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Bella y Bestia
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Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, el último monarca de Gotham pasó tantas noches en penumbra y soledad que finalmente perdió su corazón. No sentía arrepentimiento alguno por sus crueles acciones, su sombra se volvió tan larga como una manta y sin embargo, no fue esa su manda.
En una noche de espesa lluvia, una mujer anciana tocó a su puerta intentando socorrerse en su morada. Al no tener para pagar más que una rosa frágil y tierna, el soberano se burló en su cara y la desairó.
Cuan grande su sorpresa al descubrir que la anciana no era más que una fachada. La anciana escondía la identidad de Raven, la hechicera más oscura que jamás ha existido y con la misma rosa que rechazó lo maldijo.
"A partir de este instante,
tu cuerpo reflejará la grotesca imagen de tu alma"
Viéndose rodeado de energías malignas, sintiendo sus huesos quebrarse, su carne abrirse, su figura antaño apuesta desfigurarse, el Caballero imploró piedad, ofreció sus bienes. Las inigualables riquezas que tras años de negociaciones bélicas conquistaron tanto su abuelo como su padre.
Raven sintió piedad y le confesó la única opción que tenía.
"Si es que aún posees algo de pureza en tu corazón, volverás a ser quien eras en cuanto alguien se enamore de tu cruel estampa. Sin embargo, me temo que tu tiempo no será eterno. Tendrás hasta que el ultimo pétalo de la flor que rechazaste caiga, para cumplir esta manda"
La hechicera que ahora lucía como una mujer joven e indeciblemente hermosa, se marchó por un portal al pronunciar estas palabras, dejando en el aire, una rosa de color negro.
El monarca enloqueció, de sus labios ya no emanaban palabras sino rugidos, en las puntas de sus dedos ya no lucían unas uñas recortadas y cuidadas sino unas largas y puntiagudas garras. En su rostro ya no existía ninguna identidad humana, sólo una nariz torcida, una boca deforme de dos largas hileras de dientes férreos. Se dio a la labor de destrozar todo en el interior de la morada, empezando por los objetos que reflejaran la oscuridad de su alma.
Después de varios días, tras derramar su sangre en el proceso de destruir todo lo que le rodeaba y tranquilizarse, aceptó el hecho de que sería imposible que alguien lo amara.
Sostuvo la rosa en el interior de sus garras, intentó desgarrarla pero la misma magia que la mantenía flotando en el recibidor de su estancia, rechazó los múltiples intentos por aplastarla.
Entendía. Esta era su condena, el precio a pagar por olvidar durante tantos años que poseía un corazón.
¿Cuánto tiempo le quedaría? ¿Dos semanas, un par de días? La rosa no tenía pinta de llegarse a secar jamás, lucía tan llena y rebosante de vida que se imaginaba a Raven gozando con su fechoría.
Suspiró resignado, confinándose en la misma oscuridad que le hacía de manto hace tantos años, mirando por detrás de la rosa los retratos de su padre y su madre. Ambos estaban muertos y él seguía odiándolos por eso. ¡Ínfimos, patéticos! ¿De qué les sirvió su amor? ¿De qué le servían a él sus propiedades y riquezas? Todas las había perdido a excepción de esta. Aquí es dónde reposaban sus tumbas y siendo la horrible bestia que era, aguardaría hasta que llegara la hora de descansar junto a ellos.
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—2—
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Años después.
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Paseaba como solía hacer por las iluminadas calles del pueblo, tarareando para sí, pensando en las aventuras y los romances que se desarrollaban en el interior de sus libros.
De todo lo que Smallville tenía para ofrecer, lo único de valor para él era la librería. Sus padres y abuelo fallecieron en un horrible accidente cuando apenas tenía seis. Su abuela se quedó con él pero ahora estaba tan enferma que los doctores comenzaban a sugerir que se hiciera a la idea. Él no quería pensar en eso, no quería tener que enterrar a Martha porque hacerlo supondría otra clase de peligro para él.
La razón de sus temores y desvelos, no tardó demasiado en llegar: Rex Luthor, el hijo del hombre más rico en Metrópolis. Lo acorraló como le gustaba hacer: contra una pared de piedra y quitándole el libro que sostenía en manos como si se tratara de una blasfemia.
—Dime que ya pensaste en mi propuesta Jon…—comentó saboreando las palabras, observándolo de arriba a abajo con lujuria y demencia. —él cerró los ojos, se tragó un juramento y lo pasó de largo.
—No tengo nada que pensar Rex. Si me atreviera a pasar una noche contigo me negarías a la mañana siguiente cómo sueles hacer con todas las doncellas con quienes te encamas.
—Ahh…—el hombre le salió al paso otra vez. Una mano en su cintura, atrayéndolo a su figura, la otra jugueteando con un mechón de sus cabellos negros. Él reprimió el impulso de soltarle un codazo entre las costillas y posteriormente patearlo en la entrepierna.
Su abuela no soportaría saber que lo encarcelaron por faltarle el respeto a un Luthor, el joven de alta alcurnia ignoró su desprecio y continuó hablando. —Si se trata de eso, podemos remediarlo mi bello amigo.
—No me digas así… —solicitó porque detestaba escuchar de labios de todos lo "bello" que era. Si no fuera por el hecho de que los lugareños lo vieron crecer desde la más tierna edad, jurarían que debajo de sus pantalones de lana se ocultaba una virgen y tierna dama.
Lo de virgen era verdad porque hasta ahora, se había preocupado tanto por la salud de su abuela que apenas si salía de casa para algo más que comprar medicamentos y alimentos.
Rex era nuevo en el pueblo. Su padre lo envió a Smallville para hacer relaciones publicas o más bien, comprar las tierras que aún no le pertenecían.
La casa de su abuela entraba en la descripción y de hecho, la primera vez que interactuaron le habló sobre eso: contratos, terrenos, dinero…su mano luciendo un anillo dorado en el dedo.
Por la manera en que lo adulaba, a él no le quedaba la menor duda de que Rex estaba convencido de que era mujer.
Si le arrancaba los pantalones (cual se moría por hacer) se llevaría una sorpresa, aunque por la forma en que se retorcían sus entrañas cada que lo tocaba, le daba la impresión de que no le importaría demasiado que no fuera mujer.
Se tranquilizó y controló los latidos de su corazón. Rex era un cazador experto, según Kathy (una de las desafortunadas damas que terminó por meterse en su cama) Rex podía oler el temor de sus víctimas, era una serpiente que se arrastraba hasta el interior de tu alma y una vez ahí te acababa.
La trató como a una cualquiera, desvirgándola y después negándola. Afortunadamente, no resultó ningún niño de su unión pues de ser así, se quitaría la vida.
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Luthor lo sacó del torbellino de pensamientos colocando los dedos que desacomodaban sus cabellos sobre la punta de su barbilla, ejerció presión, levantando su rostro, obligándolo a mirarlo a los ojos.
Él casi lloró porque no quería que su primer beso se lo diera él, ni que su "primera vez" sucediera con él.
Lo detestaba.
—Me parece muy bien que pienses así, ya que deseo cambiar la palabra "amigo" por "prometido" —sus alientos casi se mezclaron en esta ocasión. Su mente se nubló, sus piernas se doblaron.
Rex aprovechó su desliz para abrazarlo con más fuerza e intimidad ahora. Él se obligó a pensar porque la inteligencia era su mayor fortaleza y sabía muy bien quién era él.
—¿Qué clase de beneficio podría obtener un Luthor, prometiéndose con alguien que no puede darle un hijo? —la mirada de Rex se oscureció a tal grado que en un arrebato de locura tiró de su camisa y la abrió.
Él no tenía por qué avergonzarse. Su pecho era blanco, plano y lampiño (a pesar de que ya no era un niño) —¿Estás convencido de no tener ninguna oportunidad ahora?—preguntó con sonrisa ladina, volviendo a cerrar su ropa.
Luthor lo dejó partir, aunque siguió sintiendo su mirada pesada y siniestra sobre la espalda a medida que avanzaba.
¡Lo sabía! No le importaba que no fuera mujer.
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—3—
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La siguiente vez que lo vio, Rex Luthor estaba en su casa, tomaba el té con su abuela y cuando lo escuchó entrar, le ordenó que limpiara sus botas llenas de lodo. Él iba a responder que se las limpiara con el culo, pero su abuela dijo que lo haría gustoso.
¿Qué pretendía? ¿Intimidar a Martha para encamarse con él? —Oh, Dios mío— ¿Por qué lo quería a él? ¿Por qué tuvieron que fallecer sus padres? ¿Por qué no tenía otro lugar dónde resguardarse?
Limpió las botas de Rex con un trapo viejo y sucio, después le llevó algunas galletas que horneó para su abuela.
Debía admitir que Martha lo sobreprotegió demasiado. Habiendo perdido a su esposo, nuera e hijo, nunca quiso que se involucrara en los trabajos del campo y en su defecto, le enseñó lo que toda señorita debería saber: labores del hogar, cocina y bordado. La lectura es algo que ya sabía por insistencia de sus padres, aquel fue su legado y estaba agradecido de que le dieran un regalo tan preciado.
El cazador se calzó y despidió pronto. Ya tenía lo que quería, su abuela vendió la propiedad.
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—No tenías porque hacerlo. —comentó decepcionado. —Aquí están todos tus recuerdos, toda nuestra historia.
—¿Tú crees que la enfermedad me ha vuelto ciega y tonta? —preguntó la mujer, permitiendo que se acomodara a su lado. —Ese hombre ha venido más veces de las que imaginas Jon.
—¿Cómo dices? —inquirió con temor.
—Tiene gente vigilando la casa y se mete aquí cada que te marchas. Me ha pedido tu mano de todas las maneras posibles y a pesar de mis negativas o de tu anatomía. Sé que cuando me muera, intentará hacerte lo peor.
Este dinero es para que salgas de aquí. Vete a otro continente, enamórate de una bella dama o un apuesto caballero, vive tus propias aventuras, ya no las busques en más historias.
—Agradezco lo que has hecho por mi, pero no puedo irme así…—comentó porque sin él. ¿Quién le daría sepultura a su cuerpo? ¿Qué sería de sus cosas?
—No me quedan muchos días Jon, y al menos, quisiera tener la tranquilidad de que tú estarás bien.
—Lo estaré. Sólo déjame seguir a tu lado.
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La fatal despedida, el devastador momento, llegó quince días después.
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Rex lo abordó en el jardín trasero al concluir la ceremonia luctuosa. ¡No podía creer que guardara tan poco respeto a la memoria de su abuela!
Teniendo el dinero oculto en el interior de su saco y todas las intenciones de abandonar Smallville esa misma semana, se atrevió a enfrentarlo. Discutieron, pelearon a puño cerrado hasta que Rex terminó por acorralarlo de cara a la pared.
Era de esperarse, su cuerpo estaba mucho mejor trabajado y además de ser un cazador, también era un bruto.
—¿¡Para qué me quieres, si no te sirve de nada tenerme!? —rumió con las mejillas incendiadas, los cabellos alborotados, el pecho subiendo y bajando.
—Me sirves de mucho Jon…cómo la piel de oso que forra mi silla favorita o las cabezas de los ciervos y lobos que decoran mi chimenea. Eres un trofeo, el más bello en el que he posado mis ojos y la mejor parte es que no importará cuantas veces me vierta en ti porque no engendrarás jamás...—Luthor comentó todo esto a su oído, tomándose la libertad de lamer su lóbulo y enterrarle su miembro enhiesto por detrás.
Él hizo acopio de toda su fortaleza interna y lo golpeó en el pecho hasta liberarse de su agarre y escapar.
Lo escuchó reír a mandíbula suelta una vez se encerró en el establo de la casa. Lo amenazó, vociferando a los cuatro vientos lo que ya todos en el pueblo sabían.
¡No tenía a dónde ir, ni cómo sobrevivir! Ninguna doncella se casaría con él ya que no tenía nada qué ofrecer: Ni propiedades o bienes. ¡Él se encargaría de que ninguna persona en Smallville le diera un trabajo mediocre o decente!
¡Su única opción era casarse con él! Ser la puta de él.
Lloró con el corazón en un hilo porque estaba francamente aterrorizado y cuando se tranquilizó, tuvo que recordarse que ya había dispuesto que Kathy se hiciera con la mayoría de las cosas de su abuela: la vajilla y los bordados, sus manteles y cortinas, algunos muebles irían a parar a las tiendas locales. En cuanto a lo suyo, había pocas cosas que quería conservar: la fotografía de sus padres, sus prendas favoritas de ropa y sus libros.
Sin embargo, dado el evento anterior, sabía que debía huir.
Cambió sus ropas, esperó a que se hiciera de noche y Rex se marchara, ensilló a su caballo, se colocó una capa de gruesa lana y abrió lentamente la puerta. Sólo tenía que llegar a los muelles de Gotham, comprar un boleto para viajar en barco al continente Europeo.
¡Lo lograría, él sabía que podía!
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Espoleó su caballo y partieron como un rayo, lamentablemente para él, Rex y sus hombres ya lo estaban esperando. Lo persiguieron hasta que abandonaron el pueblo y se adentraron en un oscuro y desconocido sendero.
El camino a Gotham estaba maldito. Mucho se decía de viajeros que entraban en esos bosques y jamás regresaban, de criaturas espantosas y sedientas de sangre que ahí habitaban: lobos, osos, murciélagos. Algunos de sus perseguidores recordaron esto ultimo y volvieron. Rex los calificó de cobardes, él consideró que por fin la fortuna se ponía de su parte pero esta idea murió en su cabeza en cuanto escuchó el aullido de decenas de lobos.
El último colega de Rex, se replegó hacia atrás y dijo que no valía la pena morir por una ramera. Las había mucho más frondosas, con pechos tiernos y vaginas más húmedas y apretadas de lo que pudiera tenerla él. Lo repudió con toda su alma porque no sabía la clase de mentiras que Rex pudo repartir en referencia a él.
¿A caso quería que entre todos lo montaran?
Dios…
El terror comenzó a hacer presa de su caballo, los lobos se estaban acercando y no tenía ni la menor idea de qué tan lejos o cerca estaban de Gotham. Al librar algunos troncos caídos y adentrarse en un nuevo camino, los lobos finalmente salieron.
Su caballo enloqueció, no logró controlarlo y es que además de eso, Rex tomó una de sus armas y abrió fuego.
No supo a cuantos lobos asustó o hirió, pero aquello le sirvió para ganar terreno. Su caballo iba a merced del viento, al escucharse una tercera ronda de disparos se asustó tanto que se levantó en dos patas y lo derribó.
Calló con tal violencia que se golpeó la cabeza y al buscar la herida logró sentir su sangre.
Sabía que eso llamaría a las bestias nocturnas.
También sabía que ya no tendría a dónde escapar.
Rex era un cazador experto, lo encontraría sin importar por cuantos metros se arrastrara él lo encontraría y siendo así…
Tomó una afilada roca y se abrió más heridas, prefería morir devorado por bestias que ser desvirgado por Rex Luthor, cómo si conociera sus pensamientos el cazador apareció frente a él, los ojos brillaban en furia y malicia.
—¿Tanto prefieres la muerte a yacer conmigo? —preguntó con lo que se le antojó cómo la más pastosa y sombría voz. Le dijo que sí, prefería la muerte o el suicidio, la condenación eterna a ser profanado por él.
Rex sonrió como todo un maldito. Un ser arrancado de las profundidades del infierno, le apuntó con su arma y pronunció.
—Que así sea. —le disparó y él ya no supo lo que le pasó. Se desmayó del dolor, aunque en su ultimo aliento, alcanzó a rogar al cielo que lo librara de él.
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—4—
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El olor de la sangre fresca llamó su atención, más allá de los disparos o los aullidos de los lobos, el olor de la sangre humana fue lo que atrapó su olfato. Corrió los metros que lo separaban de tan cruel escena y cuando llegó la Bestia que habitaba en su ser reaccionó.
El cazador que en cuanto a malicia u oscuridad de su alma se igualaba a él, le disparó tres veces antes de que lograra rasgar su carne y lo mandara a volar por los aires de un buen zarpazo.
En cuanto a la presa: el inocente chico que yacía semidesnudo a sus pies, apenas si parecía que respirara. Lo levantó, intentando no lastimarlo de más con sus afiladas garras y lo colocó sobre su espalda.
Ni él mismo sabía por qué lo hacía, quizás era locura, con toda seguridad nostalgia. Hacía tanto que no contemplaba a otro ser humano, pero más allá de eso.
Hacía tanto que no tocaba algo así de bello.
El interior de su Castillo estaba tan abandonado y derruido que en realidad, no se le ocurría dónde colocarlo para sanarlo. En sus múltiples arrebatos de ira seguía destrozándolo todo pero aún así, había un área que permanecía intacta: La habitación con su baño, la biblioteca, los salones de lectura y baile que tanto adoraron sus padres.
Lo condujo hacia allá, esperando que la enfermería también se encontrara en optimas condiciones. Su "maldición" le había conferido alguna especie de "invulnerabilidad" lo descubrió al tratar de matarse con sus afiladas garras y colmillos.
Las heridas sobre su cuerpo al contacto sanaban y la rosa permanecía lozana. Al menos sucedió así por los primeros años, pero ahora, tenía la seguridad de que esas balas en su costado izquierdo, pecho y muslo, habían arrebatado más y más pétalos a aquella insensata.
Desde que cayó el primero (dieciséis años atrás) no habían dejado de caer con regularidad. Cada año se desprendían dos o tres, la delicada flor se había reducido a menos de la mitad, junto con sus esperanzas de recuperar su identidad.
Casi había olvidado cómo lucía cuando era un humano, lo apuesto que decían que era. Debió ser tan bello cómo este joven que se desvanecía entre sus garras.
Lo introdujo en la bañera de porcelana blanca arrebatándole la capa que por indumentaria era lo único que llevaba.
No podía adivinar su edad porque era lampiño, pero no un niño. Para llenarla tuvo que buscar una cubeta entre los escombros de su morada e ir al riachuelo dónde bebía y se aseaba con la gracia de un animal.
Se la arrojó helada pues precisaba que despertara. El muchacho reaccionó con temor. No sabía dónde estaba aunque al parecer, agradecía con toda su alma no estar siendo violado en la profundidad del bosque. La herida de bala en su hombro sangraba y ni si quiera lo notaba. Todo lo que hacía era abrazarse a sí mismo y llorar, llorar y llorar.
Cuando se cansó de su autocompasión le ladró que atendiera su herida desde las sombras. Le dejó en el suelo lo más que encontró: algunas toallas que por el paso del tiempo casi se deshacían pero estaban limpias. Lo mismo con los artículos de primeros auxilios.
El chico tembló de cabeza a pies al escuchar su voz. Era imperiosa, horrenda. Aún así, advirtió lo dicho y se inclinó para sostenerlo.
—¿Quién eres? ¿Dónde me encuentro? ¿A caso Rex…?
—¡NO TE TOCÓ! DE HABERLO HECHO LO HABRÍA DEVORADO Y SOBRE MI IDENTIDAD, LO ÚNICO QUE NECESITAS SABER ES QUE SOY EL SEÑOR DE ESTE CASTILLO. PUEDES PERMANECER EN SU INTERIOR POR ESTA NOCHE O LAS QUE TE PLAZCA. LA ÚNICA CONDICIÓN ES QUE NO VAYAS AL LADO OPUESTO.
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar el insolente muchacho que olisqueaba las sombras para descubrir su estampa.
—¡PORQUE TE MATARÉ SI LO HACES! —el joven estremeció ante el clamor de su voz y él pudo adivinar en el dolor de su corazón que más pétalos de la flor se arrancaban.
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¿Qué trataba de decirle Raven? ¿Que fuera amable con su invitado?
¡No se lo tragó, ni tampoco lo desmembró! Eso debía bastarle a la condenada hechicera.
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Salió al pasillo como una auténtica furia. No estaba acostumbrado a ser un niñero, ni tampoco a escuchar sollozos tan dolorosos como esos. Se serenó y fue a juntar más agua del río, para calentarla tuvo que encender una hoguera.
Hace años que no precisaba del fuego.
En sus comicios, aún cocía su comida. No obstante, entre más conservaba esta forma, más se iba convirtiendo en la Bestia. Cazaba animales para saciar su hambre, los consumía crudos, las más de las veces vivos. Los venados y osos eran sus favoritos. Los lobos, de alguna manera se terminaron convirtiendo en sus protegidos, por eso le advirtieron del creciente peligro.
Nadie se adentraba en su lado del bosque desde hacía eones y por la manera en que lo encontró resultaba evidente que el chico estaba escapando de su agresor.
Conocía el olor de ese cazador, era brutal. No que los otros no lo fueran sino que Rex, mataba manadas completas. No le importaba que fueran adultos, ancianos o jóvenes crías, se deleitaba con el sufrimiento, la pelea y la sangre.
De ser otra la naturaleza de su manda, hace tiempo que lo habría exterminado pero su instinto le decía que a Raven, no le gustaría que ultimara una vida humana.
Bufó.
Así que después de todos estos años, era tan arrogante que aún quería prolongar su existencia. Le llevó el agua caliente a su invitado, aunque al hacerlo, le exigió que cerrara los ojos o los arrancaría de sus cuencas.
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—¿Por qué? —volvió a preguntar, temblando de frío de la cabeza a los pies, apenas cubierto por una insignificante toalla, tratando de esconder lo más que pudiera de piel.
Él se deleitó con su pueril intento y fue sincero en su resolución.
—Porque no deseo que me veas.
—Pero no es justo…—replicó, haciendo alusión a que él, ya lo había visto desnudo.
—¡JUSTO SERÍA QUE TE DEJARA EN EL BOSQUE! —ladró cambiando el agua de manera arrebatada. La que le arrojó con anterioridad, estaba sucia en su totalidad, impregnada de lodo, tierra y sangre. Esta era limpia, perfumada, cálida y jabonosa. Le serviría para volver a asearse y tranquilizarse.
El chico negó con horror al escuchar su voz, levantando el rostro y soltando su toalla, él le arrojo una nueva en la cara y le ordenó que no se moviera. No quería que lo viera y además necesitaba revisar cómo atendió su herida.
Colocó las vendas de manera apropiada, aunque lucían algo flojas. La bala entró y salió sin dañar el hueso, no representaría un problema en cuanto la sangre se detuviera.
Se apartó porque al tenerlo así, tan cerca de su piel, reconocía que era la representación física y espiritual de Eros o Venus: inmaculado, etéreo, en absoluto maldito y corrupto como él.
Lo condujo de regreso al agua, tocándolo a través de otra toalla. No quería que sintiera su tacto y advirtiera que no era un humano. El chico se dejó hacer, aterrorizado, traumatizado por lo que fuera que intentara hacerle aquel desalmado.
Él trataría de concederle intimidad pues suponía que además de medicamento, necesitaba comida.
Algún animal pequeño y bien muerto para que no se escandalizara con su sadismo.
—Escucha, si vas a permanecer aquí, al menos ten la gentileza de acatar mis reglas.
—¿No ir al lado opuesto del Castillo y no mirar tu rostro?
—¡NO MIRARME EN ABSOLUTO! —rumió y el muchacho estremeció lívido de horror. Él cerró los ojos y reprimió un juramento. Lo intentó de nuevo. —Tienes mi palabra de que no voy a hacerte daño.
—¿Y de quién sería esa palabra? —inquirió a media voz.
—¡NO NECESITAS SABERLO! —aulló porque no concebía la idea de que el apellido de sus padres se asociara a tan grotesca imagen. El chico se abrazó a sí mismo con tanta fuerza que le dio la seguridad de que esperaba un ataque físico.
Se rindió, comenzando a andar en dirección de la puerta.
—Puedes tomar lo que quieras de la recámara. Hay ropas en el armario que te podrían quedar, aunque sugeriría que no movieras de más ese hombro.
—Gracias…—susurró sumergiendo el cuerpo en su totalidad. Aún lucía confundido, devastado, cómo si estuviera debatiéndose entre la locura y la cordura. Cómo no estaba acostumbrado a los mártires, ángeles o santos y la palpitación en su pecho le hacía saber que la rosa se estaba desmadejando, lo intentó desde un último ángulo.
—También tengo un carruaje y dinero. Puedes tomarlo para llegar al pueblo. —su invitado negó, atemorizado con la idea de volver a adentrarse en el bosque.
Él sintió un nuevo estremecimiento en su corazón, le faltaban fuerzas, aliento, vida.
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Así que esto era lo que quería la hechicera. Que en lugar de redimirse se retorciera.
Maldita fuera.
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—¡ENTONCES HAZ LO QUE QUIERAS! —ladró y salió como una jodida exhalación. Una vez en el pasillo, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no destrozar las puertas y paredes donde lucían los retratos de sus bien amados padres, lo escuchó pronunciar.
—No te miraré en absoluto, ni vagaré por el lado opuesto de tu Castillo, pero sólo para que lo sepas. Mi nombre es Jon.
Le pareció un nombre de lo más apropiado, gentil, elegante, un nombre que hablaba de alguien envidiable. El suyo era Damian, el nombre que hacía referencia a un Conquistador o al heredero del Demonio.
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—5—
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El señor del Castillo se marchó y hasta entonces pudo suspirar con algo de tranquilidad. No recordaba nada después del disparo. Estaba seguro de que moriría y Rex lo violaría.
Odiaba la idea. Detestaba su imagen, ser el centro de tantas acosadoras miradas, aunque por esto mismo, de su enigmática belleza pocos lo abordaban.
No sabían si era un hombre o una mujer, si lo que escondía entre sus piernas era un bien dotado falo o una apretada y lubricada vagina.
A su salvador, no parecía importarle esto último o tal vez sí.
Quizás lo estaba mirando a través de los decorados en las paredes, pero algo en su comportamiento y tono de voz le decía que no era así.
No había tratado de tocarlo o invadirlo. Al tenerlo en su Castillo podría hacerle lo indecible y probablemente, era justo que lo tuviera por alejarlo de Rex.
Volvió a asearse con más premura esta vez, cuidando su zona íntima, su masculinidad y virilidad. Seguía estando cómo lo recordaba y eso lo tranquilizó. Al salir del agua que permanecía cálida y con aquel delicado aroma a lavanda se envolvió en un nuevo juego de toallas y se adentró en la recámara.
Todo estaba cubierto por telarañas y gruesas capas de polvo sobre montones de sábanas blancas. Abrió las ventanas para que se ventilara en lo que empezaba a retirarlas.
¿Qué era esto? ¿Un Castillo abandonado? por la arquitectura y los acabados de cada pieza que vislumbraba, comenzaba a convencerse de que era así.
Este lugar llevaba años en desuso, lo que quería decir que su salvador habitaba en el lado opuesto del Castillo, la zona que no quería que visitara para que no lo contemplara.
¿Por qué? ¿Qué escondía? Después de conocer a Rex, nada, ni nadie se le antojaba más perverso.
Se observo en un espejo de artesana belleza, seguía poseyendo los mismos ojos, los mismos cabellos. Sin embargo, sabía que algo en él había cambiado.
Ya no era un ciego, un soñador, un ingenuo. Su anfitrión amenazó con devorarlo, asesinarlo, arrancarle los ojos si lo veía al rostro y le creía.
Su voz era gruesa, profunda, de alguien mayor pero educado. Por más que lo intentó, no consiguió hacerse una idea de su imagen. Estaba agotado, necesitaba descansar así que abrió el armario y se encontró con singular número de prendas. Todas de seda o pieles preciosas, las batas de noche tenían bordados. Aquella inicial debía pertenecer a su nombre.
"W"
No conocía mucho de la historia de Gotham, pero estaba seguro de haber llegado a los linderos del pueblo. Su salvador dijo que podía tomar un carruaje y dinero para continuar su sendero y aunque sabía que lo correcto era hacerlo, también recordó la parte en que comentó que no asesinó a Rex.
Luthor estaba vivo, lo estaría esperando en los muelles o buscando en el bosque, enfurecido ante la idea de que se hubiera escapado.
Era peligroso, impensable poner un pie afuera.
Al menos hasta que pudiera defenderse de él.
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Unos golpes contra la puerta llamaron su atención cuando ya estaba bastante entrada la mañana, se desperezó. La cama en que se acurrucó era enorme y cómoda, las sábanas conservaban el aroma a olvido, el pasar de los años no era en vano pero cualquier cosa era mejor a pasar la noche en la intemperie, salió de las mantas y anduvo descalzo hasta que su anfitrión le recordó que no podía mirarlo.
—Tendrás que usar las escaleras de servicio para acceder al jardín lateral y tomar tu comida. No hay cocineros, cocina o nada mejor que te pueda ofrecer. Si deseas alguna carne en específico puedo conseguírtela.
—¿Eres cazador? —preguntó con el corazón en un hilo. Recordando a Rex, repitiéndose que no todos eran como Rex.
—¡SOY EL SEÑOR DE ESTE CASTILLO Y TE HE DADO UNA NUEVA ORDEN! OCUPÁTE DE TU ALIMENTO. —se marchó con fuertes zancadas y él encontró un nuevo juego de vendas y toallas reposando en el baño. También había cubetas con agua fresca.
No lo escuchó entrar en ningún momento de la noche, lo que quería decir que era muy sigiloso o que él tenía el sueño demasiado pesado. Revisó su herida, aún le dolía pero gracias a Dios no se había infectado, cambió sus vendajes y se dejó la bata de noche porque pensar en algo más complicado le lastimaría el brazo.
Siguió las escaleras de servicio hasta terminar en el jardín lateral. Ahí ardía con voracidad una curiosa hoguera, atravesados con un palo se encontraban algunos pescados y algo pequeño que debía ser un conejo.
Los consumió sin recato, jamás había sido quisquilloso con la comida, aunque se le ocurrían unas diez formas de condimentarlos y prepararlos mejor.
Cuando se sació, apagó el fuego con el agua del riachuelo. Los jardines parecían ser una extensión más del bosque: los pastos altos, las hojas sueltas, los animales silvestres corriendo por doquier.
Desde ahí dirigió una vista al Castillo, era tenebroso, de estilo gótico, con altas columnas coronadas por gárgolas.
Una de ellas llamó su atención porque no estaba en el exterior sino en el interior.
Parecía mirarlo de arriba a abajo, él posó sus ojos sobre los suyos y al reconocerlo la gárgola se movió. Desapareció, dejando las cortinas abiertas y él sintió un nuevo estremecimiento en su interior.
¿Sería una alucinación provocada por el terror? ¿O aquella era la identidad de su proveedor?
Habiendo leído todo lo que había querido, recordó las historias sobre el monarca maldito de Gotham. El que se encerró en su Castillo, quién repudió y rechazó a todos al no poder soportar la pérdida de sus padres.
¿En verdad era él?
Otros relatos decían que se recluyó porque era horrendo, nació deforme, un monstruo tan horripilante que orilló a sus padres a suicidarse. De esas historias pasaron años, los mismos que aparentaba tener de abandonado el Castillo.
Él no creía que fueran verdad, es decir. Si fuera real, su anfitrión tendría casi cien años de edad.
Necesitaba conocer la respuesta así que decidió aguardar a que la noche se hiciera espesa. Por el resto de la tarde recorrió los pasillos y las demás habitaciones en su lado del Castillo.
Encontró un salón de lectura, un salón de baile, también un hermoso piano de cola aunque le parecía una lástima que no supiera tocarlo.
En las paredes había retratos de una mujer hermosa de piel morena y largos cabellos castaños, sus ojos eran verdes, ligeramente alargados, sobre su pecho lucía una esmeralda cortada a manera de lágrima. Respecto al caballero que por lo general aparecía a su derecha era de tez clara, cabellos negros, ojos azules y benévolos.
No le quedó la menor duda de que ellos debían ser los monarcas trágicos de Gotham: Bruce Wayne y Talía al Ghul.
Fallecieron en un horrible accidente con tintes de asesinato. De su descendencia lo más que sabía es que engendraron a un único hijo, el nombre no aparecía en ningún libro, ni tampoco su historia. Al morir ellos lo heredó todo, así que no tenía necesidad de salir de su prisión o superar su dolor jamás.
Suspiró.
Porque sus legados se perdieron con el viento, había más familias adineradas y ambiciosas que se hicieron con el poder después de una larga serie de guerras.
Gotham ahora estaba en las manos de los Falcone y sus relaciones eran mas o menos como las de los Luthor con el resto del mundo.
Después de comer en el jardín los restos que guardó del pescado y conejo asado, se encontró con un nuevo juego de puertas. Las abrió de par en par maravillándose con su interior.
Una biblioteca tan extensa que tenía libros de piso a techo, sintió que su corazón sufría un vuelco entero y no dudo en correr por los pasillos hasta donde tenía permitido.
La zona donde las escaleras se bifurcaban en dos.
Su anfitrión estaba en las sombras cómo ya sabía que lo haría, amenazando con arrancarle la cabeza si no volvía.
Eso a él no le importaba, estaba emocionado, eufórico.
—¡Encontré una biblioteca! —gritó como si se tratara del Santo Grial.
—¡ENCIÉRRATE EN ELLA! —gruñó por respuesta, dando zancadas largas, ocultándole su estampa.
—¿Significa que puedo leer lo que quiera? —preguntó porque con tantos libros, jamás se iría.
—INTENTALO. —respondió con lo que le pareció un tono de burla. —MUCHOS VOLÚMENES ESTÁN EN OTRO IDIOMA: ITALIANO, ESPAÑOL, FRANCÉS. YA LO OLVIDÉ
—¿Y…por qué no me enseñas? A…aprendo rápido. —sugirió persiguiendo sus pasos, adentrándose dónde las velas de los candeleros ya no alumbraban.
—¿LO DICES EN SERIO? PORQUE A MÍ ME PARECE TODO LO CONTRARIO, ¡NO HAS ENTENDIDO QUE NO PUEDES ACERCARTE A MI!
—¿Por qué…? —insistió, sin detener sus pasos, aferrando una vela que tomó de la pared y se debatía débilmente en su mano. —¿Es porque los Wayne desaparecieron con el tiempo?
—¿QUÉ…? —gruñó.
—He visto los retratos en las paredes. Sé que tú deberías ser el bis nieto o tátara nieto de Bruce Wayne y Talía al Ghul.
—¡NO PRONUNCIES ESOS NOMBRES! Y REGRESA A TU HABITACIÓN O DESPERTARÁS SOLO Y DESNUDO, A MERCED DE TU CAZADOR EN LO MÁS PROFUNDO DEL BOSQUE
—No…—se negó y aunque le asustó su tono de voz, no creía que fuera a entregarlo a los designios de Rex. Él lo salvó y si los rumores del heredero horrendo y deforme eran ciertos, debía tratarse de una enfermedad hereditaria.
Eso no lo asustaba, él no lo asustaba y se lo informó.
—Déjame ver tu rostro, deseo saber quién eres.
—¿ESTÁS SEGURO DE QUE ESO ES LO QUE QUIERES, JON? —preguntó con la misma sombría voz. Él asintió, olisqueando las sombras, detrás de su cuerpo le parecía que todo eran escombros y podredumbre.
¿Por qué se castigaba así? ¿Por qué insistía en vivir así? El monarca sonrió, desde su posición lo vio: dos hileras de dientes férreos. Su corazón estremeció, la mano que sostenía la vela tembló.
—DE ACUERDO, PERO SI TE ESPANTAS Y SALES POR LA PUERTA PRINCIPAL, NO PODRÁS REGRESAR JAMÁS. —se congeló en su sitio. Su anfitrión comenzó a cerrar la distancia entre sus cuerpos, era enorme: 1.80 o tal vez, dos metros de alto, de constitución robusta y peluda, las manos y los pies terminaban en garras, en su cabeza además de la creciente melena negra, lo que había eran un par de torcidos cuernos.
No era ningún hombre, era algo deforme, profano, maldito.
La vela cayó de sus dedos, junto a la inclemencia de la lluvia y el viento, el aullar de los lobos y de toda criatura existente en el bosque.
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Sus pies se movieron de inmediato, corrió de regreso a su habitación pues si bien, la razón le decía que regresara al bosque, el miedo a Rex Luthor lo obligaba a permanecer en el Castillo.
Sollozó a los pies de la cama, hasta sentirse seco, hasta que el dolor de la herida en su hombro le recordó que estaba vivo y que esto no pertenecía a ningún libro.
Había leído decenas de historias y siempre deseó poder formar parte de alguna de ellas. Dónde el Caballero rescata a la Dama de la inclemencia del Dragón o la despierta con un beso del más puro amor. Dónde existían los conjuros y las maldiciones, la magia buena y mala.
Tal vez, los que escribieron esos cuentos intentaban describir lo que le sucedió. El último monarca de la dinastía Wayne, no estaba enfermo sino maldito.
Se controló y cuando calmo los temblores de su cuerpo salió una vez más de la habitación.
El Señor del Castillo no era malo. No podía ser malvado, si él lo salvó y a su manera procuró.
Un demonio jamás lo haría, un ser maligno de él se aprovecharía.
Tomó una segunda vela y volvió a adentrarse con sigilo en la zona prohibida del Castillo, cómo vaticinó, todo eran escombros y capas tras capas de mugre y polvo, las paredes estaban marcadas por sus afiladas garras, las telas de las cortinas derruidas, los manteles deshechos y los espejos quebrados en su totalidad.
Aquí también había cuadros, retratos familiares de los monarcas junto a un bebé cuya cara fue desgarrada. Quién quiera que fuera, aún amaba y respetaba a sus padres, conocía el sentimiento, es más, lo admiraba.
Otro retrato era de un caballero. No se trataba de Bruce Wayne, lo sabía por la proporción del cuello y los hombros, era un adolescente, ese debía ser él. Sin embargo, el rostro fue arrancado. Lo más que alcanzó a reconocer, era una cabellera negra, tez morena y lo que parecían ser un par de ojos verdes.
No imaginaba cuanto dolor y soledad había soportado hasta ahora pero se hizo una buena idea cuando lo encontró arrodillado frente a una diminuta y resplandeciente rosa negra.
Se disculpó pero la Bestia no lo escuchó, estaba absorto en sus pensamientos, su dolor y mutismo. No podía culparlo, él actuó cómo un total desalmado. Lo intentó de nuevo, acallando el instinto de supervivencia que le decía que saliera lo más rápido que pudiera.
Moriría, moriría, si se quedaba él moriría, pero otra parte de su ser le decía que tenía que mirarlo a la cara.
—Lo lamento. —insistió, justo por detrás de él. A punto de colocar una mano sobre su pelaje.
—¿No te has ido? —preguntó impresionado con la voz entrecortada por el dolor y el llanto. Sintió lástima, pena. Negó con el rostro y añadió.
—No podía irme. No me dijiste si me enseñarías a leer en español, italiano o francés.
—Apréndelo en cualquier otro sitio, toma el dinero y el carruaje, llévatelos todos, haz lo que quieras, pero ya no vuelvas…—su voz y derrota por alguna razón le rompieron el corazón.
No quería irse, no así.
Él lo salvó así que cómo mínimo le debía honestidad.
—Mírame a los ojos…
—¡ES QUE NO HAS VISTO LO SUFICIENTE! —rumió y destrozó lo primero que alcanzó. Él se atemorizó pero no huyó.
—Tienes razón, he visto lo suficiente. Yo conozco a una verdadera Bestia así que por favor, mírame a los ojos. —se sinceró con él aunque omitió la parte de que la Bestia era Rex.
Tal vez no alcanzó a violarlo en el bosque pero ya lo había logrado antes de que se encerrara en el establo.
Lo acorraló de cara a la pared, lo inclinó por el frente y le bajó el pantalón tan rápido que no lo notó hasta que le enterró su miembro duro y enhiesto. No tenía idea de cuantas estocadas fueron, intentó olvidarse de sí mismo, abstraerse del mundo y lo que le estaba sucediendo. Cuando el dolor lo obligó a regresar a la realidad, reunió su fortaleza interna y lo golpeó lo más fuerte que pudo.
Detestaba su fragilidad y vulnerabilidad, dos cosas de las que este "monstruo" se podría aprovechar pero ni siquiera lo había intentado, así que insistió.
—Te diré si eres un monstruo. Confía en mi, yo puedo verlo con mis ojos. —la criatura accedió, inclinándose lo suficiente para que él pudiera mirarlo a los ojos. Eran verdes y alargados como los de su madre, profundos y benévolos como los de su padre. Antes de responder, ya estaba llorando.
No imaginaba qué clase de ser maldito pudo colocar sobre él tan grotesca estampa, ni tampoco se explicaba por qué le dolía contemplarla.
—Ve a dónde te plazca Jon, la bóveda está oculta en el salón de música, detrás del cuadro que decora el piano —sugirió la Bestia, dando la vuelta y él lo aferró, alcanzó una de sus garras y se pegó a su espalda. Siguió lloriqueando durante otro rato y le dijo que él no era ninguna especie de monstruo.
—Lloro porque tu alma es bella.
—No me hagas una broma tan cruel como esa.
—No miento, tienes que creerme.
—Aún si lo hiciera, es demasiado tarde para mi.
—¿Tarde para qué…? —preguntó temeroso y su salvador, se apartó para mostrarle la rosa negra. En lo que discutían más pétalos fueron cayendo hasta que quedó sólo uno.
—La hechicera que me condenó, dijo que mi vida duraría lo mismo que esta flor…
—Estás mintiendo…eso no puede ser cierto…—rechazó la idea con los ojos anegados en llanto. ¿Por qué lo había condenado si él no era malvado?
—Toma lo que quieras, ten una vida plena Jon…—él iba a renegar una vez más pero en ese instante las puertas se abrieron de par en par. Estaban tan absortos en su dramaturgia que habían pasado de los sonidos a su alrededor.
La tormenta, el rugido del viento, el aullar de los lobos.
Quién apareció en el umbral totalmente furioso y empapado era Rex, se arrebató la camisa para atender una cruel herida: un zarpazo que sin lugar a dudas pertenecía a su salvador. Escupió al piso, las botas estaban impregnadas de lodo y sangre, todo en su comportamiento le hacía saber que pasó la noche anterior y esta, asesinando a cuanta criatura lo acechara.
Temió por su vida pero apenas si tuvo oportunidad de reaccionar.
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—¿Pero qué es lo que veo? ¿Mi Bello trofeo se ha prendado del amor de una Bestia? ¿O a caso eres tú, quién le ha prometido los placeres más perversos con ese enorme y peludo cuerpo? —preguntó Luthor con desprecio. El señor del Castillo se colocó protector por delante de él, aunque debía reconocer que lucía mucho menos intimidante que ayer.
Debía ser por la maldición a que estaba sujeto, el último pétalo de la flor.
—¡LÁRGATE! ¡TÚ NO ERES BIENVENIDO EN MI CASTILLO! —bramó pero Rex, apenas y se inmutó.
—¡¿O sino qué?! ¿Me asesinarás con tus afiladas garras? ¡Tú no te enteras de nada pero yo soy el mejor cazador que jamás ha existido! Pondré tu cabeza sobre nuestra cama matrimonial.
—¡FUERA! —advirtió con furia. Midiendo su distancia, estudiando dónde colocar la fatal estocada.
—Hmmmm… ¿Lo valoras tanto porque Jon no te lo ha dicho, cierto?
—¡CÁLLATE! —gritó él, sintiendo que estaba a punto de desmallarse. Rex se relamió de gozo y a su vez, preparó el tiro de gracia. Contrario de sus cavilaciones, no le disparaba a la Bestia, sino a la flor.
—Lo escuché todo. Tu vida pende de un hilo, así que sólo para que tengas con qué entretenerte en el infierno, te diré que Jon ya no puede prometerse, ni desposarse con nadie más. ¡Yo lo hice mío!
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—6—
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El sonido del disparo resonó al mismo tiempo que la negativa de Jon. Ahora entendía por qué le horrorizaba tanto la idea de regresar al bosque o abandonar su Castillo, también comprendió la sinceridad de sus palabras al decir que él podía reconocer a una Bestia.
Atacó al cazador con todo lo que tenía, todo lo que era: el hombre y la bestia, sintió sus garras atravesar la carne, romper sus huesos y llenarse de sangre, lo mismo podía decir de sus colmillos enterrándose en su cuello, separando la cabeza del tronco porque si él iba a morir esta noche, se lo llevaría con él. No quería que lo tocara, que una vez más lo lastimara. Cuando terminó, un dolor demencial lo traspasó, supuso que era el final de sus tiempos, el final de su historia, la magia de Raven arrastrándolo a un lugar de condenación sin final.
Alcanzó a verla: hermosa, fiera. Fue escueta en su declaración.
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—El último pétalo ha caído, mi Señor.
—Lo sé, te llevaste un buen puñado entre ayer y hoy.
—Ahh…eso es porque jamás hablamos de las letras pequeñas en el contrato. Sólo una persona es la que podía amarte: Tu alma gemela, el destinado a ti y si te permití vivir durante tiempo, es porque él, aún no había nacido.
—¿Qué…? —inquirió incrédulo.
—Piénsalo, el primer pétalo cayó hace dieciséis años y Jon es el único que podía amarte porque perdió lo mismo que tú y sin embargo, no dejó que el dolor consumiera su corazón. Siguió adelante, anhelante, dispuesto a encontrarte.
—¿Dices que vas a liberarme?
—Soy una mujer de palabra, aunque tu muerte no cambia en nada. Recibiste una herida de bala que se alojó en tu corazón.
—Sabías que era imposible que estuviéramos juntos desde el principio, ¿No es así? —preguntó mirando hacia el mismo lugar dónde lo hacía la mujer.
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Jon estaba junto a él y su cuerpo había dejado de ser el de una Bestia para mostrar la imagen de un Caballero de incomparable belleza. Estaba desnudo aunque eso, a su acompañante no le importaba, lo abrazaba, le limpiaba la sangre y lloriqueaba mientras lo besuqueaba. No quería que muriera. No le enseñó nada, no le compartió nada, no entendía nada. ¿Por qué fue maldito si con él se comportó como un bendito?
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Raven le pidió que no se marchara. Su espíritu asintió, no es que tuviera muchas ganas de comenzar a retorcerse en el infierno. La hechicera desapareció y se mostró ante Jon, etérea, absoluta, bella.
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—7—
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—Yo lo maldije para que encontrara su corazón. Sin embargo, no contemplé que se enamoraría de ti un cazador.
—¡Eso no era amor! —rumió desecho en llanto, contemplando las hermosas formas del que pudo ser su Señor.
—He roto un juramento al decirle a él lo que voy a confiarte a ti. Ustedes son almas gemelas. Significa que van a encontrarse en cada existencia.
—No puedo esperar tanto y si eres tan poderosa como presumes, vas a arreglarlo.
—Me está prohibido regresar la vida a los muertos. El precio a pagar es muy alto.
—¿Cuál es ese precio? —preguntó sin dudarlo. No le quedaba nada, no tenía nada más que un montón de tumbas y se negaba a enterrarlo a él.
—Vida a cambio de vida.
—Toma la mitad de la mía y dásela a él.
—No estoy segura de que algo como eso funcione.
—Entonces envíame a dónde sea que se encuentre él.
—Su última voluntad fue que tuvieras una vida plena.
—¿Y eso cómo podría ser sin él? —se aferró a sus formas y lloró de nuevo. El cuerpo de su salvador, de su alma gemela comenzaba a ponerse frío. La hechicera dijo que no sería responsable de sus actos.
Intentaría darle la mitad de su vida, pero si no funcionaba, puede que rompieran la línea y ya no se encontraran en ninguna existencia.
—fin—
