Muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior. Son todas un amor y me animan a continuar escribiendo. Aprovechando que estoy en la universidad y me robo el wifi de mis maestros, publico el siguiente capítulo. En alguno de los capítulos anteriores me hicieron la pregunta de su esta historia iba a ser más larga que Undercover y aunque todavía no estoy muy segura, me da la impresión de que no, pero eso todavía está por verse, así que no se preocupen. No les molesto más. A leer!
Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP
BIORITE
-7-
—Sakura, despierta. Tenemos que irnos. Rápido.
Apenas podía moverse, pero hizo el esfuerzo de ponerse de pie y avanzar a trompicones hacia la puerta. Las luces del cuarto estaban apagadas y no podía ver nada ni escuchar nada. El murmullo de las máquinas se había ido. A su lado, Anelisse forcejeaba con el cerrojo. De alguna forma había conseguido una ganzúa. Todo eso formaba parte de su plan. Escapar. La puerta se abrió y el eco de las voces de todos quienes trabajaban en el laboratorio les llegó con claridad. Ese apagón no era normal.
—Vamos —Anelisse la aferró con fuerza del brazo y la llevó pasillo abajo—. Tenemos unos cinco minutos antes de que se den cuenta de que no estamos. ¿Recuerdas el plan?
—Sí.
—Bien —siguieron corriendo hasta llegar a una puerta. La luz de las farolas se colaba por el cristal, iluminando levemente la recepción. Una figura reposaba junto a la puerta—. Quédate aquí, iré a conseguirnos armas.
Se apoyó contra la pared y aguzó el oído. Anelisse luchó contra el guardia de la puerta unos instantes antes de romperle el cuello y esconder su cuerpo en el armario más cercano. Cuando regresó tenía dos pistolas en las manos. Una se la entregó a Sakura, que casi la hace caer. Estaba demasiado débil.
—Sigamos.
Salieron por la puerta y respiraron profundamente el aire nocturno. Por meses habían pasado encerradas en esa habitación estéril y el aroma a ciudad se les antojaba exquisito. Sakura se despejó un poco y sintió como algo de fuerza le invadía el cuerpo. Pero su momento de gloria duró poco. Las puertas se abrieron y varios tipos armados salieron a su encuentro. Echaron a correr descalzas por la calle sin un rumbo fijo en mente. Las balas de sus perseguidores pasaban rozándolas y comenzaban a acortar la distancia. Corrían junto a los escaparates de algunas tiendas, y Sakura tuvo la oportunidad de atrapar a su reflejo. Tenía el cabello hecho un nido, la piel pálida y los ojos llenos de terror, casi irreconocibles. Un reloj dentro de una tienda llamó su atención. Eran las tres de la mañana.
—¡Sakura, corre!
Aceleró el paso. Escuchó un disparo y luego sintió el impacto en el brazo. Por un momento perdió el equilibrio, pero siguió corriendo. Eso no era nada. No dolía. Llena de adrenalina dio media vuelta y disparó el cartucho entero a sus perseguidores. Les había dado a casi todos. Sonrió y continuó con el escape. Anelisse iba unos metros por delante de ella, mirando a todos lados en busca de un lugar dónde esconderse. Pero no había nada. Tendrían que salir de esas calles a una principal para encontrar un sitio seguro.
Entonces el rugido de un motor las detuvo a ambas. Una motocicleta con dos tipos armados les cerraba el paso. Como animales enjaulados trataron de correr a un lado, pero otra motocicleta se apareció de la nada, bloqueando el camino. Las tenían rodeadas. Sakura levantó su arma aunque ya no le quedaban balas. A su lado, Anelisse apuntaba directamente hacia el frente, un fuego casi maniaco brillando en su mirada.
—Ríndanse —les dijo uno de los guardias—. Ahora.
—Nunca —repuso Anelisse y disparó.
Todo pasó muy rápido. Anelisse se vio rodeada de varios hombres a la vez mientras un par aferraba a Sakura por los brazos y la arrastraban de regreso al laboratorio. Los disparos iban en todas direcciones, algunos encontrando su blanco, otros perdidos en la calle. El corazón de Sakura comenzó a latir muy rápido y la nariz comenzó a sangrarle. En instantes se había quedado ciega y escuchaba como la sangre le corría por las venas. Cerró los ojos y se desmayó.
—Sakura, despierta.
Abrió los ojos a una luz tenue justo por encima de su cabeza. El aire olía a desinfectante y la temperatura era demasiado perfecta. Estaba de regreso en el laboratorio. Intentó incorporarse, pero gruesas correas de cuero la aprisionaban contra la cama. Horrorizada contempló como una nueva dosis de Biorite se colaba en su cuerpo. Sus venas brillaban ya de un tono verde fosforescente y podía sentir como su cuerpo recuperaba energía de forma paulatina. Más allá del suero vio a Jonathan, sentado en una silla bastante incómoda, mirándola fijamente.
—¿Anelisse?
—Está muerta —repuso Jonathan acercándose a ella—. Pero era sólo cuestión de tiempo. Ya sabía yo que tramaban algo. Debí darme cuenta antes.
—Déjame ir —pidió Sakura con monotonía. Sabía que esas eran las palabras correctas, pero no podía evocar ninguna clase de emoción con ellas—. Ya no te sirvo de nada. Tienes tu droga lista.
Jonathan soltó una risita.
—En eso te equivocas, cariño, aún tengo unas cuantas cosas que probar —señaló el suero—. Esto, por ejemplo. Es una nueva fase, algo que se me ocurrió hace unos días.
Sakura miró la bolsa de suero con cierto recelo. Sabía que tenía que asustarse, pero nuevamente no podía evocar sus emociones.
—Tú solo relájate, cariño, porque para mañana, no podrás recordar ni sentir absolutamente nada…
Rutina.
Shaoran agradecía la tan apacible rutina en la que había caído su vida. Iba al hospital, regresaba a casa temprano, jugaba con su hijo y compartía con Sakura. Incluso se le había hecho mucho más fácil sobrellevar esas largas noches de guardia que lo tenían aislado del mundo, porque sabía que al llegar a casa encontraría en su habitación una botella de cerveza fría y algo de comer. Sí, definitivamente esos dos meses de rutina habían sido los mejores de su vida.
Soltó un suspiro complacido mientras se arreglaba el corbatín frente al espejo del baño. El maldito lacito no quería quedarse en su sitio por más que intentara. Finalmente se rindió y salió de su habitación. Kenji jugaba en el pasillo, luciendo un frac como él, a juego con una corbata diminuta de un rojo brillante. Lo agarró al vuelo y lo llevó en brazos a la sala. Estaban jugando a las luchas cuando la voz de Sakura llegó flotando desde las entrañas del departamento.
—Shaoran vas a arrugarle el traje a tu hijo y vas a arrugarte el traje tú —la voz se iba acercando rápidamente—. ¿Cuántas veces les he dicho que no jueguen así? —y de la nada se había materializado frente a ellos.
—Pero Sakura-neechan, nunca nos dejas luchar —se quejó el pequeño, inflando los mofletes.
Sakura rio.
—Hagamos un trato, si te portas bien hoy, te prometo que lucharé contigo mañana temprano
Kenji se lo pensó unos momentos y asintió, sonriente.
—Trato —dijo y se bajó del sillón de un salto.
— ¿Y a ti que te pasa? —le preguntó Sakura al castaño, quién la miraba con expresión indescifrable.
—Estás muy guapa —repuso a la final.
Sakura se sonrojó de golpe y clavó la mirada en el suelo. Llevaba un vestido color índigo, sin mangas ni tirantes, que se ajustaba provocativamente a su figura. Casi no usaba maquillaje y se había rizado la larga melena castaña.
—Gracias, tú también estás guapo
Shaoran sonrió, ladino.
—Yo siempre estoy guapo —repuso, ofendido—. ¿Acaso la bata de médico me queda tan mal?
—Te queda espantosa —dijo entre carcajadas—. ¿Están listos?
—Por supuesto.
La muchacha asintió y se encaminó a la puerta.
—Kenji, vamos —le dijo al niño—. Recuerda, no puedes correr en la iglesia ni levantar la voz.
Kenji asintió. Sakura le revolvió los cabellos.
—Lo mismo va para ti, Shaoran.
— ¿Y eso por qué?
—Eres tan niño como tu hijo.
—Eso no es cierto —murmuró el castaño al tiempo que abandonaban el piso.
Llegaron a la iglesia veinte minutos después y ni bien Sakura puso un pie en el rellano, Meiling se la llevó a una de las habitaciones ubicadas en el perímetro de la nave. Tomoyo estaba allí, ya embozada en su vestido de novia, con la tiara y el velo en lo alto de la cabeza. Tenía el cabello recogido en la base de la nuca y parecía que la habían bañado en escarcha. Estaba hermosa. Sentada frente a un tocador, hablaba con alguien por teléfono. A pesar de que parecía molesta, su tono de voz era tan cálido y amable como siempre. Tal parecía que sus pacientes no iban a dejarla en paz.
— ¡Sakura! —gritó Tomoyo cuando colgó el teléfono. Corrió hacia ella y la abrazó—. ¡Pensé que no ibas a venir!
— ¿Y perderme tu boda? Nunca. A ver, que hacer falta.
Meiling repasó la improvisada lista que había garabateado en un papel y negó con la cabeza.
—Nada, estamos completas —asomó la cabeza por la puerta de la habitación y silbó de pura impresión—. Tenemos casa llena, señoritas. El cura ya está en el altar y Eriol y Shaoran también.
—Entonces iré a avisar al pianista que comience con la marcha —Sakura salió unos instantes de la habitación y regresó igual de rápido—. Vámonos.
Sakura y Meiling agarraron sus ramos, versiones en miniatura del de Tomoyo, y salieron en fila al rellano de la iglesia. La marcha nupcial reverberaba en las paredes y las miradas de todos los presentes estaban clavadas en ellas. Como damas de honor, Meiling y Sakura abrían la procesión, y tras ellas, venía Tomoyo, el rostro oculto por el velo y el vestido atrapando toda la luz del lugar. Eriol, desde el altar, veía a su futura esposa con una devoción casi divina. Las damas de honor ocuparon su lugar y Tomoyo se detuvo junto a su prometido…
La ceremonia fue perfecta, sacada prácticamente de un cuento de hadas. Después de que fueron pronunciados marido y mujer y Eriol besara a la novia, toda la concurrencia salió de forma ordenada de la iglesia directo a sus autos. La recepción se llevaría a cabo en la Mansión Daidouji. Un grupo de sirvientas recibió a los invitados y los llevó hasta el salón, decorado con rosas de varios colores y candelabros de plata llenos de velas. Pronto todos tenían copas de champaña o vino y brindaron en voz alta por los novios.
— ¿Disfrutando de la fiesta, señorita? —preguntaron junto a ella.
Sakura sonrió de medio lado y volteó a su derecha para encontrarse a Shaoran unos pasos más allá. Le sonrió, coqueta, y se acercó a él. Durante los dos últimos meses su relación con Shaoran había mejorado. Desde aquel día en la cocina no habían vuelto a involucrarse de forma íntima, pero a veces se miraban con ansias por encima de la mesa, que era casi lo mismo. Entre Tomoyo y Meiling había conocido mucha gente y se había conseguido un pequeño grupo de amigos que la sacaba casi todos los fines de semana. En las horas que tenía libres visitaba a Meiling en su trabajo y de tarde en tarde aceptaba ayudarles con sesiones de fotos y demás, y como recompensa le daban carta blanca a escoger prendas del armario del estudio. Sus sesiones con Tomoyo seguían y habían hecho progresos, pero nada en concreto que arrojase luz sobre su verdadera identidad. Aun así no perdía la esperanza. Por último, Kenji se había convertido casi en un hijo para ella. Se encargaba de todas sus cosas, desde las consultas del pediatra hasta de comprarle la pasta de dientes que más le gustaba. Debía admitir que era algo bastante cansado y trabajoso, pero infinitamente satisfactorio. Ahora comprendía la alegría de Shaoran cuando hablaba sobre criar a un niño.
—Bastante —repuso y aceptó la copa de vino que le ofrecían—. Aunque nadie me ha invitado a bailar todavía.
Shaoran fingió sorprenderse y se bebió su copa de un trago. Luego, como caballero victoriano, hizo una reverencia y extendió su mano hacia Sakura.
— ¿Me concedería esta pieza?
Sakura estalló en carcajadas y tras darle un trago a su copa, aceptó de buen grado la invitación. Shaoran la llevó hasta el centro de la pista y le explicó las bases del vals. Después de un par de canciones la castaña le había cogido el tino al baile y hacía un maravilloso trabajo luciéndose en la pista. En algún momento Eriol y Tomoyo se les unieron y volvieron a desaparecer igual de rápido. Era normal, todos los presentes querían una foto con la pareja o felicitarles por la boda.
— ¿Y Kenji? —preguntó Sakura un rato después.
—Con Meiling. Han tuvo que trabajar hasta tarde y ya sabes cómo se pone cuando algo no sale como a ella le gusta. Se llevó a mi hijo y ha pasado jugando con él toda la noche.
—Ya llegará.
—Eso espero o tendré que recurrir al alcohol para que se le pase el malgenio y Meiling borracha es un peligro para la sociedad.
—Eso sería algo digno de ver —la música se detuvo y salieron de la pista.
—Bailas bastante bien, Sakura.
—Eso es porque tuve un excelente profesor —le sonrió.
—Tienes toda la razón. Voy por algo de beber, ya regreso.
Sakura asintió y se recostó contra la pared más cercana, observando atentamente a los presentes. No había pasado ni un minuto cuando escuchó a alguien pronunciar su nombre.
— ¡Sakura! —Tomoyo se apareció a su lado. Había cambiado su vestido de novia por otro más sencillo, de color perla. Ya no llevaba la tiara ni el velo—. Ven, quiero presentarte a alguien.
Sakura echó un vistazo, buscando a Shaoran, pero no aparecía por ningún lado. Finalmente se rindió y siguió a Tomoyo hasta el otro lado del salón, dónde Eriol conversaba con un hombre un palmo más alto que él. Usaba un traje de color plata y el cabello negro enmarcaba un rostro de facciones finas, pero sin desdibujar por completo su descendencia asiática. Cuando la castaña finalmente pudo verlo bien, se detuvo en seco, perdida en sus ojos azules.
—Sakura, te presento a Kishimoto Akio, médico no practicante y dueño de Kishimoto Inc., una compañía que ensambla y produce equipos médicos —hizo Tomoyo las presentaciones—. Akio, Sakura Kinomoto, una amiga.
—Es un placer conocerla, Kinomoto-san —el tipo le besó la mano y le sonrió, coqueto—. Es usted muy atractiva, ¿se lo habían dicho?
Sakura asintió en silencio. No podía hablar. Algo en ese hombre le despertaba un terror que no entendía. Tomoyo pareció darse cuenta de que algo no estaba bien con su amiga, porque la llevó a un rincón apartado y le pasó una mano por el rostro.
—Sakura, estás helada —había preocupación en su voz—. ¿Te pasa algo?
Trató de responderle, pero no podía. El miedo se le había robado la voz. De forma inconsciente desvió la mirada hacia Akio y lo atrapó mirándola también. Comenzó a temblar. Y así como le pasó en el camino hacia Tokio, una jaqueca apareció de la nada y las voces comenzaron a perforarle los tímpanos otra vez. Pero esta ocasión un nítido recuerdo se abrió paso en su mente. A lo lejos podía escuchar a Tomoyo pidiéndole que se tranquilice…
—Sakura, ¿estás lista?
Un hombre de unos cincuenta años entró en la habitación, luciendo un terno bastante elegante. Por algún motivo Sakura sabía que usualmente pasaba embozado en un traje de doctor y el cambio le era un tanto desconcertante.
—Ese vestido te queda muy bien, cariño —la ayudó a ponerse de pie y la sacó de la habitación. El pasillo se veía como el de un hospital, blanco, vacío y estéril. Confundida, echó a andar junto al hombre hacia la salida—. En cuestión de horas estarás en tu nueva casa.
— ¿Nueva casa? —no había emoción en su voz. Era tan vacía como la de una máquina.
—Sí, nos vamos a otro laboratorio, cariño, ya no es seguro para ti este lugar —parecía sinceramente preocupado—. Te gustará Tokio, es muy lindo en esta época del año.
—Tokio… —repitió de forma mecánica.
Un auto los esperaba en la calle. La puerta trasera se abrió de inmediato y un hombre bastante alto, de ojos azules y rostro asiático se bajó para recibirlos.
—Akio, gracias por ofrecerte a acompañarnos —dijo el hombre a su lado—. Ya sabes que no entiendo ni una palabra de japonés y me pierdo en esa ciudad tan grande.
El aludido rio.
—No te preocupes Jonathan, pero sabes bien que no hago esto por ti, sino por Sakura —le sonrió—. Nadie mejor que un japonés para llevar a una japonesa de regreso a casa.
— ¿Irina hizo ya el papeleo?
—Todo está listo. El pasaporte de Sakura espera en el aeropuerto y hablando de eso, si no nos vamos ya llegaremos tarde.
— ¿Quién es usted? —preguntó ella entonces.
—Perdón, soy un maleducado, mi nombre es Kishimoto Akio, soy socio de Jonathan, y trabajé con él el proyecto Biorite —hizo una reverencia—. Vámonos.
Sakura asintió y se subió al auto…
¡Sakura!
¡Sakura! ¡Sakura!
— ¡Sakura!
Abrió los ojos de golpe. Reconoció el techo como el de la habitación de Tomoyo y se incorporó de un salto. La cabeza le daba vueltas y el corazón le latía desbocado. Eso no había sido un sueño, era imposible. No lo había imaginado. Enfocó a los demás presentes en la habitación y su miedo se aplacó un tanto. Tomoyo estaba sentada a su lado, el rostro contraído en una mueca de preocupación. Eriol, Meiling, Han y Shaoran también estaban allí, todos mirándola como si se hubiese vuelto loca.
—Shaoran —su voz sonaba tan mecánica como en su recuerdo. Se aclaró la garganta—. Kishimoto Akio sabe quién soy.
Akio decidió que era momento de desaparecer cuando un brillo de reconocimiento brilló en los ojos verdes de Sakura. Se despidió de los demás y se marchó tan rápido como pudo. El corazón le saltaba de felicidad en el pecho. Después de dos meses buscándola, finalmente había dado con ella y en el lugar menos esperado y junto a la gente menos esperada. Daidouji Tomoyo era una buena amiga, una mujer con la que sabía que siempre podía contar y quién conocía muy bien su fascinación con la genética. Se conocían desde niños y a pesar de que habían seguido carreras distintas, ambos sentían la misma pasión hacia la medicina. Había sido una sabia decisión aceptar ir a su boda. Y aunque no llegó a la ceremonia en la iglesia, recibió una recompensa mucho mayor en la fiesta.
Condujo por espacio de media hora, hasta llegar a un barrio residencial a las afueras de la ciudad. Se bajó del auto casi corriendo y aporreó la puerta con fuerza. Scarlett abrió en ropa interior. Al reconocer a su visitante sonrió.
—Si lo que quieres es acostarte conmigo, tendrás que venir otro día, no estoy de humor —aunque su sonrisa de gato decía otra cosa—. ¿Qué puedo hacer por ti, Akio?
—La encontré. Encontré a Sakura.
—Sakura… ¿de qué estás hablando? —Tomoyo la miraba igual que el resto—. Es imposible. Akio no te conoce.
Sakura negó. Nadie le creía.
—Me conoce Tomoyo, él sabe qué es lo que me pasó —los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¿Recuerdas el dibujo que te enseñé en la primera sesión? Ese lugar es real. Yo vivía en Nueva York. Y Akio lo sabe.
—Más despacio, Sakura —Shaoran se sentó junto a ella—. ¿Cómo lo sabes?
Sakura respiró profundo y les dijo lo que vio. No lo había imaginado. Era un miserable recuerdo.
—No pueden haber dos japoneses de un metro noventa con ojos azules y cabello negro que tengan el mismo nombre —comenzaba a desesperarse—. Él fue a recogernos. Yo estaba con un hombre, Jonathan, y me dijo que vendríamos a Tokio. Al laboratorio de Tokio. Y le agradeció a Akio por hacer de nuestro guía. Jonathan no habla japonés.
Los demás intercambiaron una mirada de circunstancias. Gesto que no pasó desapercibido para Sakura. Se levantó de la cama y comenzó a dar vueltas por la habitación. Un extraño dolor el parte interna del brazo comenzaba a molestarle.
—No estoy mintiendo ni me lo estoy imaginando. Kishimoto Akio me conoce —repitió—. Por dos meses han estado esperando a que recordase algo importante, algo que realmente nos diga quién carajo soy y cuando finalmente pasa lo primero que hacen es tacharlo como una alucinación. Tienen que creerme. Él sabe quién soy.
Shaoran fue el primero en asentir. Los demás lo imitaron. Lo cierto era que ninguno le creía, pero por el bien de Sakura tendrían que pretender que era así.
—Está bien, te creo —le dijo el castaño, sujetándola suavemente por los hombros—. Tomoyo, por favor ve por Akio y dile que venga. Tal vez nos pueda explicar que es lo que pasa.
La pelinegra asintió. Regresó al poco tiempo, sola, y más confundida que antes.
—Se fue —dijo—. Dejó un mensaje para mí en la entrada. Algo pasó en su fábrica y tuvo que irse de emergencia. Mañana hablaré con él.
Shaoran asintió.
—Será mejor que nos vayamos —miró a Sakura con aprehensión—. Tú necesitas descansar.
Sakura asintió y se despidió de los demás. Abandonó la mansión en silencio y se subió en el auto de malos modos. Kenji dormía a pierna suelta en el asiento trasero. Shaoran fue el último en subirse.
—Yo sé que no me crees —dijo Sakura tras veinte minutos de camino—. Y está bien. Es casi imposible que después de tanto tiempo buscando por respuestas haya encontrado una así como así. Pero yo sé lo que vi y es real. Apuesto a que la policía si me creería.
—¿De qué hablas?
—¿Acaso crees que no me he dado cuenta? —Sakura se pasó una mano por el cabello—. Sé que la policía te llama a base diaria a preguntarte por mí. Me parecía extraño que ese detective dejase de venir tan de repente y entonces se me ocurrió que ya no venía por que hablaba directamente contigo. Ellos, al igual que nosotros, están muy interesados en descubrir quién soy.
Shaoran soltó un suspiro y la miró un instante. Tenía los ojos hinchados y le temblaban los labios. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Acaso su mente estaba tan dañada que creaba recuerdos de la nada para compensar por todos los que habían desaparecido? Es que se le hacía imposible creerle. Era demasiada coincidencia. Tal vez Akio le recordaba a alguien de su pasado y eso originó el ataque.
—Tienes razón, ellos están bastante interesados en ti —repuso Shaoran a la final. No tenía sentido seguir ocultándolo.
—Sé que tuviste tus razones para no decírmelo, lo más probable para que no me preocupe, pero sí me preocupo y te voy a pedir de favor que no vuelvas a mentirme. A diferencia de ti, yo sí te creo todo lo que me dices.
No volvieron a hablar por el resto de la noche. Cuando llegaron a casa Sakura bajó a Kenji en brazos y ella misma lo cambió de ropa y lo dejó en su cama. Se despidió de Shaoran con fría cortesía y se encerró en su habitación. El castaño se quedó en medio pasillo, sintiéndose como un insecto. 'A diferencia de ti, yo sí te creo todo lo que me dices' Era un idiota. Ya sabía él que ocultarle a Sakura algo tan importante como el interés de la policía estaba mal. Pero no había tenido la valentía de decírselo, mucho menos cuando las cosas marchaban tan bien. Soltó un suspiro y entró en su habitación. Se quitó el traje y en ropa interior se metió en la cama. Con la mirada clavada en el techo, trató de vaciar su mente, pero era inútil. Las palabras de Sakura lo habían herido y más todavía por qué estaban llenas de razón. Ella no cuestionaba absolutamente nada de lo que le decía y cuando ella le pedía que confiase, lo primero que hacía era dudar. Tal vez era verdad. Tal vez Akio la conocía. Tendrían que esperar al día siguiente para saberlo.
Haciendo un último esfuerzo, cerró los ojos y pronto se quedó dormido.
Cuando se despertó a la mañana siguiente y vio el sol en lo alto del cielo se dio cuenta de que se había quedado dormido. El reloj en la mesilla marcaban las diez de la mañana, confirmando su teoría. Abatido, salió de la cama y se puso lo primero que encontró. Salió de su habitación y se quedó parado como imbécil en medio pasillo al ver la habitación de su hijo vacía. Pasados unos segundos salió de su trance y continuó andando. Encontró a Sakura en la cocina, preparando un desayuno para dos. Todavía no había rastro de su hijo.
—¿Dónde está Kenji? —preguntó entonces.
—Meiling se lo llevó temprano —repuso ella, lacónica—. Buenos días, Shaoran.
—¿Por qué se lo llevó?
—Tu madre la llamó y le pidió que le llevase al niño. Es domingo. Supongo que está en su derecho —rápidamente sirvió la mesa. Típico desayuno americano—. Eriol llamó también. Akio está de viaje, alguna tontería sobre su fábrica. Supongo que tendré que esperar. Mientras tanto todos pueden seguir pensando que estoy loca —se sentó al otro lado de la mesa y comenzó a comer—. Ya se fueron a su luna de miel, volverán en una semana. ¿No vas a sentarte?
Shaoran asintió y tomó asiento. Al igual que Sakura comenzó a comer. A ratos trataba de llamar su atención, pero ella hacía todo lo posible por ignorarlo; realmente estaba enojada con él. Suspiró. Los minutos transcurrieron en silencio.
—Puedes dejar los platos en el fregadero, los lavaré cuando regrese —la muchacha se puso de pie y recogió la mesa—. Y si no te apresuras van a multarte otra vez por llegar tarde.
—¿A dónde vas?
—A dar un paseo.
Sin despedirse, la vio recoger sus cosas de la sala y salir del departamento.
