Capitulo 06

El sol lo cegaba parcialmente por lo que no pudo ver quien se acercaba a su encuentro.

Ya podía agarrar las riendas de su caballo, aunque aún se le dificultaba por el yeso. Pero ya no podía esperar más. Necesitaba la brisa alborotando sus ya revueltos cabellos, necesitaba oler el pasto y, por qué no, a excremento de vaca.

Esme se reía de su hijo porque en todo el tiempo que estuvo convaleciente no salió de la casa a excepción de cuando salía de compras con ella. Estaba pálido por la falta de sol a la que estaba acostumbrado. El tiempo convaleciente y el que estuvo castigado.

Edward se quitó su sombrero y dejo que el sol calentara su piel. Pasó largo rato así, le era tan agradable sentir el resplandor del sol sobre su piel.

— ¿Aprovechando el sol? — le preguntó su madre.

Edward abrió los ojos y bajó su mirada hacia su madre.

— ¿Viniste caminando hasta aquí?

—Claro, ya que tienes mi caballo —le sonrió su madre.

—Como si el establo no tuviera suficientes para todos nosotros —rodó los ojos el chico aunque con una mueca divertida en sus labios.

Edward ayudó a su madre a subirse al enorme caballo y juntos se dirigieron al viñedo que les quedaba más cerca. El caballo iba paso a paso, no había apuro.

—Hijo…

—Esme… —respondió Edward de la misma forma con una sonrisa burlona en los labios.

— ¿Crees que puedas morderte la lengua por un rato?

Edward detuvo al caballo y volteó a ver a su madre. Su mirada seria, Esme supo que su hijo se imaginaba muy bien porque lo decía.

—Depende.

—Por favor, Edward. Escucha a Carlisle…

—No.

— ¡Edward!

— ¡No, Esme! ¡No lo voy a escuchar! Él tuvo mucho tiempo hace años —exclamó Edward, molesto.

— ¿Cómo iba a hacerlo si prácticamente me escondí? —exclamo también Esme.

—Nos encontró ahora ¿No? —dijo Edward antes de bajarse del caballo y darle una palmada a este para que avanzara.

Esme suspiró frustrada, su hijo podía ser un cabeza dura cuando se lo proponía. Vio que caminaba hacia la casa y se mordió el labio por eso. Carlisle ya estaba allí, hablando con su madre.

Decidió que fuera lo que Dios quiera. Si hablaban, se peleaban, comían helado o lo que fuera no le iba a importar.

Cabalgó hasta el viñedo donde se encontraba su padre, pensado en lo que podía pasar entre el chico y su padre. ¿Qué se dirían? ¿Cómo actuaría su hijo? ¿Y Carlisle?

Se quejó en voz alta y dio media vuelta para dirigirse a la casa.

Encontró a Edward en medio camino rezongando y farfullando.

—Vamos hijo, sube al caballo.

—Caminaré, muchas gracias —gruñó el cobrizo.

—Edward, deja la malcriadez y móntate —le pidió Esme.

Edward comenzó a gruñir y a despotricar por lo bajo, él no era ningún malcriado. Pero al final se subió al caballo y dejó que su madre guiara el caballo hasta la casa.

Entraron por la puerta trasera, el chico trataba lo más posible de retrasar el momento de encontrarse con el hombre que tanto odiaba.

Así que fue una bendición para él el que uno de sus tíos llevara una suculenta torta de chocolate y fresas que tanto le gustaba. Se sirvió leche bien fría y un gran trozo de pastel para luego sentarse en el mesón de la cocina.

—Esta no es de la señora Dickens. Está magníficamente divina —soltó Edward antes de comer otro bocado.

—Tienes razón, no es de la señora Dickens. A trajo Carlisle especialmente para mí, como también es mi favorita, desde Seattle —dijo Esme con malicia.

Al parecer la noticia hizo que a Edward se le atorara la torta en la garganta porque comenzó a toser ahogado y corrió al fregadero para botarlo.

Esme rodó los ojos, su hijo podía ser tan dramático a veces.

—No quiero más —murmuró molesto caminando hacia la escalera rumbo a su habitación.

Esme tomó la torta que su hijo había dejado, se encogió de hombros y caminó hacia la sala metiéndose un bocado en la boca. Edward tenía razón, estaba maravillosamente divina.

— ¿Qué tal está? —le preguntó Carlisle cuando se sentó frente a él.

—Igual que cuando estaba en Seattle —sonrió Esme.

—Pensaba que por el avión se estropearía —comentó Carlisle—. Esme… ¿Qué tal si Edward y tú se vienen por un tiempo a Seattle?

Esme titubeo.

— ¿Para qué? —preguntó a la defensiva.

—Nada que los pueda perjudicar. Solo quiero que vengan a mi casa y pasen una temporada allá —dijo Carlisle—. Además, quiero que me des la oportunidad para redimirme, de darles todo lo que no pude darles todos estos años.

—Carlisle, no hace falta…

— ¿Por qué no? Si nos hubiéramos casado, si mi madre no hubiera salido con esas mentiras…

—Estaría igual que ahora, Carlisle— Esme desvió la mirada hacia uno de los cuadros del lugar en donde se encontraba una fotografía donde salía ella junto a su hijo, ambos abrazados arriba de Silver y sonriendo ampliamente

— Es perfecto…

— ¿Qué? — preguntó volviendo a la realidad y mirando nuevamente a Carlisle

Este se había quedado maravillado admirando la hermosura de aquella mujer ¿Cómo podía haber dudado de ella si siempre le había declarado su amor infinito? Eso sería algo que siempre se lamentaría y mucho más si es que no lograba arreglar las cosas con su hijo… Eso sí que lo lastimaría.

En todos estos años Carlisle había soñado con tener un hijo, un niño corriendo por entre sus piernas, con quien jugar a la pelota, con quien reírse y a quien recostar en las noches. Añoraba con cumplir su labor de padre y cuidarlo de que nada lo lastime, pero hasta el momento no había encontrado a alguien con quien concretar ese sueño y, después de haber conocido a Esme, pensó que nunca podría amar a nadie como para formar una familia con ella.

— Él es un chico maravilloso, pero creo que tiene más aspectos tuyos que míos. Es terco, orgulloso y siempre se guarda las cosas, pero un buen chico al fin y al cabo— le comentó Esme

— Me lo imagino. Si tú lo criaste estoy más que seguro que así lo es.

El silencio se interpuso entre los dos y comenzaron a inquietarse ¿Qué decirse después de tantos años separados? Esme restregaba sus manos una con otras y Carlisle se sobaba el cuello tratando de liberar tenciones.

— Yo… Iré a ver si Edward bajará— habló Esme después de un tiempo en silencio, colocándose de pie y comenzando a subir las escaleras

Aun no sabía qué hacer con Carlisle. Ella nunca había dejado de amarlo, a pesar de lo mucho que había sufrido, y aunque su madre fuera la culpable y el no supiera nada sentía que no podía perdonarlo por siquiera haber pensado que todo lo que la arpía había dicho era verdad.

Tocó la puerta del cuarto de su hijo, pero no escuchó nada desde el interior por lo que decidió entrar. Su hijo estaba recostado en la litera más alta de la cama, con su computador en las piernas y concentrado en lo que miraba en la pantalla.

Se acercó en silencio y miró que era lo que tanto abstraía los pensamientos de su hijo.

— ¿Qué es eso? — le preguntó al ver las fotos que su hijo pasaba en la pantalla

— Son las fotos de cuando Bella vino para las vacaciones— le respondió con una sonrisa y los ojos brillantes— Ya quiero verla de nuevo.

— Pues… Tal vez vayamos— le dijo y él le miró intrigado— ¿Vas a bajar?

— Ni loco. Tú solo quieres que hable con ese hombre, pero no tengo ninguna intención de hacerlo— dejó el computador sobre la cama y de un salto se bajó de esta para comenzar a salir de la casa.

Esme hizo lo mismo, pero ella bajó por la escalera de la cama, y salió persiguiéndolo a la vez que lo llamaba para que se detuviera. Él, obviamente, no lo hizo y siguió con su camino, pasando por fuera de la sala.

— ¡Edward! — escuchó que lo llamaban y su sangre hirvió en ese momento.

— ¡Usted no se dirija a mí de ninguna manera, señor! ¿Entendido?— le gritó adentrándose en el lugar— Creo que la última vez fui lo bastante claro como para que no vuelva por este lugar. A lo mejor fui demasiado sutil.

— ¡Edward, ya basta! — lo regañó Esme al ver que su hijo ya estaba dispuesto a lanzarse contra Carlisle nuevamente. No podía permitirse que eso ocurriera o no habría como separarlos ahora que sus hermanos estaban todos trabajando y que su padre se encontraba en las viñas— Carlisle tiene algo que proponerte, o más bien proponernos.

— No tengo nada que escuchar de este caballero

— Entonces de mí si— siguió su madre— Carlisle me ofreció que nos fuéramos a vivir con él un tiempo a Seattle y…

— Y yo no me moveré de este lugar y mucho menos para irme a vivir con este señor— se quejó Edward decididamente y caminando hacia la puerta de salida de la casa

— ¡Anthony, ven a acá! — lo riñó Esme y Edward supo que su madre estaba molesta. Ella siempre lo llamaba por su segundo nombre cuando se enfurecía o cuando él la sacaba de sus casillas— Vas a dejar ahora mismo de ser un malcriado y me vas a escuchar.

— Esme, no es necesario que…— iba a defender Carlisle para que no se agrandaran los problemas

— No Carlisle, no te metas en esto— le pidió y Edward lo miró enojado, furioso— La decisión ya la tomé y nos vamos… Vamos a ir a Seattle— terminó de sentenciar ante la atenta mirada de ambos hombres.

Edward escuchaba incrédulo lo que su madre acababa de decir, de verdad no podía creerlo. Mientras que Carlisle estaba impresionado por sus palabras, pero en su interior sentía una felicidad que desde hace mucho no tenía en él.

— Ahora sí que te volviste loca

El chico caminó hacia la puerta y pronto solo se escuchó el portazo que pegó al salir de la casa, haciendo que su madre cerrara los ojos y se encogiera por el gesto. Carlisle se acercó a ella y la tomó por los hombros para preguntarle si estaba bien. Ella asintió y suspiró.

No sabía si esto era lo mejor, pero al menos tenía que intentarlo para saber si es que así era.

hola! disculpen la tardanza.
en vista que el fic no tuvo exito, decidimos subirlo todo para que las pocas personas la leyeron no se queden cortadas.
saludos.

Jenni