Recomendación musical
Radiohead - Creep
Hoy no habrán palabras de saludo, ni nada especial porque me siento fatal. Les dejo el nuevo capítulo. Espero actualizar pronto.
.A LEER.
Los deseos rugieron como un león al verse descubiertos, comprimieron como una letal serpiente los deseos que ella gentilmente estaba dejando ver, dejando tocar y probar.
Jamás pensó que ella sabría tan bien. Jamás pensó que esos labios carnosos supieran exactamente como amoldarse a los propios, seguirle el ritmo, le estaba besando como debió haberla besado hace año, siglos le parecían a sus labios y a sus ambiciones escudriñadas.
Hermione se dejo besar pero también beso, succiono el labio inferior del rubio y se adentro en su boca, danzando con la lengua diestra y hábil de aquel hombre, el hombre que deseaba, ahora lo aceptaba y temía sí, pero el deseo superaba el temor que sentía. El temor lo había vivido la noche anterior y ahora solo quería sentir el deseo que le producía sentirlo haciéndose dueño de sus labios y su torso.
Theodore Nott
La pierna de la castaña rodeaba la cadera del rubio, sus manos acariciaban la parte posterior de su cuello, instándolo a profundizar si había manera aquel beso que se tornaba cada vez más salvaje, desmedido y húmedo. Podía sentir el fuego que irradiaba su entrepierna y como la masculinidad del rubio la presionaba en esa zona sensible de su cuerpo, aquella zona que clamaba por su atención, la debida atención que merecía y presentía que él solo podría darle.
Sintió una de las hábiles manos del rubio adentrarse por aquel vestido horrible de color blanco hasta acariciar y apretar con salvaje erotismo su glúteo. Jadeo sin control, sin poder evitarlo. Lo sintió tomar su otra pierna, la que aún se mantenía en suelo firme, con leves temblores que le indicaban al rubio el nivel de excitación que sufría la castaña. Un nivel de excitación que era comparado al suyo propio.
Su virilidad gritaba por salir de la prisión en la cual se encontraba enclaustrada, presa y anhelante de sentir el fuego que irradiaba hasta su viva esencia. Apretó el muslo de la castaña y la impulso del suelo, haciéndose rodar la cintura por sus tersas y doradas piernas, Hermione ahogo un gemido de impresión y excitación máxima al sentir en su feminidad una presión superior, ahora estaba a su merced, más vulnerable que antes.
- No te reprimas – dijo Draco, con un tono de voz ronco y sensual, que arrastro hasta el lóbulo de su oreja, el cual lamió y mordió levemente. Hermione gimió sin vergüenza, eliminando las prohibiciones que su mente ya no podía soportar, estaba tan malditamente excitada que sentía que en cualquier momento inundaría la habitación.
Se aferro a la espalda desnuda del rubio, no le importo arañarlo, necesitaba fundirse con él. Nunca en su vida, ni siquiera con Ronald en algunas noches de pasiones desenfrenadas había sentido el fuego que en ese momento la carcomía por dentro, un fuego que se aglomeraba en lo más bajo de su vientre y se expandía en forma centrípeta por todo su organismo.
Hermione beso su cuello, aspiro su aroma, el aroma masculino que siempre le había sentido. Lamio la zona más sensible de aquel cuello níveo, por donde pasaba la arteria que alimentaba su cerebro de sangre rica en proteínas y electrolitos. La sangre que ahora fluía con más rapidez por aquellos vasos sanguíneos debido a ella, a sus besos insaciables, las manos que no dejaban de abarcar su espalda y su cuello, presionándolo contra ella, su leve pero perceptible movimiento de cadera que hacía que sus cuerpos se rozaran en un contacto tan efímero pero tan potente que tenía a Draco al borde de la locura, del colapso total de su sistema límbico.
Él la ansiaba, ansiaba sus piernas aferradas a su cintura desnuda, sus pechos que se presionaban contra el suyo propio y que ahora deliberadamente se atrevería a tocar por debajo de ese vestido que le estorbaba como lo hacía toda la ropa de ella en ese momento, estaba ansioso por esos labios que no tenía idea que sabían tan bien ni que fueran tan hábiles, diestros para seguirle el paso. Él la besaba con salvaje dedicación, se adentraba en su boca, danzaba con su lengua, succionaba sus labios, los mordía y cuando ella ya no podía respirar la liberaba solo para apoderarse de su cuello, del lóbulo de su oreja que le parecía tan esponjoso. Apretaba sus muslos que por el mismo Merlín, estaba seguro no había tocado unos tan suaves y tersos, esa bruja tenía un cuerpo escultural a pesar de haber estado encerrada en un calabozo por dos semanas.
Subió sus manos por sus caderas que apretó con fuerza, tal vez más de la necesaria pero él necesitaba escucharla jadear, implorar por más, suplicarle más placer y lo consiguió, ella jadeo contra sus labios y echo su cabeza para atrás, dejando su cuello a la intemperie de los labios hambrientos del rubio que no dudaron en apoderarse de él y succionarlo, otro jadeo gano cuando comenzó a succionar el cuello de la castaña con cuidado, luego aplico más fuerza, énfasis en su tarea de marcarla como suya, de nadie más. Cuando se sintió satisfecho del placer que había generado libero su sensible piel de su amenazante boca y lamio la zona que advertía con ponerse de un color muy llamativo dentro de poco. Soplo un poco y la sintió bajo sus manos erizarse.
Siguió subiendo, sintiendo bajo él la estrecha cintura que delineaba la figura de la mujer que tenia pegada contra la pared, llego al montículo que tanto ansiaba tocar, paso sus manos por debajo del límite que la ropa interior de ella le advertía como frontera y se alisto para adueñarse de esa zona de su cuerpo que clamaba por él, lo sentía, escuchaba su nombre ser clamado por esas dos montañas tersas y suaves, un calor emanaba también de ellos y él obediente y dócil haría caso al llamado del placer que aquellas copas podrían darle.
- Hazme tuya – suplico la castaña entre jadeos. Fue música para Draco escuchar aquella petición por parte de ella y más con ese tono de voz, tan bajo, ronco y sensual, la pego aún más contra la pared, impactando su masculinidad despierta y palpitante contra la feminidad incendiada e inundada al mismo tiempo de ella, zonas de sus cuerpos que aún estaban cubiertas por tela. Ropa que Draco odiaba con toda su alma.
- Calma – dijo él. Necesitaba darle más placer, no quería solo penetrarla, acabar y dejarla allí sin recibir el placer que ella merecía con creces, él quería borrar toda marca del pasado, cicatriz que pudiera no haber sido sanada y eliminada de su cuerpo pero también de su piel, él quería ser irremplazable, inolvidable y por sobre todas las cosas, indispensable.
Hermione arqueo su espalda, sus movimientos con las caderas se hacían más rápidos, quería sentirlo, necesitaba sentir la fricción que le brindaba el cuerpo de él al suyo.
Draco elimino la barrera del sostén de un tirón hacia arriba, lo dejo allí, puesto aún en el cuerpo de la castaña pero subido de su sitio, un sitio que ahora le permitía sentir con libertad sus senos ardientes. Erectos pezones que le indicaban cuanto le deseaban, centros fieros que atestiguaban ser culpables de sentir tanto deseo, gritaban por atención, aullaban por ser acariciados, lamidos y tomados en cuenta. El rubio elevo más el vestido de la castaña y de un ágil movimiento lo paso por encima de su cabeza, no sabía donde lo había lanzado pero tampoco le interesaba en lo absoluto. Se quedo pasmado con lo que veía, cautivado por la tersa piel color caramelo que esa mujer escondió siempre en el colegio y había evitado ver con detalle desde que piso su mansión, esa piel que lo había cautivado un día en el pasado y él se negó a aceptar hasta ese mismo momento. Paso ambas manos por su cintura desnuda, sintiendo como su piel se erizaba ante el contacto de sus manos, subió por sus costados, sintió cada una de las costillas de la castaña y llego al monte elevado que erizado y erecto le daba la bienvenida, sin pensarlo por más de un minuto sumergió su rostro entre ellos y esparció pequeños besos húmedos en su esternón.
- ¡Oh! – exclamo extasiada la castaña cuando una de las manos del rubio atajo su seno y lo abarco por completo, lo apretó con cuidado, el tacto de su piel fría la hizo encorvarse, quería, necesitaba profundizar aquel contacto inminente que le avecinaba placer incesante. Se aferro más a su espalda, arañando sin consideración su limpia y pecosa piel.
Sin mucho preámbulo adentro uno de los botones de un color más tostado que estaba en la cima de la aréola en su boca, la succiono, paso su lengua por el pico erecto que amenazaba con dispararle, mordió suavemente y succiono más. Sabía a caramelo de coco, ¡Por Dios! Esa mujer lo iba a desquiciar de puro placer y culpa.
Placer por sentirse al borde del colapso, sentir su tacto bajo su piel, el contacto de su cadera contra su miembro masculino que iba a estallar en cualquier momento. Sus besos cálidos, salvajes y tiernos al mismo tiempo que lo expropiaban de cualquier maldad o mal sentimiento que pudiera sentir por ella o por la situación en la que estaba embargado. Sus manos que lo acariciaban con ternura y desesperación, ella era los extremos mezclados, era una mezcla perfecta de ingredientes opuestos que producían la perfección.
Culpa por no poder evitar acorralarla y hacerla suya. Él sabía el infierno que se desencadenaría después de esto, lo difícil que sería mantenerla a raya de su mente, lo jodidamente complicado que sería tener que apartarla del peligro inminente que sería un acosador para ella de ahora en adelante. Sentía menos culpa que la debida por ser un egoísta, egoísta de sentirse con el derecho de disfrutar lo que estaba disfrutando aquel momento, aquel pezón dentro de su boca, ese cuerpo ofreciéndose a él en un placentero sacrificio, las manos de ella arañándolo y haciéndolo tan de ella como él, que se estaba apoderando de ella.
Su conciencia gritaba y él muy ávido se hacía el sordo y lo seguiría haciendo. Todo su discurso había caído al suelo cuando la escucho decir su nombre, el nombre que ahora consideraba tan maldito y traedor de mala suerte, en ese instante la verdad lo golpeo y los argumentos lógicos y bien preparados se derrumbaron, Draco, aún resonaba en su cabeza y quería volverla escucharla decirlo pero ahora lo quería escuchar después de producirle el mejor orgasmo de su vida, se haría dueño de ella, remendaría todo su cuerpo y también su alma.
Subió sus labios de nuevo hasta su cuello, succiono de nuevo con malicia aquel cuello que ahora tenía una marca rojiza en él. Beso su quijada, y profundizo en sus labios. De nuevo adentro su lengua en ella, estaba desesperado por sentir su sabor, se pego contra ella, sintiendo la cálida temperatura de sus senos impactar contra su marmoleado pecho, la apretujo contra él, haciendo que el contacto de sus torsos fuera fusionante.
- Señor Malfoy – se escucho detrás de la puerta seguida por tres golpes secos en la puerta. Draco sintió el cuerpo de la castaña tensarse de inmediato y ahogar un gemido de temor.
- Calla – ordeno dócilmente a la castaña. Su voz era demasiado ronca para alzarla, así que carraspeo un poco y sin soltar los muslos de la castaña y el seno que aún oprimía con su mano, exclamo con peor humor del que creía sentir: - ¡¿Qué?! – pudo presentir el desconcierto de Mildred fuera de la habitación pues escucho una exclamación de sorpresa, nunca le había gritado de esa manera.
- Lo siento, señor Malfoy – explico Mildred en un tono de voz completamente sumiso. – Pero el señor Zabini y el señor Nott han venido a verlo y requieren de su presencia inmediatamente, señor. – la voz de la mujer tras la puerta temblaba levemente. Draco miro el rostro de la castaña con atención, las pupilas dilatas, sus labios entreabiertos, su pecho subía y bajaba descompensados por la respiración que en ese momento la acompañaba.
- Diez minutos – respondió de mala gana, sabía que Mildred no tendría la culpa pero estaba realmente frustrado, tener que dejar a la bruja así y dejarse él también de esa manera lo iba a matar y lo peor es que sería lentamente. – Tengo que bajar – se excuso él con suavidad pero no cambio su postura. Hermione lo miro ceñuda, demasiado molesta para disimularlo.
- ¿Seguro? – pregunto esperanzada con la idea de aplazar aquella reunión con Zabini y Nott, ella no podía parar ahora, estaba al borde del orgasmo, un pie ya había cruzado el límite fronterizo para llegar al zenit de los placeres terrenales.
- Tengo que hacerlo – ni siquiera él mismo lo creía pero debía bajar. Que Theo estuviera en su mansión no era tan normal y menos si estaba acompañado con Blaise, algo le daba mala espina, no podía esperar y esto aunque le doliera en el alma y el mismo Salazar lo sabía si podía hacerlo.
Hermione bufo sonoramente y bajo sus piernas de la cintura del rubio, desenredando sus tersas piernas de aquel cuerpo del cual quería haberse empalado. Quería maldecir pero no iba a actuar como una zorrilla adolescente. Desenlazo sus manos detrás del cuello del rubio y sin mirarle de nuevo el rostro para ocultar su ruborizado semblante y su malhumor creciente cogió el vestido que había caído cerca de la puerta de baño.
- Volveré pronto – dijo él con desgana. No quería excusarse con ella pero sabía que si no decía nada se ganaría un frio recibimiento después.
- No se preocupe - ¡Oh vaya! No lo había tuteado, Draco gruño por la bajo y la miro de reojo antes de adentrarse al baño con rapidez. No podía sumergirse en una discusión sin sentido, él estaba igual o más frustrado que ella por tener que parar ese encuentro.
- Estúpida – se reprendió la castaña aun más afectada que antes, una cosa era sentirse frustrada y otra era demostrarle a él aquella frustración. Ella no era una niñita estúpida, era una mujer, guerrera de los tiempos oscuros, perteneciente al trío dorado, representante de la casa de los valientes, lo valerosos gryffindors, el emblema del león sobre un escudo rojo y dorado. No era una estúpida hormonal. Por Dios, no podía sentirse como una estúpida. Pero así se sentía, lo hacía porque sabía que después de verlo de nuevo no tendría el valor de hacer lo que había hecho hasta hacia unos segundos, no podría besarlo de nuevo, no se atrevería a dar un paso hacia él y estaba segura que él no daría el primer paso.
Quería engañarse, afirmarse que aquel impulso desenfrenado fue producto de un ataque de histeria por haber sentido temor a que él muriera, temor que había despertado y desempolvado un centenar de recuerdos bien guardado pero nada más. No era nada más ni sería nada más. Lo que daría por una varita para poder borrarle la memoria y como ñapa, borrársela ella también.
- Voy a durar un rato – dijo él. Había salido del baño con el torso aún descubierto y paño que cubría sus caderas hasta las rodillas – no salgas de la habitación – ordeno. Se acerco a su amplio armario y saco un suéter negro de lana y unos vaqueros negros que parecían pantalones de vestir. Era la primera vez que la castaña lo veía vestir tan informal pero como siempre, de negro. No se coloco ningún calzado, tomo el picaporte de la puerta y antes de salir miro sobre su hombro a la castaña que lo veía desde el otro extremo de la estancia con el vestido ya puesto, noto como apretaba sus manos con nerviosismo – Granger – le dijo con severidad – esto no acabo aquí – advirtió y le guiño con sensualidad un ojo antes de salir con un portazo.
Hermione quiso negar, decirle algo con ímpetu pero él fue más rápido. Ni siquiera le dio tiempo de racionalizar sus palabras a tiempo. Exhalo con resignación y se adentro al baño, tenía que limpiar la humedad que no había sido consumada.
Además, ahora, después del fogonazo inicial, de aquel incendio que incineraba sus neuronas, y que estaba completamente apagado, la realidad la golpeaba. Podía hacer una lista de lo estúpida que era y lo insensata que había sido.
"Era una prisionera de la familia Malfoy, que él pretendiera sentir algo más allá no era nada confiable. Además había muchas esclavas que terminaban siendo usadas para fines sexuales, tal vez él no me violaría como su padre, lo haría de un modo que pareciera complaciente, mutuo pero a la hora de la pequeñita, me mataría o me dejaría morir. No podía confiarme, Draco Malfoy no era confiable. El pasado me lo ha restregado una y otra vez, no podía ceder ahora por algunas palabras profundas y la mirada hambrienta que me había dedicado más de una vez.
Draco era definitivamente un mortifago, ¿Draco?, Malfoy, Malfoy – se repitió una y otra vez en su mente. – Malfoy era un mortifago y no puedo ser mancillada por un ser así, él odiaba a las personas de mi clase, tal vez todo era una treta para obtener mi confianza y posteriormente pistas sobre los restos de la resistencia, con las herramientas adecuadas podría abrir las puertas de mi confianza y sacar lo que quisiera, podría si se empeñaba conseguir el paradero de cada miembro sobreviviente, buscarlo, encontrarlo y matarlo, eso no podía permitirlo. Jamás podría perdonármelo - se suicidaría si algo como aquello llegaba a ocurrir.- Prefería volver a los nauseabundos calabozos, prefería seguir tomando mi propio orine a dejarme manipular por esa serpiente astuta y sin escrúpulos. ¡Maldita sea!".
- No vayas a ser estúpida, Hermione – se reprendió ella misma. Se adentro en el cuarto de ducha y abrió toda la potencia del agua fría, al principio calo sus huesos pero luego simplemente elimino cualquier residuo de llama que flameaba con baja intensidad en su interior. Había tomado una decisión, ofrecería un tratado de paz si él no lo aceptaba entonces que la violara o la matara.
oOo
- Que pasa – exigió saber el rubio al instante en el que entro por la puerta de su despacho, sentados en un mueble de dos plazas estaban Blaise y Theodore vestidos con túnicas completamente negras y mostrando unos aspectos fúnebres, una mueca de angustia y unos ojos de terror que eran superiores en el castaño. Draco se sentó detrás de su escritorio oscuro y amplio para verlos inquisitoriamente - ¿Me van a decir qué carajo quieren?
Ambos ex compañeros de colegio y casa se levantaron del mueble y se acercaron al escritorio, quedando frente a él. Blaise saco su varita e insonorizo la habitación.
- Necesitamos tu ayuda – soltó de pronto el moreno. Nadie podía negar el atractivo de Blaise Zabini, un moreno alto, corpulento pero no desbordante de músculos trabajados con esteroides sino a base de una estricta rutina de ejercicios de resistencia, peso y sobretodo una dieta rica en proteínas. Unos ojos oscuros pero que siempre mostraban un brillo pecaminoso en ellos. Labios carnosos y humectados, labios que cualquier mujer estaría tentada a besar. Su cabello crespo siempre estaba cortado al ras, un corte militar que le hacía lucir más atractivo aún. – Theo necesita tu ayuda.
- Eso no responde mi pregunta – espeto el rubio. Estaba de malhumor, tenía un dolor creciente en la parte media de su cuerpo que palpitaba incontrolable por ser calmada.
- Quiero desertar – dijo sin contenerse el castaño. Theo siempre había sido un delgaducho definido, no tenía mucha masa muscular, eso hacía que siempre la gente se equivocara con él; pensaban que era débil y tonto pero nada más alejado a la realidad. Theo, ese hombre cabello castaño desordenado y algo más largo de lo habitual, ojos cafés oscuros y recios, misántropo por naturaleza, era uno de los mortifagos más hábiles y con inteligencia estratégica más grande que Draco Malfoy haya conocido en mucho tiempo, tal vez solo podía ser superado por él mismo y le era difícil afirmar aquello con un porcentaje irrefutable. Escucharlo decir que quería desertar cuando jamás había mostrado un indicio de ser un traidor a la sangre y mucho menos un cobarde le parecía de lo más extraño. Otra cualidad de Theodore Nott era su nivel de frialdad y sadismo. Draco no conocía a un joven a parte de él mismo que torturara y matara a los mestizos, traidores y sangre-sucias con tanta ahínco y eficiencia como lo hacía el castaño que estaba frente a él casi suplicando que lo ayudara a desertar; nunca daba un golpe suave, siempre torturaba, disfrutaba los gritos de los torturados y le encantaba infligir dolor a sus víctimas. Por eso aquella petición le sonaba a chiste malo.
- ¿Quieres qué? – pregunto incrédulo el rubio, endureciendo el gesto y mirándolo con frialdad. Eran amigos desde hacía mucho tiempo pero la desconfianza se había convertido en la vestimenta del día a día, no podía confiar ni siquiera en su sombra. Había dos posibilidades, le decía la verdad o lo quería hacer caer.
- Desertar – repitió el castaño. Blaise se mantenía en silencio y Draco se sumió en un silencio impasible, mirando con escrutinio a uno de los pocos amigos que tenía en ese cochino mundo.
- Me estás jodiendo – pregunto arrastrando las palabras con peligro. Theo se tenso pero negó con la cabeza. – Mira Nott – usaba su apellido, ellos jamás se llamaban por su apellido y Theo entendió que no creía en sus palabras, no quería explicar los motivos por los cuales estaba anhelando desertar, desaparecer de ese puto mundo y no seguir siendo un mortifago. – Eres el puto mortifago de mayor rango después de mi, de verdad quieres que me coma el maldito cuento que quieres desertar cuando eres un sádico enfermo que le encanta recibir las ordenes del Lord para ir a torturar y matar a cualquier ser viviente que él considere inferior – espeto con un tono de voz que cualquiera podría considerar amable y dulce. Ninguno de los dos hombres frente a él confiaban en ese aspecto relajado, sabían lo letal que podía ser Draco y lo peligroso que era tomarle el pelo – Blaise – llamo de pronto el platino, Blaise lo miro de inmediato - ¿tú también me estás jodiendo?
- Es verdad lo que dice, Draco – justifico el moreno. Él siempre le había tenido cierto respeto al rubio, era su mejor amigo, su lealtad y vida se la debía a él.
- ¡¿Y debería creerlo por?! – el grito los paralizo. Tragaron grueso y Theo carraspeo.
- Embarace a una traidora a la sangre. – Draco lo taladro con la mirada.
- Mátala. – La frialdad con la que dijo aquella frase hizo enmudecer un momento a Theo que lo miro con una oscuridad que jamás había visto tan profunda en su mirada. Entendía perfectamente lo que pasaba ahora y sabía lo que le diría.
- No puedo.
- ¿Por? – pregunto uniendo sus manos y entrelazando sus dedos, coloco su quijada en ellos y lo miro con una sonrisa ladeada.
- La amo – susurro con convicción el castaño. Blaise suspiro y Draco enarco una ceja.
- ¿Quién es? – Era el colmo que Theo le estuviera diciendo semejando cursilería, de todas maneras no confiaba en las palabras de su amigo, no podía hacerlo todavía.
- Luna – comenzó Theo y admiro como Draco lo miraba dudoso – Luna Lovegood – completo el castaño con un carraspeo incomodo en su garganta.
- ¿Por qué crees que voy a ayudarte a desertar y no a entregarte al Lord, cuando evidentemente eres un traidor?
- Porque tú también eres parte de la resistencia – respondió con sinceridad. Draco miro a Blaise y este negó con la cabeza. ¿Cómo diablos sabía Theo eso? – Lo sé desde hace años – aclaro el trigueño – y también porque eres mi amigo, ¿no?
- Necesito que me expliques como diablos tú estás con Lunática y fuiste tan estúpido de embarazarla – exigió con inquietud. Le había sorprendido aquella confesión, ni siquiera recordaba con nitidez a la Lunática. También le sorprendía el conocimiento del trigueño con respecto a su estado de doble agente, solo Blaise lo sabía y Severus por supuesto pero tener a Theo en ese triangulo lo alertaba.
- Lo sé, te contaré todo lo que quieras saber. No quiero abandonar todo, solo quiero que ella este a salvo. – Draco veía la suplica en sus ojos, en su labio tembloroso y en sus manos contraídas – y no le digas Lunática – su tono de voz se endureció.
- Le diré como me dé la gana, si tanto te molesta puedes ir a pedirle ayuda al Lord.
- Sabes que no puedo.
- Así como yo no puedo ayudarte. ¿No podías ser jodidamente inteligente? Eres un mago, ¡por Salazar! Eres un maldito estúpido al pensar que puedo ayudarte con tanta facilidad, si descubre que te ayudo me matará a mi también y bastante mierda tengo ya.
- Hazle la marca – soltó Theo. Draco maldijo sonoramente y encaro a Blaise.
- Lo siento – dijo el moreno retrocediendo.
- Es que tú eres un gilipollas de gran alcurnia – Blaise era el hombre más cotilla que conocía – no se te puede contar puta mierda.
- Se lo conté solo porque era la única forma de salvarla. – Se excuso con rapidez – está embarazada, Draco.
- No es mi hijo – había furia en sus palabras. ¡Por Merlín! Ahora tenía que hacer dos marcas y él todavía no se había recuperado por completo. ¿Para qué carajos se había arriesgado tanto?
- Pero es mío – Theo grito con furia. – Esta bien si no quieres ayudarme, no es una obligación… solo pensé que lo harías porque eres mi maldito amigo, el príncipe de Slytherin, el mortifago más increíble en los últimos tiempos pero no te preocupes, yo solucionare esto. – Theo se encamino hacia la puerta con un claro gesto de decepción y desespero, no tenía ni puta idea de lo que podría hacer, no sabía cómo salvarla, él no podría hacerlo solo. – Gracias Blaise – dijo de espaldas a él. Tomo el picaporte de la puerta y se freno en seco.
- No he dicho que no te ayudare – dijo Draco. Esas palabras fueron bálsamo para los oídos del castaño, soltó el pomo y lo encaro. No podía y tampoco quería disimular su gesto de alivio. – La tendrás que traer en la madrugada a la mansión, vendrá con Blaise. No pueden ser vistos por nadie, le pondré la marca y permanecerá en la casa hasta que todo termine.
- Se darán cuenta – estaba nervioso. Un hijo dura 9 meses en la barriga, la guerra estaba en pleno apogeo – cuando nazca el niño o la niña.
- La guerra acabara antes – sentencio Draco – aquí nadie la verá, la marca la protegerá, si te la llevas a otro lado aunque tenga la marca no podría hacer nada. La distancia sería un impedimento, además ya son muchas personas que la tienen y eso también es complicado.
- Entiendo.
- No puedo hacérsela mañana pero estará a salvo aquí, mañana debo hacérsela a otra persona.
- ¿Quién?
- Eso si no es tu asunto – espeto. - ¿Cuántos meses tiene?
- Tiene 6 semanas – no sería descortés. Respondería cualquier pregunta que Draco le hiciera y sobretodo, entregaría su propia vida con tal de salvar a Luna. Había estado tan desesperado en conseguir ayuda, la única persona que le vino a la mente fue él, solo podía confiar en él y Blaise.
- Esto durará más de diez minutos – dijo de pronto Draco para sí mismo, ambos magos lo escucharon y lo miraron contrariados. Draco se percato que lo había dicho en voz alta y quito importancia con un ademán. ¿Quién le mando a bajar? – Siéntate – ordeno el rubio. Theo se sentó frente a él mientras Blaise se ubicaba en el mueble de dos plazas que había ocupado hacía un rato. – Esto te va a doler – aviso con una sonrisa maliciosa, Theo bufo y rodo los ojos, sabía lo que venía y sabía que Draco no sería para nada sutil. Asintió con lentitud y tomo asiento, lo miro con precaución y tomo los apoyabrazos con fuerza, aferrándose a ellos con la decisión de arriesgar todo lo que tenía y lo haría para poder tener un ápice de esperanza en conseguir todo lo que realmente quería y lo que ahora quería ser.
- Esto será largo– alerto el castaño antes de morder sus labios con fuerza, aferrarse a la silla y cerrar los ojos con empeñó. Expiro todo el aire de sus pulmones, intento relajarse y permitió la brutal entrada de una mente extranjera a la suya. El poder era superior al que pensaba. Definitivamente estaba frente al mejor mago del mundo en habilidades de legeremancia y oclumancia.
Theo estaba parado en las ruinas de una antigua casa con arquitectura extraña, estaba en una pradera extensa, unas 20 hectáreas de pasto y la casa en el centro. Tenía un observatorio en lo más alto, con un gran telescopio apuntando al cielo, la casa estaba al borde del derrumbe. Había sido el líder de un pequeño grupo de mortifagos noveles que arrasaron con la vida de todos los animales que había allí y también con la del patriarca de aquel peculiar lugar. Xenophilius Lovegood.
Cuando Theo se acerco al cuerpo inerte del hombre rubio con ojos cerrados y semblante descompuesto escucho un gimoteo desesperado frente a él.
Una mujer uno o dos años menos que él, estaba agonizando cerca del cuerpo inerte, tenía los ojos llorosos pero aún así de un color azul cielo y un cabello largo y enrulado de color rubio.
La reconoció de inmediato, Lunática Lovegood.
- ¿Sigues viva? – pregunto con desagrado. Los novatos no sabían hacer nada bien, mataban a uno y dejaban viva a la hija. Que incompetentes, pronto les daría una lección, si él decía maten a todos, era maten a todos.
Luna escupía sangre sin control, su mano derecha sostenía su costado, evitando que se desangrara por la herida que le había ocasionado algún objeto punzo cortante o tal vez un hechizo torturador. Lo que le parecía extraño al misántropo era que aquella joven bruja no tenía en sus ojos rastro de temor, tampoco de odio. Solo veía el dolor de la pérdida de su padre y el dolor físico que seguro estaba sintiendo en ese momento.
- No te preocupes, Lunática, acabaré con tu vida – amenazo el joven. Se coloco a la altura de la joven y la vio sonreír, ¿sonreír? Esa mujer le estaba sonriendo con sinceridad, definitivamente si estaba loca.
- Pue… - intentaba decir algo pero la sangre acumulada en su garganta le imposibilitaba articular alguna palabra coherente.
- ¿Qué? – pregunto con una sonrisa ladeada el joven. Sabía lo que le diría esa joven, suplicaría por su vida, rogaría porque no la matara. Siempre actuaban así antes de morir, la gente siempre suplicaba cuando estaban al borde del abismo, cuando la muerte les tendía la mano para presentarse. Lo hacían los magos más agiles, hombres férreos y déspotas en vida y que al momento de la verdad, en el instante en el que la muerte se les paraba enfrente se orinaban de terror y suplicaban clemencia y absolución.
- Pue… - intento de nuevo la rubia pero no pudo. Theo frunció el ceño, quería escucharla suplicar.
- Piénsalo y lo sabré – ordeno él. Luna lo miro confundida pero cerró los ojos, abrió su mente, allí estaba su petición.
- Mátame en el jardín, por favor – Theo abrió los ojos de par en par, esa insensata mujer no le estaba suplicando, no, le estaba pidiendo que por favor la matara lejos de aquella inmundicia.
- ¿Qué? – pregunto incrédulo.
- Por favor, no quiero morir viendo esto, solo quiero ver el cielo por última vez – leyó Theo en la mente de Luna. ¿Quién era esa mujer? De paso le sonreía, esa mujer le estaba sonriendo a su asesino. Theo bufo, puso su mano en el brazo de la mujer y se desapareció. No entendía porque hacía eso pero algo en su interior se apiado de ella y eso lo asustaba aún más.
Estaban en un acantilado que daba una vista al mar espectacular. El cielo estaba tan azul y despejado que no parecía invierno. La grama que adornaba el suelo de aquel lugar le hizo cosquillas a Luna en la espalda, sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas pero para consternación de Theo seguía sonriendo, sus labios estaban elevados en las comisuras mostrando una sonrisa llena de sangre pero que transmitía paz.
- ¿Quieres morir? – pregunto de nuevo, estaba de pie frente al acantilado. Sopesando la sorpresa de encontrar a una persona que ni le temía ni le suplicaba.
- No – aquella negación resonó en la mente de Luna pero hizo eco en la de Theo.
- No suplicas clemencia – dijo más para sí mismo pero Luna respondió.
- ¿Serviría de algo, Theodore? – pregunto ella con una calma que no se acoplaba a su estado. Ella le había reconocido por supuesto y osaba con llamarlo por su nombre, y lo peor es que sonaba muy bien ¡Por Merlín! Theo volteo y la vio allí, viendo con su rostro lleno de sangre el mar y el cielo que se unían en el horizonte lejano. Sus labios repletos de sangre liquida y algunos pequeños coágulos que debían haber sido líquidos hacía mucho rato adornaban sus mejillas que en algún momento debieron haber estado teñidas de rubor. Su costado brotando sangre sin tregua y su mirada, esa maldita mirada cordial que no había cambiado en ningún momento. Y ahora le llamaba por su nombre y de paso le hacía una pregunta que lo hacía vacilar, a él, él nunca vacilaba, él jamás dudaba ni titubeaba para conjurar, hechizar o matar y no entendía porque de pronto lo estaba sintiendo.
- Realmente no.
- Lo sé – dijo ella, la fuerza de sus pensamientos se perdía, Theo estaba seguro en no tener que matarla, estaba muriendo lentamente. La escuchaba agonizar tras él, borbotones de sangre salían de sus rosados labios que cada vez se tornaban más azules. – Gracias, Theodore, siempre me ha gustado el cielo – la última palabra fue apenas un susurro en la mente de la rubia. Theo volteo a verla y la encontró con los ojos cerrados y la maldita sonrisa intacta, ancha y sincera.
Por primera vez en su vida, no se jactaba de una vida larga pero si de una bastante vivida y más para alguien con apenas 25 años. Pero por primera vez en esos años no le habían suplicado por su vida, por una vez en su existencia le habían pedido un favor, sabiendo que él podría negarse porque vaya que no había razón lógica para no haberse negado. Podía haberlo dejado morir desangrada en su antigua casa que ahora seguramente ni siquiera existía, podía haberlo matado de un solo acto, sin condescendencia, clemencia ni piedad.
Pero… pero ella le había pedido con cordialidad ver una última vez el cielo, admirar la inmensidad atmosférica.
Con esos ojos grandes, expresivos y azules como el cielo que amaba lo había mirado y le había pedido sin asomo de miedo, pánico o cualquier sinónimo de temor que debería sentir un favor. Maldita sea.
oOo
Ahora estaba en una habitación oscura, con una amplia cama en el centro. Esa habitación era muy parecida a la suya propia, no le costó reconocerla como la habitación de Theo.
- Hola – escucho decir. Era una voz pastosa, aguda y con un volumen muy bajo. - ¿Estoy en el limbo? – Draco admiraba como Theo estaba ubicado en el centro de aquel lugar con un aspecto tétrico, inmóvil y con un gesto glacial. Sabía lo que había hecho y supuso lo difícil que le era contarle todo lo que ahora le mostraba.
- Hola – repitió la rubia. Aferro sus manos al cobertor que la tapaba y parpadeo un par de veces. Sentía la boca seca.
- A tu lado esta un vaso con agua – sentencio Theo desde su posición. Su tono de voz era tan seco como siempre pero no perdía de vista los gestos de Luna, ella ni se inmuto por su voz y tampoco pareció sorprendida, alargo su brazo que le parecía en extremo pesado y tomo el vaso, solo un pequeño sorbo de agua le basto para comprobar que su estomago estaba completamente cerrado y que no podría tomar mucho más.
- Gracias – dijo ella. Coloco el vaso de agua de nuevo en la mesilla de noche y exhalo el aire frio que contenía en sus pulmones. Sentía un dolor punzante en su costado, su boca pasmosa y le dolía bastante la cabeza. Cerró los ojos nuevamente con tranquilidad, sumiéndose en un sueño donde estaba de nuevo en un acantilado, siendo acariciada por la suave brisa de aquel día que no parecía invernal.
oOo
- Tenía la leve sospecha que no eras completamente malo – la voz de la rubia seguía sonando débil pero no tan pasmosa ni seca como la primera vez que despertó, esta vez sí tomo el vaso con agua completamente y miro el rincón de la habitación donde sospechaba que se encontraba Theo. Podía sentir su presencia en ese lugar, él no se acercaba, no salía de las sombras pero podía sentir sus ojos observándola con sigilo y premeditación. – Siento haber sido tan molesta.
- ¿Molesta? – la voz de Theo resonó en todo el cuarto. Ella, esa bruja insolente, extraña y… ¿se estaba disculpando con él?
- No creo que haya sido buena idea haberme traído a tu habitación, te pueden hacer daño. – Esto era algo completamente fuera de serie, se preocupaba por su salubridad. Quiso carcajearse fríamente frente a ella pero sus ojos solo la miraron con mayor intensidad.
- No, no pueden – y esa era la verdad. ¿Qué más daño le podían hacer? Él sabía lo que se sentía en carne propia cada tortura que era lanzada a los sangre-sucias y muggles ahora. Él las había sentido por mano de su dulce y recto padre… sus reglas siempre habían sido claras, un hombre recto y fuerte aguanta todo, así lo criaron, educaron e inculcaron cada valor que ahora lo formaba. Él no podía sufrir una sola tortura que no hubiera sentido ya. Solo podían matarlo y eso realmente era lo que había anhelado desde hacía mucho tiempo, lástima que todos contra los que se enfrentaba fueran tan incompetentes que no lograban hacerle nunca nada serio.
- Siempre hay formas de lastimar a la gente, Theodore – dijo con simpleza. Theo percibió el entristecimiento en los ojos azules de aquella peculiar mujer y asintió imperceptiblemente. Él mismo la había lastimado, había ordenado matar a su padre y también a ella pero como siempre la vida y sus juegos macabros le habían jugado una putada y le habían dado la desgracia de conocer a esa mujer y de paso darle la oportunidad de salvarla.
Maldita sea, él jamás había sido compasivo, él era un puto misántropo que odia…
- De todas maneras, gracias – sus palabras, aquel agradecimiento tan sincero silencio sus pensamientos autolesionantes.
- No tienes porque darme ningún agradecimiento.
- Si, si debo hacerlo – replico Luna con parsimonia. Se había sentado en la cama y ahora lo miraba con intensidad, él sabía que ella no podía verlo entre tanta oscuridad, aún así podía sentir las orbes azules clavadas en su oscura mirada.
- ¿Por qué? – pregunto en apenas un susurro.
- No tenías porque salvarme.
- Fue un capricho – espeto él con acidez. Luna sonrió con alegría, ladeo su rostro y carcajeo sonoramente. - ¿Qué?
- Estoy pensando que podrías ser un camaleón – Theo la miro con pasmo. No había asomo de burla y tampoco malicia.
- ¿Qué dices?
- Realmente no te veo – respondió con una sonrisa pero aquella sonrisa se esfumo de sus labios, agudizo su mirada y la clavo de lleno en los ojos cafés de Theo – pero puedo sentir tu soledad y tristeza desde aquí – una daga se había clavado en sus entrañas en ese momento. Maldita vida y malditos juegos que siempre lo hacían perder.
- Estás loca – afirmo con desgana, aparentando que sus palabras no habían sido tomadas en cuenta. Pero Luna había pertenecido a la gran casa de la inteligencia, Ravenclaw no la había acogido por ser solamente única y diferente. No, Ravenclaw la acogió porque vio en ella la inteligencia del halcón, visión de un fénix y agilidad de una araña.
- Eso me dicen siempre, Theodore Nott – sus palabras eran tan dulces que parecía que en cualquier momento te empegostarías. – pero también soy inteligente, siempre obtuve las mejores notas en el colegio – comento orgullosa, sus manos estaban en su regazo, jugando entre ellas – pude ver algo en ti y entiendo también que no lo hayas visto todavía, supongo que en un futuro será tú turno de darme las gracias – lo decía con tanta seguridad que a Theo lo único que le provocaba era torturarla.
- Debes descansar – ordeno antes de salir de la habitación.
Luna pasó semanas en la habitación mejorándose, todas las mañanas iba un pequeño elfo y le llevaba el desayuno, al mediodía el almuerzo y antes del anochecer le llevaba una suculenta cena. Luna a la quinta semana de estar encerrada comenzó a entablar o a intentar hablar con el elfo que la atendía.
- Hola – cada vez que intentaba saludarle, hablarle o tocarlo un pequeño puff lo hacía desaparecer. Él la miraba aterrado y al mismo tiempo con tanto respecto y admiración.
Estaba tan aburrida allí, metida en la habitación sola todos los días. Theo no la había ido a visitar en más de un mes. No escuchaba nada en los pasillos, los jardines se mantenían siempre solos y ya ni siquiera le apetecía ver el cielo azul o las estrellas de la noche.
- ¡Por favor! – exclamo suplicando la rubia cuando el pequeño elfo estaba a punto de desaparecer, tenía los ojos llorosos y lo miro implorando.
- El buen Pinky no quiere hacerla llorar pero el amo Theodore no quiere que le hable – se excuso él con pena.
- No se lo diré, por favor – suplico de nuevo. No podía pasar más tiempo allí, sola y sin nada que hacer. Solamente comía y se bañaba, absolutamente nada más. Ni siquiera se divertía hablando con ella misma ya.
- ¿Qué desea la señorita? – pregunto dándose por vencido el elfo.
- Veo que te llamas Pinky – respondió ella con mejor semblante, sus ojos brillaban de nuevo y evaporaban las lágrimas que habían amenazado con salir.
- Si señorita – afirmo el elfo. Luna se bajo de la cama y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo.
- ¿Cómo estás? – pregunto de nuevo. Se formaba una sonrisa en sus labios.
- Bien señorita.
- Dime Luna – el elfo se sentó también en el piso y miro embelesado a esa joven bruja con gesto cordial y mirada risueña, le había roto el corazón haberla visto tan apática y llorosa. Sabía que lo que estaba haciendo era completamente una locura, podría ganarse un castigo realmente malo y su amo Theo no era precisamente piadoso con ellos. - ¿Cómo te tratan, Pinky?
- Bueno señorita, nunca me han torturado más de tres horas, así que supongo que bien – aquella confesión abrumo a la rubia que lo miro entre sorprendida y ofendida. ¿Tres horas seguidas de tortura era bueno? Dios mío, no quería imaginar que les parecía mal.
- Ojala no te torturaran, Pinky – dijo ella.
- Uno hace lo que puede – aquella resignación era tan deprimente que hizo lagrimear a Luna sin poder evitarlo - ¡Oh!, siento hacerla llorar – el elfo iba a comenzar a lastimarse hasta que sintió la mano de Luna tocándole el antebrazo.
- ¿Quieres un abrazo? – pregunto ella. El elfo la miro espantado.
- ¿Qué?
- ¿Si quieres un abrazo? – esta vez fue el turno del elfo de llorar. Luna sabía que era un elfo joven, parecía un niño pequeño que estaban adiestrando para ser un esclavo, notaba en sus saltones ojos verdes grama la inocencia aún no corrompida por los abusos inhumanos a los que se acostumbraban con el pasar del tiempo. Pinky asintió con vehemencia. Luna se acerco con lentitud hacía él y lo abrazo con cariño. Ella también necesitaba ese abrazo, y se sentía tan cálido y reconfortante, las pequeñas manitas del elfo rodearon su cuello y sollozaron en la blusa que llevaba la rubia, ella por su parte exhalo y sonrió. Qué bien se sentía abrazar a alguien, recomponer las piezas rotas que a veces se desmoronaban en los seres vivos a causa del maltrato que muchas veces viven. Ella consideraba y siempre consideraría que la bondad era lo que podría sanar un corazón roto o un alma descarrilada.
- ¡Lárgate! – escucharon ambos. La voz era tan terrible que no pudieron evitar temblar de pies a cabezas, la puerta estaba abierta de par en par y bajo su umbral estaba Theo con el ceño fruncido y los labios en línea recta. - ¡Lárgate! – grito de nuevo. Un pequeño puff escucho Luna antes de sentirse completamente sola y vulnerable, Pinky ya no la abrazaba. Lo miro a los ojos y solo pudo admirar alquitrán espeso y oscuro, el alquitrán de su alma saliendo a flote. - ¿Quién te ha dado el maldito derecho de tratar a esa escoria de elfo? – escupía las palabras con veneno. El pequeño haz de luz que Luna había visto en él ahora parecía un absoluto espejismo.
- Es un ser vivo y es un niño – Theo se acerco a ella en un par de zancadas y le bofeteo el rostro. Sentía un ardor apoderarse de sus ojos pero los obligo a secarse, ella no era una tonta ni una loca como todos decían. – Puedes hacerme lo que quieras, Theodore Nott – afirmo ella con dureza – pero no cambiare mi esencia para que la oscuridad que tratas de adoptar se mantenga intacta - lo miro directamente a los ojos. Desafiando a su presencia a que la bofeteara de nuevo, ella no menguaría su esencia. Sentía su mejilla arder pero sus ojos estaban impasibles y mirándolo con desafío.
- Eres una estúpida – espeto. Quería matarla, su mano cosquilleaba para que empuñara su varita y matarla en un solo movimiento pero no podía. ¿Por qué no podía? – Debería matarte – dijo de nuevo. Luna lo miro confundida, ladeando su rostro y achinando sus ojos.
- ¿Deberías? – repitió en un susurro. Theo se acerco a ella.
- Tu maldita tendencia a la locura se define en que eres una estúpida filántropa.- Luna sonrío… ¿Por qué tenía que sonreírle? ¿Por qué sonreía?
- Tienes miedo – dijo Luna de pronto, viéndolo directamente a los ojos. Retrocediendo los pasos que Theo avanzaba hacia ella, no lo hacía de modo consciente pero de igual forma lo hacía. De pronto Luna entendía todo. El comportamiento, la mirada, hasta la ropa negra y el cabello largo.
- ¿Miedo? – bufo con sarcasmo. Luna asintió, su sonrisa no se desaparecía y eso lo desconcertó más. - ¿De qué podría tener miedo?
- A no ser tan malo como crees ser - ¿Por qué hablaba con tanta seguridad esa mínima rubia que era dos cabezas más pequeña que él?
- Eres más estúpida de lo que pareces – veneno, debía soltar tanto veneno como pudiera.
- No te preocupes, Theodore Nott – Theo afilo la mirada – tu secreto está seguro conmigo. – Theo tenía que matarla en ese momento, torturarla para demostrarle que era una estúpida, que sus palabras no eran más que afirmaciones vacías, que ella estaba completamente equivocada y él no tenía un gramo de bondad en su interior, él era un mortifago, un misántropo empedernido que amaba la soledad. ¿Entonces por qué no la mataste? ¿Por qué no la dejaste morir desangrada? ¿Por qué le ves los labios tan intensamente? Pensaba una y otra vez, se recriminaba sin cesar.
- No vuelvas a hablar con el elfo – ordeno él y se dio la vuelta para salir.
- Lo siento - ¿Por qué se disculpaba? – me disculparé con él por lo que le harás y no volveré a dirigirle la palabra. – Theo se volteo en el acto y la miro. Sus ojos de pronto se habían empañados por lágrimas rebeldes que no quería dejar salir.
- ¿Tanto te importa? – pregunto con seriedad. Luna asintió – No le haré nada. – Prometió él y lo peor de todo es que no sabía por qué lo había hecho pero se sintió inmensamente bien ver como el semblante de ella cambio de pronto, sus ojos brillaron por un instante y la comisura de sus labios carnosos y rosados se elevaron en una sonrisa, esas malditas sonrisas que lo descompensaban.
- Gracias – Theo esperaba recibir aquel agradecimiento, lo que no espero es que Luna se colocara de puntillas y rozara sus labios en un suave beso. Una caricia entre su calidez desbordante y la frialdad de él. No tuvo tiempo de cerrar los ojos, admiro como ella se ruborizo, se coloco de puntillas y entreabrió los labios para besarlo. Como escucho sus latidos acelerarse y su respiración descompensarse. ¿Por qué le había besado?
- ¿Por qué hiciste eso? – pregunto. No habría podido ignorar aquel acto tan extraño. Luna regreso a su puesto y lo miro completamente ruborizada, lucía tan inocente y al mismo tiempo deseable.
- También quiero salvarte a ti – confeso con esa maldita sonrisa desesperante.
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Theo jugaba con los dedos de Luna, midiendo sus manos en juegos imaginarios que Luna se encargaba de inventar y Theo en disfrutar.
- Cuando acabe la guerra tal vez podamos viajar por el mundo – dijo de pronto Luna. Estaban acostados encima de la cama, en la misma habitación donde llevaba más de tres meses, 14 semanas para ser exacta.
- Tal vez no sobreviva para cuando acabe esta guerra – confeso Theo. Luna se quedo inmóvil un momento. El castaño la observo y noto como había tensado su mandíbula y oscurecido su brillante mirada – pero por supuesto que si logro hacerlo me gustaría viajar contigo. – Agrego rápidamente, la tensión disminuía en Luna pero algo había cambiado en ella después de la afirmación del castaño.
- Theo – le llamo ella, se habían silenciado por un largo rato.
- Dime.
- Quiero confesarte algo muy importante – la seriedad de sus palabras tenso el cuerpo del trigueño de inmediato.
- ¿Qué? – pregunto con pesar.
- Creo que te amo – Theo podía jurar que alguien le había metido una granada por el ombligo, dejado en su intestino delgado y activado para que explotara en ese preciso momento. Su respiración se descontrolo, su corazón bombeo tanta sangre que un elefante habría podido vivir con un corazón de su tamaño y potencia, sus ojos se eclipsaron por el placer de ver aquel sonido tornarse color frente a él, los oídos se adormecieron evitando que cualquier ruido ahogara esa canción de amor que ella le acababa de proferir.
Theo se volteo sobre ella y la miro a los ojos, directamente a sus perlas azules que irradiaban y desbordaban la bondad que él jamás podría tener pero que le fascinaba poder contemplar en ella. Los labios de Luna estaban entreabiertos, sonriéndole y expectantes a lo que vendría.
Él la beso, hundió sus manos en su enmarañado cabello rubio y se fundió en un beso apasionado, él no podía contestarle aquella confesión con palabras, consideraba sacrilegio mancillar aquel sentimiento con su voz. No podía decirle que también la amaba porque se quedaría corto.
Lo supo en el momento en que dejo que viviera, lo admitió cuando ella rozo sus labios por primera vez, afirmaba cada día desde que la vio despertar después de haber hecho de todo para salvarla de las torturas y hemorragias que por sus propias ordenes ella había sufrido.
¿Cómo le decía que lo que él sentía era algo mayor al amor? No podía hacerlo, era demasiado cobarde para admitir que la luz que ella irradiaba era lo que le había devuelto el corazón, su presencia lo había hecho retroceder del abismo donde siempre se había encontrado. ¡Por Merlín! Ella era el único motivo por el cual ahora se arriesgaba.
Beso sus labios sin contemplación, la necesitaba. Necesitaba confesar de un modo diferente la intensidad de sus sentimientos, la verdad de todas sus mentiras, desenmascarar su rostro para siempre, mostrarse tan autentico como podía, solo para ella. Solo ella conocería lo que era realmente, solo a ella mostraría la pequeña rendija de luz que había logrado salvar de la oscuridad que lo rodeaba y se acoplaba a su ser. Ella lo merecía porque él sabía que definitivamente él no la merecía a ella.
Luna le siguió el ritmo tanto como pudo, besándolo y dejándose profanar la boca por la hábil lengua del misántropo que solo le agradaba estar con ella. Acaricio sus brazos formados, sus mejillas y entrelazo sus dedos por detrás de su cabeza, regalando pequeñas caricias a su cabello, instándolo continuamente a que profundizara todo lo que quisiera, lo que anhelaba hacerle.
Ella veía en su mirada las palabras que sus labios no podían proferir y ella no exigía absolutamente nada. No sentía la necesidad de escuchar nada, sentirlo era suficiente analgésico para su cuerpo, sus besos eran la comida celeste que necesitaba su alma y su mirada oscura que cada día se aclaraba un poco más era lo que su alma había necesitado para complementarse.
En el mundo donde todos nacían completos, ella sentía que él se acoplaba a su ser, haciéndola capaz de ser todo lo que añorara.
- Te amo – repitió ella en el momento que él libero sus labios y beso su cuello. Theo pensó que explotaría de placer en ese momento – Hazme el amor – le pidió con delicadeza, tomando su rostro con sus delicadas manos y haciéndolo mirarla, mostrándole que no había ningún fragmento de duda en ella. Quería que él fuera el primero. Theo la miro interrogante, confundido y por sobretodo excitado.
- ¿Segura? – pregunto con voz ronca. Ella asintió con seguridad.
- Más que nunca – seguridad, decisión y amor irradiaban sus palabras. - ¿Quieres que repita el por qué quiero que lo hagas? – pregunto ella. Theo la miro con más intensidad, fundiéndose en su mirada… asintió frente a ella, rozando sus labios, ella sonrío.
- Hazme tuya, Theodore – comenzó con sensualidad, una sensualidad que solo él podía escuchar e intentaría mantener para él – porque Te amo.
No basto nada más. Ni una sola palabra para saber lo que tenía que hacer y lo que anhelaba hacer.
oOo
- Theodore – llamo Luna con delicadeza. Estaban en el amplio jardín de la inmensa mansión de los Nott. El día estaba completamente nublado y apunto estaba de desencadenarse una tormenta.
- Luna, ¿sabes que puedes decirme Theo? – bromeo él.
- Me gusta llamarte Theodore – afirmo ella rozando sus labios con tranquilidad. Estaba recostada en la grama de aquel jardín, la primera gota de lluvia había caído en su mejilla.
- Pues… a mí me gusta que tú me llames así – concedió el castaño.
- Theodore, ¿falta mucho para que la guerra acabe? – era la primera vez que ella preguntaba algo así, la miro directamente a los ojos y pudo apreciar un atisbo de preocupación que nunca antes había visto.
- ¿Por qué lo preguntas?
- Respóndeme – exigió con delicadeza. No lo miraba, solo estaba viendo al cielo. La segunda gota de lluvia cayó en la frente de Luna y la primera en el dorso de la mano de Theo. Él estaba sentado en la grama al lado de ella.
- No creo que acabe pronto – respondió. Estaba extraña, muy extraña. La examino con sigilo, sus ojos miraban el cielo gris sobre ella, sus labios no mostraban la habitual sonrisa que mantenía plasmada en sus labios, una de sus manos acariciaba el césped donde estaba recostada y la otra mano estaba sobre su vientre, acariciándolo casi imperceptiblemente.
Una bala de cañón fue lo que sintió golpear su encéfalo. Espabilo, trago grueso, mil clavos acababan de pasar a través de su garganta.
- Luna – llamo él. Luna lo miro - ¿Por qué preguntas eso?
- Porque – comenzó, las palabras no querían salir de sus labios. De pronto la realidad lo abofeteo con más fuerza, él sabía la respuesta. La miro alarmado y ensombrecido, acorralado ante el acantilado donde sería lanzado a la muerte. Que idiota había sido al no utilizar muchas veces el hechizo anticonceptivo y dejarse llevar por la lujuria desenfrenada que ella despertaba en él interminablemente. ¿Qué iba a hacer?
- Mierda – escupió parándose del sitio y caminando de un lado a otro – mierda – repitió con más fuerza mientras pasaba las manos por su cabello, desordenándolo un poco - ¡Maldita sea! – exclamo en una explosión que tenso a Luna.
- De verdad lo siento – dijo ella en un susurro. Lo había descubierto ese mismo día, tenía una falta de su periodo y ella siempre había sido muy regular. Cuando Pinky le llevo el desayuno a su habitación le imploro que la ayudara a saber si estaba o no estaba embarazada y el amable elfo había accedido. El resultado la desarmo por completo. Un gran positivo era la respuesta y Pinky le había afirmado que posiblemente era semanas de gestación lo que tenía en ese momento.
Quedar embarazada en plena guerra era lo más insensato del mundo. No. Lo más insensato era quedar embarazada de un mortifago en plena guerra cuando tú eras una traidora a la sangre, miembro de la resistencia. Eso si era insensato.
- No tienes porque disculparte – grito Theo. Luna soltó una lágrima, cuando el castaño advirtió lo que había provocado se arrodillo ante ella y le tomo las manos – No tienes porque disculparte – repitió él con calma – hemos sido los dos, tu irresistible presencia y mi insensato deseo – quiso bromear, aligerar el peso de una muerte segura – no pasará nada.
- No quiero perderlo – confeso ella. Maldita sea, pensaba una y otra vez Theo. ¿Cómo iba a tener un hijo? ¿Cómo podía salvarla?
- Tendremos que escapar entonces – zanjo él como única solución factible.
- Te encontraran y sabemos que pasará después – explico ella. Theo no podía pensar con claridad. Menos mal la coherencia no la había perdido ella.
- ¡Mierda! – exclamo con desespero. Hundió su rostro en las manos de Luna y bufo sonoramente - ¿Qué hago?
- ¿Algún amigo?
- Los mortifagos no tienen amigos – espeto con más veneno del necesario. Luna frunció el ceño y carraspeo – Lo siento.
- ¿Y Theodore tiene amigos? – pregunto de nuevo la rubia. Theo la miro ceñudo, él no tenía amigos, nadie le ayudaría a salvarla a ella y tampoco a su hijo.
- Draco – respondió de pronto.
- ¿Draco Malfoy? – pregunto confundida. Theo asintió.
- Blaise también – menciono de nuevo – solo ellos.
- ¿Crees que te ayuden? – pregunto esperanzada.
- No lo sé, ya no estamos en el colegio – tenía que intentarlo, salvarla era su prioridad. No quería imaginar lo que le harían si descubrían su presencia, la torturarían hasta la muerte si se enteraban que él no la había asesinado. Lo matarían después de hacerle ver como la mataban a ella, como le sacaban a su hijo del vientre sin anestesia, en medio de gritos y dolor. No podía permitirlo.
- Habla con ellos.
- Draco es un hijo de puta – espeto él con desgana. Era su mejor amigo y lo aceptaba pero también sabía el temperamento tan insoportable que tenía y ahora que el Lord les había dado puestos competitivos no sabía si podría confiar en él o si él confiaría en su palabra.
- Si es tu amigo, te ayudara – afirmo Luna. Theo sonrió o ladeo sus labios en un atisbo de sonrisa, su confianza, aquel optimismo tan superfluo a veces lo desconcertaba.
- Si me mata o me entrega, ya sabes que hacer – pronunció. Luna asintió y beso sus labios antes que Theo se desapareciera y la dejara sola en el jardín. Las gotas de lluvia caían ahora sin piedad, inundándola y haciéndola sentir más viva que nunca pero también temerosa.
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- ¿Con qué hijo de puta? – pregunto irónico el rubio. Theo suspiro, aquella interrupción a su mente y más tan potente le había mareado un poco. Agradecía internamente que el rubio haya tenido la decencia de no mirar ninguno de sus encuentros íntimos con Luna pero todo lo demás lo había visto, cada conversación, beso, abrazo, confesión. Draco Malfoy ahora sabía todo de él.
- Fue por el momento – se excuso Theo con una sonrisa nerviosa.
- ¿Qué me darás a cambio, Theo? – que hijo de puta – pensó Theo. Draco sonrió, consciente de sus pensamientos.
- ¿Qué quieres?
- Tu lealtad y ayuda.
- ¿Ayuda? – pregunto confuso.
- ¡Por fin! – dijo un somnoliento Blaise, habían pasado horas mientras Draco se adentraba en la mente de Theo, horas que él aprovecho para dormir. – Estaban muy amorosos ustedes por ahí, me sentía excluido – Draco lo miró ceñudo, Blaise guardo silencio inmediatamente.
- Si – continuo Draco viendo a Theo que lo miraba interrogante – Ayuda – la sonrisa que acompaño su afirmación le supo amarga al castaño. Blaise se había sentado a su lado, guardando silencio pero mirando todo con detalle.
- ¿Qué clase de ayuda?
- La ayuda de un traidor.
- Tú también eres un traidor – espeto.
- Para nada – replico el rubio, ensancho su sonrisa y lo miro con astucia – yo jamás me traicionaría.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Lo que te diga, cuando lo diga y como lo diga – espeto con seriedad – eso es lo que quiero que hagas. – Theo miro a Blaise molesto pero encontró a Blaise muy relajado, asintiendo complaciente.
- ¿Quieres que sea tu marioneta?
- Mira Theo, iba a prescindir de ti en cualquier momento porque pensé que realmente estabas trastocado – empezó el rubio – no voy a arriesgar todo lo que estoy haciendo solo por salvar al amor de tu vida con hijo incluido sin nada a cambio, también te voy a salvar a ti el pellejo, sabiendo que no eres una de sus marionetas me gustaría saber si quieres o si te la maldita gana de ser lógico por una vez desde que llegaste y aceptar mi oferta.
- Tu oferta no me ha garantizado nada.
- Draco te va a ayudar – interrumpió Blaise de pronto – tanto a Luna como a ti mismo – continuo, volteo a mirar a Draco y luego encaro de nuevo a Theo – él no es ningún traidor y lo sabes, déjate de juegos y dudas.
- No me interesa mi vida, solo quiero que Luna este bien y en ese paquete también el hijo que lleva dentro – confeso.
- Los tres estarán en el paquete pero no podré hacerte la marca a ti, considero que eres lo suficientemente poderoso y ágil para no requerirla. – Theo asintió. – Otra cosa – dijo de pronto el rubio, al parecer todo se complicaba cada vez más – cada cosa que te ordene hacer la harás sin chistar, sin dudar tan siquiera un segundo de las palabras que escuches, lo que me pase, lo que veas, sientas o quieras.
- Seré tu marioneta – repitió con firmeza de nuevo. Aceptando de mala gana el precio que tendría que pagar.
- No – negó impasible el rubio – serás mi sombra. – Theo enarco una ceja confundido – y cuando yo me muevo, mi sombra se mueve conmigo.
- De acuerdo, Draco – acepto. Sabía que se le escapaba algo a toda esa locura que estaba escuchando, pero confiaría, confiaría en él. En la amistad que había forjado hacía muchos años a pesar de ser tan diferente al resto, confiaría en el vínculo que Draco jamás había roto a pesar de la distancia.
- La oclumancia será tu poder más preciado ahora, Blaise te pulirá por completo en eso, sé que eres bueno pero necesito que seas excelente – informo.
- Hecho – dijo Blaise con una sonrisa ensanchada. Estaba a punto de dar algunos brinquillos cuando la mirada de Draco se centro en él.
- Busca a Luna con Theo. – ordeno con ímpetu. Blase asintió. – Que nadie se entere de absolutamente nada.
- Si señor – afirmo Blaise. Theo los miraba absorto en el asombro.
- Llévala directamente a mi habitación cuando llegues, entras por la chimenea. La habitación está completamente protegida – cada ladrillo que había colocado en su puesto ahora se desplomaba de su sitio porque la gravilla que había usado de base no estaba lisa. Lovegood y Nott no estaban en sus planes y ahora, ahora tenía que improvisar esa noche para luego poder restablecer la estrategia.
- De acuerdo.
- Tienes una hora, Blaise – ordeno Draco – Theo – le llamo con énfasis. Theo encaro su rostro, estaba sorprendido, nunca lo había visto en su modo de jefe ni tampoco tan serio y sombrío. Él mismo era sombrío siempre lo había sido pero ni siquiera él lo era tanto. Admiraba al rubio frente a él, definitivamente lo hacía, era completamente superior. Su frialdad se anteponía a cualquier cosa, lucía letal, mortífero y sobretodo poderoso. Mucho más de lo que él era. – No dudes ni un segundo en matar frente a ella si llega a pasar algo fuera del plan – Theo asintió con suavidad, ¿Cómo sabía que dudaría de matar frente a ella? ¿Tan elemental era? Su admiración aumentaba. – Es una orden Theodore – había dicho su nombre como ella – si no lo haces ella morirá – aquella advertencia fue suficiente para que Theo asintiera con más decisión.
- Así lo haré. – Afirmo con seguridad – Gracias Draco.
- Dámelas cuando se acabe la guerra. – Los miro a ambos – Ya – Blaise tomo del brazo a Theo y se desapareció. Solo los que tenían la marca podían hacerlo desde esa casa sin sufrir ningún desmembramiento por ser considerados amenazas. – Ahora lo difícil – dijo para sí mismo saliendo de su despacho. Observo el gran ventanal que estaba al bajar las escaleras y se percato que ya el cielo estaba oscuro, era de madrugada. Había pasado toda la puta tarde y gran parte de la noche hurgando en la cabeza de su amigo algún indicio de traición, mentira o dudas pero no, no consiguió nada de eso.
Se había enamorado de Lunáti… de Luna Lovegood y la había embarazado como todo un gilipollas.
Ahora él tenía que hacer el triple de lo que ya estaba haciendo, estaba teniendo la teoría cada vez más reforzada que el destino lo quería muerto.
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Entro a la habitación con cuidado, evitando hacer el menor ruido. No le costó mucho, con el tiempo había aprendido a ser imperceptible. Lo que no contaba es que ella estaría despierta a esas horas, esperándolo.
- ¿Puedo irme? – pregunto. Podía sentir la irradiación de ira que emanaba por cada poro de la castaña contra él.
- Tenemos que hablar – dijo él.
- No tengo nada que hablar contigo, solo quiero irme – demandó la castaña, cruzándose de brazos sobre la cama.
- Deja de comportarte como una idiota – reclamo el platino – no te estoy pidiendo nada, te lo estoy ordenando – estaba exhausto, jodido día había tenido. El semblante de la castaña se endureció aún más, tenía todo el ceño arrugado y los labios presionados.
- Ahora me ordenas de nuevo – grito con furia.
- Cállate – grito él más alto – he tenido un maldito día hoy y para completar estás como loca. En la mañana estabas feliz. – replico él algo más calmado.
- Me deje llevar por las hormonas de una adolescente estúpida – dijo ella con vergüenza. Tenía que mantenerse firme con la decisión que había tomado ese día y que se había reafirmado cada hora que él no aparecía. Draco la miro con seriedad, acercándose en unas zancadas a ella y viéndola inclinado pues ella estaba sentada.
- Tú y tus estúpidos gryffindors siempre son igual – espeto él con veneno - ¿no aseguraste que no te rajarías? ¿Qué no te ibas a arrepentir? Eres una falsa - ¿dolor? Hermione lo miro asombrada pero no pudo aguantarle la mirada por mucho más tiempo.
- No es eso.
- ¿Qué es? – exigió.
- Es solo que tú no eres de fiar – la carcajada que recibió como respuesta le helo la sangre haciéndola verlo de nuevo.
- No tengo tiempo para esto – dijo él, no tenía la energía para discutir con ella. No se reponía por completo de la noche anterior y la invasión en la mente de Theodore lo había dejado aún más exhausto y algo le decía que esa noche no podría dormir tampoco así que Calvo estaría más que molesto con su inasistencia muy bien justificada pero de igual forma, inasistencia.
- ¿Para qué?
- Para aclarar tus inseguridades de adolescente hormonal, Granger – replico él. Rodeo la cama y se acostó en el otro lado sin importarle si ella se levantaba o se quedaba acostada a su lado – estoy mamado, exhausto de este día que aún no termina. Mañana si quieres cuando este menos cabreado que hoy, hablamos.
- No hablare contigo de nada, solo quiero irme a mi habitación – necesitaba alejarse de él cuanto antes.
- No lo harás – su voz sonó demasiado seca, carente de emoción alguna pero llena de autoridad. Hermione lo miro con desconfianza.
- ¿Por qué?
- Porque te he dicho que no y punto – tapo su rostro con su antebrazo y exhalo todo el aire de un solo tirón.
- ¿Por qué duraste tanto? – Maldita sea –esa era su nuevo pensamiento favorito. – Hermione sabía que tal vez si lo cabreaba por completo lograría conseguir salir de esa habitación.
- Estaba arreglando un problema.
- ¿Qué problema? – Ella sabía que él odiaba responder preguntas, lo había odiado en Hogwarts y estaba segura lo seguiría odiando ahora.
- ¿Si te digo, te callas? – pregunto irritado, destapando su rostro y encarándola. La castaña asintió. – Luna Lovegood será traída a la mansión. –Los ojos de Hermione se pusieron blancos, su rostro empalideció, sus labios temblaron y por si fuera poco las lágrimas comenzaron a salir descontroladas por sus ojos.
- ¡Oh, no! – exclamo desconsolada. ¿Viviría ella el mismo infierno que ella ahora que llegaría? ¿Qué le habrían hecho? ¡Por Merlín! Luna, una de sus mejores amigas. No podía creerlo. Sin pensarlo se coloco encima del rubio, con cada pierna a un lado del cuerpo de él. Le golpeo el pecho con los puños cerrados y comenzó la secuencia de golpe, hipido y lagrimas inundando el pecho del rubio. – No le hagas nada – comenzó ella entrecortando cada palabra – haré lo que quieras pero no le hagas nada a Luna – suplico olvidando su orgullo, dignidad, olvidaría lo que fuera con tal que no le hicieran nada Luna. – Hazme lo que quieras – Draco no decía nada, se dejaba golpear, insultar, acusar de ser lo peor de la existencia pero siempre mantuvo sus labios cerrados y su mirada clavada en ella. – Eres un monstruo – aulló antes de golpearle con fuerza el pectoral derecho. Draco agudizo su mirada y la tomo por los hombros, colocándose sobre ella en una vuelta sobre sí mismo. Hermione jadeo sorprendida y se encontró acorralada entre el colchón, los brazos del rubio que eran una jaula y su cuerpo presionando al suyo.
- Aclarare esto – empezó. Estaba intentando mantener una calma que no existía, creándola a base de paciencia ancestral – no le voy a hacer nada – arrastro cada palabra, enfatizando cada vocal – y no quiero que hagas nada que no quieras – Draco tragaba grueso, le provocaba asfixiarla allí mismo - ¿Tanto crees que soy un monstruo? – pregunto de nuevo. No pudo contener soltar aquella pregunta que quemo sus neuronas apenas escucho decirle a la castaña afirmar algo así. Hermione dejo de llorar de golpe, enfocando con dificultad sus ojos para ver a Draco. Su gesto estaba endurecido y sus ojos la taladraban sin tregua.
- Ella es mi amiga – susurro con dificultad.
- Mi amigo me ha pedido ayuda para salvarla – replico él.
- ¿Por qué?
- Porque está embarazada – respondió él. La sintió tensarse y mirarlo con pavor – esta liada con Theo – al ver el gesto de duda en el rostro de la castaña – Theodore Nott – Hermione recordó inmediatamente su nombre, ¿ellos eran pareja? No, imposible. La última vez que había visto a Luna era novia de Neville. ¿La habría violado? ¡Por Merlín! Estaba embarazado de su violador.
- Esta embara…
- Y no te preocupes, no te volveré a poner un dedo encima. – Afirmo el rubio interrumpiendo sus palabras. Era lo mejor, alejarse de ella. Eliminar cada riesgo innecesario que no lo ayudaría a culminar su misión. Ya tenía suficiente responsabilidad con su madre, Severus, Blaise y ahora Theo y su recién concretada familia. No dejaría que sentimientos que no debería sentir hicieran un obstáculo en su camino y menos con la experiencia que había visto en Theo. Mejor era alejarla, además ella ya se lo había dicho, ¿no? Se había arrepentido en lo que salió de la habitación de todo lo que había hecho con él. Suficiente. – Es más intentare entregarte a tu bando pronto – y Hermione sintió que su corazón daba un vuelco. Jadeo. Parpadeo. Y negó reverencialmente a Draco.
Él la entregaría.
Gracias por sus review, por las alertas, por darle la oportunidad a esta locura.
Nos vemos pronto... ¿Lectores fantasmas pueden dejar un punto para saber que existen?
Feliz noche.
