"Excusas & Recuerdos"

Un Rayo de Amor

By Karen Pttzn

"El pasado deja huellas, si te dejas consolar, las olvidaras"

Al día siguiente, cuando Edward volvió a casa después del trabajo, la encontró bailando en el salón, esta vez con un vestido de verano y unos zapatos de tacón bajo.

—Estoy intentando ensayar para la boda —dijo ella, en un tono tan serio y adorable que ni todo el trabajo que se había llevado a casa fue suficiente para hacerle dar media vuelta y encerrarse en su despacho.

Sin hablar, Edward se acercó a ella con los brazos abiertos y ella asintió con la cabeza.

—¿Qué tal el trabajo?

Un, dos, tres…

—La semana que viene tengo prácticas en el hospital…

Un, dos, tres…

—Ortopedia.

—Bien.

—He preparado Mole. Espero que te guste la comida Mexicana.

Cenaron juntos y después, ante la insistencia de Edward, volvieron al salón a continuar bailando.

Bella lo miraba a los ojos, pero en realidad continuaba contando para sus adentros para no perder el paso.

—Créeme, Bella, no te dejaré caer —dijo él sonriendo.

—Tú no, pero Quil seguramente sí —respondió ella con un suspiro—. Es el padrino de Jacob, y no te imaginas lo patoso que es. Cualquiera diría que tiene dos pies izquierdos. Pero no quiere ni oír hablar de ir a clases.

—¿Y cómo piensas conseguir que baile contigo? —preguntó Edward.

—De eso se tendrá que ocupar Reneesme- dijo ella con una sonrisa.

Estaban muy cerca del equipo de música y Edward la condujo sin dejar de bailar hacia el centro de la estancia. Allí, dejándose llevar por un impulso, la echó hacia atrás, y sonrió cuando ella se echó a reír encantada.

—¿No quieres eso para ti?

La repentina expresión de tristeza y resignación que cubrió el rostro femenino le hizo desear no haber preguntado.

—No creo que me case nunca.

—¿Por qué? —preguntó él extrañado.

—Conocí a mi príncipe azul hace años, pero él ama a otra —Bella suspiró y sacudió la cabeza—. Tengo un buen trabajo, una casita maravillosa frente al mar y un jefe bastante decente —añadió guiñando un ojo—. Y dentro de seis meses seré enfermera. Tengo una buena vida, y si no te importa, ¿podemos cambiar de conversación antes de que nos pongamos demasiado sensibleros?

Había algo en aquella actitud de resignación que dejó a Edward preocupado. Bella era joven, guapa, y su sola presencia llenaba de alegría cualquier lugar. El hombre que se casara con ella sonreiría hasta el día de su muerte.

«¡Deja de pensar así!»

—Llevamos bailando una hora. Quizá es hora de que recojamos la cocina —dijo él, buscando una cierta distancia, lo que no era muy fácil teniendo ciertas partes de su cuerpo latiendo con una extraña mezcla de alegría y deseo.

Besar a Bella sería lo más…

«¡Olvídalo ya, idiota!», se repitió.

—Mañana por la noche no cenaré en casa —dijo él—. Podemos seguir el jueves —añadió, deseando poder cancelar también el compromiso del día siguiente.

Ella se apartó con el ceño fruncido y le dio la espalda, tratando de ocultar su decepción.

—Yo tengo exámenes a finales de semana —dijo ella sin volverse—. El jueves tengo que estudiar.

El rechazo le dolió.

—Bien —repuso él, haciendo un esfuerzo para no sonar demasiado frío y tenso.

Era la primera vez en muchos años que Edward quería estar con una mujer y ella le rechazaba. Quizá lo que dijo a su madre y sus hermanas fuera verdad: Bella no lo encontraba atractivo.

—Para que quede claro, Bella, yo no seduzco a mis empleadas. No te estaba tirando los tejos.

Esta vez su voz sí sonó fría y tensa. Pero ella no se volvió a mirarlo.

—Lo sé.

Bella tenía los puños tan apretados que se le notaban los nudillos y Edward se arrepintió de haberle hablado con tanta dureza. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido e insensible?

—Vete a estudiar, Bella. Yo recogeré la cocina.

Con los ojos clavados en el suelo, ella negó con la cabeza.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo es lo que yo diga —insistió él—. Tienes exámenes, vete a estudiar, yo sé meter un par de platos en el lavavajillas. Mi madre me obliga a hacerlo cada vez que como en su casa, para recordarme mis raíces. No siempre he sido el playboy que sale en la revistas —añadió tratando de relajar la situación.

Y lo consiguió, porque ella se volvió y le sonrió momento antes de desaparecer.

—Gracias, Eddie.

La noche siguiente Edward cumplió con sus obligaciones sociales. En aquella ocasión el compromiso era acudir a un estreno cinematográfico rodeado de ricos y famosos. Allí cumplió con su papel con una bella mujer, Melissa, pero una vez más volvió a casa después de una cena que no resultó, como en otras ocasiones, el preludio de una noche entre sábanas de satén con una hermosa mujer.

Al volver a casa, lo primero que miró fue si había luces en la casita de Bella. Cuando comprobó que todo estaba oscuro sintió una profunda decepción. Dejar a una mujer por remordimientos era una cosa, pero aquello, la necesidad de estar con ella, resultaba mucho más peligroso.

.

.

Cinco dias después...

.

—Hola, Bella —gritó Edward entrando por la puerta principal y subiendo las escaleras de dos en dos—. Bajo en veinte minutos.

Llevaba tres noches con dificultades para conciliar el sueño, por lo que había decidido salir a correr y agotarse físicamente para poder dormir.

Cuando bajó a desayunar, enseguida se dio cuenta que Bella estaba seria y no lo miraba, en una actitud tan impropia de ella que no tuvo más remedio que dejar de comer.

—Anoche se me olvidó preguntarte. ¿Ya tienes los resultados de los exámenes? —preguntó, pensando que podría deberse a eso.

—Dos matrículas.

—Enhorabuena —dijo él—. ¿Lo celebramos esta noche con un picnic en el patio y otra lección de baile? Y prometo no gritarte —añadió echándose a reír.

Tras un silencio, ella respondió:

—No —y después añadió—: Gracias.

—Gracias por fingir al menos que te gusta mi compañía —dijo él, herido por el nuevo rechazo.

—Esta noche tengo planes.

Eso hizo que Edward la mirara directamente a los ojos. Lo que vio fue unas mejillas totalmente pálidas y en la mirada femenina un profundo dolor.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó él sin levantar la voz, pero sin ocultar su irritación—. ¿Es porque salí anoche? Te dije que no podíamos bailar…

—Tu vida amorosa no es asunto mío —repuso ella.

Él supo que no era eso lo que le preocupaba.

—Tengo que irme. Recogeré luego —dijo ella y salió por la puerta sin despedirse siquiera.

Sin sonrisas, sin comentarios adorables ni consejos interesantes. Algo que dejó a Edward mucho más preocupado de lo que debiera. Por eso, poco después salió en coche de la casa y regresó apenas diez minutos después por la puerta de la cocina.

Bella estaba pasando la aspiradora por el salón, con la música a tope, como era su costumbre, pero las lágrimas rodaban velozmente por sus mejillas y Edward dudó que pudiera ver lo que estaba haciendo.

«Ve con ella, Profe. Te necesita».

La voz del pasado sonó tan real que Edward no lo pensó dos veces. Cruzó el salón, le quitó la aspiradora de la mano, la apagó y la abrazó.

Al menos consiguió romper su silencio. Los gritos de Bella resonaron por toda la casa y Edward ya no tuvo que preguntarle qué le pasaba. Se limitó a recibir los puñetazos que ella le daba tratando de zafarse de él.

—Soy yo, Bella. Conmigo estás a salvo —murmuró con voz tranquilizadora.

La mantuvo abrazada hasta que sus gritos se convirtieron en sollozos desesperados y ella apoyó la cabeza en su pecho.

—Perdóname —susurró ella, cuando por fin se calmó y pudo articular palabra.

Edward negó con la cabeza, acariciándole el pelo con la mano, ocultando la rabia que sintió contra el imbécil que le había hecho aquello.

—Tranquila.

—Hoy no es un buen día —dijo ella entre sollozos.

—No.

Edward sabía que no debía insistir, pero quería averiguar el nombre del cerdo que tanto daño le había hecho.

De una cosa estaba seguro: Bella no lo había denunciado, porque de otro modo habría aparecido en el informe del detective.

—Mi madre… —sollozó ella.

¡Claro que sí! ¡Cómo se le había podido olvidar! Edward quiso darse de cabezazos contra la pared. Era el aniversario de la muerte de su madre, hacía quince años. Y lo sabía porque faltaba menos de un mes para otro aniversario: el aniversario del día de la muerte de su esposa, cuando se convirtió en un viudo adolescente.

—Lo siento, Bella. Tenía que haberme dado cuenta.

Sin embargo, Edward estaba seguro de que la causa de aquel pánico no podía ser la muerte de su madre. Algo le había ocurrido en algún momento de su vida que le había dejado un terrible trauma. Ahora Edward estaba convencido de ello y no podía ignorarlo.

—¿Qué edad tenías cuando ocurrió? —preguntó con cautela.

Bella se tensó y se apartó de él al darse cuenta de que no se refería a la muerte de su madre.

—Yo no te pregunto por Makenna ni por qué bebes vino sin alcohol —le espetó ella con rabia.

Edward la miró perplejo. Bella se había dado cuenta, sí. Lo sabía, pero no lo sabía todo. Si supiera toda la verdad, podría destruirlo.

«Ella no te hará eso, lo sabes perfectamente. ¡Ayúdala!»

Edward ya no sabía si era Makenna quien le hablaba o su aletargado corazón, que empezaba a despertar y a creer en una mujer por primera vez en mucho tiempo.

—Yo no me pongo a gritar desgarradoramente cuando alguien me toca.

Ella giró en redondo para mirarlo.

—¿Y eso significa que estás curado? ¿Crees que por no tener ningún tipo de relación importante fuera de tu familia, por relacionarte con personas que no significan nada para ti, has aceptado el pasado y eres más fuerte que yo? —preguntó ella desafiante—. ¿A quién estás engañando más con tu imagen, al mundo o a ti mismo?

Pero Bella no esperó su respuesta. Asiendo su bolso lleno de libros corrió hacia la puerta y hacia la parada del autobús, dejándolo con más interrogantes que respuestas.

Pensando y preocupado por ella, Edward apenas pudo trabajar durante todo el día y cuando volvió a casa por la noche se la encontró vacía. Lo único que había en la cocina era un estofado con arroz, y aunque llamó varias veces a la puerta de la casita, ésta permaneció cerrada, con las luces apagadas.


Pobre Bells U.U ¿Que creen que le haya pasado? Sea lo que sea, le afecta mucho.

Espero que sigan esta nove :)

Espero sus Reviews

Bendiciones

Karen Pttzn