Cazador de Fëar

Por The Balrog of Altena

Notas de la autora:

Quisiera agradecer a todos los que me han estado enviando mensajes o mails en estos ultimos meses, instándome a que siguiera escribiendo. ¡Agradezco su apoyo de todo corazón! Pero en realidad, no me hubiera puesto a escribir tan pront si no fuera porque, el otro dia, pasando a echar un vistazo por la librería, encontré por casualidad una hermosa libreta que no pude evitar comprar. Cuando la ví, de repente me vinieron unas ganas tremendas de ponerme a escribir. Y aquí estoy, en mi tiendecita, sacando la libreta cuando no hay clientes a los que atender y escribiendo un poco a lapiz.

Sé que la mayoría de ustedes me pidió que siguiera con el próximo capítulo de El Tesoro del Rey Thranduil, Sin embargo, éste capítulo ya estaba medio escrito desde hacía mucho tiempo, y sólo tenía que rellenar algunos huecos antes de subirlo en la web. Para la próxima vez vendrá un capítulo de El Tesoro del Rey Thranduil.

He realizado cambios en Faenalfirin, personaje que aparece en el capítulo 3, Polvos y Olores (ya no me apetecía que fuera albina; qué estupidez, una elfa albina)

He descubierto que Eiliant (segunda victima del cazador en Ithilien) significa "arco iris" en Sindarin, aunque yo pensaba que me lo habia inventado.

He he hecho algunos cambios en el élfico del capítulo 4: La tercera víctima y el cautiverio de Faramir. También cambié en el capitulo 5: La verdad desvelada: el cazador el nombre de la ciudad de Lamedon por Mithlond y Harlond (un tonto error que cometí ). En el capitulo 3: Buscando repuestas, cambié Lamedon por Lindon (otro error más tonto)


Capítulo 6.

El gran patio de piedra se hallaba desierto y sumido en un profundo silencio bajo la noche sin luna cuando el concilio de Elessar llegó a su fin. El Señor de Ithilien fue el primero en cruzar las puertas de la Torre de Ecthelion hacia el exterior, su andar ligero y rápido, aunque un poco vacilante, y no se detuvo hasta llegar junto al Árbol Blanco, que inmóvil en la profunda oscuridad de la noche se asemejaba a una estatua esculpida en piedra blanca y fría como la ciudad que la custodiaba. Legolas levantó la mirada al cielo. Un manto de nubes negras velaba las diminutas estrellas. Respiró hondo, tratando de deshacer el nudo que tenía en la garganta.

Un soplo de viento helado le golpeó el rostro. Un olor salado le llenó el olfato. Un agudo chillido zumbó en sus oídos. Un largo, lamentable chillido de las gaviotas que le traspasó el alma como un cuchillo en el pecho. Legolas se cubrió las orejas y se tambaleó.

"Legolas..." - le habló una grave voz, que reconoció como la de su amigo enano. Un fuerte brazo le rodeó la cintura en un protector abrazo. Legolas le miró a los ojos marrones que brillaban bajo cejas muy pobladas, forzando una sonrisa que le salió como una mueca.

"¿Estás bien?" - preguntó Gimli, ojeando al elfo con preocupación.

"Lo estoy," - respondió Legolas suavemente. Gimli frunció el ceño y abrió la boca para hablar, pero se detuvo al darse cuenta que Legolas ya no le estaba prestando atención, y que parecía estar mirando a través de él. Gimli miró sobre su hombro para encontrarse con la última persona con quien el enano deseaba tratar en esos momentos: el arrogante hermano mayor de Legolas.

Sin embargo, había algo en el primogénito del Rey Thranduil que hizo que toda la aprehensión y desconfianza que el enano sentía hacia él se evaporase. Tawarion estaba quieto como una estatua, los hombros caídos, los brazos colgando de los costados como si no tuvieran vida. Lo más extraño era la mirada de sus ojos, una turbulenta mezcla de emociones y sentimientos, y el ligero temblor de sus labios. Si de rabia o de pesar, Gimli no sabía decirlo.

"¿Hermano?" - le llamó Legolas, dando un paso en frente. El otro también se acercó, ignorando completamente la presencia del enano. Cuando los dos hermanos estuvieron frente a frente, tan cerca el uno del otro que casi podían rozarse la nariz si tan sólo inclinaran la cabeza, Gimli se dijo que era el momento de marcharse y dejarlos a solas. Legolas se percató de la marcha de su amigo, pero dudaba que su hermano se hubiera dado cuenta de ello.

"Hermano..." - empezó a decir Legolas, mas fue silenciado cuando Tawarion posó las manos sobre sus hombros.

"Legolas," - dijo - "Ya sé que cuando ocurrió tú eras aún muy pequeño, y probablemente no te acuerdas de nada..."

"¿Te refieres al Cazador?" - preguntó Legolas, y una luz de pesar osciló en los ojos claros del otro. Tawarion no respondió. Legolas sintió sobre sus hombros el temblor de las manos de él, algo que lo asustó: nunca había visto a su hermano en semejante estado.

"Legolas," - Tawarion bajó la voz hasta hablar en susurros - "Sabes que te amo¿verdad?"

Legolas parpadeó, tomado por sorpresa. "Por supuesto." - respondió, no sabiendo que otra cosa decir. Una mano seguía sobre su hombro, tomándole firmemente, pero la otra le acarició el rostro, desde la temple a la barbilla. Legolas sintió los dedos del otro como la suave caricia de una pluma contra su mejilla. Una caricia fugaz pero significativa.

"Yo te protegeré."

Antes de que pudiera responder ante la inesperada declaración de su hermano, Legolas sintió la presión de los labios de Tawarion en su frente, que tras el rápido pero afectuoso beso se volvió y desapareció.

Legolas no pudo evitar sentirse muy inquieto por el extraño comportamiento que Tawarion había mostrado desde que se encontraron en Henneth Annûn. Ambos Tawarion y Thranduil parecían estar ocultándole algo, algo importante. No sólo le habían ocultado sus conocimientos sobre la existencia del Faroth en Fëar, sino que había algo más, algo, temía Legolas, aun más horripilante que El Cazador. Su hermano se mostraba genuinamente afectado por todo esto; incluso su padre, a quien siempre había conocido por su insuperable talento para ocultar los sentimientos y mantener las apariencias.

Decidiéndose a acorralar a su hermano aquella misma noche y no dejarlo ir hasta que éste le diera las respuestas que tan desesperadamente buscaba, Legolas se acercó al mirador que daba al oeste. Desde allí vio a dos jinetes cruzar las grandes puertas de mithril y acero hacia el exterior. Brevemente preguntándose a dónde iban dos jinetes a esas altas horas de la noche, Legolas no tardó mucho en darse cuenta de que eran los hijos de Elrond.

"Se dirigen a Cair Andros." - respondió el Rey Thranduil, quien ahora estaba de pie junto a su hijo, a la pregunta que él se había estado haciendo - "Llevan un mensaje urgente del Rey. Allí nos estarán esperando cuando lleguemos nosotros mañana."

Legolas obesrvó detenidamente el rostro de su padre, preguntándose que secretos guardaban aquellos ojos impasibles. Según lo que había oído en el Concilio, el Cazador había sio visto por última vez en su hogar, el Bosque Verde, en el año 1540 de la pasada Edad. Legolas frunció el ceño, concentrándose. Aquella fecha le era de alguna forma familiar.

"¿Qué ocurre, îon nín?"

Thranduil le estaba mirando con aire preocupado. Legolas sacudió la cabeza.

"Aun no puedo creerme que ese...Cazador, sea un Hombre de Númenor... como Aragorn..."

"Cuando los Hombres dle Oeste desembarcaron por primera vez en la Tierra Media, afincándose a lo ancho y largo de las costas y regionhes marítimas de las Grandes Tierras, los Hombres Menores los recibieron como divinidades venidas de más allá del mar, eruditos en el saber, y aprendieron mucho de ellos. Pero la mayor parte de los Númenóreanos cayeron en maldades y locura. Muchos se dejaropn seducir por las Sombras y las Artes Negras."

La expresión en la faz del majestuoso Rey Elfo había cambiado ahora: en su rostro había ira, en el brillo de sus ojos, una impalacable determinación.

"Encontraremos a ese Cazador. Le daremos caza como la bestia que és. Le daremos la oprtunidad de saborear el horror que conlleva convertirse en la presa. Nos vengaremos de todos los males y pesares que nos ha causado." - aun hablando en voz baja, la fuerza de aquellas palabras era casi palpable. El tono de voz perentorio sorprendió a Legolas. La mirada de acero del Rey, pensó Legolas, hubiera aterrorizado al mismísimo Faroth en Fëar si se encontraran cara a cara.

Ensimismados, les siguió iun silencio, em el que Legolas consideró lo que su padre acababa de decir. De pronto dejó escapar una exclamación de horror, volviendo ojos desorbitados a su padre.

"Adar?" - su voz mostraba un deje de temor. Cuando el Rey Elfo no dio señales de responder, Legolas preguntó de nuevo, esta vez con más desesperación. - "Adar?.¿Mató el Cazador a naneth?"

Thranduil hundió la cabeza entre los hombros, cabizbajo. La verdad golpeó a Legolas como una flecha en el corazón que lo había alcanzado a medio latir.Se tambaleó y, apartandose dos pasos del Rey Elfo, tuvo que agarrase al parapeto con una mano para mantenerse en pie.

De pronto entendió porqué le había parecido familiar aquel desagradale olor amargo en el rostro de Eiliant...Su madre había olido igual, cuando la encontró aquella vez, tumbada boca arriba sobre la hierba a orillas del Río Encantado, aparentemente dormida, con los pies descalzos metidos en el agua fresca. Él se había brazado a su pecho, queriendo hacerle cosquillas para despertarla. Pero no funcionó. No parpadeó, se rió, y se incorporó, devolviéndole las cosquillas a su pequeño niño elfo, como Legolas había esperado que hiciera. Un mechón de pelo se movía en la brisa frente a su cara, rozándole la grácil nariz. Pero ella no se movió.

Lo siguiente que recordaba después de aquello fue que despertó con los rostros de su padre y Rielle la curandera mirándole con preocupación...

"¿La mató?" - su voz a penas era un susurro, pero estaba llena de horror. La pregunta suplicaba una negación por respuesta.

La falta de respuesta por parte de Thranduil fue toda confirmación que el arquero elfo necesitaba. Rápidamente, la ira reemplazó al espanto.

"¡¿Cómo pudiste esconder tal información de mí¡¿Cómo pudiste ocultarme la forma de su muerte?!" - Legolas estaba temblando. Sus gritos fueron escuchados por todos los presentes en el Gran Patio de Piedra. Tawarion cerró los puños, apretándolos, y se fue. El Rey Elessar y la Reina Undómiel, junto con sus príncipes Eldarion y Gilraen, le miraron compasivamente y se retiraron también. Sin embargo, Gimli el enano se quedó. Más sabía que no debía interponerse entre Legolas y Thranduil si podía evitarlo, así que esperó en un lugar apartado, jurando por su honor que su amigo no permanecería desconsolado por mucho tiempo.

"Una vez más, Gimli hijo de Glóin deberá deshacer los entuertos del oh, poderoso Rey Elfo." - musitó el enano para sí mismo, pensando en las muchas veces que Legolas había buscado su consejo (y también su consuelo) tras uno de sus desacuerdos con su padre, preferentemente en cuestión a su elección de amigos y ha su decisión en demorarse en la Tierra Media mientras perdure la Compañía.

Empero el enano no vio las lágrimas que se habían formado en los claros ojos del Rey Elfo y que ahora se deslizaban lentamente por su noble rostro.

El recuerdo de su esposa había desmoronado el inquebrantable espíritu del elfo. La culpabilidad por no haber contado la verdad a Legolas era más pesada y la sentía más profundamenhte que nunca. Él no hubiera querido que su hijo menor se enterara de esta forma tan terrible. Thranduil se pasó la mano por los ojos, enjugándose las lágrimas.

"Quería protegerte." - le dijo al fin - "Eras tan joven... Quería decírtelo, pero nunca encontré el modo..."

"¿Protegerme?" - espetó Legolas, con una risa sarcástica - "¿Y cómo se supone que eso debía protegerme, ocultándome la verdad?.¿No eras tú, el que constantemente me recordaba que debía decir siempre la verdad? Una vez me dijiste que la sinceridad y la palabra de alguien era lo que definía su noble persona."

El Rey Elfo de las Gentes del Bosque en verdad les había enseñado aquella lección a sus dos hijos, y estaba orgulloso de que los dos la hubieran aprendido al pie de la letra. Ahora se sentía avergonzado de no haber seguido su porpio consejo con respeto a su hijo menor.

"¿Por qué no me contaste la verdad, cuando fuí lo suficientemente mayor para saberlo, para entenderlo?" - preguntó Legolas tras una pausa.

"Ya te lo he dicho," - replicó Thranduil - "Quería decírtelo, de veras quería, pero nunca encontré el momento oportuno. Y yo..." - Thranduil se interrumpió, vacilante, y se estremeció, tomando un tembloroso aliento - "Yo quería olvidar lo que había ocurrido."

El Rey Thranduil se sostenía ahora en el parapeto como Legolas había echo un momento antes. Se sentía miserable, y no quería hacer otra cosa que tomar a su hijo en brazos y decirle lo mucho que lo sentía. Pero un paso en frente le mostró que Legolas rechazaría el contacto físico, pues éste a su vez dio un paso atrás. Thranduil no hubiera podido soportar que su hijo le rechazara de aquella forma, así que se quedó quieto donde estaba, y observó con creciente miseria como su hijo pasaba su lado y se iba, sin miar una sola vez atrás.


Cuando Legolas llegó a sus aposentos, entró, mas dejó la puerta abierta, pues sabía que Gimli le había estado siguiendo a una distancia respetuosa. No le apetecía hablar con nadie, pero no iba a cerrarle la puerta en las narices a su mejor amigo. Se sentó en el mullido colchón de su cama en la oscura habitación apenas iluminada por un candelabro de cuatro velas titilantes, esperando mientras escuchaba los evidentes pasos de las pesadas botas del enano, que se acercaba sigilosamente... aunque un enano nunca era lo suficientemente sigiloso.

Prontó sintió el movimiento del colchón cuando una segunda persona se sentó sobre él, haciendolo crujir bajo su peso, seguido por la recomfortante sensación de una mano encallecida, fuerte pero gentil, sobre su hombro.

"Hola, Kimilzôr."

"¿Estás bien, elfo?"

Legolas hizo un casi imperceptible moviemiento de cabeza que tanto podía considerarse un sí como un no.

"No me apetece hablar ahora, mellon. ¿Te importaría dejarme solo con mis pensamientos?"

Gimli pareció considerar su petición. Al cabo de un instante de vacilación el enano asintió y le dió un ligero apretón en el hombro antes de ponerse en pie. Gimli le conocbía y sabía que el elfo hablaría con él a su debido tiempo, cuando estuviera preparado para ello.

"Nos veremos mañana, entonces."

"Gamut nanun. Buenas noches." - susurró el elfo. Pero antes de que Gimli cerrara la puerta, volvió a hablar - "Gracias por haber venido." - dijo, con un atisbo de sonrisa.


Legolas no se acostó. Se sentó junto a la ventana, desde donde ocasionalmente podía vislumbrar el brillo de las diminutas estrellas, cuando las oscuras nubes se lo permitían. Quería llorar la muerte de su madre, ahora que finalmente sabía la verdad, pero se encontró con que las lágrimas no salían. Ya no tenía más lágrimas para ella.

Al cabo de dos horas se acostó, pensando que no lograría conciliar el sueño con los pensamientos oscuras que le estaban atormentando: cuando un elfo fallece, se sabe que su espíritu, su fëar, viaja al otro lado del mar, donde descansa por un tiempo en las Estancias de Mandos hasta que, llegado el momento, el fëar se reune de nuevo con el hröa, el cuerpo. Así es como los elfos recuperan su vida, al otro lado del mar, y por eso son llamados inmortales. Legolas siempre había esperado con entusiasmo y temor el día en que abandonaría por fín las orillas de la Tierra Media para llegar así a Aman, donde su madre lo esperaría con su misteriosa sonrisa.

Ahora, sin embargo, Legolas no estaba tan convencido de que eso pudiera ocurrir. El elfo no sabía qué medios utilizaba el Cazador para conseguir la longevidad antinatural. ¿Poseía en verdad una piedra de alquimista que absorvía la vida de los elfos?.¿De verdad el Cazador se alimentaba de fëar, o solamente les absorvía la energía vital?.¿Qué ocurría entonces con los fëar, si no encontraban el camino a Valinor?"

Con esos pensamientos Legolas se quedó dormido, aunque a lo largo de la noche sus sueños estuvieron plagados de imágenes sobrecogedoras y horribles; pero por la mañana, cuando despertó antes de la salida del sol, lo único que recordaba era haber visto a su madre de rodillas y rodeada de oscuridad. Unas paredes de cristal negro la tenían presa como en una jaula, y la expresión de su rostro era triste, desesperanzada. De vez en cuando alzaba la cabeza y llamaba a su amado, Thranduil, para que viniera a rescatarla. Pero la única respuesta que recibía era el sonido de su propio eco...


Legolas estaba apunto de levantarse cuando alguien llamó a la puerta. El Rey Elfo, ya vestido con ropas de montar a caballo (enriquecidas y ribeteadas con bordado de oro y plata para mostrar su estatus) y la larga melena trenzada delicadamente, entró. La expresión en el rostro del aquero se volvió grave.

"Deseo disculparme, Legolas." - comezó el Rey de la Floresta del Norte - "He pensado mucho en lo que aconteció entre nosotros anoche y he estado reflexionando sobre ello."

Legolas podía ver los circulos de cansancio bajo los ojos del Rey, mas eso no lo adrementó.

"¿De verdad crees que una disculpa lo va a solucionar todo?" - el tono de voz era severo, y vio al Rey Elfo sobresaltarse como herido por un golpe. Se obligó a suavizar el tono - "No he encontrado reposo esta noche y estoy cansado...no creo que ahora mismo pueda aceptar una disculpa. Quizá más tarde."

"No esperaba que me perdonaras." - dijo el Rey Thranduil con pesar - "Eru sabe que tienes motivos para no hacerlo. Esperaba, sin embargo, que lo reconsideraras, o que me digas al menos que hoy no, ni mañana, pero que con el tiempo llegarás a perdonarme."

"¿Por qué mantuviste la forma de su muerte en secreot?.¿No merecía al menos saberlo?"

Thranduil suspiró pesadamente. "Como te dije anoche, lo hice para protegerte."

Los ojos de Legolas relampaguearon. "Y como yo te dije, guargar secretos no es la forma de protegerme."

Esta vez el Rey Elfo no retrocedío ante las palabras y la mirada de su hijo menor. Aunque la culpabilidad y el dolor de la pérdida seguían atormentándole, Thranduil se mantuvo firme y sereno como descendiente de un Gran Rey que era.

"Díme, Legolas¿cómo podría el saber la forma de su muerte haberte echo algún bién?.¿Hubieras dormido mejor por las noches?.¿Hubieran sido tus recuerdos de ella más afectuosos?"

Legolas negó con la cabeza, cerrando los ojos ante la verdad que había en aquellas palabras. - "No. Pero siempre nos has enseñado a Tawarion y a mí que la verdad es su propia razón de ser y que, al final, la verdad transciende toda tristeza y pesar que ella pueda causar. No me confiaste la verdad. Pensaste que no podría con ello." - No era una pregunta, sino una afirmación. Legolas le miró directamente a los ojos.

"Créeme Legolas," - se encontró diciendo, Thranduil, - "Esto no tiene nada que ver con la confianza. Dejé que mi corazón gobernara mi sentido de la sensatez. Te quiero mucho, Legolas, y esperaba salvarte del dolor que la verdad conlleva...Sé que he cometido un error. Lo admití anoche, y lo admito otra vez."

Legolas entendía ahora el pesar de su padre, sus motivos, y se compadecía de él; sin embargo, necesitaba saber algo más.

"Tawarion supo la verdad¿no es así?"

"Sí." - respondió Thranduil resueltamente - "Era mucho mayor que tú, Legolas... Y si no le hubiera dicho la verdad, lo hubiera averiaguado por sus propios medios de todas formas."

"Yo era muy pequeño, y por lo tanto era muy fácil esconder ese secreto de mí."

Thranduil asintió solemnemente, mas había lágrimas en sus ojos.

"Intenté decírtelo muchas veces, cuando llegaste a la mayoría de edad, pero nunca logré resignarme a ello. Quería... olvidar el horror de lo ocurrido y seguir recordándola de la forma en que había sido durante nuestro tiempo juntos. No quería que un sólo acontecimiento, no importa cuan angustioso fuera, arruinara la memória de centúrias de felicidad."

"Para tí era distinto" - continuó diciendo Thranduil - "Presenciaste pocos años de su vida. Tus recuerdos son mucho menores que los míos, y no los quería maculados con el horror de lo que pasó. Querría haber actuado de diferente modo, pero no puedo cambiar el pasado."

Thranduil a penas lograba contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Quería que su hijo le perdonara, mas no quería que sus emociones (por más desintencionadas que fueran) influyeran en su decisión final.

El arquero escrutinó con atención el rostro y lenguaje corporal del Rey Elfo. El Rey de la Floresta del Norte era conocido por su honorable honestidad y sinceridad, tanto como por su amor por las joyas y riquezas. La mayoría de la gente consideraba éste ultimo echo como una pureba de su avaricia, mas los que lo conocían bien sabían que el hijo de Oropher amaba las joyas, la plata y el oro atesorado por su esplendor y belleza, no por su valor esconómico. En ocasiones, como Rey, para Thranduil era prudente no ser tan franco en algunos tratos con otros reinos; como con el pueblo del Mar de Rhûn, donde comerciaba con vino Dorwin, y con el Reino Bajo la Montaña de Erebor, proveedor de joyería, orfebrería y mampostería. Pero con los tratos con su propio pueblo Thranduil nunca utilizaba esa "Máscara Real" como Legolas la llamaba interiormente; y cuando el Rey daba su palabra de algo, siempre la mantenía.

Legolas no vio ningún engaño en el rostro del Rey Elfo, ninguna señal de la "Máscara Real". Su padre había hablado con palabras que salían desde lo más profundo de su corazón. Los húmedos ojos del Rey Thranduil no habían pasado desapercibidos por el Señor de Ithilien.

Sin mediar palabra, Legolas se acercó y colocó suavemente los brazos alrededor de los hombros de su padre en un abrazo.

"Te quiero, adar nín, y te perdono."

Fue entonces cuando el majestuosos Rey de los Elfos dejó caer las lágrimas, empañando sus nobles rasgos. Pero esta vez eran lágrimas de alegría, y de alivio. Le devolvió el abrazo a su hijo, apoyando la mejilla en la sien y los dorados cabellos del otro, y sonrió.


Osgiliath; madrugada del 13 de Narwain.

Desde la distancia los hermanos Elladan y Elrohir ya vieron la titilante luz roja de la antorcha que alguien sujetaba en la entrada de la ciudad de Osgiliath. Cuando estuvieron más cerca vieron que un sólo hombre aguardaba su llegada. Vestía con la librea de Gondor, y una insignia plateada en el pecho indicaba su cargo de guardián en Osgiliath. El hombre, que era alto y moreno y debía tener unos cuarenta años, les dio la bienvenida cortésmente y les dio paso a la ciudad.

En Osgiliath, la Fortaleza Bajo la Bóveda Estelar, no vivía nadie. Eso era porque estaba siendo reconstruida para convertirse en una ciudad aun más hermosa y grande de lo que fuera antaño. Los picapedreros de la Montaña Solitaria, junto algunos picapedreros de Gondor, trabajan ahí durante casi todo el año; mas durante la época fría del Invierno los trabajos se detenían, y no volvían a ponerse en marcha hasta la llegada de los calurosos rayos de sol del comienzo de la primavera. La nueva Osgiliath estaba ya casi terminada, y totalmente desierta, como una ciudad encantada.

Sólo una de las muchas casas de la ciudad estaba habitada. Durante el invierno, y otras épocas en que Osgiliath se quedaba desierta, había siempre al menos un par de soldados de Gondor que la custodiaban, encargados de poner en movimiento el correo entre Minas Tirith y Emyn Arnen y de decidir si dejan o no pasar a los viajeros que quieran cruzar el puente de Osgiliath, ya reconstruido, hacia el Este.

Tras dejar sus caballos en el establo, donde pastaban dos cabalgaduras de pelaje marrón, el hombre acompañó a los Hijos de Elrond hasta la pequeña morada de los centinelas. Desde fuera Elladan y Elrohir vieron la oscilante luz roja que asomaba por las ventanas, y se sintieron reconfortados, pues tenían frío y deseaban sentarse junto a la hoguera, donde podrían calentarse las manos entumecidas y los pies fríos. Los Elfos sienten el frío, pero no lo sienten en sus cuerpos a menos que estén muy extenuados, enfermos o mortalmente heridos. Pero Elladan y Elrohir sentían el frío casi como su hermanastro mortal, Aragorn; pues ellos provenían de la estirpe de los Medio Elfos, y aunque no eran tan susceptibles al frío, calor y enfermedades como sus parientes humanos, ese pequeño parentesco humano a menudo los obligaba a ser más vulnerables a estos elementos que un elfo corriente.

El exterior del habitáculo parecía pequeño y tosco en aquella cruda noche de pleno invierno. Sin embargo, el interior era muy acogedor y la temperatura muy agradable. Sentado junto al fuego estaba el compañero del hombre que los había recibido, que también se levantó para saludarlos con cortesía.

Elladan y Elrohir les entregaron entonces el pergamino enrollado que contenía el mensaje urgente del Rey para Beregond de la Compañía Blanca, y otro cuyas palabras de consuelo estaban destinadas a la princesa Éowyn. Antes de marcharse, los hombres les enseñaron los camastros, les indicaron donde guardaban las mantas y abrigos por si la noche se volvía más fría, y les invitaron a comer de la cena que se habían preparado más pronto aquella noche.

Un minuto después, los hijos de Elrond se había quedado completamente solos en Osgiliath. El Rey Thranduil y compañía no llegarían hasta la mañana, así que se pusieron cómodos, dispuestos a pasar una noche agradable y confortable. Pronto sus ropas húmedas estuvieron colgando de una percha junto al fuego. Vistiendo livianas ropas, Elrohir comenzó a calentar la cena al fuego mientras Elladan sacaba un par de mantas de piel que estaban guardadas dentro del baúl. El elfo colocó una de las mantas sobre los hombros de su hermano gemelo, quien le mostró una pequeña sonrisa de agradecimiento y afecto. Sentados frente a la crepitante hoguera, comieron sus cenas en silencio. Lo que los hombres les habían dejado eran unas simples gachas de avena: un plato no muy apetecible para un elfo pero, recién calentados al fuego en una noche fría, a los hermanos les parecieron muy sabrosas.

Cuando hubieron terminado de cenar, Elrohir se sentó detrás de su hermano y comenzó a soltarse las trenzas de guerrero que adornaban su larga y negra escarcha cabellera. Deslizando suavemente los dedos entre los mechones de pelo, el cabello de Elladan yació libre y suelto, relucientes rizos sobre pelo liso donde antes habían estado las trenzas. Luego Elladan hizo lo mismo con el pelo de Elrohir. Aun no se habían dicho nada desde que llegaran a Osgiliath, pues no había sido necesario; el cuidar del pelo del otro era tan sólo una rutina diaria, y se lo soltaban por la noche para poder dormir con más comodidad. Ahora bien, Elladan y Elrohir no hablaban mucho con palabras entre los dos, pues había poca necesidad de ellas. El vínculo entre los gemelos era tan poderoso que los permitía conocer siempre los pensamientos del otro. En realidad, era mucho más profundo que el que hasta el momento se ha conocido entre elfos gemelos. El padre de ellos, el Señor Elrond, se quedó impresionado por el fuerte lazo entre sus hijos, pues él y su hermano gemelo, Elros, nunca habían compartido nada igual.

Era hermoso y a veces perturbante al mismo tiempo. La primera vez que se dio a conocer el vínculo, los hermanos eran aun unos niños pequeños. Elladan, que había estado apaciblemente durmiendo en la Sala del Fuego, despertó de pronto y se echó a llorar. En seguida llegó la madre, que le abrazó, preguntándole si había tenido una pesadilla. El pequeño elfo respondió negando con la cabeza, pero no podía dejar de llorar. Pronto llegó el padre, que tras intentar hablar con el niño se quedó tan confuso como la madre. Elladan no había podido decirles porqué lloraba, pero apretaba la mano contra el pecho como si le doliera. Justo cuando el Señor Elrond y Celebrían comenzaban a preocuparse de verdad, llegó Glorfindel. En los brazos del Elda estaba Elrohir, que también lloraba desconsoladamente, asiéndose del cuello del otro. Cuando Elrond le preguntó qué había pasado, Glorfindel le respondió en tono de disculpa que el niño se había torcido la muñeca al caerse de un árbol.

Tras ese día no tuvo lugar ningún otro incidente semejante, pero así como los hermanos se acercaban a la pubertad, fueron ocurriendo más y más cosas; la mayoría de ellas simples, como la de poder leerse los pensamientos (aunque a ellos no les gustaba llamarlo así, pues decían que no podían oír palabras en su cabeza, sino sentir). Solamente cuando una fuerte emoción invadía a uno de los dos hermanos, tales como la profunda tristeza, la gran dicha, el miedo aterrador o el dolor penetrante, mostraban entonces la verdadera profundidad de su vínculo. Con el tiempo, también, Elladan y Elrohir aprendieron a controlar el vínculo, evitando escenas embarazosas como la que sufrió Elladan una vez.

Ocurrió que Erestor, el inquebrantable consejero conocido por su aguda lengua y su frialdad en porte y apariencia, le recitó un poema a Elladan, que él mismo había escrito. El poema trataba sobre la Caída de Gondolin. Justo cuando Erestor le recitaba la parte en que el valiente Capitán de la Casa de la Fuente, Ecthelion, se ahogaba en las frías aguas de la fuente bajo el peso de Gothmog el gran Balrog, Elladan se había echado a reír. Erestor le castigó duramente por ello, aunque Elladan nunca dejó de jurar que la culpa había sido de Elrohir.

La madera prácticamente consumida del hogar en la chimenea vaciló y se derrumbó entre las cenizas, echando un chisporroteo. Elrohir se había puesto cómodo en su silla y parecía tener los ojos cerrados, pero dos puntos brillantes bajo las pestañas indicaban que los tenía medio abiertos. Elladan, por otro lado, estaba leyendo un libro. Siempre llevaba uno metido entre el equipaje, fuera donde fuera. Era una de las cosas que lo diferenciaban de su gemelo: a Elladan le encantaba leer, sumirse en su propio mundo mágico donde nada del exterior, del mundo real, le afectaba. Elrohir, en cambio, era incapaz de coger un libro y ponerse a leer durante más de dos minutos seguidos.

Elrohir se sentía tan cómodo allí, sentado junto al fuego en un pequeña casa en medio de una ciudad desierta, escuchando el suave silbido del viento entre las persianas de madera carcomida, el crepitar de las llamas y el ocasional roce de las páginas del libro de Elladan, cada vez que éste pasaba página con sus largos dedos, que pronto comenzó a sumirse en el sueño y a dormitar.

Al cabo de un rato Elladan levantó la cabeza y se volvió hacia su hermano. El elfo sonrió para si mismo al ver a su gemelo cabeceando en la silla, la barbilla descansando contra el pecho, pelo negro cuervo ocultándole el rostro. De repente, Elrohir comenzó deslizarse suavemente en su asiento y a caer hacia adelante. De inmediato Elladan se había puesto en pie, apresurándose a coger a su hermano antes de que se hiciera daño. Lo sostuvo firmemente, riendo entre dientes.

"Elrohir," - le llamó Elladan entre risas, tomando a su hermano del hombro y sacudiéndole suavemente. - "Despierta."

Elrohir parpadeó soñoliento, mascullando algo ininteligible. Miró su hermano gemelo con algo de irritación mientras éste le obligaba a ponerse en pie.

"Vete a la cama, muindor." - le dijo Elladan, dándole un pequeño empujón hacia los camastros. Elrohir no se lo reprochó. Sin mediar palabra se metió en el primer camastro que tenía más cerca, no sin antes quitarse el calzado de sus pies. Al poco rato, la acompasada y tranquila respiración del elfo dormido llenaba el recinto.

Elladan se quedó un par de horas más despierto, sumido en las páginas de su libro, hasta que sintió que el sueño le incitaba a reunirse con su hermano. Antes de echarse a dormir se aseguró de que Elrohir estaba cubierto con el suficiente abrigo.


Minas Tirith; amanecer del 13 de Narwain.

Legolas no se había reunido con los demás para tomarse una merienda frugal antes de la partida. Tras su pequeña charla con su padre, se había quedado sentado junto a la ventana de sus aposentos, la mirada perdida en el sombrío y frío paisaje que había al otro lado del cristal, que se mezclaba con el pálido reflejo de su triste rostro, demacrado por las preocupaciones.

No se sorprendió cuando, al llegar al patio de piedra con la primera luz del amanecer, se encontró con que el Rey Thranduil, Tawarion, Aragorn y Gimli ya se encontraban allí, y todos ellos mostraban el mismo rostro alicaído que el elfo. Legolas sospechaba que él no era el único que se había pasado una mala moche.

La Reina Arwen, Eldarion y Gilraen también se habían levantado temprano para despedirlos. Es más, cuando Legolas entró en el gran círculo del patio de piedra, lo que de primera llamó su atención fueron las siluetas de una pareja de pie bajo el Árbol Blanco. Eran Tawarion y la hija mayor de Aragorn, Gilraen. El príncipe de Eryn Lasgalen sonreía cálidamente a la princesa, aunque por la forma en que movía los dedos de las manos en los costados le indicó a Legolas que su hermano estaba nervioso. La hermosa Gilraen, por otro lado, parecía muy tranquila, incluso melancólica. La princesa mostraba una sonrisa que sin embargo no parecía real, sino una de esas sonrisas mecánicas que ha todas las niñas de la nobleza les enseñan a mostrar. Legolas se percató de que el elfo observaba con ojos brillantes de embelesamiento el sedoso cabello negro de la doncella.

Legolas se volvió hacia Gimli, diciéndose para sus adentros que debía hablar con su hermano muy seriamente. Es cierto que el Príncipe Heredero de Eryn Lasgalen necesita tener su propio heredero, y Tawarion ya había pasado la edad casadera hacía muchísimos años, pero... Tawarion debía buscar el amor en otra parte. A demás, Celebrían le había contado una vez que su hermana no había aceptado ninguna propuesta de matrimonio porque ya estaba enamorada. Según ella, Gilraen tenía una pequeña aventura con un muchacho que trabajaba como zapatero en un taller de Rath Cennan. Eso, por supuesto, era un secreto, y nadie más que Celebrían y una de las gemelas, Morwen, la más desobediente de las dos, lo sabían. Legolas había prometido no contárselo a nadie, y la verdad es que nunca se le habría pasado por la cabeza contárselo a Aragorn. Los Hijos Menores tienen unas costumbres peculiares en cuanto a cuestiones de amor y matrimonio, algo que los diferencia enormemente de los Primeros Nacidos. Ellos, por ejemplo, pueden obligar a sus hijas a casarse por cuestiones de dinero o nobleza, mientras que los hombres de ya avanzada edad eligen a mujeres extremadamente jóvenes, que aun están por descubrir su lado femenino y maternal. Si un hombre casado es descubierto en la cálida compañía de otras mujeres, la gente simplemente mira hacia otro lado y hace como si no estuviera pasando nada. En cambio, si se rumoreaba que una mujer casada se veía con otro hombre, la acusaban injustamente de ramera y le escupían cuando se cruzaban con ella por la calle, aun sin haber sido verdaderamente vista en los brazos de otro.

Los elfos, en cambio, eligen a su pareja con mucho cuidado porque saben que tendrán una sola para toda la vida. Si la familia de los enamorados se niega a darles su bendición (algo realmente inverosímil), la pareja simplemente se marcha a un lugar donde puedan estar juntos y seguir amándose. Tomar una doncella como esposa a la fuerza era un crimen, una maldad. No había constancia de que este vil acto hubiera tenido lugar entre los Elfos; pues esto va totalmente en contra de su naturaleza... aunque se sospechaba que en la Primera Edad Eöl, el Elfo Oscuro, había forzado a Aredhel la Blanca, hermana del Rey Turgon. Por otra parte, mientras que las mujeres de los Hombres han de adoptar el nombre de la Casa de su maridos para dejar constancia de su matrimonio, entre los elfos no se hacía tal cosa, pues ellos pueden leer en los ojos y en la voz de otro si están casados o no lo están.

Legolas sabía que Aragorn nunca obligaría a ninguna de sus hijas a contraer matrimonio. No, su amigo no era tan cruel; pero también estaba convencido de que Aragorn nunca aceptaría que su bella y amada hija mayor se casara con un simple muchacho de pueblo, como no cabía duda de que si se enteraba de las secretas visitas de Gilraen al aprendiz de zapatero su ira sería muy grande.

Cuando Gilraen se despidió de Tawarion con una bendición al modo de Gondor, el hijo del Rey Thranduil le tomó la mano a penas tocando las suave piel con la yema de los dedos y se inclinó sobre ella sin llegar a rozarle los nudillos con los labios. La siguió con la mirada mientras ella se alejaba con un hermoso andar digno de una persona por cuyas venas corre la sangre élfica, hasta que su ojos se toparon con su hermano. Legolas se acercaba junto a Gimli el enano, quien estaba acariciando torpemente la quijada del caballo, y le puso una mano sobre el hombro, inclinándose hacia adelante para susurrarle algo a su amigo enano.

Gimli levantó la cabeza hasta que sus ojos se encontraron con los de Legolas y, en voz baja, le dijo algo que el hijo mayor del Rey Thranduil no pudo entender, pues había hablado en la lengua secreta de los enanos. Las líneas de preocupación en el rostro de Legolas se suavizaron y, ante la sorpresa de Tawarion, le respondió en la misma lengua. Tawarion apartó la mirada, una expresión de disgusto en su rostro.

Aceptaba que su hermano y el enano fueran compañeros, hermanos de armas, pero... ¿amigos? La amistad es algo valioso entre los elfos, algo que no se ofrece a la ligera. Un amigo es un miembro más de la família, una parte más de su propio ser. No es por nada que la palabra mellon, "amigo", deriva de la raíz mela, "amor". En realidad, la traducción que los elfos dieron desde el principio a mellon fue "amante", pero eso cambió pues tal forma de hablar confundía a los Hijos Menores e interpretaban mal su significado.

Notó una presencia a su lado y Tawarion puso el rostro impasible al percatarse, por la familar forma de moverse del otro, que era su padre.

"Algún dia" - le advirtió Thranduil - "estarás tan agradecido como Legolas y yo por la presencia de esa hacha."

"No veo como," - se mofó Tawarion, "excepto que durante el viaje nos podrá satisfacer con suministros de madera para quemar."

"Esa hacha puede cortar algo más que madera," - objetó Thranduil, a quien a veces le sorprendía el desagrado de su hijo mayor por el enano. Algunas veces se comportaba del mismo modo con los demás miembros de la Compañía, y en más de una ocasión pudo notar el tono amargo en su voz cuando se mencionaba el Rey Elessar Telcontar. Sin embargo, cuando Legolas estaba presente Tawarion volvía a ser el mismo elfo alegre de siempre, cordial y amistoso. Además, Tawarion parecía especialmente molesto con Gimli esa mañana.

"De acuerdo," - escatimó Tawarion, - "Supongo que si por el camino nos cruzamos con el cazador y el enano estira lo suficiente los brazos, tal vez pueda partirlo en dos a la altura de las rodillas."

"Tawarion, los Naugrim són unos guerreros muy valerosos." - objetó Thranduil más seriamente.

"Tan valerosos que un dragón solitario puede echar a correr a un ejército de ellos."

"Estás siendo injusto, ion nín. Un dragón solitario puede echar a correr a un ejército de elfos también. El único motivo por el que los elfos hemos tenido la suerte de sufrir menos la depredación de los dragones es porque los grandes gusanos prefieren atesorar oro a coleccionar canciones." - Thranduil le miró severamente - "Gimli es una enano honorable, y ha estado junto a Legolas cuando nosotros no hemos podido estar allí por él. ¿Se puede saber qué te pasa esta mañana?"

Tawarion hundió la cabeza entre los hombros. "Lo siento, mi Señor."

Thranduil posó una mano sobre su hombro y apretó un instante de forma reconfortante, indicándole a su hijo que no estaba enfadado.


Osgiliath; amanecer del 13 de Narwain.

Elrohir despertó sintiendo un escalofrío recorriéndole el cuerpo. El cálido resplandor rojo que había llenado la habitación antes de que él se acostara se había desvanecido. Sus ojos tardaron unos instantes a acostumbrarse a la oscuridad del recinto. Fue cuando se dio cuenta de que el fuego en la chimenea se había apagado. Un montón de cenizas grises y rojizas era todo lo que quedaba de la hoguera que los había mantenido calientes durante la noche. Ahora el ambiente comenzaba a enfriarse.

La tenue luz de una lámpara de aceite le reveló el rostro apacible de su hermano dormido, los ojos abiertos al mundo de los sueños de los elfos. Elrohir se desperezó y se levantó para poner más leña en la hoguera y avivar el fuego, decidido a volver a meterse debajo de las sábanas cuando terminara y a no levantarse otra vez hasta que los rayos del sol se filtraran por las rendijas de las persianas. Mas cuando Elrohir metió la mano a ciegas dentro de la cesta de la madera, no tocó más que polvo. No quedaba ni un solo trozo de madera en la cesta. Elrohir maldijo mentalmente a los dos hombres gondorianos por no haber llenado la cesta antes de marcharse. Un poco malhumorado porque sabía que tendría que salir afuera a buscarla por sí mismo, Elrohir se puso un calzado que le mantuviera los pies calientes y se abrigó, sin quitarse la túnica de noche. Antes de marcharse cubrió a su hermano con una manta extra, pues el ambiente ya se había enfriado. Justo cuando arropaba a su hermano por encima de los hombros, éste se movió y murmuró algo, mas no despertó. Elladan buscaba el contacto de su hermano en sueños y cuando su mejilla tocó la mano de Elrohir, dio un suspiro de paz y no se movió más. Elrohir sonrió ante esta muestra de afecto y, en un arrebato de amor, le besó suavemente la sien.

Cuando abrió la puerta y puso los pies sobre la nieve, Elrohir se percató de que era más tarde de lo que había intuido al despertar. A fuera no estaba tan oscuro como dentro de la morada de los centinelas. En un par de horas el sol comenzaría a asomar en el horizonte. Elrohir se alegró al ver que, el cielo, muy nublado en la temprana noche, se había despejado dejando al descubierto un velo azul oscuro y unas diminutas estrellas que aun resistían ante la pronta llegada del amanecer. El elfo miró de un lado a otro, esperando encontrar el granero muy cerca de allí. A la vuelta de la esquina se topó con un un pequeño habitáculo que, a diferencia del resto de edificios, éste estaba construido con madera roja barnizada con algo que desprendía un inconfundible aroma a algas de mar . Era un barniz traído de Mithlond, que entre los hacedores de barcos se llamaba Nembeuil. Se utilizaba para proteger, embellecer, nutrir y hacer la madera resistente al agua, roces y golpes. Desde que en Harlond se habían dejado de construir barcos élficos, litros y litros de este barniz habían sido dados a Gondor, Rohan, Eryn Lasgalen y La Comarca.

Cuando Elrohir abrió la puerta, produciendo un prolongado chirrido que resonó en eco por la desierta ciudad blanca, le llegó el inconfundible olor a paja y madera recién cortada. Elrohir entró y se llenó los brazos con varios leños. Como tenía los brazos ocupados, Elrohir cerró la puerta empujándola con el pie de un modo poco élfico.

Iba marcharse de prisa hacia la pequeña morada cuando el elfo entrevió algo por el rabillo del ojo. Elrohir pudiera haber echo caso omiso y seguir su camino, pensando que tan solo era algún tipo de pequeño roedor buscando refugio en este frío glacial, pero se detuvo. Grande fue su sorpresa cuando no vio un animalillo hambriento y frío, sino a un hombre, que se alejaba calle abajo, aparentemente inconsciente de la presencia del elfo. Un manto oscuro cubría la silueta. Probablemente Elrohir no le hubiera visto si las nubes no se hubieran dispersado durante el transcurso de la noche, dejando pasar la tenue luz del crepúsculo dle amanecer.

"¡Oiga!.¿Qué hace usted aquí?" - gritó Elrohir en la Lengua Común. La figura se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirar hacia atrás. No respondió, pero tampoco se movió. Sin embargo, Elrohir pudo notar aun desde esa distancia la tensión que emanaba del otro: el hombre echaría a correr en cualquier momento.

"¿Tiene permiso para cruzar la ciudad, señor?" - le preguntó Elrohir, dando unos pasos hacia él. Estaba seguro de que era varón, pues el otro mostraba unos hombros anchos, poco femeninos.

Cuando el hombre se dio a la fuga, Elrohir soltó los leños, dejándolos caer sobre la nieve con un golpe cuyo sonido se vio amplificado en eco por el vacío de la ciudad, y echó a correr tras él.

"¡Espere!.¡No le haré daño si se detiene!" - gritó. El hombre corría rápido, muy rápido. Casi lo perdió de vista cuando giró en una esquina, pero Elrohir también era veloz. El elfo iba ganando terreno.

Como el hombre seguía haciendo caso omiso a su petición, por un momento el hijo de Elrond pensó que tal vez podría ser Faron na Fae, el Cazador que andaban buscando; mas enseguida desechó la idea porque sabía éste se encontraba en Ithilien y no se iría de ahí sin dejar atrás los cuerpos sin vida de algunos elfos más. Aquel hombre que huía como si le temiera no debía ser otra cosa que un ladrón proscrito.

El extraño era rápido, pero Elrohir lo era aún más. Habiendo pasado tantos años en las Tierras Salvajes, acompañando a los Montarazes o sin ellos, persiguiendo sin descanso a la estirpe maldita de los orcos, Elrohir podía moverse con impresionante rapidez y agilidad si así lo quería. Pronto le dió alcanze al otro y, saltando sobre el hombre, los dos rodaron por el suelo.

Elrohir no tuvo problemas en apresar al extraño, aplastándolo contra el frío suelo nevado con su propio peso. Con las manos le agarró las muñecas, sujeándolas contra su espalda.

"Avo garo! Naun mellon lîn! Ú-harno nin!"

El elfo se sobresaltó al oirlo hablar la Hermosa Lengua, pensando que había apresado a uno de los suyos, a un elfo errante. Pero no podía ser sí, pues había visto las huellas que aquel intruso había dejado sobre la nieve; los elfos, como Elrohir, a penas dejan marca alguna cuando caminan sobre la nieve, con su ligero paso, pues ellos no se hunden y pueden recorrer tan facilmente leguas recubiertas de espesas capas de nieve como una llanura de hierba baja. Entonces, aquel era un Hombre, uno de los Dúnedain, no cabía duda, pues sólo ellos hablan el élfico con soltura: en Gondor, el Oesternesse era el lenguaje para el dia a dia, aunque los nombres personales y de lugares fueran comunmente élficos; sólo las nobles famílias sabían realmente algo de Sindarin, aunque no lo usaran en su dia a dia.

Elrohir libero al apresado, avisándole cautelosamente de que no hiciera ninguna tontería. El rostro que reveló el hombre cuando éste se dio la vuelta y alzó la cabeza hacia su agresor, levantando las manos en son de paz, era joven y hermoso. El hijo de Elrond pensó que, si no fuera por el alborotado cabello oscuro y la barba de pocos días, aquel joven podría hacerse pasar por un elfo. Elrohir le ofreció una mano para ayudarlo a ponerse en pie, que el otro aceptó sin resentimiento. De pronto, cuando sus manos entraron en contacto, el Medio Elfo tuvo una extraña sensación; se le herizaron los pelillos de la nuca. Escudriñó al joven mientras éste torpemente se quitaba los restos de nieve de las ropas. Tan infantil se veía aquel gesto, que Elrohir se encontró preguntándole:

"¿Cuántos años tienes, muchacho?"

El joven pareció sobresaltarse ante aquella pregunta, luego sonrió tímidamente, un brillo en los ojos.

"Dieciocho." - murmuró con aparente vergüenza.

Elrohir frunció el ceño, levantándo una ceja como su padre solía hacer. "¿Y qué hace un jovenzuelo como tú, solo, en estos parajes y en plena madrugada?"

El otro se sonrojó, desviando la mirada al suelo. De pronto dio un grito "¡Oh!" y al cabo de un instante se había agachado, recogiendo algo del suelo. Al parecer, con el forcejeo anterior, se le habían caído algunas cosas de su equipaje. Una pequeña bolsa de cuero rojizo se había abierto, desparramando todo su contenido por la nieve. No eran monedos de cobre o plata, sino unas semillas negras y brillantes como bolitas de azabache recien pulido. Elrohir, erudito como era en las artes curativas y las hierbas, no reconoció las semillas de los muchos libros que había estudiado en la biblioteca de Rivendel, pero no tuvo mucho tiempo para pensar en eso.

Instintivamente, se agachó para ayudar al extraño joven. Las yemas de los dedos tocaron las negras semillas, suaves y frías al tacto, y un momento después las dejó caer: de improviso, Elrohir se había sentido ligeramente mareado y la vista se le había nublado. Esa sensación duró tan sólo un instante. Cuando se recuperó, confuso, se preguntó que habría pasado. Creía haber olfateado algo, un aroma desagradable, picante, justo antes de que llegaran las nauseas. El joven, por su parte, parecía no haberse percatado de que algo andaba mal. Volviendo su atención a las semillas, Elrohir vio otra bolsa, ésta más grande que la anterior, también yacía sobre la blanca nieve; estaba abierta, y por la oscura abertura asomaban unas hojas largas y lustrosas de un tono verde oscuro...

El corazón de Elrohir empezó a palpitar con fuerza contra su pecho. Lenta y sigilosamente, acercó su mano a la daga de hoja corta que guardaba debajo del manto. La llevaba consigo siempre y nunca se separaba de ella, ni siquiera para dormir, cuando erraba por las Tierras Salvajes con su hermano.

Su mano acababa de rodear la empuñadura de la pequeña pero mortífera arma cuando el mundo estalló...

El impacto del golpe fue tan fuerte que Elrohir sintió como si se le hubiera partido el cráneo y estallado el tímpano de su oído izquierdo. De pronto notó algo caliente deslizándose por su oreja, mandíbula y cuello, mientras que el dolor de su cabeza se intensificaba de tal modo que tontamente se le ocurrió que un montón de pequeños enanos muy tozudos martilleaban desde el interior del cráneo tratando de buscar una forma de salir. Las piernas le vacilaban. La cabeza le daba vueltas. Elrohir se llevó la mano donde había sido golpeado. Al retirarla, pudo ver con su distorsionada visión que los dedos estaban manchados de rojo. Elrohir miró a su agresor con una mezcla de traición, angustia y temor, un segundo antes de que los ojos se le pusieran en blanco y se desplomara hacia atrás.

El Númenóreano estaba eufórico. Se deslizó al lado del elfo caído, una sonrisa retorcida dibujándose en sus labios mientras observaba el pálido rostro de la desamparada criatura. El hilo de sangre que corría por su temple contrastaba con la blancura de su rostro y el negro azabache de su pelo. Nunca antes había tenido que herir físicamente a un elfo. Sin embargo, este era el segundo hombre al que agredía en unos pocos días (aunque se negaba a considerar al elfo un hombre). Sabía que la situación se le estaba yendo de las manos.

Suspiró.

No tiene importancia, se dijo. Después de todo, había conseguido otro bocado antes de emprender de nuevo el peligroso (e intrigante) viaje que lo había llevado hasta allí, y no había necesidad de malgastar su preciada loreolva, de la que había tomado pocas muestras antes de marcharse rápido y sigiloso, tratando de borrar las huellas que dejaba tras su paso.

Temblando con anticipada sensación de éxtasis, el oscuro hombre se limitó a quitar el abrigo y deshacer los nudos del cuello de la ropa del desamparado elfo con lenta tranquilidad. Mientras hacía esto, Elrohir movió los labios y los párpados, pero el hombre hizo caso omiso de eso.

Habiendo dejado el pecho al descubierto, el Númenóreano tomó la piedra y, cerrando los ojos brevemente al sentir la sacudida de una segunda oleada de éxtasis por lo que estaba apunto de suceder, presionó su gélida superficie pulida contra la desnuda piel del centro. Durante unos instantes no ocurrió nada, mas de repente el cuerpo de Elrohir se arqueó ligeramente y el desamparado elfo partió los labios, el rostro desencajado en un ahogado grito de dolor e impotencia. Ningún ruido salió de su garganta, ningún grito de auxilio para que su hermano le oyera y acudiese en su ayuda. Entonces, algo que parecía una mezcla de gemido y sollozo se escapó de sus temblorosos labios, pero el silencioso lamento se perdió entre los fríos edificios deshabitados y nadie, más que el propio Cazador, lo oyó.

El hombre tuvo que presionar todo el peso de su cuerpo contra el otro porque éste comenzó a sacudirse. No por los espasmos que la piedra causaba (aun era pronto para eso) sino porque el elfo oponía resistencia.

Una larga mano élfica le agarró de pronto la muñeca, tratando de apartar la piedra que estaba siendo presionada contra su pecho. El hombre se la agarró con la otra mano. En aquel momento vio un destello de luz que provenía de un anillo que el elfo llevaba en el dedo índice. Había algo escrito en Tengwar, pero de momento no le prestó atención. Tuvo que hacer ademán de todas sus fuerzas para forzar la mano del Elrohir contra el suelo, apesar de su gran ventaja en mayor fuerza y mejor posición.

Una vez la mano volvía a estar en el suelo, los esfuerzos del elfo para liberarse se hicieron menores y puso los ojos en blanco mientras un río se sangre le recorría la temple, formando un pequeño charco carmesí sobre la blanca nieve. Se movía débilmente debajo de él, mientras que con la mano que tenía libre golpeaba con debilidad el brazo de su agresor. El hombre se rió ante los patéticos esfuerzos del elfo.

Despreocupado, el ominoso Númenóreano volvió la mirada al brillante anillo que adornaba el dedo del elfo, considerando quedárselo para unirlo con los demás artilugios que había reunido a lo largo de los años y que utilizaba para realzar su aspecto élfico cuando camina entre ellos.

Observó con repentina curiosidad las runas Tengwar negras sobre una esmaltada superfície de color ocre. La caligrafía era hermosa y el trazo muy cuidado. Era una palabra, corta y clara. La leyó.

Peredhil

El rostro desencajado en una mueca de aborrecimiento y repugnancia, el Númenóreano Negro se apartó de un salto, abandonando a su nueva presa, que había empezado a lloriquear.

En un arrebato de fúria y asco, el Hombre escupió en la cara del Medio Elfo. Pues eso es lo que era, un medio-elfo, un mestizo, una abominaión, una aberración de la naturaaleza...El Cazador se sintió asqueado al pensar en lo que había estado a punto de hacer... Había estadoa punto de absorverle el alma a un mestizo...¡Un mestizo! Con sólo imaginarse a un Hombre intimando con una mujer elfa le dieron ganas de vomitar. ¡Qué acto más abominante!. ¿Qué hombre o mujer sería capaz de mancillar su nombre poniéndole las manos encima a alguien de la estirpe élfica?

El Hombe Negro le echó una mirada furibunda al Medio Elfo, que estaba pálido como la muerte; la sangre roja que emanaba lentamente del corte en la cabeza contrastaba con la piel de un modo morboso.

No podía robarle el alma (la mera consideración de tal echo le daba asco en esos momentos), pero tampoco podía dejar que aquella aberración siguiera con vida. La herida ya casi había dejado de sangrarle; no moriría desangrado. ¿Moriría de frío, si lo dejaba allí tirado?, se preguntó el hombre. El mestizo podría no haber venido solo... ¿Y si alguien lo encontraba?

Podría terminar con él rápidamente, golpearle hasta romperle el cuerpo a pedazos o acuchillarle con aquuella daga que el mestizo había tratado de utilizar contra él... Mas no podía. No quería ensuaciarse las manos con la sangre de aquella criatura; élfica, cierto, pero también humana. La sangre de Hombre era sagrada para él... no podía ensuciarse las manos con ella.

El cielo se oscureció, y en entonces lo escuchjó: el rumor del agua. No era la primera vez que lo escuchaba, pero antes no le había prestado atención alguna.

Alzó el cuerpo inerte de su presa, arrugando la nariz como si estuviera olfateando mierda, y se dirigió con la carga hacia el río.


Más allá de los Campos del Pelennor ; tarde del 13 de Narwain.

Los cascos de los caballos apenas se oían sobre el penetrante silbido del soplo de Manwë, frío aliento del Señor de los Vientos. Unos andrajos de nubes corrían en el cielo, arrastrados por un fuerte viento que soplaba del norte. Cuando el Rey Thranduil y compañía partieron aquella mañana ninguno de ellos había esperado este brusco cambio en el temporal.

Thranduil cabalgaba en el frente con la cabeza bien alta, trenzas doradas arremolinándose alborotadas alrededor de su cabeza y rostro, poco o nada afectado por el viento glacial. A su lado, Sador mostraba una expresión grave, y era más alto que el Rey. Cabalgaba muy junto a su señor como para hacerle de escudo contra el viento con su enorme cuerpo. Les seguían Tawarion, Gimli y Legolas, éstos dos últimos montaban juntos sobre la grupa de Celebmîth, el caballo gris oscuro, regalo de Éomer Éadig para el Señor de Ithilien.

Durante la primera jornada todo había marchado bien. O casi todo, porque en el silencio Legolas no había podido evitar notar la gran tensión que había entre su hermano y su amigo más querido. De vez en cuando, Legolas percibía las miradas furtivas que sigilosamente éstos dos se lanzaban. Entonces, cuando al final de la primera jornada el viento había comenzado a soplar furioso cogiendo a los cinco viajeros desprevenidos, Gimli se había encogido sobre sí mismo detrás de Legolas, y el elfo de los bosques había sentido los temblores que recorrían el robusto cuerpo de su amigo enano. En aquel momento, Tawarion había hablado por primera vez desde que partieran, preguntándole amablemente al enano si se encontraba bien, e incluso se ofreció cortésmente a prestarle su capa para resguardarse del frío. Tan pronto su hermano hubo hablado, Legolas sintió la fuerte tensión en las manos enanas, gruesos dedos crispados, que le sujetaban con firmeza la cintura y, un segundo después, la tensión desapareció y el enano respondió con voz ronca que se encontraba bien. Luego el enano se puso firme sobre la grupa del caballo e hizo como si el penetrante viento glacial no le molestase, cosa que Legolas dudaba de veras.

A partir de ese momento, la cosa había ido a peor. Mientras que Tawarion trataba de mantener una conversación amistosa con Gimli, preguntándole al enano acerca de el clima cálido al que su pueblo estaba acostumbrado allá en el este y sobre la opinión de los enanos a respecto a los altos caballos de montura, Gimli parecía cada vez más molesto, respondiendo de forma poco amable, casi grosera.

Por fortuna para Legolas, sólo una milla los separaba de su primer destino, Osgiliath. Aunque por mala fortuna para Gimli el viento soplaba tan fuerte ahora que levantaba la nieve del suelo, esparciéndola por el aire y arremolinándose alrededor de los viajeros, de forma que Gimli a penas distinguía en la blancura las formas de Thranduil y Sador cabalgando al frente a trote ligero. Nubes oscuras de tormenta habían sustituido rápidamente las desgarradas nubes anteriores. Legolas estaba deseando llegar cuanto antes. Gimli, cuya irritación irradiaba de su cuerpo como en forma de calor y energía, había abandonado sus inútiles esfuerzos para aparentar ser inmune como un elfo al temporal y se aferraba a Legolas con resuello, tratando en vano con una mano de quitarse los grandes copos de nieve que se pegaban en su barba cobriza, volviéndola blanca como la de un anciano. Legolas husmeó el aire y frunció el ceño, impaciente y preocupado, pues temía la llegada de una tormenta de nieve. El corazón se le encogió, diciéndose que esto no presagiaba nada bueno. Porque los inviernos nunca eran tan crudos en estas tierras. En verdad, aquel invierno hacía acopio de rivalizar con el Invierno Cruel del año 2911, en el que Eriador fue invadido por una horda de lobos blancos y cuyas terribles inundaciones de la primavera siguiente causaron la destrucción de Tharbad. Legolas se dijo sombríamente que el Cazador había elegido un buen año para salir de su escondrijo.

Tawarion aprovechó el momento para comentar con aire pensativo lo bien que los hermanos Elladan y Elrohir debían de estar en Osgiliath, resguardados del viento y la nieve, sentados junto a una ardiente hoguera con una taza de té caliente entre sus manos, o mejor aun, con una copa de hidromiel, cuyo dulce sabor a licor les devolvía el calor a los miembros. Gimli no le respondió, pero murmuró algo en khuzdûl por lo bajo. Tawarion levantó la cejas cuando Legolas, mejillas rojas de consternación, paró en seco y abrió mucho los ojos.

"¡Gimli!" - le increpó al enano.

Tawarion hizo un esfuerzo para no mostrar la sonrisa de satisfacción que amenazaba con mostrar y alentó a su caballo a acelerar el paso para irse junto a su padre. Legolas, creyendo que su hermano se sentía profundamente ofendido, volvió la cabeza hacia atrás para hablarse a Gimli en voz baja.

"No entiendo porqué eres tan descortés con mi hermano," - le reprimió el elfo - "La Dama Galadriel solía decir que eras un enano muy habilidoso con la lengua, pero si ahora estuviera aquí, tal vez se retractara de sus palabras." - siseó - "Tú no eres así, Gimli. ¿No ves que Tawarion está intentando ser tu amigo? Lo lleva intentando desde el día en que os conocisteis, y tu insistes en comportarte de este modo. ¿Cuánto tiempo más tendré que soportar esto?" - concluyó el elfo, en un tono de abatimiento.

Gimli quería responder sinceramente a esa pregunta, pero se mordió la lengua para contenerse. Tawarion no estaba intentando ser su amigo, como Legolas le había dicho. ¡Me está desquiciando, eso es lo que hace!, se dijo el enano. ¿Pero cómo explicarle a Legolas que Tawarion es el culpable, el hipócrita que se burla de él y de su família cuando nadie más puede escuchar o entender el doble significado de sus palabras, para luego volverse todo amabilidad y cortesía en presencia de su hermano pequeño?.¿Creería Legolas sus palabras? Si se lo decía, Gimli se arriesgaba a perder la amistad del elfo. Una amistad que apreciaba por encima de todas las cosas y atesoraba en su corazón más que todo el mithril, filón pulido o bruto y escondido, de la tierra. No obstante, si Legolas creía sus palabras el perjudicado sería el elfo; Gimli no deseaba dañar la estrecha relación que Legolas tenía con su hermano.

Gimli posó una mano sobre el anquilosado hombro del elfo, que se relajó bajo su contacto, y le incitó a que se volviera, pues Legolas miraba otra vez en frente. Una vez Legolas se volvió, mirando por encima de su hombro con desosiego. Gimli le miró a los ojos para hacer sus palabras sinceras y dijo lo que era mejor para su amigo.

"Gajut men"

Hubo un momento de silencio. Entonces el rostro del elfo se suavizó.

"Menu gajatu" - le respondió, palmeándole el brazo. Inclinándose hacia adelante para susurrarle al caballo en el oído -Noro, Celebmîth- el fogoso animal se puso en marcha de nuevo, trotando un poco hasta alcanzar a los demás viajeros, que se habían adelantado.

"¿Cómo estás del constipado?" - le preguntó Legolas al enano.

"Mejor."

Legolas le creyó, porque el enano hablaba con una voz que era más parecida a la suya, aunque aun se le veía algo enfermizo, con la nariz y mejillas rojas y los ojos vidriosos.

"¿Cómo está tu cabeza?.¿Te sigue doliendo?" - Legolas asintió satisfecho cuando Gimli le respondió que no - "Cuando lleguemos a Ithilien te quedarás en mi casa mientras yo hago una visita a Edhelharn, y pediré que te preparen un consomé de pollo..."

Gimli levantó las cejas. "¿Desde cuando sabes tanto sobre curación? Hoy en día sólo las viejas recuerdan que hacer una dieta de pollo es bueno para combatir los resfriados."

"¿Me estás llamando viejo?"

"Sí, eres viejo," - sonrió Gimli - "Pero no me refería a eso. Eres un elfo. ¿Cómo puedes saber tú estas cosas?"

Legolas titubeó, "Creo que lo oí decir una vez durante una de nuestras visitas a Minas Tirith..."

"¿Y aun te acuerdas?" - preguntó Gimli algo incrédulo.

"Obviamente." - respondió Legolas tajante. Viendo que Gimli esperaba algún tipo de explicación, añadió - "Desde que tengo amigos mortales me fijo más en esos detalles."

El enano sabía que Legolas no decía toda la verdad, más se encogió de hombros y no volvió a mencionar el tema.


Osgiliath; mañana del 13 de Narwain.

Elladan despertó jadeando y tembloroso, su mano apretada contra el pecho donde una apuñalada de dolor le había dejado falto de aire. El elfo se obligó a tomar largas y profundas bocanadas de aire hasta que el dolor desapareció, dejándole con el vago recuerdo de un sueño en el que había tenido frío, mucho frío. Un poco conmocionado por lo que acababa de suceder, Elladan alargó un brazo para palpar con su mano la cama donde reposaba su hermano gemelo, buscando la mano de éste. Necesitaba que su hermano le reconfortara, que le mirara con diversión mientras se mofaba de él, diciéndole que ya no era un niño pequeño para meterse en su cama cada vez que tenía una pesadilla, y aun así acercándole a su lecho para rodearlo con sus brazos. Elrohir no se molestaría si le despertaba, se dijo Elladan.

El elfo tardó un segundo en darse cuenta de que el lecho de su hermano estaba vacío. De pronto Elladan se alarmó, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Fue cuando se percató de que el fuego en la hoguera se había apagado, y que el ambiente se había enfriado. No había madera en el cesto y la cama de Elrohir estaba sin hacer. Las cosas de su hermano seguían en la estancia, menos el abrigo y los zapatos. Sintiendo una oleada de alivio, Elladan se recostó de nuevo en la almohada, relajando los músculos. Elrohir habrá ido a buscar madera para quemar, se dijo, y se quedó así, tumbado con brazos y piernas estiradas y mirando al techo con aburrimiento. Pronto, empero, sintió la necesidad de moverse, pues el frío comenzaba a recorrer y penetrar en su piel. Se cubrió con un par de mantas y se quedó mirando el techo de nuevo, mas esta vez con creciente incertidumbre. Algo iba mal. Algo le decía que debía salir a fuera a buscar a Elrohir.

Elladan ahogó un grito de sorpresa y temor cuando, repentinamente, su cuerpo helado comenzó a temblar de una forma antinatural. Hacía unos segundos se cubría con mantas por sentir un simple escalofrío y ahora, de pronto, sentía cada musculo de su cuerpo agarrotado por la heladez, como si de pronto se encontrara sumergido en un baño de hielo y su cuerpo reaccionara al mal trato que recibía. Hacía tanto frío, que era como si mil cuchillos se le clavaran en el cuerpo. No podía moverse: No podía respirar. No podía gritar. Únicamente dolor. Elladan sintió una oleada de pánico al comprender lo que le estaba sucediendo. Cerró los ojos fuertemente, tratando de concentrarse, de controlar el vínculo. Al cabo de un minuto, los temblores pasaron, dejándole jadeante sobre la cama, un sudor frío recorriéndole el cuerpo.

"¡Elrohir!" - gritó, poniéndose en pie de un salto. Salió del lugar tan rápidamente que se olvidó atrás el arco y las flechas, tomando solamente su espada. A fuera, el radiante fruto de Laurelin aun no mostraba el rostro. Se asomaba en el distante rojo horizonte en un cielo sereno y pálido de color azul grisáceo. En el norte, lejanas aún, grises nubes de tormenta se acercaban velozmente. Elladan echó a correr sobre la nieve sin rumbo alguno. Abrió la boca para gritar el nombre de su hermano, pero en su lugar dejó escapar un gemido y cayó al suelo en plena carrera, encogiéndose sobre sí mismo. No podía moverse porque los miembros se le habían agarrotado como columnas de piedra. Procurando mantener la calma, Elladan controló el vínculo y la desagradable y perturbadora sensación pasó, junto con el entumecimiento.

Como la vez que Elrohir se rompiera la muñeca al caerse del árbol, Elladan había vuelto a sentir dolor.

Y lo más espeluznante era... que sabía que ese dolor no era suyo.


TRADUCCIONES

Tithen tôr – hermano pequeño (Sindarin)

Rath Cennan - La Calle del Farolero (Sindarin)

Mellon – Amante/Amigo (Sindarin; Amigo – Seron/n.m. Meldir/n.f. Meldis)

Nembeuil - Aroma de algas de mar (como no encontré la palabra olor/aroma en Sindarin, he utilizado la raiz nemb que significa nariz. Uil /Aeruil - algas de mar.)

Avo garo! Naun mellon lîn! Ú-harno nin! - ¡Detente¡Soy tu amigo¡No me hagas daño!

Éomer Éadig – Éomer El bendito

Gajut men – Perdóname (khuzdûl)

Menu gajatu – Te perdono (khuzdûl)