Después de desayunar y de una breve reunión de planificación con Chilapa en su habitación, la guerrera y la bardo se presentaron abajo, en la gran sala de la posada, siguiendo a la regente. Habían decidido que las amazonas que iban a volver a la aldea debían emprender ya la marcha para poder llegar a casa antes del anochecer. Chilapa fue a hablar un momento con Loisha, que pasó a reunir a las demás amazonas y llevarlas fuera. Rebina, Amarice y Kallerine estaban apoyadas tranquilamente en la pared del fondo de la sala, observando en un silencio pensativo la actividad de sus hermanas al partir.

La regente se puso al hombro el zurrón y se acercó a Xena y Gabrielle.

—Bueno, creo que ya estamos listas para marcharnos —miró a los chispeantes ojos verdes de Gabrielle—. Mi reina, por favor, ten cuidado. Quiero verte sana y salva en nuestra aldea... algún día. Ojalá... —se calló. Ojalá volvieras a la aldea con nosotras, donde no tendría que preocuparme por ti. Donde realmente podrías gobernarnos día a día. La regente continuó—: Hemos perdido a tanta gente, Gabrielle. A Terreis, Melosa y Velasca. Y luego a Ephiny y Solari. Son demasiadas en muy poco tiempo. Dicen que la Nación Amazona se extinguirá en la próxima generación.

Gabrielle le cogió una mano a Chilapa y se la apretó.

—Chilapa, no te preocupes. Xena y yo nos estaremos protegiendo la una a la otra. Y regresaré a la aldea. Puede que no llegue a vivir en la aldea permanentemente, porque... —hizo una pausa y miró a Xena y los ojos de la regente siguieron su mirada con nueva comprensión—. Bueno, en cualquier caso, confío totalmente en ti para gobernar a las amazonas en mi ausencia. Por eso te entregué la máscara de la reina. No me defraudes. No vamos a permitir que las amazonas desaparezcan —Gabrielle abrazó a la regente y se echó atrás al tiempo que Xena se acercaba.

—Gabrielle, ¿por qué no coges a Amarice, Kallerine y Rebina y salís a prepararos para entrenar un poco? —le pidió Xena a su compañera.

—Vale —replicó la bardo, dándose cuenta de que evidentemente Xena necesitaba hablar con la regente—. Vamos —Gabrielle hizo un gesto a las tres amazonas apoyadas en la pared y éstas siguieron a su reina por la puerta lateral de la posada.

Xena las vio marchar y echó el brazo por los hombros de Chilapa, conduciendo a la regente por la otra puerta hasta el patio delantero, donde las demás amazonas se movían, esperando inquietas para volver a casa.

—Chilapa, no puedo agradecerte lo suficiente todo lo que has hecho por nosotras y especialmente por Gabrielle. Para ella es muy importante que enviaras una partida para intentar rescatarla. Le importa mucho la Nación Amazona. El hecho de que muchas de las amazonas mayores no la respeten como reina la inquieta más de lo que está dispuesta a reconocer. Sé que había facciones entre las amazonas, entre las seguidoras de Melosa, las seguidoras de Velasca y las seguidoras de Ephiny. Para Gabrielle ha sido muy difícil. Se esfuerza mucho por ser una gobernante imparcial y justa. Tal vez tú puedas contribuir a que las amazonas que quedan se unan tras ella —la guerrera miró a la regente con algo más que una insinuación de ruego en los ojos azules.

—Tenemos un buen comienzo, dado que Amarice y Kallerine muestran tal devoción por nuestra reina —respondió Chilapa—, especialmente con Amarice, porque cuenta con el respeto de muchas de las amazonas mayores. En cuanto a Kallerine, el grupo más joven besa el suelo que pisa. Es una joven única.

—Sí que lo es —rió Xena—, por eso quiero incluirla en mi partida de reconocimiento. Me he dado cuenta de que tiene una buena cabeza sobre los hombros.

—Xena —Chilapa se volvió para mirar a la guerrera, con expresión seria—, por favor, tráenos de vuelta a nuestra reina sana y salva.

—No te preocupes por eso en absoluto —replicó Xena—. No voy a dejar que le pase nada a Gabrielle, nunca más. No... no sé cómo podría vivir... bueno, da igual —la guerrera se detuvo a tiempo al darse cuenta de que estaba a punto de hacer una franca y sensiblera confesión de su amor por la bardo—. Digamos que la seguridad de Gabrielle es mi prioridad principal. Nada me va a separar de ella. No lo permitiré.

—No lo dudo —dijo la regente, echando a andar hacia las amazonas a la espera.

Xena la detuvo.

—Chilapa, cuando llegues a la aldea, ¿quieres mandar a Argo hacia aquí? Me encontrará.

—Claro —la regente miró a la guerrera con aprecio—, ningún problema —Chilapa se puso al frente del grupo—. Bueno, vámonos. Va a ser una larga caminata hasta casa —cuando las amazonas echaron a andar por el camino, Chilapa se volvió—. Nos vemos, Xena.

—Ya lo creo —sonrió la guerrera.

Y con eso la regente volvió a la cabeza del grupo de amazonas para llevarlas a casa.

Xena se quedó mirando hasta que el grupo desapareció al otro lado de la colina y se encaminó a la parte de atrás de la posada. Gabrielle y Rebina estaban entrenando con varas mientras Kallerine y Amarice hacían ejercicios con espadas: el fuerte estruendo del metal contra el metal se mezclaba con el sonido más hueco de las varas de madera al entrar en contacto. Al acercarse, se detuvieron y la miraron, a la espera de instrucciones.

La guerrera miró a las cuatro amazonas, reconociendo de mala gana que Gabrielle era realmente una de ellas, y sus ojos se posaron en la imagen poco familiar de la vaina de cuero sujeta al costado de la bardo, con la espada de Ephiny bien segura en su interior. Le prometí entrenar con la espada, ¿verdad? Y delante de estas amazonas en concreto. No puedo dejar que quede mal delante de sus súbditas, ¿verdad? Suspiró resignada y se acercó a su compañera, colocando la mano con suavidad en el hombro de Gabrielle.

—Vamos a pasar una marca aproximadamente entrenando a espada y luego podemos comer y emprender la marcha hacia la fortaleza.

Gabrielle percibió el revelador hundimiento de hombros de Xena, la línea rígida y severa de la boca y la leve contracción espasmódica de la mandíbula apretada. Realmente no quiere hacer esto conmigo.

—Disculpadnos un momento —la bardo miró a las demás y se llevó a Xena a unos metros de distancia para poder hablar en privado—. Xena —cogió las manos de la guerrera entre las suyas. Xena miraba al suelo, dando patadas distraídas a un matojo de hierba marchita y seca—. ¿Me miras, por favor? —rogó Gabrielle con voz firme.

Xena levantó despacio la cabeza y unos tristes ojos azules se encontraron con los de la bardo.

—Gabrielle, lo siento. Voy a tardar un poco en acostumbrarme a esto. Va a ser un gran cambio ver cómo pasas de no luchar en absoluto a blandir una espada. Y —la guerrera levantó una mano y pasó los dedos por el pelo corto de un lado de la cabeza de la bardo—, no podría soportarlo si te pasara algo, ya sea física o emocionalmente. Siempre había tenido la esperanza de que si hubiera que matar, podría encargarme yo. Que podría evitártelo. Sé que ya no eres la niña inocente que eras cuando nos conocimos. Han pasado muchas cosas y las dos hemos cometido muchos errores por el camino. No puedo volver y limpiarte la sangre de las manos, como no puedo limpiarla de las mías. Una pequeña parte de mí muere por dentro cuando me doy cuenta de que has quitado tantas vidas por mí. Eso no me gusta nada. Lo que me gusta todavía menos es la idea de que tengas que volver a hacerlo alguna vez. Te quiero, Gabrielle. Y ahora, cuando estamos empezando a, bueno... —consiguió sonreír un poco y alzó las manos que seguían unidas, besando los nudillos del puño cerrado de la bardo—. Te quiero más que nunca. Quiero... quiero protegerte. Eso es todo.

Gabrielle se irguió, tomándose un momento para poner en orden sus ideas, consciente de la angustia que había en los ojos de la guerrera y de los fuertes latidos de su propio corazón.

—Xena —la bardo volvió a coger las manos de su compañera y la acercó un poco—, ¿es que no comprendes que yo siento exactamente lo mismo que tú? ¿Que yo también quiero protegerte? ¿Y que después de ese día en la fortaleza me ha quedado muy claro que una vara no siempre va a ser suficiente? Xena, si me hubiera enfrentado a aquellos hombres con una vara, habrían llegado hasta ti. Es distinto cuando estás de pie y luchando, pero aquel día estabas indefensa y yo era la única que había allí para protegerte. Tenía que matarlos. Darles unos cuantos golpes no habría sido suficiente. Eran demasiados. Si los hubiera dejado vivos, no habría podido mantenerlos lejos de ti. Xena, había que matarlos, ¿lo comprendes? Y era yo la que tenía que hacerlo. Y que me condene en el Tártaro antes que quedarme a un lado y ver cómo te mata alguien si puedo hacer algo para evitarlo —Gabrielle miró a los penetrantes ojos azules de Xena, viendo por fin en ellos la comprensión, y continuó—. Xena, la vara siempre será la primera arma que elija. Es con lo que estoy más cómoda. No me gustó matar. Lo odié —soltó las manos de la guerrera y volvió las palmas hacia arriba, contemplándolas, y luego miró de nuevo a Xena—. No tengo la menor intención de convertirme en una asesina. Pero quiero saber que si alguna vez necesito volver a protegerte, puedo hacerlo. Que estoy preparada para ello. Que puedes contar conmigo, amor.

Xena ahogó una exclamación de sobresalto, sintiéndose como si alguien le hubiera echado agua fría en la cara. Eh. Princesa guerrera. A ver si te enteras, se recriminó Xena por dentro. Claro que quiere protegerte tanto como tú quieres protegerla a ella.La guerrera ni se había planteado las decisiones que la bardo se había visto obligada a tomar mientras ella yacía indefensa en el suelo. Ahora se daba cuenta de que Gabrielle tenía razón. Sólo se podía tomar una decisión. Conociendo el amor que compartían, eso lo comprendía ahora totalmente. Ella misma habría hecho exactamente lo mismo si sus papeles hubieran sido al contrario. ¿Cómo puedo negarle algo que yo no me negaría a mí misma, sentir que puedo proteger a la persona que amo?

Xena tragó un par de veces.

—Gabrielle, siempre he sabido que podía contar contigo —contempló a su amante con una mirada que Gabrielle no pudo descifrar, retrocedió varios pasos y con un ágil movimiento desenvainó la espada de la funda que llevaba a la espalda—. Vale.

—¿Vale qué? —preguntó Gabrielle, mirando con nerviosismo, por la costumbre, la espada de Xena.

—Vamos a entrenar —dijo Xena con calma.

—¿Así sin más?

—Así sin más —Xena sonrió a su desconcertada compañera.

—Demasiado fácil, princesa guerrera —le sonrió Gabrielle.

Para ti tal vez. Para mí es una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida, pensó Xena por dentro.

Amarice se cansó de entrenar con Kallerine y se sentó apoyada en un árbol, preguntándose si la guerrera y la bardo iban a solucionar de una vez lo que fuera de lo que estaban hablando con tanta seriedad. La alta pelirroja era toda acción y poca paciencia. Rebina se sentó a su lado. Kallerine aprovechó el tiempo, bailando por la zona blandiendo la espada, atacando a enemigos invisibles. Satisfecha del ejercicio, se acercó a las otras dos amazonas y botó ligeramente sobre los talones, con las estacas de madera que llevaba a la cintura agitándose ligeramente por el movimiento. Tenía el pelo castaño claro recogido hacia atrás y se puso a jugar distraída con la coleta.

—Venga, vamos a entrenar mientras las esperamos —intentó convencer a sus amigas de más edad para entrar en acción. Cuando Amarice soltó una queja de protesta, Kallerine se volvió y vio que Xena sacaba su espada contra Gabrielle. Las otras también miraron al oír el silbido de la espada desenvainada—. ¿Qué Tártaro le está haciendo a la reina Gabrielle? —preguntó Kallerine, colocando la mano en la empuñadura de su propia arma, dispuesta a proteger a la dirigente de las amazonas, de ser necesario.

—No sé —replicó Amarice—, pero creo que te puedes relajar. La reina está sonriendo y Xena también.

Mientras seguían mirando, Gabrielle desenvainó la espada de Ephiny del costado y las sonrisas desaparecieron de ambas caras, sustituidas por una concentración total. Xena retrocedió un paso y Gabrielle avanzó otro, asestando el primer golpe con su espada sin gran confianza. La guerrera desvió el golpe fácilmente y las dos mujeres intercambiaron varios golpes más, mientras Xena daba vueltas despacio alrededor de la bardo, obligándola a ponerse a la defensiva. Al cabo de unos minutos de esgrima, sus espadas chocaron en lo alto por encima de sus cabezas, con los cuerpos muy juntos, y al unísono las dos cruzaron sus armas hasta bajarlas hasta el suelo, sin perder el contacto. Un intercambio de miradas entre las dos reconoció el empate en ese asalto.

Se apartaron un momento, recuperando el aliento. Gabrielle tenía la frente cubierta de una ligera capa de sudor, pero Xena estaba totalmente tranquila y fresca.

—Lo estás haciendo estupendamente, Gabrielle —la animó la guerrera—. Vuelve a atacarme.

Gabrielle avanzó, intentando un movimiento de ataque, tratando de penetrar las defensas de su compañera más alta atacando desde abajo. La espada de Xena se abatió con fuerza contra la de la bardo, arrancándosela casi de la mano, pero Gabrielle la sujetó con determinación. Siguieron dando vueltas, intercambiando golpe por golpe, y la bardo levantó la mirada para ver si Xena lo aprobaba. En ese momento, la guerrera asestó un fuerte golpe de lado, haciendo que la espada de Gabrielle saliera volando por el patio.

—Regla número uno, Gabrielle —aconsejó Xena amablemente—, en el combate a espada, lo mismo que con la vara, siempre debes observar el arma de tu adversario, no su cara. Olvídate de la cara. Tienes que concentrarte cada segundo en el arma y dónde va. Especialmente con la espada. Puede suponer la diferencia entre vivir o morir —la guerrera fue hasta la espada de la bardo y con un pie la lanzó expertamente al aire, la cogió y se la devolvió a su frustrada compañera. Xena vio la cara abatida de la bardo y puso una mano en el hombro de Gabrielle—. Eh, no seas tan dura contigo misma. No hay muchas personas que aguanten tanto contra mí como lo has hecho tú antes de que las desarme.

Gabrielle se animó visiblemente.

—Vamos otra vez —dijo con renovado entusiasmo.

Las amazonas siguieron mirando varios asaltos más, cada uno de los cuales terminaba o en empate o con la guerrera desarmando a la reina. Sin que Gabrielle lo supiera, el respeto que las amazonas sentían por ella iba creciendo con cada asalto. No había muchas personas dispuestas a enfrentarse a la princesa guerrera en un combate a espada. Ninguna podía recordar que tal enfrentamiento hubiera acabado jamás en empate. La guerrera ganaba siempre.

Cuando las dos mujeres daban vueltas para iniciar otro asalto, Gabrielle se agachó con las rodillas dobladas y sin apartar un momento los ojos de la espada de Xena, dijo en un tono tan bajo y seductor que nadie salvo Xena la oyó:

—Xena, te quiero.

—Qué... —la sorprendida guerrera levantó la mirada, momento en el que Gabrielle se abalanzó por debajo de la espada de Xena y se la tiró al suelo.

—Ah ah ah —dijo la bardo burlonamente—, nunca apartes los ojos de la espada de tu adversario.

La atónita guerrera se quedó allí plantada un momento antes de estallar en carcajadas.

—Pero qué tramposa. Gabrielle, esa táctica puede que funcione conmigo, pero yo no la intentaría con un enemigo. Claro que, por otro lado, a lo mejor funciona —continuó riendo al tiempo que se agachaba para recuperar su espada.

—Tranquila, Xena —dijo la bardo con los ojos chispeantes y continuó en voz baja—: Sólo lo he hecho para quedar bien delante de mis amazonas. No tengo intención de incluir cariñitos en mi estrategia de combate.

—Me parece muy bien, amor —dijo Xena, que seguía de evidente buen humor—. De todas formas, creo que ya hemos entrenado suficiente. Vamos a comer algo y luego a recoger para ir a la fortaleza.

Volvieron a envainar sus espadas y mientras se dirigían juntas y en silencio hacia las amazonas, sus sonrisas desaparecieron, sustituidas por pensamientos mucho más serios.

El cielo seguía despejado pero todavía soplaba un viento gélido y las cinco viajeras llevaban gruesos mantos de lana encima del cuero y la armadura. En el camino casi no había nieve y se estaba secando bien, lo cual hacía más agradable el viaje de lo que lo habría sido si hubieran tenido que abrirse paso a través del barro. Xena y Gabrielle caminaban por delante de las otras amazonas, juntando las cabezas mientras conversaban en voz baja. Amarice y Rebina iban varios metros por detrás de ellas, algo inclinadas para evitar que se les volara la capucha de la cabeza. Aún más atrás, Kallerine protegía la retaguardia, examinando constantemente con la mirada los árboles que las rodeaban al tiempo que escuchaba por si oía algún ruido que no casara con el entorno, flexionando las manos ligeramente cada vez que le parecía que iba a tener que sacar la espada. Todas estaban pensativas y tensas, sin saber lo que podían encontrarse tras la muerte de César.

Cuando se acercaban al lugar donde Loisha había dicho que habían encontrado la hoguera de los soldados, Xena se detuvo de golpe y alzó una mano por detrás para hacer callar a todo el mundo. Una cosa buena de las amazonas, pensó Xena, es que están acostumbradas a descifrar y usar señas manuales. Tras asentir un momento mirando a Gabrielle, se volvió para mirar a las otras amazonas.

—Quietas aquí —dijo en voz baja y se deslizó en silencio a un lado del camino y desapareció detrás de unos árboles, mientras Gabrielle la seguía silenciosamente.

—Ahí está el círculo de la hoguera —señaló la guerrera. Se acercó con cautela, tratando de no borrar ninguna de las huellas que ya había. Se arrodilló junto a las cenizas y las palpó con los largos dedos—. Ya están frías. Eso es buena señal. Esperemos que se hayan ido hace mucho tiempo —cogió unos huesecillos del borde de las piedras que formaban el círculo y los examinó atentamente—. Anoche cenaron conejo —miró un momento a su alrededor—. Parece que eran cuatro. ¿Ves esto?

Gabrielle se reunió con ella, acuclillándose para observar mientras Xena le explicaba lo que había encontrado.

—Hay huellas de cuatro tamaños distintos de sandalias, así como cuatro caballos distintos. Uno de ellos es un tipo bastante grande. ¿Ves lo profundas que son las huellas de este caballo? —la guerrera se puso en pie y ofreció una mano a la bardo, tirando de ella para levantarla también.

—¿No podría ser sólo un caballo pesado? —preguntó Gabrielle con interés.

—Las huellas son demasiado pequeñas para que sea un caballo grande, pero son profundas. O carga con una persona de gran tamaño o carga con mucho equipamiento. Sin embargo, el ejército romano tiende a viajar ligero. Por lo tanto, debe de transportar a un hombre grande —respondió Xena tranquilamente—. Pobre caballo —añadió con una ligera risa. Estudió más el suelo, recorriendo varias veces el perímetro de la hoguera, mientras Gabrielle se quedaba a un lado y observaba. A la bardo siempre le asombraba la capacidad de deducción de Xena.

La guerrera rodeó un árbol y quitó varios pelos duros de la corteza.

—Por lo menos uno de los caballos tenía la cola negra y uno la tenía blanca —comentó—, y llevaban cebada para dar de comer a los caballos —dijo, arrodillándose y tocando con un dedo unos granos de cebada que había en el suelo.

—Su rastro lleva al camino —la guerrera pensaba ahora en voz alta mientras regresaba por entre los árboles, deteniéndose cada pocos pasos para examinar el suelo. Cuando volvieron al camino, Xena se arrodilló de nuevo y luego se levantó, mirando en silencio el camino hacia la fortaleza romana—. Parece que van en la misma dirección que nosotras —dijo la guerrera con seriedad—. Pero esperemos que ahora ya nos lleven mucha ventaja. Se marcharon esta mañana temprano y al parecer sin cocinar nada.

—¿Eso cómo lo sabes, Xena? —preguntó Gabrielle.

—Esas cenizas están frías ahora. Si hubieran cocinado esta mañana, todavía estarían calientes. El hecho de que Loisha dijera que estaban calientes cuando encontró la hoguera esta mañana nos revela que anoche avivaron el fuego antes de dormir y simplemente lo dejaron morir. Parece que se han ido a toda prisa —y sonrió, mostrando una pequeña daga reluciente que se había metido en el manto—. He encontrado esto detrás del árbol donde ataron a los caballos. No está oxidada, así que no puede llevar allí mucho tiempo —empezó a meterse la daga en el cinturón y luego cambió de idea—. Toma, Gabrielle, si acabas en un combate a espada, necesitarás una buena daga, algo pequeño que puedas agarrar fácilmente si alguien consigue desarmarte —y entregó el arma reluciente a su joven compañera.

La bardo la cogió titubeando y vio el blasón de César grabado en la empuñadura de marfil. Se mordió el labio inferior y sonrió a Xena.

—Gracias, Xena —se limitó a decir y se agachó para colocarse la daga en la bota, la bota prestada. Dioses, cómo echaba de menos su propia ropa.

—De nada —replicó Xena, tratando de parecer menos preocupada de lo que se sentía.

Xena emprendió la marcha de regreso al resto del grupo cuando Gabrielle la llamó.

—Eh, Xena, ¿qué clase de huellas son éstas?

La guerrera se detuvo y volvió sobre sus pasos. La bardo se había adelantado varios metros, siguiendo el borde de los árboles.

—¿Qué huellas? —preguntó Xena.

—Éstas —y Gabrielle señaló unas huellas de pezuñas hendidas muy grandes y muy extrañas.

—No lo sé —respondió la guerrera tras unos minutos de estudio. Qué raro—. Nunca he visto nada parecido —contestó con franqueza. Las huellas eran del tamaño de un caballo grande de granja, pero hendidas como las de un buey, sólo que claramente no eran huellas de buey.

—Bueno, parecen huellas de vaca, ¿verdad? —comentó la bardo.

—Parecen... —Xena se quedó en silencio con una expresión distante en los ojos—. Pero no lo son. Es casi como si...

—¿Como si qué, Xena? —preguntó Gabrielle.

—Nada —dijo Xena.

La bardo se dispuso a insistir, pero al mirar a su compañera a la cara, se dio cuenta de que Xena estaba debatiéndose con algo, posiblemente miedo. Me dirá lo que la preocupa cuando esté preparada, decidió la bardo.

—Vamos, Xena, pongámonos en marcha —Gabrielle dio una palmada en la espalda a la guerrera cuando las amazonas se acercaban para reunirse con ellas.

Xena seguía mirando las huellas con expresión perpleja. ¿Qué clase de buey camina sobre dos patas? se preguntó en silencio.¿Un minotauro? Qué va, demasiado grande. Qué cosa más rara. La guerrera sintió un escalofrío involuntario por la espalda.

—Bueno, vamos a la fortaleza —dijo por fin. Se irguió y echó a andar, pero no sin antes volverse una vez más para mirar las extrañas huellas de pezuñas.

Cuando el grupo reemprendió el viaje, Kallerine se quedó atrás y se agachó para mirar las huellas y ver con sus propios ojos lo que había estado mirando Xena. Mmmmmm... fíjate. Con un ligero brillo en los ojos, se levantó y posó la mano inconscientemente en una de las estacas de madera que llevaba a la cintura. Si lo que había dejado esas huellas estaba cerca, ella planeaba estar preparada. Miró a su alrededor y salió corriendo para alcanzar a las demás.

Amarice se colocó al lado de Xena.

—Bueno, Xena, ¿cuál es el plan cuando lleguemos a la fortaleza? —preguntó la alta pelirroja.

—Pues primero, voy a subir a esa colina de piedras que hay a un lado de la fortaleza para asegurarme de que no hay nadie. Si está vacía, entraremos y buscaremos mi ropa y la de Gabrielle y mis armas y armadura. Si no está vacía, pues dependiendo de quién esté allí, nos ocuparemos de ellos, de una forma u otra —replicó la guerrera.

—¿Quieres decir que a lo mejor tenemos que pegar a alguien? —dijo la amazona, casi esperanzada.

—A lo mejor —suspiró Xena. Amazonas. Siempre buscaban pelea. Supongo que creen que yo también la busco. A lo mejor lo hago—. Amarice, escúchame —continuó—. Tienes que seguir mis órdenes o las de Gabrielle cuando lleguemos a la fortaleza, ¿vale?

—Bueno, claro, pero... —empezó a contestar Amarice.

—Nada de peros, Amarice —interrumpió Gabrielle—. Soy la reina de las amazonas. Te agradecemos que llevaras nuestros... mmm... cuerpos a la posada y que tuvieras la fe de buscar a Eli. No me malinterpretes. Sin embargo, tiendes a actuar sin pensar primero y en el pasado has demostrado tener la costumbre de no obedecer órdenes y eso ha causado muchos problemas para ti y para nosotras. Te voy a ser franca. No habrías viajado con nosotras si Xena no respetase tu habilidad en el combate tanto como la respeta y —continuó la bardo—, yo respeto a Xena. Confío en ella por completo. Le confío mi vida. Hay veces en el fragor del combate que tengo que hacer lo que dice sin preguntar. Yo soy la reina, pero Xena está al mando de esta expedición. Todas vosotras formáis parte de esta partida de reconocimiento como mis amazonas y por eso solo estáis sometidas a mi autoridad. Xena es mi compañera y es una extensión mía y acataré todas sus decisiones. Por lo tanto, vosotras también las acataréis. Si ella o yo os damos, a cualquiera de vosotras —y se volvió para mirar a Rebina y Kallerine—, una orden, obedeceréis sin rechistar, ¿entendido?

—Sí, mi reina —Amarice inclinó la cabeza ligeramente, dándose cuenta de que quien hablaba era la reina valerosa, la que había eliminado a aquellos soldados romanos.

—Bien, me alegro de haberlo dejado claro —dijo la bardo con severidad y caminó con determinación varios metros por delante del grupo, sin ver la expresión boquiabierta de su pasmada amante mientras la guerrera la miraba alejarse.

Xena se volvió a las restantes amazonas.

—Seguidnos. Despacio —y echó a correr para alcanzar a su compañera.

Cuando llegó al lado de Gabrielle redujo el paso para acoplarse al de la furiosa bardo y se puso las manos a la espalda. La guerrera carraspeó. No hubo respuesta. Enredó un poco con su manto. Siguió sin haber respuesta. Silbó unas notas, mirando de reojo a su amante, y arqueó una ceja cuando Gabrielle por fin la miró.

—Un dinar por tus pensamientos —ofreció Xena en voz baja.

La bardo suspiró profundamente y se arropó más en su manto.

—Xena, estoy hartísima de que las amazonas no me respeten, al menos cuando se trata de dirigirlas. Yo no elegí ser reina, pero lo soy y acepto la responsabilidad que eso conlleva.

—Gabrielle —dijo la guerrera en tono mesurado—, estas tres amazonas te respetan, especialmente Kallerine. Incluso Amarice se ha convencido. Me lo dijo ayer cuando estabas paseando con Kallerine.

—¿Sí?

—Sí.

—Mi reacción ha sido un poco desproporcionada, ¿eh?

—Bueno, ya que lo has dicho tú primero, sí.

—Lo siento. Supongo que estoy tensa por ir a esa fortaleza. Tendrás que reconocer que es el escenario de lo que ahora se ha convertido en mi peor recuerdo.

La bardo reflexionó en silencio. Peor que haber envenenado a Esperanza. Peor que la violación de Dahak. Peor que aquel día horrible en que Xena me arrastró por el campo detrás de un caballo y estuvo a punto de matarme. Continuó:

—Amarice no nos facilitó las cosas en esa celda. Lo empeoró todo. Sólo quiero asegurarme de que no hace nada que pueda llevar a tu muerte, o a nuestra muerte, otra vez.

—Bueno, Gabrielle, creo que la muestra de autoridad que acabas de dar se encargará de eso. Has hecho callar a Amarice, eso seguro —y Xena sonrió, pensando en las severas palabras de la bardo—. Conque acatarías todas mis decisiones, ¿eh? —la guerrera se acercó más a su amante y rodeó con un brazo los hombros de la muchacha más menuda. Se subió el manto para que las amazonas que iban detrás no las vieran y con la otra mano volvió la cara de Gabrielle hacia ella y se detuvo un momento para besarla a fondo, sintiendo un escalofrío de júbilo cuando sus labios se juntaron.

La sorprendida bardo se apartó jadeante y con los ojos medio cerrados, miró a la guerrera.

—Sí, todas —Gabrielle se apretó contra Xena para otro beso rápido, disfrutando del calor que había entre sus cuerpos, y luego siguieron caminando, con el brazo de la guerrera todavía a su alrededor.

—Eso también influye, Xena —dijo Gabrielle cuando habían recorrido una corta distancia.

—¿El qué?

—Eso. O sea, esto, o nosotras —la bardo no encontraba las palabras—. Te das cuenta de que ha sido esta misma mañana, ¿verdad?

—Eeeh... sí... lo sé —Xena estaba concentrada en el aroma a flores del jabón que habían usado, que todavía se percibía en el pelo y la piel de Gabrielle. Así de cerca resultaba casi embriagador—. Supongo que ha sido un día muy lleno de emociones, ¿eh?

—Mucho —la bardo sonrió y estrechó un poco más a Xena contra su costado—. Y recuerda, todavía no he acabado contigo.

—Gabrielle —la guerrera miró a su amante con una sonrisa salvaje—, espero que nunca acabes conmigo.

—Cuenta con ello.

—Oh, cuento, cuento.

Continuaron avanzando delante de las demás, intercambiando palabras de amor, hasta que llegaron a la cumbre de la siguiente colina y debajo de ellas apareció la fortaleza. Xena notó que los hombros de Gabrielle se ponían rígidos bajo su brazo y se inclinó y besó a la bardo en la cabeza, olvidándose de las amazonas que estaban detrás de ellas.

—Gabrielle, no pasa nada. Estoy aquí contigo. Esta vez vamos a entrar ahí y salir de ahí juntas.

—Lo sé. Es que es duro —y Gabrielle cerró los ojos un momento, tomó aire con fuerza e hizo acopio de valor para enfrentarse al escenario de su peor pesadilla, el escenario de la peor pesadilla de su compañera. Se volvió a Xena—. Bueno, vamos.

—Ésta es mi bardo —replicó la guerrera con evidente cariño.

Se detuvieron y esperaron a que las alcanzaran las otras.

—Bueno, Amarice, tú y yo vamos a subir a lo alto de esas rocas que dan a la fortaleza —dijo Xena, señalando los amenazadores peñascos que Amarice recordaba demasiado bien—. Kallerine, Gabrielle y tú quedaos al otro lado del muro donde están las puertas donde yo os pueda ver, pero donde si sale alguien, os podáis esconder rápidamente. Rebina, tú ve al otro lado de la fortaleza, también donde yo te pueda ver. Amarice y yo vamos a ver cómo están las cosas. Esperad mi señal antes de moveros. ¿Alguna pregunta?

Las amazonas hicieron gestos negativos y cubrieron los metros que quedaban hasta la fortaleza. La guerrera se quedó atrás e hizo un gesto a las demás para que siguieran avanzando y llevó a Kallerine aparte.

—Kallerine, quiero que te ocupes de Gab... de tu reina. No me la llevo a las rocas conmigo porque no sé lo que podemos ver ahí dentro. Sólo han pasado tres días y no creo que nadie haya hecho... mmm... limpieza desde que nos mataron. Esto es durísimo para ella. Quiero ver a qué nos enfrentamos antes de llevarla ahí dentro.

—Claro —replicó la joven amazona y salió corriendo para alcanzar a la bardo.

—Vamos, Amarice, empecemos a trepar —dijo Xena y se agachó y saltó por el aire, recogiendo las rodillas por debajo de su cuerpo y dando una voltereta perezosa que la hizo aterrizar encima de la primera peña. Sonrió, satisfecha de sí misma, y se inclinó para ofrecerle la mano a Amarice—. Ése era el paso más difícil. Creo que el resto podremos hacerlo con bastante facilidad.

Amarice tenía los labios apretados en una línea delgada al recordar la última vez que había trepado por estas peñas. Se concentró en seguir los pasos de Xena, dejando que la guerrera eligiera la ruta de ascenso más fácil. La amazona se esforzó por no pensar en lo que podían ver dentro de la fortaleza.

Xena alcanzó un punto desde donde podía ver claramente el patio dentro de las puertas. Se arrodilló detrás de una gran roca y examinó rápidamente lo que había abajo. Maldición. Las cruces seguían donde Amarice las había talado, con las manchas de sangre donde habían tenido las manos y los pies claramente visibles incluso desde donde estaban agazapadas. Xena cerró los ojos un momento, recordando.

Sentía un dolor terrible de la cintura para arriba por la paliza y no sentía nada de la cintura para abajo. Se había despertado, consciente de que estaba descansando en los brazos de alguien. ¿Gabrielle? Volvió la cabeza y levantó la mirada para ver la cara llena de lágrimas de la bardo por encima de la suya. Tragó, con la garganta ardiente, y se sintió helada, probablemente de fiebre. Deseó con todas sus fuerzas decirle algo a Gabrielle, cualquier cosa para que se sintiera mejor, sabiendo que no podía. Le dijo a Gabrielle que no llorase, un ruego absurdo como poco, dadas las circunstancias.

Hablaron de cómo Gabrielle había matado a los soldados y la bardo le aseguró que no era culpa de Xena. Que había elegido libremente intentar protegerla. Xena intentó concentrarse, sabiendo que se estaba muriendo. Pensó en todas las veces que Gabrielle había aguantado sus malos humores y se había quedado atrás y había aceptado órdenes, y en todas las cosas horribles que le había hecho a la bardo durante todo el terrible asunto de Dahak, Esperanza y Solan. ¿Sabía la bardo que lo lamentaba? Se disculpó por todas las veces que había tratado mal a su amiga y una vez más Gabrielle redimió su alma, diciéndole que ella había salvado a la bardo, que había visto en ella cosas que nadie más veía.

A cierto nivel, Xena sabía que eso era cierto. Si no se hubieran conocido, Gabrielle habría sido vendida como esclava. Aunque hubiera conseguido escapar, se habría casado con Pérdicas y habría acabado como esposa y madre en Potedaia y todas las historias de la bardo, su imaginación y sus sueños habrían muerto. Xena pensó en todas las veces que había estado sentada junto a la hoguera por la noche y había mirado a Gabrielle escribiendo sus historias. Nunca se había molestado en leerlas. Ni siquiera una vez, pensando siempre que algún día tendría tiempo. Le dijo a Gabrielle que deseaba haber leído los pergaminos.

Xena regresó al presente un momento. Leeré tus pergaminos, amor, te lo prometo. Lo último que sabía era que Gabrielle los había dejado en la aldea amazónica para que estuvieran a salvo.

La guerrera recordaba vagamente gran parte del resto de aquel último día. Había perdido y recuperado el conocimiento varias veces. Recordaba difusamente que la sacaron a rastras al patio hasta la cruz y que no veía gran cosa salvo los pies de los soldados que la arrastraban. La tumbaron en la cruz y se volvió para ver cómo ataban a Gabrielle a una cruz a su lado. Se le estaba rompiendo el corazón y no podía hacer nada. Hizo acopio de las fuerzas que le quedaban e intentó pronunciar el nombre de Gabrielle, apenas capaz de elevar la voz lo suficiente para que la oyera la bardo. Tenía que decírselo. Tenía que hacérselo saber. Gabrielle, has sido lo mejor de mi vida. Y Gabrielle la miró y sonrió y le dijo que la quería.

Se quedaron mirándose y Xena intentó proyectar todo el amor que pudo a su alma gemela. Y entonces, horrorizada, vio cómo uno de los soldados colocaba el primer clavo en la palma de la mano de Gabrielle. La valiente bardo apartó la cabeza, mirando al cielo, y cuando cayó el mazo no hizo el menor ruido. Xena recordaba que su propio cuerpo se estremeció como respuesta al ruido que hacía el mazo y que gritó de angustia mientras miraba. No podía hacer nada. Quería apartarse volando de esa cruz y matar a esos soldados y estrechar a Gabrielle contra ella y hacer que todo desapareciera, como un mal sueño. Ojalá pudiera absorber todo el dolor que sabía que estaba sintiendo su alma gemela. Pero no podía.

Apenas recordaba cómo le clavaron sus propias manos y tobillos, porque tenía la mente demasiado ocupada con la idea de que su mejor amiga yacía agonizante a su lado, una amiga que estaría viva de no haber sido por la decisión que había tomado de pasar su vida con ella. Intentó comprender el hecho de que se les había agotado el tiempo. De que su visión se había hecho realidad y que lo que más había temido estaba ocurriendo. Por primera vez no iba a poder rescatar a su mejor amiga. Ya no viajarían más juntas. Ni siquiera sabía si iban a ir al mismo sitio. Era posible que nunca más volviera a abrazar a Gabrielle, que nunca más pudiera volver a mirar esos hermosos ojos verdes ni a escuchar sus historias ni a quedarse sentada mientras la bardo le cepillaba el pelo. Iba a echar de menos tantas cosas que había dado por supuestas. Iban a morir y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto. Todo se puso oscuro. Y entonces, ante la felicidad de Xena, fueron a los Campos Elíseos. Juntas. Y descubrieron que estaban enamoradas.

La guerrera abrió los ojos y sacudió la cabeza para despejarse las ideas. Miró cuidadosamente el resto de la fortaleza y no vio ninguna señal de que allí siguiera alguien. No había animales. Levantó la cara y olfateó el aire. Tampoco olía a animales. El agua del abrevadero estaba baja y sucia, como si llevase varios días sin renovar.

—Amarice, hay un cambio de planes. Ve a buscar a Rebina y Kallerine y reuníos conmigo en la puerta. Ahí dentro no hay nadie. Yo tengo que hablar con Gabrielle.

Amarice asintió y empezó a bajar por las rocas. Xena hizo una señal a las otras amazonas para que esperasen. La guerrera saltó de peña en peña y dobló la esquina para reunirse con Gabrielle.

—Kallerine, ve con Amarice y Rebina —pidió Xena. Kallerine pasó la mirada de la guerrera a la bardo y se alejó, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

Xena se volvió a Gabrielle y a ésta se le paró el corazón al ver la angustia evidente en el rostro de su compañera.

—Xena, ¿qué te pasa? ¿Qué ocurre? —la bardo miró a la guerrera a los ojos.

La guerrera cogió una de las manos de Gabrielle entre las suyas y la apretó.

—Gabrielle, esto va a ser muy duro. Todo está igual que lo dejó Amarice cuando se marchó de aquí con nuestros cuerpos, con nosotras. Es horrible, amor. Si quieres, puedo hacer que las amazonas limpien un poco ahí dentro antes de que entremos. Así no tendrás que verlo.

—No, Xena, quiero entrar ahora. Necesito verlo. Necesito saber que ha sido real e intentar superarlo —acarició el dorso de la mano de Xena con el pulgar—. Prométeme que estarás ahí conmigo.

—Siempre, amor —dijo Xena suavemente, acariciando con dulzura la mandíbula de la bardo. Sin decir palabra, la guerrera cogió a Gabrielle de la mano y la llevó a las puertas de la fortaleza. Se reunieron con las amazonas e hizo falta la fuerza combinada de las cinco para abrir las grandes puertas. Xena miró a su compañera y le apretó la mano y entraron juntas, mientras las amazonas aguardaban a la entrada para darles un poco de intimidad.

Gabrielle soltó la mano de Xena, se acercó en silencio a la cruz que había sido suya y la contempló un momento, notando las manchas oscuras de sangre oxidada donde había tenido las manos y los pies. Luego se acercó a la cruz de Xena. Se arrodilló y tocó las manchas de sangre donde habían estado los tobillos de Xena. Se levantó, fue a la cabeza de la cruz y se agachó, soltando unos mechones de largo pelo negro que encontró enredados en las astillas de la áspera madera. Se levantó, apretó los pelos en el puño, se los llevó al pecho y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas hasta que todo se puso borroso.

Xena observaba en silencio a pocos metros detrás de la bardo. Vio que Gabrielle se echaba a temblar y que su compañera caía despacio de rodillas mientras su cuerpo se estremecía en silencio. La guerrera cubrió rápidamente la distancia que las separaba, cayó a su vez de rodillas, envolvió a su amante en sus fuertes brazos y la meció mientras la bardo aspiraba una gran bocanada de aire y soltaba un largo grito de agonía.

—Ohhhhhhhh...

—Tranquila, amor, te tengo, suéltalo todo —Xena siguió meciendo a Gabrielle, acariciándole el corto pelo rubio, dándole besos en la cabeza, mientras la bardo se aferraba con ambas manos al manto de Xena y se apoyaba en el fuerte cuerpo de la guerrera. Al cabo de varios minutos, Xena notó que los sollozos de su compañera empezaban a ceder y oyó unos pequeños hipos. Soltó un brazo de alrededor de la bardo y secó las lágrimas de la cara de Gabrielle.

A medida que iba recuperando poco a poco el equilibrio, Gabrielle fue soltando el manto de Xena y se apartó un poco.

—Lo siento, Xena, no sabía que iba a reaccionar así. Creo que hasta ahora todo era como un sueño muy malo. Ha sido real, ¿verdad?

La guerrera acarició con la mano la cabeza de su compañera.

—Sí, amor, ha sido real, todo ello, incluso el tiempo que pasamos después en los Campos. Intenta recordar eso cuando esta parte sea demasiado dura, ¿vale?

—Vale —dijo Gabrielle, sorbiendo y sonriendo al mismo tiempo—. ¿Me ayudas a levantarme?

Sin pensar, Xena levantó en brazos a la bardo como a una niña y la llevó a un banco de madera bajo situado junto al edificio y la sentó en él.

—Gabrielle, descansa aquí un poco mientras yo echo un vistazo, ¿por favor?

La bardo asintió en silencio y se apoyó en la piedra fría del edificio, con la cabeza martilleándole por haber llorado tanto.

—Kallerine, quédate aquí fuera con Gabrielle —gritó la guerrera—. Rebina y Amarice, venid conmigo.

Mientras Xena y sus acompañantes abrían la puerta de la prisión y entraban, Kallerine cruzó el patio.

—Reina Gabrielle —se arrodilló a los pies de la bardo y le ofreció un odre de agua—. Toma, bebe un poco. Parece que te vendría bien.

—Gracias —dijo Gabrielle, agarrando el odre con las dos manos y tomando varios tragos sedientos.

—¿Te puedo traer algo? —preguntó la joven amazona.

—No, gracias, Kallerine, siéntate aquí conmigo. Eso es suficiente —dijo la bardo, con la voz todavía ronca de llorar.

—Te quiere de verdad, ¿sabes? —dijo Kallerine.

—Lo sé —afirmó Gabrielle—. Y yo la quiero a ella. Más de lo que jamás pensé que fuera posible querer a alguien. Recordar lo que le hicieron aquí me hace daño. Me hace mucho daño. No estoy acostumbrada a ver a Xena en un momento de debilidad y cuando recuerdo lo que era verla completamente indefensa, sabiendo lo mucho que odia no tener control... Dos de ellos me sujetaron y me obligaron a mirar mientras le daban una paliza, Kallerine, y ella ni siquiera podía ponerse en pie para defenderse. Sabiendo cuánto me quiere y que tuvo que mirar mientras ellos... hacían lo que hicieron... me causa tal desgarro interno que no sé si alguna vez se curará.

—Reina Gabrielle —Kallerine dio unas palmaditas a la bardo en la rodilla—, se curará. Estoy convencida. El amor que os tenéis lo curará. Sólo que va a tardar mucho.

—¿Tu dolor se ha curado? —preguntó Gabrielle con toda seriedad, recordando que Kallerine tenía que luchar con sus propios demonios.

La joven amazona bajó la vista un momento y luego levantó los ojos para encontrarse con los de su reina.

—Eso creo. Es decir, nunca desaparece por completo. Sigues adelante y un día te das cuenta de que el mundo vuelve a parecer normal. Es una normalidad distinta de cuando mis padres estaban vivos, pero no obstante, es normal. Creo que el apoyo que recibo de mis hermanas en la aldea amazónica me ha ayudado mucho a ponerme bien. Por supuesto, no tengo nada parecido a lo que tenéis Xena y tú. Supongo que soy un poco joven para eso.

Pero sí que tengo un propósito, que es matar bacantes. Seguiré haciéndolo hasta que muera o encuentre a mi hermana, lo que ocurra primero.

Gabrielle dio unas palmaditas en la mano de Kallerine, que seguía apoyada en su pierna.

—Eres una de las personas más valientes que he conocido jamás. Encontrarás el amor algún día, Kallerine, no tengo la menor duda.

Kallerine se sonrojó por el cumplido de su reina y no supo qué decir, salvo:

—Gracias.

Dentro, Xena iba de una estancia a otra, sin encontrar gran cosa. Por fin llegó a la parte de atrás del edificio y se topó con la pequeña celda que Gabrielle y ella habían compartido antes de la crucifixión. La puerta de la celda estaba abierta y la guerrera entró, estremeciéndose por los recuerdos. En el suelo vio un palo manchado de sangre seca. Ése es el palo con que le dieron la paliza. La furia subió por el pecho de Xena y ésta se agachó, cogió el palo y lo rompió contra la rodilla levantada, tirando salvajemente los trozos al otro lado de la celda con un grito de rabia. Miró a las dos sorprendidas amazonas y respiró hondo varias veces para bajarse la presión sanguínea.

—Lo siento, ha sido una reacción por unos malos recuerdos —se disculpó.

—No pasa nada —dijo Rebina en voz baja.

Xena se limitó a asentir y salió de la celda a la estancia de fuera. Miró a su alrededor y vio un lío de metal y cuero, mezclado con una tela amarilla, tirado en un rincón. Se le animaron los ojos e hizo un gesto a las dos amazonas silenciosas para que la siguieran. Se acercó, se agachó en el rincón e investigó el montón.

Era su túnica de cuero y su armadura, que se encontraban en un estado sorprendentemente bueno. Lo único que iban a necesitar era un poco de jabón para cuero y limpieza. Hasta sus botas estaban allí. Descubrió encantada que debajo del cuero estaba la pequeña daga de pecho que había comprado Gabrielle tanto tiempo atrás. Se la metió en el escote con una sonrisa y luego cogió los jirones destrozados de tela amarilla, reconociendo en ellos lo que quedaba del atuendo que la bardo había llevado desde que estuvieron en la India. Inconscientemente, se llevó la tela a la cara, aspirando el olor que era Gabrielle. Me parece que vamos a tener que comprarte ropa nueva, amor, pensó gravemente. Hizo un rollo con los jirones y se los metió en un bolsillo del manto. Recogiendo su túnica de cuero, se levantó y miró a su alrededor.

Seguro que se han llevado mi espada, pensó, pero el chakram, ¿se lo habrían llevado? Roto, habría sido inútil para ellos. Y seguro que se habrían cortado la cabeza a sí mismos de no ser así, se rió por dentro, casi deseando poder verlo.

—Amarice, ¿recuerdas haber visto a alguien hacer algo con mi chakram?

La alta pelirroja se quedó pensando un momento.

—No. Pero no estuve mirando cada segundo —Parte del tiempo me lo pasé vomitando detrás de una de esas rocas, añadió en silencio.

—Bueno, sigamos buscando —dijo la guerrera, dándose cuenta de que no quedaba ninguna habitación que no hubieran registrado—. Amarice, Rebina y tú volved a registrar todas estas habitaciones una vez más. Yo voy a volver fuera para ver si encuentro algo ahí —la prisión no tenía puerta trasera, de modo que se dirigió a la parte de delante, aprovechando esto como excusa para ver cómo estaba su amante antes de ir a la parte de atrás del edificio.

Salió de nuevo a la luz del sol y guiñó los ojos. Vio a Kallerine y a la bardo, conversando seriamente en el banco donde las había dejado, y se acercó y se sentó al lado de Gabrielle.

—Gabrielle, he encontrado nuestra ropa.

—Oh, Xena, qué bien —los ojos de su compañera se iluminaron.

—No te emociones —sacó los restos hechos jirones del bolsillo de su manto.

—Oh —la bardo se mordisqueó el labio inferior un momento—. Xena, vamos a tener que ir de compras.

Xena se echó a reír al tiempo que su amante se animaba visiblemente.

—Gabrielle, cuando acabemos con esto, iremos de compras donde tú quieras durante todo el tiempo que quieras. Yo... —el sol no dejaba de provocar destellos en algo metálico que había debajo del abrevadero, deslumbrando a la guerrera. Molesta, tenía que cambiar de postura todo el rato, sin que sirviera de nada. Volvió a moverse, buscó el origen del deslumbramiento y se le puso el corazón en un puño.

—Ahora mismo vuelvo —y la guerrera se levantó, prácticamente corrió hasta el abrevadero y miró debajo. No. No puede ser. Se arrodilló y se puso a hurgar frenéticamente en un montón de tierra debajo del abrevadero, del cual sobresalía el borde de... su chakram. Arrancó los dos pedazos del arma rota y los levantó, dándose la vuelta para que los viera la bardo.

—Oh, por los dioses —exclamó Gabrielle, que corrió hasta su compañera—. Oh, Xena —la bardo tocó los bordes irregulares de la fractura del chakram. Se rompió cuando chocó con su espalda, pensó la bardo estremeciéndose, subiendo inconscientemente la mano por detrás de su compañera y masajeando suavemente la parte inferior de su espalda.

Xena encajó los extremos rotos del arma y pegó un salto.

—Xena, ¿qué pasa? —preguntó Gabrielle algo preocupada.

—No lo sé. Al juntar los extremos, he sentido algo, casi como si me atravesara una descarga. Como cuando caminas sobre una alfombra en invierno y salen esas chispitas volando cuando arrastras los pies —la guerrera volvió a juntar el chakram roto y lo sintió de nuevo—. Qué raro.

—Tal vez no deberías hacer eso —advirtió la bardo.

—Tal vez no —respondió Xena distraída. El regalo de Ares. Tengo que hacer varias preguntas a cierto dios de la guerra la próxima vez que lo vea. Envolvió con cuidado los trozos del chakram en los restos de la ropa de Gabrielle y se metió el paquete en el bolsillo interior del manto.

Se volvieron hacia el edificio justo cuando una triunfal pareja de amazonas salía por la puerta.

—Xena, hemos encontrado tu espada —dijo Rebina toda sonriente y Amarice depositó el largo instrumento en las manos de la atónita guerrera.

—¿Dónde estaba? —preguntó Xena.

—Había un estante alto y estrecho detrás de la puerta de esa habitación del fondo donde encontramos tu armadura. Estaba allí. La primera vez no la vimos porque no miramos detrás de la puerta.

—Gracias —dijo la guerrera simplemente y sacó la familiar arma de su funda, observando con aprobación el buen estado en que se encontraba. La última vez que la había visto, Gabrielle... había matado a siete u ocho soldados con ella, se recordó a sí misma. Alguien debía de haberla limpiado, pensando que se iba a quedar con ella. Bien. Me alegro de que no tenga que recordar eso también.

Justo entonces, la bardo, con mucha solemnidad, alargó la mano y deslizó un pequeño dedo tembloroso por la parte plana de la hoja. Gabrielle se calmó y miró a su compañera, consiguiendo sonreír ligeramente.

—El camino de la amistad, Xena —dijo en voz baja.

Sin decir palabra, Xena levantó el dedo de la bardo y lo apretó contra sus labios en un beso.

—Bueno, nuestra misión ha sido un éxito. Vamos a buscar un lugar para acampar esta noche y mañana regresaremos a la aldea amazónica —la guerrera miró a su alrededor, pensando que en otras circunstancias la fortaleza abandonada habría sido un lugar ideal para dormir, pero sabía que ninguna de ellas tenía el menor deseo de pasar un minuto más en aquel sitio—. Gabrielle y yo tenemos que reorganizarnos y conseguir suministros y luego probablemente iremos al Monte Olimpo.


Pocas marcas después Xena localizó una pequeña cueva que recordaba de sus días de guerrera. Estaba a poca distancia pasando por un bosquecillo y la boca estaba situada debajo de un afloramiento bajo de rocas.

—Voy a comprobarlo. A asegurarme de que no hay osos ni nada ahí dentro. Vosotras esperad aquí en la entrada —ordenó la guerrera. Sacó la espada y entró despacio en la cueva oscura, con los oídos alerta a cualquier ruido. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz avanzó con creciente confianza. Y entonces lo olió. Sangre. Se acercó a un recodo y se detuvo, apretando el cuerpo contra la pared. Al atisbar por el borde de roca fría y húmeda vio dos figuras femeninas acurrucadas y profundamente dormidas, tumbadas en un repecho situado en la pared del fondo que formaba uno de los lados de la gran estancia interior de la cueva. Un soldado romano muerto yacía en el suelo en el centro de la cueva. Maldición. En silencio, regresó a la entrada de la cueva e hizo un gesto a las demás para que la siguieran.

Cuando se habían alejado varios metros de la cueva, las detuvo.

—Tendremos que seguir adelante. No podemos quedarnos aquí —dijo con pesar. El sol estaba bajando por el cielo y el viento era cada vez más frío. No le apetecía la idea de dormir sin algún tipo de refugio. Y la cueva les habría permitido hacer una gran hoguera, ya que ocultaría el humo a posibles enemigos.

—Xena, ¿por qué no podemos quedarnos aquí? ¿Qué hay ahí dentro? —Gabrielle miró a su compañera con curiosidad.

—Bacantes —dijo la guerrera escuetamente—, y un soldado muerto.

—Puuaaaj —Gabrielle hizo una mueca, recordando su último encuentro con bacantes.

Kallerine dio un paso al frente y se sacó una estaca de madera del cinturón.

—¿Bacantes? No hay problema.

Xena se la quedó mirando un momento. La cazabacantes.

—Kallerine, hay dos.

—Lo dicho, no hay problema —repitió la joven amazona, con un ligero brillo en sus grandes ojos marrones—. Voy a entrar.

—Kallerine, voy contigo —dijo Xena, poniéndole a la chica la mano en el hombro.

—Vale, pero sólo si me sigues. Y no intervienes.

Xena reprimió una oleada de ira. No había mucha gente que le dijera a la princesa guerrera que no interviniera. Vale, Xena, cálmate. Es evidente que sabe lo que hace. Y no te conoce muy bien. No ha querido faltarte al respeto. Tomó aire con fuerza y miró a los ojos de Kallerine con una sonrisa firme.

—Claro. Adelante, cazadora.

Gabrielle se rió en silencio, al ver a su alta compañera morena sometiéndose a la jovencita amazona. Era un momento único. Xena percibió el ligero movimiento causado por la risa reprimida de su amante y se volvió un momento para mirar a la bardo, poniendo en blanco los ojos azules. La bardo se estremeció aún más.

—¿Qué pasa? —preguntó Xena, tratando de poner cara severa, sin mucho éxito.

—Oh, nada —la bardo consiguió no reírse en voz alta—. Xena, Kallerine, tened cuidado —añadió en tono serio.

—No tardaremos —afirmó Kallerine. Y se dirigió a la cueva con paso decidido, seguida de una guerrera llena de curiosidad.

Avanzaron sigilosamente por el estrecho pasillo. Los ojos de Kallerine se habían adaptado a la oscuridad inmediatamente, cosa que siempre había podido hacer. Notó la fuerza que ascendía desde su interior y se chupó los labios con expectación ante el inminente combate. Miró a Xena por encima del hombro.

—¿Dónde están?

—Ahí delante, justo al doblar esa próxima esquina.

—Toma —la amazona entregó a Xena una estaca de madera—. Por si acaso.

—¿Para qué es esto? —preguntó la guerrera confusa.

—Tú espera y observa —replicó Kallerine.

Xena se encogió de hombros y aceptó el áspero objeto.

Llegaron al recodo y Kallerine miró al otro lado, localizando a las dos bacantes dormidas. Se le pusieron de punta los pelos de la nuca y sus dedos apretaron la estaca. Más vale hacerlo de una vez. Se va a poner el sol y estas dos se van a despertar, pensó. Puso la palma de la mano contra el pecho de Xena, obligándola a quedarse donde estaba. La guerrera observó asombrada mientras la amazona se acercaba en silencio a las bacantes y se arrodillaba a su lado. Las miró atentamente y se volvió para sonreír a Xena.

—Ninguna de ellas es mi hermana —susurró—. Vamos a divertirnos.

Kallerine echó un pie hacia atrás y de una rápida patada mandó volando a la bacante más cercana a Xena contra la pared del fondo donde chocó con fuerza.

—¡Despierta, zorra! —gruñó la amazona. La bacante se levantó y mostró sus largos colmillos y sus uñas negras afiladas como dagas, bufando y farfullando. Rodeó a Kallerine, que atacó a la criatura con varios puñetazos rápidos al estómago y la cara. Luego retrocedió e hizo girar el cuerpo, lanzando una buena patada a la cabeza de la bacante. La criatura chilló y cayó al suelo. La amazona se agachó sobre la bacante caída y alzó la estaca por encima de la cabeza, clavándola con fuerza en el centro del pecho de la criatura.

Mientras Xena observaba fascinada, la bacante se convirtió en un puñado de polvo y desapareció. Había estado tan embelesada mirando a la cazadora que se había distraído, olvidándose de la otra bacante, que se había despertado en silencio. Súbitamente, saltó por el aire, tirando al suelo a la sorprendida guerrera. Xena sintió unas uñas afiladas que le apretaban el cuello y levantó la mirada para ver unos feos colmillos amarillos a pocos centímetros de su cara y oyó vagamente la voz de Kallerine.

—Xena, usa la estaca. ¡Clávasela en el corazón!

La guerrera palpó la estaca que tenía en la mano y la incrustó rápidamente en el pecho de la criatura que, como la otra bacante, desapareció en una nube de polvo. Genial. Xena se levantó y se sacudió el polvo, muy satisfecha de su nueva habilidad.

—Kallerine, qué increíble. Vamos a viajar juntas varios días más. Me vas a tener que contar todo lo que sepas sobre cómo matar bacantes.

—Claro —dijo la joven amazona, orgullosa de haber conseguido hacer algo para impresionar a la princesa guerrera—. Iré a recoger leña y a decirles a las otras que ya pueden entrar.

—Estupendo, gracias —sonrió Xena y luego arrugó la nariz—. Y yo voy a sacar a ese soldado de aquí.

Kallerine recogió las dos estacas y volvió a meterlas en las presillas de cuero del cinturón. Echó a la guerrera una mirada pensativa y regresó por el pasillo a la entrada de la caverna. Xena se agachó y levantó al soldado, colocándoselo sobre los hombros. Con un ligero gruñido, se levantó y sacó la pesada carga de la cueva. Pasó ante los ojos atentos de Gabrielle y las amazonas. A varios metros de distancia, dejó caer el cuerpo al suelo y como no tenía una pala para cavar una tumba, recogió piedras y lo cubrió.

—Así está bien por ahora —se volvió y miró al pequeño grupo—. Antes de irnos mañana quemaremos el cuerpo. Para cuando el humo llame la atención de alguien, ya nos habremos ido. Bueno, ahora que ya nos hemos ocupado de eso, vamos a entrar y acampar aprovechando que todavía tenemos luz.

Pocas marcas después una agradable hoguera ardía en el centro de la estancia interior y la bardo estaba acuclillada al lado removiendo una olla de guiso de conejo colgada entre dos palos. Mientras Kallerine recogía leña y preparaba la fogata, Xena había ido de caza y había encontrado el pequeño animal. Eso, junto con unas cuantas verduras que llevaban y unas hierbas que Gabrielle había cogido de la posada, constituía la cena. Rebina estaba sentada cerca del fuego silenciosa y pensativa y Amarice estaba a unos metros de distancia sentada en una piedra, afilando su espada. Kallerine estaba reorganizando sus zurrones y comprobando las existencias de agua, mientras que mucho más apartada, sentada contra la pared del fondo de la estancia, Xena estaba ocupada limpiando su armadura, después de haber enjabonado su túnica de cuero, dejándola a un lado.

La guerrera aguzó el oído, al detectar un ruido no identificado fuera de la cueva. Cuando el ruido se hizo más fuerte, lo reconoció como los cascos de un caballo. Cerró los ojos y se concentró. Un caballo, que se acercaba a ellas a paso seguro y firme.

—Viene alguien. Amarice, tú ya tienes la espada lista. Sígueme. Las demás, quedaos aquí —Xena se levantó y desenvainó su propia espada y con pasos lentos y firmes se encaminó a la entrada de la cueva, sin dejar de escuchar al caballo que se acercaba. De repente, se oyó un relincho familiar—. ¡¿Argo?! —la cara de la guerrera se iluminó con una gran sonrisa, dejó caer la espada al suelo con un golpe metálico y cubrió corriendo lo que quedaba de pasillo, llegando a la entrada con una serie de saltos mortales hacia atrás de pura alegría.

Argo, muy cansada, se encontró con ella, golpeando el estómago de la guerrera con el suave morro. Xena hundió la cara en la crin del caballo y estuvo a punto de echarse a llorar, recordando los tiempos en que la yegua dorada era su única amiga y compañera de viajes.

—Eh, chica, lo has conseguido. Sabía que lo harías. Oh, Argo, cuánto me alegro de que no te hayan cogido —siguió haciendo mimos al caballo hasta que oyó un carraspeo detrás de ella. Se giró en redondo y se encontró con unos ojos verdes llenos de diversión que la miraban centelleantes.

—Yo, eeeh... estaba dando la bienvenida a Argo. Mira, está aquí, está... —la guerrera, que se sentía muy cohibida, intentaba quedar bien. Me ha pillado. Haciéndole cariñitos a un caballo. Maldición.

—Xena, qué cosa más mona —rió Gabrielle.

—¡Mona! —exclamó la guerrera indignada.

—Sí, mona —y la bardo se puso detrás de Xena y le rodeó la cintura con los brazos—. Pero tu secreto está a salvo conmigo. No querríamos que todo el mundo pensase que estás perdiendo facultades, ¿verdad? —le tomó el pelo.

—Gabrielle, yo no... estoy... perdiendo facultades... ¡uumf! —y los labios suaves de su compañera la obligaron a callarse.

Una chispa salió disparada de los labios de la guerrera hasta sus pies y estuvo a punto de perder el equilibrio por el repentino contacto. Y luego se fundió en él durante un largo momento, interrumpiéndolo para tomar aire cuando Argo la empujó por detrás, tirándola casi encima de su amante. Lo cual no habría sido necesariamente algo malo.

Las dos mujeres se echaron a reír.

—Xena, ¿por qué no te ocupas de Argo y luego vuelves dentro? El guiso está casi listo —Gabrielle dio unas palmaditas a la guerrera en el estómago.

—Vale —Xena revolvió el corto pelo rubio y luego alzó la cabeza y olisqueó el aroma de la cena con placer—. Huele bien, amor. Nos vemos dentro de media marca.

Cuando la bardo volvió al interior de la cueva, Xena se acercó a las alforjas que las amazonas habían tenido el detalle de acordarse de enviar con el caballo, sacó una almohaza y se puso a trabajar, dando un breve cepillado al suave pelaje de la yegua. Luego cambió la almohaza por un peine plano de dientes largos, se puso a desenredar los nudos de la crin y la cola blancas y terminó limpiando la tierra de los cascos del animal y frotando la dura cutícula externa de cada pezuña con un poco de aceite de oliva. Volvió a guardar los instrumentos en las alforjas y sacó una bolsa de cebada, colgándola de una rama baja. Argo relinchó contenta y se puso a comer los aromáticos granos. Xena se puso al hombro las alforjas y dio unas palmaditas a la yegua en la grupa.

—Que duermas bien, Argo. Me alegro de que hayas vuelto.

Argo hizo una pausa y contestó con un ligero resoplido y luego siguió devorando la cebada. La guerrera se rió y se dispuso a entrar en la cueva. Por el rabillo del ojo captó un destello, levantó la mirada y vio una estrella fugaz que cruzaba disparada el cielo. Se detuvo, cerró los ojos y pidió un deseo, cosa que hacía desde que era niña.

Era algo a lo que jugaba con sus hermanos, Lyceus y Toris. De niños, se sentaban fuera por las noches después de cenar e intentaban ser el primero en divisar el vuelo de la primera estrella. El ganador pedía un deseo. Creían que una estrella fugaz aseguraba que el deseo se haría realidad.

De adulta, Xena sabía lógicamente que eso no era así, pero la niña que todavía llevaba dentro no podía evitar tener la esperanza de que una estrella fugaz le trajera algún tipo de magia especial. Con los años sus deseos habían cambiado como había cambiado ella. Un caballito. Una tarta de manzana. Un par de botas nuevas. Ganar a sus hermanos y a los otros niños del pueblo en las carreras que organizaban. Los deseos de una niña. Poco a poco se transformaron en los deseos de una joven. Que los chicos del pueblo la consideraran bonita. Enamorarse. Encontrar algo más en la vida que lo que ofrecía una aldea apartada como Anfípolis.

También había tenido los deseos desoladores. Despertarse por la mañana y que Lyceus siguiera vivo. Que el padre al que apenas recordaba volviera a casa. Que encajara con los demás jóvenes del pueblo, cuando era evidente que era tan distinta. Había empezado a hacerse alta a una edad muy temprana y durante mucho tiempo se sintió torpe, toda brazos y piernas desgarbados. Poco a poco había ido sintiéndose más segura de sí misma y había conseguido acostumbrarse a su propio tamaño.

Siempre había sido fuerte y atlética, pero fue de adolescente cuando empezó a darse cuenta de que sus habilidades y capacidades se salían de lo corriente, cosa que intentaba ocultar. Así y todo, cuando se burlaban de ella por su estatura o se enfadaba por algo, su fuerza asombrosa se ponía de manifiesto, a menudo con resultados desastrosos. En realidad no tenía amigos y a veces ése era su deseo, tener un solo amigo de verdad en el mundo.

Bueno, supongo que ahora ya tengo eso, sonrió, pensando en la bardo antes de volver a sus recuerdos.

Después de que Lyceus muriera y ella abandonara Anfípolis, después de que su corazón se endureciera y ella hubiera empezado a formar su ejército, durante mucho tiempo simplemente se olvidó de soñar o de mirar siquiera las estrellas. Vivía en un lugar oscuro donde el único deseo de su corazón era matar, conquistar y destruir. Dominar Grecia y obligar a sus súbditos a someterse a ella por el miedo y la manipulación. Y casi lo logró. Entonces su ejército se volvió contra ella y conoció a Hércules y así llegó a ver una forma distinta de vivir. Y juró pasar el resto de su vida expiando las atrocidades que había cometido.

Hércules y ella se separaron y ella vagó sola por las colinas con Argo durante varias semanas, manteniéndose apartada de la gente y pensando en qué iba a hacer a continuación. Al principio pensó que la única manera de seguir adelante era dejando la espada y renunciando a cualquier tipo de lucha. Enterró sus armas y su armadura cerca de Potedaia y estaba a punto de ir a casa para pedir perdón a su madre cuando se encontró con un grupo de tratantes de esclavos que acosaban a un grupo de aldeanas de Potedaia.

Mientras observaba, una joven aldeana de largo pelo rubio rojizo se adelantó y plantó cara con valor a aquellos hombretones, rogándoles que se la llevasen a ella y dejasen marchar a las demás. Fue la primera vez que vio a Gabrielle. En ese momento, la guerrera avanzó para intervenir y se quedó sobresaltada por los intensos ojos verdes de la chica, que la miraba. Xena hizo acopio de todas sus habilidades en el combate y las usó para ahuyentar a los esclavistas y, como le gustó la sensación que eso le había dado, decidió seguir luchando, pero enfrentándose al mal en lugar de apoyarlo.

Después de que Gabrielle la siguiera hasta Anfípolis y después de que la bardo la convenciera para que la dejara quedarse con ella y todavía mucho después, cuando ya estaban cómodas la una con la otra, Gabrielle y ella empezaron a mirar las estrellas juntas por las noches. Se echaban en sus petates y hablaban, hacían planes y soñaban. Y la guerrera empezó a pedir deseos de nuevo.

—Xena, ¿vas a entrar? Llevas aquí fuera casi una marca —Gabrielle interrumpió las ensoñaciones de la guerrera—. Está empezando a hacer mucho frío, amor. Las amazonas ya han comido y se están preparando para dormir —Gabrielle se acercó y le puso el manto a la guerrera sobre los hombros desnudos.

La guerrera siguió mirando el cielo un momento, volviendo a pedir su deseo en forma de plegaria silenciosa a la negra oscuridad y luego se dio la vuelta.

—Lo siento, es que he visto una estrella fugaz y...

—Te has parado a pedir un deseo —dijo la bardo con una sonrisa dulce, recordando todas aquellas charlas junto al fuego.

—Sí. Gracias por traerme el manto.

—De nada —la bardo le dio una palmada en el hombro—. Bueno, no te quedes mucho aquí fuera o me voy a tener que acabar yo todo el guiso —y Gabrielle regresó al interior de la cueva, pero no sin antes volverse para echar una mirada a su compañera, que se había dado la vuelta y estaba una vez más contemplando soñadoramente el cielo nocturno.

La guerrera susurró su deseo una última vez antes de entrar:

—Por favor, por favor, que se quede conmigo. Siempre.

Regresó por el pasillo, dejó las alforjas en la boca de la estancia interior y se acercó hasta un sitio vacío al lado de la bardo. Gabrielle cogió un tazón de guiso que estaba cerca del fuego y se lo pasó a su compañera. La guerrera lo aceptó agradecida, notando que le rugía el estómago.

—Gracias, Gabrielle.

Terminó el tazón muy deprisa y se alegró de ver que quedaba suficiente para repetir.

Se comió el segundo tazón más despacio, repasando mentalmente los acontecimientos del día. Argo ha vuelto. Hemos encontrado un sitio seguro para dormir. He aprendido a matar a una bacante. He encontrado mi armadura. Y mi espada. Y mi chakram. Hemos despedido a las amazonas sanas y salvas.

Xena hizo una pausa y tomó otro bocado de guiso. No todo era bueno. Mi chakram está roto. Recordó la angustia de su compañera en la fortaleza. Y el entrenamiento de combate a espada cuerpo a cuerpo por primera vez con la pacífica bardo. Pero eso no es lo único que hemos hecho hoy cuerpo a cuerpo.

Acabó el tazón y en sus labios se dibujó una ligera sonrisa, al recordar la piel suave y las caricias tímidas de la bardo, que habían ido cobrando cada vez más seguridad a medida que se exploraban físicamente por primera vez. Recordó la expresión de los ojos de su amante justo antes de cerrarlos, en el momento en que fue evidente que la guerrera la estaba transportando a un lugar donde nunca había estado antes. Un escalofrío de deleite recorrió la piel de Xena al pensar en su propia respuesta a las atenciones de su compañera. Nadie le había hecho sentir nunca las cosas que sentía con Gabrielle. Jamás. Ha sido como si pudiéramos leernos la mente la una a la otra, como si pudiéramos captar los sentimientos de la otra. Me he sentido totalmente amada. Y la amo totalmente. Almas gemelas. La guerrera se volvió para mirar al objeto de sus pensamientos y descubrió que su compañera la estaba mirando a su vez.

—Xena, ¿has comido suficiente? Tenemos tortas de pan. ¿Sigues con hambre? —preguntó la bardo. Había visto cómo la guerrera prácticamente inhalaba el primer tazón de guiso y pasaba a atacar un segundo antes de bajar el ritmo y dar la impresión de que desaparecía de al lado del fuego, sumida de nuevo en sus sueños.

La guerrera miró a su alrededor un momento. Las amazonas ya estaban acurrucadas en sus petates al otro lado de la estancia. Se oía la suave respiración del sueño, pues el agotamiento del día se había apoderado rápidamente de ellas. Satisfecha de que tenían cierto grado de intimidad, Xena sonrió salvajemente y se acercó.

—Gabrielle —ronroneó—, me temo que mi hambre tendrá que esperar unas cuantas noches más.

—Pero Xena, tenemos comida —dijo la bardo, confusa, hurgando en uno de sus zurrones y sacando unas raciones de marcha—. Si no quieres pan, tenemos otras cosas. ¿Ves...?

—Gabrielle —una voz ronca arrastró el nombre—, las raciones de marcha no son lo que me hace falta.

Gabrielle levantó la mirada y vio unos encendidos ojos violetas que la recorrían con aprecio desde la cabeza hasta los pies y vuelta, deteniéndose en su cara. Xena se chupó los labios inconscientemente y sonrió.

—Oh —dijo Gabrielle comprendiendo súbitamente y sintiendo un rubor que le iba subiendo del pecho al cuello.

—Gabrielle, ¿tienes demasiado calor? —le tomó el pelo la guerrera, advirtiendo el color de la cara de su compañera—. A lo mejor estás demasiado cerca del fuego.

—A lo mejor no estoy lo bastante cerca —replicó la bardo en un susurro bajo y sensual, para no despertar a las amazonas—. Por si no lo habías notado, princesa guerrera, está muy claro que nuestros petates no se encuentran en esta estancia. Mientras tú estabas cazando la cena, yo he explorado un poco —la bardo se levantó y ofreció ambas manos a su silenciosa compañera.

Xena enarcó una ceja y puso sus manos en las de su amante, dejando que la levantara. Gabrielle la condujo a la entrada de la estancia y por el pasillo, torciendo a la izquierda por otro pasillo corto y a través de una entrada baja que llevaba a una pequeña antecámara. Una hoguera chisporroteante ardía con poca llama en medio de la acogedora estancia y había unas cuantas velas diseminadas que proyectaban sombras danzarinas en las paredes. Sus pieles para dormir estaban extendidas junto al fuego y un cubo de agua colgaba de una gruesa estaca de madera clavada en la pared para que el cubo estuviera sobre las llamas, lo bastante cerca como para calentar el agua. Un ligero vapor emanaba de él y en el aire se percibía el aroma a lavanda.

Gabrielle se acercó y sacó un odre de vino de debajo de las pieles, donde lo había dejado para que se calentara. Lo destapó e hizo un gesto a Xena para que se reuniera con ella. La atónita guerrera fue al lado de su compañera y la bardo llevó el odre a los labios de su amante. Xena tomó un trago. Vino especiado, saboreó la guerrera con placer. Le quitó el odre a su amante y le devolvió el favor.

—Gabrielle, ¿cómo... por qué...? —Xena se calló, al no encontrar palabras.

—Xena... esta mañana fue... maravilloso. Inesperado. Más de lo que jamás había esperado que fuera. Sabía que hoy iba a ser un día difícil para las dos. Creo que el aspecto físico de nuestra relación ya ha contribuido mucho a... mmm... curarnos. Sé que para mí ha sido así —miró a su compañera con una sonrisa—. Decidí que si tenía la más mínima oportunidad, quería hacer algo muy especial por ti esta noche. No sabía dónde íbamos a acabar durmiendo, pero por si acaso, me traje unas cuantas cosas de más. Ven aquí.

Llevó a su amante junto al agua humeante y se dispuso a desabrochar las correas que sujetaban la armadura amazónica prestada. Cayó al suelo. A continuación desató los cordones de la ropa de cuero y la fue quitando con cuidado del largo y musculoso cuerpo de la guerrera y luego le quitó las botas, dejando a Xena bien desnuda y algo temblorosa. Gabrielle sonrió y se agachó para coger una esponja de mar y una pastilla de jabón, que también olía a lavanda. Mojó la esponja en el agua, la enjabonó, la levantó y se puso a frotar en círculos la espalda y los hombros de la guerrera, bajando por la parte de atrás de las piernas. Levantó el cubo y echó suficiente agua para aclararla.

—Ahora por delante —y dio la vuelta a su amante. Se puso a trabajar de nuevo con la esponja y Xena cerró los ojos, sintiendo que la tensión del día iba desapareciendo de sus músculos poco a poco. Otro aclarado rápido y luego Gabrielle secó a su bienoliente compañera con una toalla y terminó enrollando la toalla alrededor de la alta figura que tenía delante, metiendo los extremos por dentro para que no se cayera.

Durante el baño habían estado intercambiando sorbos de vino y entre la bebida, el fuego y las caricias de su compañera, la guerrera estaba ahora muy acalorada.

—Gracias, amor. Ven, te toca a ti —Xena se arrodilló y desabrochó las botas de la bardo, levantando un pie tras otro para quitárselas. Se puso en pie, le quitó a su compañera la larga camisa que se había puesto antes y empezó a bañar a Gabrielle, tomándose su tiempo y disfrutando de la tranquila expresión de adoración que se veía en la cara de su amante.

Xena cogió otra toalla y se puso a secar a la bardo, moviéndose hacia abajo hasta que de nuevo quedó arrodillada a los pies de su compañera para secar su firmes y musculosas pantorrillas, que no pudo evitar besar. Empezó a subir por las piernas bronceadas besándolas, notando unos dedos ágiles que se enredaban en su pelo. Saboreó algunos otros puntos sensibles y oyó una súbita inhalación de aire.

—¿Cómo dices? Gabrielle, no te he entendido —le tomó el pelo la guerrera, sin dejar de disfrutar de la dulzura de su amante.

Xena notó unas uñas cortas que se le clavaban en los hombros y oyó unos gemidos incoherentes que se escapaban de la garganta de la bardo. Sonriendo, subió mordisqueando el estómago duro como una tabla de Gabrielle y por fin llegó a los labios que la esperaban. Y notó que la toalla que la rodeaba se soltaba cuando unas manos insaciables se apoderaron de ella y sus cuerpos entraron en contacto.

Cuando los besos se hicieron más insistentes, Gabrielle consiguió apartarse y, con una sonrisa seductora, preguntó:

—¿Todavía tienes hambre?

—Oh, sí —gruñó la guerrera, levantando en brazos a la bardo y transportándola hasta su petate, donde la depositó con cuidado. Xena se colocó encima de su amante, apoyando el peso en los antebrazos, y tuvo un último pensamiento coherente. Hora del postre. Y bajó para atiborrarse.

Pocas marcas después, Xena estaba tumbada de lado bajo las cálidas pieles, profundamente dormida. El cuerpo de Gabrielle descansaba contra la espalda de la guerrera y los brazos de la bardo rodeaban con firmeza la cintura de su compañera. A pesar de estar cansada, la joven todavía no había conseguido dormirse, pues tenía la mente sobrecargada por todo lo que había ocurrido ese día y todas las nuevas sensaciones que la habían bombardeado al mismo tiempo. Besó con ternura el hombro desnudo que tenía delante y la guerrera dormida alargó la mano inconscientemente y rodeó una de las muñecas de la bardo, apretando más a su amante contra su espalda. Gabrielle sonrió y se concentró en quién era exactamente la persona que tenía entre sus brazos. La Elegida de Ares. La Destructora de Naciones.

La bardo sacó con cuidado el brazo de debajo de la guerrera y se apoyó en él para mirar la cara de su nueva amante. Al dormir, todos los rasgos de la expresión intensa que solía tener la guerrera cuando estaba despierta desaparecían, sustituidos por una paz absoluta. Una paz que no podía corresponder a nadie que llevara el asesinato y el odio en el corazón. Éste era el sueño de los justos. Gabrielle apartó algunos pelos oscuros y desordenados de los ojos de Xena y se inclinó para besar un pómulo elevado. La guerrera suspiró al sentir el contacto y farfulló en sueños:

—Te... quiero... Gabrielle.

—Yo también te quiero —susurró la bardo suavemente y volvió a echarse en la gruesa piel, apretando la cara contra la nuca de Xena y aspirando el aroma a lavanda que todavía le quedaba allí.

Una marca antes Xena, conocida para el mundo como la princesa guerrera, le había demostrado su amor con una dulzura y una entrega que ningún señor de la guerra habría sido capaz de demostrar nunca. A Gabrielle le había costado muchísimo lograr que la guerrera la soltase y permitiese a la bardo tomar el mando, colmando a su compañera del mismo afecto cálido que había recibido. Gabrielle sabía que Xena había pasado tanto tiempo viviendo con la culpa de su pasado que en el fondo de su alma estaba convencida de que no merecía ser amada.

La bardo había recordado a la guerrera su afirmación previa de que no había acabado aún con ella y tras una breve pelea de cosquillas y un poco de jaleo, Xena cedió por fin y dejó que Gabrielle la empujara juguetonamente hasta tumbarla boca arriba, tras lo cual la bardo acabó sentada a horcajadas encima de su compañera, sujetándole los brazos con las manos. Era algo a lo que habían jugado cientos de veces, una pelea de cosquillas seguida de un combate de lucha libre, en el que a veces, sólo a veces, Xena dejaba que su amiga más menuda fingiera que había ganado. Las dos sabían que no era así. Pero esta vez era diferente. Nunca habían jugado a esto desnudas.

—¡Ja! ¡Ya te tengo! —la animada bardo miró a la guerrera con una sonrisa en la cara y un fulgor en los ojos.

Sí, amor. Ya lo creo que me tienes.

—¿Y ahora qué? —rió Xena.

Los ojos de Gabrielle se suavizaron y se echó encima de la guerrera, acomodándose despacio, haciendo que sus cuerpos entraran en contacto por completo. Notó que a Xena se le entrecortaba la respiración y vio el tenue punto del pulso que se aceleraba en la garganta de su compañera. La bardo se inclinó y mordisqueó dicho punto y luego se alzó para mirar a los ojos azules medio cerrados.

—Ahora... —bajó con un dedo desde la oreja de la guerrera, por el cuello, el pecho y acabó dejando la mano a un lado de la cintura de su compañera—. Ahora, voy a hacerte el amor, Xena.

Y así lo hizo, empezando con una dulce y provocativa exploración de los labios de Xena y bajando poco a poco por el cuerpo de la guerrera, memorizando cada marca y cada curva. Al besar la piel tierna del interior de un muslo, la bardo oyó un suave gemido y notó que Xena le agarraba con firmeza el brazo, que rodeaba el muslo en cuestión. Satisfecha con la respuesta, se estremeció de expectación y fue bajando con besos hasta establecer un contacto más íntimo con la guerrera y se perdió en eso durante un tiempo. Y mucho más tarde, al percibir la necesidad de su amante de un ancla, volvió a subir por el cuerpo de Xena, miró a la guerrera a la cara y vio los claros ojos azules rebosantes de lágrimas.

—Xena, ¿qué ocurre? —Gabrielle besó una lágrima que resbalaba por la cara de su compañera.

—Yo... tú... Gabrielle, yo...

—Tranquila, amor, tómate tu tiempo —dijo la bardo suavemente, poniendo la mano en la cara de Xena y acariciando con el pulgar la piel suave de la mejilla de la guerrera.

Xena tragó varias veces y rodeó a su compañera con los brazos.

—Gabrielle, te quiero tanto.

—Y yo te quiero a ti —declaró la bardo con sencillez.

—Gabrielle... por favor...

—Lo que sea, amor.

—Por favor, no me dejes nunca.

Los ojos verdes de Gabrielle se pusieron como platos. Como si eso fuera a ocurrir.

—Xena, escúchame. Lo que dije hoy lo decía en serio. No hay la más mínima posibilidad de que te deje. Jamás. Punto.

—Te necesito —Xena miró a la bardo a los ojos con una expresión dolorosamente dulce.

—Y yo te necesito a ti. Estoy aquí, Xena, y no voy a ir a ninguna parte sin ti. Ahora duerme, amor. Ha sido un día muy largo.

Gabrielle se apartó despacio de su compañera, la empujó a un lado y se acurrucó contra la fuerte espalda. Rodeó la cintura de la guerrera con los dos brazos y notó una mano cálida en la pierna.

—No puedo creer que la chica más preciosa del mundo me quiera a mí —murmuró Xena.

—No sabía que tenías otras amantes aparte de mí —contestó la bardo con una risita de broma.

—Gabrielle, me refería a ti —exasperación fingida.

—Xena, eso es muy bonito. Créetelo. Te quiero con todo mi corazón. Ahora duérmete.

—Gabrielle.

—¿Mmmm?

—¿Te acuerdas de aquella vez que te enseñé las canciones que me cantaba mi madre al acostarme?

—Sí, amor —y Gabrielle cantó las dulces nanas de la infancia de Xena a su oído, acariciando el pelo negro hasta que la respiración de la guerrera se fue haciendo más profunda al quedarse dormida.

Recordaré esta noche durante el resto de mi vida, pensó Gabrielle. ¿Destructora de Naciones? Para nada. Ya no. Y se unió a su amante en un sueño satisfecho.