Capítulo 7.
Viejitos y canciones.
O-O-O-O-O-O
Para el lunes, todavía llevaba el maquillaje negro, pero tal vez un poco menos pesado con el delineador, y no delineo mis labios rojo rubí con negro. No es un cambio drástico, y por eso ninguno de mis amigos lo comenta, pero Vegeta lo nota, puedo verlo por la mirada en sus ojos.
Tampoco me dice nada.
No tiene que hacerlo.
El tercer sábado del mes voy de acá para allá de nuevo, y me encuentro en el Centro para personas mayores, esta vez vistiendo un poco más conservadora para no asustar tanto a los viejitos. Muchos de ellos parecen genuinamente encantados de verme otra vez al igual que el número que no me recuerda de la última vez no porque sea culpa suya sino como resultado de sus edades. Por supuesto, todavía hay unos pocos que me encuentran desagradable incluso en mi estado suavizado, pero sus números son completamente pequeños en comparación con el resto.
Algunos me cuentan las historias de sus vidas, las cuales son extrañamente interesantes. Muchos de ellos han vivido durante el tiempo cuando las cosas avanzaron dramáticamente. La televisión y los teléfonos eran algo con lo que no podían soñar, ni digamos de cosas como el Internet y los teléfonos celulares. Vivieron durante la Segunda Guerra Mundial —muchos de ellos prestaron servicio en ella— enviaron a sus hijos a Corea o Vietnam, y ahora tienen nietos o nietos de los nietos en el Medio Oriente. Vivieron durante la Depresión, y sobrevivieron a la pérdida de miembros de sus familias, cónyuges e hijos incluso —muchas veces debido a circunstancias trágicas.
Pienso en mi propia pequeña historia de vida insustancial, la cual parece sin importancia ante los desafíos que enfrentaron en sus vidas. Mi historia es lo que me ha ayudado a sostener mi enojo, ayudado a justificar tantas cosas, y estoy un poco disgustada que sus historias hayan atenuado mis excusas.
Vegeta está haciendo el tonto en el piano, como siempre, tocando canciones que ponen felices a estos viejitos. Luego se detiene y empieza a tocar una canción lenta mientras estoy ayudando a una viejita a acomodarse su frazada de ganchillo tejida por su madre que hace tiempo que ha muerto, me dice. Estoy sorprendida por la melodía, lenta y ñoña. Alzo la mirada hacia Vegeta, y me mira mientras está tocando. La balada es todo lo que profeso odiar, con su fluyente romanticismo derramándose.
Me gusta en cierto modo.
Solo la toca un minuto o dos y luego martilla una interpretación entusiasta de "Great Balls of Fire" con mucha teatralidad exagerada que complace a las ciruelas pasas. Sacudo mi cabeza ante su completa falta de inhibición.
O-O-O-O-O-O
Nos dirigimos al Pizza Palace luego de eso, y estoy contenta de que no sea otra noche de meseras italianas estiradas. Todos van al Pizza Palace, así que el hecho de que un geek y una freak aparezcan juntos causa un pequeño revuelo.
Un grupo de mis amigos se sienta en la esquina del fondo, esperando por un lugar para ir de fiesta. Ellos me saludan con sus manos, y miro a Vegeta. Él sacude la cabeza.
—Ve —dice, más cortés que nunca—. Voy a sentarme allí. —Señala la esquina opuesta, donde un grupo de sus amigos se sienta, incluyendo el ratoncito de Launch.
—Vinimos juntos, ¿verdad? —le pregunto. Él asiente con la cabeza—. Entonces nos quedaremos juntos. Sólo iré a saludar, y tú también puedes hacerlo, y luego encontraremos nuestra propia esquina para sentarnos.
—Bien… —Parece convencido que lo abandonaré para comer una pizza grande sola—. Voy a agarrar la pizza cuando digan nuestro número.
—Vege, lo prometo, solo saludaré. Volveré. —Todavía parece escéptico—. Pero si traes a Lancha a nuestra mesa, juro que… —Dejo que la amenaza en forma de gruñido cuelgue, y él sonríe.
Se acerca un poco.
—Es Launch. —No sé si estar divertida o enfadada por defender su nombre, pero se aleja caminando antes de tener la oportunidad de estar alguna de las dos cosas. Me doy la vuelta hacia mis propios amigos.
—Entonces, ¿ese es él? —pregunta una chica llamada Gina. No la conozco bien ya que falta a la escuela casi todos los días. Ni siquiera sé con seguridad si sigue inscrita. Mi único contacto con ella suele ser en fiestas y es limitado en el mejor de los casos.
—¿Él, quién? —pregunto, lanzándole una mirada a Seripa y Mai.
—Al que estás engañando… ya sabes, el chico… la apuesta que hiciste.
—No lo estoy engañando —digo—, sólo estoy tratando de llevarlo al lado oscuro. —Esto les parece a todos como algo gracioso, y ríen ruidosamente.
—Quizás deberías dejar de malgastar tu tiempo y venir a sentarte con alguien que está firmemente en el lado oscuro. —Este es Nappa. Ya no está en la secundaria, aunque eso es más de una cosa de edad y no una cosa de graduación. Mueve sus cejas en una ridícula sugerencia.
—¿Dónde está la diversión en eso? —río.
—¿De eso se trata? ¿Divertirse? —Yamcha es el único que no está divirtiéndose.
Apunto a mi labio elocuentemente mientras miro a Seripa.
—No es sólo diversión.
—Oh, sí —suena amargado—. Lo olvidé. Un piercing labial está en juego. Eso hace que valga la pena.
Dejo caer mi mano. Se levanta furioso y se acerca rápidamente a mi rostro, con los ojos vidriosos y lívidos. Puedo oler la marihuana sobre él e inconscientemente lo comparo mentalmente con Vegeta, quien siempre huele tan bien, tan limpio.
—Si te llevo ahora mismo y consigues perforar tu labio, ¿dejarás esta estupidez y comenzarás a actuar como tú otra vez?
—No puede —Mai sale a mi rescate—. No es tiempo para que arruine todo con sus padres de acogida todavía, ¿verdad, Bul?
—Además de eso —intercede Nappa—, estoy interesado en ver cómo se desarrolla esto, ver si pude hacerlo. Es un juego intrigante.
Todos estuvieron de acuerdo con esto. —¿Por qué estás haciendo esto? —pregunta Yamcha, gimiendo un poco pero todavía parado en su pose amenazante.
—¿Bul? —Eché una ojeada, y Vegeta está parado allí, mirándome. Por un segundo mi corazón se desploma. ¿Cuánto escuchó?
—¿Estás bien? —Entrecierra sus ojos significativamente hacia Yamcha. Yamcha resopla en un sonido que es tanto disgustado como divertido de que un geek podría pensar que puede protegerme de él, y luego camina alejándose.
—Preséntanos —grita Nappa, fingiendo que no está pasando nada extraño. Vegeta y yo miramos a Yamcha lanzar de golpe la puerta del frente. Me giro hacia Nappa.
—Este es Vegeta —digo, con culpa residual en mi voz—. Vegeta, este, es todo el mundo.
—Soy Nappa —dice Nappa, levantando su mano. Vegeta, el educado, ni siquiera duda en estrecharla, y me siento miserable de saber que se están burlando de él mientras no lo sabe—. Has estado saliendo con nuestra chica desde hace un tiempo. Deberías salir con nosotros en algún momento.
—Seguro, tal vez dentro de poco. —Vegeta está rígido, sintiendo que algo está mal. Se gira hacia mí—. Nuestra pizza está allí si ya estás lista.
—Lo estoy —digo, alejándome sin mirar atrás. Vegeta no tiene que hacerlo, pero se despide de ellos.
—Un placer conocerlos —dice, mirándome extrañamente cuando todos estallan en risas.
—Ignóralos… son unos idiotas —digo cuando nos sentamos en nuestra mesa.
—¿Crees que tus amigos son unos idiotas? —Está perplejo.
—Pueden serlo.
—¿Yamcha estaba molestándote?
—¿Sabes quién es Yamcha?
—Voy a la escuela todos los días, sabes. No lo conozco personalmente, pero sé quién es.
—Oh.
—¿Es, como, un viejo novio o algo así?
Me río.
—Difícilmente. Es algo así como tu Lancha. Podría haberlo querido en algún momento, pero ya no tanto. Es prácticamente un freak.
—Launch no es una freak —niega automáticamente. Entonces, digiriendo el resto de mis palabras, se inclina hacia adelante—. ¿Crees que quería a Launch?
—No soy completamente distraída.
—Huh. —Súbitamente sonríe y se inclina más cerca—. ¿Qué te hace pensar que quizás ya no la quiera, entonces?
Su burla no funciona porque me encuentro en la miseria ante ciertas verdades que están tratando de salir a la superficie dentro de mí.
—Deberías estar con ella. Sería una novia perfecta para ti.
—No estoy buscando una novia.
—¿No?
—Nop.
Lo miro entrecerrando mis ojos. ¿Está diciendo eso porque no quiere una novia o porque piensa que tiene una? Entonces sonrío. Ha convertido mi jueguecito de medias respuestas en mi contra.
El chico está aprendiendo. Podría tener éxito todavía.
O-O-O-O-O-O
Vegeta me lleva a casa y como de costumbre camina conmigo hasta la puerta. Una nueva experiencia para mí, tener a un chico haciendo eso cada vez que me trae a casa y no solamente la primera vez cuando está tratando de causar una buena impresión. Estoy acostumbrada a ser dejada en el bordillo de la acera.
—¿Quieres entrar por un rato? —pregunto repentinamente antes de poder acobardarme.
—Seguro. —Nunca se lo he preguntado antes, y su voz transporta sorpresa. Entramos, y los padres de acogida están sentados en la sala de estar, enroscados juntos mirando alguna tonta película vieja. Se enderezan cuando entramos, poniéndose de pie cuando ven a Vegeta detrás de mí.
—¡Joven y apuesto Vegeta! Qué bueno verte de nuevo. —La mamá suena emocionada, como si fuera un pariente largo tiempo perdido que súbitamente ha aparecido.
—Es agradable verlos también, señor y señora Brief.
—¿Se han divertido esta noche? –Realmente no quiero jugar a este juego de "somos una familia real", por lo que digo:
—Vamos a ir a mi habitación.
—Está bien, cariño —dice la mamá, fallando en su prueba tácita. Si fuera cualquier chico de mi círculo habitual, no habría un "está bien" siguiendo a mi declaración. Me doy la vuelta para dirigirme a las escaleras, y Vegeta me sigue.
—Deja tu puerta abierta —dice el papá, y sonrío, sólo un poco. Él sabe… los chicos son chicos.
Entramos en mi habitación, y Vegeta mira con interés. La habitación está adornada con volados y es femenina, toda llena de encajes blancos y cursis pinturas de paisajes y mariposas colgando en las paredes, una habitación sacada de una revista.
—No se parece en nada a como me imaginaba que iba a verse tu habitación.
—Sí, bueno, así es como estaba cuando llegué aquí. Nada es mío, obviamente.
Me mira de manera extraña.
—¿Cuánto tiempo has vivido aquí?
—Casi un año.
—¿Y todavía no la has personalizado?
—¿Por qué lo haría? —pregunto con curiosidad.
Levanta sus manos como si debiera ser algo obvio.
—Porque vives aquí.
—Temporalmente. —Mi respuesta lo conmociona, me doy cuenta.
—¿En cuántos lugares has vivido? —pregunta.
—Muchos.
—¿A qué se debe?
—Las personas no me aguantan por mucho tiempo, Vege.
—No lo creo. No estoy harto de estar cerca de ti.
—Sí, bueno, dale algo de tiempo. No has estado cerca por mucho tiempo.
—No te das mucho crédito.
—Tú me das demasiado. ¿Podemos hablar de algo diferente? —Esta conversación en particular me perturba.
Me mira por un minuto, como decidiendo algo. Luego se sienta en mi cama, y tengo que contenerme para evitar estallar en carcajadas. Su mamá se habría asfixiado si supiera donde está su bebé en este momento.
—¿De qué deberíamos hablar? —pregunta.
Me acerco y me tumbo en la cama junto a él, dejándome caer por lo que estoy acostada, curiosa sobre lo que hará. Solo se da la vuelta un poco para que no lo esté hablando a su espalda pero no hace ningún otro movimiento.
Huh.
—Oye, ¿qué pasó con la canción ñoña que estabas tocando esta noche? —pregunto.
Me da la espalda.
—¿Pensaste que era ñoña? —Suena un poco decepcionado. Me siento y me muevo al borde de la cama para poder ver su rostro.
—Sí, supongo que sí. Pero una ñoña buena.
Me mira sardónicamente.
—¿Qué es, exactamente, una ñoña buena?
Me encojo de hombros.
—Bueno, ya sabes, realmente romántica. Esa clase de cosas.
—¿No te gusta lo romántico?
—¿Te parezco como alguien a quien le gusta lo romántico?
Ahora, él se encoge de hombros.
—Creo que hay muchas capas que ocultas.
—Vege, realmente tienes que dejar de pensar que hay más en mí de lo que salta a la vista.
—Lo hay. —Rezongo ante sus palabras, y él ríe—. Para serte sincero, esa canción era algo en lo que he estado trabajando.
Extiendo mi mano y agarro la suya con un jadeo entrecortado.
—¿Esa es una canción que estás escribiendo? —Él asiente—. Y yo la destrocé. —Mi tono indica mi angustia.
—Está bien. No es importante.
—Es importante. No quiero hacerte daño.
Incluso mientras digo las palabras que son verdad, sé también que son una mentira porque todo lo que hago ahora con el tiempo lo lastimará, o al menos a quién es.
Me da una sonrisa irónica y se encoge de hombros, tímidamente.
—La escribí para ti.
—¿Para mí? —Me niego a reconocer los sentimientos que tratan de empujarse en dirección a la superficie ante esto.
—Sí, ya sabes, me inspiré por ti. Tonto, ¿eh?
Apoyo mi cabeza sobre su hombro y pongo mi mano sobre la suya, pero en vez de ponerse rígido como he llegado a esperar cada vez que lo toco, se relaja y apoya su cabeza contra la mía.
—Nada de tonto —digo—. Increíblemente dulce. Nunca nadie ha hecho algo así por mí antes.
No dice nada, sólo da vuelta su mano y entrelaza sus dedos con los míos.
—¿La terminarás? ¿Para mí?
—Aunque sea ñoña —dice.
Levanto mi cabeza y lo miro a sus grandes ojos.
—Un poco de ñoñez no le hace mal a nadie.
Así que está escribiendo una canción para mí, pienso más tarde.
Geek.
Estoy bastante contenta por eso.
