VII

Reencuentro

«Mañana hablaremos de misión y no sé qué hacer ni qué decir, estoy abrumada. Quizá pasarme por casa de Momoka me ayudara, pero aún no le he preguntado dónde vive. Y tampoco sé dónde vive Seki… aunque no me fiaría mucho…»

Sin que los Shinjutaki se enteraran, Ren huyó silenciosamente por la ventana de su habitación hacia el exterior. Eran muy estrictos en cuanto a horarios, por lo que la salvaje Miuhai, como la había llamado el Mizukage, no podía entrenar todo lo que quisiera. Kirigakure permanecía en silencio, quizá algunos grillos cantaran a lo lejos; quizá porque las ranas y otros batracios más graves era lo que abundaba en cuanto a sonido, circundando la zona. La tarde moría lentamente bajo el manto crepuscular y la noche quería jactarse de su victoria presumiendo de estrellas tempranas. La luna llena refulgía en el cielo.

Ren había salido a pasear a la laguna para intentar despejar las dudas que albergaba en su corazón y cabeza. Hacía un tiempo que andaba intranquila, una comezón la embargaba y sentía como si las fuerzas la abandonaran. No quería pasar por ello más, ese sufrimiento a causa del rapto de Miutarō, su preciado tío, estaba volviéndola loca. Había estado leyendo los pergaminos de los cuatro elementos que él le había regalado con motivo de su octavo cumpleaños...

–Oye, pequeña, ¿quieres ver una cosa? –dijo Miutarō. Se había bañado en el río y su cara y pelo brillaban a la luz de fuego–. ¡Seguro que ya estás harta de escuchar las mismas historias de siempre de la boca de estos ancianos del clan que presumen de su erudición y lo único que saben es repetir los mismos cuentos de viejas! Que si Kurayami, el chamán... ¡Bah!

Ren dejó escapar una lágrima. No pudo contener más la risa, su tío tampoco.

–Está bien que te rías –dijo–. Me gusta verte sonreír de vez en cuando, sé que sufres porque tienes ese raro sueño de encontrar a tu madre... – Miutarō notó que, repentinamente, la alegría de Ren se desvanecía, y tuvo miedo, como si se hubiera dado cuenta de que se había equivocado enormemente. Intentó remediarlo–. ¡No te amargues, Ren! Escucha lo que antes iba a decirte, es que me ando por las ramas y no hay manera.

«Un rasgo en común que compartimos», pensó la pequeña cazadora.

–Bien, se trata de unos libros que se han ido preservando en la familia –apuntó Miutarō–. Muy pocos saben de su existencia... Nosotros los llamamos los pergaminos de los cuatro elementos, viento, agua, fuego, aire... En ellos se cuenta la verdadera historia de nuestro dios protector, el Ushikōhaku.

–¿Libros? –preguntó Ren como si aquello no fuera con ella–. ¿Para qué tener libros si tenemos la naturaleza entera para nosotros, tío Miu? Jugar con los lobos, montar en los bueyes y pescar y nadar en los viejos ríos de esta tierra... ¡Eso es lo que a mí me hace feliz y no unos rollos ahajados! –Ren sonrió, esperando su regalo de cumpleaños, haciéndole entender a su tío que no quería nada que contuviera letra impresa. Le fastidió, pero no tardó en devolverle la sonrisa y darle una explicación.

–No importa... Con el debido tiempo le darás importancia.

El sol se había escondido. La laguna permanecía tranquila y yo cada vez estaba más nervioso. No había abierto aquellos rollos hasta ahora, y su contenido me había dejado cuanto menos extrañado. La concepción de mi clan y su historia había cambiado por completo... ¡Los viejos sabios del clan Kariginu podría seguir contando historias de viejas que nunca más iba a seguir creyéndolas!

Ren se alejó del lago repleto de ranas y se aproximó, a través de una arboleda, hacia el camino que la llevaría de vuelta a la villa... Pero notó algo extraño, como un presentimiento. Alguien se acercaba...

–¡Voy a enseñarte la técnica especial de nuestro clan, Ren-chan! –gritó Hinoki desde el descampado, mientras Ren intentaba zafarse de la lengua de un buey blanco demasiado zalamero.

–¿¡Me estás escuchando, Ren-chan!?

Hinoki se dirigió hacia la chica con una furia incontenible. Un aura de color verde brillante rodeaba su cuerpo. Corrió hacia Ren con una velocidad endiablada, con intenciones reales de hacerle daño. El buey blanco que tan zalamero se había mostrado para que ella le diese frutos del bosque intervino situándose entre él y Hinoki, con tanta suerte que pudo detener su carga.

–¡Muy bien, Shirushi! –exclamó Hinoki contento al buey que había detenido su ataque con sus cuernos.

–¡Muuuuu! -dijo el animal modo de contestación.

Ren, todavía asustada, notó cómo Hinoki se acercaba y tomaba su hombro izquierdo mientras se agachaba. Entonces habló:

–El Ryōken es básicamente lo que acabas de ver... Es una técnica poderosa si sabes utilizarla bien, pero que te costará horrores controlar. He querido mostrártela únicamente porque sé que eres inteligente y que sabrás desarrollarla por ti misma. Además, es fundamental para optar a controlar el Senjutsu especial de Sakaki, nuestra antepasada... ¿No era ese uno de tus sueños? ¡Pues bien, ya tienes algo que hacer!

Hinoki se alejó mientras que Shirushi se acercó a Ren y lamió su rostro, como queriendo consolarla…

La genin quedó parada en mitad del camino, pensativa.

«Hay alguien en el camino, ¡tengo que hacer algo! Y en cualquier caso el Ryōken sería mi última opción. Aún no he logrado dominarlo del todo, no puedo abrir bien los canales de chakra en mis palmas y pies, lo cual es fundamental para incrementar la fuerza de mi golpe y no malgastar el chakra.»

Una leve brisa de viento recorrió el lugar de parte a parte, recordándole a su tío Miutarō.

«No estoy solo, la diosa me acompaña», pensó, y trepó a un árbol a esconderse. Allí permaneció a la espera.

No le sorprendió lo que vio. Un tipo de aspecto imponente, armado hasta el tuétano y cubierto con una brillante armadura con el emblema de Sunagakure. Era un "piloto", un usuario de marionetas mecánicas, las cuales estaban dando buenos resultados a Sunagakure en la guerra, al igual que los gólems alquímicos de Iwagakure.

–¡Muéstrate! El crujido de las ramas, el movimiento del follaje, los pasos en la suave arena… Todo eso te ha delatado –dijo.

Ren estaba muerta de miedo, no sabía por qué.

–No tienes por qué temerme, no soy un enemigo. Sunagakure es aliada de tu villa, el pasado es pasado. Vamos, ¿quién eres y por qué te escondes?

Una lanza amenazante se situaba entre ellos dos.

La intuición de Ren fue acertada, pero sus reflejos no lo fueron tanto. De nada le sirvió esconderse, pues aquel extraño viajero la había encontrado. Le dirigió unas palabras en las que había implícitas cierto grado de verdad. Estaba de acuerdo con él, fuera quien fuese. Tenía la cabeza gacha, no miraba la lanza que tenía ante su rostro, pero Ren logró superar su miedo mostrando un poco de fuerza de voluntad.

Miró a los ojos de aquel hombre, o cosa, o lo que fuera. Era un hombre hecho y derecho, curtido en batalla. Comparado con ella la diferencia de nivel era abrumadora. Pero Ren no se amilanó, e intentó tranquilizarse pensando en lo que la motivaba.

«No será hoy el día en el que los miembros de mi clan lloren mi muerte, ¡todavía tengo sueños, cosas que hacer! ¡No soy una cobarde!»

Cuando Ren tenía precisamente intención de defenderse y atacar de frente el misterioso viajero tendió puentes a la conciliación.

–Oh, ¿esto? ¡Perdón!

El armario de hierro bajó la lanza y la afianzó en su espalda.

«¿Y ahora qué hago? ¿qué le digo a este sujeto?», pensó. No tenía elección, y optó por la simple y sana verdad.

–Me preguntas por mi nombre... ¿no? Ren Miuhai –dijo lo mejor que pudo, entre miedo y espanto–. Si te ha extrañado que me haya escondido no te preocupes... ¡Es la costumbre! Todavía no me he hecho a la idea de que ya no vivo en el bosque. Es lo que suelo hacer cuando voy de caza, no te preocupes... –estas últimas palabras le sonaron bastante humillantes, pero estaban llenas de verdad. Siendo sincero, le era difícil mentir si no era totalmente necesario.

Ren aún temía al lancero, pero reaccionó y se atrevió a hacerle unas cuantas preguntas.

–Ya te he dado mi nombre... Ahora, si no te importa, dame el tuyo –dijo con tono exigente pero disimulado–. No te he visto en Kirigakure, por lo que puedo deducir que eres de otra aldea, ¿verdad? El emblema que está grabado en tu armadura es el de la arena, pero si fueras mi enemigo ya habrías acabado con mi vida; por tanto, no es necesario que desconfíe de ti o de tu palabra...

–Tú lo has dicho.

Ren intentó aparentar ser lo más amistosa posible, pero era una impostura. Sólo quería escapar de allí como un conejo al que han arrinconado en su madriguera. No se sentía segura.

«Mierda. ¿Momoka, Seki, ¡Shiro-senpai!? ¿Dónde estáis cuando se os necesita?»

–Vamos, baja del árbol, así parlamentaremos más a gusto… ¿Te dice algo el nombre de Tatami Sankohan?

«¿Sankohan? ¡Era el apellido de soltera de mi madre!», pensó. Todo esto era muy extraño. ¿Habrían venido a buscarla? ¿Quién era en realidad aquel tipo? Decidió seguirle el juego, sin mostrar ni un ápice de sentimientos en sus palabras.

El misterioso viajero me aconsejó que tuviera más cuidado y que fuera más precavido, pero no supe qué decirle. Iba a abrir la boca cuando de pronto me invitó a bajar del árbol. Me dijo que, ya en el suelo, me diría su nombre.

–La verdad, siéndote sincera, no conozco lo más mínimo sobre ti o tu nombre... –dudó en continuar por esos derroteros. Había sonado un poco grosero, pero creyó que Tatami lo entendería–. Tengo que reconocer que he oído historias sobre un gran guerrero "hermoso y poderoso", de nombre Tatami –mintió descaradamente–, pero como eran habladurías de mis primas no les hice mucho caso... ¡Nunca imaginaría que llegaras a ser tú!

–Está bien, no te preocupes.

El armario de acero continuó su camino.

Ren lo siguió, pero no porque quisiera, sino porque su casa estaba en la misma dirección. Notó que el armatoste revisaba el lugar, pero al momento se relajó y Ren pudo hacer lo mismo por fin.

«Sankohan. Lo recordaría. La verdad es que acordarme de las caras de los demás (si es que las había visto alguna vez) no es uno de mis fuertes, pero es que este tipo no me suena… ¡Y no tiene ningún sentido, pues los Sankohan fueron exterminados a comienzos de la Sexta Guerra Ninja, hace veinte años! Tengo que investigarlo.»

Algo, quizá un fuerte sentido de responsabilidad, la obligaba a permanecer tras el rastro de aquel extraño personaje.

De pronto recordó haber leído algo al respecto en el primer tomo de los rollos elementales, el perteneciente a la tierra (土), pero no estaba segura...

Tradicionalmente, los Minashi y los Sankohan habían sido los jinchurikis de Isobu, una de las armas definitvas de Kirigakure. Kamatsuka Miuhai, antes Kamatsuka Sankohan, la madre de Ren, había desaparecido en extrañas circunstancias, ya hacía uno siete años… ¿Tendría que ver algo con esto? Ren no podía saberlo. Quizá la habían hecho jinchuriki, no podía saberlo. Lo más probable es que todo estuviera relacionado con el secuestro de su tío.

Cuando Ren fue a girar una esquina estaba tan ensimismada en sus pensamientos que se dio de bruces con Momoka. El golpe fue en seco. Momoka perdió el equilibrio y los libros que portaba en las manos se desparramaron por el suelo empedrado de la calle.

–Pero, Momoka, ¿qué haces aquí? –preguntó Ren, confusa, mientras ayudaba a su amiga a recoger los libros–. Pensaba que ya estabas en tu casa, descansando.

Momoka sonrió tímidamente.

–Ah, n-no… ¡Qué va! Estaba estudiando en la biblioteca, ¿sabes? Hay muchos libros y eso… e-esto… ¡Perdón por golpearte!

–Oh, no disculpa. La culpa es mía por no mirar por dónde iba, Momoka… Estaba pensando en un rollo que leí y en un clan extinto…

Momoka de pronto se mostró extrañamente interesada.

–¿Me puedes contar más, Ren-san? Siempre me han gustado ese tipo de historias.

Ren y Momoka no tenían miedo del vapor fantasmagórico que invadía por la noche a la villa. Momoka dijo que su casa estaba cerca y Ren la acompañó educadamente, Sentía curiosidad por ver cómo era la casa de su amiga… ¿Viviría en un cuartucho lleno de setas como diría Shiro-sensei? ¿Tendría una familia, un novio o algo así? ¡Las dudas la carcomían!

Resultó que vivía en el piso superior de un combini, una tienda abierta las 24 horas del día. Su casa no era especialmente lujosa, pero sí muy agradable. Momoka tenía una pequeña terracita donde había muchas olores plantas de diferente tipo, flores hermosas y plantas medicinales. También había algunos hongos muy curiosos, pero Ren no se detuvo a preguntar. Lo que más le llamó la atención fue que tanto la sala de estar como el dormitorio de Momoka estaban terriblemente desordenados. Los pergaminos y libros lo invadían todo y no había metro cuadrado para reposar el trasero, siempre irías a dar con un Volumen de lanzamiento de shuriken o Iryōninjutsu para principiantes antes de que éste tocara el suelo.

–Disculpa el desorden –terció Momoka–. Estos días he estado estudiando, tanto que casi no he dormido.

Sus ojeras, aunque bien disimuladas, eran patentes para Ren.

–Vamos, no deberías ser tan estricta –dijo Ren con cariño–. Me obligas a que me quede en tu casa y me asegure de que duermas bien…

–¿Q-qué-queeeeeeeeeeeeeeeé? ¡O-oh, bueno!

Momoka se sonrojó, pero no parecía molestarle el comentario de Ren… ¿Pero qué le había dicho para que se pusiera de esa manera?

«No sé qué puede haberle molestado», pensó ella.

–Descuida –bromeó Ren–, sé que dormirás hasta que salga el sol. Aunque antes me gustaría comentarte algo que me ha sucedido antes. Ha sido muy raro.

Momoka no dijo nada, simplemente accedió a que Ren le contara la historia. Fue a preparar un té a la cocina mientras Ren le contaba cómo, a causa de la misión (una mentira piadosa, pero medianamente cierta) había ido a pasear a la laguna. Allí se había encontrado con un tipo que se llamaba Tatami Senkohan…

–Senkohan es el apellido de soltera de mi madre, ¿cómo te quedas? –apuntó Ren–. Leí mucho acerca de ese clan en los rollos que me legó mi tío Miutarō. No sé, es muy extraño, creo que ese tipo de la armadura sabía quién era.

A Momoka le tembló la bandeja, pero tuvo tino para que no se le cayeran la tetera humeante y las tazas. Se sentó y sirvió el aperitivo.

–¡Está buenísimo! –señaló Ren, agradecida.

Momoka sonrió.

–Creo que ese hombre te estaba buscando, Ren-san –dijo Momoka, tras reflexionar sobre lo sucedido–. Tendríamos que avisar a Shiro-senpai por si acaso, esto no me da buena espina.

Por suerte Momoka tenía un teléfono a mano. Llamó a casa de Shiro-senpai, pero no contestaba nadie. La línea estaba ocupada y no había manera. Estaban ellas dos solas en esto.

«Qué raro, esto cada vez se torna más oscuro», pensó Ren. De pronto se sintió mal por haber involucrado a Momoka en todo esto. «La perseguirán, ¡tengo que evitarlo! Está en mis manos el protegerla».

–¿Crees que es prudente que vayamos a mi casa, Momoka? –preguntó Ren con un deje de inseguridad. No tenía su espada a mano y por ello se sentía cada vez más y más nerviosa. Dejarla colgada en la pared sobre su cama había sido una imprudencia–. No me fío en absoluto, no quiero dejarte sola aquí.

–Oh, no te preocupes por mí, de verdad, Ren-san, Estoy bien.

–No, ahora que te he involucrado ya no estás segura aquí sola. Ven a casa conmigo, ¿de acuerdo?

–Mmmm… –Momoka estaba dubitativa–. Espera, ¡llamemos a Seki! Tengo su número aquí apuntado.

«¿Cuándo demonios habrá conseguido Seki el número de Momoka?»

Ren estaba un poco celosa, un poquito…

Momoka se avergonzó un poco, así que fue Ren la que habló con Seki por teléfono. Le dijo que se encontraría con él en el combini y que estaría con Momoka, y que por favor trajera su arma, que tenía que contarle algo importante.

No tardó en aceptar la propuesta.

«¿En qué estará pensado? Seguramente se haya figurado que vamos a practicar sexo con él, como comentó en la prueba de graduación… Qué chasco se va a llevar cuando se dé cuenta de que tan sólo le voy a contar la historia de mi clan…»