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Trauma
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Capitulo 7: Sueños
Arthur se sentó en el sillón con el teléfono inalámbrico aún en mano.
-No contesta-informó apretando el botón de colgar
-No creo que le haya pasado nada-ofreció Francis sentado a su lado.
-Yo tampoco. Pero se está formando una maldita tormenta ahí afuera y no sabemos ni si tiene cadenas para nieve. Al menos podría contestar, y decirnos dónde diablos está y cuando piensa volver.
-Angleterre, estás ahogándote en un vaso de agua. Estoy seguro que Alfred tiene equipamiento adecuado para la nieve en el baúl del auto. Ya está bastante grande como para cuidarse solo.
Arthur le tiró una mirada fulminante.
-Lo mismo me hubieras dicho de Matthew si en la fiesta te hubiera dicho que me preocupaba no verlo en ningún lado, "Ya no es niño"
Los ojos azul zafiro de Francis que hasta el momento intentaban mantener la calma mostraron cierta chispa al escuchar el comentario que hizo que Arthur reaccionara.
-Lo siento, lo siento.-se apresuró a decir el inglés desviando la mirada al teléfono en sus manos-no es como si yo si quiera hubiera notado la ausencia de Matthew en la fiesta. Puedes usar eso en mi contra si quieres.
-…no tiene mucho caso que nos echemos culpas el uno al otro. No va a borrar lo que le sucedió a Mathieu, ni nos dará noticias de Alfred.
Arthur dio un pequeño chasquido y volvió a intentar comunicarse con Estados Unidos. Los segundos pasaron, y como todas las veces anterior terminó cortando la llamado hastiado de escuchar el tono sonar y sonar. Cuando Francis quiso decir algo del estilo de "ya nos llamará cuando vea las llamadas perdidas", vio una sonrisa melancólica en la cara de Arthur tan fuera de lugar que decidió guardar silencio a la espera de la explicación que vendría con tal gesto.
-Una vez, cuando los gemelos eran niños, ¿recuerdas como por un tiempo Alfred se veía casi 10 años mayor que Matthew?
Francis asintió.
-Alfred habrá aparentado unos 15 años, y Matthew no más de 5. Alfred y yo discutimos, y se fue de la casa, estábamos en Manchester. Llegó la noche y Alfred no volvía, aún no era invierno pero hacía frío de todas formas. Salí a buscarlo, pero no pude encontrarlo. Cuando volví, Matthew estaba en la sala principal sentado frente a la chimenea que ya no tenía más que cenizas. Estaba helado al punto de temblar abrazos a su osezno, medio dormido y seguramente hambriento, pero cuando me vio entrar, en vez de llorar porque tenía frío, o sueño, o hambre, como hubiera deseado hubiera hecho, me preguntó dónde estaba su hermano. No supe que decirle, había recorrido cada lugar que se me ocurrió sin resultados y la noche ya no me dejaba seguir buscando. Alfred bien podría haberse ahogado en el río y yo no lo sabría. Estaba enojado y frustrado y preocupado, y le dije sin muchos miramientos que no sabía dónde estaba ni sabía cuando volvería. Por la cara que puso parecía que le hubiera dicho que su hermano había muerto. Matthew, que solía ser sereno hasta cuando sollozaba, empezó a llorar tan fuerte que por un momento pensé frente a mí hubiera aparecido un Alfred de 5 años.
Arthur dio una pequeña pausa que a Francis, tan metido en la pequeña anécdota como estaba, ni se le cruzó por la mente interrumpir.
-Primero traté de calmarme y decirme que era mi imaginación, que Matthew no estaba tan desconsolado como yo lo veía sino que mi propia histeria me estaba haciendo exagerarlo todo. Pero debió haber gritado realmente fuerte porque antes que pudiera dar más de 4 pasos hacía a él, y créeme que los di bastante rápidos, la puerta se abrió de par en par y Alfred entró corriendo directo a su hermano. Se arrodilló frente a él y lo abrazó tan fuerte mientras lloraba pidiéndole, rogándole, que se calme, que me sentí la peor persona del mundo por haberlos separado, aún si nunca fue mi intención hacerlo. Al parecer Alfred se había escondido cerca de la casa, seguramente planeando meterse por algún lado cuando yo me fuera a dormir, pero en el momento en que escuchó a su hermano sufrir no le importó tirar todo por la borda y volver, aún si eso era mostrarse débil ante mí.
Francis sonrió suavemente, sin atreverse a cortar el aura tranquila del momento. Arthur, en cambio, hizo un gesto de resignación y volvió a intentar llamar. Segundos después, sintió una mano cálida alejarle el aparato del oído, pero en vez de fulminarlo con la mirada, dejó los hombros caer y lo miró con desconsuelo.
-Alfred no ha huido de casa, ni Matthew llorará por él-le dijo el galo
Arthur bajó la mirada pero no apartó su mano de la de Francis.
-Juro que alguien va a pagar muy caro todo este lío-murmuró con sus ojos verdes relampagueando con furia por un segundo.
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-Gilbert, ¿vienes?
Prusia hizo le hizo una ademán con la mano izquierda indicando que ya iba enfocándose exclusivamente en su celular. Ludwig lo miró un segundo pero aún si le parecía extraña la actitud de su hermano no dijo nada.
Se giró para buscar a los hermanos Vargas, preocupado por mantener el grupo unido en el tumulto del aeropuerto de Milán, y aunque quizás debería esperar más de ellos que perderse en su propio aeropuerto, nunca se sabe. Los encontró unos metros más adelante, pegados el uno al otro y hablando en voz baja. Feliciano se aferraba al brazo de su hermano quién, a su manera algo agresiva, intentaba calmarlo. Preocupado por qué podría estar alarmando al menor de los italianos, Ludwig decidió acercarse.
-Ya basta, Feliciano, no ha pasado nada-murmuraba Lovino.
Los hermanos no lo vieron acercarse al estar de espaldas a él.
-¿Pero tú lo viste? Estaba totalmente fuera de sí, fratello.
-Lo sé, lo vimos juntos, pero sólo estaba un poco…muy…alcoholizado
-¡A eso me refiero, Lovi! Tengo miedo que haya hecho algo. Ya sabes como es cuando está así…
-¿E? Non è la nostra responsabilità, Feliciano.
-No…mà…
-Basta.
-¡Pero Kiku-…-¡
-¿Qué tiene que ver Japón en todo esto?
-Kiku dice que esa historia del hermano de Gli Stati Uniti es muy rara. Que tal si…ya sabes…tuvo algo que ver con…-
-Sigue sin ser nuestra responsabilidad.
-…Fratello, si algo me pasará a mí, y por ejemplo, Alfred supiera algo, ¿no querrías que te lo dijera?
-…non è la stessa cosa. No es lo mismo.
-Per che?
-Perchè-…-Cosa fai li, Germania!
Ludwig no tardó en ponerse rojo.
-¡No-o estaba escuchando! No quería interrumpir, por eso me quedé aquí.
-Sí, claro, suena bastante patética tu excusa-le gritó Lovino.
Ludwig parecía ser el único en todo el aeropuerto al que parecía molestarle el escándalo del italiano
-Fratello…-murmuró Feliciano aun aferrado a su brazo.
-Vamos, muero de hambre-interrumpió Gilbert pasando a su lado sin detenerse
Ludwig no dudo mucho en dejar a Lovino en segundo plano y apurarse para alcanzar a su hermano. Aún cargando con su pesada valija no tardó en alcanzarlo.
-¿A quién llamas tanto?-le preguntó echando una mirada hacía atrás asegurándose que Feliciano y Lovino los seguían empujando el carrito con sus propias maletas.
-No importa.-fue la seca respuesta
-¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?
-No.
Una vez más, Alemania no dijo nada sobre su conducta tan fuera de lo normal. Atrás de ellos, los hermanos vargas seguían murmurando.
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-Alfred, detente-le pidió.
Pero no paró.
Afuera había gritos, disparos, fuego. Y él no tenía el más mínimo apuro de volver al frente de batalla.
Siguió enfocado en su victima, sus manos moviéndose solas.
-¡Alfred, basta!-le ordenó.
Pero no paró.
Había cierta adicción en esos labios que le hacía querer besarlos el mayor tiempo posible lo más posible. Quería besarlo, y besarlo, y besarlo, hasta que dejara de llorar.
-Alfred, detente.-le rogó.
Pero no paró.
¿Por qué parar? Placer, eso quería.
Placer, poder, venganza, amor.
Todo consumado en un acto tan humano y tan naturalmente instintivo que le parecía lo más adecuado y correcto del mundo.
-Alfred, me haces daño-sollozó
Pero no paró.
Quería arrancarle ese maldito uniforme rojo que tanto odiaba. Él no debería estar usando algo así. No aceptaba nada británico en él. Quería borrarle hasta el acento. Y quería escucharlo suspirar mil y un veces, decir su nombre, gritar. Todo el mundo estaba gritando ahí afuera, por qué no darle a esta guerra otro tipo de aullido.
¿Hacía cuanto venía deseando esto?
Dios, demasiado tiempo.
Y se sentía tan bien, tan correcto sentirlo bajos sus brazos. Besarlo, adorarlo, tenerlo.
Mil y un veces, suyo y sólo suyo.
-Al, please.
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-¡No, Alfred!
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Manos tiraban de él, manos los separaban.
Nadie puede separarlo de sus preciados ojos violetas. Nadie.
Alfred se aferró a ellos. Pero las manos tiraban, y las manos peleaban. Y él no peleaba, sólo se aferraba y besaba, y se embriaga más y más con eso que sentía siempre deseo y ahora le querían robar.
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-¡Ya basta, Alfred! ¡Estás fuera de ti mismo!
.
-¡Suéltalo!
.
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-¡Qué crees que estás haciendo!
-¡Déjalo!
-¡No lo toques!
-¡Eso te lo digo a ti!
Un par de ojos verdes chispeaban de furia mientras, una vez más, el uniforme rojo, ese maldito uniforme rojo, le quitaba lo que más deseaba.
-Arthur…-sollozaron sus adorados ojos violetas.
Y Alfred sintió furia, odio, enojo y más y todo junto.
No era su nombre el que aquellos ojos suspiraban. Era el de aquel odioso, detestable, entrometido, enemigo suyo. El peor de todos sus enemigos.
-¡Cómo te atreves, Alfred!-gritó el dueño de los ojos verdes-¡Tú propio hermano! ¡Eres un monstruo!
Y él estaba listo para pelear. Para ganar lo que era suyo. Porque los ojos verdes ya le había sacado mucho, pero esto no. Esto no lo daría.
Sí, estaba listo para pelear. Buscó sus ojos violetas, sus asustados ojos violetas, le quería decir que todo estaba bien, que él pelearía, que no se rendiría, que los recuperaría. Los buscó y los encontró en algún lugar bajo los brazos del de ojos verdes.
Y de repente, la furia, odio, enojo y más, murieron. Los ojos violetas le calaron hasta el alma, las lágrimas ahora eran propias, el terror también.
Un monstruo. Monstruo, monstruo, monstruo.
-Came on, love, let's go.I'll take you home
Y los ojos verdes se lo llevaron. Y él no pudo hacer nada, quedó allí arrodillado. En su soledad, los ojos violetas seguían llorando, sufriendo, implorando, frente a él. Sin darle respiro, sin merced, le recordaban la horrible, horrible persona que era y sería por siempre a partir de ese día de 1812.
.
..
…
Abrió los ojos entre jadeos, todos sus músculos agarrotados por estar tensados por mucho tiempo.
Una pesadilla, no más que un sueño.
No solía tenerlas, pero cuando las tenía por lo general eran del pasado.
Con las dos manos en la cara trató de controlar su respiración.
Sólo un mal sueño, de un evento deplorable muy poco adecuado para el momento. Pero mal sueño en fin.
No pudo hacerlo. Nada pasó. Él no dañó a Matthew.
Matthew lo había perdonado.
No tenía sentido seguir torturándose.
¿Verdad?
El reloj marcó las 3 de la mañana, decidió bajar a buscar un vaso de agua. No prendió ninguna luz, sabiendo su camino en la oscuridad, y quizás por eso casi tira el vaso cuando escuchó alguien decir "Ah, aquí estás.
-Damn, Arthur, ¡casi me das un infarto!-le dijo sin elevar mucho la voz
-No hubiera sido algo oportuno ciertamente. ¿Dónde fuiste hoy?
-Tenía ciertos asuntos que atender, dad.-le respondió sarcástico.
-No me mires con esa cara, Alfred, desapareciste de la nada, no atendías el celular, y mira la tormenta que hay ahora afuera.
-Lo lamento…supongo que me tardé más de lo que pensé.
-La próxima vez, al menos mándanos un mensaje.
-Ok. ¿Algún problema aquí? ¿Qué hay de la fiebre de Matthew?
-Ha bajado, Francis se encargó de él toda la tarde, y para cuando se fue a dormir ya estaba mucho mejor.
-Oh, bien.
-¿Qué hay de ti? ¿Por qué no estás durmiendo? Y no me digas sólo tenía sed, se que se necesita más que un poco de sed para sacarte de la cama.
-Um, un mal sueño.
La simple respuesta pareció sorprender más Arthur de lo que Alfred hubiera esperad.
-¿Una pesadilla?-le preguntó el inglés.
-Um, sí, eso dije.
Arthur no dijo nada y dio media vuelta.
-¡He-ey!-le gritó Alfred, ofendido por ser ignorado.
Su única respuesta fue Arthur levantando la mano tras él para hacerlo callar. Había algo en su expresión que despertó curiosidad en Alfred, por lo que siguió por las escaleras
-¿Esta todo bien, Arthur?-le preguntó, pero e inglés no respondió.
-¿De que fue tu pesadilla, si se puede saber?
-Del pasado.
-Oh.
Arthur aceleró el paso ante esa respuesta.
Continuará...
Oh, oh, oh!
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