Capítulo 6: Cambios en la cocina
Sinceramente, no sabía en qué punto de una posible relación se encontraban Inuyasha y ella. Él la besó una semana atrás, y la llevó en brazos hasta la mansión. ¡Caminó con ella cargada sobre su hombro durante cerca de una hora! Después de eso, la dejó en el hall, y se marchó sin decir una sola palabra, nada romántico. No entendía qué le sucedía a ese hombre. Un momento era tan dulce y al siguiente tan frío. Sabía que había pasado largas horas en el segundo piso tras su beso. ¿Qué estaba haciendo? Los empleados no tenían permitido subir al segundo piso sin su permiso explícito. No podía evitar preguntarse qué habría allí arriba que lo tenía tan obcecado.
Desde entonces, su rutina fue exactamente la misma de siempre. Desayunaba, preparaba el desayuno de Inuyasha y se lo llevaba, limpiaba, comía, tendía la colada, le llevaba el té a Inuyasha, seguía limpiando, servía la cena y regresaba a su apartamento. Siempre lo mismo. Ni una sola vez él le pidió una cita o hizo amago de querer pasar un rato con ella. ¿Ya se había olvidado del beso que se dieron? Le gustaría presentarse ante él y echarle en cara que su comportamiento era de lo más reprobable. La detenía su situación en la mansión. Era una empleada, una criada. Nada más.
Kaede sabía que algo había sucedido entre ellos, notaba la tensión. Además, vio a Inuyasha cargándola hasta la casa. Mientras realizaba sus tareas, la acosaba a preguntas para intentar sonsacarle información, y sabía que también hacía lo suyo con Inuyasha. Estaba mal escuchar a través de las puertas, debería haber aprendido la lección después de lo sucedido el primer día, pero no pudo evitar pegar la oreja. Inuyasha no le dio a la anciana ninguna respuesta jugosa. La esquivó con maestría, y, prácticamente, la mandó a freír espárragos de manera muy elegante. Tuvo que correr a esconderse para que no la descubrieran espiando tras la brusca salida del señor.
En la casa, no había grandes novedades aparte de eso. Naraku no había vuelto a aparecer por suerte para ella. Kaede seguía intentando ejercer de casamentera sin éxito. Myoga y Tottosai buscaban algo que hacer en las horas libres. Kagura seguía preparando esas comidas que no eran en absoluto comestibles. Todo igual.
Agarró la cesta con los calcetines para zurcirlos, y, aprovechando que estaba sola en la cocina, se le ocurrió poner algo de música. Corrió hacia su dormitorio y rebuscó entre sus cosas hasta encontrar su CD de Bon Jovi favorito. Una vez que regresó a la cocina, colocó el CD en la cadena de música y sonó "Livin´on a prayer", una de sus favoritas. Silbó vitoreando al cantante mientras agarraba un par de calcetines para zurcirlos sin dejar de bailar al son de la canción. Le encantaba Bon Jovi, le encantaba bailar y, sobre todo, le gustaba la sensación liberadora que la embargaba en ese momento.
― ¡Ohhhhh, livin´on a prayer! ― cantó con el cantante.
Tan absorta estaba en la música que ni siquiera se enteró de que alguien había entrado en la cocina. Dio un magistral giro de bailarina con la pasión y el ardor del cantante en pleno apogeo durante el concierto. Al volverse, vio a Kagura, contemplándola con cara de pocos amigos.
― ¡Kagura, ven a bailar! ― la animó.
La cocinera le lanzó una mirada asesina en respuesta. Tras murmurar algo como que estaba loca, se volvió hacia su cocina. Kagome no se desanimó por el desprecio de la hermana de Inuyasha, y continuó a lo suyo, bailando con pasión y desenfreno. Le faltaban por zurcir un par de calcetines cuando se percató de que a Kagura le gustaba la música. Fingía estar a lo suyo inútilmente. Uno de sus pies se movía al ritmo de la música, y balanceaba la cabeza siguiendo la melodía. De repente, vio clara la forma de llegar al interior de Kagura. Lo que esa mujer necesitaba urgentemente para recuperar la confianza en sí misma era una amiga.
Sin dejar de bailar, se fue acercando hacia donde estaba ella e hizo lo que mejor se le daba: hacer el tonto. Tonteó subiéndose a la encimera, bailando con la escoba y usando un cazo de micrófono. Nunca había destacado por tener una gran voz a decir verdad, pero su fuerte personalidad compensaba con creces otras carencias. No ganaría The Voice, por supuesto, aunque daría un buen espectáculo.
― Why you wanna tell me how to live my life? Who are you to tell me if it´s black or white? Mama, can you hear me? Try to understand!
Lo consiguió. Kagura no pudo contenerse más ante su absurdo espectáculo, pues empezó a reírse con ganas de ella. Kagome simuló con la fregona que tenía una guitarra entre las manos, y balanceó la cabeza desenfrenadamente, tal y como solía hacerlo cuando iba a la discoteca con sus compañeros de clase en el instituto. Por aquel entonces, era muy popular. Debía admitir que cuidar de su madre le había quitado mucha diversión. Sin embargo, la hubiera tenido menos tiempo a su lado de no haberlo hecho. En esos instantes, podía recuperar todo el tiempo perdido. Al fin y al cabo, aún era joven.
Cuando esa canción terminó, decidió poner fin a su ataque de locura. Kagura no podía parar de reír, y ella se sonrojó por el ridículo que sabía que había hecho. No le extrañaba que la gente tendiera a pensar que estaba loca. Todos ellos tenían razón. O, tal vez, simplemente, le gustara demasiado disfrutar de cada segundo de la vida.
Apagó la mini cadena y se volvió hacia Kagura.
― Así que te gusta la música de Bon Jovi, ¿eh?
Kagura se encogió de hombros. Continuó pelando de mala manera unas patatas para simular que no la escuchaba. Tardaba muchísimo, dejaba rastros de piel, y estaba tirando mucha patata. ¡Menudo desastre!
― La verdad es que no lo había escuchado nunca antes… ― admitió de repente para su sorpresa.
― ¿No? ― no podía creer que alguien no supiera de Bon Jovi ― Bueno, tendrás que hacer intensivo de su música, entonces.
Le sonrió y se acercó para enseñarle. No se haría la maestra con ella porque sabía cuan molesto era eso. Simplemente, cogió un cuchillo, agarró una de las patatas que aún no había pelado, y empezó a pelarla ella misma con rapidez y maestría. Kagura no podía apartar la mirada de sus manos, lo sabía.
― ¿Cómo lo haces? ― preguntó al fin.
― ¿Hacer el qué? ― respondió con otra pregunta, haciéndose de rogar.
― Pelar así las patatas… ― musitó ― Yo me corto si intento ser tan rápida, y siempre me quedan muy feas…
― Es cuestión de práctica. ― le aseguró.
― Créeme, práctica no me falta.
― Mira. – agarró otra patata ― Debes agarrar la patata firmemente y seguir con tu mano el movimiento del cuchillo. Mete el cuchillo en la piel para abrirte paso, y muévelo con seguridad y firmeza hacia abajo. No cortes a cachos, mantén el cuchillo firme.
Kagura hizo exactamente lo que ella le dijo tras observar cómo ella pelaba un par de patatas. Su primera patata pelada en condiciones no era perfecta, ni la peló en diez segundos, pero se veía una increíble mejoría.
― Ahora, tienes que quitarle con el cuchillo los pequeños cachos de piel que no hayas pelado la primera vez, ¿ves? ― le mostró ― También estas manchitas negras. Ahora, la metes bajo el agua para asegurarte de que no tenga nada de tierra.
Siguió sus indicaciones y continuó pelando todas las patatas. A la hora de trocearlas, tuvo que indicarle también cómo hacerlo. No le extrañaba que Kagura tuviera dolores en las articulaciones, a juzgar por su forma de pelar y trocear las patatas. Si hacía exactamente lo mismo con todos los alimentos, acabaría artrítica.
― ¿Qué vas a hacer para comer? ― le preguntó.
― Pensaba preparar un guiso de carne.
Kagome estudió todas las patatas troceadas y la bandejita de carne. Más bien, iba a ser un guiso de patatas porque la carne era apenas el sofrito que la acompañaba. Se calló su opinión; no dijo nada para no herir los sentimientos de Kagura. Acababa de descubrir cómo acercarse a la hermana de su jefe, y podía enseñarle poco a poco a cocinar por el bien de todos. Ese día, le saldría un poquito mejor; al día siguiente mejoraría en algo más. Así hasta conseguirlo. Poquito a poco.
Decidió que su CD de Bon Jovi estaría mejor allí por un tiempo. Acababa de descubrir que la música era una buena forma de acercarse a Kagura. Metió todos los calcetines en el cesto, y se disponía a llevarlos al dormitorio de Inuyasha cuando Kagura la llamó.
― ¡Kagome! ― se volvió para mirarla ― ¿Cuánta sal debo echarle? ― le preguntó ― Siempre le hecho demasiada o muy poca…
― Pruébalo. ― le sugirió ― Coge una cuchara de madera y cuando eches la sal y remuevas, pruébalo para saber si necesita más o no.
Asintió con la cabeza en respuesta. Antes de que pudiera salir de la cocina, le vio agarrar una cuchara de madera que sujetó como si se tratara de un salvavidas. Sonrió enternecida por su renovado entusiasmo, y salió de la cocina pensando en Kagura como en una niña. Algo tan sencillo… La pobre muchacha debía haber pasado mucho tiempo sola, teniéndose que orientar por sí misma. Sabía que Inuyasha intentaba ayudarla, pero tenía su orgullo. Solo quería demostrarle a su hermano que era capaz de ganarse su propio sustento.
Poco antes de la hora de comer, llegó a la cocina justo a tiempo para evitar que las patatas se deshicieran. Kagura las había cocido durante demasiado tiempo. Aun con todo, fue la mejor comida que preparó Kagura desde que ella llegó a esa casa al menos. Aunque había poca carne, estaba bien aderezada. Las patatas solo estaban un poco pasadas. La salsa no estaba ni salada, ni sosa. Eso sí, le faltaba un poco de sabor. Otro día, le enseñaría a darle sabor a la comida con gallina, hortalizas o sopa de pescado.
Kagura estaba muy contenta con el resultado de ese día. Ella no quiso quitarle la ilusión por el momento. Sirvió a Inuyasha su comida, y contempló con una sonrisa el escepticismo de Inuyasha al probarla. Estaba anonadado.
― ¿Has preparado tú esto? ― le preguntó.
Ella lo hubiera preparado mejor, pero no le iba a decir eso.
― No, ha sido Kagura. Está mejorando mucho.
Inuyasha no pudo negarlo, y comió casi con ansia. Y pensar que un hombre tan rico como él se estaba comiendo, como si estuviera muerto de hambre, ese guiso tan pobre en sabor. Aunque pensar en Inuyasha en esos términos le ayudaba a olvidarse de lo sucedido entre ellos. Él no iba a hablar del tema, lo tenía muy claro, y ella no sería quien lo sacara.
Cuando volvió a la cocina, Kagura le pidió ayuda para preparar unas magdalenas. Estuvieron dos horas enteras solo para preparar la masa ya que Kagura necesitaba muchas indicaciones. Para la hora del té de Inuyasha, lograron meterlas en el horno. Preparó a toda prisa el té, y se dirigió hacia el salón donde siempre esperaba Inuyasha tocando el piano. Él tocaba una pieza clásica, como de costumbre. Cuando ella entró, la melodía cambió. Siempre era así.
Otra vez lo había hecho. Kagome solo había entrado por la puerta, y ya lo había inspirado para componer de súbito una nueva melodía para el piano. Prácticamente, había compuesto una melodía diferente por día desde que ella llegó a la mansión. A su madre se le saltarían las lágrimas si lo escuchara en ese momento. Kagome lo inspiraba tal y como había leído que lo hacían las antiguas musas griegas. ¿Sería su musa?
Kagome le llevaba el té preparado por ella. Se acercó a él por la espalda, tal y como solía hacerlo, sin querer interrumpirlo. Fue él quien finalmente dejó de tocar, consternado, y tomó la taza de té que la mujer le ofrecía murmurando unas palabras de agradecimiento.
No habían hablado todavía de lo sucedido aquel día. Ella no decía nada al respecto, se comportaba como si nada hubiera sucedido. Quizás, fuera lo mejor. Juró mantenerse fiel a Kikio, y estaba pensando en acostarse con otra mujer. Debería sentirse muy avergonzado. Sin embargo, otra vez estaba pensando en levantarle esa dichosa falda. ¿Cómo había podido traicionar a Kikio? ¿A su gran amor? Le dijo a Kagome que Kikio ya no le parecía tan buena, que ella era mejor. Lo peor era que se lo creía. No lo decía solamente para acostarse con ella. ¿Cuándo se había convertido la perfección en Kagome? ¿En qué momento había cambiado todo en lo que él había creído hasta entonces?
― ¿Es difícil?
Tan absorto estaba en sus pensamientos que ni se percató de que Kagome le estaba hablando.
― Perdona, ¿qué decías? ― la miró.
― Tocar el piano, ¿es muy difícil? ― volvió a preguntar.
― Según como lo mires. Yo tuve una gran maestra: mi madre. ― sonrió recordándola sentada frente al piano, junto a él ― Toco el piano desde que puedo recordar. Para mí es algo inherente a mi naturaleza. No creo que haya un día de mi vida en el que no haya tocado el piano.
Kagome le sonrió al escucharlo. Después, volvió la vista hacia las teclas.
― De pequeña, quería aprender a tocar el piano, pero en casa no teníamos dinero para pagar unas clases y mucho menos un piano.
En ese momento, tuvo una gran idea. Dejó su taza de té sobre la mesita junto al piano, y comprobó que el piano estuviera bien afinado. Tenía que darse prisa antes de que se evaporara el impulso.
― Siéntate. ― la instó.
― ¿Eh? ― ella dio un paso atrás ― Y-Yo… No… No lo dije con esa intención…
― Lo sé. ― asintió ― Pero ven igualmente.
Kagome continuó mostrándose reticente. Finalmente, tuvo que agarrar su muñeca y tirar de ella para obligarla a sentarse. Kagome terminó sentada sobre su regazo, frente al piano, con sus manos sujetando firmemente su cintura. No pudo evitar aspirar el aroma de su cabello. ¡Qué bien olía!
― Inuyasha, yo no sé nada de esto… ¡Voy a hacer el ridículo!
― ¡No digas tonterías! ― se rió ― No me reiré de ti, sé que eres una novata.
Eso no le consolaba en absoluto.
― Tocaremos juntos, ¿vale? ― sus manos calientes sostuvieron las suyas frías ― Tú moverás tus dedos con los míos, ¿de acuerdo?
Kagome asintió con la cabeza para indicarle que obedecería y comenzaron. Al principio, le costó seguir el ritmo. A medida que iban avanzando, repitiendo los compases, Kagome logró seguir sus dedos, y tocar el piano tal y como él lo hacía. En mitad de la melodía, volvió a inspirarse. Con ella sentada sobre su regazo, una fuente de inspiración lo embargaba. Cambió por completo la melodía, se volvió más lenta, más delicada y más sentimental. Kagome lo siguió con los dedos, repitiendo una y otra vez los mismos compases hasta que él apartó las manos para que ella fuera capaz de tocar la melodía por sí misma.
― ¡Estoy tocando, Inuyasha!
― ¿Ves como era posible? ― colocó las manos en su cintura y sonrió ― Tus dedos han memorizado la canción.
Ella continuó tocando esa música deliciosa para sus oídos. Sus manos se deslizaron entorno a su cintura mientras escuchaba, acariciando su blanda carne sobre la tela del vestido de criada. Su nariz se sintió de nuevo atraída por su cabello, y se quedó allí, olisqueándola como si fuera un fetichista. ¿Qué demonios hacía Kagome para provocar eso en él?
― Inuyasha, me duele la cabeza.
― La música del piano no es molesta. ― continuó tocando ― ¿Por qué no vas a la cama si te duele tanto?
― Quiero estar aquí. ― le hizo un mohín ― Aquí pega el sol y se está bien.
Suspiró, y apartó las manos de las teclas del piano. Si tuviera que quejarse de alguna cosa sobre Kikio, sería de aquello. Ella odiaba el piano. Siempre se quejaba de que se pasaba el día tocándolo, y argumentaba dolores de cabeza para que él no lo tocara. ¿No podía entender que era su único momento de relajación del día? ¿No podía entender que era la herencia de su madre?
― ¿Quieres que llame al médico? ― le sugirió.
― No, con que dejes de tocar el piano, bastará.
Gruñó enfadado con su esposa, y se levantó para salir del salón del té. Antes de salir, se volvió dispuesto a gritarle y a tener una buena discusión con su egoísta esposa, pero la vio tumbada en el diván con la manta y se arrepintió. Kikio siempre hacía lo mismo. Se encogía, ponía cara de niña desvalida, y él se lo perdonaba absolutamente todo. Sabía que muchas veces lo manipulaba, y seguía cayendo en la trampa.
― Me gusta cómo tocas el piano.
En ese momento, volvió al presente, a su realidad con Kagome. Ella nunca se quejaba de su piano. Podría argumentar que era por su posición de criada, pero sería una mentira. Kagome no se callaba absolutamente nada. A ella le gustaba cómo tocaba el piano de verdad. Era algo realmente refrescante en comparación con las quejas de Kikio a las que ya estaba acostumbrado. Solo pudo tocar el piano en paz tras su muerte. Hasta entonces, cinco años de discusiones por el piano. Apenas lograba tocarlo durante cinco minutos cuando tenía que detenerse. Entonces, aprendió a tocar cuando Kikio salía de la mansión para pasear.
― Si quieres, te enseñaré más.
Ella volvió la cabeza ilusionada, y le sonrió como tan bien sabía hacerlo. Le pareció que la sonrisa de Kagome era lo más hermoso que había contemplado en toda su vida. Era una sonrisa completamente sincera, que irradiaba pura felicidad. Incluso sus ojos brillaban cuando ella sonreía. Pensó que podría iluminar toda una ciudad con esa preciosa sonrisa.
Se inclinó sobre ella de nuevo para disfrutar de su maravilloso aroma, y se abrazó a su cuerpo mientras continuaba escuchándole tocar la melodía que él mismo le enseñó, la que compuso para ella. Hubo un momento en que ella se removió incómoda sobre su regazo. Sintió su trasero redondeado frotándose contra su entrepierna, y, cuando ella al fin encontró la posición adecuada, él tenía una erección imposible de ocultar. Si la notó, no dijo nada, así que él se animó a darle suaves besos en el cuello. Kagome no se apartó. De hecho, la notó arquearse para darle un mejor ángulo. Él gimió encantado por la apasionada respuesta, y una de sus manos ascendió desde su cintura hasta rodear uno de sus pechos redondeados. Kagome se apartó de golpe.
― Te-Tengo cosas que hacer…
Se levantó de su regazo como un rayo. Una vez en pie, se retorció las manos con la mirada gacha y las mejillas sonrojadas. Inuyasha apartó la mirada avergonzado, y se removió sobre el asiento, intentando ocultar el evidente bulto de su entrepierna que minutos antes se había estado clavando en el trasero de la muchacha.
― Claro…
Cogió la taza de té, se bebió el contenido de un trago, y se la ofreció.
― Puedes llevártela.
― B-Bien…
A ella le temblaban las manos cuando cogió la taza. Se disculpó y salió del salón de té, dejándolo solo con sus pensamientos. Pensando en lo que acababa de suceder, colocó sus dedos sobre el piano, y volvió a componer algo nuevo. En esa ocasión, fue una música mucho más sensual, atrevida, apasionada y completamente dedicada al momento que acababan de compartir.
Kagome escuchó al otro lado de la puerta la nueva melodía. Deseó entrar de nuevo y terminar lo que habían empezado. Llevaba toda la maldita semana esperando a que Inuyasha diera algún paso. Cuando él lo había hecho, ella se había apartado de un salto. ¿Estaba loca? Él no se atrevería a volver a intentarlo. Pensaría que ella iba a rechazarlo. ¡Estupendo Kagome! ― se dijo a sí misma ― Así es como se espanta a un hombre.
Desolada, regresó a la cocina, esperando que su equivocación no lo alejara para siempre de ella. Cuando llegó a la cocina, todo era un caos. El suelo estaba manchado de la masa que había preparado con Kagura. La tetera se había caído sobre la encimera y todo el contenido se había derramado, resbalando por el armario. Vio manchas de chocolate en algunos armarios. Aunque, desde luego, lo que más le llamó la atención fue el grupo que se había formado entorno a una esquina de la encimera. Kagura estaba en el centro.
― ¿Qué sucede?
― ¡Kagome! ― la llamó ― ¡Lo he conseguido!
Dejó la bandeja, la taza de té y la otra tetera sobre la encimera, y se dirigió hacia el grupo. Estaban Kagura, Tottosai y Myoga. Le abrieron paso para que pudiera ver en un plato siete perfectas magdalenas.
― ¡Kagura es fantástico!
Omitió decir nada acerca de las veinte que faltaban. Supuso que el desastre se debería a las otras. Al ver el moldeado de chocolate, descubrió por qué los armarios estaban manchados de chocolate.
― Todo es gracias a ti Kagome.
― No ha sido para tanto. ― quiso excusarse.
A Kagura sí que debía parecérselo porque la abrazó con tal intensidad que a punto estuvo de dejarla sin aire.
― Eres como una hermana para mí.
Movió la cabeza en todas las direcciones para asegurarse de que Inuyasha no estuviera cerca para escuchar aquellas tiernas palabras. No quería que él se ofendiera por lo que acababa de decir Kagura. Sus intentos por conseguir que su hermana tan siquiera lo saludara con el ánimo de una persona que deseaba verlo, todavía fracasaban. Por suerte, no andaba cerca.
― ¡Esto tenemos que celebrarlo! ― exclamó.
Se dirigió hacia la mini cadena donde había dejado el CD de Bon Jovi y la puso en marcha. Se sintió un poco tonta bailando ella sola al principio, pero, entonces, sacó a Myoga y a Tottosai, quienes bailaron con ella encantados. Para ser tan mayores, tenían unos movimientos estupendos de los rockeros de los años ochenta. Claro, en esa época, todavía serían relativamente jóvenes. Su siguiente víctima fue Kaede. La anciana se mostró reacia a bailar hasta que Myoga le ofreció ser su pareja para un baile un poco más formal.
― ¡Kagura, ven!
Kagura se resistió, pero no por mucho tiempo, ya que en su mirada se notaba que estaba deseando hacer todas las tonterías que ella misma estuvo haciendo por la mañana. Salió a bailar con ella, y le mostró que también podía hacer unos movimientos estupendos. Emocionada por la música, se acercó a la mini cadena para subir más el volumen con objeto de dar mayor sensación de estar en una discoteca.
Estaba repasando las cuentas que organizó esa misma mañana cuando llegó a sus oídos el fuerte sonido de música rock a un volumen extremadamente alto. Reconoció en seguida la música de Bon Jovi, uno de sus cantantes favoritos cuando era joven. ¿Quién había puesto esa música y tan alta? No tuvo que pensar mucho para responder a la pregunta. Estaba completamente seguro de que Kagome era la responsable de aquello. Tenía su sello. Suspiró, y se levantó de su sitio para dirigirse hacia la procedencia de la rítmica música con el fin de bajar el volumen.
Según se iba acercando al pasillo del servicio, el volumen aumentaba más y más. ¿Acaso tenían conectados todos los altavoces? Le gustaba la música, lo que no significaba que sus empleados pudieran montar una verbena en su casa. Abrió la puerta de la cocina, donde el sonido era más ensordecedor, y se quedó de piedra ante la escena que se alzaba ante sus ojos. Myoga bailaba con Kaede un estilo de baile demasiado lento para esa música. Tottosai utilizaba como guitarra una fregona. Lo mejor desde luego era ver a Kagome, ¡bailando con Kagura! Las dos daban palmadas siguiendo la música y se reían. Nunca había visto reír a su hermana.
La música no se detuvo, pero, al verlo, sus empleados sí. La única que seguía bailando a su bola era Kagome. Kagura la agarró y la giró para que pudiera verlo. No obstante, Kagome no perdió su felicidad al verlo. Agarró una bandeja de la encimera y corrió hacia él para mostrarle siete perfectas magdalenas.
― ¡Esto lo ha hecho Kagura! ― exclamó bien alto para que pudiera escucharla a través de los compases de la música ― ¿Verdad que tiene buena pinta?
Asintió con la cabeza, creyendo que en verdad tenía buena pinta.
― ¡Coge una!
Fue su hermana quien se le ofreció, y no se atrevió a rechazar su oferta. Agarró una de las magdalenas y le pegó un buen mordisco, percatándose de que en verdad estaba rica. ¿Cómo lo había hecho? Entonces, cuando vio que Kagura y Kagome volvían a bailar, se dio cuenta de quién había sido la encargada de obrar el milagro. Se terminó su magdalena, contemplando la locura que lo rodeaba sin hacer nada para detenerla. Cuando terminó, pensó en que se sentía realmente tentado a salir a bailar. Lamentablemente, no podía bailar delante de sus empleados y menos con esa música.
Alguien rozó su hombro justo cuando decidió marcharse. Se volvió, y vio a Kagome bailando sensualmente para él. Eso era más de lo que él podía soportar, mucho más con ese ajustado uniforme. Ella se mordió seductoramente su grueso labio inferior, y le hizo una seña con los dedos para que la siguiera. No lo entendió hasta que vio que continuaba caminando hacia atrás, saliendo de la cocina. Atraído por ella, como si estuviera entonando seductores cantos de sirena, la siguió sin apartar la mirada del vaivén de sus curvas.
Sabía que Inuyasha se moría de ganas por bailar, y que no lo haría delante de sus empleados así que se decidió a buscar una forma de darle la libertad que necesitaba. Además, tenía que solucionar el estúpido incidente del salón de té para que se percatara de que aún estaba muy interesada en él. No se le ocurrió mejor idea que utilizar un seductor baile, como los que realizaba de adolescente en la discoteca, para instarlo a seguirla lejos de la cocina y de todos los demás.
Lo condujo por el pasillo del servicio. Cuando dieron la vuelta a la esquina, se detuvo, y continuó bailando a su estilo. Inuyasha le sonrió y bailó con ella. La agarró y siguieron el ritmo de la música. Hubo un momento en que él la abrazó, la levantó y dio vueltas con ella. No pudo evitar reírse a carcajadas con él mientras giraban. Hacía mucho tiempo que ninguno de los dos se divertía realmente, y no había nada, ni nadie, que pudiera estropear su felicidad en ese momento. Tal vez, aún no estuviera todo perdido entre ellos dos.
Ocultos tras la esquina del corredor, Myoga, Kaede, Tottosai y Kagura espiaban al señor Taisho y a Kagome bailar y reír como dos adolescentes con una sonrisa. Ellos también creían que no todo estaba perdido.
Atraída por la espeluznante música rock que emanaba del interior de la mansión Taisho, surgió la figura de Kikio Tama, bajo la luz de la luna que ya iluminaba el jardín. Enfadada por no poder saber qué sucedía dentro de la mansión, recorrió todas las ventanas, intentando espiar el interior. Nada. No podía ver absolutamente nada. Seguro que todo aquello era culpa de esa criada. Había intentado no hacerle daño y echarla por las buenas, pero no le estaba dejando otra alternativa.
Hazlo.
Obedeció a la voz. Se detuvo frente a la ventana que daba al dormitorio de la muchacha, y usó gran parte de su poder para poder abrirla. Le costaba mucho interferir con la mansión. Una vez abierta, lo llamó una y otra vez, intentando atraerlo hasta que el gato asomó la cabeza. Sonrió al verlo.
― Ven, gatito. ― lo llamó ― Sé que quieres salir. Llevas mucho tiempo encerrado, ¿verdad?
El gato podía verla. La miró con desconfianza, pero salió de todas las maneras, dando comienzo de esa manera con su plan. Kagome Higurashi lamentaría no haberse marchado cuando le dio la oportunidad.
22 de septiembre del año 2001
Esa horrible música. Inuyasha se pasa el día tocando ese odioso piano que le regaló su querida mamá. Me pone de los nervios. Cada vez que escucho las mismas canciones tocadas una y otra vez, día tras día, me pongo enferma. Me duele mucho la cabeza y no estoy de humor para soportar esa estúpida afición suya. Afortunadamente, ha dejado de tocar el piano en cuanto se lo he pedido. Tengo la impresión de que se ha enfadado, pero no me ha dicho nada al respecto.
Aunque intento tenerlo controlado y ser esa perfecta esposa de fantasía que él se ha inventado, cada día me lo pone más difícil. Requiere cada vez más y más mi atención, y me quita mucho tiempo con Naraku. Además, sé que algo está fallando. No sé exactamente qué, pero noto a Inuyasha cada vez más distante. Lo peor es que cuanto más se distancia de mí, peor me siento yo. ¿Es posible que sienta algo por él?
Continuará…
