, él parece vacilante y aún preocupado. Mi corazón va demasiado rápido, empieza a ser molesto.

—Sólo… hazlo más despacio —asiente, y agradezco interiormente que sea tan complaciente, a pesar de que he sido yo quién ha acelerado la situación.

Se acerca a mí y me da un pequeño beso en los labios, luego otro en el cuello y otro en mi oreja. Pasa la palma de su mano suavemente por mi torso, toca uno de mis pechos aún con el sujetador puesto. Tal y como le he pedido vuelve a acariciarme ahí muy despacio, alternando entre la mano abierta y los dedos. El ritmo ha bajado y eso no me sienta bien, necesito un poquito más. Me bajo el pantalón como puedo hasta las rodillas y un poco más las braguitas, dándole más fácil acceso. Él se endereza y se coloca de rodillas, una cada lado.

Hago que me acaricie la entrada… y sucede otra vez, tengo la piel tan insoportablemente sensible que parece a punto de estallar.

El calor insoportable de la zona va subiendo y subiendo, creo que se va a esparcir cada vez más. Noto una pequeña bomba de calor en mi vientre y me humedezco tanto que me avergüenzo.

Suelto un jadeo más sonoro que los otros.

—No puedo más… —Le contesto apartándolo de ahí.

Me giro de lado, acurrucándome y encogiéndome, abrazándome a mí misma. Estoy agotada como si hubiera terminado de perseguir una presa. No quiero mirarle, no soy capaz. Pero le echo de menos, a pesar de la vergüenza que empiezo a tener a medida que la sangre vuelve a mi cabeza. Mi cuerpo empieza a enfriarse y necesita el calor del suyo. Me besa el dorso de la mano, es un gesto cariñoso que agradezco a pesar de lo que hemos hecho.

—Dame un minuto.

—Claro —me responde, y parece que le falta el aire para hablar.

—Creo que voy a dormirme —contesto antes de que mis párpados se cierren.


NOTAS DE LA AUTORA: ¡Siento muchísimo la demora! ¡De verdad! En resumen he tenido que entregar un proyecto muy importante, y he estado bastante centrada, pero el capítulo solo faltaba revisarlo, ¡y aquí lo tenéis!. Espero que os siga gustando, intento que el ritmo de las situaciones no vayan ni muy rápido ni muy lento.

¡Dejadme un review si os ha gustado por fi y no también xD!

¡Más cupcakes de Peeta para todos y todas!